Todo por ti

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Lienzo

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Una vez que hubo cerrado la puerta a sus espaldas, Sasori exhaló lentamente. Los gritos de Hidan se perdían en el pasillo junto con las risas apenadas de Tobi, que seguramente habría hecho un chistecito que le costaría una paliza y que ameritaría otra intervención audaz de Deidara. Bajó brevemente los párpados, exhalando un suspiro. La cuestión con Hidan era sencillamente irremediable. Había resultado ser más explosivo que el mismo Deidara, aunque decirlo probablemente fuese a ofenderlo.

Afortunadamente, pese a la escena escandalosa que se había suscitado en el pasillo, en el silencio resguardado por las cuatro paredes Sakura dormía plácidamente sobre la cama. Una discreta sonrisa tiró de sus labios. El alboroto producido por Hidan no parecía haberle perturbado el sueño. Aun cuando hubo maldiciones, gritos y amenazas, dentro de su habitación Sakura albergaba la calma de un santuario. No era la primera vez que se percataba de ello, de que Sakura transmitía una profunda paz. De hecho, tal vez aquella había sido la razón por la que en primer lugar le permitió curarlo la ocasión en la que Uchiha y el Jinchüriki lo hirieron. Si Sakura no hubiera prometido con la calidez de sus ojos que no le haría daño, las cosas hubieran sido diferentes. O tal vez no. Después de todo, dudaba haber sido capaz de dañarla o siquiera de escapar dadas las condiciones en las que se encontraba. Hasta donde recordaba las posibilidades eran nulas; pero lo cierto es que tampoco había intentado hacer mucho. ¿Había tratado de convencerse de que yacía allí indefenso, mientras ella lo curaba, porque no tenía otra opción cuando en realidad había sentido el deseo infundado de confiar en ella y permitir que cuidase de sus heridas? A decir verdad, no sabía.

Sasori no podía explicar muchas cosas, aún cuando se regocijaba fingiendo tener todo bajo su control. En principio y normalmente, al menos, solía ser así. Aunque debía reconocer que Sakura había quitado un par de cuestiones de lugar en el momento en el que apareció en su vida y, por primera vez, sus ojos no lo miraron con la repulsión con la que se mira a un asesino. Sakura había derrumbado la barrera que existía entre ambos con un acto simple y humilde, preocupándose y cuidándolo como si fuese uno de los suyos. Tal vez la distancia que desde el principio los separaba no era tan enorme como habían pensado; un gesto había bastado para que dejasen de ser enemigos. Se preguntó si verdaderamente el peso de quienes realmente eran podía alivianarse debido a la forma en la que los ojos del otro los veían. ¿Acaso era suficiente para que Sasori dejase de ser un asesino que los ojos de una mujer como Sakura lo mirasen como algo más? ¿Bastaba que él la viese como la mujer valiente que era para que ella ya no fuese sólo una kunoichi con reglas y órdenes que cumplir —entre las que seguramente se encontraban matarlo? Víctima del escepticismo, Sasori negó silenciosamente con la cabeza. Aún había mucho más. No podía desprenderla de sus obligaciones con su deseo. Y los ojos de Sakura no podían curarlo.

A pesar de que parecía un sinsentido, no concebía la idea de que se marchase ahora que su cuerpo comenzaba a habituarse a ella. Las incompatibilidades entre sus raíces, valores, deseos y sueños parecían una razón insuficiente, aún cuando la sensatez las esgrimía a gritos como motivos válidos para que no se volviesen costumbre el uno del otro. En el medio de la guerra de sus ideales, Sakura había resultado ser un refugio, la fuente inagotable de tranquilidad que por tantos años le había hecho falta, cuando la sangre y la violencia se volvieron moneda corriente, pan y agua para su vida. ¿Por qué razón desearía dejarla ir, ahora que parecía volver a otorgarle un sentido a su existencia? Tal vez debido al recuerdo turbio de su infancia o a las vivencias de los años posteriores al momento en el que dejó Suna, Sasori vivió por mucho tiempo sin una idea clara acerca de aquello a lo que realmente aspiraba. No tenía nada que defender, nada que desear, nada excepto tal vez encontrar en algún lugar un recuerdo sensible, algo que despertase sentimiento alguno en su pecho por medio de su relación con su familia, lo único a lo que recordaba alguna vez haber amado. Merodeaba estoico e impasible por el mundo, indiferente al sufrimiento o al dolor de los demás. Y, aún cuando cuestionaba la idea de la moral, tan abstracta y utópica, Sasori sabía que había algo mal. Pero no comprendía por qué debía eludirlo, cuando nadie recompensa a quien distingue uno de otro. Sakura podía ser una buena razón. Sasori acababa de encontrar un Norte.

Inconscientemente, Sakura se removió entre las sábanas, modificando la posición en la que dormitaba. Mechones de cabello rosados cayeron sobre su rostro y, aún ligeramente despeinada, bajo la tenue iluminación de la habitación y en medio de un sitio que jamás había sido precisamente acogedor, a Sasori le pareció increíblemente hermosa. Bajo su mirada Sakura era no sólo una pieza de arte, sino la representación de aquella belleza eterna que como artista había estado buscando. Perfecta, desde la punta del cabello hasta los pies. Desafortunadamente, no podía regocijarse pensando que había sido su artífice —Sakura era real, tan real como cada una de las emociones con las que vibraba cuando sus manos la tocaban—, pero al menos podía cuidarla, puliéndola y preservándola con la suavidad, el esmero y la dedicación que alimentaba el amor. Ese era el plan. Y, a decir verdad, estaba satisfecho. No podría haber deseado más.

Se deshizo vagamente sobre una silla, preguntándose si sería incorrecto acariciarla aún inconsciente en los brazos de Morfeo. Si lo hubiera hecho tiempo atrás, la primera noche que Sakura yació sobre su cama, lo hubiera sido; el roce de las manos de un Akatsuki le hubiera provocado escalofríos, incluso dormida. Sasori sabía lo mucho que ella los aborrecía, y no la culpaba. Por eso en esa ocasión se limitó a observarla, aún cuando sus manos ardían por rozar la palidez de su piel de porcelana. Entonces había pensado que ella estaría fría (lo suficiente como para apaciguar el ardor en la punta de sus dedos). Fue una sorpresa descubrir la calidez de su cuerpo tiempo después, cuando tocarla fue correcto y Sakura recibió sus caricias como si nada fuese tan placentero en el mundo. Inocente, sutil, suave. Sasori temía que Sakura fuese a romperse cuando sus manos ásperas la acariciaban, porque ella era suave como la seda y él jamás había cuidado sus manos, que habían laborado sinfín de materiales y, aún hábiles y precisas, habían comenzado a desgastarse. El contraste era atractivo, pero sin duda inquietaba a Sasori, que estaba convencido de que jamás sería lo suficientemente cuidadoso como para preservarla así como quería. (A Sakura, sin embargo, le gustaban las manos de Sasori. Porque eran las de un artista). Sin saber que tanto como ella él deseaba acariciarla, Sakura estiró un brazo a lo largo del colchón, buscándolo sin pensar, allí entre sus sueños o a su lado en la cama.

