4.-Del principio del resto de sus vidas.
Crowley salió al jardín, buscando al ángel. Lo encontró poniendo los platos sobre la mesa. Se sonrojo al recordar lo que había pasado la noche anterior. Con pasos inseguros se dirigió hacia él.
―Por fin has despertado, querido ―dijo depositando un corto beso en su mejilla―. Siéntate, en un momento traeré el desayuno.
Sin saber muy bien cómo reaccionar, el demonio se limitó a hacer lo que le decía el ángel. Una vez que este volvió con la comida, se sentó frente a él y comenzó a comer.
― ¿Ocurre algo malo, Crowley? ―pregunto el rubio preocupado.
―Yo solo... bueno… ―murmuró el demonio intentando contener su sonrojo― ¿Que se supone que hagamos ahora? Después de lo que sucedió ayer, quiero decir.
―Pensé que había sido muy claro ―contesto bebiendo un sorbo de su té―. ¿Podrías quitarte tus gafas de favor, querido? Me molesta no poder verte a los ojos...
―Lo siento ―se quitó sus lentes, deslizándolos dentro del bolsillo de su chaqueta―. ¿No estás enojado conmigo, ángel?
― ¿Por qué habría de estarlo? Ambos hemos dicho cosas de las cuales nos arrepentimos. No pude decirte lo mucho que significabas para mí por miedo a nuestros respectivos bandos. Temía lo peor. Pero ahora quiero estar contigo ―dijo agarrando una de sus manos y apretándola con suavidad―, sin importar lo que piensen nuestros bandos.
―Estarías mejor sin mí, Aziraphale ―declaró Crowley, apartando su mano y poniéndose de pie―. ¿Soy un demonio, recuerdas? Yo... no puedo amar como tu... ―grito apretando sus puños― Solo puedo hacer daño, algún día te lastimare, aunque trate de evitarlo. No podemos cambiar lo que somos...
― ¿Pero qué tonterías dices, querido? ― se rio el rubio, descolocando al demonio que solo lo miro sin moverse― Tu serias incapaz de lastimarme, todos estos años te has preocupado por mí y se lo que has hecho con tal de protegerme. Soy un ángel Crowley, pero no soy tonto. Sé muy bien a cuantos mafiosos y ladrones espantaste para que no dañaran mi librería. Muchos más que los que yo aleje, debo agregar.
El demonio se cubrió el rostro con una mano tratando de ocultar su sonrojo, mientras el ángel continuaba hablando
―Se lo horrorizado que estabas cuando sucedió lo de la Inquisición, lo mucho que la odiaste. Y que solo tomaste el crédito porque era conveniente. También que tu quisiste propusiste nuestro acuerdo, para que no pudieras hacer nada más malo que lo que los humanos se hacían así mismos...
―No sigas ángel, por favor ―suplico―. No digas nada más, estas arruinándome.
―Te amo tal y como eres, demonio tonto ―se puso de pie y camino hasta quedar frente a el ―. ¿Ahora lo entiendes? ―dijo rodeándolo con sus brazos― No pienso dejarte ir...
―Siempre has sido un bastardo, ¿lo sabias? ―lo beso en los labios.
Ahora que estaban juntos, no cambio mucho su rutina diaria. Solían desayunar juntos y planear los que harían durante el día. Algunas veces paseaban en el Bentley, daban largas caminatas por los bosques cercanos o iban de picnic. Otras veces se quedaban en casa, con un ángel leyendo sus libros favoritos, mientras era rodeado por los brazos de su demonio. También solían cuidar el jardín juntos.
―Deja de malcriar mis rosas, ángel ―dijo Crowley mientras regaba otras―. No me temerán lo suficiente si sigues así.
―No es necesario que te teman, querido ―sonrió Aziraphale, acariciándolas―. Ellas siempre florecerán para ti.
―Ventajas de vivir con un ángel, supongo ― se acercó al ángel, rodeándolo por la espalada ―. Aunque sigo prefiriendo mis métodos.
―Aterrorizarlas no es un buen método ―dijo el rubio con fingida molestia.
―Tal vez dejaría de hacerlo, si cierto ángel me hace cambiar de opinión.
― ¿Esto es suficiente? ―preguntó girándose hacia él y depositando un corto beso en sus labios.
―Creo que unos cuantos más serán suficientes ―se rio el demonio rozando sus labios de nuevo.
Y así, la historia de dos entidades sobrenaturales que inicio en un jardín, tenia un nuevo inicio en otro.
