Yugo acarició con suavidad y cuidado las mejillas de Yuya al ver que no reaccionaba a su tacto. De cierta manera era reconfortante, el estar de esa manera le generaba tantos sentimientos al mismo tiempo que su estómago estaba revolcado y hecho un lío. Pero ese caos era algo que disfrutaba, porque era el de ojos rojos el que lo provocaba, no las sensaciones falsas que alguna vez pareció tener y que se convenció que las tenía. No, aquellas ganas que tenía el de ojos esmeraldas por besarle y por probar aquellos labios delicados con los suyos propios era totalmente verídico. De otra manera querría decir algo, arruinar el momento, romper con aquel silencio que había dejado una conversación sin importancia y la ropa doblada que tenían a sus pies. No quería cagarla, quería seguir en ese trance, mirándolo y perdiéndose.

En aquel instante estaba en una burbuja, con aquella que se formaba cada vez que estaba en un duelo y necesitaba concentración, aquellas veces en las que se centraba y analizaba mejor la situación. Como le diría Yuri, aquellos instantes en los que no era un total idiota y mostraba inteligencia. Quería seguir teniendo esa sensación, esa de que las cosas estaban bien y que Yuya aparentaba comodidad a su mano. Movió los dedos un poco notando como las mejillas se le sonrojaban más al otro y miraba para abajo. Estaba ligeramente avergonzado y además sus ojos brillaban. Yugo casi podía babear en ese instante. Era hermoso, era un chico muy simple, que tenía unas expresiones muy puras, unas que él estaba mirando y que sospechaba que nadie más había visto. Aparte de Yuto.

Tomó entre sus dos manos la cabeza del chico con cuidado, se acercó mirando al sonrojo que se intensificaba y la hermosa cara que tenía. Le removió alguno de los mechones que tenía en la cara y se acercó más al otro. En búsqueda de su rostro le miró pidiendo un permiso silencioso. Ni siquiera se cuestionaba por Yuto, por lo que se suponía que tenían los dos. Yugo no quería romper esa relación, pero por alguna razón, le sonaba a que el más serio de los cuatro no le importaría tanto. Demonios, ni siquiera pensaba bien. Solo sabía que quería al otro, quería sus labios, quería su atención y quería que lo mirara más veces con aquellos ojos que desprendían amor cuando le veían.

Simplemente, quería amarlo y sentirse correspondido.

No hubo real misterio cuando Yugo hizo que juntarán sus bocas. Ninguno de los dos era realmente un experto, solo sabían lo que había visto, y en el caso de Yuya, que Yuto le había mostrado. Así que solo hizo lo que pudo al tocarle con sus labios, se quedó quieto mientras el de ojos esmeraldas hiciera el resto. Era un toque inocente, uno simple, de un par de niños que apenas experimentaban lo que era amarse y lo que podían hacer si el uno correspondía al otro. Fue fugaz, apenas y duró un suspiro. Yugo simplemente se separó un poco después para verlo de nuevo, para ver los ojos que lo convencieron que besarse estaría bien. Y cuando volvió a mirarlos, brillosos, solo sonrió y volvió a acercarse rápidamente para besarle de nueva cuenta.

Lo que no se esperaba era chocarse c las narices con el otro.

—Lo siento—dijo Yugo al escuchar a Yuya quejarse un poco. El aludido rio un poco y negó masajeándose la nariz—, ¿te encuentras bien? ¿Te duele algo? No sé si tengamos hielo, pero puedo conseguir, ¡yo...!—el de ojos rojos solo estaba aguantando una carcajada.

—Lo siento yo—dijo calmándose un poco—, metí la nariz… y no me fije… lo siento—negó un poco aun masajeándose. Lo miro un poco afligido y chasqueó la lengua. Bajó la mirada y se revolcó el cabello—. ¿Yugo?

—Arruiné esto—se vi de repente afligido—. Lo siento.

—Tranquilo—dijo él otro mirándole con ternura, aun sonrojado. Con esos ojos llenos de amor que le guardaba—. Supongo que es normal… yo… bueno, no tengo nada de experiencia en esto—dijo sonriendo algo avergonzado—. Así que… umm creo que eso… ¿suele pasar?