Resignado, Akasuna se giró, recorriendo con la mirada la obra que sobre el atril aguardaba por su atención. Sobre el lienzo, las marcas débiles de un lápiz que había creado el boceto de su pintura dibujaban un paisaje, el centro de un valle cuyo arroyo apenas podía verse al fondo. Arbustos, flores, árboles. Una silueta humana al pie de un árbol. Faltaban, sin duda, muchos detalles, pero Sasori tenía una memoria magnífica. La imagen seguía intacta en su mente, tanto que si bajaba los párpados podía oír el arrullo del agua recorriendo el cauce, mientras el sol bañaba el césped y el silencio inundaba sus sentidos. Cuando pensaba en aquel instante, no había más; sólo él, la calidez de los rayos del sol y una infinita paz que el pecho no hubiera reconocido si no la hubiera experimentado antes, cuando la belleza de un prado en la Tierra del Fuego lo cautivó. Lo único que le preocupaba era no poder retratar correctamente el valor que tenía para él aquella escena.

Se quitó la capa de la organización, la apoyó sobre el respaldo de la silla y fijó su mirada sobre los vacíos en la obra. Aún restaba mucho por hacer. El boceto, lejos de ser impecable, requería algunas correcciones, pero Sasori jamás había pensado en el primer resultado como el definitivo, al contrario. Sabía de antemano que su obsesión perfeccionista no le permitiría finalizar el trabajo; pero lejos de desanimarlo, la idea le transmitía cierta paz. Al menos, mientras tuviese la necesidad de mantener el recuerdo vívido para retratarlo, la imagen seguiría presente en su mente. Con las yemas de los dedos dibujó el césped, pintándolo de tonalidades verdosas en su mente, coloreando el blanco del lienzo. Un suspiro. Depositó los pínceles y acrílicos sobre una mesa junto al atril, ordenados los primeros del más fino al más grueso, los últimos en una escala imprecisa. Y en el silencio de la habitación, apenas iluminado por la luz de una llama, mezcló con el reverso del pincel los verdes, buscando que encajasen con el que la memoria le dictaba. Los círculos sobre la pintura desparramaron los colores, haciendo que se mezclasen y creasen formas ambiguas sobre la paleta. La tonalidad verde de la intensidad de un trébol le satisfizo. La primera pincelada recorrió el terreno llano. Y Sasori se perdió en la intensidad de su obra.

Entre parpadeos, Sakura oyó los movimientos sutiles que Sasori realizaba dentro de la habitación. Acomodándose sobre la cama, buscó la silueta del pelirrojo dentro de la habitación.

Sakura observó con curiosidad, y sin pronunciar palabra, la parsimonia con la que Sasori pintaba sobre el lienzo. Los gritos en los que había estado inundado el pasillo minutos atrás lo delataban; había sido parte de una discusión y un enfrentamiento, pero en la calma de su rostro no parecía haber quedado vestigio alguno de ello. Era como si sencillamente no hubiera sucedido, al menos para él. A pesar de que al oírlos había pensado en intervenir, Sakura comprendió pronto que no le correspondía; aparecer allí sólo hubiera adherido problemas a los que Sasori tenía. Por eso se acurrucó sobre la cama en ese momento, deseando dormirse otra vez. Y sin saber cómo, lo logró.

Ahora Sasori estaba impasible, sentado en un rincón, pintando en silencio el reflejo de un árbol sobre el agua de un arroyo, como si en ningún momento Hidan lo hubiese enfrentado, como si sus provocaciones no hubiesen logrado siquiera perturbarlo. Las pinceladas detallaban el reflejo de las hojas minuciosamente.

Entre las mismas cuatro paredes que Sasori, Sakura se sentía segura. Estaba convencida de ello porque, aún cuando sus enemigos estaban a una puerta de distancia, le bastaba saber que él se encontraba allí para sentirse a salvo. Siempre que estuvo a su lado fue así, incluso cuando él no era más que un enemigo y el sentimiento había resultado ser extraño y bochornoso. Sakura sabía muy bien que nadie podría haberla comprendido, porque ni ella misma lo hacía. Pero, por una u otra razón, jamás le había temido a Sasori. Y no parecía tan absurdo en su cuerpo como lo era en la realidad.

Se puso de pie lentamente, procurando no hacer ruido, y se dirigió hacia el pelirrojo con pisadas ligeras, tan silenciosas que Sasori ni siquiera se percató de su presencia. Sus manos guiaban delicadamente el pincel a lo largo del lienzo, no parpadeaba y tenía los labios ligeramente entreabiertos. Estaba tan concentrado que ni los mismos gritos de Hidan lo habrían perturbado. Su dedicación hizo sonreír inconscientemente a Sakura, quien lo observaba embelesada. Cuando la mirada de Sasori se asentaba sobre una de sus obras su estado de abstracción era magnífico, capaz de alejarlo del mismo presente.

La obra aún no estaba terminada. De hecho, estaba bastante lejos de verse concluida; Sakura persiguió, estriñendo apenas los ojos, cada línea, buscando reconocer cada uno de los detalles en la pintura sin necesidad de preguntarle a su autor. El paisaje dibujado era el de un área verde, un bosque o un valle, donde los árboles tenían copas frondosas y el agua del arroyo corría modesta. El césped brillante al que Sasori le daba color cubría todo el suelo, las flores habían sido salpicadas a lo largo del espacio, pequeñas, entre algunos capullos y dientes de león. Mientras los observaba, Sakura sintió cierta nostalgia.

—Hermoso—musitó, siguiendo con las pupilas los trazos sobre el arroyo verdoso.

—Espero que no te refirieras a mí así.

