CAPÍTULO II
El transcurso del siguiente par de días fue caótico sin lugar a dudas. Rohan no era alguien a quien se le pudieran atribuir características tales como ser distraído o perder la noción del tiempo, pero no le había pasado una, sino dos veces. ¡Dos! En las que el agua para el té se evaporó más de la cuenta y debió que agregar un poco más para hervir. Lejos de eso, el danzar de las manecillas del reloj acontecía con normalidad.
Quizás exageraba, pero para alguien como él, eso era una completa pesadilla, además de resultar inaudito. Él ya había pasado esa etapa de calentura y hormonas locas que hacen que cualquier adolescente piense con la cabeza equivocada. Aún así, no podía hacer más que sentarse a la mesa con el ceño fruncido, colocar el codo sobre la madera y reposar la barbilla sobre la palma de la mano mientras tomaba té y se distraía con su nuevo juego favorito: comparar quién tenía más información, él con sus estudios de campo o el canal de National Geographic.
Cerró los ojos un momento, y cuando los abrió ya pasaban las seis de la tarde. De no haberle sucedido aquello con anterioridad, habría jurado que se hallaba bajo un ataque enemigo, cuya habilidad se relacionaba al tiempo.
El repiqueteo de la lluvia fue lo que hizo que la tensión de sus hombros aminorara.
Estaba de suerte.
Justo en la escena que planeaba plasmar en su manga, uno de los protagonistas suspendía sus penas bajo la lluvia; no era su caso, pero la pronta necesidad de experimentar la escena en carne propia avivó una llama en su interior, por lo que cruzó el marco de la puerta que daba a su amplio jardín.
Como un fantasma, abandonó la mente dentro de la casa, y dejó que la piel y la ropa se le empaparan en aquellas fluidas rejas innumerables, que bien podían ser prisiones o liras, y que en más de una ocasión lo habían arrullado o acompañado hasta el amanecer.
Levantó el rostro, buscó respuesta en el aire y pidió ayuda a su estrella, esperando sudar la angustia de lo que pasó aquella vez.
¿Era calma o desesperación lo que sentía?
No lo sabía.
Cuando decidió regresar al interior de su hogar, su mente pronunció lo que sus labios no pudieron.
«Ese mocoso…»
Estornudó.
—¡Koichi! —un Okuyasu salvaje apareció frente al nombrado, quien apenas había dado un paso fuera del portón de la escuela.
—¡Wah! ¿De dónde saliste? —cuestionó sorprendido mientras bajaba su maletín, que fungía como mochila y como escudo improvisado.
Okuyasu señaló unos arbustos, cerca de los cuales también estaba Josuke, quien se encaminó a paso lento.
—¡Vamos al karaoke! —gritó, levantando un puño y abrazando por el hombro al chico.
—Gracias por invitarme, pero justo hoy no puedo —explicó con una sonrisa apenada—, debo pasar a la farmacia a comprar unos medicamentos y después tengo que ir con una de mis hermanas a hacer la compra de la semana —elaboró una corta y rápida reverencia a modo de disculpa, antes de despedirse con un gesto de mano—. ¡Será para la próxima!
—Oh, qué mal. Parece que sólo seremos tú y yo —agregó con voz rasposa, recargando el antebrazo en el hombro de Josuke.
—En realidad, yo estaba esperando para despedirme —colocó la mano tras la nuca con una pizca de abatimiento por tener que dejar a Okuyasu solo—. ¡Pero sin duda iremos la próxima semana!
Con eso último Okuyasu recuperó la vitalidad de costumbre, ignorando que era la primera vez en la que los otros dos coincidían en no tener tiempo. De Koichi lo entendía, pero de Josuke… Cuando se percató de ello, ninguno de sus amigos estaba cerca, lo cual era sospechoso. Tan sólo esperaba que no se metieran en algún tipo de problema.
Centrándonos en Josuke, después de pensarlo mucho durante los días pasados, decidió plantarle cara a Rohan. Una parte de él le decía que simplemente lo dejara pasar, que diera vuelta a la página y listo; sin embargo, el problema yacía en que lograba divisar su figura con total nitidez cada que cerraba los ojos. Era un verdadero problema. Pero la solución era fácil, sólo tenía que pedirle que borrara lo que sea que hubiese escrito en aquella ocasión para que todo volviera a la normalidad.
En pocos minutos se encontró frente a la casa del mangaka y tocó la puerta, ignorando la manera nerviosa en la que algo se apretujaba bajo su pecho.