—No dejaré que vuelva a pasar—dijo en un murmuro determinado mirándolo nuevamente. Yuya parpadeó un par de veces con sus mejillas escarlata—. No dejaré que vuelva a pasar—parecía que tenía un fino ceño fruncido para poder trasmitir determinación.

—No es nada... solo es…—no pudo seguir mirándolo de la simple vergüenza. Yugo volvió a subir sus manos a las mejillas del otro.

—Yo no quería arruinar esto, he… suelo… arruinar algunas cosas—dijo negando ligeramente—, algunas incluso sin darme cuenta. Tonterías en las que no pongo atención… yo solo espero no… no cometer un error contigo… no quiero hacerlo porque hacerlo sería perderte. No quiero perderte, eres todo lo que me queda. Y esos dos… Pero más que nada a ti—suspiró ligeramente.

—No es como… si no pudieras cometer errores…—apretó un poco sus manos en puños, manos que estaba solitarias sin oficio al que dedicarse—Porque… yo los perdonaría, sé que no quieres hacerme daño—. Lo miró. Miró a los ojos brillantes del otro y además a pómulos pintados de un suave escarlata. Casi se sonrojó un poco más y quedaba en la misma coloración que su cabello—. Así que… yo no… yo no te culparía…

—Yuya…

Y volvió a besarlo, con algo de brusquedad, buscando los labios del otro acercando más sus cuerpos un poco más. Yuya mantuvo sus manos abajo, dejándose hacer. Como si tampoco quisiera cometer alguna equivocación tampoco. Abrió ligeramente los ojos para ver al otro de cerca, como no podría verlo de otra forma. Allí estaba, la luz del ocaso que se filtraba por la ventana. Le gustaba aquel rostro que mostraba los suaves tonos de atardecer y de luz que emanaba el sol. Se quedó mirándolo hipnotizado durante unos instantes antes de volver a cerrar los ojos y sentir todo lo que el otro le hacía sentir.

Lo único que lamentaron en ese momento fue el hecho que los otros dos llegaran de manera tan abrupta y les interrumpieran aquello que había comenzado por la fatiga de organizar, y el sobrante tiempo que habían tenido juntos. Yugo apenas se había separado de él, y ya lo necesitaba de nuevo. Yuya se mostró alfo más tranquilo a la situación.

Yuto en cambio, se quedó mirando la posición entre los dos que tenía en frente y lo cerca que estaban. Tenía su misma cara de neutralidad de siempre. Miró al de ojos esmeraldas detenidamente un par de instantes mientras Yuri levantaba su ceja, saludaba y se iba a otra sala con un par de bolsas que también tenía el de XYZ en sus manos. En definitiva, era como si estuviera evaluándolo de manera silenciosa.

—Y decías que no querías quedarte—negó con una ligera sonrisa—. La verdad no te entiendo—Yugo se alivió de la situación y observó cómo poco a poco lo que creía que se estaba formado se mostraba—. ¿Vas a dejarme ir mañana entonces al pueblo con Yuri mañana?

Yuya sonrió, no lo entendía del todo, ni siquiera se entendía a sí mismo en ese preciso momento. Pero si de algo estaba seguro era que aparentemente Yuto no le importaba, y eso no hacía más que hacerlo sentir más aliviado que antes. Quizá algún día hablarán sobre todo aquello. Sobre cosas que no entendía de sí mismo, sobre lo que estaba sintiendo por todos tres a la vez sin ganas reales que alguno se fuera. Los quería a los cuatro a su lado, solo que no entendía como exactamente. No se negaría a lo que tenía y lo que le hacía Yuto, porque no se negó antes, cuando no estaba tan seguro de lo que sentía no lo iba a confesar. Porque siempre sintió cosas por él desde que empezó a entenderlo mejor. Le aliviaba el hecho de poder estar con ellos así, de sentir aquellas mariposas en el estómago y dejándose llevar por sus sensaciones. Era algo realimente lindo poder hablar con ellos.

Yugo le dirigió una mirada furtiva.

