CAPÍTULO III
La sensación era febril y electrizante. Sentía las rodillas temblar en cada movimiento. De su boca no salía ni un solo gemido, pero su respiración exhibía con notoriedad su alteración y jadeaba a un ritmo pausado, ahogando cualquier otro sonido en lo profundo de su garganta. Josuke lo estaba penetrando con pasión, con lentitud. Ambos se hallaban de pie, ya que no habría otra posición para hacerlo. Ni por todo el dinero del mundo Rohan se colocaría en cuatro para recibir sexo, mucho menos dejaría que alguien más se posicionara sobre su cuerpo, entre sus piernas. ¡Primero muerto!
Tenía el pecho en frío contacto con las baldosas de mármol que forraban las paredes del baño. Su pene apenas rozó la superficie y sintió un escalofrío amainar su cuerpo en respuesta, apretando los dientes con fuerza para que ningún sonido de debilidad resonara en la habitación.
«Estúpido mocoso superdotado» pensó, aunque no se refería precisamente a su intelecto. Lo que tenía entre las piernas no correspondía a un chico de dieciséis años, tampoco la anchura de su espalda, ni su maldita estatura.
Eso no era lo peor. La verdadera cuestión era: ¡¿Por qué Higashikata Josuke?! De todos los seres humanos en la faz de la Tierra ¿Por qué estaba viviendo esa íntima experiencia con él? Ese era otro punto a discutir, pues tampoco recuerda cómo llegaron ahí, ya era muy tarde para descubrirlo.
Tenía un par de manos sosteniendo con firmeza sus caderas, hundiéndose en su piel, lo cual, tarde o temprano terminaría por teñirla de un color rojizo o purpúreo, producto de la fuerza aplicada. La sensación de Josuke hundiéndose por completo en su cuerpo era inenarrable, una completa locura, y no sabía si odiarse a sí mismo por permitir semejante insensatez u odiar aún más a Josuke por atreverse a profanar su sacrosanto culo.
—¡Ah! —Rohan abrió los ojos y se sentó de golpe.
El pecho le subía y bajaba con rapidez, tenía un nudo en la garganta, su corazón se encontraba más que desbocado y sudaba frío. La luz de la mañana y la frescura del ambiente le confirmaron que ya era de día. Tenía las sábanas apretadas entre las manos y se sentía terrible.
Volteó a ver el reloj sobre su mesa de noche y descubrió que pasaban de las nueve de la mañana, con eso corroboró haber dormido, al menos, nueve horas; y todo para haber descansado una mierda.
Comenzó a respirar con mayor naturalidad cuando se fijó que su pijama cubría su cuerpo, aunque, por alguna razón, se sentía incómodo y… ¿apretado?
Se sacó de encima las cobijas y descubrió una mancha más oscura justo entre las ingles de su pantalón grisáceo. No tardó en estirar el resorte tanto de la ropa como de sus interiores. Esa semi erección mañanera que todo hombre debía presentar como prueba de una buena salud estaba justo ahí, pero había algo más que no debía estar bajo toda esa tela.
«No...»
Introdujo la mano que tenía libre y de inmediato percibió una viscosa humedad.
En cuanto sus ojos se hicieron con la información visual sólo pudo pensar una cosa.
«Debe ser una jodida broma».
Era semen.
Con toda la fuerza que un arrebato de ira podía favorecer a sus músculos, hizo puño la mano y golpeó directo a la pared.
—Vete al infierno, Higashikata Josuke —murmuró, con un siseo de víbora bien cargado de veneno. Eso no se podía quedar en lo profundo de su cabeza conviviendo con el resto de sus sanos (y muy cuestionables) pensamientos.
Se las iba a pagar. Primero, por haberlo mandado al hospital, después, por quemar su casa e intentar estafarlo, y, ahora, por hacer que el gran Kishibe Rohan tuviera un estúpido sueño húmedo de puberto. ¡Ni en los mismísimos inicios de sus años mozos le había ocurrido algo así!
—Te maldigo como el despreciable ser humano que eres.
—¡Achú! —Josuke estornudó con fuerza.
