2.-De un demonio bueno y un ángel malo.
Crowley no era como la mayoría de los demonios, no al menos como se suponía que debiesen de ser. Si bien solía hacer cosas de demonios, él no era malo solo porque sí. Ya bastante se hacían los humanos los unos a los otros como para hacerles la vida más difícil. Claro que eso no era algo que diría en voz alta. De por sí, ya era bastante malo que Aziraphale le dijese que en el fondo era bueno. Él no lo era y punto. Simplemente no veía la necesidad de hacer el trabajo que los humanos hacían por sí mismos. Tal vez solo era demasiado perezoso.
O probablemente Crowley fuese menos demonio de lo que aparentaba ser. Él no compartía muchas de las ideas que sus semejantes tenían, ni siquiera le agradaba el Infierno (como si a alguien le pudiese gustar). Tampoco le gustaba el Cielo, dicho sea de paso. Para ser honesto pensaba que era la misma tortura estar en un lado que en el otro, sólo que de formas distintas.
Así que al final, sería algo así como un ser inmortal, sin un bando y demasiado identificado con los humanos. Porque, a pesar de ser los menos poderosos, eran libres. Libertad. Algo que ni los ángeles ni los demonios tenían. Tal vez por eso eran los que más estaban cerca de Dios y por ello eran su creación preferida. Pero a veces también dudaba por todo aquello del Gran Plan y el Armagedón. Probablemente al final, todo tenía que haber sido de esa manera. Que la humanidad se salvara. Todo parte de ese estúpido plan, como si todo estuviese decidido de antemano.
Cuanto lo detestaba.
Bufó molesto, mientras regaba sus plantas. No debía pensar.
No quería pensar.
En realidad, los demonios no pensaban, tampoco los ángeles. No habían sido creados para eso, solo para seguir órdenes.
¿Por qué él tenía que ser diferente?
Tanto tiempo había pasado entre los humanos que ya pensaba como ellos.
Quería ser como ellos.
Ser libre.
Pero eso no era posible. A pesar de que el Infierno pasaba de él, no podía dejar de pensar en que jamás llegaría a ser libre. Pero tal vez eso fuera lo mejor.
Podía hacer lo que quería, sin tontos informes, sin tener que responder por cada paso que daba. Podía vivir junto a Aziraphale, sin tener que esconderse de sus respectivos bandos.
¿Por qué entonces no se sentía libre?
Por qué en el fondo sabia, que solo había sido creado para obedecer órdenes, para hacer lo que tenía que hacer, nada más. Y al final, cuando no les sirviera, seria desechado. Como si fuese una planta con las hojas amarillas.
Vio una planta, cuyas hojas se empezaban a caer y la arrojó al suelo con fuerza.
¿Por qué diablos no podía ser perfecto?
―Crowley... ―escuchó la voz de su ángel acercándose a él― ¿Qué fue lo que paso?
―Nada ―contestó el demonio, agachándose para recoger los restos.
―Sabes que puede confiar en mi ―le dijo el rubio con suavidad―. Has estado actuando muy extraño. ¿Qué es lo que te pasa? ―preguntó preocupado.
―No lo sé ―se encogió de hombros el demonio, sin voltear a verlo.
― ¿O será que no quieres decírmelo?
―Quizá ―murmuro el demonio―. No lo entenderías, ángel...
―Podrías explicármelo entonces ―dijo Aziraphale molesto.
― ¿Cómo podrías entenderlo? ―le grito el demonio― ¡Ni siquiera eres capaz de cuestionar al cielo, después de todo lo que ha pasado! Solo sabes seguir órdenes. Seguramente si te dejaran regresar al cielo, lo harías...
―Crowley...
A la vez la mirada de dolor en el rostro del rubio, supo que había cometido un error.
―Lo siento, ángel... ―fue lo único que pudo decir mientras salía corriendo de ahí.
