5.- AL ALBA.

A media tarde, Marian se hallaba haciendo inventario de los pocos enseres de la cueva, pensativa. Estaba comenzando a cansarse de tener aquella gruta tan sólo para ella, ya que Robin, inmerso en su actitud fría, arrogante y esquiva, tan sólo la pisaba cuando era necesario un cambio de vendaje. Y hasta en esos momentos, si podía ser John quien le ayudase a hacerlo, lo prefería a él claramente. Sabía, por Tuck y por John, que él pasaba las noches al raso, durmiendo bajo el cielo como único techo; lo habían descubierto tras seguirlo durante una noche sin viento que ambos aprovecharon para que a él le resultase imposible detectar su presencia y poder esquivarla. «Ya veremos cuando caigan las primeras nieves y se te congele ese trasero tan perfecto que tienes», se descubrió a sí misma afirmando para sí, algo que la enfureció.

Para su infinita sorpresa, unos pasos firmes entraron en la cueva sin anunciar su presencia. Se giró con rapidez, dispuesta a enseñar modales a quien fuese que había allanado el que ahora era su hogar con tan poca educación, y se halló con el rostro de Robin peligrosamente cerca del suyo.

—No se te ocurra volver a tocarme —le advirtió con voz amenazadora, las llamas de su enfado avivadas en su pecho con fuerza.

—Jamás te he tocado si tú no has querido —él respondió con voz serena, casi hipnotizadora, cruzándose de brazos—. Además, ¿debería tocarte? —Le ofreció una mirada pretendidamente inocente, que escondía mucho más de lo que aparentaba mostrar.

Sintiendo que, de nuevo, se había dejado atrapar por completo en lo que quiera que él estaba tramando, Marian le dio la espalda. Fuera lo que fuera, no iba a ponérselo fácil, no después de cómo él la había tratado, de un modo tan galante, para volver a abandonarla después tras haberla ignorado durante días enteros, negándose a escuchar lo que ella tenía que decirle.

—No sé lo que estás tramando, o lo que buscas. Pero no pierdas el tiempo conmigo, no lo encontrarás aquí —declaró con fingido desdén, tras darle la espalda de nuevo.

—No estoy tramando nada, y lo que busco, lo tengo ya frente a mí. Tan sólo estoy tratando de hacerme perdonar —respondió con voz serena, arrepentido, y quedó a la espera, paciente, de que ella decidiese girarse para mirarlo.

Aquellas palabras dieron de pleno en la diana como una flecha certera y fulminante pues, inmediatamente, ella quedó frente a él, su rostro lleno de sorpresa.

—Os he escuchado, Marian, a Tuck y a ti —confesó por fin, azorado. Le ofreció una mirada seria, solemne, a la espera de cualquier reacción que ella pudiese mostrar, dispuesto a aceptar su culpa, sin más.

El primer impulso de Marian fue pensar en soltarle una retahíla de reproches, en recordarle, una y otra vez, lo intransigente, testarudo, condenadamente egoísta e insensible que se había mostrado con ella. Pero ver en sus ojos que él aceptaría todos y cada uno de sus reproches en silencio, sin condiciones, la desarmó por completo. Haciendo acopio de todas sus fuerzas para no lanzarse a sus brazos y besarlo como si no hubiese un mañana, caminó hasta quedar lo suficientemente lejos de él para que tuviese claro que todavía tenían mucho de qué hablar, antes de que ella pensase, siquiera, en perdonarlo.

—Yo nunca he amado a Will —declaró con voz firme. Estaba decidida a hacerle entender todo aquello que él, hasta entonces, se había negado a escuchar. Y de paso, a ponerlo en su lugar.

El observó su mirada, paciente.

—Es cierto que él es atractivo, agradable, que a su modo se preocupa por sus semejantes… —Comenzó a explicarse con la frase que sabía que más le molestaría. «Pequeña venganza», pensó para sí con convicción—. Pero él no es tú; nunca será tú —. Le acarició el rostro con una sonrisa, por fin—. Es cierto que le quiero. —Robin enarcó una ceja, suspicaz—. Pero jamás podré amarle, no como te amo a ti —le juró con una mirada honesta—. Te creí muerto, te perdí. No puedes imaginar, siquiera, lo que significó tu muerte para mí.