—Ni hablar—se cruzó de brazos entonces—lo prometido es deuda, así que cumple—exigió. Yuya se le quedó mirando de manera curiosa—. No me quedaré otro día entero aquí encerrado—negó cerrando los ojos. De repente, pareció darse cuenta de algo y miró a Yuya miedoso—. ¡Sin ofenderte!—Yuya sencillamente dio una risita y negó suavemente, a los ojos de los otros dos presentes, se veía como un ángel.

—Oh, ¿en serio?—dijo Yuri apareciéndose con su sonrisa burlona dirigida a Yugo—Parecías muy cómodo donde estabas, ¿vas a perder otra de tus oportunidades?—Yuto aprovechó la creciente riña para acercarse a Yuya y ponerse a su altura—Pensé que sabías aprovechar las oportunidades…

—Oye, ¡odio hacer esto!—exclamó. El de ojos grises le sonrió al de los rojos y le besó suavemente en los labios a manera de saludo—No me gusta organizar ropa. Ni doblarla.

—Pero es lo que tienes que hacer, ¿no?—preguntó entonces alzando ligeramente su barbilla—Si tú o Yuya no lo hacen, dime, ¿quién lo hará?

—No estoy diciendo que no lo vaya a hacer, solo que no me gusta—Yuya sonrió al tacto del otro y le besó nuevamente. Yuri suavizó su mirar y su sonrisa se volvió algo más sincera—. Eso no evita que sepa que se tenga que hacer.

—Iré a organizar unas cosas—dijo en un susurro suave sobre los labios del otro. Yuya solo sonreía encantado—. No me tardo.

—Claro, claro…—dijo ensoñado. El de ojos grises se le separó y se volvió a levantar. Tenía una radiante sonrisa en su cara

—Bueno, pero he de decirte que si no aprovechas—sonrió dándose la vuelta—, puede que te ganen tiempo—y se fue ahora sí de manera definitiva a la otra sala con Yuto justo detrás de él. Yugo negó ligeramente.

—Nunca cambiará siempre me está confundiendo, es como si no lo pensara realmente y fuera natural el que me confundiera—el de ojos esmeraldas se volvió hacia un sonrojado Yuya que aún sonreía como idiota—. ¿Uh? ¿Yuya?—le miró con más detenimiento el rostro—¿Tienes fiebre?

—No, solo… me quedé pensado—dijo algo más pausado y tranquilo se volvió a mirarle—. Solo estoy feliz con ustedes ahora mismo. Te amo Yugo.

Y sin que Yuya selo esperara realmente, al aludido se le subieron los tonos rojos a la cara y su cabeza se hizo humo. Yugo se había sonrojado de sopetón sin más. Se tapó el rostro con evidente vergüenza y el de ojos rojos solo lo miraba conmovido. Ya casi podía escuchar como el otro, tras recuperarse de aquello, se lanzaba a abrazarlo y a besarlo con la finalidad de decirle lo mucho que también lo amaba.

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Tuberías. Ese fue uno de los mayores problemas que tuvieron. A decir verdad, Yuri era el que se encargó de ellas en un principio, limpiándolas como podía y tratando que todo estuviese lo mejor posible. De lo contrario habría serios problemas en la propia casa. Yugo llegó después y le ayudó como pudo, los conocimientos sobre estas cosas eran limitados y se quedaban en lo básico. Pero para Yuri eso era más que suficiente, contando con que lo dejaban ayudar a Yuya en más que tuviera que ver con hacer fuerza o con que Yuto aparentaba tener una obsesión con rehuir al olor de las cañerías. Tanto del de fusión como el de Syncro lo dejaron pasar como si nada, después de todo era simplemente un gusto que no tenía, y ellos se podían encargar, así que eso era irrelevante por el momento.

Pero Yuya siempre lo vio raro. De hecho, sospechaba que tenía que ver con sus experiencias respecto a Heartland y a la guerra que vivió. No estaba muy seguro de las razones, ni siquiera estaba seguro de que tuviese que ver cómo ese hecho, con el que Yuto tuviera ese rechazo tan irracional. Sólo lo sospechaba.

