Un olor a tabaco y chanel me recuerda el olor de su piel, una mezcla de miel y café, me recuerda el sabor de sus besos,
El color final de la noche me pregunta donde fui a parar,
¿Dónde estás? Que esto solo se vive una vez.
(Basilos)
PROPUESTA IRRESISTIBLE
CAPITULO # 3
Por. Tatita Andrew.
Candy sentía todo el peso de ese hermoso cuerpo encima suyo, la forma en que la tocaba la llevaba a la locura de repente oyó un ruido abrió los ojos, se levantó sudorosa y agitada no era más que un sueño. Pero lo había sentido tan real, las caricias en su cuerpo.
Era la mucama que anunciaba que su madre la esperaba abajo.
Sin muchas ganas dejo que su asistente la ayudará a vestirse y luego a estar presentable para su madre.
Cuando su madre la vio hizo un gesto de desaprobación por su aspecto a pesar de que había intentado disimular su palidez no lo había conseguido.
-Me hubieras anunciado que estas enferma, y no te hubieras molestado en bajar te ves horrible.
De pronto Candy sintió pánico ¿Será que su madre lo sabía? Lo de sus encuentros con Albert. ¿Se habrá dado cuenta al mirar mi cara? Que he estaño teniendo esos sueños con él.
-Buenos días madre temo que me he quedado dormida y no me has dado tiempo para estar más presentable. Todavía estaba frustrada por el deseo no satisfecho de su sueño, y la voz de Albert resonaba en su cabeza con mucha fuerza.
-Tus mejillas están coloradas, hija. Si estás enfer ma, no hay necesidad de que hubieras levantado. Siento haber in terrumpido tu sueño, pero estaba preocupada. El lunes can celaste todos tus compromisos, y ahora esto. Sabes que tu padre está preparando a Neal para que se presente a primer ministro cuando él se retire. Debes abonar el cami no para él, tal como yo lo hago para tu padre.
La sonrisa de Candy se borró de su rostro, no recordaba un momento feliz en su infancia su madre se había dedicado en cuerpo y alma a abonar como ella misma decía el camino a la política de su padre y se había olvidado de su hija.
-¿Nunca te cansas madre?
-Por supuesto que sí hija, igual que tu padre, e igual que tu esposo. De eso se trata la política ¿Pero que tú estés en la cama a estas horas? ¿Por qué estás tan cansada hija?
Ella quería gritarle en la cara que estaba hostigada de todo, de ese matrimonio sin amor, de ser para su esposo solo un objeto que decora su casa. Para Neal primero estaba la política, luego sus amantes y luego ella. Por una vez quería ocupar el primer lugar en la vida de un hombre que la amara y despertar junto a él en la cama.
-No estoy enferma madre, anoche me dolía la cabeza y me tome algo supongo que me hizo efecto.
Miro de reojo a su mucama sabiendo que estaba mintiendo.
-¿Y el lunes? Tampoco quisiste ir a tus compromisos.
-Tenía cosas que hacer en casa, no tengo que darte explicaciones de cada uno de mis pasos.
-Hija sé que a veces trabajas más que tú marido, pero ese es el precio que cualquier esposa de un político debe pagar.
Su fiel asistente la ayudo a acicalarse como siempre sin reproches y sin preguntas. Para estar presentable para la cena.
-¿Te has enamorado? Alguna vez
-No señora el patrón no permite enamorase entre la servidumbre.
-Yo no me opondría. Dijo Candy decidida.
Suspiro por comida que le esperaba.
-El señor Leagan viene a comer?
-Si señora.
-Ha preguntado porque me he quedado dormida.
-No señora, no ha preguntado por usted.
Era muy lamentable tener que preguntar a la servidumbre sobre el paradero de su esposo, y más aún preguntar si esté se había interesado por el paradero de su esposa.
En la sala su madre y Neal estaban conversando, cuando la vieron descender por la escalera, su esposo se puso de pie más por cuestión de cortesía que por el hecho de que ella hubiera llegado.
-Hola Candy estábamos platicando sobre política con tu madre. Si así van las cosas ganaré las próximas elecciones.
