6.- WILL SCARLET .
Aquella mañana el cielo amaneció cubierto de un gris plomizo que amenazaba lluvia. Robin se hallaba contemplándolo, meditabundo, ataviado con sus mejores galas, que no eran más que su preciado abrigo —convertido en chaqueta por el sinvergüenza de John, hacía lo que a Robin le parecían años enteros—, un recio pantalón y una camisa de algodón granate con abotonadura hasta el principio del pecho, que llevaba despasada, y unas hermosas muñequeras de cuero repujado en forma de intrincados adornos que John le había regalado, negándose en redondo a confesar de dónde demonios las había "obtenido". Sus botas de campaña completaban una estampa austera aunque imponente. Abstraído, apretaba con fuerza en su mano derecha, un hermosísimo espejo de mano azogado, el primero fabricado con vidrio y cristal de roca sobre una amalgama de estaño exquisitamente labrado que él había visto —ya que la poca gente que podía permitirse tener un espejo, o que simplemente lo consideraba útil, solía poseerlo hecho de simple metal bruñido—. Al descubrirlo dentro de una bandolera que había quedado abandonada por el soldado que conducía el carromato que portaba armas —quien había escapado a la carrera hasta ser interceptado por una flecha certera—, él mismo había quedado fascinado por poder contemplar su propio reflejo de un modo tan nítido y fiel. Desde lo más hondo de su alma esperaba que a Marian le agradase este presente, pues era lo único que él le podía ofrecer como regalo de boda. Acarició con su dedo pulgar, distraído, el gélido tacto del metal calentado ahora por su mano, absorto en sus más profundos pensamientos.
«¿Qué haces aquí? Deberías estar esperando a Marian, no hacer que ella te espere a ti», escuchó a su espalda, cogido por sorpresa. Inmediatamente se giró para ofrecer a John una mirada confusa.
—¿Esperarme? ¿Tan tarde es?
John observó su semblante, suspicaz.
—¿Qué sucede, Robin? ¿A qué viene esa cara de circunstancias? ¿Acaso no quieres casarte?
Robin le ofreció una sonrisa incrédula, haciendo un gesto de obviedad.
—¿Acaso tú te has vuelto loco? Estaba pensando en… Ni siquiera he sido capaz de proporcionar a Marian un vestido de novia decente, John. —Negó levemente con la cabeza, compungido—. ¿Qué clase de vida le espera a mi lado?
John enfrentó aquellas palabras con una mirada de indignación y reproche.
—¿A qué viene eso ahora? En primer lugar, ella ha elegido su destino, Robin, no tú. Tenlo claro. Y para colmo, estás pensando como un niño rico —lo acusó.
—¿Qué narices quieres decir con eso?
—Que a tu lado, ella tiene todo lo que desea y lo que necesita, que es a ti —afirmó con obviedad mientras caminaba para detenerse justo al lado de sus narices, impetuoso—. Déjate de vestidos, de mansiones, de fiestas fastuosas, o de lo que sea que te esté rondando esa cabeza hueca que tienes, y céntrate en lo que realmente importa.
En vez de responder a su reproche de un modo semejante, Robin lo miró con una sonrisa amable.
—Tienes toda la razón. Aún así, siempre imaginé nuestra vida de casados de un modo totalmente distinto.
—Ya... viviendo de rentas, con esa cara de señorito que tienes... —se burló alegremente.
—¿En serio me consideras guapo? —Lo miró con pretendida inocencia mientras se acariciaba el mentón con un gesto arrogante, aunque se estaba partiendo de risa por dentro.
—Anda, camina delante de mí, que no tienes arreglo —lo exhortó.
Robin, sonriente, no se hizo de rogar. Al pasar por delante de John, su mentor lo detuvo cogiéndolo por un brazo y lo miró a los ojos con solemnidad.
—Marian no te reprocha nada en absoluto y nunca lo hará —declaró, muy serio.