Un ronco gemido a modo de queja escapó de los labios de Rohan cuando escuchó el timbre de su hogar taladrarle la cabeza. Se levantó con dificultad del sillón en el que se hallaba envuelto en una cobija y se dirigió hacia la entrada.
—¿Eres tú, Koichi? —preguntó desganado, al tiempo en que dejaba caer la mano sobre la manija para abrir.
Un par de horas antes le había informado de su deplorable resfriado vía mensaje de texto, de paso le solicitó un favor, ya que no se sentía capaz de caminar hasta la farmacia sin desfallecer en el intento.
La horrible sorpresa que se llevó cuando vio un ridículo tupé pegado a la cabeza de una persona a la cual, por desgracia, conocía bien.
Intentó cerrar la puerta de inmediato, pero Josuke había metido el pie en el resquicio para evitar que eso sucediera.
—¡Rohan-sensei! También me da mucho gusto verlo —agregó con una sonrisa que intentaba cubrir una venita de molestia saltando en su sien.
Estaba de sobra aclarar que Josuke tuvo la fuerza necesaria para adentrarse al lugar.
—Mira, niño —habló Rohan, con una mezcla entre el fastidio y el sufrimiento en la voz—, no llegas en buen momento (nunca lo haces), y la sesión de preguntas y respuestas de la vez anterior quedó oficialmente terminada. No necesitas estar en mi casa.
Pese a que no había sido el mejor recibimiento, algo se exaltó dentro del cuerpo de Josuke. A leguas se notaba que Rohan se encontraba enfermo, tenía el rostro enrojecido y unos milímetros de ojeras también hacían acto de presencia.
—O-Oye, ¿te encuentras bien? —cuestionó sin malicia alguna, aunque la respuesta era más que obvia.
—Por supuesto que sí, el cubrebocas es por moda —en ese instante, Rohan desvió el rostro con rapidez y estornudó; acto seguido, cruzó los brazos para intentar entrar en calor, evitando abrazarse a sí mismo para no evidenciar el frío que sentía.
Con ese gesto fue que Josuke se percató del aire helado que se filtraba hacia el interior, por lo que cerró la puerta. Rohan se limitó a dirigir una mirada de desaprobación, ya que jamás le invitó a pasar. Como sea, le dio la espalda buscando regresar al sofá. No podía subir a su habitación aún, debía esperar a Koichi.
—¿Necesitas alg…?
—No —con ese simple y tosco monosílabo cortó sus palabras, aunque también le hizo percatarse de que no estaba siendo él mismo—. No hace falta —agregó mientras subía los pies para cubrirse con la manta.
Josuke no sabía cómo abordar el tema que lo había llevado hasta allí, por lo que se rascó la mejilla con el índice.
—¿Qué necesitas? —preguntó Rohan, cerrando los ojos en el proceso. No tenía la suficiente energía ni para verlo feo.
—Bueno, verás… —respondió, subiendo la mirada para entretenerse en el techo—, hay una cosa que…
¿Desde cuándo mostraba esa timidez? Era verdad que tenía cierto nudo en la garganta, pero no era para tanto. Así, se puso de espaldas a la cabecera del sofá y se recargó allí mismo, quedando a medio sentar. Antes de proseguir, se aclaró la garganta y fue directo al grano.
—Para resumir, no sé qué habrás escrito en mi con el Heaven's Door, pero he estado teniendo algunos inconvenientes por culpa de ello —un leve rubor le coloreó las mejillas, ya que, en cierto sentido, le avergonzaba tener que explicar los detalles—. En fin, quiero que lo borres. Más bien —se corrigió—, necesito que lo borres.
Estaba en su derecho de ordenar aquello, pero de por sí, Rohan ya tenía un carácter difícil, no quería imaginar lo que sería lidiar con él en su condición actual.
Asumió que al otro le entraban sus palabras por un oído y le salían por el otro, ya que no escuchó respuesta alguna.
—Hazme ese favor, ¿bien? Y quedo en deuda contigo, pero sin rencores, ¿entiendes?
Al término de su intento de petición, ladeo el rostro, buscando ver el ajeno, pero lo único que encontró fue a un hombre de veintiún años tendido de forma apacible en el sofá, aunque era difícil saber si estaba dormido o inconsciente. Sea cual fuere la razón, debía estarla pasando terrible para aguantar tan poco despierto.
Un recuerdo fugaz se hizo presente en su memoria, de cuando él era pequeño y una fiebre terrible lo mantuvo postrado en cama los días suficientes como para que su madre lo subiera al coche en plena nevada con el objetivo de buscar un hospital.