Candy apretó el pañuelo que llevaba en las manos con rabia.
Tenía dos noches que no lo había visto y lo que a él se le ocurría contarle era sobre política.
-Debes estar complacida madre.
-Todas las mujeres tenemos que estarlo.
-Yo no, después de todo las leyes solo son para nosotras y que hay de las mujeres que no puedan recibir leyes justas, y asistencia en los hospitales para ellas y su hijos.
-No puedes compararte con ellas Candy, las mujeres que viven en las calles son prostitutas no esperaras que tengan los mismo derechos que tu o que yo.
Hasta ahora se había dado cuenta que su madre era tan poco liberal como su esposo y su padre, que llevaban encima complejos de superioridad y de grandezas.
Ella iba a los mismos sitios que su madre y eran amigos de las mismas personas, su madre de seguro sabía las aventuras de su esposo con las amantes pero jamás le había dicho nada a ella, de seguro para que siga en ese matrimonio.
De repente miro a su esposo y este ni siquiera prestaba atención en la conversación entre madre e hija, era como si viviera en otro mundo.
Y pensó en lo diferente que era del Sr. Andrew un hombre tan apasionado y nada conservador, que decía y hacía lo que le parecía sin importar lo que pensaran los demás.
-Nos acompañaras en el comedor Neal.
Le sonrió con esa sonrisa falsa de todo político para complacer a sus seguidores, pero nada cariñosa.
-No quisiera interrumpir el tiempo con tu madre. Además me aburren los temas de mujeres.
-Solo serán unos minutos.
-Tengo documentos pendientes por analizar Candy.
-Por supuesto. Por favor, no queremos entretenerte más y apartarte de tus asuntos. Madre, ¿estás lista?
-Lo estoy desde que llegue querida.
Sentadas en el comedor como siempre Candy era criticada por su madre.
-Deberías contratar servidumbre más eficiente te lo he dicho cientos de veces.
Por primera vez no le tomo importancia a lo que le decía
-¿Has visto a mi padre últimamente?
-Candy sabes que tu padre es un hombre muy ocupado, igual que lo es tu esposo, la política es lo que debe importarte, tu obligación como esposa es apoyarlo fuiste criada para eso, el amor es una fantasía de novelas románticas que promueven el sexo libre. En el matrimonio tiene que haber sacrificios.
Volvió a preguntarle.
-Madre cuando fue la última vez que lo has visto.
-Hace varios días. Pero que te está pasando muchacha. Si sigues así no serás de ninguna ayuda para tu padre ni para tu esposo, concéntrate en lo importante tenemos una cena benéfica, un baile en la casa de un conde y tanto tu como tu esposo tienen que estar presentes.
Candy pensó que sí había cosas más importantes que la política pero decidió no decir otra palabra.
Su madre tenía el mismo pensamiento de su padre y su esposo y si no cambiaba ella, se convertiría en una mujer que solo vivía para complacer y ayudar el marido, anulándose como ser humano y como dama con sentimientos. Recordó que llevaba ya dos días sin ver a Albert y era mucho tiempo.
Después de la comida con su madre se encerró en su habitación a leer el libro que le había dado Albert esperando que anocheciera para ir a su nuevo encuentro con Albert Andrew.
Tiene un hermoso cabello, señora Leagan
Fue lo primero que escucho Candy al cerrar la puerta, aislándola en el in terior de la tibia intimidad de la biblioteca, con el sonido seductor de Albert en sus oídos.
Nadie había elogiado jamás su cabello.
Tímidamente se pasó la mano por su cabeza descu bierta y se detuvo.
Maldito sea. Su esposo no había regresado a casa otra vez.
-Tengo un cabello que no está de moda, Sr. Andrew
La luz tenue de la biblioteca hacía que el cabello de Albert brillara como oro digno de acariciar.
-La belleza está en el que mira.
-Como lo está la naturaleza del hombre.
Una sonrisa se asomó a las comisuras de su boca. Señaló el asiento al frente de él.
