1.- UN DIFÍCIL COMIENZO

Robin, como líder indiscutible de la nueva rebelión, se desvivió por ayudar allí donde se le requería, una vez hubo elegido las cuevas donde todos ellos iban a vivir, a partir de ahora, y los hubo conducido a ellas sanos y salvos. Ya fuese tan sólo con una simple sonrisa de camaradería y de apoyo, él siempre estuvo ahí para todos ellos, hasta que fue bien entrada la noche, cuando se permitió hacer un breve descanso y se retiró, discretamente, al interior de la pequeña cueva que había elegido para albergar a Marian y a él mismo. Todavía no había hablado con su bella compañera sobre el tema, pero esperaba, con toda su ilusión, que ella aceptase vivir con él de ahora en adelante, y quizá... ¿Una boda? Sonrió para sus adentros con gran esfuerzo, pues sentía como, a cada segundo que pasaba, su mente se hallaba más cerca de la inconsciencia. Había preferido no echar un vistazo a la sangre que empapaba su camisa, bajo la chaqueta que la había ocultado durante toda la tarde, pero sabía que era peligrosamente abundante y que aún no había dejado de manar, pues sentía la camisa adherirse a su cuerpo como una segunda piel.

Cuando Marian y John entraron en la cueva, en su busca, se obligó a ofrecerles una alegre sonrisa, rogando con todas sus fuerzas que no fuese la última.

—Todos están ya acomodados en las grutas del mejor modo posible en estas circunstancias —John anunció, mirándolo satisfecho.

Marian asintió en apoyo de su compañero, cansada pero risueña.

—Gracias —Robin respondió. Su rostro mostraba la palidez de la cera—. Me temo que no voy a poder seros de gran ayuda a partir de ahora —declaró con voz débil.

—¿Y eso? —John enarcó una ceja, sorprendido por aquella afirmación, incapaz de entender a lo que él se refería.

Pero Robin no tuvo tiempo de aclarar el significado de sus palabras, ya que, perdiendo la consciencia, se desplomó como un peso muerto. John, con un rápido movimiento, detuvo su caída sosteniéndolo con su brazo derecho. Lo alzó en brazos y lo llevó al fondo de la gruta, donde lo depositó junto a una pequeña hoguera que Marian se había encargado de encender antes de marcharse a ayudar a los demás a instalarse en las cavernas. Un pequeño rescoldo se mantenía entre las cenizas pero, por el momento, tendría que ser suficiente. Intuyendo qué sucedía a quien había comenzado a sentir como a un hijo y temiendo lo peor, le desabrochó la chaqueta y lo que vio bajo ella le hizo fruncir el ceño duramente. Toda la camisa estaba empapada de sangre. La desabrochó y comprobó que la herida que llevaba en el pecho, peligrosamente cerca de su corazón, era profunda y no dejaba de sangrar. Aunque si la flecha hubiese alcanzado una arteria, a estas horas ya estaría muerto, algo que, por otra parte, no lo tranquilizó en absoluto. Mas, como perro viejo curtido en varias batallas, se obligó a mantener la serenidad y la calma, perfectamente consciente de que nada podría hacer por él, abandonado al miedo, la precipitación y el desaliento.

—¡Maldito infiel descerebrado! ¡El papel de héroe se le ha subido a la cabeza! ¡Debería habérmelo dicho! —Intentó redirigir el enorme miedo por la vida de Robin que sentía en aquel momento, hacia el cabreo que le producía la infinita frustración de saber que, si él le hubiera avisado en cuanto llegaron al bosque, habría tenido mucho más margen para intentar salvar su vida.

Marian se arrodilló junto a Robin, presa del pánico, sintiendo que no sería capaz de soportar su pérdida de nuevo. Le retiró un mechón de cabello rebelde de la frente, mientras intentaba que sus propias lágrimas no se derramasen sobre su rostro inconsciente.

—¿Puedes salvarlo? —preguntó a John a modo de ruego desesperado.

—Puedo intentar conseguirlo —gruñó—. Pero necesito varias hierbas, o al menos alguna de ellas, para lograrlo. Sé que la mayoría puedo hallarlas aquí, en vuestras tierras. Quédate junto a él —le ordenó, tajante. Después, se puso en pie y salió de la gruta para adentrarse en las profundidades del bosque como alma que lleva el diablo.

