4.- HOMBRES ARROGANTES.

John observaba, satisfecho, al grupo de entre los forajidos que había elegido para ser formados como arqueros. En total, veinte hombres y mujeres de corazón valiente y pulso sereno, que supondrían una más que temible fuerza a distancia, si él lograba obtener lo mejor de cada uno de ellos. Por turnos, disparaban a sendas dianas improvisadas sobre sacos viejos y colocadas al frente y, aunque por el momento los resultados no eran muy halagüeños, él estaba seguro de que su puntería pronto mejoraría de forma notoria. Hasta entonces, los disparos habían transcurrido entre risas, bromas y alegría. Aquello no significaba que no tomasen su aprendizaje en serio, sino que afrontaban sus fracasos iniciales con alegre estoicismo. Sin embargo, algo hizo que un gran silencio se impusiese entre el grupo de un modo inesperado, lo que logró que John dejase atrás todos aquellos pensamientos y enarcase una ceja, alertando todos sus sentidos.

Inmediatamente reparó en que una figura masculina se había colocado a su lado en silencio y, cruzada de brazos, se disponía a observar los ejercicios de tiro.

—¡Continuad! —John ordenó, lacónico, con voz perentoria.

El próximo hombre a quien tocó el turno de disparar, miró al recién llegado de reojo y, apuntando con el arco a su diana, disparó sin haber logrado que su pulso dejase de temblar. Poco faltó para que la flecha, que había rebotado en una gran roca situada a varios metros tras la diana, no impactase sobre Robin —quien, hasta ese momento, se había dedicado a observar la situación tranquilamente, al lado de John—, que se agachó para esquivarla con rápidos reflejos; se clavó tras él, en un gran roble.

—¡Por Alá! —John soltó un exabrupto, contrariado—. ¿No tienes nada mejor que hacer, que poner nerviosos a mis arqueros? —reprendió a Robin mientras dedicaba una mirada asesina al pobre hombre que había lanzado la flecha con tan poca fortuna.

Robin rió alegremente, divertido.

—Que yo sepa, no he dicho ni hecho nada, en absoluto —objetó con voz inocente—. Tan sólo me he limitado a observar.

—A observar cómo metemos la pata hasta el fondo —el hombre que había disparado se quejó por lo bajo. Aunque todos pudieron escuchar sus palabras y murmuraron en acuerdo, algo que lo envalentonó para continuar—. Al lado del mejor arquero que jamás ha visto Nottingham, nosotros somos mucho menos que patéticos.

Varios gestos de asentimiento se hicieron notar entre ellos con desaprobación.

—Eso no es cierto —Robin le contradijo.

Decidido, caminó hasta el hombre, quien se encogió en un acto reflejo, temiendo ser el foco injustificado de una ira que nunca llegó. Había sido tan maltratado por todo aquel que ejercía poder sobre él durante toda su vida, que automáticamente esperaba un castigo por la mayoría de sus errores cometidos. En cambio Robin, con una sonrisa amable, le hizo un gesto para que le prestase su arco y, cogiendo una flecha de su carcaj, se dispuso a apuntar hacia la diana.

—¿Creéis que yo nací enseñado? Observad atentamente mi postura, la posición del arco y de la flecha, notad la fuerza justa que ejerzo sobre él, la tensión, cómo se convierte en una extensión de mi brazo...

Adoptó la postura correcta de disparo lentamente, para darles tiempo a observar tal y como les había aconsejado. Cuando por fin la flecha salió disparada del arco, fue directa al centro exacto de la diana, como si la única posibilidad que hubiese existido nunca, hubiese sido acertar de pleno en el blanco. Hecho por él parecía tan fácil, tan natural…

—El secreto está en perseverar, en no desalentarse jamás —les animó—. Ahora vosotros, una y otra vez, hasta que logréis lo mismo que he hecho yo.

—Eso es muy fácil de decir —la voz de Marian se hizo escuchar a su lado, con tono de reproche.

