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Atravesada entre los párpados


No consigo dormir. Tengo una mujer atravesada entre los párpados. Si pudiera, le diría que se vaya; pero tengo una mujer atravesada en la garganta.

Eduardo Galeano


Aclaración: Universo Alterno.


La banda que era lo más


A Sora le gustaba la música.

Los gritos de Mimí y Miyako, no tanto.

―¡Baila con nosotras! ―gritó Mimí, zarandeándola―. ¡Esta banda es lo más!

Sora sonrió, por cortesía. Dio dos o tres pasitos de baile, para disimular. Aparentemente, Mimí creyó que se divertía, porque la dejó ser.

A Sora le gustaba la música. ¡No los recitales de bandas en formación, seguidas por hordas de niños de escuela secundaria!

Y ellas tres, claro, que ya eran universitarias… Pero a Miyako le gustaba un niño menor que ella, que estaría ahí. A Mimí, simplemente, le gustaba bailar.

Sora terminó de deprimirse cuando sus dos amigas, reinas de la pista de baile (y muy alocadas también), de alguna manera lograron hacerse sobre los hombros de dos jóvenes altos (Sora deseaba que, al menos, uno de ellos fuera el candidato de Miyako). ¡Y ella era la más bajita de las tres!

Ligeramente molesta, aunque no lo admitiría, dio la vuelta para marcharse al fondo del local, donde podría sentarse… o al menos recostarse sobre la pared transpirada. Si, de todas maneras, ¡con su altura no llegaba a ver las bandas!

Se chocó con alguien. O, mejor dicho, alguien se la chocó. ¡Casi siguió de largo con ella debajo suyo!

―¡Lo siento! ―se disculpó, agitado. El golpe no había sido fuerte, apenas un empujón, pero Sora estaba de mal humor y lista para quejarse.

Aunque hay que admitir que se atontó un poco al alzar la vista y ver al roquero rubio de ojos azules que la había chocado.

―¡Lo siento! ―repitió, a los gritos―. ¡Eres muy bajita, no te vi!

Sora se molestó, bello y educado, ¡hubiera sido mucho pedir! ¡Y en ese local apestoso y transpirado!

Por educación, sonrió y se dispuso a proseguir su camino.

―¡Lo siento! ―dijo, por tercera vez―. En verdad lo siento. Déjame compensarte.

―¡No pasa nada! ¡Gracias! ―gritó, intentando alejarse. El muchacho insistió.

―¡Lo siento, no quiero gritar! ―dijo y, tomándola de ambos brazos, la impulsó hacia sí. Luego, se encorvó para que sus cabezas quedaran a la misma altura―. Si te quedas entre la gente te seguirán chocando ―dijo. A Sora le gustó el tono grave de su voz―. Si me lo permites, me gustaría alzarte sobre mis hombros. Al menos hasta que termine este grupo.

«No es necesario». Pero en vez de eso, dijo:

―No quiero molestarte.

―Por favor.

Y enseguida Sora se encontró alzada sobre los hombros del muchacho rubio y alto que acababa de conocer. Nerviosa, se agarró de sus hombros, de su cuello, de su cabeza… ya tenía los dedos firmemente enredados entre sus cabellos rubios cuando se dio cuenta de que prácticamente ¡estaba toqueteando a un extraño! Avergonzada, retiró las manos. Su extraño de ojos azules la sostenía de las piernas, y cuando ella lo soltó, se las apretó con delicadeza… ¿acaso quería que lo siguiera acariciando? … pero no, ella no se atrevería. No lo conocía. Nunca antes había visto esos cabellos rubios…

… y no los volvería a ver.

Sora le enredó las manos.

La canción terminó, la banda se despedía y a ella ya estaban bajándola, justo cuando comenzaba a perder la timidez y a, de hecho, disfrutar ese contacto. Pero, después de todo, él solo quería hacerle un favor para expiar una culpa que, Sora creía, no tenía.

―Yamato ―se presentó―. Lamento tener que irme.

―No te preocupes ―dijo, aunque un poco lo lamentaba―. Te dije que no me lastimaste. Gracias, igual.

Sabía que él la miraba fijo, pero en la oscuridad no lograba descifrar con claridad su expresión.

―Debo irme.

―Lo sé ―sonrió. A su lado la gente se reacomodaba para escuchar a la nueva banda, los empujaban y movían de lado a otro. Yamato no se fue.

―Es que… ¡ya! ―sonrió―. ¿Puedo pedirte tu nombre?

Sora, desprevenida, rio.

―Claro que puedes.

―¡Pero debo irme! ―repitió.

―Yamato Ishida deja de flirtear y sube al escenario ―dijo, por micrófono, uno de los integrantes de la nueva banda.

Entre luces parpadeantes, ella lo vio bajar el rostro. Cuando lo alzó, solo pudo distinguir que su expresión era otra.

―Tu nombre ―pidió, con firmeza.

―Sora ―dijo, sorprendida. En realidad, ella aún no había entendido lo que acababa de suceder.

―Gracias.

Y en unos pocos pasos, Yamato saltó al escenario.

Ishida, el que había estado flirteando con ella.