—Tranquilo, hermano —Okuyasu se quitó la bufanda y se la puso encima a su amigo—. No te puedes enfermar justo ahora. Ya casi van a ser exámenes y necesito que me pases las respuestas en el de matemáticas.
—No, pues, gracias por preocuparte por mi salud —al finalizar, pasó un brazo por el cuello de Okuyasu en un dramático intento por ahorcarlo, ya que pareciera procurarlo para beneficio propio.
—A todo esto, ¿qué pasó con la chaqueta de tu uniforme? —agregó Koichi, mientras Okuyasu se quejaba y daba palmaditas frenéticas al brazo de Josuke para que lo dejara respirar.
—Ah, eso —aflojó el agarre, dejando de su amigo se zafara para recuperar oxígeno, y desvió la mirada al cielo—. La olvidé en la lavandería, así que pasaré por ella al término de las clases —respondió, intentando lucir despreocupado al colocar una mano tras la nuca y adornar su rostro con una sonrisa.
No era la clase de persona que le mentiría a los demás, mucho menos a ese par, a quienes consideraba casi como familia luego de todo lo ocurrido; sin embargo, contarles todo lo sucedido con Rohan era complicado y sabía de antemano que le harían toda clase de preguntas apenas supieran que se habían besado.
Por otro lado, Rohan se encontraba justo en el cuarto de baño, evitando a toda costa centrar su ángulo de visión en la zona específica donde aconteció la pesadilla; porque eso había sido, una vil, atroz, cruel y hórrida pesadilla.
Botó sus prendas directo al cesto de ropa sucia y procedió a enjabonar cada rincón de su cuerpo, buscando que el agua y la espuma lavaran aquellas marcas imaginarias que su cuerpo tanto resentía.
Una vez limpio, se dispuso a ahogar cualquier atisbo de preocupación en lo profundo del ofuro. El agua estaba en su punto y no permitiría que ese asqueroso pervertido le destrozara la consciencia. Porque, claramente (sólo para Rohan), el depravado aquí era el único que no hacía acto de presencia. ¿Quién cumplía con esa condición? Josuke, por supuesto. Lo cual infiere que, de estar con el muchacho, el infame sería el propio Rohan, por hacer que un adolescente se lo follara.
«¡¿Qué?!»
Casi de inmediato, la ardiente escena se repitió por completo en su memoria, y en una fracción de segundo revivió roces, caricias, besos, mordidas y las embestidas contra su virginal cuerpo.
«¡Oh, no, no! No de nuevo».
Tomó una bocanada de aire y se sumergió por completo en el agua. Eso lo ayudaría a no pensar más.
Tras unos instantes, sacó la cabeza. Pasó ambas manos de la barbilla hacia la frente, ayudándose así para retirarse el cabello de la cara y suspirar de alivio.
Al fin. Paz y tranquili…
«¿Eh?»
Al bajar la mirada, se topó con una imagen distorsionada por el agua.
«¡¿Eh?!»
¡Porque eso estaba distorsionado por el agua, ¿verdad?!
Él conocía su cuerpo a la perfección, pero casi podía dar por sentado que había algo que no encajaba en las dimensiones establecidas. Tragó saliva con dificultad. Entonces, bajó la mano poco a poco hacia su entrepierna y, ahí estaba, una erección.
«Ah, bien, sólo estoy duro».
De repente, su semblante quedó inexpresivo y los ojos se le pusieron en blanco. ¡Con un demonio eso iba a estar bien!
«¿Por qué carajo…?»
¿Ah? Había algo raro en su ojo. ¿Un tic? No. Sólo le temblaba la ceja de manera involuntaria.
«¡La que te parió, Higashikata Josuke!»
El agua no era segura. Ese líquido infernal se la había jugado en su contra subiendo su temperatura corporal. En situaciones normales no se habría excitado por Josuke. Ahora sólo tenía que salir de la ducha y pararse bajo el chorro de agua fría. En un par de minutos quedaría como nuevo. Además, el agua fría ayudaba a la circulación y los músculos, o eso había leído por ahí. Justo antes de salir por completo de la tina, se detuvo en seco, gracias a que una pequeña, pero muy importante, incomodidad en la garganta le recordó que no estaba del todo recuperado del resfriado. Si se metía de golpe al agua helada, lo más probable era que recayera en bronquitis, o peor aún, en neumonía, y eso significaba otra visita al hospital acompañada de una pausa a su manga y la descalificación automática del concurso Boys Love por ausencia de manuscrito.