Desde el inicio, Robin supo perfectamente que ella iba a ser, por su situación en la fila, la próxima en disparar. Pero hasta aquel momento la había ignorado deliberadamente, tratándola como a una más de sus compañeros. Le ofreció una mirada casi inexpresiva al preguntar:

—¿Me permites?

Ella fue a ofrecerle su arco, resignada a presenciar una nueva "demostración de pericia" destinada a alimentar la leyenda; "o su ego, más bien", se obligó a pensar con enfado. Mas él, en cambio, no cogió el arco, sino que se situó a su espalda. Con movimientos serenos, hizo que ella dispusiese una flecha, lista para disparar. Entonces la tomó por la cintura con ambas manos, suavemente, situó su rostro muy cerca del suyo, tanto, que ella podía sentir la atrayente calidez de su aliento en su cuello, su acompasada respiración. Sin pretenderlo, aspiró con deleite el aroma de su cuerpo, que adoraba y que tanto había echado de menos. El calor y el roce casual de ambos cuerpos tan íntimamente unidos, la atrajo como una tentación prohibida, una quimera; insinuante, subyugador…

—Amplía ligeramente el ángulo de apertura de tus piernas. Eleva un poco más el arco, así… —le indicó con voz totalmente concentrada, guiando su brazo izquierdo con suavidad.

Tras ello, sus manos poseyeron su cintura de nuevo, dulcemente dominantes. Concentrado, le ordenó con voz suave pero firme:

—Ahora.

Hipnotizada por aquel calor que abrasaba su cuerpo desde lo más hondo de su alma, por sus gestos, por sus palabras, Marian dejó escapar la flecha sin pensar, confiando por completo en las indicaciones que él le había dado, dejándose llevar… Para su infinita sorpresa, cuando fue capaz de abstraerse al hechizo sensual que Robin había ejercido sobre su más íntima cordura, halló a todos los demás aplaudiendo, entusiasmados. Su flecha había atravesado la que Robin había clavado minutos antes justo en el centro de la diana, partiéndola en dos.

—Perfecto —escuchó la voz satisfecha de Robin a su espalda.

No sabía qué responderle, pues había quedado sin palabras. Cuando quiso ofrecer, siquiera, un mínimo gesto de réplica, ya él se había alejado de su lado, sumiéndola en un gélido abandono contra el que le resultó imposible luchar.

—Vuestra propia mente es vuestro mayor enemigo. Educadla en la victoria obtenida mediante el tesón y el esfuerzo, y no habrá barrera que no podáis superar. Continuad —él ordenó. Y obviando la mirada suspicaz que John le dedicó, retomó su camino.

Él éxito obtenido por Marian supuso una inyección de ánimo para todos sus compañeros. Uno tras otro, pasaron más de una hora disparando sin cesar, y ningún fracaso hizo mella en sus almas reconfortadas.

Sin embargo, Robin fue en busca de Tuck con un cabreo monumental. No estaba enfadado con el fraile, sino consigo mismo; una enorme frustración lo había sumido en una espiral de autoinculpación y de reproche. Se había prometido a sí mismo, con férrea voluntad, alejarse de Marian durante todo el tiempo que fuera necesario, hasta que ella hubiera aclarado su propio corazón con respecto a Will y a él. Pero su mente y su cuerpo, traicioneros, se habían aliado en su contra para envolverla en sus brazos a la más mínima oportunidad, con la menor excusa. Cada vez que respiraba, su mente le traía de vuelta, con insistencia masoquista, el dulce aroma femenino de su negro cabello, de su piel, el ardiente calor de un contacto que ansiaba como a una droga de la que no le quedaba más remedio que admitirse dependiente confeso. Había luchado con uñas y dientes contra sus más íntimos deseos; y había perdido de un modo humillante. Ahora, intentar retomar esa ardua lucha se le antojaba una quimera imposible de alcanzar. Aún así, se atrincheró en su propio enfado para aferrarse a los últimos retazos de "cordura" que aún fue capaz conservar.

—¡Tuck! —gritó, impaciente, ante la boca de la pequeña cueva que el fraile ocupaba—. ¡Tuck! —insistió sin dar tiempo a que le llegase una respuesta desde el interior.

