Flagrare cupiditate

Berlín, Reino de Prusia, 1850


Duerme, niña dormida,

tu lindo sueño a soñar.

En tu lecho adormecida

partirás a navegar.

De nuevo. Ese hombre que tanto odiaba.

Lothar Ral observaba ceñudo desde la gran ventana de su despacho la manifestación que ese muerto de hambre de Levi Ackerman venía a hacerle frente a su fábrica textil, al frente de unos idiotas anarquistas como él, unos ignorantes analfabetos que sí que eran rápidos para esas ideas estúpidas como el marxismo demás sandeces. Pedían un aumento de salario acorde a las horas de trabajo y abogaban por una economía no opresiva en la que pretendían hacer un intercambio equitativo, algo justo según ellos, pero para el empresario no eran más que excusas para no ponerse a trabajar y vivir bien de arriba. No como él, que toda su vida trabajó para mantener sus propiedades, que constaban de fábricas y fincas rurales que obtuvo por derecho de nacimiento, como todo Junker (noble terrateniente prusiano).

Los revoltosos allí en el gran patio de la fábrica comprendían la mitad de sus trabajadores, lo cual al principio lo alarmó, pero luego pensándolo bien, sería mejor, así verían quién mandaba. Encendió su elegante, pipa y con un asentimiento, dio carta blanca a sus encargados para que la policía hiciera lo suyo.

Ya estaba cansado de esas impertinencias de igualdad de condiciones y esas cosas. Ahora correría sangre; eso les pasaba por agotarle la paciencia.

Mientras, abajo en la algarabía, Levi Ackerman lideraba la huelga en contra del capitalismo que mantenía a los trabajadores siendo prácticamente esclavos, laborando como burros de carga a cambio de una miseria de dinero y con nada de beneficios ni tiempo para sus familias. No era su caso, pues él no tenía familia, pero pensaba en sus compañeros y en cómo añoraban poder pasar aunque sea una buena noche con los suyos, sin siquiera poder ver a sus hijos despiertos al regresar. El joven en cuestión, bajo pero fuerte y de oscuros cabellos, vivía en una caseta humilde en Kreuzberg, barrio obrero y por lo tanto pobre, a pocas casas de sus amigos Farlan Church e Isabel Magnolia, joven matrimonio con el que había hecho buenas migas. Ellos también lideraban a su lado la causa a favor de los derechos de los trabajadores.

Desplegaban pacíficamente sus carteles ante el gran ventanal que se imponía en lo alto de la construcción, y en donde se encontraban las oficinas de su jefe, patrón y dueño, ese hombre insensible y con un marcado sentido del individualismo que los tenía comiendo migajas y sin descansar bien, y que en ese momento los contemplaba a través de su monóculo con una mirada llena de asco. De repente y sin previo aviso, Levi abrió sus avinagrados ojos azules de la sorpresa y el terror al ver a la policía avanzar hacia ellos con las armas listas para disparar, estando todos ellos desarmados y sin oportunidad siquiera para defenderse. De un segundo a otro, la tranquilidad de una simple marcha dio paso a gritos y camaradas desesperados corriendo de un lado para otro mientras los uniformados disparaban. Espantado y con lágrimas de furia en los ojos, Levi veía cómo hombres y mujeres caían muertos a su lado, y apenas pudo reaccionar cuando Farlan lo empujó a un lado mientras era acribillado por todo el cuerpo. El azabache gritó presa del más puro horror mientras desde el suelo veía a su amigo caer sin vida. Para acrecentar ese apocalipsis vivido, vio a unos pocos metros a Isabel muerta de un tiro en la cabeza. Llorando de impotencia y maldiciéndose, decidió huir de ese escenario dantesco; no permitiría que la muerte de sus amigos fuera en vano. Una vez a una distancia prudencial, pudo distinguir a lo lejos, la sonrisa llena de maldad de Lothar Ral desde su cumbre intocable. Levi apretó los puños y los dientes, jurando que haría pagar a ese hombre por todo.


Esa misma noche, un contento y cansado Lothar Ral volvía a su mansión en Charlottenburg, donde lo esperaban su esposa e hija. Estaba casado con Clara Fritz, mujer de noble cuna, con quien tenía una hija de nombre Petra. Clara Fritz era todo lo que una buena esposa debía ser: sumisa, obediente, hacendada y dispuesta a ignorar y permitir las infidelidades del marido, así como conformarse con la vida que le tocaba, sin exigencias ni reclamos que hacer. Era una mujer infeliz, pero se mostraba orgullosa y satisfecha con su realidad, ya que era considerada el modelo de mujer perfecta tanto para la sociedad como para la iglesia. Era un gran consuelo para su miserable existencia escuchar que el cura la ponía de ejemplo durante sus homilías acerca del deber de la mujer según los preceptos de Dios.