¡Eso es!
Como si tuviera las respuestas a los misterios del universo, una súbita idea se hizo presente en su cabeza.
«¡Ese manga yaoi!»
Si había algo que compartía casi tanta culpa como Josuke, había sido esa imprudente decisión de hacer un… ¡Momento! Si aceptaba que la decisión de hacer ese manga era imprudente, era como decir que él mismo estaba siendo imprudente, y Rohan podía ser muchas cosas, como divino, orgulloso e inteligente, pero no imprudente.
De nuevo, la culpa recaía en Josuke, haciendo que éste interrumpiera la clase de inglés con otro fuerte estornudo.
Sólo restaba sacarle provecho a la situación, así que regresó a la comodidad del agua caliente para pensar. Traer a la mente temas incómodos o desfavorables debía ayudarlo a volver a la normalidad, por lo que cerró los ojos y prosiguió a hacer una lista mental de dichos tópicos.
«Segunda guerra mundial. Jodido Josuke, quemó mi casa. La cara de Okuyasu. Martin Luther King. El polen. ¿Hasta dónde se lavan la cara los calvos?»
¡Bien! Eso debería bastar.
—Oh…
Al carajo, no funcionó.
Una chispa de raciocinio brotó de entre sus entumecidas neuronas. Por ahí tenía una lista de cosas para experimentar que le pudieran ser útiles para el manga yaoi. No le gustaba mucho pensar en ello, pero masturbarse era una de las cosas que conformaban la lista, ya que nunca antes lo había hecho, quizá podría aprovechar la situación en la que se encontraba más que inmerso para averiguarlo.
Respiró profundo. Podía hacerlo.
No demoró demasiado en tomar su pene con una mano para comenzar un suave movimiento de arriba hacia abajo, quería salir de esa cuanto antes, pero por alguna razón, no lograba avanzar demasiado en su cometido.
¿Cómo fue que logró ponerse tan duro entonces?
Hizo un repaso de todo lo que había sucedido desde que se levantó. No fue hasta el momento en que recordó su sueño (pesadilla) con Josuke, que un temblor le recorrió el cuerpo y se obligó a sí mismo a recargarse en la bañera.
«Ah, rayos» pensó, a la par en que recordaba a Josuke y eso le brindaba placer.
Casi a manera de reflejo, llevó la mano que quedaba libre hacia sus testículos, masajeándolos. Una cosa llevó a otra y en poco tiempo deslizó los dedos más atrás, alcanzando su ano para estimularse con movimientos circulares y superficiales.
—Mierda… —dijo en un hilo de voz apenas audible.
Con relativa rapidez, percibió cierto cosquilleo entre sus ingles y se vio obligado a acelerar el movimiento de bombeo con la mano que sostenía su miembro. Eyaculó bajo el agua y su mente divagó por unos momentos, analizando como su semen se dispersaba paulatinamente en el agua mientras regulaba su agitada respiración por la boca, aún si sabía que la forma correcta de hacerlo era por la nariz.
Salió del ofuro ignorando la pesadez del cuerpo. Su piloto automático se encargó de secar bien su cuerpo y colocar ropa sobre su piel. Al cruzar la puerta, casi como un zombie, su visión consternada en el espejo le hizo volver en sí.
¿Qué acababa de pasar?
No. Nada de eso.
Rohan sabía a la perfección lo que había ocurrido. Negarlo lo convertiría en un imbécil y él trascendía ese plano mortal al grado de recibir vítores y alabanzas. Los adjetivos vulgares y despectivos eran para otro tipo de personas, pero no para él.
Como una flor que se marchita en el otoño, dejó caer sus rodillas al piso. Apretó los dientes y cerró los ojos casi de manera violenta y obligada, y con la misma rabia estampó sus puños en el suelo de madera.