Cuando, ya entrada la noche, regresó con casi todo lo necesario para preparar un emplasto que administrar a la herida de Robin, comprobó con alivio que Marian había reunido varios cacharros que deberían servir a su propósito. También mantenía una pequeña olla hirviendo en el fuego.

—Sálvalo, te lo ruego —Marian le suplicó con un hilo de voz, clavando en él una mirada angustiada.

Por un instante, John la miró fijamente, pero después se concentró de nuevo en sanar al herido.

—De donde yo vengo, cuando un hombre muere en batalla honorablemente, su mujer le honra de por vida no emparejándose de nuevo—de pronto afirmó fríamente, sin dignarse a dirigirle la mirada, mientras se afanaba en lograr que la herida dejase de sangrar.

Marian sintió cómo la bilis le alcanzaba la garganta por la rabia que aquellas palabras le habían hecho sentir. Así que era eso —pensó—; por eso aquel sarraceno con el que Robin había regresado a Locksley, al que tanto admiraba, cuando la miraba, lo hacía como si la estuviera juzgando. Tampoco ella lo miró al responder:

—De donde yo vengo, cuando una mujer pierde a su amante, quedándose sola en el mundo, tan sólo le quedan dos opciones: o encontrar a otro hombre que se ocupe de ella, o acabar como prostituta pues, para mí, ser monja no es una opción. ¿Cuál de las dos opciones habrías escogido tú de hallarte en mi lugar, oh John, el honorable? —respondió con la misma gelidez que él había empleado.

—¿Robin no se casó contigo antes de marchar? —Le dedicó fugazmente una mirada atónita.

—No oficialmente, al menos. Tampoco yo jamás le pedí que lo hiciera. Para ambos, nuestros sentimientos eran suficientes, nuestra vida juntos bastaba. Hasta que la guerra me lo arrebató —rememoró con tristeza, suavizando el tono de su voz.

—¡Pero todo vuestro mundo sabía que eres suya! ¿No es cierto?

—Yo no soy de nadie —respondió con altivez.

—Vamos, no me vengas con ese falso sentimiento de ofensa. ¿Os amabais, o no? —preguntó, indignado.

—Por supuesto que nos amábamos. Jamás he amado, ni amaré, a ningún hombre que no sea él.

—Pues entonces, él se entregó a ti y tú te entregaste a él. Él es tuyo y tú eres suya —afirmó, mirándola duramente—. No hablo de posesiones físicas, mujer de miras estrechas, hablo de sentimientos.

Por un instante, Marian se vio obligada a bajar la cabeza, pues sintió que John tenía, absolutamente, toda la razón. Robin jamás la había tratado como a una posesión, sino como a una igual, una compañera de camino, de vida. Sabía que él le había entregado su alma, y ella misma le había entregado la suya. Ambos se pertenecían por completo, por aquello que sentían, sin más.

—Todos lo sabían, sí. Pero a nadie importó. Sin sacramento religioso, nada es válido aquí —respondió con cierto desdén—. Y no creas que, si él se hubiera casado conmigo, la situación habría variado mucho; sin descendencia, no.

John, habiendo hecho por Robin todo lo que podía en aquella situación, se puso en pie y caminó hace el exterior de la gruta con pasos intranquilos, pero pronto regresó. Alcanzó a Marian y enfrentó su mirada con reproche.

—Esta es una tierra de hipócritas, rancios y mentirosos. No me explico cómo un gran hombre como él ha vivido tanto tiempo entre tanta basura. —Negó con la cabeza para reforzar su afirmación.

—Déjala, John. Ella es libre de hacer lo que quiera, no me debe ninguna explicación —la voz débil de Robin se dejó escuchar entre ambos, tomándolos por sorpresa.

Rápidamente, Marian se arrodilló junto a Robin y le acarició una mejilla con mimo, acongojada, mientras John comprobaba su herida, dedicándole una amplia sonrisa de alivio.

—Rob —Marian musitó, con los ojos anegados en lágrimas.

De inmediato, John comprobó que la herida había dejado de sangrar por completo y, aunque era demasiado pronto para que mostrara una notable mejoría, al menos no parecía que fuese a empeorar. Las próximas horas serían decisivas en cuanto a su posible recuperación.

—No me debes nada, Marian —Robin aseguró, traspasándola con una mirada seria que le encogió el corazón. E inmediatamente después, volvió a sumirse en la inconsciencia.