—Explícamelo, entonces —pidió con voz queda, tras coger una de sus manos y besarla con adoración.

—Cuando el Sheriff de Nottingham te declaró muerto y embargó todos tus bienes, me quedé completamente en la calle —declaró—. Con el alma destrozada por haberte perdido, sin familia, sin antiguos vecinos quienes pudieran ayudarme, pues su situación era mucho peor que la mía… —Por un instante desvió la mirada, sintiendo todo el sufrimiento de nuevo, al recordar aquellos oscuros días—. Para no volverme loca de dolor sin ti, me volqué con todas mis fuerzas en intentar ayudar a todos aquellos esclavizados y humillados en las minas. Con el fin de serles lo más útil posible, conseguí pequeños trabajos esporádicos allí, haciendo de todo menos prostituirme. —Él no pudo evitar hacer una mueca de dolor, al escuchar aquellas palabras—. Y allí es donde conocí a Will. Hacía tiempo que yo sabía que él se había fijado en mí —dijo por fin.

Robin entornó la mirada con sorpresa.

—Pasado el plazo riguroso de luto por tu supuesta muerte, él me ofreció su ayuda, y yo me vi obligada a aceptarla, pues cada vez me resultaba más complicado lograr trabajo y comida.

Robin palideció, sintiéndose morir.

—Sin pretenderlo, me había convertido en toda una molestia para el Sheriff de Nottingham, quien comenzó a considerarme persona "no grata" debido a mis constantes reproches pronunciados en público, cada vez que tuve la ocasión, sobre su mediocre y penoso modo de gobierno.

—Sé perfectamente que tú prefieres "pedir perdón" a pedir permiso. Si pudiese hablar, uno de mis antiguos caballos daría total fe de ello —él afirmó, intentando hacerla sonreír. Mas su corazón yacía, encogido, en el fondo de su alma.

Una leve sonrisa se perfiló en el bello rostro femenino.

—Yo siempre fui consciente de lo que él sentía por mí y, con el tiempo, fui aceptando su cortejo poco a poco, a modo de gratitud. —Suspiró, ya más tranquila—. Le tengo cariño, Robin, le quiero... Pero jamás podré amarle, porque mi corazón se marchó contigo, y contigo ha regresado.

—Te abandoné —él se lamentó, destrozado—. Debí haberme casado contigo, debí haberte hecho dueña de todo lo que tenía. Pero no lo hice. Lo siento, Marian —le pidió perdón con el corazón en la mano.

—Tampoco yo te lo pedí.

—Lo sé. Pero yo sabía lo que te sucedería en caso de que yo muriese en la guerra. No te quedaban padres, familia… Habías alcanzado una edad en la que, o tomabas esposo o… —No pudo terminar la frase, viéndose obligado a tragar con dificultad debido a la emoción.

Marian lo miró desafiante creyendo, por sus palabras, que era por pena por lo que Robin deseaba haberse casado con ella.

—No necesito tu compasión —rechazó, declarándose ofendida.

Robin la miró con ojos desorbitados, sintiendo que su enfado crecía de nuevo.

—¿De qué demonios me estás hablando? ¡Te amaba con locura, Marian! ¡Quería pasar el resto de mi vida contigo! ¡Habría muerto por ti! ¡Moriría por ti una y mil veces, si fuera necesario! —la enfrentó con indignación.

El instante en el que Robin la apartó de la trayectoria de la ballesta de Gisbourne para recibir la flecha que iba destinada a ella, se apoderó de su mente con el poder destructivo del rayo, haciéndola palidecer. Arrepentida por sus irreflexivas palabras, lo tomó por ambas manos y buscó su mirada con adoración.

—Ya casi has muerto por mí una vez, cabezota testarudo. Cuando te vi herido, tuve que apelar a todas mis fuerzas par no enloquecer de dolor en aquel mismo momento, en aquel mismo lugar. Te perdí una vez; no soportaría volver a perderte —musitó, sintiendo una fuerte congoja en su garganta.

—Eso no va a pasar; al menos, no en esta ocasión. —Hizo un ademán despreciativo con la mano que, en vez de tranquilizarla como él pretendía, la preocupó todavía más.

