2.- SENTIMIENTO DE PÉRDIDA
Robin se hallaba abstraído en la observación de un mapa de Nottingham y sus alrededores, incluido el bosque de Sherwood. Junto a él, Jhon, Tuck, Marian, y los hombres y mujeres más osados, hábiles y dispuestos para asumir tareas de responsabilidad, lo observaban a la expectativa.
—Lo primero es disponer una ruta segura de avituallamiento para la colonia —Robin declaró, al fin, mientras alzaba su vista y los miraba a todos, resuelto—. Sin duda, el próximo Sheriff de Nottingham enviará una enorme partida de soldados para darnos caza, con el fin de restaurar su autoridad.
Algunos de los allí reunidos se miraron con temor. Por muy aguerridos que fueran, o que se sintieran, hasta ahora no habían sido más que simples campesinos, o mineros.
—Pero eso no será hasta que ese cargo haya sido ocupado. En este momento, quienes más me preocupan son Gisbourne y sus hombres. Aunque él tampoco está atravesando sus mejores momentos. —Dirigió a Marian una sonrisa alegre—. Y la Iglesia no soltará a sus perros de caza hasta que tenga el cargo de Sheriff bien atado.
—Estoy totalmente de acuerdo contigo —John apoyó su afirmación—. Yo me encargaré de seleccionar a aquellos de entre nosotros más capacitados para la lucha, y tú y yo los entrenaremos con el fin de que protejan las vías de suministro.
—Y este asentamiento —. Apoyó su mano en el hombro de John y lo palmeó con afecto—. Me parece perfecto. Ponte en marcha ya mismo.
—Con respecto al funcionamiento cotidiano de la colonia, Evelyn y yo nos encargaremos de organizarlo —Marian se ofreció. Y Evelyn asintió con la cabeza, impetuosa.
Robin miró a ambas, sorprendido.
—Creía que vosotras dos desearíais ser entrenadas para formar parte del grupo de protección. Por mí bien, si eso es lo que queréis.
—No te equivoques. Evelyn y yo organizaremos el grupo encargado del mantenimiento de la colonia, hasta que alguien pueda tomarnos el relevo. Por supuesto que vas a entrenarme; hasta que te caigas de culo debido al cansancio, si hace falta —dejó claro—. No pienso ser una carga para ti, para ninguno de vosotros. No voy a permitir que tengas que preocuparte por mí —alegó, decidida.
—Sea como sea, yo siempre me preocuparé por ti. —Fijó en sus ojos una profunda mirada, solemne, que provocó que todos sus compañeros se dirigiesen miradas de reojo y sonrisas de complicidad. Tras ello carraspeó, incómodo—. Bien, por el momento queda el tema del dinero —se centró en otro asunto rápidamente—. Quiero que todos tengamos perfectamente claro que el dinero que hemos robado al Sheriff y a la Iglesia no está destinado al enriquecimiento de ninguno de nosotros, a ser gastado banalmente, a la ostentación, o al derroche. Es dinero de sangre. —Miró a todos ellos, uno a uno, con extrema dureza—. No es el botín de una banda de piratas, ni nosotros somos corsarios, tampoco. Este dinero se destinará a abastecer la colonia, y a aliviar todas aquellas penalidades de quien lo necesite, tanto dentro, como fuera de este asentamiento. Y si quedase algo, el resto será custodiado como una prueba más de las intrigas de la nobleza de Nottingham y de la Iglesia contra el Reino de Inglaterra, y será entregado al Rey en el modo en que proceda. ¿Está claro? —preguntó con voz amenazante, alzando la voz—. No voy a aceptar un "no" por respuesta. ¿Está claro? —repitió con vehemencia—. Quien tenga intención de enriquecerse a costa de la Rebelión, que lo diga ahora, y yo mismo me encargaré de buscarle un nuevo hogar donde llevar una vida digna, bien lejos de nuestra gente.
La mayoría asintió con firmeza, totalmente de acuerdo, llenos de orgullo, pues no se sentían como ladrones, sino como justicieros. Mas un hombre, ya entrado en años, le ofreció una sonrisa torcida.
—¿Por qué tengo yo que ayudar a todos aquellos que no han querido mover su jodido culo por ayudarnos a nosotros? —preguntó con voz desafiante.
Con descaro, Robin lo miró de arriba a abajo y luego preguntó:
—¿Cual es tu nombre?
—Henry —respondió, sin deponer su actitud arrogante.
—¿Tienes familia, Henry? ¿Esposa? ¿Hijos? ¿Parientes mayores a los que cuidar? ¿Quizá un perro que te ladre? —le preguntó.
—No tengo. ¿Y qué?
—Lo imaginaba…
—¿Acaso los tienes tú?
—Esta es mi familia. —Extendió ambos brazos y giró sobre sí mismo, orgulloso, abarcando a toda la colonia—. ¿Por qué estás aquí, Henry? ¿Por qué decidiste unirte a nuestra causa?
—Digamos que… quería un poco de acción. —Sonrió con descaro, retador.