En la sala, mientras el hombre leía el periódico y su mujer tejía esperando que estuviera la cena lista, la joven Petra bajó las escaleras, ansiosa de hablar con su padre. Al fin había juntado valor para lo que iba a pedirle.

-Padre. – lo llamó dulcemente. – Me gustaría que me cumpliera un deseo.

-Dime, Petra. – respondió su padre mirándola con curiosidad – Si está de mi mano, haré ese deseo realidad a la única hija que Dios me dio. – miró con desdén a su esposa – Ya que tu madre no me pudo dar un hijo macho.

-Perdón por eso. – musitó Clara bajando la cabeza. Petra los miró ceñuda, no quería ese destino para ella.

-Quiero que me dé permiso para estudiar el profesorado de… - no terminó porque su padre pasó de la serenidad a la ira al escuchar sus pretensiones. Clara jadeó horrorizada mientras se llevaba una mano en el pecho.

-¡Nada de trabajar! ¡Eso no es cosa de mujeres! – espetó Lothar Ral - ¡¿Para qué si toda tu vida vivirás como reina?!

-¡Pero quiero ganar mi propio dinero y tener un trabajo al que dedicarme! – insistió su hija, sabiendo que sucedería esto. - ¡Quiero salir al mundo, padre! ¡Sueño con conocer el amor!

-¿Soñar? Tú no tienes que soñar nada, hija mía. – trató de hacerla razonar su padre – Tú tienes que aspirar a un marido que te dé más nombre y respeto del que ya tienes.

-¡Yo no quiero casarme con nadie! – retrucó Petra - ¡Y no soy un pedazo de tela para ser vendida al que pague más!

-¡Eres atrevida, Petra! – le regañó Lothar, luego le dirigió una mirada filosa a su mujer, quien se encogió – ¡Mira la hija que criaste, Clara! ¡Eres una jumenta que no sabe hacer nada bien!

-¡Pero yo quiero aprender! – insistió Petra.

-¡Tú tienes que aprender a obedecer al marido que haz de tener! – exclamó su padre - ¡Ahora cierra la boca, que no quiero una hija respondona!

-¡Yo sólo quiero tener una profesión!

-¡La profesión de la mujer es atender al marido!

Con lágrimas de frustración corriendo por sus mejillas, la jovencita corrió escaleras arriba negándose a cenar con sus progenitores. Ellos la observaban irse con expresión severa.

-¡Ella tiene que casarse urgentemente! – sentenció el terrateniente - ¡Y ya sé con quién!

El candidato en cuestión era hijo de una prima de Clara Fritz. Zeke Jäger, un joven alto, rubio, de buena planta, apuesto y de lentes que le daba un aire interesante. No sólo era príncipe, militar y empresario de grandes propiedades, sino que también era todo un intelectual. Lothar Ral confiaba en que un hombre así disiparía las ideas de independencia de su hija, y si tanto la chica quería ponerse a leer y aleccionarse, qué mejor que el marido para enseñarle, con los filtros necesarios para emitir dichos conocimientos. Además, se había enterado por medio de su mujer, que el muchacho Jäger había quedado prendado de ella en el cumpleaños del hijo de los Galliard. Así que estaba decidido: su pequeña y grácil pelirroja de ojos amielados tendría próximamente la visita del joven Zeke, quien de inmediato tendría permiso para cortejarla.

Estoy presa en mi jardín,

con flores aprisionada.

¡Acudan! Me van a ahogar.

¡Acudan! Me van a matar.

¡Acudan! Me van a casar,

en una casa a enterrar,

en la cocina a cocinar,

en el arreglo a arreglar,

en el piano a tocar,

en la misa a confesar.

¡Acudan! Me van a casar,

y en esa cama a preñar.