Entrecerró los ojos, casi con un gesto tierno, mientras se centraba en la vulnerable y desprotegida figura que tenía delante de sí. Pensar que un hombre tan autosuficiente, excéntrico y arrogante también podía exhibir una faceta tan frágil.
Negó con la cabeza para mandar lejos esos pensamientos. No obstante, sólo por curiosidad, acercó la mano hacia la frente de Rohan, tragando saliva en el proceso, pues temía que despertase y malinterpretara la situación. Sus ojos se abrieron de golpe cuando notó la tremenda temperatura que éste se cargaba.
—¿Qué demonios, Rohan? —masculló con molestia, frunciendo el entrecejo.
«Mira que estar así y alardear de que no necesitas nada». Casi por instinto, tomó al hombre entre sus brazos, y lo llevó escaleras arriba con cuidado de no tropezar. Había estado allí las veces necesarias para recordar dónde quedaba su cuarto.
Cuando lo acomodó en la cama, una voz en su interior le repetía: «No, no, no, no, no», pero hizo caso omiso y se tomó la confianza de retirarle el cubrebocas. Examinó bien sus facciones y notó lo bien parecido que era Rohan. No estaba en el extremo de lo lindo ni en el de lo masculino, pero podía decir que era guapo. Por inercia, tocó su rostro, la mejilla, para ser precisos, quitándose la duda sobre lo tersa que era su piel, y sin pensarlo demasiado palpó su labio inferior con el pulgar.
Fue inevitable que pensara en el beso, por lo que acercó el rostro, hasta quedar a escasos centímetros de besar a Rohan Kishibe, mas se detuvo. ¿Qué diablos estaba pensando? Inclusive podría contagiarse.
Recargó su frente sobre la ajena, y fue en ese preciso instante que se levantó un poco alarmado, recordando lo que estaba haciendo allí.
«Ah, la fiebre, la fiebre. Debo bajar la fiebre, bajar la fiebre» se repetía una y otra vez mientras sus ojos saltaban de mueble en mueble, buscando algo que pudiera serle de ayuda.
Necesitaba unas toallitas y agua para humedecerlas.
—Oye, Rohan-sen… —llevó una de sus palmas hacia su propia frente.
Cómo si le fuera a responder.
—Bueno, con permiso —susurró casi a modo de disculpa, pero sin sentirse agobiado, mientras abría lo que parecía ser el clóset de la ropa.
En efecto, había mucha ropa, pero nada que le sirviera. Bajó la vista hacia unos cajones. Abrió el primero, y lo único que pudo encontrar fueron un montón de calzoncillos. Una sonrisa maliciosa hizo acto de aparición sobre su rostro. Siempre podría utilizar la ropa interior como sustituto de pañuelos.
Observó por unos segundos la prenda que tenía en la mano. Casi al instante la botó hacia algún lugar y dejó de pensar en ello. Si hacía lo que tenía en mente, Rohan no dejaría de llamarlo pervertido y sabía que tanto Okuyasu como Koichi tendrían curiosidad por saber a qué se debía el ser llamado así, y no estaba dispuesto a explicar algo tan vergonzoso.
Abrió otro cajón. Encontró calcetines, también los sacó y rebuscó un poco más, pero no había nada útil.
Escrutó la habitación con la mirada. Cerca del cuaderno que Rohan cargaba por todos lados para hacer sketches, se hallaba un bolso. Con mucha suerte tendría una toalla de mano allí dentro; y como si fueran sus pertenencias, se puso a esculcar.
¡Bingo!
Sí tenía una toalla de mano. Eso serviría. Después, se dirigió a la cocina y tomó un recipiente hondo, llenándolo con agua.
En cuanto Rohan abrió los ojos, dedujo por la iluminación que había caído la noche. Sentía el cuerpo cortado, pero no se hallaba tan desorientado ni pesado como hacía algunas horas.
—¿Hm?
Una especie de pañuelo le cubría un ojo y parte de la frente, por lo que se dignó a retirarlo, de inmediato percibió que se encontraba húmedo.
Algo extrañado, se sentó en el borde de la cama con dificultad y estiró el brazo para encender la luz con el interruptor cercano a la cama. El brillo del foco le molestó, aunque no al punto de necesitar apagarlo.
