Un olor a tabaco y chanel me recuerda el olor de su piel, una mezcla de miel y café, me recuerda el sabor de sus besos,

El color final de la noche me pregunta donde fui a parar,

¿Dónde estás? Que esto solo se vive una vez.

(Basilos)

PROPUESTA IRRESISTIBLE

CAPITULO # 4

Por. Tatita Andrew.

Ella podía anticipar la siguiente pregunta que se for maba en sus labios: ¿Cuánto tiempo hace que es usted céli be, señora Candy?

¿Cuánto tiempo puede un hombre permanecer célibe con tranquilidad, Sr. Andrew?

-El celibato nunca es cómodo para un hombre, se ñora.

Ella no necesitaba preguntarle a él cuándo había sido la última vez que había estado con una mujer. Tam poco necesitaba preguntarle a su esposo dónde pasaba las noches.

-¿Y por qué? ¿Por qué no pue de un hombre sufrir el celibato tranquilamente, como se pretende que una mujer lo haga?

.Tal vez sea, señora Leagan, porque las mujeres so portan su dolor en silencio y los hombres no respondió suavemente.

De pronto el aire se volvió demasiado espeso, la con versación demasiado intensa.

Ningún hombre debería estar tan desamparado... o solo. Ni siquiera un hombre como él. Pensó Candy.

-Compartiré con usted algunos datos que no están en esta traducción del libro. En Arabia hay tres cosas que se les enseña a los hom bres que no deben tomar a la ligera: entrenar un caballo, ti rar con arco y flecha, y, por último, hacerle el amor a su propia mujer.

-¿En ese orden? preguntó ella con dureza, mien tras sentía que la realidad le daba una clara bofetada en la cara.

Una mujer nunca estaba en primer lugar. Ni en Arabia ni en ningún lado.

-¿Cree usted que una esposa merece mayor im portancia en el resumen de la vida de un hombre? pre guntó con suavidad.

-Sí le respondió ella, desafiante.

-También yo, señora Leagan.

La furia de Candy se disipó. La imagen repenti na del rubio penetrandola en ella mientras ella temblaba de pasión pasó frente a sus ojos.

-¿Ha memorizado todo el libro, Sr. Andrew?

-Sí.

Lo miró sorprendida.

-¿Por qué?

Una sonrisa irónica torció sus labios.

-Mi padre. No me daba una mujer hasta que yo no aprendiera a satisfacerla.

-Su padre quería que usted aprendiese a satisfacer a una mujer... ¿aprendiendo a no confiar en ninguna?

-Mi padre quiso que yo aprendiera que una mu jer tiene la misma capacidad de satisfacción sexual que un hombre. También quiso enseñarme que hay mujeres bue nas y mujeres en las que no se puede confiar —su rostro se endureció, mientras alzaba la mirada—, lo mismo que hay hombres buenos y malos.

Intentó imaginárselo como un niño de cabello do rado, con la cabeza inclinada mientras estudiaba un manual de erotismo.

-Pero usted sólo tenía trece años

-¿Conservaría para siempre a sus dos hijos varo nes, señora Leagan?

-No discutiré sobre mis hijos con usted.

La burla se había vuelto a adueñar de su rostro.

-Y no discutirá sobre su esposo conmigo.

-Exacto.

-Entonces, ¿qué discutirá conmigo, señora Leagan? Sexo, Amor. La unión de cuerpos que va más allá del sacrificio o el deber.

-¿Por qué ha aceptado enseñarme? Tiene que sa ber que yo no habría acudido a mi marido.

-¿Por qué me ha elegido a mí para instruirla?

-Porque necesitaba sus conocimientos.

Albert alzó las cejas.

-Tal vez usted tenga algo que yo también necesite.

El corazón de Candy dio un vuelco en su interior. Reunió las notas y las metió desordenadamente en su bol so.

-Creo que esta lección ha terminado.

-Tiene usted razón acordó él con semblante inescrutable. Algunos de los capítulos de El kamasutra constan sólo de pocas páginas. Por lo tanto, mañana discutiremos los capítulos tres, cuatro y cinco. Le acon sejo que preste particular atención al capítulo cuatro.

Apretando con fuerza sus guantes y su bolso, Candy se levantó.

La buena educación exigía que también él se pusie ra en pie. No lo hizo.

Miró su cabeza, dorada bajo la luz. Luego observó sus dedos, suavemente, contra la porcelana. Candy recordó la amplitud de sus dos manos. E imaginó su tamaño.

Giró sobre sus talones, casi cayéndose sobre la silla.