—¡Robin! ¡Robin! —Marian lo llamó, desesperada.

—Déjalo descansar, Señora —John le ordenó, tomándola de la mano y tirando de ella suavemente para ponerla de pie—. Este breve momento de vigilia que ha tenido arroja luz sobre su recuperación. Esperemos que todo vaya bien.

—Pero sí le debo —ella objetó con voz nerviosa—; le debo mi alma, que recuperé al conocer su regreso, al saberle vivo. Él tiene que escucharme.

—Ahora, no. —Le apretó un brazo con cierto cariño, intentando darle ánimos.

Marian acarició la mejilla de Robin con reverencia y, a regañadientes, se dejó hacer.

John intensificó la fuerza de su mano sobre el brazo de Marian, llamando toda su atención.

—Señora: Robin y tú sois el alma viva de este grupo de proscritos, de refugiados en estas cavernas que, de ahora en adelante, serán nuestro hogar. Él ahora no puede dejarse ver para tranquilizarlos, para animarlos en estos durísimos días de dolor e incertidumbre que les esperan. Así que has de ser tú quien lo haga —afirmó. Su voz no contenía un tono de orden, sino una obviedad.

—¿Yo? —Lo miró con ojos desorbitados, sorprendida por completo—. Acaso tú, que eres quien ha creado la leyenda del héroe, junto con Rob. O Tuck, que vela por sus almas. Yo no he hecho más que seguiros —objetó tristemente.

Pero él hizo un ademán negativo, contundente.

—Para la mayoría de tu pueblo, yo no soy más que un sarraceno despreciable. Si me respetan, es porque Robin lo hace y ellos lo respetan a él —explicó tranquilamente—. Y Tuck es guardián de sus almas, no de sus vidas. Tú llevas ayudando a esta gente durante mucho tiempo. Te aprecian y te respetan. Además, son conscientes de que has elegido.

—A Robin... —musitó, aún acongojada.

Él asintió.

—¿Y él a mí? —Buscó su mirada para disipar el mar de temores en que se había convertido su corazón.

—¿Acaso lo has dudado en algún momento?

—Pero yo no le merezco. Le juzgué mal cuando regresó, pensé que se había convertido en uno más de esos nobles codiciosos de poder, egoístas, que disfrutan oprimiendo a los más necesitados —se lamentó, sintiéndose culpable.

—Eso es, precisamente, lo que ambos queríamos que todo el mundo creyera —él respondió, mostrando una amplia sonrisa satisfecha.

—Pero yo no soy como todo el mundo —insistió—. Yo debí no haberlo creído, debí haberlo cuestionado, al menos —se reprochó a sí misma con enfado.

—Señora...

—Marian, por favor —ella rogó. Y John asintió levemente, conforme.

—Marian: yo no puedo otorgarte el perdón que pareces estar necesitando; ha de ser él quien lo haga. —Señaló a Robin con un ademán de obviedad—. Cuando despierte, ambos debéis mantener una charla muy larga y sincera, si queréis que vuestra relación funcione. Mientras tanto, ve con los demás, déjate ver —le pidió—. Y habla con Tuck; ponle al corriente de la situación por la que Robin está atravesando. Pero sé discreta —le advirtió—. Lo único que toda esta buena gente no necesita ahora, es ser consciente de la debilidad de su máxima esperanza.

—Pero necesito estar con él, protegerlo —objetó, sin dar un paso siquiera para cumplir los requerimientos de John.

Por un momento, él mostró una sonrisa divertida.

—No he querido decir que tú no puedas... —intentó explicarse, avergonzada.

—Lo sé. Anda, ve con los demás. Te prometo que lo hallarás de una pieza cuando regreses.

—¿Cual es tu nombre verdadero? —ella le sorprendió cambiando de tema de un modo tan radical.

—Yahya.

—Gracias, Yahya, por todo —afirmó, con una mirada de afecto.

—Puedes seguir llamándome John. Le estoy cogiendo gusto a esa palabra tan simple. —Mostró una sonrisa incrédula y socarrona, dirigida a sí mismo.

Robin pasó un día con su correspondiente noche sumido en la total inconsciencia, durante el que Marian insistió con firmeza en no separarse de él. Pero finalmente, John y Tuck la convencieron para que, junto con el fraile, dirigiera a toda aquella buena gente hasta que Robin pudiese tomar las riendas de la colonia rebelde de nuevo.