"Creo que se ha marchado a hablar con Bowman, el encargado de las cocinas", escuchó a su espalda.

Contrariado, se giró y dedicó a Stoker una mirada severa.

—Gracias.

Cuando ya había emprendido, a paso rápido, el camino hacia la zona creada para las cocinas, volvió a escuchar tras él:

—Le he oído comentar no sé qué sobre un vino ceremonial —Stoker añadió, jocoso.

A lo que Robin no puedo evitar sonreír.

—¡Gracias! —gritó para hacerse oír en la distancia, haciendo un gesto de asentimiento.

Al llegar al cobertizo improvisado que Bowman había habilitado a modo de cocinas, vio a ambos hombres, quienes parecían debatir un tema muy importante, apasionados.

—Barriles grandes —Tuck afirmó, entusiasmado, abarcando con los brazos un descomunal barril imaginario.

—Tan grandes como sea posible —Bowman apoyó la idea entre risas—. No hay mayor espiritualidad e inspiración, que la otorgada por un buen y copioso vino —afirmó, llevándose una mano al corazón, solemne.

—Amén —el fraile sentenció del mismo modo.

Divertido, Robin tuvo claro lo que ambos hombres estaban tramando: "tomar prestados" unos cuantos barriles de buen vino, quizá procedentes de algún envío destinado al mismísimo Cardenal. Negó con la cabeza, sin embargo, nada más recordar a qué había ido allí.

—Tuck, necesito hablar contigo —ordenó a su amigo con voz seca, logrando que Bowman y el propio fraile interrumpiesen su conversación en seco, y alzasen las miradas para observarlo con expectación.

—Robin, ¿sucede algo malo? —Tuck quiso saber, mirándole preocupado. Al ver la actitud de su rostro, inmediatamente se había dado cuenta de que algo no marchaba bien.

—Quiero hablarte de "otro" tipo de "intendencia" —respondió con total intención.

A lo que Bowman y Tuck se miraron de reojo, avergonzados, a sabiendas de que sus más que discutiblemente "nobles" propósitos habían sido totalmente descubiertos.

—Nos vemos en la comida, Robin —Bowman le dijo a modo de saludo. Y se apresuró a desaparecer dentro del cobertizo.

—Nos vemos en la comida —corroboró.

Ya ambos a solas, Tuck se encaminó hacia su cueva acompañado por él.

—¿Qué te pasa, Rob? Hace días que me tienes preocupado —Tuck lo abordó, de pronto.

Robin lo miró con sorpresa. Aunque inmediatamente, e intuyendo el sentido de aquellas palabras, cerró filas hacia una férrea defensa.

—No sé a qué te refieres —declaró—. ¿Cómo has visto la posibilidad de infiltrar en Nottingham un topo que pueda mantenernos informados de las andanzas del Sheriff y de la Iglesia? —le arrojó la pregunta por la que lo había estado buscando.

—¿Qué está sucediendo entre Marian y tú, Robin? —Tuck preguntó a su vez, sin embargo, fijando en él una mirada llena de inquietud.

—Eso es algo que tan sólo incumbe a ella y a mí. Responde a mi pregunta —le pidió con impaciencia.

—¿Ni siquiera en secreto de confesión? —el hombre insistió con voz amable—. Quizá te libere de una molesta carga...

—No tengo nada que confesar —negó con firmeza, esquivo.

—Todos tenemos, siempre, algo que confesar. —Le ofreció una nueva sonrisa, con ademán condescendiente.

—Tuck, por favor, responde a mi pregunta —Robin insistió, clavando en él una mirada de advertencia.

—Está bien… —hubo de admitir, rendido—. Creo haber hallado al hombre perfecto para ese cometido. Si estás de acuerdo, mañana me pondré en contacto con él y le concertaré un encuentro contigo, para que seas tú quien decida —ofreció con cierto entusiasmo.