—Lo sé. Vayamos al encuentro de la novia, buen amigo. No la hagamos esperar.
Caminaron con paso firme hacia un claro del bosque que rezumaba magia y paz bajo el encapotado cielo. Al fondo de este, una cascada de aguas alegres y cantarinas se remansaba en un lago hecho de cristal, presidida por un montículo de rocas cuya factura se perdía en el origen de los tiempos, que invitaba a soñar con tiempos mejores y más sabios y que sería mudo testigo legendario de la inquebrantable fuerza de dos almas destinadas a jurarse amor eterno.
La exquisita esbeltez de una joven mujer aguardaba junto al montículo de rocas, sus negros cabellos mecidos por la fresca y suave brisa de la mañana. A ambos lados del claro, todos los seguidores de Robin, todos sus compañeros, sus amigos… observaron su llegada con enormes y francas sonrisas de alegría y felicitación.
Junto a él, una ácida sonrisa por parte de John fue el prólogo de un jocoso reproche. «Te lo dije», Robin escuchó apenas. Y no pudo más que exhalar con resignación contrita, sus ojos prendidos de Marian quien, ataviada con un sencillísimo vestido de gasa en color claro ceñido por un coqueto cinturón, semejaba para él una diosa emergida del mágico lago que custodiaba su etérea figura. Se detuvo junto a ella sin palabras, depositando en sus dulces ojos una mirada reverente.
—Estás bellísima. Dios... eres la mujer más bella de este mundo —se atrevió a musitar por fin.
Ella lo besó en la mejilla con pícara candidez.
—Gracias. Gracias por hacer mi sueño realidad, por haber regresado, por no haberte rendido nunca, por ser tú. —Lágrimas de alegría afloraron a sus ojos, apunto de ser derramadas.
—John dice que estoy guapo… —Robin dijo como quien no quiere la cosa, intentado robarle una alegre sonrisa.
El aludido fingió una tos cómica que a todos los allí reunidos arrancó una carcajada divertida.
—¿Y tú qué dices, Tuck? —preguntó a su amigo, intentando localizarlo con la mirada sin conseguirlo—. ¿Tuck?
—Tuck aún no ha aparecido. Parece que hoy es el turno de los hombres para hacerse de rogar —Marian afirmó despreocupadamente. Aunque en el fondo, y desde hacía varias horas, sentía una inquietud que se negó a transmitir, obligándose a pensar que no tenía fundamento.
—¿Alguien ha visto a Tuck? —Robin preguntó en voz alta, preocupado. No era propio del fraile llegar tarde a una liturgia que él debiera oficiar—. ¿Bowman? —preguntó al grueso cocinero localizándolo entre sus compañeros —. No habréis decidido probar, él y tú, ese magnífico vino del que tanto he oído hablar… —quiso saber, fijando su mirada inquisitiva en la del pobre hombre, quien negó vehementemente con la cabeza, enrojeciendo al saberse foco de atención de todas las miradas.
—Él y yo nos separamos ayer, a media noche, tras haberlo dejado todo listo para la celebración que, supusimos, habrá después de vuestra boda —afirmó tranquilamente, aunque con jocoso retintín—. Desde entonces, yo no lo he vuelto a ver—aseguró.
—No ha dormido en su cueva, Robin —John declaró con voz tan seria que, de pronto, se dispararon todas las alarmas que yacían aletargadas en cada uno de ellos—. Antes de amanecer he intentado hablar con él, pero no he sido capaz de encontrarlo.
—¿Por qué no me lo has dicho antes? ¿Alguna alarma de los vigías durante la noche? —Robin interrogó a John con urgencia —. ¿Alguna presencia extraña, aunque al final no haya resultado ser nada importante? —insistió, dando paso a sus más hondos instintos de soldado.
—En absoluto. Tú habrías sido el primero en enterarte, si así hubiera sido —John negó, rotundo.