Al oírlo, Sakura chasqueó la lengua y esbozó una sonrisa. Golpeó suavemente el hombro masculino, sin atreverse a mediar respuesta. A veces era difícil descifrar el humor de Sasori. Y, pese a que para ella eso había sido un chiste, bien cerca de ser una advertencia podría haber estado. Sin pensar se acomodó a su lado, aferrándose lánguidamente a la calidez de su cuerpo y procurando, al mismo tiempo, no estorbarlo. Sasori exhaló lentamente al sentir la suavidad de sus manos sobre su brazo, el aliento cálido acariciándole el hombro.

—¿Qué es? —inquirió ella sobre su piel.

A él le tomó un par de segundos replicar.

—Creí que te resultaría familiar.

El ceño de Haruno se frunció, preguntándose por qué debía serlo. Como toda kunoichi, Sakura tenía un conocimiento vasto de su tierra, pero no recordaba ningún paisaje semejante. Había recorrido los sitios más hermosos de la tierra del Fuego con Naruto y Sasuke, pero éste no parecía estar en la lista. No pudo evitar sentir cierta envidia por los ojos de Sasori, que seguramente debían haberse bañado en el arroyo de ese valle alguna vez. El paisaje debía ser extraordinario como para que se tomase la molestia de retratarlo; por eso Sakura tomó una decisión: la próxima vez que saliesen de la guarida de Akatsuki, le exigiría que la llevase allí, para corroborarlo ella misma. Su propia determinación hizo que esbozase una sonrisa de pura satisfacción. La idea de visitar ese sitio con Sasori la entusiasmaba más de lo que sospechaba. Aunque, claro, había que ver cómo harían para salir sin que los interrogasen o intentasen enfrentarlos primero. Un suspiro.

Antes de que el silencio se instalase, la kunoichi ávida de respuestas decidió hacer su apuesta: —Oí tu discusión con Hidan hoy—musitó, bajito, con los ojos fingidamente distraídos en algún sitio de la habitación.

—Ah…

La respuesta fue escueta y algo tajante, pero Sakura había comenzado a acostumbrarse a Sasori; lo suficiente al menos como para saber que, pese a que su pregunta no lo había incomodado en lo más mínimo, no se le antojaba hablar de ello. Sin embargo, no estaba satisfecha con su silencio. No podía estarlo.

—¿Está todo en orden?—insistió.

—Ellos no confían en mí—replicó él con su reconocido temple. —Yo tampoco lo haría.

Sakura resistió el impulso de replicar con una frase comprometedora mordisqueándose el labio inferior. Ella sí confiaba en él. De hecho, esa era la razón por la que le había abierto las puertas de su vida, para que formase parte de ella. Ella sí confiaba. A pesar de que hubiera parecido insensato para cualquiera, Sakura confiaba en Sasori. No hubiera esperado que nadie lo comprendiera; a decir verdad, aún era difícil de explicar para ella. Pero confiaba en Sasori. Él jamás le había dado razones para hacer lo contrario y, pese a que su comportamiento podría haber despertado dudas en el resto de los miembros de Akatsuki, a Sakura no le parecía justo que lo juzgasen. No aún.

Haruno, ya bien conocida por su pasión por el valor que llaman justicia, reaccionó al instante:

—¿Por qué? ¡No estás haciendo nada malo! Aún cuando todo esto es sospechoso, no traicionaste a nadie, Sasori. No ganarías nada haciéndolo—frunció el ceño, casi inconscientemente—, ¿qué no lo ven?

Su arrebato, para Sasori, no fue más que predecible. Por eso es que tal vez su réplica estaba tan calculada como la pausa que la precedía:

—…Es una situación muy delicada.

—¿Por qué?—insistió.

—Lo es. Y punto.

Sus ojos seguían fijos sobre la pintura. Sakura no fue ni siquiera capaz de percibir la leve tensión con la que su mano sostenía el pincel, la respuesta indeseada que sus indagaciones generaban en su cuerpo. Aún bajo su aspecto impasible, Sasori era humano y, como tal, reaccionaba.

—Esa no es una explicación.

—¿Necesitas una que vaya más allá de lo evidente? —masculló.

Incapaz de acobardarse ahora, Sakura arqueó las cejas: —Sí.

—He traído al mismo enemigo al escondite de la organización; después, claro, de haberlo liberado cuando todos esperaban que lo utilizásemos como rehén. Mis propios compañeros me han visto en los alrededores de Konoha sin una sola buena excusa que esgrimir. Me he negado a hacer los intereses de la organización míos y me he limitado a cumplir con órdenes explícitas, evitando involucrarme tanto como me lo ha permitido la situación. Mentí. Más de una vez. Muchas. Es natural que mi comportamiento no les agrade.

El tono de su voz jamás varió. Aún explicando las causas de su enfrentamiento con el resto de los miembros de Akatsuki, Sasori lucía aburrido, como si el tópico no mereciese un cuarto de su preocupación o su tiempo. Es más, hablaba con la sensatez del victimario y no con las excusas de la víctima. No pudo evitar pensar que Sasori debía de haber analizado la situación mucho antes de que ella lo hiciese. Tal vez, de alguna forma, esperaba que los hechos se diesen así. La indiferencia de Kakuzu, el temor de Tobi, las amenazas de Hidan y la preocupación de Deidara. La reacción del resto de sus compañeros no parecía impredecible después de todo, y Sasori siempre había sido muy bueno analizando las cosas. Sabía que tarde o temprano lo increparían. Pero no había parecido importarle. De hecho, su indiferencia sorprendió a Sakura. ¿Podía estar tan tranquilo cuando Hidan prácticamente lo había acorralado en la puerta de su habitación con un millón de amenazas y sed de sangre en las pupilas? Al parecer, sí.

Contrariada, lo miró de soslayo; los labios entreabiertos y el semblante repentinamente angustiado.

—Entonces vámonos—soltó, de repente. —Juntos.

Como si ella hubiese estado tomándole el pelo, Sasori la observó por el rabillo del ojo: —¿A dónde?

Aún cuando Sakura hubiera podido fingir tener una respuesta sensata, la sorpresa con la que se irguió su cuerpo al oírlo la delató: No tenía ni la más pálida idea. Tampoco es como si hubiese un sitio donde las posibilidades de que ANBU de Konoha los encontrasen fuesen nulas. De hecho, Sakura hubiera dicho que no había lugar donde pudiesen refugiarse de Konoha y de Akatsuki al mismo tiempo; pero, a decir verdad, por alguna razón, temía un poco más a los últimos. Sasori estaba violando los límites de la tolerancia que los miembros de Akatsuki conocían. Tarde o temprano esconderse en su guarida sería más peligroso que sensato. Aunque, por supuesto, marcharse tampoco era garantía de que Akatsuki los dejaría en paz. Todo lo contrario, en realidad.