—Te recomiendo entonces, Henry —lo miró con amenazante desdén—, que te enroles en las Cruzadas como carne de chacal, que es en lo que antes o después te convertirás. Te garantizo que, si lo haces, no vas a aburrirte.
Su voz fue tan fría, su mirada contenía tanta autoridad y desprecio, que el hombre no pudo evitar un encogimiento reflejo. Sintiéndose humillado, Henry escupió al suelo con rabia y dijo:
—Haced lo que queráis. No sois más que una panda de pobres ilusos. El Sheriff de Nottingham nos machacará a la primera oportunidad que tenga. Y ni tú vas a poder evitarlo.
Y con pasos airados, se alejó del grupo de cuatro zancadas, para perderse en la espesura del bosque.
—Pues moriremos como hombres libres —Stoker respondió, apasionado.
—No hemos hecho lo que hemos hecho para morir, sino para vivir —Robin dijo con serenidad, palmeando la espalda del joven de un modo afable—. Centraos en poner en marcha los planes que hemos estado discutiendo. Os convocaré de nuevo en breve. Queda mucho por hablar, y mucho más por hacer.
Con estas palabras, dio la reunión por terminada. John se apresuró a marcharse, resuelto.
—Tuck —llamó a su amigo, antes de que se fuese.
Marian, que había aguardado a Robin con intención de hablar con él, esperó a que ambos terminasen, paciente.
—Dime, Robin —respondió, solícito, mirándole con ojos vivaces.
—¿Conservas algún contacto en Nottingham? ¿Alguno de quien podamos fiarnos?
El fraile quedó pensativo durante unos segundos.
—En este momento, no me fiaría ni de mi propia madre, Dios la tenga en su gloria —declaró, solemne—. Pero sé a qué te refieres, y lo que necesitas. Quieres que monte una red de espías en la ciudad —añadió con una sonrisa pícara.
—No estaría nada mal. —Sonrió—. Pero por ahora, lo que quiero es alguien que nos informe del estado de Will, de su paradero. Debemos sacarlo de allí sea como sea. Estoy convencido de que, en mi ausencia, él ha sido apresado como máximo cabecilla de la rebelión al que acusar y condenar. El castigo será ejemplar para él, Tuck, debemos salvarlo.
—Ya lo he pensado, Robin… Pero en estos momentos, Will debe ser el reo mejor custodiado de Nottingham. Tal y como está la situación, rescatarlo va a resultar tarea del todo imposible —se lamentó, negando con la cabeza con desesperación.
—Eso déjanoslo a John y a mí. Algo se nos ocurrirá. Tú encárgate de facilitarnos toda la información que necesitamos.
—Robin, estás convaleciente de una grave herida —le reprochó entre susurros, cogiéndolo por la manga de la camisa y acercándose a su oído—. Podrás fingir que nada ha sucedido tanto como quieras, pero que los demás no lo sepan, no quiere decir que tú no sigas debilitado —lo reprendió como si de un niño se tratara.
—Lo sé. Pero si espero a que la herida cure por completo, ya será demasiado tarde para él. Haz lo que te pido, por favor —le rogó con una mirada cariñosa, agradecido por su preocupación.
—Eres imposible —el fraile afirmó, frustrado—. Sí, haré lo que me pides. Yo sé cómo obtener esa información sin jugarme la vida. No como otros —insinuó para mostrar su total disconformidad.
Rezongando por lo bajo, se alejó de Robin y de Marian, dejándolos a solas.
Marian caminó hasta Robin, cariñosa, y se abrazó a él. Mas pronto, Robin la separó de su lado y enfrentó su mirada con rudeza.
—¿Qué sucede, Rob? —Lo miró sorprendida y extrañada, esperando su respuesta.
—¿Qué es lo que sientes por Will? ¿Le sigues queriendo? —él preguntó claramente, muy serio—. Necesito saberlo —. Clavó en ella una mirada dura y expectante.
Marian sonrió con tranquilidad, comprendiendo por fin.
—Rob, os quiero a ambos, pero…
Mas no pudo terminar la frase, pues un fuerte grito de John reclamando a Robin en la zona de las cavernas, centró toda la atención de ambos en el nuevo asunto que Robin se iba a ver obligado a resolver. Inmediatamente, los dos desviaron sus miradas en dirección de John, y cuando Marian volvió a centrar la suya en los ojos de Robin, halló en ellos una tristeza infinita, cubierta de un pétreo dolor.
—Debo marcharme —fue todo lo que él dijo.
Tras ello, le dio la espalda y la dejó a solas, sin darle tiempo a reaccionar.
Durante el resto del día, Marian no halló ocasión alguna de poder hablar con Robin, ya que él permaneció ocupado yendo de aquí para allá, unas veces junto a John, otras junto a Tuck, acompañado de cualquiera de los demás, o a solas, resolviendo cada cuestión allí donde su poder de decisión, o su ayuda, eran requeridos. A pesar de verlo tan atareado, ella sospechó que Robin la estaba evitando de un modo deliberado, algo que la llenó de frustración y enfado. Al llegar la noche, aguardó con paciencia a que Robin regresase a la caverna que, supuestamente, ambos compartían; pero con el transcurso de las horas, se vio obligada a acostarse sin que él hubiese regresado, vencida por el sueño. Los dos días siguientes, con sus correspondientes noches, fueron más de lo mismo: Robin infinitamente ocupado, y ella sumida en una airada frustración.