—¿Se han efectuado los relevos de vigilancia sin contratiempos? ¿Cada vigía ha sido relevado personalmente? —insistió, temiendo lo peor.
—No ha habido ninguna incursión del exterior, Robin, te lo puedo asegurar.
—Entonces, ¿dónde narices…?
No pudo terminar la frase, ya que una figura apareció a la carrera, haciéndose hueco entre el gentío a voz en grito.
—¡Robin! ¡Robin!
Tuck no dejó de correr hasta haberse plantado ante Robin rápidamente. Durante unos instantes se dobló por la carrera, intentando volver a respirar con normalidad.
—¿Qué pasa, Tuck? —Robin lo sostuvo por un brazo, temiendo que fuese a colapsar.
—Tra… traigo noticias de Nottingham —afirmó, tratando de dar a sus palabras la importancia y urgencia que según él merecían—. Mi… 'contacto' allí reclamó anoche mi presencia urgentemente, para comunicarme que esta misma mañana Will va a ser presentado como nuevo Sheriff de Nottingham en el patio principal del Castillo—declaró sin despegar sus duros ojos de la mirada atónita de Robin.
—¿Así, de pronto? ¿Es eso cierto? —Robin no pudo evitar preguntar, atónito.
—Tan cierto como que yo estoy a tu lado. La maquinaria de la Iglesia se mueve en Nottingham perfectamente engrasada, amigo mío, y mucho antes de lo que esperábamos.
—¿Will? ¿Will Tillman? ¿Nuestro Will? —Marian inquirió, incrédula, buscando en la mirada de Robin una clara respuesta.
Él asintió levemente, muy serio.
—¿Por qué no te sorprende? —le preguntó con tono de reproche.
—Yo estaba avisado desde hace tiempo; pero me resistía a creerlo. Intenté no dañarte haciéndote partícipe de un simple rumor. Pero el rumor se ha convertido en la más cruda y descarnada realidad. Lo siento, Marian —afirmó con el corazón en la mano, mirándola con mezcla de tristeza y dolor—. Aún así, todo ha sucedido de un modo demasiado rápido; esto ha sido un golpe de efecto orquestado por el Cardenal, sin duda: a nosotros nos ha cogido relativamente desprevenidos, y a los ciudadanos de Nottingham no les ha dado tiempo de 'valorar' la increíble noticia, siquiera. Con lo que esperan lograr que Will no sea puesto en tela de juicio, no por ahora, al menos. Eso le da una ventaja preciosa para afianzar su poder. —Quedó en silencio, pensativo—. Cuando regrese, te daré todas las explicaciones que necesites.
—Cuando regreses, ¿cuándo? ¿De dónde?
Robin la miró con un gesto de obviedad acompañado de duras palabras que no se vio capaz de pronunciar.
—Por lo que más quieras, Robin… Will es un buen hombre. Quizá que él se convierta en Sheriff de Nottingham es lo mejor que puede suceder a esa ciudad, y por añadidura a nosotros y a nuestra causa.
Él le devolvió una mirada incrédula e hizo un gesto de negación con la cabeza, pensativo.
—Es la Iglesia quien le ha dado el cargo con todo lo que eso implica; nunca lo olvides.
—¿Y si hubiese aparentado estar de parte de los nobles y de la Iglesia, pero en el fondo siguiera siendo fiel a nuestra causa? —ella argumentó, intentando avivar en su pecho una esperanza que estaba muy lejos de sentir.
—Tú le conoces mejor que yo, Marian… —No terminó la frase, pues ella le entendió a la perfección.
Marian no fue capaz de responder, angustiada. A lo que Robin, rodeado ya por John, Tuck, y por todos los hombres y mujeres con mayor responsabilidad de la aldea, comunicó la rápida decisión que acababa de tomar.