—A donde sea— sin embargo, no se atrevió a vacilar. —Diría Konoha si cupiese la más mínima posibilidad de que alguien en la aldea estuviese de acuerdo con ello, pero no es así y…

Hubiera deseado que sí. Hubiera deseado que refugiarse en Konoha fuese una posibilidad. No sólo para ella, sino para Sasori. A decir verdad, no existía un sitio más seguro en el mundo ninja para un shinobi que su propia aldea; tal vez aquella era la razón por la que no podía pensar en ningún otro lugar. Sin embargo, aún cuando Sakura reconocía Konoha como su hogar, parecía que Konoha ya no la reconocería como su aldeana. Una mezcla extraña entre indignación e impotencia le cerró la garganta. Entre el numero extenso de aldeas, naciones y tierras jamás encontraría un sitio como su hogar. Y, aún cuando había estado dispuesta a renunciar a él, comenzar a asimilarlo despertaba una forma extraña de melancolía que no había experimentado jamás. Había dicho adiós a Konoha sin siquiera pensar en que jamás volvería a pisarla.

—Vámonos juntos—reiteró, con el brillo de la nostalgia sobre las pupilas.

Sasori pudo leer a la perfección el arrepentimiento en su expresión. No le sorprendía en lo absoluto. Tampoco podía juzgarla por ello. Aún cuando Sakura y él llevaban poco tiempo juntos, Sasori hubiera podido decir de ella más que lo evidente. Y sabía que sus raíces eran lo que la sostenía. No comprendía el sentimiento del todo, parecía inconcebible para él, que aborrecía todo lo relacionado con su pasado, pero podía verlo perfectamente reflejado en ella, en sus metas, sus ideales y sus sueños. Las pupilas de Sakura no veían sino a través del marco que Konoha le había otorgado. Se preguntó si al marcharse Sakura habría pensado que alguna vez lograría desprenderse completamente de su lazo con la aldea, olvidarla hasta que estar lejos fuese tolerable. La experiencia que le robaba en años y el ímpetu con el que Sasori se aferraba a los recuerdos de su infancia (esos que también le cerraban la garganta y le sacudían el corazón con ira) le permitieron concluir que era un imposible, especialmente cuando el vínculo que Sakura guardaba con su aldea jamás se había visto corrompido. La apuesta que había hecho había resultado ser sumamente ilusa. Jamás olvidaría.

—Regresa a Konoha, Sakura.

El tono de su voz no admitía una réplica, pero Sasori no parecía estar ni un poco molesto. Sus ojos se habían detenido sobre su obra y su expresión no delataba aflicción alguna, como si lo que acontecía entre ambos fuese natural. Será que, de alguna forma, había podido anticiparlo: tarde o temprano, la determinación de Sakura flaquearía. Jamás había pensado en Sakura como una mujer débil; de hecho, no lo era en lo absoluto. Pero resulta que el desenlace, por más que ambos deseasen lo contrario, seguía siendo algo obvio. Después de todo, no había nada que Sasori pudiera darle que el afecto de sus camaradas no pudiera suplir. Más importante aún, el futuro a su lado no era nada sino incierto, mientras que en Konoha la certeza de una vida próspera era incuestionable. Sakura regresaría, tarde o temprano, porque la aldea la reclamaba de la misma forma en la que su corazón la anhelaba. Por eso jamás intentó persuadirla de que se marchase, porque sabía que si la determinación no era suya el lapso de tiempo juntos sería efímero. Sakura regresaría. Sorprendentemente, en el fondo, ambos lo sabían.

Y aún cuando estaba cantado por el destino, ella frunció el ceño al responder:

—No.

Nadie hubiera podido creerlo; ¿quién hubiera dicho que una negativa por parte de Sakura lo dejaría absorto? A pesar de que su expresión se mantuvo inmutable, Sasori no pudo evitar pensar que no tenía sentido. Ni su respuesta, ni su mirada, ni siquiera su determinación. ¿Acaso Sakura le llevaba la contra por el mero gusto de hacerlo? Parecía la única alternativa posible, porque no había nada que fundara ese monosílabo imprudente suyo.

—¿No? —repitió. El tono de su pregunta fue sutil (casi como si la suya fuera una afirmación), pero Sakura no se amedrentó por la ambigüedad en su voz.

—Tomé una decisión.

Las palabras, para Sasori, no merecían ser desperdiciadas. Incapaz de comprender a qué se refería Haruno, escéptico, arqueó las cejas.

—Ya no tengo dónde regresar, Sasori.

Tal vez no. Comprendía, al menos un poco, la razón por la que lo decía. Si Sakura había sido efectivamente acusada por sus propios compañeros frente a la Hokage, las posibilidades de que su aldea la esperase con los brazos abiertos eran nulas. Excepto, claro, por una persona, aquella a la que no le hubiera importado que Sakura traicionase a un cuerpo shinobi entero mientras tuviese una justificación. El Jinchüriki de la aldea de la Hoja era especial, un caso único que merecía ser evaluado aparte. El resto de la aldea, sin duda, debía opinar distinto. Pero, incluso si no fuera así, si los rangos superiores ignorasen su traición, si en la Raíz decidiesen no darle caza, de la forma en la que Sasori veía las cosas, aún había un factor que Sakura no había tenido en cuenta. ¿Se habría esparcido la noticia de su deserción? Aún cuando ella tenía la certeza de que sus camaradas sospechaban, aún cuando había dejado detrás de ella una pequeña pista escrita de su puño y letra, no era seguro. Lo más probable era que la Hokage hubiese encargado a un grupo de ANBU la misión de encontrarla y regresarla a la aldea, antes de iniciar un juicio con el fin de evaluar el peso de su traición y el valor de su condena. Si Sakura regresaba a Konoha y convencía a un grupo reducido de personas de su inocencia, entonces probablemente fuese absuelta. Konoha no estaba lista para llevar a cabo el juicio de una kunoichi respetada y admirada como Sakura. Konoha no podía enfrentar, en aquel momento, el dolor, ni la pérdida de una kunoichi como Sakura. Más importante, para Konoha su traición era inconcebible y, tal vez, aún cuando su actuar había sido imprudente e inmoral, aquello jugaba a favor suyo. Si su partida no era, aún, un hecho conocido, si lo deseaba, Sakura podía regresar a Konoha.