«Esto no puede estar pasando».
Él estaba… Él estaba…
—Maldición —se forzó a susurrar, con desgaste en el cuerpo, con el desgarro del alma—. ¡Maldición!
Él estaba… Y del idiota de Josuke…
Luego de sobrevivir al cruel y perecedero break down mental, Rohan se encontraba como nuevo, y apenas era medio día. No había nada que una infusión de las hierbas correctas no pudiera aliviar.
Tomó el papel en el que había enlistado algunas cosas para experimentar y sintió una enorme cruz caer de sus hombros en cuanto tachó la opción de "masturbarse". No lo volvería a hacer jamás en la vida.
«A ver, a ver. ¿Qué sigue?»
Embriagarse.
«Cielo santo, Rohan del pasado, ¿en qué estabas pensando?»
Desde la perspectiva de la mayor parte del mundo, esos detalles eran apenas nimiedades, pero para el exitosísimo mangaka eran una espantosa jaqueca. No tenía amigos, ya que eran una molestia, además de que casi todos los seres humanos eran incompatibles con su personalidad, y el único amigo que se le venía a la mente era bastante menor de edad como para ir de copas con él. Bueno, siempre estaba el plan B: la comodidad de su hogar, que desde hacía muchos años podía considerarse el plan A.
Arrancó su auto hacia una licorería, si no estaba mal, cerca del centro había una. Compró selectas variedades de whiskey, además de bebidas sabor ginger ale, pues según el experto de la tienda, la combinación era excepcional en caso de que el sabor del alcohol mismo le resultara difícil de pasar. En casa tenía hielo, así que lo tomó del refrigerador apenas volvió y se puso manos a la obra.
—Aquí vamos —dijo Josuke en un suspiro, inspirándose algo similar al valor para tocar la puerta de la razón de sus más recientes tragedias.
Llevó la mano al timbre y esperó. Ese extraño revoloteo en la parte baja de su abdomen se tornaba más inquietante a cada segundo.
Escuchó algo caer.
«¿Una silla?» El ruido fue característico de un mueble; después, otra cosa también terminó en el suelo.
«¿Qué estará pasando allá adentro?» ¿Acaso Rohan se encontraba en problemas?
Tocó el timbre una vez más, algo ofuscado. Si el pedazo de excéntrico que vivía ahí no le abría, rompería la puerta para ver qué ocurría. Total, tenía a Crazy Diamond para arreglarla después.
Para fortuna de todos, nada de eso pasó.
—¡Ya voy! ¡Ya voy! —fue lo que se escuchó del interior de la vivienda, en un tono altibajo muy inusual, antes de que el mangaka abriera al fin, luego de luchar con sus propios pies por caminar recto y de patear el inútil perchero que se interpuso en su camino.
—Rohan-sensei —murmuró Josuke, casi atónito, al vislumbrar el rostro enrojecido del nombrado y el cómo se cargaba en la puerta.
—¿Qué quieres?
Josuke percibió el característico hedor del alcohol en su aliento, por lo que desvió el rostro. ¿Qué rayos había ocurrido para que ese hombre terminara tan borracho? Es decir, tenía la noción de que meterse en su vida era como pisar un campo minado, pero el hecho de que llevaban rato conociéndose hacía que le picara la curiosidad.
—¿Uh? ¡¿Me estás escuchando, imitación barata de delincuente?!
En ese estado, la cara de pocos amigos y la violencia con la que le hablaba se sentían potenciadas, y por lo poco que sabía de lidiar con gente así, intuía que empeorar su ánimo no sería la mejor decisión.
—Vine por mi chaqueta. ¿Recuerdas? —agregó, al fin, con una sonrisa nerviosa y bobalicona—. La olvidé aquí cuando enfermaste.
Aunque tenía ganas de solucionar otro asunto de una vez por todas, hiciese lo que hiciera sería una pérdida de tiempo ahora.
—Tu chaqueta… —entrecerró los ojos, como hurgando entre los pocos y lúcidos recuerdos a los cuales aún tenía libre acceso—. ¡Ah! La chaqueta… La dichosa chaqueta.