—Cuanto antes lo hagas, mejor. Será muy interesante mantener un encuentro con él. Aunque confío plenamente en ti y tu palabra me es suficiente. —Por un momento quedó pensativo—. Voy a resolver unos temas de intendencia con Evelyn y después me pasaré a hablar con John. Quiero ver a quiénes ha elegido para que sean formados como avanzadilla de exploración —enumeró, reflexivo, antes de marcharse.

—Hablas como un soldado —Tuck le hizo notar con voz seria.

—Me temo que, de algún modo, siempre lo seré. —Sonrió con tristeza, ofreciéndole una mirada sombría.

Tuck asintió sin palabras, haciéndole ver que creía entender a qué se estaba refiriendo. Él no había participado en ninguna batalla, pero era perfectamente consciente de que la guerra transformaba a los hombres de un modo profundo e irreversible. En tan sólo una ocasión se vio obligado a escuchar en confesión a un soldado vuelto de la guerra, pero las atrocidades que escuchó, los destrozos psíquicos que el hombre le mostró, fueron suficientes para que no pudiese evitar desear no volver a hacerlo jamás.

Nada más Robin hubo desaparecido de su vista, se vio sorprendido por la presencia de Marian.

—¡Redomado hipócrita! —ella gritó frente a él.

Tuck pensó que, al parecer, acababa de dar rienda suelta a un enfado que llevaba tiempo gestándose en su interior.

—¿Quién es un redomado hipócrita? —le preguntó con educado interés. Aunque temía conocer perfectamente su respuesta.

Pero ella, en vez de responder, comenzó a gesticular frente a su rostro, vehemente.

—Esto es inconcebible, Tuck. ¡Pues no me dijo que elija! ¿Y cómo se ha portado hoy? Si piensa que puede hacer conmigo lo que quiera, las lleva mal dadas. —Lo traspasó con una mirada ofendida.

—¿Quién? —él preguntó con paciencia.

—Rob.

—¿Que elijas, qué? —quiso saber, intentando que ella le explicase, de una vez por todas, que era aquello que la atormentaba.

—Entre Will y él.

Tomado por sorpresa, Tuck no pudo más que mirarla con ojos desorbitados.

—¿Eso es lo que está sucediendo, Marian? ¿Albergas dudas entre aceptar el amor de Rob o regresar con Will? —preguntó sin ambages. No era capaz de salir de su asombro.

—¡Por supuesto que no! —negó desde lo más hondo de su alma, frustrada—. Siento haber abandonado a Will, por supuesto; siento haberle hecho daño. Pero amo al cabeza hueca de Rob —confesó ofreciéndole una mirada que suplicaba comprensión y apoyo, ya más calmada.

Pero Tuck no supo qué responder, pues todavía no era capaz de entender nada.

—Entonces, ¿qué problema hay? —se vio obligado a preguntar.

—Eso díselo al arrogante de tu amigo, que no quiere escuchar.

Exhalando con paciencia, la tomó por ambas manos y clavó en sus ojos una mirada tranquilizadora.

—Marian… Rob respira por ti. No puedo creer, después de todo lo que él ha hecho para recuperarte, que ahora te rechace por el simple hecho de que tú le hubiste creído muerto, como todos nosotros, y rehiciste tu vida, en consecuencia, al lado de Will. Desde que él regresó, sabe que tú has sido pareja de Will, y jamás te lo ha reprochado —argumentó, totalmente seguro de sus palabras.

—El problema no es que yo haya sido pareja de Will, es que Robin cree que los amo a ambos por igual, y que no sé a quién elegir —explicó por fin, con un gesto de obviedad.

—Rob no es del tipo de hombre que comparte a la mujer de su vida, Marian —la aleccionó—. Ten claro esto que voy a decirte: o te tiene completamente para él, o no te tendrá. Pero no va a compartir tu amor con nadie —le advirtió, tajante.

Al escuchar aquellas palabras, Marian lo traspasó con una mirada indignada.

—¿Pero tú me has estado escuchando, o te has vuelto sordo de repente, como él? —le reprochó—. Te he dicho que amo a Rob, y a nadie más.

—Pues, sencillamente, no entiendo nada.