Señora Leagan.

Con la espalda erguida, esperó la regla número tres. Con toda seguridad sería totalmente rebatible y humillante.

-Buenas noches querida

Sintió que un nudo le oprimía la garganta. Él había asegurado que la palabra no tenía connotaciones cariñosas, entonces, ¿por qué rozaba un lugar en su interior que tan desesperadamente deseaba ser acariciado?

-Buenas noches Sr. Andrew

Albert observaba a la mañana siguiente una fotografía antigua de Candy acompañaba a una noticia que anunciaba su compromiso con Neal Leagan, que tenía una prometedora carrera política por delante.

Parecía tan joven. Y tan ingenua. El fotógrafo había captado, ya fuese accidentalmente o a propósito, las ro mánticas ilusiones de una niña sin experiencia a punto de transformarse en una mujer.

Según todo lo que había observado, Candy era la hija, esposa y madre perfecta. Una mujer que merecía ser elogiada.

Tiró el periódico sobre su escritorio.

La repugnancia se mezclaba con la indignación, el de seo con la compasión. El temor se sobrepuso a todos ellos.

Temor a que Candy supiera realmente quién era su esposo. Temor a que hubiera buscado deliberada mente a Albert debido a ese conocimiento.

¡Tenía que saber lo de su marido!

La voz de sirviente podía sonar cortésmente inex presiva para aquel que no lo conociera. No lo era. Su fiel ayudante le pedía en silencio que rechazara a Candy Leagan.

-¿Sería posible que ese detective que contrataste... Albert hizo una pausa, odiándose por preguntar pero incapaz de detener la pregunta ¿estuviera equivocado?

Los ojos negros se cruzaron con los azules.

-No hay ningún error.

Albert recordó su rubor cuando él le hizo un cum plido. Sus reacciones eran las de una mujer que rara vez re cibía galanterías.

Una furia ciega, fría y dura, subió hasta su pecho. Ella se merecía algo mejor que Neal Leagan.

-¿Qué está haciendo Neal esta noche?

Está asistiendo a un baile.

Sabía lo que tenía que hacer.

¿Estaría Candy bailando en brazos de su esposo en el baile?

-Manda llamar un carruaje ordenó Albert de re pente. Esta noche seré yo quien siga a Neal Leagan.

El baile resultó ser mucho peor de lo que Candy había imaginado. Charló con las jóvenes que aún no tenían pareja y con los hombres que eran demasiado tími dos como para acercarse al sexo opuesto. También se había acercado a aquellos hombres y mujeres demasiado mayo res o que estaban demasiado débiles para bailar. mien tras lo más deslumbrante de la sociedad giraba y daba vuel tas en la pista de baile, absorta en su búsqueda de placer.

¿Cuánto tiempo puede una mujer sobrellevar con tranquilidad la ausencia de vida marital?

-Señora Leagan...

Candy tardó un segundo en darse cuenta de que le estaban hablando. Un no ble de ochenta años.

-Señora Leagan, tengo a alguien aquí que desea que se lo presente.

Candy se dio la vuelta, agradecida ante su anfitriona.

Su cálida sonrisa se heló.

Era él su tutor, vestido de gala, de negro y cor bata blanca, destacaba sobre la figura baja y oronda de la señora que organizaba la fiesta. A su otro brazo se agarraba una mujer alta, la parte de arriba de su cabeza alcanzaba la barbilla de él. Era delgada, elegante y llevaba un vestido turquesa que com binaba con sus ojos. Ella debía ser la mujer con la que él se había revolcado hasta que su perfume se había convertido en su propio aroma.

Sintió un fugaz dolor punzante en el pecho; celos envidia. La mujer era todo lo que Candy jamás sería, exactamente el tipo de mujer que ella elegiría para un hom bre como él.

-Elizabeth, permíteme presentarte a la señora Candy Leagan, la ilustre esposa de nuestro ministro. Señora Leagan, la condesa.

Con una sonrisa cálida, la condesa tendió una mano enfundada en un guante blanco.

-¿Cómo está, señora Leagan? He oído hablar mucho de usted. Soy la madre de Albert

Sintió entre miedo y alivio al saber la verdad.

-¿Cómo está usted, condesa?

-Señora Leagan, permítame presentarle al hijo de la condesa, Sr. Andrew. Sr. Andrew... la señora Leagan.

Los ojos azules se estrellaron con los de color verde de Candy. En su mirada estaba todo lo que habían leído y discutido aquellas dos últimas mañanas.

