Todo por ti

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Destino

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En la oscuridad profunda de su habitación, Itachi oía el gotear de una canilla. Constante, lejano, pausado. Le perturbaba el curso de los pensamientos. Aún cuando toda su vida había tenido un don para abstraerse, Itachi comenzaba a percatarse de que algo, algo completamente fuera de su sitio, no lo dejaba tranquilo y le imposibilitaba pensar en una solución al problema que, inminente, se aproximaba. Será que Itachi siempre había tenido todo bajo control, incluso cuando parecía que no. La costumbre, esa que tenía de estar siempre un paso por delante de los demás, se había convertido en su verduga: hoy, que no lo estaba, Itachi no podía acallar el ruido en su mente. Preguntas, inquietudes y miedos se agitaban en los rincones de su subconsciente. La incertidumbre hacía que trazar un plan nuevo frente a la serie de hechos inesperados se volviese imposible, y aquello sólo empeoraba la situación. ¿Cómo podría evitar el desenlace esperado si era completamente incapaz de anteponerse a la situación y desviar el curso de las cosas? ¿Cómo podría Itachi intervenir si todo lo que había hecho para lograr su cometido había resultado ser insignificante frente a la fuerza del destino? Parece ser que incluso él, que siempre se había jactado de su habilidad para dominar, hacer y rehacer a su gusto, estaba a merced del caprichoso destino. Se sentía impotente. Si Itachi lo hubiera sabido antes, tal vez, sólo tal vez, hubiera cuidado mejor de las piezas del tablero que consideraba fundamentales. Pero no lo había hecho.

¿Dónde habría cometido el error? ¿En qué momento Itachi fue incapaz de predecir los eventos que desencadenarían en la destrucción, completa y absoluta, de la aldea que había protegido con su vida? ¿Podría, acaso, mover la última ficha e interponerse, irguiéndose frente a Pein y asumiendo todo el daño que su poder podía causar? Siempre había sido fuerte; uno de los hombres más fuertes que el mundo Shinobi jamás habría llegado a conocer. ¿Pero era lo suficienteemente fuerte como para hacerle frente a Pein? La sensatez gritaba que no, clavando las uñas en el suelo y arrastrándose en la dirección contraria, pero no había absolutamente nada más que hacer. Antes de que la desgracia se ciñese sobre Konoha, debería sacrificarse, pelear y morir, si hacía falta. Al menos, de esa forma, sus ojos no verían la caída de la aldea de sus antepasados. Al menos, así, su entrega no habría sido en vano...

A decir verdad, Itachi siempre estuvo dispuesto a morir por su aldea, aún más por Sasuke, pero jamás creyó que sería así, tan pronto.

"Es porque sabes que tu hogar estaría implicado ¿verdad? ¿Temes que nos obliguen a acabar con tu aldea?"—le había dicho Deidara, con un brillo sagaz en las pupilas. Itachi no consideró en ningún momento la posibilidad de que Deidara leyese a través de sus palabras, pero, curiosamente, lo hizo. La máscara impenetrable con la que siempre había cargado se redujo a un velo detrás del que los ojos de Deidara veían, en detalle y nítidamente. Deidara sabía la razón por la que se había entrometido en los asuntos de Sasori; de hecho, Sasori también. Sin embargo, la cuestión no mejoraba. Aún cuando había un motivo detrás de lo que hizo, a nadie parecía importarle. O sí. Pero no habían hecho lo suficiente para ayudarlo a proteger su aldea. No tenían porqué, tampoco. ¿Será acaso que Konoha estaba destinada a caer, pese a toda la sangre derramada en su nombre? ¿Pese a su sacrificio y el de toda su familia? Tal vez él no estaba destinado a ser el peón que la salvase, aún cuando su entrega había sido incomparable. ¿Pero había algo más? Para morir hoy, necesitaba creer que sí. El espíritu no descansaría nunca si no tenía la paz de que alguien, algo, cuidaría del tesoro que había resguardado con su vida. Sasuke, tal vez…

Viéndolo todo objetivamente, Itachi no mentiría. Siempre hubo posibilidades de que Konoha se encontrase bajo la mira de Pein. Después de todo, Konoha era la aldea donde se escondía el Jinchüriki más poderoso, el único que, a diferencia de la mayoría, se encontraba completamente dispuesto a ofrecer su vida por el bienestar de su aldea. Supo, aún cuando Akatsuki medía sus fuerzas y pensaba en el escenario perfecto para capturar al Bijü de una cola (el más débil entre todos), que tarde o temprano las pisadas de su presa los guiarían hacia Konoha. Ese era, después de todo, el paradero obvio, el sitio donde lo encontrarían incluso si no estaba allí. Desafortunadamente, Naruto era un blanco fácil aún cuando sus amigos, profesores y aliados lo habían ayudado a cultivar su fuerza e inteligencia. El corazón del Jinchüriki estaba tan ligado a su aldea que no cabía duda: si arrasaban con Konoha, Uzumaki aparecería, tarde o temprano. Así de predecible era Naruto, para su propia desgracia. Y por él es que Konoha siempre fue un objetivo. Konoha siempre corrió, al menos, un riesgo efímero, porque Naruto correría a ella. Itachi pensó que podría evitarlo. Pero jamás se imaginó que sería así, pronta e inesperadamente, que la pondrían bajo la mira, imposibilitándole trazar un plan.