—Sin duda, su primera comparecencia estará llena de alusiones hacia nosotros; intentará poner a los ciudadanos en nuestra contra. Por ello, yo debo estar allí. Es imprescindible que el pueblo se ponga de nuestra parte desde el principio. Esta revuelta no es sólo por nosotros, sino por todos los oprimidos y esclavizados por esos traidores al Rey Ricardo, y por ende a Inglaterra, obligados a morir de hambre en las minas o en los campos, mientras su sustento es destinado a financiar la corrupción de una guerra que esperan perder para que el Rey pueda ser destronado —afirmó con convicción—.
Casi todos los allí reunidos le dedicaron una mirada atónita. Tan sólo Tuck, John y Marian se habían atrevido a poner nombre a las verdaderas intenciones subyacientes bajo el déspota afán recolector de un gran tesoro que poseía la Iglesia. Hasta entonces, el resto tan sólo deseaba creer que todo aquel dinero iba destinado a incrementar las ya de por sí opulentas arcas de clérigos y nobles, cosa que, por otro lado, era totalmente cierta a largo plazo, cuando uno de ellos, Dios sabía quién, se hiciese con todo el poder de una nación próspera y creciente. Atentar contra un todo un Rey… eso era más de lo que la mayoría era capaz de asimilar.
—Debo marchar cuanto antes. Vamos a tener que posponer nuestra boda hasta un mejor momento —pidió a Marian, suplicante, intentando hacerse perdonar.
Pero ella se plantó frente a él con los brazos en jarras, cortándole el paso, vehemente.
—De eso, nada. Robin Hood, Robin de Locksley, o como demonios quieras llamarte: tú no te marcharás de aquí sin antes haberte casado conmigo —le ordenó.
Todos los demás, quienes ya habían emprendido la retirada con intención de pertrechar a la aldea para cualquier contingencia que pudiese suceder —ya que era el único modo que tenía de ayudar a Robin en un primer momento ante aquella situación—, detuvieron sus pasos en seco para girarse a mirarla con admirada sorpresa. Robin la observó con una enorme sonrisa y asintió con firmeza, completamente de acuerdo con ella.
«Menudo carácter se gasta la dama…», Robin escuchó a su espalda acompañado de un leve silbido de admiración.
—Ese es uno de sus mayores atractivos —él afirmó, encantado, girándose para dedicar a Henry, quien había hablado, una sonrisa amable.
El hombre mayor asintió levemente y musitó: «Felicidades», tras lo cual se marchó en silencio, sombrío. Robin enarcó una ceja, viéndole marchar con actitud pensativa, mas pronto Tuck recabó toda su atención.
—Siento decirlo de este modo pero, Robin: si realmente pretendes hacer acto de presencia en la arenga de Will, debes terminar aquí ya —afirmó avergonzado por sus palabras, aunque con voz firme—. Estoy totalmente de acuerdo con tu razonamiento: la opinión pública debe serte favorable desde un principio, debe adoptar tus propósitos como suyos propios. No tiene ningún sentido luchar por alcanzar mejoras en las que el pueblo no desea ser implicado realmente.
—Tuck tiene razón. Voy contigo —John se ofreció, impetuoso.
—No —negó, rotundo—. Hoy habrá soldados del Sheriff apostados por toda la ciudad como muestra de su enorme e inquebrantable poder; y tú llamas demasiado la atención. Yo sé cómo pasar desapercibido para colarme hasta las mismísimas narices del Sheriff de Nottingham, si es necesario. No en vano me he criado allí —argumentó con voz que no admitía réplica.
John emitió un gruñido frustrado pero asintió a regañadientes por fin, conforme.
—Rob…
—No dañaré a Will, Marian, si es eso lo que temes. Al menos, no hoy. Pero si los acontecimientos se desarrollan como sospecho, nada ni nadie podrá evitar que él y yo nos enfrentemos en un futuro cercano; y no estoy dispuesto a dejarme matar por él ni por nadie.