Por consejo del resto de sus camaradas, Levi tuvo que dejar por un tiempo sus actividades subversivas, ya que la tragedia sucedida en la propiedad de Lothar Ral había provocado que otros ricos empresarios fueran más duros con sus empleados por las dudas, algo injusto a ojos del chico Ackerman. Como era obvio que no trabajaría más en esa fábrica, se dedicó de lleno en ultimar los detalles de la imprenta que iba a abrir con Farlan e Isabel, ahora estando solo al frente. Se encargaría de distribuir propaganda contra el capitalismo y la burguesía que oprimía a los trabajadores.

Y más temprano que tarde tendría a Ral en sus manos.

-Juro que acabaré contigo, Lothar Ral. – masculló con odio a la vez que desgarraba con los dientes su cena.


En tu lecho adormecida

partirás a navegar.

Días después, el panorama no mejoraba para Petra. Sus padres la habían mandado a llamar y eso ya no auguraba nada bueno a juicio de la chica.

Sus padres le dedicaron sendas sonrisas al verla entrar en la sala familiar. Y no estaban solos; junto a ellos estaba una familia que la pelirroja conocía muy bien.

Los Jäger. Grisha y Dina Jäger acompañados de su hijo Zeke. El rubio no disimuló una mirada libidinosa al verla, recorriéndola de pies a cabeza.

-Querida Petra, tu padre tiene una novedad para ti. – le anunció su madre.

-Conseguí un pretendiente para ti, Petra. – dijo su padre feliz – Un novio ideal: Zeke Jäger. Ponte feliz que te vas a casar pronto.

-¿Es Zeke el novio que me consiguieron? – preguntó Petra con desprecio.

-Sí, soy yo, Petra. – respondió el joven por todos – Y estoy muy satisfecho.

-Partido mejor que mi hijo no hay. – acotó su tía Dina.

-¡Claro! – exclamó Lothar Ral emocionado – Imagínense, nuestras fincas están pegadas la una con la otra, y ellos dos las juntarán y harán un imperio con ellas y las fábricas.

-Me gusta mucho esa idea. – dijo Grisha Jäger.

-Entonces es un negocio. – señaló su hija con el rostro crispado de la ira.

-Todo casamiento es un negocio, Petra. – repuso él - ¡Ahora a festejar! ¡Clara, manda a servir unas copas!

-¡Yo quiero que mi Petra tenga una fiesta de compromiso! – gorjeó su mujer mientras llamaba a la servidumbre.

-¡El casamiento tiene que llenar los ojos de la ciudad! – concordó Dina.

-Nos vamos a casar, y de ahí a vivir en la finca que tengo en Schönhausen. – le dijo Zeke con una sonrisa de oreja a oreja. – Y ahí te pongo las riendas. Tu padre me contó que no eres fácil.

-¿Riendas? – preguntó Petra sin poder creer.

-Es lo que te hace falta, Petra. – intervino su padre – Necesitas un hombre que te ponga los puntos.

-Y yo estaré más tranquila si te casas con Zeke, que es de confianza. – añadió Clara tímidamente.

-¿Para qué? – inquirió la pelirroja - ¿Para llevar la vida que usted lleva, madre?

-Si Dios quiere, sí. – le respondió esta.

-Te vas a casar, Petra. – dijo Lothar – Y esta, vez no quiero escuchar ni pío. ¿Oíste?

-Estoy decepcionada de usted, padre. – le contestó ella dolida – Usted me quiere entregar al primero que se aparece.

-Zeke no es cualquiera y no es el primero que se aparece. – replicó su padre – Ya lo tenía en la mira desde hace un tiempo, y como nos llevamos bien con los Jäger, vamos a reforzar el parentesco.

Petra empezó a derramar lágrimas de impotencia.

-Con permiso, necesito retirarme. – se excusó. No iba a ocasionar un escándalo rechazándolo frente a todos, pero tampoco podía permanecer ni un segundo más allí asfixiada.

Los demás se quedaron un rato más brindando y festejando.

Mi marido, mi señor,

en mi vida va a mandar.

A mandar en mi ropa,

en mi perfume a mandar.

A mandar en mi deseo,

en mi sueño a mandar.

A mandar en mi cuerpo,

en mi alma a mandar.

Derecho mío es llorar.

Derecho de él es matar.