—¿Cómo puedes soportar una herida como la que estás sufriendo como si no pasara nada? —No podía creer que él mostrase tanta tranquilidad, tanta fortaleza, tras haber estado casi al borde de la muerte.

—Sí que pasa, puedo asegurártelo. Pero soy un soldado; mi prioridad son todas y cada una de las vidas que dependen de mis actos.

—En el fondo tú jamás has sido un soldado, sino un Caballero —afirmó—. Has regresado igual, pero a la vez distinto.

—No creas. Cuando volví, lo primero que pensé fue en recuperarte. — La abrazó por la cintura, cariñoso—. La guerra me ha hecho distinto. ¿Te disgusta?

—Me inquieta. Estoy completamente de acuerdo con las decisiones que tomas, con todo lo que haces, con los motivos por los que lo haces… Pero no quiero volver a perderte. Es sólo que tú haces cosas que...

—¿Que son propias de un loco? —Enarcó una ceja, divertido.

En cambio, ella no acompañó su sonrisa.

—Que son propias de un héroe. Ese es el problema. Si no eres tú, ¿quién? —Lanzó las palabras al viento para que este se las llevase, consciente de que no existía respuesta que no fuese "nadie", llena de orgullo por él y de inquietud.

—Yo no soy ningún héroe, Marian. Simplemente hago lo que tengo que hacer.

—Todo el mundo debería luchar con todas sus fuerzas por aquello en lo que cree. Pero casi nadie lo hace; y desde luego, nadie lo hace tan bien como tú: con tanta habilidad y pasión, honestidad, tanta convicción y altruismo… ¿Crees que cualquier persona habría salvado la vida de otra recibiendo un flechazo por ella? —Clavó en sus ojos una mirada llena de obviedad.

Pero Robin rió, mirándola con adoración.

—En mi caso, recibir una flecha por ti no ha sido ninguna heroicidad. Moriría por ti, una y mil veces —aseguró con sencillez.

—¡Basta ya de hablar de ese modo! ¡Por favor! —le suplicó.

—Pero es completamente cierto.

Marian suspiró, angustiada.

—¿Sabes? Will también afirmó lo que tú acabas de decirme, en una ocasión.

Presentía que escuchar aquello molestaría a Robin y acertó, pues él desvió la mirada, incómodo. Quizá aún había querido molestarlo, sólo un poquito… Habría podido expresar ese mismo pensamiento de otro modo, pero escuchar cómo Robin ofrecía su vida por ella sin darle importancia, la enervaba.

—Cuando él me lo dijo, por un momento deseé que lo pensase de verdad, pues por su mirada esquiva y desapasionada supe que deseaba pensarlo, de veras, pero no era así. Pero ahora que me lo dices tú, desearía con todas mis fuerzas que estuvieses mintiendo. —Sus ojos se llenaron de perlas que no derramó—. Temo por ti.

Él la rodeó con sus musculosos brazos, en silencio, pegándola a su pecho con cuidado.

—Will me ve como a un niñato mimado y engreído a quien se le ha antojado jugar a soldaditos, un usurpador. Es muy complicado que acepte mi ayuda. Aún así, si está en mi mano, debo ayudarle. —No le confesó las noticias que Tuck le había contado; aún no podía creerlas por completo; de Will, no. Así que había decidido esperar a que quedasen totalmente confirmadas para hablar a Marian sobre ello.

—¡Por lo que más quieras! ¡Primero debes curarte! ¡Ya está bien de heroicidades por ahora! —ella gritó con enfado, buscando su mirada con los nervios a flor de piel.

—Tranquilízate. —Intentó volver a abrazarla, pero ella se negó.

—¡No quiero tranquilizarme! ¡Deberías estar tumbado, inmovilizado, reponiéndote! ¡En cambio no has dudado en enfrentarte a solas a todo un destacamento de soldados de Nottingham! ¡Y estás aquí, discutiendo conmigo y pensando en embarcarte en otra de esas incursiones tan peligrosas a las que nos has acostumbrado! —le amonestó.

El tono de aquellas palabras dichas con indignación, incendió su maldito orgullo de nuevo. La tomó por la barbilla dulcemente, haciendo que un potente rayo destructor recorriese la distancia entre ambas miradas, cuando estas se encontraron.

