El jardín del caído

1.-Del inicio

Solo había una sola cosa viva por la que Crowley se preocupaba (aparte de cierto ángel, claro está) y esa eran sus plantas. Las regaba, les ponía abono, procuraba que la tierra fuese buena para ellas y que tuviesen una ventilación decente. También hablaba con ellas. Aunque lo que hacía no era exactamente hablar. Si no más bien era como cuidador exigente, sin piedad alguna, que regañaba (destruía) a aquellas que no crecían de acuerdo a sus estándares.

Lo que nadie sabía, ni siquiera Aziraphale, era el porqué de su aparente obsesión por ellas.

Por ello, no fue ninguna sorpresa que Crowley se llevara todas sus plantas cuando ambos se mudaron a una casita en el campo a las afueras de Londres, luego del fallido Armagedón. El demonio las planto una a una, una tarde de primavera, en el jardín que tenían detrás de la casa. También había instalado una mesa y un par de sillas en medio del lugar para que ambos pudiesen tomar el té o alguna botella de vino rodeados de las plantas. Todas las mañanas Crowley las revisaba, hablaba con ellas (con susurros amenazadores, ya que no podía gritarles gracias al ángel) y descartaba las que no estaban creciendo bien. El jardín crecía más y más esplendoroso, a pesar de las protestas del rubio por sus métodos. Algunas veces, Aziraphale se paseaba dándole palabras de aliento a las plantas y revitalizaba aquellas que parecían estar decayendo. Cada vez que el demonio lo encontraba haciéndolo, bufaba y se cruzaba de brazos quejándose sobre como este las maleducaba. Otras veces solo se limitaba a observarlo, siseando cosas inteligibles, intentando ocultar su sonrojo.

Como suele suceder, ambos terminaron creando una especie de rutina. Por las mañanas mientras el ángel preparaba el desayuno para ambos, el demonio recogía algunas flores colocándolas en la mesa del jardín y apartando otras para colocar en el jarrón del escritorio que Aziraphale tenía en su biblioteca. El ángel sonreía ante el gesto, ya que le daba un toque especial al lugar. Una vez que tenían la mesa servida, los dos comían y hablaban de sus planes para el día. Algunas veces iban al pueblo por provisiones, otras solían pasear en el Bentley por algún lugar cercano o iban de picnic. Cuando no querían salir, el ángel se encerraba en su biblioteca a leer sus libros y el demonio se dedicaba a sus plantas o a escuchar sus álbumes favoritos en su despacho. A la hora del té, se reunían en el jardín para platicar un rato o terminar bebiendo una copa de vino observando el anochecer. Cocinaban juntos la cena; en realidad el que hacia todo el trabajo era el ángel, ya que este insistía en hacer las cosas como los humanos y el demonio era un negado en la cocina (pero siempre ponía los platos). Después se tiraban en los sofás de la sala, bebiendo y conversando sobre cualquier tontería.

Fue en una noche como cualquier otra donde todo comenzó.

Tal vez fuera el hecho de que ambos estaban demasiado borrachos, o que Aziraphale no podía dejar de darle vueltas al asunto, o que era (muy) curioso. Y entonces le pregunto:

―De todos los pasatiempos que podrías tener, ¿por qué las plantas?

―Porque me gustan, supongo ―se encogió de hombros el demonio. No es que le fuese a decir la verdad.

―Realmente me crees tan tonto, querido ―le recrimino el ángel perspicaz.

―De acuerdo ―se quejó el demonio, sacudiéndose su cabello con una mano―. Era una época de mucho estrés… fue cuando nos distanciamos, ¿recuerdas?... ―titubeo un poco― escuché que los humanos decían que cuidar plantas era relajante y bueno… pues lo hice, fue algo raro al principio, pero resulto ser entretenido.

―Ya veo ―dijo el ángel tomando el vino de su copa de un trago, tratando de ocultar su rubor―. Supongo que resulto ser algo bueno. Aun así, me preocupa como las tratas...

―Lo que sucede es que eres demasiado blando ―hizo un gesto con las manos, restándole importancia―. Ellas deben saber que es lo pasa si no me obedecen y están como debe de ser.

―Las plantas no pueden estar todo el tiempo floreciendo ―reclamó el ángel―, es parte del ciclo natural.

― ¿Ahora piensas darme una lección sobre la naturaleza efímera de las plantas? ―contesto el demonio burlón.

―Por supuesto que no, querido... Eres un demonio después de todo ―le regaño el ángel

―En el jardín nunca fue así... ―murmuró Crowley molesto cruzándose de brazos.

― ¿A qué te refieres, querido? ―dijo Aziraphale mirándolo con confusión.

―En el Edén, nunca era así ―grito enojado el demonio, como si fuese obvio―. Las plantas estaban bien todo el año… Cuando nos conocimos, ¿recuerdas? ¿Acaso viste alguna planta con hojas cayéndose? ¿O con hojas cafés? No por supuesto que no… Todo era perfecto, incluso tu…

―Ohh ―dijo el ángel sin poder ocultar su sonrojo.

Ahora entendía por qué su aparente obsesión por las plantas.