Digimonnomeperteneceyescriboestahistoriasinfinesdelucro.
Atravesada entre los párpados
No consigo dormir. Tengo una mujer atravesada entre los párpados. Si pudiera, le diría que se vaya; pero tengo una mujer atravesada en la garganta.
Eduardo Galeano
Para mis diorsas sorato, por las treinta páginas de fangirleo. Aunque ya vayamos por las treinta y nueve.
Suerte
―Sora, ¡tienes tanta suerte! ―exclamó Makoto, colgándose de su cuello. No le importó que sus ropas estuvieran transpiradas y sucias, ni que todas sus compañeras de tenis pudieran verlas y oír su conversación.
―Ya te he dicho que son ideas tuyas ―espetó, algo molesta, mientras intentaba caminar arrastrando a su amiga.
―Ideas mías nada. En todo caso, ideas de todas ―indicó, mostrando a las demás chicas del equipo de tenis, ninguna de las cuales parecía querer disimular la atención que ponían a esa conversación.
―Makoto tiene razón, Sora ―aportó Eri, colgándose de su otro hombro―. ¿Hace cuánto son novios?
―¡No somos novios! ―exclamó, redoblando sus esfuerzos ahora por librarse de las dos tenistas que parecían preferir ser arrastradas por ella a caminar por sus propios medios―. Es mi amigo de la infancia, nada más que eso.
―Ojalá todos mis amigos de la infancia se quedaran a observarme cada vez que tengo práctica de tenis… dos veces por semana ―recalcó Makoto.
Finalmente se soltó de Sora y le pasó una toalla limpia. La pelirroja se paró de espaldas a las gradas, para no ver a su rubio amigo sentado con el bajo al aire libre, a varios grados bajo cero, improvisando alguna melodía.
Súbitamente estaba de mal humor, y estaba de mal humor con él.
―Tan solo míralo… tan perfecto… ―suspiró Eri.
―Con esos cabellos largos y su pinta de rebelde sin causa…
―¡Yamato no es ningún rebelde sin causa! ―protestó Sora―. Es un chico perfectamente amable y simpático, una vez que llegas a conocerlo. ―Lo defendió, pero a cada momento se molestaba un poco más.
―Tal vez, si quisieras presentarnos a tu amigo, podríamos llegar a la misma conclusión… ―sugirió Makoto, sin saber que este pequeño e inofensivo pedido aumentaría el malhumor Takenouchi a niveles que no solían presenciar.
―No puedo, nunca me espera luego de bañarme ―justificó, usando un tono mucho más duro que el que usualmente usaba.
―¡Eso justifica nuestro punto! ―festejó Eri―. ¿Para qué viene a verte y te espera ahí, muriéndose de frío? ¡Es porque no se anima a hablar contigo! ¡Te quiere tanto! ―agregó, ilusionada.
―¡Que sí se anima a hablarme! ¡Somos amigos! Profesora, ¿ya es mi turno? ―preguntó, ansiosa.
Su entrenadora la miró de reojo, confundida, ya que acababa de darle un descanso y Sora ni siquiera había tomado agua.
―¿Y entonces para qué se sienta ahí, a pasar frío, si no es porque quiere verte en falda? ¿… acaso quiere ver a una de nosotras? ―se esperanzó Makoto, revoleando en el aire sus dos trenzas castañas.
―… dice que viene porque lo invité. ¡Y es cierto, yo lo hice! ―justificó, recordando el primer día que Yamato se había acercado hasta la cancha―. No pensé que fuera a hacerme caso, mucho menos con tanta constancia ―suspiró―. Ahora temo decirle que no quiero que pase frío, porque puede pensar que estoy tratando de sacármelo de encima…
Ninguna de sus amigas contestó. Ambas la observaron, sentada en el banco con las piernas estiradas, de espaldas a Yamato. A ninguna de las dos se le había escapado el hecho de que él no dejara de mirarla, justo ahora cuando Sora no podía verlo.
―¿Qué pasa? ―preguntó, insegura. No se atrevió a mirar hacia atrás.
―Sora, amiga… ―comenzó Eri. Luego de mirar a Makoto, ambas se sentaron junto a ella. Todo el resto del equipo estaba al tanto de esa conversación―. Aún no te das cuenta, pero te estás mintiendo a ti misma. No hay ninguna manera de que él venga hasta aquí, dos veces por semana, con el frío que hace, solo porque 'lo invitaste'. ―Intercambió una mirada con su amiga antes de continuar―. Así que quédate aquí, mintiéndote a ti misma, negándote a lo obvio. Pero uno de estos días, ese bombón te esperará y se ofrecerá a acompañarte a tu casa.
―Y más vale que estés preparada para ello ―terminó Makoto.
Sora no contestó. Fijó su mirada en el piso y supo que su sonrojo era visible; posiblemente hasta Yamato sería capaz de verlo, en la oscuridad y a tantos metros de distancia.
―Él solo se inspira… tocando su bajo en la semi oscuridad… ―murmuró, pero nadie le prestó atención.
Sora quiso forzarse a no pensar más en Yamato mientras se bañaba y cambiaba, pero los constantes cotilleos de todas sus compañeras de equipo, incluso de la única chica con la que no se llevaba bien ―la que ahora parecía alabarla, o algo así, por saber que era amiga de Yamato Ishida― no colaboraron en nada con su objetivo.
No pudo evitar irse de la práctica desganada, con el bolso mal colgado y prácticamente arrastrando la raqueta con pena. Si alguna de ellas conociera la realidad de su relación con Yamato, si supieran de su cresta de la amistad, de su aspecto físico cuando él la conoció, no supondrían ni por un segundo que él, Yamato Ishida, pudiera ver en Sora a alguien más que a la chiquilla de once años con problemas con su madre.
La ingenuidad de sus amigas la molestaba, pero también la lastimaba, y eso era lo peor de todo. Saber que, a ojos externos, podía aparentar algo que jamás viviría.
―¿Sora? ―la voz de hombre la sobresaltó, haciéndola tirarse hacia atrás. Su bolso resbaló sobre su hombro y cayó al piso con un fuerte golpe.
―¿Yamato? ¿Qué haces aquí? ―preguntó, asustada, observando la creciente oscuridad.
Él se agachó y levantó su bolso. Sora estiró la mano para agarrarlo, pero él se lo colgó del hombro, del lado contrario a su bajo.
―¿Te acompaño? ―preguntó.
Pero en realidad no fue una pregunta, porque Yamato no esperó respuesta. Simplemente emprendió la marcha, llevándose las cosas de Sora con él y obligándola a correr tras él.
No escuchó los gritos de emoción de sus amigas, aún en la puerta de los vestuarios.
Pero los imaginó.
Notas: ¡Hola! Puesss como a todas nos gustan los sorato pre navidad, y a mí me gusta que Yamato la vea con su uniforme de tenis, aquí está la continuación al primer drabble.