Semanas después…

Petra salía de paseo con su mejor amiga Hange Zöe, recientemente casada con el industrial Erwin Smith. Ambos constituían un matrimonio "raro": no sólo porque a ojos de la sociedad ella fuera considerada fea y él un Adonis, sino por su condición de intelectuales. Recibían todo tipo de personalidades en su hogar, desde filósofos y científicos hasta artistas y personas excéntricas; por otro lado, Hange hacía de las suyas provocando a la sociedad al empezar a usar pantalones y otras prendas consideradas exclusivamente masculinas, además, le gustaba dar su opinión y armar debates en las reuniones, y todos miraban escandalizados al marido, al cual los arrebatos de su mujer le parecían lo más normal del mundo. Para colmo, sus personalidades eran diametralmente opuestas: allí donde Erwin era serio y prudente, Hange era ruidosa y divertida. Petra todavía se preguntaba cómo era posible que dos personas tan distintas congeniaran tan bien. Misterios del amor, suponía. Desde luego, para ella no funcionaría un matrimonio así: ella soñaba con enamorarse de un hombre educado, tranquilo y sonriente como ella. Ése era el complemento que la pelirroja necesitaba para que el amor creciera cada día más.

Como ya empezaban a tener hambre, las chicas decidieron ir a degustar unos krapfen (berlinesas) para luego ir a caminar por la plaza.

-Petra, no deberías provocar a tu padre por un tiempo. – le decía la castaña de anteojos con mirada seria – Digo, haz una tregua con él y luego vemos cómo le hacemos para que lo convenzas de no casarte con el tonto de Zeke. – Le guardaba cierto rencor a Jäger, ya que una vez en un baile, enumeró en voz alta las fealdades y rarezas de la chica frente a todos los nobles, quienes reían con las ocurrencias del joven. Aquello hizo que Erwin casi se fuera de las manos con él, pues fue rápidamente detenido por sus amigos antes de poder ir a romperle la cara al otro rubio. Fue la única vez que Hange vio a su marido hecho un diablo.

-Me sorprende que seas tú quien me diga que haga una tregua. – le dijo Petra incrédula.

-¡Es que mi padre y Erwin no son como tu padre y Zeke! – repuso su amiga – De lo contrario, serán capaces de amordazarte hasta la iglesia y hacer que te cases sin necesidad de dar el sí. Tenemos que ser mañosas y ver cómo te puedes librar de ese compromiso.

-No quiero casarme con él, pero no sé cómo salir bien librada de todo esto. – observó Petra con tristeza. Sabía que su padre, Lothar Ral era capaz de matarla si le hacía pasar un mal momento. Pero no se rendiría, eso lo tenía claro.

-De última huyes y nosotros te cuidamos. – sugirió Hange abrazándola. Entraron al local y se dirigieron al mostrador - ¡Yo quiero un krapfen de crema! ¿Tú qué eliges, Petra?

-Mmmm… me gustaría probar el de frambuesa. – pidió la pelirroja.

-Yo también quiero un krapfen de frambuesa. – dijo una voz ronca detrás de ellas.

Ambas se dieron la vuelta y Petra vio a un joven azabache de profundos ojos azules. La fuerza de su mirada a pesar de su corta altura era algo que la intimidaba y atraía a la vez, mientras que él, aunque no lo mostrara, se sentía fascinado por esos ojos dorados e inocentes que lo miraban con desconfianza, como un tierno animalito frente a un posible depredador. El graznido de Hange los sacó del momento.

-¡Enano! – chilló ella, haciendo que el otro se sonrojara avergonzado del adjetivo utilizado por la castaña. - ¡Hace mucho que no te veo! ¿Sigues metiéndote en problemas?

Él se limitó a lanzarle una mirada filosa y contestó conteniéndose – Estoy bien, Hange. – Moría por decirle algo hiriente, pero no era el lugar y no quería tentar al enojo de Erwin.

-¡Ah, disculpen! Petra, él es Levi Ackerman, amigo de Erwin y militante a favor de los obreros. – los presentó Hange – Levi, ella es Petra Ral, hija de Lothar Ral. Le gustaría ser profesora, pero lástima que su padre quiere forzarla a casarse con Zeke Jäger. – Petra la miró azorada, sí que era lengua larga su amiga.

Un brillo lacerante cruzó por los ojos de Levi Ackerman al escuchar no sólo el apellido Ral, sino también por tener delante de él a su propia hija. Tragó en seco y miró a la pelirroja con indiferencia.

-Mucho gusto, Petra. – dijo haciendo gala de su educación y besando su mano.

En ese momento, y de pasada, Lothar Ral andaba en carruaje por una calle aledaña rumbo a la fábrica cuando vio esa escena horripilante para él. Se bajó como un tornado, y acomodándose la galera, se apresuró a irrumpir en la presentación de Hange.