Según él, el ataque a Konoha estaría ubicado más adelante en el curso de la historia, cuando hubiesen capturado a todos los demás demonios y la ansiedad de Akatsuki se hubiese vuelto incontenible. Itachi no sabía, a ciencia cierta, si la misión sería llevada a cabo por un equipo de dos (Kisame y él mismo podrían haber masacrado Konoha) o si se trataría de un evento en el que todos participarían, jamás había hablado con Pein acerca de ello; pero sabía, porque así debía ser, porque el final no era otro sino el esperado, que tarde o temprano los pasos de aquellos a los que llamaba sus aliados lo llevarían devuelta a Konoha. Y entonces debería tomar una decisión: matarlos o morir. Estaba listo para ello. Itachi sólo quería salvar Konoha.

Por otro lado, sabía bien, desde que la misión inició, desde la muerte de sus padres y desde el llanto desconsolado de Sasuke, que sus planes podían verse frustrados. Itachi sabía, como el ninja magnífico que había sabido ser, que la mejor de las estrategias cuenta con al menos un plan de emergencia y una mente brillante capaz de adaptarse al ver el nuevo curso en los hechos. Itachi sabía. Eso no significaba que tuviese miedo. Hasta donde suponía, la versatilidad era una de sus cuantas cualidades y, como todo Uchiha, había poco en sí mismo de lo que Itachi no estuviese orgulloso (—¿y de la muerte de tus padres?—); estuvo siempre convencido de que podría sortear cualquier contratiempo, de que, cuando el momento llegase, sabría exactamente qué hacer (aún si el plan espontáneo que surgiese del destino, ese caprichoso, no era el mejor que podría habérsele ocurrido). Había sido hasta capaz de predecir que todo podía írsele de las manos... Por supuesto, lo único que jamás hubiera sido capaz de anticipar fue la causa definitoria: Sakura Haruno abandonando a Sasuke y Naruto, acortando el plazo, convirtiendo al Kyübi en el próximo blanco. Es que ella era la pieza que nunca vio en el tablero. El peón rebelde que puso en jaque a su propio rey.

Antes de la masacre de su clan, Itachi había reparado alguna vez en una niña de cabello rosado y ojos brillantes, de esos que remitían a una piedra preciosa. La joven que aspiraba a convertirse en una kunoichi había crecido junto a Sasuke, de a poquito, de forma más silenciosa que cautivadora, a la sombra de un grupo prometedor de shinobi que se caracterizaban no sólo por su fuerza, sino por el renombre de sus clanes. Haruno Sakura carecía de apellido, de fuerza y de talento: estaba condenada a ser un personaje de reparto, un compañero junto al estelar. Sasuke, en cambio, no podría haber sido nada sino el protagonista de una historia fantástica. Y eso le constaba a todos. Incluso a Sakura. Será por eso que sus ojos siempre lo habían mirado con admiración: porque Sasuke lo tenía todo para ser el héroe. Itachi hubiera dicho que toda la aldea siempre había pensado así del linaje Uchiha. Pero entonces llegó él. Y los mató a todos.

A pesar de que Konoha hubiera dicho que Sakura era tristemente ordinaria, bajo los ojos de Itachi su belleza era más que cautivadora, y su perseverancia el arma determinante que la convertiría en la heroína que no estaba destinada a ser. Lo supo la tarde en la que la vio armarse de valor para atravesar la entrada del bosque aledaño al barrio de los Uchiha, buscando a un Sasuke que lloriqueaba luego de haber sido reprendido por apuntar con un kunai a otro ninja de la academia. Haruno llevaba el kunai entre sus manos y no deseaba nada sino ofrecer algo de consuelo, pero vaya que las piernas le temblaban y la sombra de un puchero miedoso se dibujaba en su rostro. Y a Itachi le hubiera parecido terriblemente gracioso si no hubiera estado supervisando la zona debido a la imprudente intromisión de un par de ninjas del Rayo, cuyas intenciones vacilaban entre el robo de alguna reliquia familiar y una hazaña tal como llevar una cabeza Uchiha a casa. Haruno allí no hubiera sido nada sino un estorbo. La palabra tragedia le causaba una picazón molesta en la garganta a Itachi, por eso no pudo hacer ojos ciegos cuando vio esa cabellera rosada asomándose entre los árboles. Había apenas dado un par de saltos para reducir la distancia entre ambos cuando sus ojos verdes voltearon, sin que Itachi hubiera hecho una sola rama crujir. La extrañeza que eso le produjo hizo que se detuviera en seco; pero Sakura, sin saber exactamente dónde estaba, sin saber quién era, hizo caso omiso de su presencia, volviendo los ojos hacia un objetivo que, a su criterio, sería más amenazante. Dos ninjas del Rayo le seguían el rastro a Sasuke, buscando sus huellas en el sendero. Fue como si Sakura no sólo hubiera encontrado a su presa, sino que hubiera advertido automáticamente que la presencia acechándola era la de un aliado. Cuando la envolvió en sus brazos, de un momento a otro, irguiéndose sobre sus cuclillas y a sus espaldas, no pudo evitar preguntarle cómo se había percatado de que no era un enemigo. Sakura respondió bajito, con los ojos verdes aún fijos sobre los desconocidos: "—Es que nada indicaba que tus ojos fuesen hostiles, Itachi-san". A Uchiha le pareció irónico. Pero no dijo nada.

