3.- POR AMOR, Y POR DESPECHO.

—¿Dónde está Robin? —uno de los hombres preguntó, extrañado.

La colonia de proscritos había tomado por norma recibir cada nuevo día reunida frente a un frugal desayuno, antes de que cada cual atendiese sus obligaciones. Hacerlo reconfortaba sus maltratados corazones, les hacía sentir como parte de una especie de familia que se iba formando poco a poco, mediante lazos jóvenes pero firmes, de un modo inexorable. Robin era perfectamente consciente de la importancia que aquel momento del día tenía para todos ellos, así que siempre acudía a su lado, el primero, para recibirlos con afables "buenos días" y charlar sobre cualquier tema del que deseasen hablarle, fuera el que fuera. Pero aquel día él no había aparecido como siempre, lo que sumió a su gente en una inquieta extrañeza.

Muy a su pesar, John tuvo que reconocer que no había sido consciente hasta aquel momento, siquiera, de que él se hubiera marchado. Miró a Marian con la esperanza de que pudiese arrojar luz sobre el asunto. Pero tampoco ella supo qué responder. Tuck se encogió de hombros levemente en silencio, sombrío. Dándose cuenta de que ninguno de ambos iba a tomar las riendas de la situación, John decidió intentar tranquilizar a toda aquella buena gente sintiéndose, sin embargo, el menos indicado para hacerlo. Encaramándose a una gran roca, que Robin a menudo hacía servir para hacerse ver y escuchar, alzó la voz con tono firme y resuelto:

—Robin regresará en breve. No hay porqué preocuparse —afirmó, autoritario.

—Ya, pero, ¿dónde está? —una mujer insistió, clavando en él una mirada suspicaz.

«Condenado inglés», John maldijo para sus adentros. «¿Cómo espera que le cubra las espaldas si ni me dice, siquiera, que tiene intención de marcharse?. Él es el líder de la rebelión, el guía de estos rebeldes. ¿Qué demonios les cuento yo ahora?». Decidido a no dejar translucir su inquietud, declaró a voz en grito, para que todos pudiesen escucharle claramente:

—Robin jamás me ha fallado; y a vosotros, tampoco. Esté donde esté y esté haciendo lo que esté haciendo, seguro que tiene un buen motivo para no estar ahora aquí.

Un leve murmullo de inquietud comenzó a oírse entre la multitud. Aunque ninguno de ellos se atrevió a enfrentarse a John directamente. De pronto, una voz firme se hizo escuchar al otra lado del claro.

—¡Lo tengo! —Robin afirmó, logrando que todas las miradas quedasen pendientes de él.

Caminó con pasos serenos, entre una multitud de miradas que lo observaron con mezcla de alivio y de sorpresa, hasta situarse en el mismo centro de la reunión, entre todos ellos. De sus hombros, descargó varios arcos y tres espadas largas que todos contemplaron con miradas llenas de asombro, incluso John, quien bajó de la roca rápidamente para reunirse con él.

—¿De dónde has sacado todo esto? —le preguntó, atónito.

—De un gran carro que portaba armas, sin duda dirigidas al Castillo de Nottingham, pues iba fuertemente custodiado por soldados del Sheriff. Hay más esperándonos donde he sacado estas —aseguró alegremente—. Cuanto antes nos hagamos con ellas, mejor. Seguidme y las traeremos.

Sin esperar respuesta alguna de John, volvió sobre sus propios pasos, resuelto, seguido por la mayoría de sus compañeros, quienes caminaron tras él llenos de expectación.

Media hora después, casi habían desvalijado el carro por completo. Cada hombre o mujer cargó con aquello que pudo, y la mayoría se encaminó de vuelta a las cuevas.

—Diez de vosotros, quedaos conmigo —Robin ordenó a los últimos proscritos que quedaban cerca del carro—. Debemos ocultar todos los cadáveres, retirar el carro y ocultarlo, y borrar todas las huellas. Quiero que parezca que aquí no ha pasado nada durante siglos —dejó claro.