Levi adoptó un gesto peligrosamente serio en cuanto lo vio venir, mientras que Petra veía a su padre confundida.

-Hange, llévate a Petra de aquí. – le ordenó a la castaña sin dejar de mirar fijamente a Levi, y la otra supo que en ese momento era mejor no contradecirlo. No sabía los detalles, pero Erwin algo le había contado acerca de la rivalidad de esos dos.

Hange tomó suavemente del brazo a Petra y la alejó del lugar.

-Su hija Petra… - empezó el azabache con ironía.

-Levi Ackerman, yo no quiero el nombre de mi hija Petra saliendo de su boca. – le advirtió el hombre con odio.

-Tsk… usted no me da miedo, Lothar Ral. – le contestó Levi severamente.

-¡Qué osadía! – exclamó Ral perturbado.

-Señor Ral, no quiero empezar una riña de gallos en un lugar público. – se contuvo Levi, que si fuera por él hacía rato ya estaría moliéndolo a golpes. – Pero debo confesarle que hay algo que admiro mucho de usted: tiene una hija muy linda. – a continuación, hizo una reverencia rápida y se marchó sin esperar su pedido.

Una cosa era segura: esa noche, tanto Levi como Petra dormirían pensando en el otro.

En tu lecho adormecida

partirás a navegar.


A la mañana siguiente, la casualidad hizo que nuevamente Petra Ral y Levi Ackerman se encontraran por las calles de Berlín. Aunque la joven había sido amenazada en su casa de que no hablara con ese hombre por ser enemigo de la familia, no le importaba, así que se acercó él para saludarlo e iniciar conversación.

-¡Petra! – la saludó Levi.

-Espero que esté bien, Levi. – replicó ella amablemente.

-Me imagino que sabrá el trasfondo de la situación con su padre.

-Se imagina bien. – afirmó ella – Anoche me lo dejó bien en claro. Prefiere verme muerta y enterrada antes que hablando con usted.

-Pues es usted muy valiente. – la apremió él para después invitarla a dar un paseo por el parque.

-¿Por qué mi padre y usted son enemigos? – quiso saber ella.

-No sé si usted lo sabe, Petra, pero yo trabajaba para él en la fábrica. – le empezó a relatar Levi – Y le puedo asegurar que ni usted se quedaría callada si viera las condiciones infrahumanas en las que mantiene a sus propios trabajadores. Aparte de pagarnos una miseria, no tenemos vacaciones ni beneficios médicos, teniendo en cuenta que la gran mayoría tiene hijos pequeños a quienes apenas pueden ver y por quienes no pueden hacer casi nada si se enferman.

-No sabía eso de mi padre. – observó Petra atónita – Sé que es un hombre de mal carácter y tiene sus cosas, pero nunca pensé que fuera un monstruo sin corazón con los que menos tienen. – terminó de decir con lágrimas en los ojos.

-Lamento que se haya tenido que enterar de esta manera. – se disculpó el azabache.

-No, usted hizo bien, Levi. Y esto no puede quedarse así. – y agregó con rencor – No me sorprendería que los Jäger y otras familias más fueran así.

-Le aseguro que es más frecuente de lo que cree. – le aseguró Levi – Por ejemplo, gente como Erwin es considerada bicho raro por hacer las cosas bien. Y les molesta que haciendo todo lo que ellos consideran pérdida de tiempo y dinero, a él no le entorpecen las ganancias el hecho de beneficiar a sus empleados. – luego cambió de tema, a un tema que le interesaba mucho - ¿Es verdad que usted se va a casar?

El rostro de Petra pasó de entristecido a ceñudo.

-Eso es lo que quieren mis padres. – dijo – Pero no les daré el gusto. Quieren casarme con Zeke Jäger, a quien no amo. ¡Jamás podría querer a alguien que no respeta y se cree mejor que nadie! Además creo que el matrimonio debe realizarse llevado por el amor, no como si fuera una transacción de bienes. Quiero casarme con alguien a quien ame. ¡Y ese no es Zeke!

Por alguna razón, esa declaración alivió a Levi.