Las palabras de Sakura se repitieron alguna vez en su mente: Itachi deseó saber si su familia percibió que sus ojos no miraban con una pizca de hostilidad cuando les quitó la vida. Jamás lo sabría.

Por eso y por más, a su entender, su instinto hacía de Sakura una kunoichi singular. Era el capullo de un cerezo que anhelaba florecer. Parecía, empero, que para cuando se convirtiese en la flor que (sí) estaba destinada a ser, la maleza que se cernía sobre Konoha habría apagado el sol. En la oscuridad, nadie vería a Haruno brillar. A Itachi le había parecido irónico, que tanta belleza estuviese destinada a marchitarse. Las desgracias que acechaban Konoha podían dilucidarse a lo lejos, desde la noche de la masacre de su clan y, para ser honestos, un poquito antes. Itachi sabía que le aguardaban malos días a su aldea, pero creyó que su sacrificio podría, al menos, mantener la paz dentro de sus murallas. Y así lo hizo. Por un tiempo. Naruto, Sasuke y Sakura se resguardaron en ella.

La siguiente ocasión en la que vio a Sakura, la joven se había convertido en una increíble kunoichi: su rango, chünin, era lo menos increíble de Sakura. La calma con la que el chakra fluía a través de su cuerpo y la rapidez con la que leía sus movimientos lo habían dejado obnubilado. En ese instante, antes del enfrentamiento en el que se vieron envueltos, Sakura lo había mirado con brillantes ojos verdes. La ternura y la nostalgia habían suavizado la desconfianza en sus pupilas, sólo por un segundo, obligándola a bajar la guardia. Itachi recordaba la escena con disgusto. A Sakura no la había desarmado su presencia, silenciosa y discreta, ni la tranquilidad inofensiva con la que la analizaba, sino su rostro. Sakura había visto a Sasuke en sus facciones. Itachi supo entonces que no era el único que podía proyectar el rostro de Sasuke sobre el suyo. Y viceversa. Podría haber tomado ventaja de ello, pero Haruno sólo creó una pequeña apertura que se desvaneció cuando empuñó su kunai con ira. Habrá pensado en el dolor de Sasuke, en la masacre de su clan. Sus pupilas lo juzgaron como lo que era: un asesino. E Itachi tuvo que enfrentar el repudio de un miembro de su aldea. Otra vez.

Hoy, la joven que lo había enfrentado se escondía detrás de la puerta de una de las habitaciones ocupadas por los miembros de la organización. La misma que lo había mirado con rechazo, en nombre de su hermano y los miembros de su aldea, hoy se escondía bajo las alas de uno de sus compañeros: otra capa con nubes rojas le había ofrecido ascilo a un aldeano de Konoha. Se preguntó si Sakura se quedaría allí, pese al repudio que había profesado contra Akatsuki durante años, pese a sus principios. ¿Podría lidiar con el rechazo de haberse convertido en lo que siempre había aborrecido? Si esa mocosa había crecido junto a Naruto, las posibilidades eran nulas. Los principios de Uzumaki eran contagiosos. Por eso a Itachi le daba paz que estuviese junto a Sasuke.

Sin embargo, eso dejaba preguntas sin respuesta: ¿Por qué Sakura estaría allí? ¿Se convertiría realmente en un miembro de Akatsuki? ¿Sería una misión suicida ordenada por la Hokage o, más bien, un impulso adolescente?

Itachi frunció el ceño. Todo lo sucedido desencajaba.

Le había exigido a Sasori que se alejase de la aldea de la Hoja, que sus pies no volviesen a acecharla colocando la atención sobre su tierra y, pese a que había cumplido con su orden, había ciertos defectos en la decisión que había tomado. ¿Debió haber sido más claro? El vínculo que había establecido con su aldea no estaba completamente roto. ¿Acaso Sasori pensaba que Konoha dejaría que una kunoichi se marchase así como así? ¿Acaso Sasori pensaba que una persona como Naruto dejaría que la muchacha simplemente se fuera? No había forma. En lugar de guiar a Akatsuki a la Hoja, como le había advertido que no hiciera, Sasori había logrado lo inverso: atraer a la Hoja a Akatsuki. Y ciertamente no sabía si aquello no era peor.

