Marie caminaba por los pasillos de la escuela. Había terminado su primera clase del día, la cual era física avanzada, y ahora se dirigía a buscar a sus hermanas, con intenciones de saltarse su siguiente clase, lógica matemática. La primera clase fue divertida: alguien muy graciosillo le jugó una broma al maestro cuando éste se sentó, haciendo que su silla se rompiera. Y además, tuvo la oportunidad de estar con su querubín y poder tentarlo con obscenidades discretas cada vez que volteaba a verla.

Se veía tan lindo todo sonrojado y acalorado cada vez que jugaba así con él, le traía recuerdos de cuando lo perseguía. La diferencia es que ahora podía cumplir con todas las tentaciones, y él la asistiría con ganas de complacer.

Caminó hacia el ala oeste, bajó las escaleras, pasillo izquierdo, de nuevo escaleras, se fijó que no hubiera maestros por el área, salió patio, pasillo derecho, callejón algo oculto, y ahí se encontraba: El baño externo de la preparatoria. Estaba abandonado, debido a la pobre infraestructura con la que se construyó, y la ineficiencia de las cañerías. Un lugar perfecto para que no te encuentren. Claro, de no ser por los rebeldes del colegio que ya se habían adueñado del lugar, entre ellos, las hermanas Kanker.

Abrió la puerta de una patada, encontrándose con sus hermanas, estaban repartiéndose cartas; May mascaba chicle y Lee tenía un cigarrillo sin encender entre los labios.

— ¿Por qué la demora? ¿Te perdiste de camino aquí? — dijo Lee, sacando un encendedor de su bolsillo.

Marie no dijo nada y se sentó en su puesto, agarrando la mano de siete cartas que habían apartado para ella.

— ¡Por favor, Lee! Esos cigarrillos me matan. — se quejó May al verla encender el cigarrillo que tenía en la boca.

La pelirroja dio una inhalada al palillo de cáncer entre sus dedos y soltó una bocanada de humo en dirección a su hermana menor.

— Que pena.

May abanicó una mano frente a su rostro, tratando de alejar el humo de su área de respiración.

— Estúpida. Ahora voy a oler a cigarrillos, y lo van a notar.

— ¿No sabes de la existencia del perfume? — rió su hermana mayor.

— Esa mierda pierde potencial, y lo sabes.

Para evitar la inminente discusión que se venía, Marie sacó un pequeño cigarrillo electrónico del bolsillo de su enorme chaqueta, para sorpresa de sus hermanas.

— A ver, May, prueba esto. — se lo llevó a los labios, apretó el botón e inhaló.

Lo retuvo por unos segundos y luego soltó una gran cantidad de humo en dirección a sus hermanas. Para el agrado de la menor, éste no tenía un aroma a tabaco, más bien olía a chocolate.

— ¿Mejor? — preguntó.

— Mejor. — confirmó, empezando el juego al lanzar una carta.

— Dame eso. — exigió Lee, apagando su propio cigarrillo contra el piso y arrebatándole el pequeño dispositivo.

Imitó la acción de su hermana, logrando que el humo tome la forma de un anillo en el aire al exhalar.

— No tiene tanta nicotina, pero sí más humo. — concluyó, inspeccionando el vaper. — ¿De dónde sacaste esta mierda, Marie?

— De por ahí. — contestó, organizando las cartas en sus manos y lanzando una al centro.

— No me vengas con esa porquería: esta mierda cuesta un dineral. — le devolvió el vapeador y agarró sus cartas. — O lo robaste, o alguien te lo dio.

— Se lo quité a un niño de primero que trataba de hacerse el grande. — inventó.

— Entonces lo robaste. — confirmó, recogiendo una carta y lanzando otra al centro.

— ¿Acaso importa? — replicó, frunciendo el ceño al ver que May había lanzado una carta especial al centro que era de color azul, así como un símbolo «+2». — ¿Tan rápido? — recogió dos cartas del montón, perdiendo su turno.

May se encogió de hombros. — A mi me da igual que se lo haya sacado a un niño, esa cosa huele mejor que esos asquerosos cigarrillos que tanto adoran.

— Pfff por favor. Mamá lo hace. — contestó Lee.

— Mamá no lo hace frente a nosotras. — replicó la rubia.

— Mamá no lo hace frente a nosotras porque nunca está en casa. — habló Marie.

Las hermanas no sabían cómo responder a eso. Porque era cierto.