¿Dios mío, ¿qué estaba haciendo él aquí? ¿Le había contado a su madre algo sobre sus clases?

Candy asintió rígidamente.

-Sr. Andrew

Antes de poder adivinar sus intenciones, el rubio hizo una reverencia y tomó la mano de Candy. Sintió que se quemaba por dentro

-Un placer conocerla, señora Leagan.

Con una mezcla de horror y fascinación, Candy observó la cabeza dorada inclinarse sobre su mano. Sus labios, cuando la besó, estaban aún más calientes que sus dedos.

La sangre que se había retirado de su cabeza al verlo inundó su cara como una oleada de hirviente rojo. Arrancó su mano de la de él.

La madre de Albert, como si no hubiera sucedido nada ex traño, le sonrió. Mientras presentaba a su hijo al anciano que estaba a los lados de Candy.

-En mis tiempos no presentábamos a nuestros bastardos. Dijo en forma despiadada el anciano

Candy sintió cómo el aliento se le quedaba atra pado en la garganta ante la brutalidad del comentario. Ape nas registró la exclamación ahogada de la baronesa.

-Oh, Dios mío... Los ojos de su madre lanzaban miradas que mataban

-En sus tiempos, Señor, usted no tendría un título, por lo tanto no hubiese sido presentado a na die, fueran bastardos o verduleros.

El rostro amarillento del anciano se cubrió de manchas rojas.

-Mmmm..s La señora Leagan creerá que somos unos ordinarios. Dijo Albert con desdén.

-Dudo mucho que sea a nosotros a quienes la se ñora Leagan considere ordinarios.

Candy reprimió una explosión de risa. El anciano se dio la vuelta y caminó airadamen te hacia la multitud. La condesa miró enfurecida en aquella di rección mientras lo perdía de vista.

-El hombre malvado ya se ha ido, dijo brevemente Albert a su madre. Puedes relajarte, tu polluelo está seguro.

-Lo siento, señora Leagan, pero ha sido una gran pro vocación. Como madre, estoy segura de que entenderá mi enfado.

La madre de Albert había sido la amante de un árabe. Había dado a luz a un hijo bastardo. Y lo había enviado a Arabia cuando él tenía doce años para no tener que lidiar con las molestias de educar a un ni ño adolescente.

Candy dudaba de que tuviera una sola fibra de instinto maternal en su cuerpo.

-Sí, por supuesto dijo fríamente.

Los ojos del rubio echaron chispas furio sas. Dirigidas a Candy

-Hemos venido a buscarla para el próximo baile, señora Leagan. Mi hijo desea bailar con usted. Por favor, no le diga que no; si lo hace, tal vez nunca más lo pueda con vencer de que asista a una fiesta,

Candy echó una mirada hacia los hombres, buscando desesperadamente a su es poso, su madre, un motivo para declinar la invitación. Una mujer respetable no baila con un hombre de su repu tación.

-Mi esposo y yo no bailamos.

-Su esposo está en el otro salón hablado de política, señora Leagan interrumpió suavemente el rubio. Es toy seguro de que no le importará que yo ocupe su lugar. Especialmente, si, como usted dice, él no baila.

Sabía que Albert no estaba hablando de musica. Es taba hablando de sexo.

-Será un placer bailar con usted Sr. Andrew.

Antes de que pudiera echarse atrás, Candy fue empujada a un mar de vestidos de seda de luminosos colores y chaquetas de gala color negro. Unos dedos duros y calientes la cogieron por el codo.

El cuerpo de él estaba tan caliente y duro como sus dedos. Podía oler el calor que emanaba bajo la seda de su ropa. No había indicios de olor de mujer.

Ciegamente, dio un paso atrás, pero sin éxito. Es taba atrapada en el roce de un cuerpo sólido mientras las mujeres y los hombres se colocaban para bailar.

El rubio atrapó su mano derecha, la levantó y sus pechos se alzaron. Era excitante; era peligroso. No era lo que habían acordado.

-Usted dijo que no me tocaría.

-Como su tutor, señora Leagan. No como su compañero de baile.

-¿Por qué ha venido? Dijo en un susurro

-Porque sabía que usted estaría aquí.

-De haberlo sabido, yo no habría venido.

Una mano fuerte le asió la cintura.

-Me preguntó por qué

Estaba demasiado cerca, Candy no podía respi rar. Intentó apartarse del intenso calor que irradiaba su cuerpo. Pero Albert la apretó mucho más fuerte del a cintura, devolviéndola a su lugar.

CONTINUARÁ..

Chicas otro capítulo espero que les guste saludos a todas nenas besitos.