-Por favor. Siéntese. Espero que haya dormido bien
Manteniendo la espalda erguida y la cabeza en alto Candy cruzó la alfombra. Albert pensó mientras ella caminaba y su vestido se mecía en un movimiento sensual recordaba que aquella mujer tenía nece sidades que ninguna mujer respetable debía tener, pero las te nía y la habían traído hasta aquí, a ser ridiculizada por un hombre que podía obtener cualquier mujer que deseara, mien tras su esposo pasaba la noche ella con la mujer que él deseaba.
Se acomodó en el borde de la silla con la rabia bu llendo en su interior, buscando una manera de salir.
-Gracias. No ha sido difícil después de leer el ca pítulo dos.
-A usted no le ha gustado lo que el autor escribe con respecto a las mujeres que merecen ser alabadas.
-Por supuesto que sí. Después de todo, la moraleja del capítulo es lo que toda mujer anhela escuchar.
-¿Y cuál es?
Ella metió la mano en su bolso para sacar sus notas... y se dio cuenta de que estaba esperando aquello, el encuentro con aquel hombre para descargar con toda la rabia, que no había podido decirle a su esposo ni a su madre cuando hablaron de política.
Después de hojear varias páginas de notas, Candy encontró lo que estaba hombre que se ena mora de una mujer se pone en peligro, y se expone a los más grandes infortunios.
-¿Acaso no está de acuerdo con el autor, señora Leagan?
-¿Lo está usted, Sr. Andrew?
Le ofreció la taza y el platillo, tan correcto en aquel aprendizaje tan incorrecto.
-Creo que nada de lo que vale la pena poseer se ob tiene fácilmente.
No era la respuesta que ella quería escuchar. Le arran có el platillo de su mano y levantó la taza hasta sus labios.
-Sople, señora Leagan con cuidado.
Casi sin apreciar aquel líquido hirviente, tomó dos sorbos.
-¿Qué opina usted sobre el consejo del autor con respecto a la cualidades que hacen meritoria a una mujer?
Sin la más mínima cortesía Candy lo miro a los ojos, dejando el té sobre el escritorio con tanta fuerza que derramo un poco su contenido mientras leía.
-Para que una mujer resulte deseable para los hom bres debe tener una cintura perfecta, y debe ser redon deada y lujuriosa. Su cabello brillante y sedoso, su frente ancha, tendrá cejas bien definidas, grandes ojos, con el blanco inmaculado dentro de ellos. Sus mejillas, de óvalos perfectos; tendrá una nariz elegante y una boca graciosa los labios y la lengua rojos; su aliento será un vaho agra dable, su garganta larga, su cuello fuerte, su pecho y vientre amplios.
Dejó las notas a un lado.
Creo, Sr. Andrew, que los hombres en su país son diferentes en cuanto a los atributos que desean en sus mujeres.
Albert se reía encantado.
-Ya hemos acordado que la belleza está en el que observa, señora Leagan. Sin embargo, no me estaba refirien do a la descripción que hace el autor de los atributos físi cos de una mujer.
La ira se apodero de ella en un instante.
Su madre la trataba con desdén. Su esposo con indi ferencia. No iba a tolerar el ridículo por parte de su tutor.
-Debo suponer, entonces, que usted igual que los demás creen que una mujer encomiable rara vez habla o se ríe. No tiene amigas, no le habla a nadie, y confía sólo en su esposo. No toma nada de nadie, excepto de su esposo y sus padres. No tie ne defectos que oculta. No intenta llamar la atención. Hace lo que su esposo desea cuando él lo desea y siem pre con una sonrisa. Le asiste en sus asuntos políticos y sociales. Lo calma en sus dificultades para hacerle la vida más satisfactoria aunque ello requiera el sacrificio de sus propios deseos. Jamás expresa ningún tipo de emoción por temor a que sus necesidades básicas e infantiles causen re chazo en él.
Candy alzó la barbilla, no quería ponerse a llorar delante de su tutor pero esa era la vida que realmente había llevado todos esos años.
-¿Se refería a eso, Sr. Andrew?
El no respondió seguía pausadamente tomando de su taza de té, con una seguridad digna de un rey.
-¿Usted no opina que tal mujer sería la perfecta?
Los labios de Candy disimularon una sonrisa.