Una vez que las tres comenzaron a valerse por sí solas, su madre empezó a ser presenciada cada vez menos. Lo que ellas sabían, era que trabajaba medio tiempo en varios lugares todos los días en la ciudad, todo para darle lo mejor a sus hijas. Raras veces la veían, pero podían saber que volvió al ver el refrigerador con comida, o dinero suficiente para cubrir los gastos del mes, o una que otra prenda de vestir para alguna de sus hijas, que al fin y al cabo, terminarían usando las tres. Y al no estar en casa, la responsabilidad recaía indudablemente sobre Lee, quien se encargaba de mantener la casa y cuidar de sus hermanas.

Siguieron jugando en silencio, lanzándose cartas, una que otra carta especial.

— ¡Uno! — exclamó May, bajando una carta número 8 rojo al centro, y evidentemente, quedándose con solo una carta en mano.

Lee y Marie intercambiaron miradas, asintiendo y poniéndose de acuerdo.

— ¡Mas cuatro! — dijo Lee, lanzando una carta negra con el símbolo +4 en el centro, al igual que una paleta de cuatro colores.

— ¡Mas cuatro! — siguió Marie, con una carta similar. — Con eso suman ocho, May. — sonrió con satisfacción. — Oh, por cierto: Cambio a color verde.

La rubia las miró con molestia, recogiendo las respectivas cartas del montón, perdiendo su turno. Y para aumentar su enojo, cuando fue el turno de la peliazul, ésta le lanzó una carta con una flecha, que invertía los turnos, haciendo que sea Lee de nuevo, y esta lanzó una carta con una «X» en el medio.

— Te bloqueo y uno. — rió.

— ¡Oigan! ¡No pueden aliarse en mi contra! — se quejó la rubia

— Claro que podemos. — replicó su hermana mayor. — Deja de llorar como niña y juega.

Sin complacerse con la respuesta, se giró hacia su otra hermana.

— ¿Marie?

La mencionada rodó los ojos. — Solo déjala ganar. — habló, tirando una carta normal en el centro. A lo que la de cabellos rizados siguió, bajando la última carta que le quedaba y levantándose de su puesto, sacudiéndose las manos.

Las hermanas restantes en el juego, decidieron abandonarlo, dejando sus cartas junto al montón en el centro. La pelirroja se recostó por una pared, mirando con cautela el pasillo al lado de la salida.

— ¿Qué clases tienen después? — preguntó.

— Biología. — respondió Marie.

— Química avanzada. — dijo May.

La mayor suspiró con pesadez. — Mamá querría que terminemos todas juntas este año así que: nada de volver a saltarnos clases.

La peliazul arqueó una ceja. — ¿Lo dices cuando acabamos de saltarnos una? — dijo mientras se levantaba y sacudía sus pantalones. — ¿Qué te hizo cambiar de opinión? — ambas hermanas se acercaron a ella.

Lee se encogió de hombros. — Quiero terminar con esto de una vez por todas.

— Pero, podemos divertirnos por el camino, ¿Verdad? — preguntó la menor.

La pelirroja sonrió, acariciando la cabeza de su hermana menor.

— Por supuesto que sí. Después de todo, ¿Quién se encargará de atormentar a los Eds? — su sonrisa se ensanchó a una más maniática.

— ¿Crees que tengamos oportunidad?

— ¿Acaso no viste cómo se quedaron babeando cuando nos vieron? — esta vez habló Marie. — Es nuestro último año: todo puede pasar.

Las tres sonrieron perversamente, comenzando a reír.

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Doble D salía de su turno en la enfermería. Los de segundo año habían tenido educación física y al entrenador no se le ocurrió mejor idea que empezar el año con un brutal juego de quemados. Así que había tapado muchas narices sangrantes el día de hoy.

En el pasillo se encontraban pocos estudiantes, debía llegar al tercer piso a buscar sus cosas para su siguiente clase: Química avanzada. Giró un pasillo a la derecha y para su sorpresa y agrado, pudo ver a la chica de cabello azul, objeto de su afecto.

Era la única ahí. Estaba de espaldas a él, caminando con toda la tranquilidad del mundo, tomándose su tiempo. El chico sonrió para sus adentros, y caminó con sigilo, pues quería sorprenderla. La siguió unos metros hasta que de repente la chica se detuvo, volteando para mirar hacia atrás. Prediciendo eso, Edd se escondió rápidamente tras unos casilleros. Asomó la cabeza para verla mirar a todos lados, siguiendo parada en el mismo lugar. La vio olfatear el aire, para luego dar una gran inhalada, su rostro reflejando a uno de placer en cuestión de segundos, parándose sobre la punta de sus pies como si quisiera flotar.