En el momento en el que zorro localizase a Haruno, perdería el control: se infiltraría en la guarida a punta de insultos, gritos y chillidos; exigiría que la entregasen, que devolviesen a "Sakura-chan" antes de que tuviese que partirles el culo a todos, lloriquearía cuando Kakuzu, astuto, le mintiese, sugiriendo que no había tal kunoichi exótica bajo su cuidado, que habría comerciado a cualquier ser con el cabello rosado como los pétalos de un cerezo y los ojos del color de una esmeralda. Cuando Naruto se escondiese, angustiado, en los brazos de Sasuke, frío como el invierno en la más alta de las montañas, Hidan intervendría. Es que una oportunidad así jamás podría escapársele. Los Uchiha eran el clan al que más temía y, por ello mismo, al que más deseaba enfrentar. Cuando viese en Sasuke al reflejo de un Itachi joven e inexperto, Hidan no podría tolerar la tentación. El rumor de que la sangre de los hombres más fuertes fortalecía su técnica apenas era eso, un rumor, pero comprobarlo con la sangre de un Uchiha era más de lo que Hidan jamás creyó que podría lograr. Sasuke se convertiría en su blanco entre esas cuatro paredes. Y entonces, un segundo antes de que él mismo interviniese, Deidara aparecería en escena, siempre en el instante justo, más puntual de lo que Sasori jamás habría sido. Gritaría, espantado, al ver al zorro, pero pronto comprendería que Naruto es inofensivo, especialmente cuando el motivo que lo impulsa es uno que lo hace frágil por su naturaleza. Le explicaría bajito que él no tenía nada que ver y, casi entre dientes, murmuraría que Haruno estaba ahí por motivos propios. Naruto no comprendería. Sasuke sí. Antes de que le permitiesen aclararse, Pein atravesaría el marco de la puerta. Y entonces, por motivos distintos a los que en ese contexto cualquiera hubiera esperado, se libraría la batalla.

Ni siquiera la fuerza de un Uchiha era suficiente para contener a Akatsuki. Itachi no podía permitir que Sasuke se enfrentase así a los miembros de la organización, pero tampoco podía defenderlo sin comprometerse a sí mismo.

—Entonces, ¿qué harás?

La pregunta le cosquilleó la garganta, trayéndolo bruscamente a la realidad. No importaba cuántos escenarios pudiese dibujar en su cabeza; al final, la solución seguía siendo una incógnita. Necesitaba un solo plan, una respuesta clara que pudiese contener el más fatal de sus miedos. Desgraciadamente, no parecía poder encontrarla. Y el tiempo se le acababa.

Un golpeteo seco sobre su puerta atrajo su atención.

—Itachi…—llamó Kisame.

Sin prisa pero sin animos de hacerlo aguardar, con el rostro inmutable, apático y distante con el que normalmente se presentaba frente a las personas desde la masacre de su clan, Itachi giró el picaporte y encaró a la figura vestida con la capa de Akatsuki.

El hombre de pie frente a Itachi lo miraba con sagacidad; percibió al instante su actitud enigmática, incluso cuando el joven Uchiha no había pronunciado aún palabra. Es que Kisame se había percatado de que algo no estaba bien, pero no tenía idea de qué era aquello que tanto perturbaba a Itachi. Él, que se caracterizaba por emanar una calma absurda aún en el campo de batallas más atroz, aquel en el que sus vidas estaban en riesgo, hoy le ponía los pelos de punta, hacía que se sintiese alerta, como si de un momento a otro las paredes de la organización fuesen a caérsele encima. ¿La razón? Una incógnita. Como era usual, Itachi guardaba lo importante para sí mismo.

—Es la hora.

Uchiha asintió en silencio. Kisame se volteó.

Las pisadas silenciosas de una de las duplas más letales de Akatsuki siguieron un camino conocido hacia lo que para Itachi (ex-ninja de la Hoja, actual miembro de Akatsuki, talentoso con el genjutsu y clasificado como uno de los bandidos más peligrosos del mundo Shinobi) podía muy bien ser la reunión que resultaría en el derrumbe de las Grandes Cinco Naciones Ninja. Para Itachi, la obtención del Kyübi en las condiciones dadas era inminente. Cuando Naruto se echase, descuidado y torpe como era, en busca de Sakura, amenazando sin escrúpulos a sus camaradas y echándose sobre los hombros el peso de la culpa del "secuestro" de Sakura (que –desafortunada o afortunadamente- no era un secuestro), Akatsuki lo encontraría más vulnerable que nunca. Y entonces lo atraparían. Irremediablemente, el Kyübi caería en las manos de la organización, sin que pudiese hacer nada para evitarlo… Aunque Sasuke podría. Sasuke podría evitar que Naruto muriera. Tenía la fuerza, la determinación y el talento. Era un Uchiha. Podía salvar una aldea entera. A menos que perdiese los estribos e intentase acompañar a Naruto a la guarida, sólo para infiltrarse en Akatsuki y matarlo, claro. La agudeza que el Sharingan les había dado a los ojos de Sasuke se había visto enturbecida por su sed de venganza. (—¿Y así esperabas salvarlo?—). Naruto y Sasuke precisaban un tercero. Alguien que les otorgase la templanza de la que ambos carecían… Esa podría haber sido Sakura. Pero hoy el eje del conflicto había resultado ser ella. Qué irónico, ¿no?