—Estás anticipándote…—murmuró, más receloso de lo que le hubiera gustado sonar.

—Dejé Konoha sin permiso de mi Kage. Mis amigos saben lo que hice. Los engañé. Puse en peligro a mi aldea. Yo…

La interrumpió con desgano, porque la secuencia culposa de la que hablaría no era más que su miedo exacerbado: —Te marchaste porque creíste que era lo correcto, porque pensaste que así estarías protegiéndola.

Al oír sus palabras, Sakura asintió, el corazón encogiéndosele en el pecho. No pudo evitar pensar en las palabras de Sasuke la noche en la que se marchó. Después de que la hubiera acusado con la frialdad digna de un ANBU de la Raíz, Sakura no fue capaz de replicar. No quiso. Sasuke tenía razón. Había sido imprudente, ilusa e infantil; se había olvidado de su nombre, su posición y su rango. Y, por sobre todas las cosas, no había sido capaz de reconocer su vulnerabilidad. O no había previsto aquel detalle. Pese a su fuerza, su técnica y su habilidad, Sakura era una presa fácil para el sharingan, siempre lo supo. ¿Por qué entonces no había reparado en que estaba depositando los secretos de su aldea en las manos de Akatsuki? ¿Cómo no se percató de que, aún si hubiera podido hacerle frente a la mitad de los miembros de la organización, bastaba con que Itachi se involucrase para que la suya fuese una causa perdida? No parecía propio de Sakura, pero mucho había cambiado desde que conoció a Sasori. Recién se daba cuenta. Hubiera sido exagerado decir que sus prioridades se habían desordenado, pero debía admitir que había adherido un par a su lista. Konoha siempre sería importante, pero su felicidad también. Y, de repente, no podía verla sin él.

—Es que era la única forma…—murmuró, con los ojos fijos sobre la obra de él.

—¿De qué?

—De mantenerme a tu lado.

La confesión turbó a Sasori más de lo que cualquier insulto, golpe o arrebato lo hubiera hecho. Parpadeó, casi confundido, como si no pudiese comprender por qué ella habría dicho tales palabras.

—Me marché porque no podía dejarte ir—agregó, en un tono de voz que apenas era audible.

Parecía una locura que Sakura estuviese confesándole aquello en aquel instante, cuando acababa de sugerirle que se marchase. Parecía una locura que, alguna vez, una kunoichi de la Hoja que había estado dispuesta a dar su vida por su aldea, hubiese colocado sus sentimientos y a un asesino en la escala de sus prioridades. No tenía lógica. Aún cuando oírlo de sus labios debería haberlo conmovido, Sasori no supo interpretar qué era lo que sentía. En su lugar, tuvo la impresión de que el sinsentido del que Sakura hablaba lo molestaba más de lo que lo halagaba.

—Tal vez dejaste demasiado por mí, Sakura—musitó él.

Desconocía que lo dejaría todo por él.

Sakura esbozó una pequeña sonrisa que denotaba nostalgia y tristeza, pero infinita ternura, pese a que había percibido el tono acusatorio con el que él había hablado.

Acarició su mejilla a modo de respuesta: —Es que te quiero…

El peso de las palabras perturbó a Sasori. Incapaz de disimularlo, contrariado por sus propios sentimientos y la situación en la que se encontraban, el pelirrojo inclinó suavemente su rostro en dirección a Sakura. Besó sus labios con parsimonia, sin pensar, siguiendo el impulso que el mismo inconsciente dictó. Sostenía aún con la diestra el pincel, la palma apenas apoyada sobre la rodilla femenina, mientras Sakura le correspondía con suavidad. Sabía, aún sin mirarla, que sus mejillas se encontraban encendidas, que su corazón galopaba y que los ojos le brillarían risueños luego, cuando volviese a mirarlo; pero aquellos eran sólo detalles que Sasori había comenzado a leer en Sakura, sutilezas que Haruno jamás reconocería y que, sin embargo, hacían en gran parte a su carácter.

Cuando ella besó pausadamente la comisura de sus labios, descendiendo por su barbilla, Sasori entreabrió los ojos, sólo para comprobar lo predicho. Como muchas otras veces, había acertado. Algo muy semejante a una sonrisa adornó su rostro y Sakura percibió dicha curva con deleite, retratándola a través de la incredulidad de sus pupilas. Tomó suavemente su mano entre las suyas y acarició con las yemas de los dedos la palidez de su piel. En silencio Sasori detalló cada roce, memorizándolo, analizándolo cuidadosamente, preguntándose si acaso podría imitar la ternura de aquel gesto, como si alguna vez una sensación tan humana hubiera podido ser repetida, plasmada en un lienzo o explicada con palabras. Las manos de Sakura eran cálidas y suaves. Pero eso no hubiera bastado para describir lo que Sasori sintió cuando ella lo tocó, ni siquiera por asomo. Y comprender que algo tan básico, tan esencial como la naturaleza de una caricia, no podía ser representado por las manos de un artista hizo que por primera vez dudase acerca de la relación íntima entre ambos: el arte y el hombre. ¿Cuál era el fin, si no podía encontrar en la primera el estado más puro de los sentimientos que sólo se experimenta en la piel?

Las palmas de las manos enmarcaron su rostro y Haruno volvió a besarlo. Bajó los párpados, pero el dibujo del iris jade de Sakura brilló en la oscuridad de su mente, mientras sus labios abrigaban los suyos. Anonadado, Sasori permitió que las caricias recorriesen su pecho y los besos se dispersasen, mientras apoyaba el pincel sobre la paleta en la que había estado mezclando los colores.

Deslizó las palmas de las manos por los brazos de Sakura, dirigiéndose posteriormente a su espalda y reduciendo la distancia entre ambos, pidiendo sin palabras tenerla cerca. El apretón, aún algo torpe, fue sencillo de comprender, y Sakura deseó poder deshacerse en sus brazos al sentir la presión de sus manos. Su diestra trepó por el hombro masculino y acarició suavemente su nuca, enredándose entre las hebras rojizas.