—Hace unos días, Rob me dijo que necesitaba saber qué es lo que yo siento por Will. Le respondí que los quiero a ambos, pero…

Tuck alzó ambos brazos y los dejó caer con una sonrisa.

—Acabáramos. No sé si te has dado cuenta, pero tú misma le has inducido al error en el que estás asumiendo que él ha caído —le explicó.

—¡Por favor! ¡Incluso los frailes sois unos hombres arrogantes! —ella contraatacó centrando su indignación en él.

—¿A qué ha venido eso? —preguntó, atónito.

—Has hecho, exactamente, lo mismo que hizo Rob: interrumpirme y negarte a escuchar —lo acusó.

Tuck rió, arrepentido.

—Entono el "mea culpa" y te ofrezco toda mi atención.

Alejado de aquella conversación, Robin detuvo sus pasos abruptamente. Había recordado, demasiado tarde, que también quería haber consultado a Tuck sobre la probabilidad de establecer una vía de acceso segura a Nottingham a través de alguno de los pasadizos secretos de la Abadía. Era una leyenda, profundamente arraigada entre la población de la Ciudad, la existencia de numerosos pasadizos secretos que los monjes habían hecho servir durante años para acceder a ella y marcharse a su completo albedrío, en situaciones poco propicias para ellos. Deseaba saber si, realmente, aquella leyenda tenía algún atisbo de realidad, y de ser así, si dichos pasadizos podían ser hechos servir a los propósitos de la Rebelión. Así que, renuente, desanduvo su camino hasta alcanzar de nuevo la cueva de Tuck. Se disponía a hacer notar su presencia cuando le llegaron los ecos estentóreos de una animada conversación.

"Quiero a Will, Tuck", escuchó que la voz de Marian admitía con tristeza. Definitivamente, el alma le cayó a los pies. Se sintió el hombre más desgraciado y miserable del mundo; su corazón se partió en millones de pedazos, tan pequeños, que creyó haberlo perdido por completo. Incapaz de respirar, se vio obligado a apoyarse en una roca adyacente a la cueva; ni siquiera fue capaz de caminar para intentar marcharse bien lejos de todo aquel sufrimiento. Así que, obligado a seguir escuchando, se cubrió el rostro con las manos, desesperado.

"Pero sé que jamás sería feliz a su lado por varias razones" —la voz de Marian se oyó de nuevo, y él, a la espera de la frase que le rematase, creyó que iba a morir de dolor—: "primera y principal, porque amo a Rob, como jamás he amado ni amaré a nadie que no sea él", aseguró con pasión. Los ojos de Robin se desorbitaron por la sorpresa. Llegado aquel momento, no era aquello lo que había esperado escuchar; en absoluto. "Pasaron cuatro largos años hasta su regreso, pero aún creyéndolo muerto, aún compartiendo mi vida con Will, todas y cada una de las noches lloré su pérdida". Él no pudo verlo, pero una lágrima perdida resbaló por el rostro Marian, al recordar. "Y segunda razón: en el fondo, Will no es tan generoso y altruista como lo es el descerebrado de Rob; él ansía tener el poder e influencia que Rob poseyó desde la cuna, y que tanto desprecia." Tampoco fue consciente de ello, pero Tuck asintió, conforme. "Rob es honesto, amable, generoso, de corazón puro… "

"Vamos, que no se nota, en absoluto, que pierdes el sueño por Rob…", escuchó la voz grave de Tuck bromeando, supuso que con una enorme sonrisa. Y no pudo evitar imaginarla a ella enrojeciendo mientras asentía.

"¿Qué tengo que hacer para que se de cuenta, cantárselo?", preguntó de un modo retórico, frustrada.

"Si yo tuviese derecho a darte un consejo, te diría que dejes que Rob se cueza a fuego lento en su propia desesperación", Robin escuchó para su infinita sorpresa. No podía cree que Tuck lo hubiese condenado de un modo tan despiadado.