Cuando atravesaron el umbral de la puerta, el silencio de un sepulcro les dio la bienvenida. Nadie pronunció palabra, aún cuando hubiera sido propio de Tobi saludar efusivamente a Kisame y ofrecerle algo de agua para que no se deshidratara. Los chistes hoy se ausentaron; parecían sobrar. Pensó que nadie se hubiera reído, aún de la torpeza de Tobi y de los arrebatos de Deidara. La tensión en el rostro de cada uno de los presentes no hubiera pasado desapercibida para el mismo despistado Uzumaki que caminaba por la aldea de la Hoja. Se preguntó si alguien allí sabría algo que él no. Se preguntó si eso sería peligroso: estar del lado de los que precisan y no detentan información.

Sus ojos recorrieron las siluetas de pie en el salón silenciosamente, en busca de esa pieza faltante. Las expresiones imperturbables de sus compañeros no variaron ni siquiera un poco frente a él, aún cuando percibió la sutileza con la que algunos se erguían en su sitio. Tobi, por ejemplo, quien se estremeció sin poder evitarlo, llamándole la atención. Hasta donde sabía, Tobi no sólo se sentía intimidado por Itachi: Tobi le temía, o a eso jugaba cuando se encontraba cerca. A Itachi le parecía extraño que Pein hubiera colocado una porción de su confianza en Tobi. Akatsuki era una organización temida y respetada por la letalidad de sus miembros; parecía ilógico que alguien como Tobi corriese entre las capas negras que caracterizaban al resto de los hombres que la conformaban. Pero había, aún así, algo que desconcertaba a Itachi: un tipo tan estúpido no sobrevive en los campos de batalla que acostumbra Akatsuki. No por casualidad. Parecía que Tobi tenía esa pieza de información faltante, ¿sería posible teniendo en cuenta que estaba lejos de estar al mando de la organización?

Bastó que Itachi tornase apenas el rostro para que sus ojos se encontrasen con los de Hidan, que lo observaban hambrientos, ávidos de alguno de esos placeres suyos: sangre o dolor, sufrimiento, pánico en las pupilas de alguien más. Hidan sabía que no podría obtener nada de eso de Itachi; será por eso que terminó desviando la mirada tan pronto como su mente hubo considerado la posibilidad de iniciar un pleito con Uchiha. No valía la pena. No podía. A pesar de las circunstancias, ganas no le faltaban. Será por eso que se sonrió cuando el escenario fantasioso se dibujó su mente: Itachi, atravesado por su guadaña, los ojos tornándose blancos y las pupilas huyendo. Era uno de sus sueños más recurrentes. A veces, bastaba que cerrase los ojos para imaginárselo. Lo único que lo detenía era la cobardía. Y Kakuzu. E Itachi lo sabía.

De reojo, el sharingan percibió la figura de Pein atravesando el marco de la puerta. Como siempre, estoico, el jefe observaba a los miembros de Akatsuki sin un ápice de emoción, distante, ausente. Detrás de él, la figura de Konan prometía paz, como si fuese ella la garante de que Pein no le cortaría a nadie el cuello hoy. En el momento en el que pasó junto a Deidara, dedicándole ella una mirada neutral, éste bajó la mirada: y esto no pasó desapercibido para Itachi, que hubiera pensado que Deidara tenía miedo de que Konan le leyera la mente.

Finalmente, el Sharingan se fijó en el último rostro dentro del salón: un Zetsu, enigmático, que lo miraba como si hoy fuese el enemigo. A pesar de que alguna vez lo fue, Itachi no podía hoy ser señalado. No tenía sentido. Itachi no pertenecía a ningún sitio sino Akatsuki y eso debía estar ya claro para todos sus miembros. Si Zetsu tenía una razón para desconfiar debería ya haberla expuesto frente a sus compañeros; pero no la había. Por eso lo miraba así, probablemente. Porque desconfiaba y no sabía por qué. O porque le habían ordenado seguirlo así, de cerca, para que ni una sola duda atravesándole la mente fuera a escaparse de su escrutinio.

Repasando la lista de hombres en su presencia, Itachi se percató de algo. Como sospechaba, la asistencia de Akatsuki no había sido perfecta.

—¿Dónde está Sasori?—la pregunta de Pein vibró en el espacio.

Los presentes, algunos más conscientes que otros de la ausencia del pelirrojo, se observaron detenidamente, como si estuviesen descartando posibilidades. Al menos uno de ellos debía saber. Por eso todas las miradas se centraron en Deidara, que fingió absoluta indiferencia.

—Qué sorpresa…—ronroneó Hidan, con la sonrisa de un felino.

—¡Hmph!

Sin darse por aludido, Deidara le dedicó una mirada antipática, sugiriendo que nada referente a Sasori era de su incumbencia. Torciendo ligeramente la posición en la que se encontraba, procuró darle la espalda y, como si lo anterior no hubiese sido capaz de despertar la ira de Hidan, se quitó la cabellera rubia del hombro, echándola hacia atrás con un ademán breve. Volvió a mirarlo de reojo, dándole a entender que era hasta poca cosa para provocarlo. Hidan hervía. Kakuzu lo miró con una advertencia cristalizada en las pupilas: "si inicias un escándalo, vas a lamentarlo".