A través de las largas pestañas, Sasori observó a Sakura. Los ojos jades lo miraban con devoción. No recordaba jamás haber sido contemplado de aquella forma. Se preguntó cómo se vería para ella a través esos ojos verdes suyos, si para ella él sería tan real como ella lo era.

Sin quitar sus manos de su piel, la kunoichi se puso de pie y extendió su mano, invitándolo a tomarla con solemnidad. Divertido, tal vez, por la inocencia de su actuar, giró su cuerpo hasta posicionarse completamente de frente a ella. En lugar de tomar su mano, haló suavemente de ella, obligándola a dar un paso al frente. Tan pronto como la silueta de Sakura se encontró frente a él, apoyó su frente cerca de su vientre, inspirando lánguidamente mientras la suavidad de la caricia de Sakura se perdía entre las hebras de su cabello. El contacto fue inocente, dulce y extrañamente maternal. Un segundo antes de alzar la mirada, besó silenciosamente la piel a través de la ropa de Sakura.

Expectante, Haruno lo observaba. Por primera vez, no parecía estar buscando palabras ingeniosas para ocupar el espacio del que el silencio instalado entre ambos comenzaba a apoderarse. Parecía, en cambio, encontrarse obnubilada, demasiado concentrada tratando de anticipar su próximo movimiento. No leyó timidez ni ansiedad en su rostro; sólo una estela imperceptible del sonrojo que su beso le había robado.

Delineó en silencio su cintura con las palmas de las manos, descendiendo lentamente. Allí donde sus prendas enseñaban una ínfima porción de piel, cerca de su cadera, volvió a besarla. Percibió el sutil escalofrío, la forma en la que su cuerpo reaccionaba frente a la intimidad de aquel contacto, y sonrió. Las yemas de los dedos se colaron por debajo de la prenda que cubría el busto femenino antes de que sus labios volviesen a acariciarla, y sus pulgares iniciaron un recorrido ascendente a lo largo de su piel, cautos, sin prisa ni aspereza. Apenas había rozado sus costillas cuando sintió la inspiración profunda de Haruno, la caja torácica expandiéndose. Una mirada inquisitiva. Sakura pasó saliva lentamente.

El nerviosismo de Haruno hubiera podido ser confundido con un escalofrío debido a la temperatura fría de sus manos, un cosquilleo, absolutamente nada especial, por eso es que Sasori lo pasó por alto. De hecho, ni siquiera le pareció extraña la reacción de Sakura cuando sus manos alzaron con parsimonia la prenda que la cubría, enseñando el inicio del sostén. Un instante después de que hubiera vislumbrado el encaje, Sakura colocó sus manos cerca de las suyas, completando su tarea y deslizando la prenda a lo largo de sus costados. Y Sasori no vio ansiedad ni tensión en su gesto.

La figura de Sakura era delgada y pequeña, femenina como siempre se había visto, incluso debajo de la ropa que usaba durante sus misiones, incluso cuando se ponía en cuclillas antes de asestar un golpe. El tamaño de sus pechos era moderado, su cintura era pequeñísima y su piel excepcionalmente pálida. Existía una armonía curiosa en la delgadez de sus extremidades y las curvas de su anatomía. Sasori no pudo evitar pensar que Sakura era la clase de modelo que un artista retrataría en un desnudo, elegante y sugerente. Se preguntó si algún día le permitiría dibujarla así, para su propio deleite. Pensó que sugerirlo sería un desvarío.

Las tonalidades rosadas en el rostro de Sakura se acentuaron bajo su escrutinio. Asumió que la culpable debía ser su mirada, que había recorrido cada línea, sombra y terminación, pero no se atrevió a desviarla. Más aún cuando, con calma, la fémina lo guio hacia la cama en el interior de la habitación, dándole por un breve lapso de tiempo la espalda y escondiendo su azoramiento. A Sakura le hubiera gustado poder negar que Sasori, en aquel instante, la inquietaba, pero no hubiera convencido con su mentira ni a la persona más despistada del planeta. Hubiera sido absurdo.

Sasori se anticipó, sentándose sobre el colchón con los ojos prendidos de la mirada jade, que por primera vez titubeó mientras la contemplaba. Sakura no tenía idea de lo que estaba haciendo desde el momento en el que lo besó, pero no había percibido la intensidad de la mirada de Sasori hasta entonces, cuando el brillo tentador del deseo le iluminó los orbes. Repentinamente, se sintió pequeña, demasiado inexperta como para siquiera saber la forma en la que debía continuar. Dudó acerca de si Sasori habría visto a través de la confianza que había intentado aparentar, si se habría percatado de que sus manos habían temblado con cada roce y de que el corazón estaba a punto de salírsele del pecho. Se preguntó si sabría que su inexperiencia le avergonzaba, pero que no estaba dispuesta a pedirle que se detuviera ahora que su determinación florecía. Después de todo, aún bajo los ojos de la Sakura que solía tomar malas decisiones, ésta no lo era. Y estaba dispuesta a lidiar con las consecuencias en el caso de que lo fuese. Como desde el primer instante, su impulso se sustentaba en esa confianza que era incapaz de explicar y que Sasori despertaba en ella.

Timidez y pudor. Se sentó a horcajadas suyo, besándole suavemente los párpados y acariciando con las yemas de los dedos la palidez de sus pómulos, guiando inconscientemente sus labios hacia los suyos. ¿Y qué importaba si no sabía? ¿Y a qué le temía? ¿Y por qué? Haruno resolvió que no estaba dispuesta a acomplejarse por absolutamente nada, especialmente cuando no tenía por qué. Las manos de Sasori la acariciaban con ternura. Quererlo parecía correcto. Y qué ironía, porque nadie jamás hubiera pensado que lo fuera.

Había cerrado los ojos cuando la sonrisa le adornó el rostro, justo sobre la boca de Sasori. Él tampoco pudo verla.

Suspiró, bajito, aún sobre su cuerpo, y sin mirarlo escondió su rostro cerca de su cuello antes de depositar un beso breve sobre su mandíbula. En el silencio de una habitación donde lo único que Sakura podía oír era el sonido de sus respiraciones, opacando el latido de su corazón, mientras sus labios rozaban ocasionalmente su piel, se movió torpemente, de adelante hacia atrás, de derecha a izquierda, frotando la calidez de su intimidad contra la erección de Sasori, que comenzaba a erguirse debajo del pantalón. Fue sencillamente instintivo. Poco sabía Sakura acerca del sexo, no mucho más que el placer que el roce de su cuerpo contra el de Sasori le producía, por eso se mantuvo cerca, mientras él descubría su cuerpo con las yemas de sus dedos.