—Algo tendré que hacer con este fuego que me consume —respondió, desafiante—. Hasta ahora, no he podido hacer el amor contigo debido a mi herida; y ni siquiera sé si tú querrías hacer el amor conmigo en cualquier otra circunstancia. Así que, discutir contigo debe valerme por el momento. —Se encogió de hombros, arrogante, con ademán retador.

—¡Robin Hood! —lo reprendió, indignada. Pero su mirada estaba llena de amor por él.

—Nada de Robin Hood. Soy Robin de Loxley. No existe ninguna capucha bajo la que ocultarme, cuando se trata de ti. Si no te gusta lo que ves, no tienes más que decírmelo.

—Te lo dije: Loxley es el disfraz. Y tú eres un insufrible arrogante —respondió con enfado, aceptando su desafío con una mirada decidida.

—Puede. —Sonrió alegremente—. Pero si tú lo deseas, seré tu insufrible arrogante por el resto de nuestras vidas —le juró mientras la tomaba por la cintura, acercándola a su cuerpo y mirándola con adoración.

Tomó su boca al asalto, vehemente, saboreando sus labios en un beso profundo y apasionado que la arrastró hacia el habismo de una pasión descontrolada. Abandonada a aquel contacto que tanto había deseado, ella cerró los ojos, dejando que la transportara al paraíso más sensual y excitante que fuera capaz de imaginar.

De pronto, unos fuertes pasos resonaron en la boca de la cueva.

—¡Robin! —Se escuchó la voz de Stoker, reclamando su presencia.

—Me necesitan fuera —él afirmó con pretendida inocencia, sonriéndole del modo más pícaro y sensual. Depositó un suave beso en sus labios y se marchó.

Sonrojada, Marian se llevó un dedo a los labios, acariciándolos suavemente, creyendo poder sentir todavía aquel contacto que la había llevado al Cielo. Estaba en shock, totalmente en shock. Juraría que él le había pedido, justo antes de marcharse, entre quedas palabras susurradas a su oído: "Cásate conmigo".

Ya que era su turno, junto con Stoker, de servir la cena para toda la colonia aquella noche, intentó despejar su mente apresurándose en cumplir con su tarea. Pero su mente había viajado muy lejos de aquel cometido, concretamente, hasta aquellos ojos claros que la hacían desfallecer. Cuando Robin llegó al claro para acompañarles durante la cena, ya casi todos ellos estaban servidos, algo que Marian agradeció, pues no se dio cuenta de su presencia hasta que él, situándose a su lado, depositó un beso desenfadado en su mejilla mientras cogía la escudilla de sopa que Stoker había escanciado, tras lo que se marchó para sentarse al lado de John. Sorprendida, dio un traspiés y apunto estuvo de volcar todo el caldero con el resto de la sopa que quedaba.

Quienes se hallaban más cerca de ella y pudieron presenciar la escena, comenzaron a murmurar entre ellos, mirándola de reojo con una gran sonrisa, al igual que a Robin, quien fingió no haberse dado cuenta.

De pronto, una alegre melodía comenzó a brotar de un violín y, de un modo espontaneo se formaron parejas que, separándose par colocarse hombres frente a mujeres en dos filas desenfadadas, coreografiaron una danza típica inglesa. Marian había visto bailar esa danza en alguna ocasión, durante su infancia, y también en las minas, en los muy escasos momentos en que aquella gente pobre y maltratada había logrado tener un poco de paz. Ya adulta, le habría encantado formar parte de ella; pero Will siempre se había negado a acompañarla, con lo que aquel deseo quedó insatisfecho. Así que una vez más se limitó a observar, admirada, con un regusto de envidia. Le encantaba ver a toda aquella gente girar, cambiar de pareja de un modo incansble, jovial, para acabar siempre en brazos de la persona que, inicialmente, había acompañado a cada cual. Admiraba tanto aquel baile, que a pesar de que jamás lo había practicado, podía jurar conocerlo al dedillo.

"¿Me permite, señorita?", escuchó frente a ella. Al desviar la mirada de los bailarines, sorprendida, halló a Robin con la mano tendida hacia ella, sonriente, esperando su respuesta.