Así que, fue John quien no se despegó de él ni por un instante. Vigilante y atento en todo momento, mantuvo su postura firme, serena... Si sus dos nuevos compañeros hubiesen intuido, siquiera, cuánto él temía por su vida, se habrían hundido en la desesperanza. La herida parecía no evolucionar, no mejorar. Y Robin ardía en una fiebre constante y persistente, que los paños de agua helada que él renovaba sobre su frente a intervalos regulares no lograban mitigar. A pocas horas del amanecer del segundo día, desesperado, con todos los miembros entumecidos, sin darse cuenta se sumió en un sueño nervioso, presa del agotamiento. Y fue un leve quejido el que lo arrancó del sueño con las primeras luces del alba. Se puso en pie de un salto y, escrutando a su alrededor, se dio cuenta de que Marian había salido de la cueva, sin duda para servir de apoyo moral a todos los refugiados durante su segundo día de "fuera de la ley". Alarmado, miró a Robin, temiendo lo peor.

Robin, intentando incorporarse, profirió un leve grito de dolor.

—¿Cuánto tiempo he permanecido inconsciente? —preguntó a John, preocupado, mientras él se apresuraba a inmovilizarlo para retirar el vendaje de su herida y examinarla con ojo crítico.

—Todo un día. Te estás recuperando —afirmó, mostrando una amplísima sonrisa de alivio en su rostro.

—Ya... Pero no se te ocurra darme un puñetazo en la herida, como hiciste con la de la pierna. Creo que no podría soportarlo. —Le dedicó una mirada de súplica mezclada con una mueca de dolor.

John rió alegremente, divertido.

—Esta vez no ha sido una broma... —en cambio afirmó, fijando una dura mirada en la de Robin.

—Créeme que lo sé. Ayúdame a incorporarme.

John le ayudó a sentarse, apoyando su espalda contra la pared.

—¿Cómo están todos? ¿Y Marian? —quiso saber, intranquilo.

—Existe cierta inquietud entre ellos sobre el hecho de que tú no te hayas dejado ver durante todo el día de ayer —respondió, sin embargo, con voz tranquilizadora—. Marian y Tuck se están encargando de mantenerlos ocupados el máximo tiempo posible, y a la vez de avivar su esperanza, con el fin de que no se vengan abajo. Les han contado que tú, hace dos noches, regresaste a Nottingham para controlar cómo ha quedado la situación allí después de la revuelta, y que en breve te unirás a ellos de nuevo —declaró—. Por ahora los ánimos están calmados, aunque no creerán del todo sus palabras hasta que ellos mismos puedan corroborarlas con sus propios ojos. Te sorprenderá comprobar que estas cuevas se están convirtiendo, a marchas forzadas, en un auténtico hogar para ellos. Has elegido bien —aprobó sin adornos.

—¿No se sabe nada de Will? —preguntó con un atisbo de esperanza, clavando en su mejor amigo una mirada de angustia. Aunque en el fondo de su corazón sabía que era imposible que hubiesen llegado noticias a aquel remoto lugar, oculto a todas las miradas y oídos.

John negó con la cabeza.

—Tengo que volver para ayudarlo —sentenció, intentando levantarse. Pero su cuerpo, debilitado por la gran pérdida de sangre que había sufrido, le falló—. Ayúdame a ponerme en pie —pidió a John con fastidio, frustrado.

—De eso, nada. Tú vas a descansar durante un día más, al menos. ¿O acaso quieres sufrir una recaída? —lo reprendió con voz severa.

—Por supuesto que no. Ahora mismo me siento como si me hubiera caído encima un edificio entero —se lamentó con cabreo—. Pero yo metí a Will en esto. Debo ayudarle —aseveró, sin cesar en sus vanos intentos por alzarse.

John, harto de aquella situación, le puso una mano en el hombro con firmeza, inmovilizándolo.

—¿Qué crees que vas a poder hacer por él en el lamentable estado en el que estás, chaval? —preguntó de un modo ofensivo, a propósito.

—¿Chaval? Soy capaz de patearte el culo —respondió del mismo modo, fijando en sus ojos una mirada arrogante.