Sobre la cobija con la que se arropó también estaba la chaqueta de un uniforme escolar. Por el tamaño, un dolorcillo de cabeza le indicó que lo de Josuke no había sido un mal sueño. La pregunta lógica era:
«¿Por qué la dejó aquí?» Tomó la prenda entre sus manos y la colocó sobre sus piernas. Hacía frío.
—Ah, demonios… —susurró luego de un tiempo y buscó su celular con la mirada hasta encontrarlo encima del buró. Lo revisó, buscando por algún mensaje de Koichi.
Al comprobar que no tenía ninguno pendiente, sus ojos se pasearon por la habitación. Tras observar parte de su ropa en el suelo y su clóset abierto, en verdad comenzó a padecer una jaqueca. También maldijo a Josuke por lo bajo. ¿En qué demonios estaba pensando ese patán? ¿Acaso su objetivo era saquear su casa mientras se hallaba inconsciente? No tenía pruebas, pero tampoco dudas de que había intentado estafarlo con un juego de dados hacía varios meses, aunque esto había sido el colmo.
No obstante, seguía con la noción de que algo no cobraba suficiente sentido.
En la mesa de piso que tenía por el centro de la habitación había algunos productos, por lo que se acercó a revisar, echándose la chaqueta escolar sobre los hombros. Ya que estaba allí, lo mínimo era darle uso, además de que ya estaba calentita dado su calor corporal y la sensación que dejaba ponerse una chamarra, fría, recién sacada de su armario, no era algo agradable, al menos no en esa época con fuertes vientos y lluvias.
En fin, sobre la mesa se hallaba un bowl, cubierto con papel aluminio, una botella de agua y dos cajitas. Sobre el primero reposaba un papel, mal cortado y doblado por la mitad, el cual revisó.
"Mi madre dice que ayuda para el resfriado, o quizá sólo le gusta comer katsudon.
—Josuke."
Eso sí que era una sorpresa, porque, como sabemos, que el sujeto que te saca canas verdes te cargue hasta tu habitación y te atienda en un estado deplorable a causa de un maldito resfriado, no es razón de conmoción; sino el hecho de que se haya molestado en dejar algo para comer.
"P.D.: No llevaba suficiente efectivo, así que lo tomé de tu billetera. (?)"
Demasiado bueno para ser verdad.
Los hombros se le tensaron y su visión se tornó sombría. Con reflejos casi antinaturales para alguien enfermo, buscó la billetera, encontrándola dentro del primer cajón del buró.
¿Por cuántos lugares habían pasado las manos de ese criminal en potencia?
En cuanto la abrió, descubrió un ticket de compra de comida a domicilio, y haciendo las cuentas de lo que recuerda que tenía en efectivo y lo que faltaba ahora, sólo había perdido más o menos la mitad del coste del platillo.
¿Acaso Josuke había sido capaz de pagar la otra mitad de su propio bolsillo?
Se quedó un rato de pie, en silencio.
«Qué pobre» dijo para sus adentros, soltando un bufido de decepción y molestia.
«Si vas a hacer la buena acción del año, mínimo hazla bien».
Para variar, habría sido lindo que Josuke pagara todo completo, o que lo cocinara él mismo, aunque no era alguien con pinta de poseer algún talento en la cocina.
¡Un momento! ¿Qué demonios estaba pensando?
«Mierda». Debía ser culpa del resfriado. Sí. Totalmente.
Retomó su asiento a la mesa y esta vez se centró en el par de cajitas, así centraría su atención en otra cosa. Sobre ellas también había una nota.
"Rohan-sensei, aquí están los medicamentos que me pidió por mensaje. No se preocupe por el dinero, no fueron costosos en realidad.
¡Espero que mejore pronto!
—Koichi."
Al menos tenía un recado que no le incitaba a llamar a la policía.
Trasladó las cosas de la mesa al buró para no tener que levantarse. Esta vez destendió la cama para cubrirse como era debido y procedió a retirarse la chaqueta de Josuke. Antes de lanzarla lejos, se dio cuenta de que el aroma que desprendía era agradable, y eso para alguien que se encontraba constipado, ya era mucho decir.
Cerró los ojos para intentar describir mejor el olor. Esa esencia que arrastraba problemas consigo, de alguna manera le resultaba cálida y acogedora.
Abrió los ojos de golpe y despegó la prenda de su cara. Era casi estúpido lo que estaba pensando, es decir, debía tratarse de colonia barata de esas que usan los adolescentes. Si no podía comprar katsudon, mucho menos un Christian Dior. Aún así, no pudo arrojarla al suelo.