—Imagino que tendrá una buena razón para ausentarse.

El tono con el que Pein habló le erizó la piel a Deidara, pero pudo disimularlo muy bien, ya que Itachi fue apenas el único que se percató de ello. Normalmente, Uchiha hubiera encontrado divertido aquel estremecimiento; sin embargo, en esta ocasión se sentía cómplice, parte del pequeño engaño de Deidara. Para él, las preguntas de Pein también significaban una amenaza. Pasó saliva.

—Claro, si me la estuvieran chupando, yo tampoco vendría a una puta reunión…—masculló, bajito, Hidan, como si se tratase de un pensamiento receloso suyo.

Antes de que metiera la pata, porque sabía perfectamente que lo iba a hacer, porque siempre empezaba así, porque lo hacía cada vez que estaban a punto de asestar un golpe, porque inevitablemente, por uno u otro medio, Hidan la cagaba, Kakuzu lo interrumpió:

—Esto se ha estado gestando hace tiempo y necesitamos conversar sobre el asunto, Jefe.

—¿Kakuzu?

Los ojos del Rinnegan brillaron con curiosidad. La expresión de Pein, rígida por naturaleza, apenas dejaba entrever el interés que las palabras de Kakuzu habían despertado en él.

—La jovencita de Konoha.

La posición del ninja de Takigakure había sido siempre una incógnita. Pese a que estaba al tanto de la presencia de Haruno, jamás había dejado entrever qué es lo que pensaba al respecto. La única ocasión en la que Deidara pudo vislumbrar una queja de su parte fue aquella en la que Sasori confesó que había dejado escapar a Sakura. Kakuzu hubiera deseado hacer de ella una rehén; simple, común y corriente. Podrían haber pedido un rescate por ella. Pero Sasori había decidido ser buena gente y eso le parecía patético. Tampoco es como si hubieran perdido la oportunidad de su vida debido a ello. Por eso lo dejó pasar.

Sin embargo, en aquel instante, después de haber simulado desinterés durante tanto tiempo, antes de que Deidara pudiera pensar en alguna manera de tomar el asunto entre sus manos, Kakuzu continuó:

—Esto no es seguro. Comprendo que enfrentar a Sasori no es una tarea que ninguno de nosotros quiera asumir, pero debemos hacer algo. Fingir indiferencia nos meterá en un problema cuyos daños seremos incapaces de pagar.

Y claro que la organización no podía pagar por el descuido de Sasori.

—¡Por fin alguien habla!

La voz histérica de Hidan, camuflada en tintes de ironía, desvió la atención automáticamente. Los ojos de todos los miembros de Akatsuki se fijaron sobre el único religioso de la organización. Y Deidara supo que estaba jodido.

—¡Siempre he pensado que la mayoría de ustedes era imbécil, pero no creí que dejarían jamás que este malnacido hiciera lo que le daba la puta gana!

Gesticulaba exageradamente y buscaba, con la mirada acusadora hacia sus compañeros, la aprobación de Pein, pero éste no demostró habérsela otorgado ni mucho menos. En cambio, el líder de Akatsuki leía las expresiones de los demás, intentando adivinar quiénes eran aquellos que sabían de lo que Hidan hablaba y si acaso alguno de ellos guardaba un secreto junto a Sasori.

—¡Se la está cogiendo en esa habitación mientras la puta intenta sonsacarle información acerca de nosotros! ¡El muy imbécil está poniéndonos en peligro!

Lo que comenzó como una queja, un reclamo válido, se convirtió en un desvarío cuando el tono histérico se apoderó de su voz.

—Cállate, Hidan.

—¿Es que no me ha oído?—Hidan golpeó la mesa con ímpetu, poniéndose de pie. Los presentes se mantuvieron en silencio. No era sorpresa que fuese el primero en perder la compostura. Siempre lo hacía. Será por eso que, de haber estado allí, Sasori habría alzado la ceja con indiferencia, preguntándose qué era lo que le parecía tan inconcebible al incompetente de Hidan. Si acaso Deidara hubiera tenido el gesto de Sasori en frente, probablemente hubiera intentado imitarlo. De hecho, eso fue lo primero que atinó a hacer (actuar como Sasori): el problema es que el nerviosismo derribó la indiferencia simulada y convirtió su expresión en una que, en lugar de favorecerlo, delató su inquietud.

—Relájate—masculló Kakuzu, con los ojos esos tenebrosos suyos fijos sobre Hidan. Pero, como era de esperarse, ni su tono de ultrarumba ni el dramatismo que le otorgaba a su mirada el color de sus ojos amedrentaron al susodicho:

—¡Esa zorra está encerrada en el cuarto como si fuese una de nosotros! ¡Y no lo es! ¡Nadie ha sancionado a Sasori por pensar que puede hacer lo que le plazca!