—Lo sé, desde el mismo instante en que he escuchado el nombre de Will asociado al puesto de Sheriff —afirmó con tristeza—. Pero temo por ti. Vas a ir a su encuentro solo… —Se abrazó a su pecho con ímpetu, negándose por un instante a dejarlo marchar.
—No te preocupes; todo irá bien. Me limitaré a hacer un poco de ruido, a ponerle en evidencia en público para lograr que el pueblo sienta nuestra causa como propia, aunque no pueda abrazarla abiertamente. Como ves, nada de qué preocuparse —declaró con voz que pretendía ser alegre y desenfadada. Pero Marian intensificó su abrazo, atesorando en su pecho los latidos de aquel corazón que, si se detuviera, acabaría con el suyo propio.
—Toma —él le ofreció con suavidad el espejo que había custodiado en su mano—; cada vez que te mires en él piensa en cuánto adoro tu sonrisa.
Marian no pudo evitar tomar el pequeño objeto en sus manos con reverencia; era el espejo más hermoso que había visto jamás. Sin pretenderlo sonrió, encantada. Robin sonrió también; había logrado aligerar toda su angustia, aunque tan sólo fuera por un preciado y efímero instante.
—¿Nos casas, Tuck? —pidió a su amigo alegremente.
John se situó tras la pareja cual fiel amigo y guardián. Inmediatamente, se hizo un silencio total entre sus compañeros, dispuestos a atesorar con cariño todo lo que allí iba a suceder.
—Por supuesto —. Se detuvo frente a ambos con el montículo de rocas a su espalda, tomándose unos segundos para serenarse y carraspeó con el fin de aclarar su voz embargada por la emoción —. Todos en esta aldea, algunos dirían que de proscritos, pero yo afirmo que de hombres y mujeres libres, plagada de corazones bondadosos, conocemos de sobra el amor eterno e incombustible que existe entre este hombre, poseedor de la mayor honradez, altruismo y bondad, y esta mujer, dueña de un corazón puro, bravo y constante. Así pues, mediante este rito ancestral rogamos la bendición divina a esta unión tan ansiada por todos aquellos humildes corazones que ya bien les conocemos. Robin, Marian: cogeos de las manos.
La pareja hizo como él les pidió, solemne. A su alrededor, muchas manos se unieron en aquel momento y en aquel lugar, emocionadas.
—Que lo que Dios ha unido, jamás lo separe el hombre. Yo os declaro marido y mujer. —Hizo el gesto de la cruz con su mano derecha—. Puedes besar a la novia.
Robin depositó un suave y dulce beso en los labios de Marian, que ella correspondió del mismo modo; seguido de otro, y otro… Todos aplaudieron entre silbidos y vítores, emocionados. Tuck se vio obligado a girarse de espaldas en un vano intento de ocultar su emoción, que casi le había hecho llorar. Y John estrechó a ambos en un abrazo de oso. Abrazados, los nuevos esposos caminaron al encuentro de sus demás compañeros y recibieron abrazos y besos llenos de cariño.
—He de irme —Robin musitó al oído de Marian, envolviéndola en un abrazo cariñoso. Mantuvo su inquieta mirada, resuelto.
—Regresa sano y salvo —ella tan sólo se vio capaz de rogar, mirándolo con adoración.
—Siempre lo haré por ti, Señora Hood.
Marian rompió a reír sin poder evitarlo. Él le dedicó una última mirada acompañada de una enorme sonrisa y se marchó a la carrera.
«Volverá; te lo ha prometido», Marian escuchó la reconfortante voz de John a su lado. «Y puedo jurártelo: él siempre cumple sus promesas».
Agradecida, depositó un beso en la mejilla del sorprendido árabe.
—Sabéis qué diría Robin si estuviese aquí, ¿no? —de pronto preguntó a voz en grito. Y sin esperar respuesta ordenó —¡Que corra el vino! —Todos corearon aquella propuesta con alegría—. Pero con moderación; jamás olvidemos qué nos ha traído a este bosque realmente y la causa por la que Robin acaba de partir.