Al cabo de unos minutos, con las manos rozando el broche del sostén, Sasori se humedeció los labios, titubeante. La miró, las preguntas brillando en el café de sus ojos. Sabía muy bien lo que deseaba, pero definitivamente desconocía lo que atravesaba la mente de Sakura, que a veces podía ser tan fácil de leerse como un libro abierto y a veces parecía un mismo lienzo donde los colores y figuras representaban tanto que comprender parecía imposible. De ninguna manera hubiera deseado incomodarla o hacerla sentir insegura, pero Sakura no había articulado palabra y sus pupilas parecían estar buscando las respuestas en sus ojos, aún cuando ella debía darlas. La incertidumbre que aquello le producía casi le hizo fruncir el ceño.

Como si se hubiese percatado de ello, con las mejillas sonrosadas, Sakura enredó sus dedos en la prenda que cubría el pecho de Sasori, arrastrándola torpemente a lo largo de su abdomen. La respuesta que Sasori aguardaba podría bien haber sido más concreta, pero creyó leerla a través de su gesto; le ayudó con calma a alzar la prenda, desprendiéndose de ella.

Sus manos treparon suavemente por las curvas de su cintura. Sakura se mordisqueó el labio inferior cuando las palmas de Sasori encontraron su sostén, resbalando por debajo de las copas y presionando firmemente sus pechos. Un suave ronroneo vibró en su garganta. Contra las manos ásperas del pelirrojo, los pezones de Sakura se irguieron, cómplices de la fricción que sus movimientos producían. Entre índice y pulgar, en medio de caricias, el pelirrojo le pellizcó suavemente los pezones. La sensación revolucionó electrones, protones, neutrones y neutrinos. Sakura jamás había sido tocada así.

De un momento a otro, parecieron percatarse de que las prendas sobraban y de que las dudas perdían relevancia a medida que la piel del otro reclamaba abrigo y atención. Sasori recorrió cada curva, cada recoveco, cada centímetro con las palmas de sus manos, como si fuera a poder memorizarla a través del tacto. En una sincronía absurda, cambiaron de posiciones, sin desviar por un solo instante las pupilas del rostro del otro. Tendiendo lánguidamente su cuerpo sobre el suyo y conteniendo el peso sobre su brazo izquierdo, firme tan sólo a centímetros de la mejilla de Sakura, Sasori bordeó con las yemas de los dedos la cadera femenina, persiguiendo las curvas en dirección a su espalda baja. Percibió con deleite el cosquilleo que sus manos le producían cuando Sakura se arqueó suavemente, generando una pequeña distancia entre el colchón y su cintura, donde su mano se afirmó delicadamente, atrayéndola hacia sí.

La mirada de Sakura no se desprendió de la suya cuando su mano guió cuidadosamente su miembro a la unión de los muslos femeninos, deslizándose entre sus pliegues. El primer gemido que vibró en su garganta sonó casi como un quejido. Las cejas se fruncieron, víctimas de la tensión, y los labios rosados se entreabrieron con sutileza, repitiendo el mismo sonido bajo y agudo. Oírla, a Sasori, le dificultó siquiera establecer una línea de pensamiento lógica entre lo que deseaba y los recaudos que sabía que debía tomar. Apretó la mandíbula, casi tan tenso como ella. Entorno a su cadera, los muslos de Sakura temblaban… Su mano derecha afirmó el izquierdo contra su cuerpo, procurando ofrecer calma y seguridad con la calidez de sus dedos. Pensó que el gesto sería fútil; se encontró inspirando profundamente para convencerse de que debía darle tiempo. Sin embargo, antes de que lo hiciese, la fémina viró torpemente sus caderas en su dirección, hundiendo lo que restaba del miembro de Sasori en la humedad de su vagina. El acto, sugerente, aún quizás involuntario, fue interpretado por el pelirrojo como una incitación, una petición. El calor que se había concentrado en su propia espalda baja, tensándolo a más no poder, se liberó cuando la acción fue repetida una o dos veces más, mientras el interior de Sakura aprisionaba su verga, succionándola con avidez. El sonido de sus cuerpos, encontrándose y desencontrándose, se acompasó con el de sus respiraciones. Y Sakura se perdió bajo el cuerpo de Sasori.

Bajó los párpados, de a ratos, porque las sensaciones parecían excederla, porque jamás había experimentado algo semejante. La calidez brotando por cada uno de sus puros, la sensación de que el cuerpo le ardía, las emociones arremolinándosele en las mejillas. Sin ser escandalosa, se encontró jadeando bajito, murmurando uno o dos sinsentidos, preguntándose si acaso había forma de hilar un pensamiento coherente cuando Sasori le robaba el aire con cada embestida. Apenas pudo enfocar la mirada durante un breve lapso de tiempo: en aquel instante, sus ojos se concentraron en la expresión de Sasori, en el brillo que, por primera vez, disfrazaba el filo de sus pupilas. El cabello le enmarcaba el rostro y Sakura detalló con devoción sus facciones, atravesadas por el placer mutuo que encontraban en el otro. Esta vez, fue ella quien quiso memorizarlo a él, allí, sobre su cuerpo, entregándose de una forma en la que nunca lo hubiera hecho. Supo, sin que lo dijera, sin ser pretensiosa, que era correspondida. La sensación le llenó el pecho de júbilo. Y entonces cada músculo de su cuerpo se tensó y se sintió rozar el cielo con las manos, arrastrando a Sasori consigo en el proceso.

Cuando el orgasmo adormeció cada fibra de su anatomía, Sasori le dedicó una mirada pronta y satisfecha a la fémina recostada sobre el colchón, con las hebras rosadas desparramadas sobre la almohada y los ojos verdes cerrados. Sorprendentemente o no, se encontró sonriendo cuando apoyó la frente sobre la almohada, a un lado del rostro de Sakura. Mientras el oxígeno le inundaba los pulmones, acarició la prolongación del muslo femenino y, tan pronto como hubo logrado recuperar el dominio de su cuerpo, se recostó a su lado, observándola, asimilando.

Un segundo después, Sakura lo observó a través de las largas pestañas, con los ojos entrecerrados. Una sonrisa gentil le curvaba los labios. Parecía adormilada.

—Gracias—musitó, bajito.