-Creo que prefiero ser un hombre merecedor de la mujer que desea.
La contempló durante largos segundos antes de res ponder.
Candy no podía imaginar nada peor que la vida que acababa de describir. años siendo una esposa encomiable, manteniendo sus emociones a raya, dedicándose por completo a su esposo. Tal vez hiciera la vida más agradable al hombre, pero no contribuía en na da a mejorar la vida de una mujer.
-¿Y cómo sería eso?
-Imagínese un baño con su hombre en agua tibia metidos en una tina hasta que las respiraciones se vuelven agitadas frotándose mutuamente y se vuelven placenteramente erectos...
Hizo una pausa, estudiando su rostro.
Candy mantuvo su mirada. Ni en sueños ad mitiría que jamás se había bañado con un hombre y mucho menos que no tenía ni idea de cómo se veía un hombre... erecto.
Un fuerte calor sacudió el cuerpo de Candy y no pudo evitar preguntar.
-¿Un hombre tiembla de pasión? preguntó pro nunciando las palabras lenta, cuidadosamente, necesitan do saber, necesitando tener esperanza.
Él se inclinó hacia delante en la silla, con un agudo chasquido de la madera debido a la presión.
Su pelo y sus ojos parecían echar llamaradas a la luz de la lámpara.
-Cuando está sexualmente excitado... sí, señora Leagan, un hombre tiembla de pasión. Tal como una mujer tiembla de pasión.
Candy retrocedió en su asiento. Definitivamente, aquella no era la voz con la que un tutor debía dirigirse a su alumno.
Apretó sus oscuros dedos hasta que los nudillos se quedaron blancos.
-Los hombres se excitan con las palabras. Si usted quiere aprender cómo darle placer a su esposo, quizás de ba memorizar, o al menos tomar nota de algunos de los poemas de amor del libro que le di.
Era un desafío directo.
Los ojos color esmeraldas de Candy se movieron, y lo miro fijamente mientras empezó a pronunciar un poema erótico que se había aprendido por las noches
-¿Así, Sr. Andrew?
Sus ojos atraparon los de Candy.
-Exactamente así Sra. Leagan.
Un fuego líquido se derramó desde vientre hasta su entrepierna. Pu do sentir de repente, con la respiración entrecortada, el rít mico movimiento de sus pechos. Candy sintió como si el aire hubiese sido aspirado de sus pulmones.
-Un hombre... ¿siente placer cuando una mujer... lo pone dentro de ella? Dijo casi sin respiración.
Albert termino de recitar otra parte del mismo poema que ella había recitado momentos antes.
- Sí, señora Leagan, siente placer. Más aún, es un momento de fusión. Al tomar el control, la mujer demuestra a su hom bre que lo acepta por lo que es y por ser quien es. Al ceder el control, el hombre le dice a su mujer que confía en ella absolutamente.
Neal había poseído a Candy en un cuarto os curo. Sin quitarse la ropa ni nada, unos minutos estaba encima, y al otro todo había terminado, no existió palabras, caricias ni deseo. solo un acto
De repente, sintió mucha vergüenza una mujer no memorizaba poesía erótica a no ser que la excitara. Sexualmente. Su tutor debía sa berlo. Como sin duda sabía que las palabras seducían a una mujer tanto como a un hombre.
Dios mío, ¡qué pensaría de ella!
No sabía dónde meterse de la vergüenza y de algo mucho más bochornoso.
-¿Cuánto tiempo puede una mujer sobrellevar con tranquilidad la ausencia de relaciones sexuales, señora Leagan?
Doce años, cinco meses, una semana y tres días.
Ése era el tiempo que había transcurrido desde que Neal había ido a su lecho por última vez.
-Una mujer no es como un hombre. No necesita... ese tipo particular de consuelo.
-¿Cuánto tiempo, señora Leagan? repitió sin dar le un respiro, como si supiera exactamente cuánto tiempo había pasado desde la última vez que Neal había fre cuentado su cama.
Ella lo miró entre avergonzada y decidida.
CONTINUARÁ..
Hola chicas un nuevo capítulo para el fin de semana saludos.