Dio media vuelta.
—Pasa.
—No, no. Prefiero esperar, muchas gracias.
—¿Eh?
Rohan le dirigió esa mirada diabólica que no hacía más que augurar la muerte y, entonces, lo tomó del cuello de la camisa, intentando zarandearlo con poco éxito.
—¡Escúchame bien, infeliz! Ya has invadido mi casa como si fuera la tuya cuando te quiero mil metros lejos de aquí —hipó—, y ahora que te digo que pases, repentinamente recuerdas tener modales.
Josuke se sentía incómodo, pero no podía responder, ya que lo que había dicho era cierto.
—¡Pues me importa una mierda y entras!
No soltó para nada al muchacho, intentando meterlo junto con él a tirones.
—O-Oye, no hagas eso. Podría ser… ¡peligroso! —logró atrapar a Rohan antes de que cayera al suelo, pero al recibir semejante mirada de odio, lo dejó de rodillas en el piso, antes de soltarlo y hacerse a un lado, ya dentro de la casa.
—Iré por la chaqueta —agregó, presentándole una ardua tarea el ponerse de pie, por lo que apoyó las manos en la pared para buscar un soporte.
Josuke miró alrededor. Sobre la mesa de centro había varias botellas y una silla en el suelo. Quizá eso fue lo que escuchó caer. Entonces, regresó su mirada hacia Rohan, quien intentaba caminar en línea recta, sin tropezar con sus pies, en dirección hacia las escaleras. Por mucho que su relación estuviera en términos peculiares, no podía dejar que semejante borracho subiera y bajara por sí solo, aunque tampoco lo iba a escoltar.
—¡No es necesario, Rohan-sensei! —se paró detrás de él y lo tomó por los codos, como cuando su madre llegaba cansada, casi dormida, y debía encaminarla a su habitación.
Lo más cercano era un sofá, así que no escatimó en hacer uso de la fuerza para sentar al deplorable mangaka ahí.
—¡¿Pero qué crees que estás…?!
—¿Está arriba, verdad? —lo interrumpió, avanzando a paso rápido hacia arriba—. Iré por ella rápido. ¡Me verá aquí antes de que pueda procesarlo!
Rohan no tuvo tiempo de argumentar, el muchacho había subido a toda prisa saliendo de su rango de visión, el cual, de todos modos era borroso y confuso. Sin embargo, le importó un carajo y se levantó de su lugar llegando con bastante dificultad hacia el primer escalón, sosteniéndose del barandal de caoba. Sin lugar a dudas no se sentía capaz de subir, pero esta vez no se tropezó al caminar, así que no podía estar tan mal como parecía.
—¡Rohan-sensei! —Josuke llamó su atención desde la parte superior de la escalera—. La encontré —enseñó la prenda mientras bajaba tan rápido como subió.
En verdad fue fácil dar con su ropa. Estaba colgada justo en la puerta del armario. No perdió tiempo para vestirse e hizo una corta reverencia.
—Permiso.
—Ni se te ocurra dar un sólo paso —amenazó, señalándole con el índice.
—¿Hm? —se giró, algo confundido, observando al otro acortar la distancia para tomarle de la ropa como punto de apoyo.
Entonces, le revisó ambas manos con la mirada, cerciorándose de que no tuviera algún objeto punzocortante, por pequeño que fuera. Si en días comunes, ese hombre ya era impredecible y difícil, no quería imaginar lo que podría tener en esa cabeza revuelta justo ahora.
—Tú… —hipó de nuevo—. Me has dado muchísimos problemas desde que llegué a Morioh, Higashikata Josuke —levantó el rostro, con el ceño fruncido, para encarar al mocoso—, y hasta ahora no te he cobrado ni una sola.
Con esas palabras, Josuke se dio una idea de a lo que iba, pero en esos instantes no tenía cómo pagarle.
—A-Ah… Sí. Sobre eso…
—¡Cierra la boca, que aún no termino de hablar!
Por alguna razón, Rohan enojado le daba la sensación de ser regañado por su propia madre.
—Hazte responsable por ello.