Por un momento, John le dio la espalda y caminó lejos de él, para regresar inmediatamente después y clavar un dedo amenazante frente a su nariz.

—Pienso ignorarte por completo hasta que recobres la sensatez.

—¡Maldita sea! ¡No me toques las...!

John le mostró una risotada de burla, con desdén, y lo dejó a solas sumido en su profunda frustración. A su espalda, Robin no pudo ver el profundo gesto de alivio que el hombre ejecutó, llevándose la mano al corazón y exhalando con fuerza.

Varios intentos vanos por alzarse después, Robin tuvo que rendirse a la evidencia: necesitaba descansar. Pasó el resto de la mañana a solas, su mente enfrascada en un millar de planes, dirigidos tanto a sacar adelante la nueva colonia de renegados que había decidido dirigir, como para salvar a Will, a quien temía, sin duda, reo de los altos mandatarios corruptos de la Iglesia de Nottingham.

Ya alcanzado el medio día, John entró en la gruta, portando en la mano un cuenco de sopa caliente, que le puso en las manos sin mediar palabra. Iba a marcharse de nuevo, pero las palabras de Robin lo detuvieron.

—Está bien, moro pintado —lo desafió—.

Airado, sin embargo John no respondió a la provocación. Iba a continuar su camino cuando él continuó.

—Me cuidaré y seré prudente hasta que haya recuperado las fuerzas—aseguró—. Pero por favor, ayúdame a levantarme. Necesito hacerme ver, al menos —le rogó, ya sin un atisbo de arrogancia en su voz.

—No debes hacer esfuerzos todavía —la voz de Jhon objetó con firmeza, aunque ya más calmada.

—No te he dicho que vaya a irme a cazar al bosque, o que vaya a practicar todos esos ejercicios endemoniados que tú me has obligado a hacer para entrenarme. —Le ofreció una sonrisa socarrona que John, girándose por fin hacia él, le devolvió del mismo modo—. Pero no creo que dar unos cuantos pasos dentro de las grutas, simplemente para que mi presencia tranquilice a toda esta buena gente que tanto ha sufrido, logre que muera.

—Puede que no. Pero yo sí lo lograré si la próxima vez que sufras una herida como esta no me avisas a tiempo para sanarte —lo amenazó.

—Sí, padre...

Robin notó cómo John, por un momento, desvió la mirada con el corazón destrozado.

—Lo siento —se disculpó, sintiéndose miserable—. Jamás he pretendido dañarte. No existe día en que no me duela no haber sido capaz de salvar a tu hijo —aseguró, lleno de dolor.

—Y no existe día en que mi corazón no sangre por ello. Sin embargo, no hubo nada que tú pudieras haber hecho por salvarlo; yo lo sé y tú lo sabes. Pero como te dije, aún así, lo intentaste. — Por un momento, lo miró con un cariño y una lealtad infinitos—. No voy a volver a tener hijos en esta vida, pero si los tuviera, desearía que fueran como tú.

—Me esforzaré por merecer el gran honor que me has dispensado —le juró.

—Créeme, ya lo has hecho.

—¿Me ayudas a ponerme en pie, entonces? —volvió a la carga tras apurar el cuenco de sopa que había reconfortado su cuerpo.

—¡Condenado infiel!

Robin rompió a reír sin poder evitarlo y la herida le pasó factura, haciéndole encogerse de dolor.

John calló, pero lo observó con cara de pocos amigos.

Viendo que su mentor no iba a hacer nada por ayudarle, se esforzó de nuevo por ponerse en pie por sus propios medios, mas de pronto se vio apoyado por los fuertes brazos de John.

—Eres patético.

—Lo sé. Aún así, has de conformarte conmigo.

—Qué remedio...

Ambos se ofrecieron una sonrisa tranquila que desmintió todas aquellas puyas que se habían lanzado. John sirvió de apoyo a Robin hasta que este dio unos cuantos pasos y su cuerpo, dolorido y entumecido, comenzó a acostumbrarse de nuevo a la postura erguida. El árabe lo ayudó a caminar fuera de la gruta, dirigiéndose hacia un pequeño claro oculto en la espesura, hasta que comenzaron a escucharse las primeras voces procedentes de los demás sublevados.

—A partir de aquí, caminaré solo. Gracias.

John le dedicó una breve mirada escéptica y luego asintió, conforme.