Emocionada como una niña con zapatos nuevos, cogió la mano que Robin le tendía y se dejó arrastrar por él hacia la vorágine del baile. Para su infinita sorpresa, él halló rápidamente el modo de que ambos se incorporaran a la precisa danza con total soltura sin alterar su ritmo en absoluto. Mientras pasaba alegremente de mano en mano, no podía evitar observar a Robin, quien danzaba desenvuelto, entre risas, como si practicar aquel baile formase parte de su rutina diaria, aunque por supuesto, no lo era; ni muchísimo menos. Cuando la alegre música dejó de sonar, Robin la retuvo entre sus brazos, ofreciéndole una sonrisa seductora.

—¿Cómo es que sabes bailar? —no pudo evitar preguntar, aún sorprendida.

Robin enarcó una ceja, suspicaz, aunque no abandonó su sonrisa.

—¿Tan patoso me consideras, que no me ves capaz de hacerlo?

—En absoluto. Lo que quiero decir, es que este es un baile "del pueblo", jamás se baila en los eventos sociales de la nobleza.

—Dependiendo de lo que cada cual defina como "nobleza", puede que haya más corazones nobles aquí que en todo Nottingham junto —objetó, aparentemente serio.

—Estás hablando conmigo, Rob. Has entendido perfectamente lo que he querido decir —le rebatió, poniendo los brazos en jarras.

—Tienes toda la razón: lo he entendido —se excusó—. Pero existe una poderosa razón para que yo conozca este baile a la perfección, que me cuesta confesar —añadió con picardía.

—¿Cuál?

—Tú.

Marian lo miró sin comprender, sorprendida.

—No te entiendo, Rob. Ni siquiera recuerdo cuándo bailé por última vez, de tan pequeña que era. En este caso, quien ha bailado como todo un experto has sido tú, yo me he limitado a seguirte. No puedes haberme visto bailando, es imposible —aseguró, rotunda.

—Lo sé.

—¿Cómo que lo sabes? Tú y yo jamás habíamos hablado sobre esto. Me estás asustando...

—Hace años, cuando yo no era más que un adolescente rebelde, solía escaparme de mi tutor para acudir a las pequeñas celebraciones de los habitantes de la aldea de Loxley, camuflado, en busca de chicas guapas con las que bailar —él confesó, rememorando aquella época con alegría.

Marian negó con la cabeza, confusa.

—En la época de la que me hablas, mis padres murieron tras una larga enfermedad. Así que, durante años, yo no me sentí con ganas de divertirme; me conformaba con observar en la distancia —explicó—. Y te puedo asegurar que yo nunca te vi.

Él sonrió con picardía.

—Oh, seguro que me viste, en muchas ocasiones, aunque no me reconociste; porque yo sí que te vi, te lo aseguro. —La abrazó, cariñoso—. Eras la muchacha más hermosa que hube conocido jamás. Tú fuiste la razón, en parte, para que intentase no perderme ni una sola de aquellas celebraciones, aunque eso supusiera para mí enormes castigos después. Pero eras tan bella, te mostrabas tan distante y reservada, que jamás me atreví a abordarte, siquiera —rememoró, soñador—. Por eso, el día en que te descubrí en las caballerizas de la Mansión Loxley, había soñado ya tantas veces contigo, que me juré a mí mismo que haría todo lo que estuviera en mi mano para que te sintieses tan feliz a mi lado, que jamás deseases marchar.

El asombro de Marian era tal, que le llevó varios segundos reaccionar.

—Si hubieses querido tenerme, no habrías tenido más que exigirlo —objetó, muy seria—. Siendo el dueño de la aldea, y por tanto de nuestros destinos... pudiste haber hecho con todos nosotros lo que hubieses querido, y lo sabes. Nottingham lo habría aprobado sin reservas.

Él la traspasó con una mirada dura, dolido.

—¿Me habrías amado entonces, Marian? —la retó a responder. Sin embargo, negó con la cabeza sin esperar respuesta—. Yo jamás quise poseerte. No de ese modo, al menos.

En aquel momento, Marian sintió que cada acto llevado a cabo por él, cada decisión tomada, iba destinada a lograr que ella lo amara todavía más. Y cuánto y cómo lo amaba...