—Sabias palabras —opinó Bowman —. Mi Señora: haznos los honores.
Le ofreció un vaso de vino, que ella saboreó con deleite.
—¡Disfrutad! —ordenó, haciendo un gesto desenfadado.
Tras asegurarse de que todos estuviesen bien servidos y de que reinase la alegría y la concordia en la aldea, Marian trató de retirarse discretamente.
—Y tú, ¿qué vas a hacer? —Tuck la sorprendió con aquellas palabras, pues había creído que nadie se había dado cuenta de su intención de marcharse.
Le sonrió con infinito cariño antes de responder con voz nostálgica y soñadora:
—Mirarme al espejo.
El sabio fraile asintió con un gesto igualmente cariñoso y la observó marchar, sin poder evitar que la amargura tomase su corazón al asalto por un ínfimo instante. Él acababa de casar a las dos personas a quienes más amaba y admiraba en el mundo; tan sólo deseó, con todas sus fuerzas, no tener que verlas sufrir, algo que, dado cómo se estaban desarrollando los acontecimientos, parecía harto improbable.
Gran parte de Nottingham se había congregado en el patio más grande del Castillo, a la espera de comprobar con sus propios ojos el ascenso del que, hasta hacía nada, había sido el compañero de la mayoría de ellos, proclamándose su más ferviente defensor. La gente sencilla, esclavizada por la Nobleza y por la Iglesia, ardía en deseos de comprobar si aquel hombre venido a más los seguiría defendiendo, ahora que podía mirarlos, condescendiente, desde la más alta barandilla de uno de los fastuosos balcones de todo un castillo que podía considerar como 'suyo'.
Robin tomó posición frente al balcón donde se esperaba con impaciencia la aparición de Will, aprovechando la vertiente del tejado oculta a miradas indiscretas. Aguardó completamente inmóvil, paciente, su cuerpo pegado a las tejas, mimetizado con ellas. De un rápido vistazo había memorizado a la perfección la situación de cada miembro de la Iglesia y de la nobleza, así como la del Cardenal, todos ellos acomodados ya en sus fastuosos sillones, dedicados a dejar transcurrir el tiempo lánguidamente entre risas arrogantes producto de bromas privadas, a resguardo de la inclemente lluvia gracias al recio techado de la enorme balconada que circundaba el patio por completo. Will se hacía esperar; sin duda, fruto de una puesta en escena perfectamente orquestada por el Cardenal, quien mostraba su soberbia con total indiferencia por las decenas de miradas procedentes del pueblo más llano que, con expectación, sufrían las inclemencias de una copiosa lluvia.
De pronto, un profundo silencio se adueñó del lugar por completo, y Robin supo que el teatro estaba apunto de comenzar. Sigiloso, se atrevió a asomar la cabeza sobre el tejado a dos aguas y se dispuso a observar. Inmediatamente, la figura de Will se hizo notar con ostentación, caminando con pasos pretendidamente serenos, aunque estudiados. Caminó en sombras hasta situarse pegado a la barandilla del balcón y alzó ambos brazos cual una divina aparición bendecida por los más altos rangos de la Iglesia. Al observarlo con atención, Robin no pudo evitar dar un respingo de sorpresa y conmiseración. Parte del rostro izquierdo de Will se había convertido en poco más que una masa informe llena de costras, resaltando perfectamente a juego con el color escarlata que el Cardenal lucía en su túnica de gala de un modo desvergonzado. «Escarlata», se coló en su mente como un fogonazo de luz. Un «Oh» ahogado procedente de los ciudadanos hizo saber a Robin que el impacto que había creado en ellos el deformado rostro de Will no había sido menor que el suyo propio.