-Levi, sé que no puedo ayudarle, pues no sé mucho del mundo y sus cuestiones. – dijo Petra cabizbaja – Y aunque no quiero traicionar la confianza de mi padre, le juro que no diré nada de lo que me contó. Haré de cuenta que no tuvimos esta conversación, pero me gustaría que fuésemos amigos y me contara más de usted. Por mi parte, puede encontrar en mí a una buena amiga mientras llevo a cabo mi propia lucha. – y agregó mirándolo a los ojos – Juro que no me casaré con Zeke. – a continuación, no se resistió y le plantó a Levi un beso en la mejilla. Acto seguido y colorada a más no poder, la chica se despidió y se dirigió a su hogar.

Levi, por su parte, permaneció paralizado por un buen tiempo, con la mano sobre la fría mejilla donde Petra lo había besado. Se sonrió sin poder creérselo. ¿Por qué tenía que empezar a enamorarse de la hija de su enemigo?


¡Acudan! Llévenme ahora,

quiero un marido para amar,

no sólo para respetar.

Quién sea él, ¿qué importa?

Mozo pobre o mozo rico,

bonito, feo o mulato,

me lleve ahora de aquí.

Esclava no quiero ser.

¡Acudan! Llévenme ahora.

Un par de meses después, Petra tomaría su decisión definitiva con respecto al compromiso con Zeke Jäger. Ya había dejado pasar mucho tiempo manteniendo esa tregua con su padre a fin de no provocarlo más. Sabía que ahora corría peligro de que la despellejara a golpes o la matara, y que inclusive la mandara a un convento, de esos con altos muros para que no pudiera escapar. Pero estaba decidida. Además de sus propias razones en cuanto a independencia, también estaba Levi. Empezaba a enamorarse no sólo del hombre, sino del revolucionario, y aunque él no le correspondiera, no quedaría mal a sus ojos siendo la esposa sumisa de un hombre tirano y violento como casi todos los de su clase. Se iría golpeada y hasta muerta de su casa, sí, pero saliéndose con las suya.

Esa noche, era su fiesta de compromiso.

En tu lecho adormecida

partirás a navegar.

La fiesta en casa de los Ral era maravillosa, tal y como sus padres y suegros lo habían planeado. Platos exquisitos, bebidas de primera calidad, decoración digna de la alta sociedad… todo aquello sumado a los invitados soberbios y falsos completaban la velada con destino a fracaso matrimonial que Petra no quería en su vida.

Ella estaba ataviada en un delicado vestido blanco de gasa con detalles en tul y bordados dorados, al estilo del famoso vestido de la emperatriz Sissi. Estaba tan bella que verla era un sueño, hasta Zeke no podía dejar de mirarla. Pero ella permanecía con la expresión grave y de mal talante ante las miradas preocupadas de Erwin y Hange, quienes sabían la que se venía y la que se vendría después. Respiraron hondo y se dispusieron a esperar el momento de la verdad para dar apoyo a su amiga, quien sabían que bien parada no quedaría.

Zeke, en su asesoramiento para apelar a la emoción y alegría de la joven dama, había mandado armar una tarima en donde se arrodillaría ante la pelirroja para ponerle la sortija del sometimiento futuro. Hasta contrató a un pintor para inmortalizar el momento. Creía que así el delicado corazón de Petra cedería a su masculinidad detallista.

Cuando llegó el momento, los dos novios estaban sobre el pequeño escenario frente a toda la platea, para vergüenza de Petra y orgullo de Zeke. Y fue así, ante las miradas de todo el mundo, las de satisfacción de los Ral y Jäger, y las de tensión de los Smith, que el rubio hincó la rodilla y sacó la sortija de su bolsillo para hacer la proposición formal.

-Mi querida Petra, aquí ante todos y ante Dios que todo lo ve, te pido de forma humilde que te unas a mí como esposa. – y se dispuso a colocarle el anillo.

Petra seguía con su cara de piedra.

-No me casaré contigo, Zeke. – dijo entre dientes.

-¿Qué dijiste? – la desafió su "novio".

-¡QUE YO NO ME CASO CONTIGO! ¡NUNCA! – bramó la joven perdiendo la paciencia.

Las sonrisas en los presentes se transformaron en muecas de horror. Estaban atónitos y expectantes por ese rechazo en público que empezaba a darse lugar.

-¡¿Pero por qué?! – se espantó el rubio de lentes.

-¡Te desprecio, Zeke Jäger! – se descontroló Petra - ¡Tú, que seduces a todas las jóvenes ingenuas y pobres de la ciudad y te deshaces de ellas como si fueran basura! ¡Jamás sería mujer de alguien como tú!