Esa última oración le dio a Josuke un sentimiento diferente. Era serio, era profundo, y logró perderse en esos ojos color esmeralda, que nunca se había detenido a mirar.
—Uhm —un leve sonrojo subió a sus mejillas, pero no se dejó intimidar por aquello—, claro. Podría hacerlo… supongo. Pero, verás, mi madre congeló mi cuenta bancaria porque…
Sus palabras fueron calladas de la manera menos predecible. La gente lo había intentado callar con un golpe directo a la boca del estómago o a la cara, inclusive interrumpiendo con un grito colérico, pero lo que Rohan acababa de hacer era inaudito. Le tomó del rostro con ambas manos y en menos de lo que dura un parpadeo, ahí estaba de nuevo. Esa sensación de sus labios siendo presionados contra los ajenos lo congeló por algunos instantes, haciéndole difícil reaccionar en respuesta.
La confusión y el deseo se apoderaron de su mente. ¿Por qué Rohan lo estaba besando? ¿Por qué no sentía el resto de su cuerpo? ¿Estaba bien eso?
No. En absoluto. No estaba bien.
En lugar de responder al contacto, tomó las muñecas del contrario.
—Rohan-sensei, escucha, estás ebrio y no sabes lo que…
—¡Sí! ¡Estoy ebrio y sé lo que hago! —replicó entre beso y beso—. También estoy seguro de que no quiero oírte hablar.
—Hm —una extraña emoción invadió su cuerpo. Veía a Rohan decidido, molesto y ansioso a la vez. Era muy extraño, pero también estaba el latente impulso que le susurraba lo mucho que deseaba eso.
Reaccionó al superficial contacto con movimientos casi tan torpes como quien los había iniciado. Uno. Dos. Tres. Cinco. Ocho. Y, de repente, perdió el conteo de la cantidad de besos que estaba respondiendo. Colocó una mano sobre la espalda baja de Rohan y atrayéndolo hacia sí, desapareció el poco espacio que llegó a existir entre ambos. Rohan le rodeó el cuello con los brazos, volviendo asfixiante el contacto y Josuke no tardó en separar los labios para mezclar su aliento. Al sentir la lengua de Rohan, entrelazándose con la propia, percibió un cosquilleo singular en sus entrañas. Cerró los ojos para analizar qué era aquello, pero tan sólo sintió cada vez más caliente su cuerpo. Era algo ardiente, fogoso, como tener lava en las venas, y cuyo origen no yacía en sí, sino en quien tenía justo al frente.
A diferencia de la última ocasión, besar a Rohan estaba siendo como probar alcohol por primera vez, no sólo porque éste tuviera más alcohol circulando en su torrente que la propia sangre, sino por lo embriagante que resultaba. Podría repetirlo una y otra vez, sabiendo que está cayendo en el vicio, pero sintiéndose débil, dependiente e incapaz de dejarlo.
Maldición, ¿pero qué le había hecho? Seguro que Heaven's Door tenía una habilidad oculta para hacer amarres, porque era antinatural lo mucho que había deseado a Rohan esos días, y que hasta ahora, probándolo, se diera cuenta de ello.
Se separaron un poco, para pasar la saliva que se había acumulado y reanudaron sus acciones en una fracción de segundo, de una manera más húmeda, más acalorada, más hambrienta.
Como un capricho personal, Josuke pasó ambas manos por la cintura ajena, sintiendo lo pequeña que era en comparación a cómo se veía, y no dudó en introducirse bajo la ropa para deleitarse aún más con la temperatura.
Tras varios minutos decidió trazar un camino de besos y leves mordidas, desde la mejilla de Rohan hasta su cuello, donde tuvo una mayor extensión de piel para gozar.
Aunque la respiración de Rohan se entrecortaba, no hubo momento en que dejara escapar un solo quejido, pero lo que hizo después salió de su autocontrol, como quien trata de tomar el agua entre los dedos.
—Esta mañana tuve que masturbarme por tu culpa —comentó, como si fuera lo peor en su vida, o en esa semana, cuando menos—. Esa también me la vas a pagar.
