Digimonnomeperteneceyescriboestahistoriasinfinesdelucro.
Atravesada entre los párpados
No consigo dormir. Tengo una mujer atravesada entre los párpados. Si pudiera, le diría que se vaya; pero tengo una mujer atravesada en la garganta.
Eduardo Galeano
I prefer the ones in which you kill me.
Sora era una muchacha ágil y de buenos reflejos. Rápidamente, sin detenerse, saltó las manzanas que, rodando bajo sus pies, amenazaban con hacerla tropezar. Esquivó a los trabajadores del pasillo de los textiles mientras transportaban sus telas de colores brillantes, teñidas de púrpura del océano Atlántico. Con tino, se internó por el barrio de las prostitutas. Si no la perdían por confundirla con una de ellas, sería por distraerse mirándolas, o tocándolas.
Era ágil, pero se sentía cansada. Sus piernas le pesaban y la garganta le ardía. Cuando se secara la respiración que le empapaba el cuerpo, se enfriaría y su vestido de tela áspera no la protegería del viento que llegaba del desierto. Pero debía llevar el pan, o los niños del orfanato no podrían dormir esa noche a causa del hambre.
Se sintió segura en el callejón que llevaba a los baños. Nadie la buscaría ahí: el olor era nauseabundo.
Sora pensaba que a las fuerzas del orden no les interesaría tanto perseguir sin descanso a una huérfana que se había robado dos hogazas de pan. Pero se equivocó.
Uno de ellos, amante del orden parecía ser, o pariente de algún panadero acaso (u otro pobre diablo con hambre como ella), la encontró.
―Es imposible que te escondas con ese color de cabello ―dijo. Su voz la inmovilizó―. La próxima vez deberías pensar en cubrírtelo. Extranjera ―subrayó, con desprecio.
Sora retrocedió hasta que su espalda la atrapó contra la pared sucia y húmeda.
Intentó sonar educada.
―Son solo dos hogazas de pan ―las mostró―. Es lo único que cenarán esta noche los niños del orfanato.
Yamato no retrocedió. Sora no había dejado de mirar sus ojos, oscuros, azules. Sintió algo aflojarse dentro de ellos.
Pensó que la iba a dejar ir, pero no lo hizo.
Cuando sus dedos helados se unieron alrededor de su cuello, Sora no pudo dejar de mirarlo a los ojos. Y no le costó saber que él también tenía hambre; acaso también tuviera algún niño o familiar a cargo que no comería más que esas dos hogazas esa noche.
Pero Sora no podía compartirlas, porque ella tenía decenas de bocas con hambre. No entregaría las hogazas, y tampoco entregaría su vida.
Él no lo vio venir porque, al igual que ella, no había dejado de mirarla con fijeza a los ojos. Sora sabía que algo brillaba allá adentro, muy al fondo. Algo conocido. Algo que le encantaba.
El cuchillo se deslizó bajo sus costillas, al punto del que esperaba que brotara muchísima sangre y que en pocos segundos le impediría respirar. Yamato se deslizó hasta el piso sin soltarla. Sora tampoco soltó el cuchillo.
Llorando, cayó con él. No pudo dejar de mirarlo. Y mientras su respiración se entorpecía y su sangre le empapaba las manos, Sora sintió que no era la primera vez que miraba al fondo de ese azul tan intenso.
Aunque no lo sintió. Lo supo.
Supo que no era la primera vez que veía esa luz, y que no sería la última vez que la vería apagarse. Hasta el sabor de sus lágrimas le parecía conocido, uno de antaño.
Llorando, Sora lo miró morir una vez más.
Notas: ¡Hola! Este drabble se inspira en esa frase del poema 25 lives de Tongari. No tengo nada más escrito.