—Me sedujiste sin ningún pudor... —le reprochó con fingida indignación, para que él se relajase.

Y lo logró con creces, ya que él inmediatamente recuperó su semblante pícaro y seductor.

—Bueno, tú lo permitiste... Hacía mucho tiempo que yo te amaba, Marian.

—¿Por qué no me lo dijiste? —quiso saber, curiosa.

—¿Habría cambiado en algo que lo hubiese hecho?

—Por supuesto que no. Pero me habría gustado que...

Robin la rodeó con sus brazos y la apretó contra su pecho, emocionado. Tras ello, hincó una rodilla en tierra, ante el asentamiento rebelde al completo, allí reunido. Inmediatamente, el silencio se impuso a su alrededor y decenas de pares de ojos se dedicaron a observar a ambos, completamente anonadados. Decidido, la tomó por una mano, mirándola enamorado, y habló con voz firme:

—Desde que te conocí, tú eres la dueña de mi cuerpo, de mi alma, de mis pensamientos, de mi vida. No soy capaz de imaginar la vida sin ti. No soy más que un miserable sin ti. Te amaré más allá de la muerte, Marian. Cásate conmigo —le pidió, solemne.

—¿Lo dices en serio? —musitó, emocionada.

—O te casas conmigo, o tú y yo nos separamos para siempre. No puedo vivir así, Marian. No puedo seguir teniéndote cerca sin poder tenerte.

"¡Di que sí, Señora Hood!", se escuchó en la distancia. Todos rieron, incluso Marian, quien soltó una risa nerviosa.

—Tú siempre me tienes. Lo que siento por ti me hace tuya. Ponte en pie, por favor —le rogó—. No quiero que te arrodilles por mí, no quiero que te arrodilles por nadie en esta vida; jamás. Moriría por ti.

—Tampoco a mí me hace ninguna gracia escucharte decir eso.

—Pero es completamente cierto. Rob...

—No voy a levantarme hasta que me respondas —aseguró, obstinado—. ¿Te casarás conmigo, Marian?

—¿Acaso lo dudas? Me casaré contigo, en esta vida y en cualquier otra. Por muchas vidas que viva, en cada una de ellas te buscaré y me casaré contigo —le aseguró con pasión.

Con una sonrisa radiante, él se puso en pie y cuando fue a abrazarla de nuevo, ella se abalanzó sobre él y lo abrazó con todas sus fuerzas; buscó sus labios, desesperada, y lo besó como si no hubiese un mañana.

Hubo tantos silbidos, gritos y risas alegres a su alrededor, que cuando ambos se separaron, por fin, incluso el rostro de Robin mostraba cierto rubor.

—Visto el éxito que tú y yo hemos obtenido, Tuck debería casarnos cuanto antes —Robin afirmó con alegría.

—¿Qué tal mañana, y os dejáis ya de tonterías? —el aludido gritó entre la multitud para hacerse oír—. Así tendremos una perfecta excusa para probar ese magnífico vino que Bowman y yo hemos... —Calló abruptamente, tapándose la boca con una mano.

Robin trapasó a Bowman y a él —los dos estaban uno junto al otro, pues hasta aquel momento habían estado mantenido una conversación animada— con una mirada asesina, ordenándoles sin palabras que estuviesen preparados para una buena reprimenda. Los dos asintieron quedamente, en silencio, pues sabían —desde que interceptaron un envío de vino dirigido a Nottingham, junto con varios más de los proscritos, justo antes de que Robin inerfiriera la conversación sobre el tema que habían mantenido— que aquel momento llegaría, y no tarde. Tan sólo se habían estado preparando para hallar el mejor modo de "vendérselo".

—Me parece perfecto —Robin dijo a Marian, adorándola con la mirada—. ¿Tú qué dices?

—Al alba... Me parece un momento especial, incluso mágico, para hacer juramentos de amor —opinó con ojos soñadores.

—¡Tened preparado ese vino para mañana al alba! —Robin ordenó a Tuck y a Bowman, quienes sonrieron de oreja a oreja, complacidos.

Inmediatamente, Robin y Marian se vieron rodeados por un montón de brazos impacientes por estrujarlos, alegremente, a modo de felicitación.