Un día, hizo una observación pertinente que lo hizo sospechar más. Yuto era muy atento a los sonidos exteriores. Cualquier cosa que viniera, él la escuchaba, por muy pequeña que fuera. Así que cuando se levantó súbitamente del comedor en medio del desayuno, los dos más desentendidos lo miraron confundido y la tercera mirada estaba expectante. El de ojos grises anunció que algo había entrado a la casa y casi corrió hacia la parte trasera de la casa, donde había una puerta que solían abrir para el calor. Yuya se levantó con cuidado para perseguirlo y ver qué ocurría, justo después que los otros dos salieran a tratar de alcanzar al recién ido.

Al final solo había sido una simple comadreja de monte que se había colado en la casa solo por curiosidad. La asustaron entre los tres tratando que no volviera a venir a ese lugar. No fue la gran cosa, Yuya solo se quedó mirando la situación, pero más que nada se centró en Yuto. Estaba allí, casi claro. Yuri también debería de hacer oído a la comadreja, él estaba entrenado para ser un soldado, pero no lo había hecho. Aún quedaban cosas del Yuto que vivió la guerra. Aun había cosas allí, dentro de la cabeza del chico. Y esperaba que algunas de ella se pudiesen curar con el tiempo. Así fuera parcialmente.

Y cuando menos lo pensó, tuvo una experiencia referente a esos fantasmas el día en el que se quedaron a organizar ropa, juntos.

—Entonces—dijo un poco pausado. Una vez el par de peleones del grupo se fueron, los dos se sumieron en un silencio ligeramente incómodo—, ¿en qué debería ayudarte?

—No hay mucho en cuanto a la ropa, solo me gustaría que pudiésemos limpiar un poco—dijo con una ligera mueca, a Yuya no le agradaba limpiar mucho.

—Entiendo—movió un poco sus ojos grises sobre la cara del chico, pasando su mirada por los labios del otro por un instante—, ¿debería doblar contigo o mejor lavo las cosas que hemos usado?

—Bueno, no hay mucho en ese aspecto por hacer, pero si quieres—Yuya tuvo una pausa, Yuto lo miraba de manera profunda, como si estuviese buscando alfo en su interior, algo que quizá ni el mismo pudiese ver—, si quieres hay un par de sabanas que podemos cambiar y… y cambiar de fundas también…—casi se había hundido en su propio cuerpo. Yuto asintió, aun con esa expresión.

—Está bien, yo me encargo, tú solo quédate aquí organizando—le pidió—. Yo me encargo de lo demás y volveré para ayudarte con la limpieza. ¿Sí?

—Claro—dijo a secas. El de ojos grises lo miró aún más y de manera sorpresiva había llevado sus manos a los hombros del otro. Posesionando así, su intensa mirada sobre el otro, Yuya no pudo rehuir a él, a su búsqueda indeterminada, a su insistencia y al misterio de sus ojos. No entendía que parecía ocurrir. Si tampoco entendía porque el chico, a cada día que pasaba, tenía que retirarse un poco y mirar al vacío. Mirar al horizonte por la ventana y preguntarse por cosas—Yuya—le llamó entonces. El corazón del chico se quedó un poco en piedra mientras esperaba cualquier cosa del chico, que lo besara, que se acercara y que él solo se dejase hacer de los desesperados labios de Yuto—, yo… yo…—volvió a mirar al otro a los ojos sin posar la mirada en los labios—Yo quisiera que si te pasa algo, cualquier cosa, si te duele su tobillo, si necesitas que te ayude o si… no importa lo que sea, dímelo. No dudes en decirme—le puso una mano en la mejilla—. No es… molestia para mi ayudarte ni…—Yuya le había puesto una mano sobre la suya—ni nada de eso…

—Lo haré—aún tenía los nervios de punta, pero al menos quería que Yuto también lo sintiese de la misma manera. El de ojos grises bajó la mirada un momento y después le sonrió como tonto.

—Bien, iré a… a lavar—y se separó del otro chico casi con dolor para dirigirse a su lugar de oficio. Yuya miraba como se iba a hacer sus cosas y se fue también a hacer las suyas, justo después de suspirar.