-Respeta, Petra. – advirtió su padre en un peligroso ronroneo, quien estaba cerca de los novios – No me gusta cómo estás hablando.

-La mujer es débil y llena de sentimientos. – murmuró Zeke – Por eso necesitas un marido que te diga lo que debes o no debes hacer.

-¡YO NO NECESITO QUE NADIE ME DIGA QUÉ HACER! ¡MUCHO MENOS TÚ!

-¡Tengo derecho a decírtelo! ¡Soy hombre!

-¡VETE, ZEKE JÄGER! ¡Y QUE EL DIABLO TE CARGUE!

-¡Petra! – gimió su madre sumida en lágrimas de vergüenza. - ¡Respeta a Zeke, te vas a casar con él!

-¡Yo no me caso con un hombre que no respeta a una mujer! – chilló su hija hecha un demonio - ¡No me caso con un hombre que quiere mandar en mí! ¡Y si me obligan y arrastran hasta el altar, a la hora del sí, yo digo NO!

-¡Ahora yo soy el que no se casa contigo! – gritó Zeke ofendido - ¡Porque no quiero una mujer que me falte el respeto! ¡Yo quiero una mujer que obedezca! – y salió hecho una furia de la fiesta, seguido de sus escandalizados padres.

Llorando a mares, Clara escuchó perfectamente lo que su prima Dina les decía a su marido y a su hijo mientras pasaban – Esa niña no sirve para ti, mi querido Zeke. Y por cómo va, tal vez no sirva para ningún hombre.

Mientras, con una mirada cargada de decepción y odio, Lothar Ral acechaba a su hija como si en cualquier momento fuese a estrangularla. Pero se limitó a tomarla violentamente del brazo y de subirla velozmente por las escaleras hasta su habitación para poder hacer el reclamo a sus anchas. Llegaron y los tres se encerraron, mientras Erwin y Hange, contentos, trataron de reanimar la fiesta abajo.

Temblando de cólera, el hombre señaló a su hija con dedo acusador y voz sepulcral - ¡¿Se puede saber que te pasó para avergonzarme de esa manera?! – masculló.

-Yo no voy a vivir bajo la autoridad de ningún hombre, padre. – respondió la pelirroja con la frente en alto.

-¡FUI YO QUIEN ESCOGIÓ AL NOVIO! – vociferó Lothar como un loco - ¡Y VAS A TENER QUE ACEPTAR!

-Después cuando todos nos calmemos, el acuerdo puede ser retomado. – trató de tranquilizarlo su mujer.

-¡CLARO QUE SÍ! ¡ESTÁ TODO ARREGLADO Y ESTA MOCOSA TENDRÁ QUE ACEPTAR! ¡Y AHORA TE VAS CONMIGO A PEDIRLES DISCULPAS!

-¡NUNCA! ¡NO ME CASO CON ZEKE NI AMARRA…! – no pudo terminar debido a la fuerte cachetada propinada por su padre.

-¡TÚ VAS A OBEDECER! – gritaba el hombre mientras la agarraba de los pelos y la arrastraba hacia las escaleras.

-¡NO ME VOY A CASAR CON UN HOMBRE QUE NO AMO! – se zafó de su padre y corrió a acurrucarse a un lado de su cama.

-¡AHORA VERÁS! – y empezó a desabrocharse el cinturón, el cual tenía una pesada hebilla de acero. Se le venía una monumental paliza para la pelirroja.

A navegar partiré,

acompañada o solita.

Bendita o maldecida,

a navegar partiré.

Partiré para casar,

a navegar partiré.

Partiré mi cuerpo a dar,

a navegar partiré.

Partiré a trabajar,

a navegar partiré.

Partiré a encontrar mi alma,

para siempre partiré.


Era la décima taza de té negro que Levi tomaba mientras se desvelaba con las columnas que tendrían que publicar a la mañana siguiente en el periódico. No era de tomar en demasía ningún tipo de bebida, pero esa no era una noche cualquiera. Era la noche del compromiso de Petra, y aunque sabía que la chica no quería casarse con su pretendiente, también sabía que muchas jóvenes rebeldes terminaban por aceptar esos matrimonios para así convertirse en mujeres maltratadas como sus madres. Tenía miedo de que Petra corriera la misma suerte.