Sasori se mantuvo en silencio, pero su mirada lo delató: no tenía idea de qué decir. El hecho de que Sakura le agradeciese parecía absurdo. Después de todo, había sido ella quien, contra toda posibilidad y pronóstico, lo había elegido en primer lugar.

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Como siempre digo, ¡lo prometido es deuda!

Estoy realmente agradecida con todas aquellas personas que siguen leyendo el fic, muy a pesar de que sus actualizaciones se publican esporádicamente, sin avisos ni patrones claros. Lo he dicho mil veces: no tengo intenciones de abandonarlo, pero comprendo también las dudas y la incertidumbre que una historia que no se actualiza en un año (sí, ya sé, dejé pasar un año, es una locura) genera. Lamento, sólo un poco, decir que todo lo que puedo ofrecerles es mi palabra. Llegaremos al final de esta historia en algún momento. Porque la disfruto, porque aún tengo ideas, porque no estamos tampoco tan lejos de su final (aunque tal vez eso no se lo esperaban...).

Por otro lado, confieso, también, que gran parte de este capítulo estaba escrita hace tiempo, pero (sin ánimos de excusarme) mi incapacidad de redactar algo medianamente romántico sin ser cliché frustró gran parte de su redacción e hizo que me tomara más tiempo publicarlo y pulirlo. No estoy del todo satisfecha, ¡pero necesitábamos atravesar este instante para seguir con el resto! Ojalá les guste.

¡Nos leemos (espero, de verdad) pronto!

Yui-Taisho333: ¡Hola! Agradezco mucho los comentarios que dejaste por estos lares hace ya casi un año. Me alegra que el fic te agrade. Como siempre, las divagaciones, las dudas y las aserciones acerca de los personajes son una de mis partes preferidas a la hora de leer comentarios, así que disfruté mucho los tuyos. Espero que puedas leer esta continuación en breve. ¡Saludos!

StrifeMachine: ¡Hola! De momento, debo confesar, Hidan es uno de los personajes con los que más me ha gustado experimentar. Considero que tiene la impunidad para decir lo que muchos piensan y no se atreven a articular. Además, claro, en una organización donde todos son tan sombríos y serios, necesitamos de sus desvaríos. Supongo que pude, en parte, cumplir con tus expectativas. ¡Cuando leas esta actualización me encantaría saberlo!

Muren: ¡Es un placer seguir leyéndote! Espero que, como dijiste, veas este nuevo capítulo desde la comodidad de tu hogar y puedas comentarme qué te pareció. Como dije, aunque me tome siglos, te haré conocer (y al resto de los lectores también) el final de este fic. ¡Cuidate mucho!

Zulaypao22: En principio, me hace feliz saber que disfrutaste el fic. Generar algo de intriga y ansiedad a mis lectores es más de lo que a veces creía poder lograr con cada actualización, así que estoy encantada. Sé muy bien que este ship es uno que no cuenta (o no contaba cuando era una ávida lectora de fanfics) con la cantidad ni la calidad de historias que nos gustaría; por eso me alegra que pensases que Todo por Ti estaba a la altura del material que te gustaría leer. Con respecto a tu pregunta, me atrevo a decir que muchas de las insinuaciones en el texto te hicieron dudar acerca de la fuerza de cada personaje. Lo cierto es que pretendo respetar los rankings más tradicionales, donde uno colocaría a Sasori en un tercer o cuarto puesto. Naturalmente, a menos que haya un enfrentamiento, siempre habrá dudas acerca de quién es el más fuerte; pero, si seguimos el hilo del capítulo anterior, donde Hidan pierde los estribos, muchos de los comentarios deberían ser vistos desde la perspectiva de Hidan, casi como si fuesen pensamientos sólo suyos. No es un hecho que puede vencer a Sasori, por muy determinado que esté. Ojalá esto haya podido resolver tus dudas. ¡Saludos!

Nao: ¡Muchas gracias! Ojalá, a esta altura, mantengas el interés por el fic y lo hayas releído al menos una vez, para estar a tiro con la historia ahora que (finalmente, ya sé) ha habido una actualización. Me esfuerzo tanto como puedo para mantener el carácter de los personajes, por eso pequeñas advertencias sobre alguno de mis deslices siempre son bienvenidas. Veré cómo enmarcar mejor a mi elenco en los próximos capítulos, jaja. ¡Saludos!

Maisa: ¡Te agradezco mucho el reconocimiento y el entusiasmo! Disfruto interactuar con mis lectores, ya que suelo deberles gran parte de la historia e incluso alguna idea determinante para escoger el rumbo que toma a medida que se desarrolla. Ojalá este capítulo te guste

: ¡Hola! Imagino que las actualizaciones no paran de sorprenderlos. Sé que siempre parece que estoy a punto de dejar el fic, pero habrán aprendido a confiar en mi palabra a esta altura. Lento pero seguro; siempre regreso. Me alegra que disfrutes de esta historia y espero que este capítulo te agrade.

Nanaxd: A medida que crezco, este miedo de perder el toque comienza a asaltarme con más frecuencia. Me alegra saber que te parezca que no lo he perdido. Me das cierta paz, honestamente. Ojalá esta actualización también te tome por sorpresa y la disfrutes. ¡Saludos!

N4N10412: ¡Muchas gracias por el pequeño halago! Espero que este capítulo también sea de tu agrado

Sofia: Sigo viva. Que no cunda el pánico. Apenas 5 meses después de tu petición, me reporto con una actualización que espero que puedas leer en breve. ¡Espero que me hagas saber tu opinión acerca de ella!

Briyitt: Imagino que esperabas algo un poco más concreto de este capítulo, a juzgar por tu comentario anterior. Si bien no les he dado pistas acerca del rumbo que tomará la historia, supongo que muchos podrán intuir el caos que se aproxima ahora que los miembros de Akatsuki comienzan a inquietarse por la presencia de Sakura y ella misma es consciente de ello. Pasarán otro par de lunas hasta que actualice (¿para qué negártelo?), pero prometo que el próximo capítulo sí traerá un nuevo lineamiento que desviará completamente el curso de las cosas. O no tanto. Ojalá este capítulo te haya gustado, de todos modos. ¡Saludos!

Annadt: Me alegra que aún revises el fic, de vez en cuando. No debería ser una petición que lo continúe; como dije, está en mis planes hacerlo. Ojalá este capítulo te guste y te quite al menos las ganas de saber cómo es que continuará la historia. ¡Nos leemos pronto!