En definitiva, nadie tenía permiso para hacerlo; nadie excepto Pein. Quien hubiera intentado colocar a Sasori en su sitio hubiera no sólo sufrido una paliza, sino el enojo desbocado de Pein por haber ignorado la cadena de mando. No tenía sentido. Parecía sensato mantenerse en el molde y observar de cerca las acciones de Sasori; después de todo, tarde o temprano les permitirían inferir qué era exactamente lo que Akasuna tenía entre manos. A esta altura aún era una incógnita, pero la ansiedad de los miembros de Akatsuki no podría jamás aguardar a que el misterio se develase por sí mismo. Esa era la razón por la que, ahora que la cuestión se convertía en conocimiento de todos y cada uno de los miembros de Akatsuki, hubiera sido imposible para Deidara (o para quien fuese) volver a esconderla bajo el precario velo que la había cubierto durante el último tiempo. Ahora que todos estaban al tanto y tenían la oportunidad de opinar al respecto, nadie hubiera decidido hacer la vista gorda. No era el estilo de Akatsuki.

Por un par de segundos, los miembros de la organización devoraron las intenciones en las miradas del resto. Deidara encontró en el silencio de los demás la oportunidad perfecta: debía al menos intentar descubrir cómo es que se sentían todos al respecto ahora que Hidan exponía el problema frente a Pein. Si acaso alguien tenía más sed de sangre que Hidan, debía tenerlo presente. Después de todo, sería el mismo quien debería cuidarle la espalda a Sasori cuando los presentes tomasen una decisión al respecto. Debía saber exactamente quién tenía deseos de verlo en la ruina, debía ser capaz de verlo (para evitarlo, claro).

El dueño del Rinnegan no se inmutó. En lugar de perder los estribos (como la mayoría de los presentes), mantuvo la compostura. Y midió sus posibilidades rápidamente.

—Konan…—murmuró, girando su rostro en dirección a la fémina.

La aludida asintió automáticamente, como si le hubiese leído la mente, como si sólo una mirada hubiera bastado para transmitir una orden exitosamente; pero, antes de que pudiese responder, una tercera voz vibró en el espacio.

—Yo me encargaré de ello.

En el instante en el que lo oyó, Deidara sintió que el corazón se le caía de entre las manos. Llevaba minutos sosteniéndolo con fervor, abrigándolo y conteniéndolo para que no fuese a explotar de un momento a otro, pero había parecido ser inútil: cuando escuchó aquellas palabras, dejó de latir, al menos por un segundo. Sintió miedo, ansiedad, pánico. El porvenir se dibujó prontamente frente a sus ojos y supo que ni la más brillante e imponente de sus obras podría salvarlos esta vez. Es que Deidara hubiera podido defender a Sasori, y a Sakura, en su defecto, de quien fuese; excepto de él.

—¿Uchiha?

Por primera vez, Pein dejó entrever su sorpresa.

Rara era la ocasión en la que Itachi se involucraba en los asuntos de la organización; de hecho, no solía hacerlo. Jamás pensó que ofrecería tomar entre sus manos un asunto tan insignificante, tan ordinario. Normalmente, Itachi cumplía a rajatabla las órdenes de Pein, pero eso no significaba en lo absoluto que pusiese sobre sus hombros misiones que éste no le encargaba por decisión propia. Inconscientemente, Pein sólo le confiaba a Uchiha cuestiones que hacían a la caza de los Bijüs, así que los reportes de Itachi siempre tenían un valor relevante para el fin principal por el que Akatsuki existía. Un pleito entre sus integrantes no parecía estar a la altura de Itachi.

Sin embargo, sin titubear, Itachi reafirmó lo dicho:

—Yo me aseguraré de vigilar a Sasori.

A Deidara la mandíbula se le desencajó, los pulmones dejaron de funcionarle y el pánico lo recorrió de pies a cabeza, congelando cada músculo de su cuerpo.

El dueño del Rinnegan observaba a Uchiha impasible. Se tomó su tiempo para sopesar las posibilidades antes de hablar: —Itachi.

Cuando los ojos vacíos del sharingan se encontraron con los de Pein, Deidara podría haber jurado que no fue el único que contuvo la respiración. Existía, aún cuando nadie se hubiese atrevido jamás a manifestarla, una duda bien conocida y compartida entre todos los miembros de Akatsuki: ¿quién vencería en un encuentro entre el Sharingan y el Rinnegan? El Döjutsu de ambos era conocido como "el más letal en el mundo shinobi" pero si se decía de ambos lo mismo uno estaría incurriendo en una falacia. ¿Quién sería más fuerte en verdad? ¿Itachi o Pein? Algunos habrían apostado que Itachi. Itachi acababa todos sus enfrentamientos intacto, ni una gota de sudor. Antes de que alguien diese un paso en su dirección, Itachi ya había atrapado a la totalidad de los enemigos en un genjutsu. Su técnica era perfecta. Es más, había quienes decían que Itachi había ostentado tal habilidad desde niño. Lo suyo era innato. Pero Pein estaba al nivel de un dios. Nada escapaba de Pein y el Rinnegan. Había oído, sin embargo, que crecer como Shinobi le había tomado tiempo, dolor, sangre y lágrimas. Parecía completamente distinto a Itachi, cuyo talento era innato. Pero su posición era superior. ¿Itachi se habría subordinado a Pein porque sabía que era más débil que él? ¿O la posibilidad de descubrirlo era lo que lo había llevado a aliarse con él?