—Tranquilo, Robin. Nosotros nos encargaremos —uno de los hombres aseguró. Y varios de ellos se afanaron en cumplir la tarea de inmediato.

Cuando John consideró que ninguno de los presentes les prestaba atención, cogió a Robin por un brazo, sin contemplaciones, y lo alejó unos metros con malos modos. Robin lo siguió con sorpresa, molesto.

—¿Qué es lo que te pasa? —quiso saber, mirándolo con enfado.

—¿Qué es lo que te pasa a ti, inglés? ¿Cómo sabías que este convoy iba a pasar por aquí? —exigió saber, irritado.

—No lo sabía. Anoche vagué sin rumbo por el bosque durante horas. Pasada la media noche alcancé uno de los caminos menos transitados de Sherwood, que yo conozco desde hace mucho tiempo, y cual no sería mi asombro, al encontrarme con todo un destacamento de soldados, camino de Nottingham, custodiando el lento y torpe desplazamiento de un enorme carro tan pesado, que tan sólo podía contener armamento —explicó con sencillez—. Por ello, decidí hacerme con él y este es el resultado —se jactó.

Pero al ver que el rostro de John no se relajaba en absoluto, decidió abandonar aquella postura a la defensiva e intentó justificarse, buscando su aprobación:

—Sabes que necesitamos esas armas, John, no podía dejar pasar una oportunidad como esta.

—Lo sé. Y por eso te has enfrentado tú solo a cuantos, ¿diez soldados? —le recriminó, aún enojado, clavando en él una mirada desaprobadora.

—Dieciocho, en realidad —reconoció, avergonzado.

John se alejó de él un par de pasos, intentando templar su furia, y lo miró a la cara, ya más calmado:

—¿Cómo te ha respondido el brazo izquierdo? ¿La herida se ha abierto de nuevo?

Entonces Robin entendió porqué su mejor amigo, su mentor, le había echado aquella reprimenda aparentemente sin sentido. Se preocupaba por él. Agradecido, sonrió.

—He sentido el brazo izquierdo un poco dolorido por el esfuerzo, pero se ha portado bien —aseguró—. Y la herida casi no me ha molestado. No, no sangra. —afirmó, mirando a John lleno de agradecimiento—. Gracias por todo lo que has hecho por mí.

El árabe bufó con indignación.

—No quiero tu gratitud. Quiero me avises cada vez que te vas; que me informes de a dónde vas, y de qué vas a hacer —exigió, clavándole una mirada de advertencia.

—En serio, no lo tenía planeado, ni mucho menos. Habría ido en tu busca, pero si hubiese regresado a por ti sin haberlo interceptado antes, el convoy se habría largado y habríamos perdido la mejor oportunidad de armarnos sin ponernos en peligro que tendremos en muchísimo tiempo.

A pesar de que estaba totalmente de acuerdo con aquel argumento, John lo miró con desaprobación.

—¿Sin ponernos en peligro? ¿O sin que tú nos pongas en peligro a los demás, asumiendo tú todo el riesgo? —le reprochó.— Pon fin a tus desavenencias con tu mujer, inglés. Y duerme cuando y donde debes —le ordenó sin miramiento.

—Cuando encuentre una nueva cueva donde dormir y tenga ganas de hacerlo, lo haré —respondió de malos modos. Mas pronto se arrepintió de haber empleado aquel tono de desprecio con el hombre a quien más admiraba—. Marian ama a Will, John —afirmó con tristeza, desviando la mirada.

—Eso, no te lo crees ni tú. —Palmeó su espalda con fuerza y se marchó a ayudar con la limpieza del camino.

De regreso al corazón de Sherwood, todos aquellos que habían ayudado a Robin a transportar tan bienvenido botín, fueron recibidos como si de héroes se tratase. Robin recibió alabanzas, abrazos, palmadas amistosas en la espalda… De todo el asentamiento, tan sólo hubo dos personas que no se acercaron a él, siquiera. Marian fue una de ellas. Y la otra, Tuck, quien había marchado a Nottingham el día anterior, por orden de Robin, con el fin de recabar noticias de Will, y todavía no había regresado.