Empezó a llover. Levi suspiró mientras tomaba un sorbo de su té mientras escuchaba el goteo que musicalizaba su espacio de trabajo, que junto a la oscuridad interrumpida sólo por el brillo de una tenue lámpara componían un ambiente lleno de nostalgia y algo de paz para él. Trataba de llenarse de eso para no pensar en Petra, la hija de su enemigo, la mujer de la que se había enamorado.

Unos golpes en la puerta interrumpieron sus pensamientos.

-Tsk…

Extrañado por la hora, el joven azabache fue a abrir la puerta, y con una mezcla de asombro, alegría y terror vio que se trataba de la pelirroja de sus pensamientos.

Sólo que ella estaba casi irreconocible de los golpes en su bello rostro, despeinada y con varios mechones faltándole y con el vestido blanco mojado de lluvia y manchado de sangre. Respiraba agitada mientras lo miraba con ojos suplicantes.

-Levi… - musitó.

-¡Petra! ¿Qué te ha sucedido? – sabía que era estúpido preguntar, pues era obvio que el compromiso estaba roto y ante él se encontraba la consecuencia. La hizo pasar rápidamente y buscó su botiquín para empezar a curarla.

-Rechacé a Zeke y mi padre me golpeó. – explicó ella con voz muy firme para lo débil que se veía – Me escapé de mi casa, no volveré nunca más allí.

-Y viniste a mí. – dijo Levi sin pensar y mirando con rabia los golpes y moretones en la piel de la pelirroja.

-Yo quiero estar contigo Levi… si me dejas… - confesó ella con lágrimas en los ojos – No rechacé a Zeke sólo por no amarlo, sino también por ti… tú eres el único que hace que quiera sentirme amada de verdad, como en los libros. – decía mientras acunaba el rostro del azabache, quien escuchaba feliz esa declaración de amor – Con el que quiero vivir esa pasión de la que tanto hablan y arder en deseos, porque tú despertaste el amor en mí…

-Petra, yo te amo desde que te vi. – era el turno de Levi – Al principio me sentía confundido y hasta traicionado conmigo mismo por ser tú la hija de mi enemigo, pero en poco tiempo tu dulzura y gentileza barrieron con mis dudas y reparos. Si hasta rezaba en silencio para que no te casaras… aunque no tengo nada que ofrecerte…

-Levi…

-Por favor, quiero que seas mi compañera en la vida… yo quiero alguien que me represente y a quien yo represente, y tú eres esa persona… porque el amor es eso, es ir de la mano…

-Yo voy a estar contigo por siempre, Levi. – dijo ella con dulzura mientras le acariciaba una mejilla. Él, después de tanto tiempo, volvía a sonreír.


Con el tiempo, Petra, bajo los cuidados de Levi y Hange, pudo curarse de sus heridas y pudo ponerse al día con su trabajo en la imprenta que llevaba con su ahora prometido Levi Ackerman. Más tarde y gracias a la ayuda de Hange y a la prosperidad de la imprenta, Petra pudo cumplir su sueño de ser profesora y poder trabajar en la escuela primaria del barrio. La pelirroja no podía estar más feliz pasando sus días en un lugar que amaba y sus noches junto al hombre que amaba.

Lothar Ral, por su parte, estaba colérico. Hasta sus oídos habían llegado los chismes del concubinato de su hija con el pobre diablo de Levi Ackerman y su trabajo no sólo en esa escuela de pobres, sino también en la imprenta subversiva de ese hombre. Decepcionado, se enteraría poco después de la llegada de su primer nieto, y aunque rabiaba ante el hecho de que fuera el bastardo de un don nadie, se las arregló para que hasta la casa de su hija llegaran de forma anónima sobres con suficiente dinero como para cubrir los gastos que representaba mantener a una familia. Y aunque a la pareja Ackerman le iba muy bien y no les faltaba nada, sabían que el dinero era más para el pequeño Liev que para ellos, por lo que decidieron guardarlo para cuando su pequeño hijo creciera y decidiera qué hacer con ello. Petra sospechaba de dónde venían esas sumas generosas, y se tranquilizó al saber que, aunque su padre era ahora también enemigo suyo, todavía guardaba algo de humanidad en su corazón como para querer velar por el futuro de su nieto.

Aquello le daba la esperanza de la reconciliación en un futuro. Ahora ese era su más grande sueño.

Duerme, niña dormida,

tu lindo sueño a soñar.


Flagrare cupiditate: Arder en deseos.

Poema: Cantiga para acunar a Malvina, de Jorge Amado.