Se tardó relativamente poco, a su debido ritmo. Así que mejor antes que después se levantó tomándose un momento para hacer que sus piernas se despertaran un poco. Se tocaba ligeramente las mismas y también caminaba un poco con cuidado. Estaba realmente todo en bastante calma y a duras penas escuchaba a Yuto en el fondo aun lavando algunas cosas. Decidió ir hasta allá y revisar cómo iba el chico quizá ayudarle un poco para que pudieran hacer un par de cosas, como barrer o trapear, esas cosas que aprendió cuando era más pequeño y se quedaba con su madre. Avanzó por los pasillos sin mucho más allá que cosas ligeras en su mente para pensar o hacer. Quizá solo pensar en el que haría para el resto del día o que iban a comer ahora más temprano. Porque el cocinaría, era su turno.

Debería de preguntarle a Yuto por cuales cosas quisiera comer.

A decir verdad todos eran un poco extraños en los gustos, Yuri no cambiaba la comida casera por nada y adoraba cuando él cocinaba porque decía que le encantaba lo que hacía, independientemente de lo que fuera. Yugo era de hecho un poco así, comía de todo y tampoco le importaba el sabor, no solía dejar nada el plato a menos que fueran verduras muy específicas, detestaba entre ellas la coliflor y el brócoli. Quizá lo únicos que ponían reales problemas o tenían ciertas cosas que no les gustaban eran ellos dos, Yuya que no podía con algunos condimentos y combinaciones que solía hacer Yuri, y Yuto que directamente a veces no podía ver enlatados o cualquier otra comida conservada por más de dos días. No podía verlas, no tenía nada en contra, podía comerlas sin problemas, pero siempre daba una sensación de estar repugnado en lo más adentro de su ser. Una sensación que no parecía tener justificación alguna de su existencia más allá de la intuición del de ojos rojos y un poco de mirar a su rostro al terminar de comer.

Yuto a veces también tenía problema con las sopas, más que nada con las cremas. Era interesante todo lo que el chico de ojos rojos había logrado conseguir solo mirándolo. Eso sin contar las muchas veces que lo había visto en medio de la noche observar al infinito vacío del techo, como si estuviera insomnio y no algo no lo dejara dormir del todo. No tenía ojeras nunca, y generalmente era el que más tarde se levantaba. Yuya sospechaba que llevaba ya un tiempo haciendo lo mismo, incluso antes de que ocurriera su incidente, al fin y al cabo el solía tener también algunos días en los que no podía dormir cuando estaban juntos en el mismo cuerpo. Era algo realmente extraño, sobre todo porque parecía estar siempre muy cansado, eso y que tenía el sueño más ligero de lo normal. Solía decirse a sí mismo que era por toda la presión y los cambios que estaban ocurriendo a su entorno y la constante preocupación que tenía por Yuzu. Pero, en ese momento, al ver todas las actitudes que tenía Yuto, sospechaba que quizá, se alguna manera, eso había tenido que ver con él estado del chico.

Cuando llegó al pasillo antes del lavadero, oyó que el característico sonido del agua al ser restregada con la ropa. Yuya no se extrañó, creyó que lo había escuchado o que en el mejor de los casos, que hubiese terminado de lavar. Sabía que Yuto era como él, que se tomaba el tiempo de hacer las cosas y que simplemente te tardaba lo suyo de vez en vez. Como si comprendiera porque la lentitud y las cosas. Como si estuviera pensando en otra cosa, como si esas pausas fueran para algo más. Para pensar quizá, pensar en lo que no pensaría acompañado, en lo que no diría en voz alta, en lo que nunca revelaría. En las cosas que nunca diría o pensaría. Yuya no podía culparlo. Él hacía lo mismo.