«Servirá como mantel» se convenció a sí mismo, colocándola sobre la cama, antes de tomar el bowl y los palillos que reposaban a un lado.
En cuanto retiró el aluminio, algo del buen aroma llegó hasta sus sentidos; no tenía demasiado apetito, aún así debía intentar comer algo para tomarse las pastillas.
Apenas dio el primer bocado, se alivió de que aquello siguiera tibio, por lo que concluyó que no debió pasar mucho tiempo desde que Josuke salió de su casa hasta que él abrió los ojos. ¿Por qué no esperó más tiempo? Su casa era grande, pudo haberse quedado. Es más, hasta podría haber tomado la iniciativa si…
Estuvo a punto de ahogarse con algo de arroz, por lo que procedió a dar golpecitos en su pecho justo antes de tomar la botella de agua.
Terminó agitado, jadeando, ya que no entraba oxígeno suficiente por su nariz, aunque no sabía si ese estado se le atribuía a casi atragantarse o a lo que acababa de pensar.
¿Él? ¿El gran Rohan Kishibe molesto porque un niñato de dieciséis años no tomara la iniciativa? ¡¿Con él?!
«¡Imposible!» Eso, sin lugar a dudas, era una clara señal de que iba a morir pronto… o que estaba enloqueciendo.
Luego de darse una larga ducha y colocarse la pijama, Josuke se sentó en el borde de la cama. Colocó las palmas sobre el colchón y levantó el rostro, soltando un amplio suspiro.
Giró el rostro hacia su mesita de noche, sobre esta, se hallaba un tubito color verde de unos seis centímetros. Su madre tenía algunos de esos en colores que iban del violeta al rosa, y gracias a eso y a las letras en los costados que correspondían a la marca, sabía de sobra que se trataba de un bálsamo labial.
El inconveniente era que ese en específico era de Rohan.
Tragó saliva con dificultad. La razón de que tuviera eso justo ahora se debía a que lo tomó de aquel bolso cuando buscaba la toallita de manos. Cabe aclarar que Josuke no era cleptómano, ni mucho menos, simplemente la curiosidad, el momento, la situación… ¡Que no lo había robado, maldita sea!
Lo tomó en un puño en un movimiento rápido. Respiró profundo y luego analizó el objeto durante ingenuos instantes.
Por peculiar capricho, lo abrió y acercó el producto a su nariz percibiendo el sutil aroma a menta.
Con eso era que Rohan se humectaba los labios, y por eso sabía a menta…
«No, no, no». Agitó la cabeza de izquierda a derecha. ¿Por qué le daba tantas vueltas al asunto?
Sin embargo, en un impulso de idiotez y por sana e inocente curiosidad, terminó deslizando el bálsamo de un extremo al otro sobre su labio inferior, como si se tratase de un lápiz labial.
Entonces, puso los ojos en blanco.
Un beso indirecto.
Casi al instante de notar lo que había hecho, lanzó la cosa esa por la ventana e invocó a Crazy Diamond para que reparara el daño al vidrio y regresara el objeto a su mano.
—¡Josuke! —Tomoko, abrió la puerta de golpe—. Respeto tu privacidad como mi hijo, tocando la puerta, pero reafirmo mi autoridad como madre, entrando de todos modos.
—¿Ah? —intentó poner todos sus pensamientos en orden—. ¡Pero ni siquiera tocaste la puerta!
—¡Sí que lo hice! —replicó ella, colocando las manos a cada costado de su cadera.
—No es cierto —murmuró, haciendo una especie de puchero mientras desviaba la mirada.
Aunque su cabello, luego de una ducha, cubría parte de su rostro cuando se hallaba de perfil, su madre pudo notar el color carmín que tenía coloreando su rostro.
—¿Sucede algo, Josuke?
—¿Uh?
—Tu rostro está rojo.
—¡A-Ah! ¡Eso! —se giró para verla antes de negar con la cabeza—. No es nada, tan sólo pasé demasiado tiempo en el agua y me acaloré.
—Hmmm —se cruzó de brazos, y aunque tenía sus dudas, confiaba en Josuke, era un buen chico. Por lo que no le haría preguntas innecesarias—. Si tú lo dices —se dio la vuelta para salir de la habitación, pero agregó algo antes de retirarse—. La cena está lista, baja antes de que se enfríe.
—¡Sí! Bajaré en un momento.
Higashikata Josuke. Dieciséis años. Acaba de percatarse que estar enamorado de Rohan lo vuelve estúpido.