Con parsimoniosa arrogancia, Will cogió en su mano derecha un gran pergamino que un humilde fraile le alargó y lo alzó, mostrándolo impetuoso. Flanqueado por soldados armados hasta los dientes, se tomó su tiempo cual ángel vengador antes de señalar con rabioso desdén el esbozo de una figura cubierta con capucha que yacía pintado en él.
«Mi ciudad, mi gente», comenzó a hablar por fin. Apenas era capaz de ocultar la rabia impaciente contenida en sus palabras, a pesar de que trató de imprimir a su voz un tono paternalista y amable.
«Mientras ese ladrón y sus socios y seguidores han decidido esconderse, nosotros hemos enterrado a nuestro buen Sheriff», aseguró con un exagerado gesto de fingida debacle emocional. «Pero Nottingham sigue ardiendo por el fuego de su revuelta».
Inquietos, los ciudadanos se miraron unos a otros de reojo, temiendo un anuncio de represalias contra ellos, que en cambio no llegó.
«Mi bautizo se produjo en el fuego, pero me siento agradecido por su causa, porque me ha llevado hasta mi verdadera vocación: servir a la causa de la paz como Sheriff de Nottingham».
Robin era perfectamente consciente de que Will sabía exactamente lo mismo que él, que Marian o que Tuck, sobre las verdaderas intenciones de la Iglesia y la Nobleza. Por tanto, aquella declaración de intenciones quedaba totalmente clara para él. Como temía, Will se había vendido al poder; si 'con' o 'sin' condiciones, no era asunto que ahora le preocupara. Aunque sería conveniente conocer todos sus puntos débiles, por lo que pudiera suceder. Tomó buena nota mental de ello.
Indignado y asqueado, hubo de reconocer que aquel hombre se crecía ante un baño de multitudes. Aquel discurso victimista, paternalista y manipulador, rodeado de la impresionante parafernalia formada por la presencia de los más altos miembros de la curia diocesana y por el Cardenal, y flanqueado por imponentes soldados cuya sola presencia lograba que cundiera el miedo en los sencillos corazones del pueblo, había logrado su total atención; todos los allí reunidos escuchaban apenas sin pestañear, subyugados por la aplastante atracción del poder.
«Y eso sólo tiene un posible final: conmigo pisando el cadáver del Encapuchado.»
Ni una voz de protesta, ni un murmullo agónico e inquieto… Nada… tal y como Robin esperaba. El Cardenal sabía hacer su trabajo a la perfección. Y por lo que había podido comprobar, el nuevo Sheriff de Nottingham, también.
Si él no lograba romper el hechizo inmediatamente, tarde hallaría mejor ocasión para desenmascarar las viles y sucias tretas de todos aquellos esclavistas disfrazados de ángeles salvadores. «Bienvenido a la mesa principal», Robin murmuró con desdén. Totalmente concentrado, dispuso una flecha en su arco, apuntó tras una inhalación serena y le dio plena libertad para que, empeñada en ensartar su propio rostro esbozado por un mal artista en una gruesa viga de madera, arrebatase el pergamino de la inerme mano de Will para hacerlo volar hasta herir la enorme viga con sádica crueldad.
Inmediatamente, todas las miradas confluyeron en la figura que parecía haber sido liberada del papel por aquella endemoniada saeta.
Desde un principio, Robin había podido comprobar que no había arqueros apostados entre tanto soldado pues, arrogante, Will se había sentido 'a salvo' entre todo aquel fasto destinado a ensalzar su figura como nuevo Sheriff de Nottingham. Así que decidió sacar el máximo partido de los escasos segundos en que estos tardarían en llegar, alertados por por la todavía atónita figura del nuevo Sheriff. Extrañado, tampoco había localizado a Gisborne entre su séquito… Pero decidió dejar aquella reflexión para un mejor momento.