Pein no movió un solo músculo del rostro al hablar:

—Has de saber que la prevalencia de Akatsuki, tal como está, es lo más importante. Vigílalo, pero no actúes sin certezas.

El tono autoritario con el que se pronunció dejó clara su posición. Como siempre, sin manifestarse con ningún exceso, Pein lograba subordinar al resto de Akatsuki, haciendo evidente el lugar que cada uno de ellos ocupaba en la organización. Itachi estaba por debajo. Pese a las dudas acerca de su fuerza, a veces no es el más fuerte quien está al tope de la cadena de mando.

Deidara no supo si Pein temía que Itachi asesinase a Sasori o que Sasori asesinase a Itachi. A sus ojos, ambas eran tan posibles que no pudo comprender.

—Seré prudente—respondió él.

Nadie cuestionó su promesa. Itachi siempre lo era.

Sin embargo, eso no significaba que Sasori estuviera a salvo.

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¡Qué placer me produce estar, finalmente, publicando este capítulo!

Parece haberme tomado siglos, especialmente cuando soy consciente, como autora, de que intenté escribirlo en reiteradas ocasiones y, por razones que yo misma desconozco, luego de haber releído diez capítulos para reencontrarme con los hechos, terminaba distrayéndome. Sea como sea, como prometí un millón de veces, no pensaba dejar esta historia inconclusa, ¡así que me reporto con un capítulo que considero dará un pie central al climax de la historia!

Personalmente, debo decir que disfruté mucho escribir desde la perspectiva de Itachi, a quien no puedo evitar ver como una víctima de las circunstancias. Me han realmente dado muchas ganas de escribir acerca de este personaje; pero realmente nunca pude plantearme más que escenas aisladas cuando se trata de él. Más importante, me ha parecido interesante pensar en Sasuke como la esperanza de Itachi y ahondar en ello. Si no se hubiera cargado de tanta ira y dolor, estoy convencida de que Itachi hubiera mirado con estos ojos a Sasuke a lo largo de los años.

En fin, ¡ojalá disfruten este capítulo y la inspiración (que tanto se ha ausentado en mi vida) me permita volver pronto por estos lares!

Dany21: No han pasado cien años aún, ¡pero hemos estado muy cerca! Espero que hayas disfrutado de esta actualización y, claro, tener el placer de volver a leer tu opinión respecto del fic que, si a esta altura llegaras a leer, seguramente te traerá algo de nostalgia de esos días en los que empezaste a leerlo (hace un par de años ya jaja). ¡Saludos!

Muren: ¡Hola! ¡Leer la opinión de un rostro (nombre) conocido me hace siempre muy feliz! El tuyo es uno de esos que me hace bien al corazón.

carols2497: Todo en este fic ha sabido ser lento y dulce. A esta altura, me cuestiono un poco si el ritmo que quise adoptar no ha sido algo exagerado: desconfiaba tanto de las historias que se desarrollaban rápidamente que me fui al otro extremo con Todo por Ti. Creo, sin embargo, que no tengo de qué arrepentirme. Me alegra que hayas disfrutado del capítulo anterior y de que, si bien fue una sorpresa, ¡haya sido una grata!

Xiime: Tengo la sospecha de que deberás volver a leer toda la historia para conectar los últimos acontecimientos con aquellos relatados en este capítulo, ¡pero espero que eso no sea un problema! Para ser honesta, a medida que escribo yo misma tengo que hacerlo jaja. Espero que disfrutes este capítulo 3.

phoenixobscuro: ¡Qué lindo saber que el capítulo anterior despertó tantas emociones! No esperaba hacer llorar a nadie (ni en sentido figurativo ni literal), así que confesaré que me alegra que te haya generado tanto. Ojalá puedas ponerte a tiro con esta historia pronto.

Leila: Estoy convencida de que todos mis lectores, o al menos todas las personas que en algún momento se han encontrado con alguno de mis fics, han llegado alguna vez a la conclusión de que mis días en el reino de los mortales se han acabado o bien de que dejaré inconclusa una de mis historias. Afortunadamente para aquellos que no pierden la esperanza, siempre regreso. ¡Espero que disfrutaras este capítulo!

Yui-Taisho333: ¡Agradezco mucho el pequeño halago! Me alegra saber que la historia sigue condimentada de la forma en la que fue pensada. A pesar de que el tiempo pasa, pretendo aferrarme tanto como me es posible a la esencia que tenía en sus primeros capítulos. Naturalmente, el capítulo de hoy apenas me ha dejado plantear parte del conflicto que se aproxima, ya que Akatsuki no será el único foco a tener en cuenta. Me atrevo a decir, de hecho, que la posición de Konoha traerá más problemas... ¡Ojalá nos leamos en breve y con una actualización pronta!