—¿Ah, sí? —agregó, divertido y extrañado a la vez, sin dejar de probar ese cuerpo—. No sabía que fueras tan pervertido.
—¡Serás...!
Sin embargo, volvió a besarlo para que se callara. Debía ser a causa del alcohol. ¿Quién en su sano juicio te diría que se mast…?
Un momento. Si interpretaba bien lo que acababa de decir, ¿eso significaba que Rohan había hecho aquello… pensando en él? ¿Lo que trataba de decirle era que había fantaseado con él? ¿En la mañana? ¿O sea, estando sobrio?
Algo no andaba bien, y no sabría qué era si permanecía en esa casa más tiempo. Intentando ser lo menos brusco posible, Josuke puso fin a la faena y retrocedió un paso, topándose de espaldas contra la pared.
—Rohan-sensei —lo tenía agarrado de los hombros para asegurar que no se tambaleara—, deberíamos tratar éstas cosas cuando esté cuerdo.
Sin saberlo, aquel muchacho aplicó una técnica familiar y ancestral que consistía en correr lo más lejos posible en tiempo récord. En el camino se aseguró de no dejar nada en aquel lugar y cerrar la puerta al salir, pero no se detuvo hasta llegar a su casa y hallarse en su habitación.
Su madre aún no llegaba del trabajo, lo cual era bueno, ya que se ahorraría una explicación (excusa). El corazón le iba a mil por hora y algunas gotas de sudor se deslizaban por su frente, sin mencionar que aún jadeaba para asegurar que a sus pulmones entrara oxígeno suficiente.
Había hecho mal. Todas y cada una de sus acciones harían llorar a su difunto abuelo, o, cuando menos, harían que lo encerrara tras un par de barrotes cerca de setenta y dos horas para ver si así se le quitaba lo idiota.
Es decir, aquí el menor de edad era él, pero claramente se había aprovechado de alguien que no estaba en sus cabales. Había tomado ventaja de su… de su… ¿De su qué? ¿Enemigo? ¿Amigo? ¿Conocido? ¿Enemigo con beneficios? Ni siquiera sabía qué relación tenía con Rohan ahora.
Se dejó caer sobre la cama, moviéndose con pesadez para quedar boca arriba. Llevó una mano directo hacia los labios, los cuales aún recordaban la calidez y la suavidad de otros; sus manos rememoraban la forma exacta y la temperatura que palparon; y estaba casi seguro de que olía un poco a alcohol.
Entonces recordó lo que le mencionó Rohan. Los niños y los borrachos siempre dicen la verdad, ¿no es así? Por lo que podía asumir que Rohan se la jaló pensando en él y, por alguna razón, aunque se trataba de otro hombre, no sintió asco. Es más, le habría gustado verlo.
Su rostro adquirió el color de la grana y se cubrió con ambas manos, soltando un grito de adolescente hormonal, estúpido y enamorado.
De alguna manera, todo eso significaba que Rohan se sentía como él, ¿cierto? También quería verlo, tocarlo, besarlo y... más. No obstante, una duda mucho mayor removió su interior: ¿Qué escribió Rohan aquella vez? ¿Y por qué? Suponiendo que Rohan tuviese un amor unilateral hacia él, ¿no habría ido demasiado lejos volviéndolo correspondido con ayuda de su Stand? ¿Acaso todo había sido un vil montaje para lograrlo?
Cuantas más eran sus esperanzas por ser correspondido, también se incrementaban las dudas y, sin estar consciente de ello, eso sería lo que le quitaría el sueño por el resto de la semana.
Por otro lado, lo primero que Rohan hizo a la mañana siguiente fue vomitar. No tenía apetito y prefería morir si con eso dejaba de sentir lo que había de los hombros para arriba. Primero se centraría en sentirse menos de la mierda, y más tarde se pondría a trabajar dibujando todo lo que alcanzase a recordar. Ni loco volvería a experimentar algo así de nuevo. Lo más probable es que tirara el resto del whiskey por el drenaje.
No volvería a probar una sola gota de alcohol en su vida, a no ser que se trate de una copa ligera acompañando ciertos tipos de comida, o en casos estrictamente necesarios.