"Él te ama tanto, que no podrá soportar salir de tu vida definitivamente sin que hayáis mantenido una última conversación, al menos. Espera a que él mismo quiera hablar contigo y, entonces… No está bien que un hombre de fe te aconseje que hagas pagar a alguien un pequeño precio por sus errores antes de otorgarle el perdón, así que no lo diré. Y entonces, haz lo que creas conveniente. Pero ten esto muy presente: ni Rob, ni tú, seréis felices estando separados".

Ya no pudo escuchar nada más. Inmediatamente, unos pasos ligeros se encaminaron hacia la salida de la cueva, amenazando con descubrirle. A la desesperada, se lanzó tras la roca para no ser descubierto, golpeándose en una espinilla con ella, por lo que se vio obligado a morderse una mano para no gritar de dolor, pero no le importó. Bien oculto de cualquier mirada, contempló con una amplísima sonrisa cómo Marian se marchaba del lugar sin reparar en que estaba siendo observada, adorándola con la mirada. De pronto, todo el dolor, todo el peso que lo había estado hundiendo hacia la miseria sin remedio, habían desaparecido como por ensalmo, sustituidos por una loca alegría que amenazaba con saltale del pecho. Deseó correr tras ella para alzarla en brazos y estrecharla contra su pecho por toda la eternidad. Aún así, su alegre ego rebelde le impidió hacerlo, pues no estaba dispuesto a soportar los reproches que seguramente llegarían, debido al hecho de haber estado escuchando, impunemente, conversaciones privadas. O quizá, por no haber estado dispuesto a escuchar hasta el final cuando ella le dio la oportunidad de hacerlo. Dispuesto a propiciar una reconciliación con ella en un entorno "controlado", se puso en pie, ya tranquilo, y caminó al encuentro de Tuck, dentro de la cueva.

—Que me cueza a fuego lento en mi propia desesperación… ¿eh? —reprochó a su amigo con un fingido y exagerado tono de ofensa, nada más encontrarlo, dándole un gran susto, pues había hecho todo lo posible porque él no notase su presencia.

—¡Por la Biblia, Robin! —él gritó tras dar un sonoro respingo de sorpresa—. ¿Nadie os ha enseñado modales a Marian y a ti? —se quejó—. Cásate con ella de una vez y no la hagas sufrir más —le ordenó.

—Me he comportado como un autentico idiota, ¿verdad? —afirmó, rendido a la evidencia.

—Eso me temo —Tuck respondió con afecto, ya más calmado.

—Yo no la he hecho sufrir de un modo consciente… —objetó a modo de reproche.

—Lo sé. Aún así, ahora que, tras haber estado espiando conversaciones ajenas impunemente, conoces toda la verdad, ¿no crees que va siendo hora de que te disculpes con ella? —contraatacó con una sonrisa ácida.

Robin iba a protestar, pero él alzó una mano para detenerle.

—Robin… no he sido capaz de contarle a Marian todo lo que he descubierto sobre Will —cambió de tema, preocupado.

—Esperemos a que se confirme, y yo lo haré. En el fondo sé que es cierto todo lo que me has revelado sobre él, pero me niego a creerlo —confesó del mismo modo.

—¿Por qué? —preguntó, curioso—. Prácticamente no os habéis conocido.

—Porque Marian sufrirá cuando se entere. Ella lo eligió, Tuck. Si ella, la mujer más increíble y maravillosa del mundo, fue capaz de ver gran bondad en él, es porque debe tenerla. Odio que ella sufra, con todas mis fuerzas —explicó.

—Marian no es una mujer débil —replicó.

—Yo tampoco soy un hombre débil. Sin embargo, que ella sufra es mucho más de lo que soy capaz de soportar. Pero no he venido a hablar sobre eso —cambió de tema abruptamente, intentando enmascarar su debilidad—. He escuchado vuestra conversación por casualidad, al regresar para preguntarte qué hay de cierto en los pasadizos que conectan la Abadía tanto con Nottingham como con el exterior —abordó el tema que le rondaba la cabeza.

—Dios mío… Robin… eres un demonio… —Tuck aseguró, buscando su mirada con renovada admiración.

Él rió, divertido por el modo que el fraile —uno de sus dos mejores amigos, su familia junto con John y Marian— tenía de halagarlo.