Aquella noche era demasiado cálida para tratarse de principios de otoño. Robin, sintiendo que el vendaje que le constreñía el pecho le agobiaba bajo la camisa, se la quitó y apoyó la espalda contra una roca. Pensativo, se dedicó a dejarse acariciar por la escasa brisa escuchando, distraído, los ruidos de fondo de la noche.
—Déjate ver de una vez —ordenó, de pronto, hacia la negrura.
Durante un momento nada sucedió. Pero pronto una figura silenciosa dejó de acecharle en las sombras, para plantarse frente a él con descaro. Con una sonrisa arrogante, John se dejó caer a su lado.
—Me has descubierto porque yo he querido —aseguró alegremente.
—Ya… —respondió con voz sarcástica—. Sé que tienes algo importante que decirme, o no habrías estado observándome como si fueras un asesino contratado por Gisbourne. Suéltalo ya —le ordenó con voz seca.
John negó con la cabeza, como si estuviese tratando con un caso perdido.
—Tanto que has sufrido por recuperar a tu mujer, y ahora que la tienes, ¿qué demonios estás haciendo? —le recriminó, incrédulo y enfadado a la vez, aguardando con descaro una respuesta lo suficientemente convincente; aunque en el fondo no la esperaba.
—¿Qué estoy haciendo, John? No tengo ni idea de a qué te refieres —Robin preguntó a su vez, altivo.
—Ah, ¿no? Todo el mundo se ha dado cuenta de que has echado a Marian de tu lado, menos tú —afirmó con cínica ironía, traspasándolo con una mirada de condena.
—Te equivocas. No soy yo quien he echado a Marian de mi lado, sino ella quien me ha echado a mí del suyo —escupió las palabras con voz gélida, envenenado por ellas.
—¿De qué narices estás hablando, Robin? Marian vive y muere por ti. ¡Maldita sea! —exclamó perdiendo la paciencia, al ver la total tozudez que dominaba a su mejor amigo—. No sé qué demonios ha sucedido entre vosotros, pero serás un maldito cobarde si no lo arreglas —dejó claro, rotundo—. No he aguantado todas tus patéticas lágrimas para que ahora no luches por ella —le echó en cara con desdén.
Furioso, Robin se puso en pie y lo cogió por la camisa con la intención de darle un fuerte puñetazo, que John aguardó sin intención de esquivarlo, retador. Pero Robin no descargó su ira desbordada sobre él, sino que dejó caer el puño con un gesto brusco, lo empujó lejos de sí, y se largó como alma que lleva el diablo.
John lo vio marchar, con mirada severa y desaprobadora. Una vez solo, se sentó con paciencia en la misma piedra que Robin había ocupado hasta hacía nada, y clavó su mirada en la negrura, completamente inmóvil, hasta confundirse con ella.
En las profundidades del bosque, Robin, ya sintiéndose a salvo de miradas indiscretas, rompió a patadas contra los árboles, a puñetazos alocados contra sus troncos con furia desatada. Al igual que la ira se escapaba a través de sus pies y de sus manos, el sufrimiento comenzó a empapar su rostro a través de un torrente de lágrimas desesperadas. No supo cuánto tiempo su mente permaneció enajenada, hasta que un punzante dolor lo obligó a detener su frenética arremetida. Al mirar su pecho, vio que el vendaje estaba completamente empapado en sangre. Respiró hondo intentando controlar el dolor, y ya más sereno, caminó hasta su cueva asegurándose de no ser descubierto por los rebeldes asignados aquella noche al turno de vigilancia. Entró en ella con sigilo, cuidadoso de no despertar a Marian, quien se hallaba sumida, al parecer, en un agitado sueño. No pudo evitar contemplar su rostro con infinito amor durante un momento. Mas pronto se aferró a su propia ira para alejarse de ella, vehemente, y dedicarse a revolver sus escasas pertenencias, en busca del ungüento sanador que John le había preparado para aplicar bajo el vendaje a intervalos regulares. Retiró las vendas con cuidado y, profiriendo una fuerte exhalación para ahogar el dolor, limpió la herida con agua helada. Al intentar vendarse de nuevo, descubrió que, sin ayuda, la tarea iba a resultar harto complicada.
Inesperadamente, las suaves manos de Marian le quitaron las vendas y, mediante movimientos expertos, su pecho fue cubierto de nuevo en un abrir y cerrar de ojos.
—Gracias —él dijo fríamente.
Se puso en pie para caminar fuera de la cueva, cuando escuchó:
—En ocasiones, eres el hombre más arrogante, cabezota, irracional y testarudo, que he conocido jamás.
—¿Ah, sí? Pues me alegro —respondió con cabreo sin mirar atrás—. Elige, Marian: o él, o yo. — Y se marchó.
Marian entornó la mirada con furia, sintiendo que a cada minuto que pasaba y contra toda cordura, amaba más y más a aquel hombre que últimamente se empeñaba en ser insoportable.