—Oye Yuto, terminé con…—calló al deslizar la puerta y descubrir al chico en frente del lavadero. Con aun una prenda enjabonada que no hacía más que escurrirse de a poco. Yuya lo miró un poco más, no había reaccionado siquiera al ruido o a lo que le había dicho—con la ropa, y creo que ya casi es mediodía—siguió hablando consiente de que quizá pudiera ser ignorado. Porque Yuto siempre le respondía a todo, todos los tres lo hacían. Pero el otro estaba allí, mirando al infinito sin poder reaccionar siquiera. El de ojos rojos tragó saliva—. ¿Yuto?—preguntó acercándosele más—¿Yuto, me estás escuchando?—lo miraba cautelosamente y tratando de no saltarse detalles, era él, no tenía ningún cambio, solo parecía que sus manos estaba rígidas y que se negaba a moverse para algo que no fuera su propia respiración—¿Yuto?—cuando se acercó más aprovechó para tocarlo en uno de sus codos, agarrarlo para que reaccionara o que pasara cualquier cosa. Porque si se le quedaba mirando de esa manera no iba a solucionar nada y no podía quedarse todo el día allí hablándolo para que le respondiera.

Pero Yuto se alejó de una manera algo brusca, mirándolo con unos ojos que reflejaron por un par de segundos un brillo de miedo pero que todo lo demás era determinación. Aquella clase de ojos que le había puesto en su batalla contra Yugo tantas noches atrás, aquella que había puesto cuando vio que le atacaban y que el chico le estaba ganando en velocidad y que por mucho que corriera no podría alcanzarle. Aquella que había puesto al ver a su hogar por primera vez después de tanto tiempo, tan destruido desolado y desesperanzado. Aquella mirada que había visto en él cuando pelearon contra Edo y el dolor se había apoderado de él, de cómo había agarrado su cuerpo y lo había controlado como si fuera suyo. De cómo se había descontrolado aquella vez. Se podía ver casi todo en esa mirada. Aquel miedo que tenía, que solo Yuya notaba y la determinación que transmitía. Aquella era la misma mirada que ponía cuando estaba en un escenario relacionado con la guerra.

Yuya retrocedió un poco, sorprendo por tener tanta información de golpe en su cabeza de ver cómo eran todas que vino a su mente.

—Oh, Yuya—dijo después de unos segundos de darse cuenta de lo que había ocurrido. Se puso una de las manos que tenía en sus ojos, tapándose los mismos. El de ojos rojos quedó atónito sin saber realmente que pensar de lo que acababa de ver—. Lo siento, me he asustado, no te escuché llegar—dijo negando ligeramente y luego volvió su mirada al chico sorprendido. Negó ligeramente y evitó su mirada—. Que, ¿qué me decías?—Yuya se recompuso al escuchar la voz más calmada del otro. Tomó aire antes de volver a hablar.

—Sí, em—dijo un poco perdido—, quería decirte que voy a comenzar a cocinar ahora, así que… ¿Qué quieres para comer?

Con aquello eran ya dos.

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Cuando el ocaso llegó, tanto el de ojos grises como el de ojos rojos estaban sentados el uno al lado del otro mirando al tiempo pasar. Veían como el cielo se empezaba a tornarse de distintas capas de color, de cómo todo empezaba a oscurecerse, escuchaban los sonidos de su alrededor con atención, expectantes por los cambios que se estaban produciendo al ocaso y de cómo estoy estaban poco a poco trasformando su entorno. Era realmente un lugar y tiempo preciosos además de una compañía bastante agradable. Pero ninguno de los dos se tocaba en lo más mínimo desde hacía varias horas.

—¿Crees que habrán zorros allá arriba?—señaló Yuya hacia la montaña. Yuto lo miró a él primero y luego hacia el lugar donde señalaba—Si pudo llegar una comadreja hasta nosotros, ¿crees que pueda haber zorros? ¿O lechuzas?

—He escuchado algunas lechuzas en la noche—dijo revisando sus recuerdos—, no son muchas y no son todas las noches, pero las escucho, se oyen realmente hermosas.

—Creo que las he escuchado un poco—dice de manera distraída—, pero creo que he podido escuchar más a las chicharras, son muy notorias en la tarde y en la noche—dijo aún más distraído en la montaña—. Pero me parece genial que hayas podido escuchar a las lechuzas.

—Quisiera ver uno—dijo también distraído en su propio mundo—, la aves son de hecho muy hermosas. No me gustan demasiado, pero siempre han tenido ese aura de belleza que, me gusta de cierta forma—dijo rebuscando en su mente—. Además, las lechuzas me recuerdan mucho a la noche y, bueno, me gustaba—se interrumpe a sí mismo—, me gusta la noche. Las cosas que se crean gracias a ella.