De pronto, un grito de alarma se escuchó desde lo alto de uno de los árboles situados a lo largo del perímetro de la aldea, donde se había establecido una vigilancia constante.

—¡Robin! ¡Robin! ¡Alguien se acerca! ¡En aquella dirección! —un hombre señaló hacia el sur con grandes aspavientos, hasta estar convencido de que él lo había comprendido.

Inmediatamente, Robin cogió su arco y varias flechas y corrió en la dirección que el hombre le había indicado. John lo siguió a la carrera, armado con una de las grandes espadas que habían sido transportadas hasta allí. Por un momento, los demás no supieron qué hacer. Estaban dispuestos a defender su nuevo hogar con sus propias vidas, pero aquella sería su primera refriega, y la mayoría no pudo evitar sentir temor. Aún así, sintiendo que debían dar apoyo a su líder a toda costa, varios de ellos, la mayoría armados con simples palos, azadas o herramientas, corrieron tras ellos, decididos a vender caro todo aquello que, con tanto esfuerzo, habían logrado.

Cuando Robin tuvo a la inesperada figura a una distancia suficiente como para no errar el tiro, cargó una flecha en el arco y gritó:

—¡No des un paso más, seas quien seas, si en algo aprecias tu vida!

Al instante, la persona dejó de caminar, alzó ambos brazos y declaró con voz amable.

—¡Por supuesto que aprecio mi vida! ¡Tú me la has salvado en alguna ocasión! —la voz de Tuck se hizo escuchar, aún a lo lejos.

Reconociendo aquella voz infinitamente familiar y querida para él, Robin bajó el arco y corrió a reunirse con el fraile. Lo envolvió en un abrazo de oso y preguntó con angustia:

—¿Estás bien?

—Tranquilo, Robin, estoy perfectamente. Gracias por preocuparte. —Le sonrió con cariño, pero inmediatamente después añadió con voz grave—: Necesito hablar contigo. Has de conocer con urgencia aquello que he descubierto.

—¿Sobre Will? —quiso saber, temiendo lo peor.

El fraile asintió, ofreciéndole una mirada llena de preocupación.

—John, acompáñanos, por favor. Quiero que escuches lo que Tuck tiene que decir—Robin pidió a su compañero.

Ya más tranquilos, los demás vieron como los tres hombres se dirigían a una de las cuevas para hablar en privado, y cada cual retomó sus quehaceres, asumiendo que, cuando hubiese alguna noticia que ellos debieran conocer, Robin los pondría al tanto de inmediato. Pero Marian, preocupada, los observó desaparecer dentro de la cueva.

—¿La muerte de Will es inminente? —Robin preguntó, angustiado, mientras su mente comenzaba a trazar planes a la carrera, con el fin de emprender un alocado rescate.

—¿Inminente? No, a no ser que lo mate el odio enconado que siente por ti. O que le atraganten todos los privilegios que le ha otorgado la Iglesia —Tuck aseguró con sorna.

—¿De qué estás hablando? —John se adelantó a Robin con aquella pregunta, mientras ambos hombres lo observaban, llenos de asombro.

—Se rumorea, y puedo aseguraros que mi fuente es completamente fiable, que Will va a ser nombrado Sheriff de Nottingham en breve.

—Eso es imposible —Robin afirmó, rotundo, negando fuertemente con la cabeza.

—Imposible o posible, lo cierto es que las heridas que Will sufrió en el rostro durante la refriega, no están siendo tratadas con vinagre por un carcelero desalmado, en lo más hondo de una hedionda y húmeda mazmorra; sino en el Castillo de Nottingham, mediante agua de rosas y vendas de lino, no sé si colocadas con mimo por el mismísimo Cardenal, pues es él quien lo visitó ayer, ya entrada la noche, para marcharse más de una hora después con una sonrisa satisfecha en el rostro —el fraile afirmó con irónica candidez—. ¡Vamos Robin! ¡Yo mismo le vi marchar, oculto entre las sombras! —añadió, vehemente, al ver que él lo escuchaba con total negación en el rostro.