—¡El Encapuchado…! —rió con desdén, mostrando su imponente figura cuan alta era—. ¡Di mi nombre, Will Scarlet! —le ordenó con voz firme, serena e hiriente—. ¡Nombremos las cosas tal y como son! ¡Digamos a esta buena gente que lo único que ansías es servir a la causa de la paz existente en tus propios bolsillos, repletos de tu infinita arrogancia y de la dignidad arrebatada a los que no consideras más que plebeyos! ¡De su sustento! ¡Tú les ofreces palabras de paz y de consuelo! ¡Pero las palabras no dan de comer a un niño hambriento! ¡Nadie subsiste mediante simples y vacías palabras de ánimo! ¡Ya tienes lo que querías! ¿Ahora qué vas a hacer por 'tu gente', oh Sheriff todopoderoso? —lo retó a responder, desafiante—. ¡Cuéntales a dónde iban a ir a parar todos los impuestos que tan vilmente tus 'nuevos amigos' les han arrebatado! ¡El pueblo ansía pan! ¡Libertad! ¿Se los vas a dar tú? ¿O continuarás la infame labor del déspota que tú mismo ayudaste a derribar, quizá tan sólo para poder ocupar su lugar?
Numerosos murmullos de aprobación comenzaron a hacerse escuchar cual pequeñas islas de luz en medio del subyugado y resignado gentío, intensificándose a cada segundo que pasaba.
Will miró a Robin con tanta rabia violenta, que por un instante fue incluso incapaz de hablar.
—¡Jamás tendrás paz!—Robin juró—. ¡No, mientras una sola de todas estas personas y de sus familias pase hambre y penurias! ¡Vivirás un perpetuo infierno, por el que yo mismo te haré pasar! ¡Por cínico, hipócrita, déspota y traidor a tu propio pueblo!
—¡Atrapadlo! —Will comenzó a gritar como un poseso, haciendo aspavientos—. ¡Acabad con su miserable vida! ¡Hacedlo pedazos y echadlos a los cerdos! — gritó perdiendo los papeles, mientras arrancaba la flecha del cartel y la partía en su rodilla con infinita rabia. Cogió a uno de los soldados por un brazo y casi lo hizo caer por el balcón, del gran empujón que le dio—. ¡Matadlo o morid en el intento!
—Prueba suerte otro día; porque estaré siempre ahí, como tu más negra conciencia —Robin se burló.
Y se escabulló de tejado en tejado, ágil, rápido y sigiloso cual una rapaz nocturna; antes siquiera de que los soldados hubiesen sido capaces de reaccionar.
Infinitamente frustrado, airado y fuera de sí, el Sheriff de Nottingham se marchó del balcón de dos zancadas, derribando a cualquier persona que hallaba a su paso, si era necesario. Mientras, los miembros de la curia diocesana parecían clavados en sus asientos, incapaces de reaccionar. Y los nobles comenzaron a murmurar entre sí y se marcharon, temiendo que una 'flecha perdida' pudiese acabar con alguno de ellos. No así el Cardenal, que seguía mirando al frente, sereno, mientras se acariciaba la barbilla, reflexivo.
Poco a poco, el enorme gentío que se había congregado en el Castillo se fue dispersando, seguido de la curia, y en pocos minutos no existió recuerdo alguno de la pompa y el boato con el que se había pretendido, fallando con estrépito, agasajar a un Sheriff que brillaba por su ausencia.
Inmediatamente, el apodo con el que Robin había bautizado al nuevo Sheriff de Nottingham sin piedad, corrió como la pólvora entre el pueblo llevado en alas del hambre, la enfermedad y el más hondo descontento. Para todo aquel que presenció la pugna de voluntades entre el Encapuchado y el Sheriff de Nottingham, estuvo claro que la muerte sería el único fin para aquella lucha encarnizada de poderes. Pero la muerte… ¿de quién? En lo más hondo de sus almas todos supieron que sus últimos destinos, su misma existencia, dependería de aquella respuesta. Aquel día muchos encomendaron sus almas al Encapuchado, jurando luchar junto a él hasta el final.