—¿Como… los fantasmas?—preguntó Yuya volviendo su mirada hacia él un momento.

—Sí, me gustan algunas de sus leyendas, pero la que más que gustaba era al del caballero sin cabeza—Yuya evocó sus recuerdos de infancia, a ver si alguna vez que habían contado sobre aquella leyenda o su padre o su madre—. Siempre me encantaba esa leyenda de niño, me la contaban bastante, eso fue en parte lo que me inspiró a tener un Deck de Phantom Knight. Estaba cautivado por esa leyenda y cuando conocí el Deck solo pude aparte de quererlo sentir que era para mí. Me ayudó en muchas cosas y nunca me falló. Solo yo le fallé a él…

—Pero—interrumpió Yuya—, tú lo hiciste porque iba en contra de lo que tu considerabas como un duelo—le recordó, creyendo que se refería a la noche que corrió y esquivó a Yugo por su supervivencia—. Te detuviste y perdiste esa noche porque aquello que estabas haciendo no eras tú… tampoco era el duelo en el que creías—Yuto estuvo a punto de decir algo, cualquier cosa que pudiera, se le veía en aquella boca que había abierto, aquella que quería recordar y hablar. Pero las bocas no tienen mente propia—. Te dejaste ganar porque eso no era lo que eras, no era lo que tú querías. Eso no es fallarle a nadie, preferiste morir con tus ideales, que romperlos para ganar.

—Sí… supongo que hice algo bueno aquella noche—suspiró ligeramente.

Fue en ese momento cuando escucharon los pasos de los otros llegar, ambos miraron hacia atrás para recibir bien a los recién llegados, a pesar de que no estaban haciendo nada, no tenían muchas ganas tampoco de hacer mucho. Yugo fue el primero en hacer algo por los dos, apenas lo vio sentado al lado de Yuto, con el sol dándole en la mirada de la cara y con los brillos del ocaso reflejándole la piel y los ojos, se lanzó a besarlo. Se había sentado a su lado en las escaleras de la casa, junto al que le interesaba a su lado derecho y el otro un poco más allá al lado derecho también.

—Hola—y se inclinó a darle un beso corto muy a su estilo, uno que duraba más unidamente con su cara no tan lida—, entones, ahora mismo, ¿cómo estuvo tu día?

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A decir verdad, las noches que siguieron fueron un poco más tranquilas. Yuya no tenía pesadillas ni mucho menos parecía que Yuto estuviera teniendo tanto insomnio. O al menos ninguno de los dos tenía indicios de ello. El mayor protegido de la casa comenzaba a caminar con más fluidez y el de ojos grises seguía con su ánimo y expresiones habituales. No pasaba nada en aquella casa y tampoco parecía que fuera a ocurrir nada muy extraño. Sus habitantes hacían lo que podían para tener una buena convivencia, las peleas por lo que fuera habían menguado lo más posible. Yugo tenía una pequeña obsesión por tratar de arreglar cualquier daño que tuviera la casa de manera estructural. Y Yuri estaba más que nada enfocado en ver las demás cosas, en el resto de la casa y ver cómo iban y venían las cosas. Él era el líder indiscutible de los cuatro. Ninguno solía decir nada en contra muy habitualmente exceptuando Yugo el que cual se peleaban de vez en cuando. Pero en general todo siempre iba bien en ese aspecto.

Esa noche en particular, Yuya estuvo descansando en el pecho de Yuto. Había sido la mejor manera que tenía para que el chico se mantenga con él y que así pueda hacer que quizá duerma más. Solían acariciarle suavemente los cabellos, mimarle la espalda mientras podía. Yuto no hacía más que nada esperar a quedarse con Yuya y dormir juntos, como querían y como se sentían mejor.

Pero esa noche, Yuto no se sintió bien. Ni nadie tampoco.

—¿Yuto?—preguntó Yuya al ver que este he había puesto realmente rígido, miedoso—, Yuto, ¿qué ocurre?—El de ojos grises lo miró de esa manera que conocía, una que tenía, y una a la cual nunca se iba a acostumbrar.

—Alguien se entró en la casa.