El acto en sí fue raro para el chico. Jamás la había visto hacer eso.

De repente la chica recobró la compostura, siguiendo con su camino y dando la vuelta al pasillo. Edd la siguió rápidamente, pero cuando volteó no había nadie ahí. Caminó unos pasos hasta que sintió que fue jalado de la corbata. Para cuando se dio cuenta, se encontraba dentro de un armario del conserje.

Quedó atrapado contra un estante, y el cuerpo femenino que lo retenía escondió su rostro en su cuello.

— Sabía que eras tú. — habló la voz de Marie. — Estás usando ese perfume caro que tanto me gusta. — comenzó a dejar besos por su cuello. — ¿Tratabas de asustarme, bomboncito? Tengo clase de biología después, más vale tener una previa. — subió sus besos por su quijada hasta llegar a su boca.

Doble D, quien había tenido sus manos sujetas al estante detrás suyo, las llevo a la cintura de su novia, al mismo tiempo que profundizaba el beso. Fue bajando lentamente las manos, hasta llegar a su bien formado posterior, donde dio un apretón. Marie gimió, cortando la unión de sus labios.

— Veo que también me extrañaste.

El chico aprovechó sus bajas defensas para hacerla retroceder hasta el estante del frente, siendo cuidadoso de no echar nada, y acorralándola esta vez a ella.

— Lo que hiciste en clase fue muy inapropiado. — reprochó. — No era el momento, ni el lugar.

— ¿Y lo es ahora? — sonrió con picardía, agarrando una de sus manos y colocándola sobre un seno, sosteniéndola ahí, acercando su rostro a su oído. — ¿Quieres cobrar? Sabes que siempre estoy lista para ti, muffin. — susurró, mordisqueando el lóbulo de la oreja.

Edd trató de no derretirse con esa acción, tomándola de la barbilla y obligándola a verlo a los ojos.

— No podemos, Marie… Estamos… Estás… ¿No estás usando sostén? — cuestionó al sentir la suavidad debajo de la tela, y un pezón endureciéndose rápidamente.

— Sabes que no me gusta usarlo. — hizo un puchero.

— Maldición, Marie, estamos en una institución pública; ¿Qué tal si alguien lo nota?

La chica se encogió de hombros. — Esta blusa es negra. Además, tengo esta chaqueta encima y…

No terminó de hablar cuando su novio prendió rápidamente el cierre y lo subió hasta cubrir su escote. La peliazul se lo quedó viendo con ambas cejas bien arriba, para luego echarse a reír.

— ¿Qué es tan gracioso?

Marie negó con la cabeza, abrazándolo por la cintura y recostando su cabeza en su hombro.

— Extrañé tu actitud sobreprotectora. — murmuró.

El chico de gorra se quedó quieto por un segundo, antes de corresponderle el abrazo, suspirando.

— ¿Qué es lo que haré contigo?

— Se me ocurren varias ideas. — respondió con picardía.

Él rió, tomando su rostro con ambas manos, y juntó sus labios en un suave beso. Marie jadeó contra sus labios, permitiéndole el ingreso de su lengua. Profundizaron el beso por un minuto, hasta que escucharon el timbre.

— Tengo que ir a clase… — murmuró Edd, contra sus labios, continuando el beso.

La peliazul gimió en protesta.

— ¿No puedes saltearla?

— Es química avanzada. — continuó él.

Marie suspiró en derrota, separándose de él.

— Está bien. De todos modos Lee dijo que ya no nos salteáramos las clases. — se cruzó de brazos.

Doble D sonrió. — Me alegra que tu hermana desee que pongan más empeño en su educación.

— Como sea… ¿Podemos vernos después de clases? — preguntó.

El rostro del chico cambió a uno pensativo.

— De eso quería hablar contigo… probaré para el puesto de pateador del equipo de fútbol.

Marie arqueó una ceja.

— ¿Tú? — soltó una risita. — Siendo honesta, tienes buenas piernas.

El chico llevó una mano a la nuca, jugando con el cabello sobresaliente por debajo de su gorra.

— Si… Eddy me obligó a hacerlo.

— Pues si ese es el caso, veré que hacer para entretenerme durante la práctica. ¿Irás a mi casa? — caminó hacia la puerta.

El chico asintió. — Madre está residiendo en casa por el momento, así que puedes asegurar que iré.

— Genial. Diviértete jugando en química. — abrió la puerta y salió, perdiéndose de vista.

Doble D suspiró, jugando con la correa de su mochila de mensajero. Esperó un tiempo antes de salir, y prácticamente, corrió hasta su casillero.

Continuará…