Robin lo miró fijamente a los ojos, pensativo por un momento.

—¿Y también viste a Will? —inquirió con cara de reproche.

—Nadie ha visto a Will desde el mismo día en que John y tú acabasteis con la vida del Sheriff —aseguró—. Ni siquiera los dos guardias de las mazmorras, encargados de custodiar a los reos a los que la Iglesia tiene "en mayor estima", con quienes aún mantengo cierta… "confianza", por así decirlo, ya que siempre era yo quien solía escuchar en última confesión a los condenados a muerte. Un par de vasijas de buen vino y no es necesario más que escuchar —declaró con total intención—. Y si en algo yo soy experto, es en escuchar. Puedo asegurarte, sin el menor atisbo de duda, que Will se recupera ahora en el palacio de Nottingham —afirmó, sereno.

—¿Y lo de ser nombrado Sheriff? —John quiso saber, suspicaz.

—Secreto de confesión, amigo mío —declaró con una sonrisa, mostrándose imperturbable.

—¿Pero cómo…? ¿Por qué? —Robin casi gritó. Su corazón se negaba a creerlo.

—¿Que por qué? ¿Tú necesitarías más porqués, si hubieses sido testigo de cómo tu mujer te abandonó por su antiguo amante? —John argumentó, vehemente, haciendo un gesto de obviedad.

Al escuchar aquello, Robin boqueó como un pez fuera del agua incapaz de decir nada, pues las palabras de Marian resonaron en su mente con estruendo: "os quiero a ambos". ¿Abandonado? No podía creerlo; si quien se sentía abandonado era él…

—Yo creo que el asunto tiene mucho más que ver con las pretensiones políticas que Will siempre ha mantenido, que con un sentimiento de despecho amoroso —Tuck intervino, reflexivo—. Durante años, Will ha trabajado para hacerse un hueco entre la nobleza de Nottingham, de un modo incansable. Y el Cardenal es perfectamente consciente de ello. Qué mejor oportunidad para ambos de lograr aquello que quieren: para Will, de alcanzar su sueño de poder, entrando a formar parte de los nobles de la Ciudad por la puerta grande; y el Cardenal ha matado dos pájaros de un solo flechazo.

Robin lo interrogó con la mirada, sin comprender sus últimas palabras.

—El Cardenal ha hallado un fiel perro que, además de estarle infinitamente agradecido, hará todo lo que esté en su mano, de motu propio, para acabar con tu vida, por una causa tan personal como lo es que tú te hayas quedado con Marian —explicó.

—Marian no es una posesión de la que alguien pueda apropiarse —Robin replicó, airado—, ni es una moneda de cambio; en ningún sentido.

—No para ti, querido amigo, no para ti. —Palmeó su espalda con cariño—. Si me perdonáis, debo descansar. Ya os he contado todo lo que sé. Permitidme que me reponga —pidió con cansancio.

—Lo siento, Tuck, he sido un desconsiderado —Robin se disculpó.

—No importa. Yo mismo te he pedido que escuchases con urgencia lo que tenía que decirte. Si te parece bien, esta tarde continuaremos con los detalles.

—Por supuesto. Descansa, buen amigo.

John y Robin le vieron marchar hacia su pequeña cueva en silencio, mostrándose muy serios y pensativos. Finalmente, fue John quien habló:

—Voy a organizar todo ese armamento, antes de que uno de estos mineros o campesinos se rebane un miembro de un tajo con una espada, o le clave una flecha a otro por el más puro azar —afirmó, mostrando una sonrisa maliciosa.

También él palmeó la espalda de Robin con afecto y se marchó.