—Para esta gente eres casi como un dios, una leyenda —le advirtió—. Mantente firme, no muestres debilidad, no ahora. Necesitan creer, Robin, creer en ti, en que tú vas a ser capaz de guiarlos hacia una vida mejor —lo aleccionó, solemne, apartándose de su lado.

Robin no respondió. Pero la infinita responsabilidad que mostró en su mirada habló de sobra por él.

Se tomó un breve instante para adoptar una postura completamente erguida, de nuevo imponente. Dio un pequeño paso, prudente, y al sentirse los suficientemente fuerte como para aparentar absoluta normalidad durante un breve lapso de tiempo, al menos, sonrió aliviado. Sus pasos firmes lo guiaron hasta donde parecía haberse establecido un comedor de campaña al aire libre. Inmediatamente notó que entre los fugitivos flotaba un aura de desánimo en el aire, de incertidumbre, de miedo... que Tuck y Marian no habían logrado hacer desvanecer por completo. Aunque parecía reinar una calma sumida en una tensa espera.

—¡Es Robin! —un hombre gritó de pronto, entusiasmado, dándose cuenta de su tan ansiada presencia.

Inmediatamente Marian, quien había estado repartiendo comida de una gran olla entre los rebeldes allí reunidos, pasó el cazo a un hombre que había cerca de ella, y localizando a Robin con urgencia, corrió hasta detenerse frente a él sin atreverse a tocarlo, desbordada por un infinito sentimiento de amor y llena de alivio.

—Rob...

Marian sonrió, mirándolo con ternura, temerosa de recibir su rechazo, ahora que la amenaza inminente había cesado y que él disponía de mayor tiempo para pensar con relativa tranquilidad. Aunque, en el fondo, sabía perfectamente que tal rechazo no iba a producirse.

Robin la pegó a su cuerpo con un gesto cariñoso y susurró a su oído de un modo discreto:

—Abrázame y sírveme de apoyo, por favor. Todavía me siento muy débil.

Ella lo miró con ojos desorbitados por la preocupación, pero calló y, con disimulo, inmediatamente hizo como él le pedía. Juntos caminaron abrazados hasta encontrarse con todos los demás.

—Robin Hood —una anciana mujer se adelantó y dijo, plantándose firmemente ante él, complacida.

Él la observó con sorpresa y torció el gesto. No sabía cómo tomar aquello.

—¿Ese es mi apodo?

Ella asintió con firmeza, desafiándolo con la mirada a que la contradijera, si se atrevía.

—Voy a matar a John por esto —masculló entre dientes. Estaba seguro de que el sarraceno había tenido mucho que ver con aquello. Aunque en el fondo, aquel nombre le gustó.

—Gracias por lo que has hecho por todos nosotros —ella añadió, sin más.

—Os lo han quitado todo —él objetó con tristeza.

—Y nosotros a ellos, aunque nosotros no teníamos tanto que conservar.

Todos los demás rompieron a reír, divertidos. La esperanza había renacido entre ellos.

—Sabéis que lo que hemos hecho traerá duras consecuencias —se sintió obligado a advertir la obviedad—, que deberemos luchar duro, día tras día, no ya sólo por defender nuestros derechos, sino nuestras propias vidas.

—Las afrontaremos todas: estamos con Robin Hood. —Todos los demás asintieron con entusiasmo.

Él sonrió, agradecido. No podía confesarles todo el temor que le había embargado de pronto por haberse convertido en responsable del bienestar de tantas vidas. Todos lo habían adoptado como líder por unanimidad, y le seguirían ciegamente como ya habían hecho ante el Sheriff de Nottingham. Tan sólo deseaba con todas sus fuerzas ser capaz de conducirles hacia una vida mejor, y no hacia su propia perdición.

Decidiendo relegar a un segundo plano todas sus preocupaciones hasta el final de la comida, sonriente y relajado, buscó un lugar donde sentarse junto a toda aquella gente que estaba pendiente de su más leve movimiento, y se dedicó a charlar y a bromear con ellos de forma animada, mientras Marian continuaba con su tarea de distribuir el resto de las vituallas —siempre vigilante, disimuladamente, de su estado de salud—, tras lo que ella se sentó a su lado y le acarició un hombro de modo cariñoso. Robin era consciente de que tiempo habría, de sobra, para compartir tribulaciones. Pero no en aquel momento.