PROPUESTA IRRESISTIBLE
Por: Tatita Andrew
Capitulo #5
-Sí usted no me toca, levantará chisme entre los invitados a la fiesta, más que si lo hace, señora Leagan. – susurró el rubio en su oído.
Tenía razón.
Apretó los dientes, alzó el brazo a regañadientes cada vez más arriba… y descansó los dedos de su mano izquierda sobre el hombre de él. Su pecho izquierdo se había salido casi por completo del corsé.
Comenzó la música, un sonido de violines y los acordes estruendosos de un piano. El aíre cálido rodeó a Candy, y de repente se convirtió en parte de lo más selecto de la sociedad, del suave roce de la seda de vivos colores y de las chaquetas negras, hombres que pisaban mujeres que giraban.
Se concentró en el blanco inmaculado de su guante, el brillante negro satinado de sus solapas, cualquier cosa que no fuera el incómodo palpitar de su corazón y la dureza punzante de sus pezones bajo la fricción resbaladiza de la seda.
Se afanó desesperadamente por encontrar un tema seguro de conversación. Se suponía que no debía ser sensible a un hombre que no fuera su esposo.
-No sabía que usted bailaba.
-Usted quiere decir que no sabía que yo fuera, aceptado por la alta sociedad.
No tenía sentido mentir.
-Sí.
-Hay muchas cosas que desconoce de mí, señora Leagan.
La miro de una forma, que Candy tuvo que desviar la mirada nuevamente.
-¿Tiene usted relaciones sexuales con la baronesa?
Candy tropezó en el momento en que las palabras salían de su boca, sin que pudiera detenerlas. Los dedos de Albert se clavaron en su cintura; un dolor se incrustó en sus costillas.
-Usted parece estar al tanto del chismorreo reinante. ¿Por qué no me lo cuenta usted?
Candy miró fijamente el gemelo de diamante de su camisa. Parpadeaba a la luz de la lámpara encima de ellos.
-¿De qué otra manera podía saber que mi esposo y yo habíamos aceptado una invitación al baile?
-Mi madre – dijo él causalmente, haciéndola girar-. Ella y la baronesa son compañeras de bridge.
-¿Sabe su madre algo sobre nuestras…clases? – preguntó sin aliento.
-Tranquila señora Leagan. Le he dicho que no hablaré de lo que sucede entre una dama y yo tras las puertas cerradas. No necesita usar corsé.- su pierna se metió entre las de ella mientras la hacía girar una vez más; un denso calor se apoderó de la parte central de sus muslos-. Está sufriendo innecesariamente un colapso en los pulmones.
Candy enterró los dedos en su hombro…en donde no había hombreras, sólo musculo duro.
-No estamos en su casa, Señor Andrew. Si usó corsé o no es asunto que me compete solo a mí y a mi doncella.
-¿Y su esposo, señora Leagan? ¿Acaso el no opina acerca de sus prendas íntimas?
La réplica afilada no llegó a salir de los labios de Candy.
Su esposo jamás la había visto en ropa interior, y mucho menos expresado interés en ella. Sin embargo, no le cabía duda alguna que el rubio había visto mucha ropa interior femenina.
-¿Por qué baila tan bien si no asiste regularmente a eventos sociales?
-¿Por qué baila tan bien el vals si su esposo no lo hace?
-No he dicho que n bailar el vals - le replicó ella severamente.
Neal Leagan bailaba claro que sí; simplemente no lo bailaba con ella. Guardaba las diversiones sociales para votantes.
-Cuénteme algo sobre usted.
-Ya le he dicho que no hablo de mi vida personal.
-Pero en este momento no soy su tutor. Soy un hombre que está charlando para pasar el tiempo mientras bailamos.
Candy echó la cabeza hacia atrás, mientras abría su boca para decirle que si bailar con ella era un tarea tan aburrida, no debía molestarse.
Fue un error.
Apenas veinte centímetros separaban sus caras. El ancho de sus dos manos.
-Soy una mujer aburrida común y corriente y que ama a su esposo.
-¿eso no es cierto?
-Sí lo es. Pero como….
-De vez en cuando leo algún periódico. Y solo se toman fotos en actos públicos y usted jamás se ve feliz. ¿Qué le gusta…? ¿La política?
No entendía como este hombre, podía ser así de directo e incluso irreverente. Una sonrisa se asomó a la boca de Candy, lo mucho que odiaba la política. Porque no le daba derecho a la mujer a tomar participación activa.
-No, estoy interesada en la política. Me gusta más las cosas que mueven al mundo, querer ayudar a la gente mucho más que lo hace el gobierno. –Una sonrisa se agrando al hablar de lo que le apasionaba.
-Es usted una mujer muy inteligente
Candy buscó en sus ojos algún rastro de burla, pero no halló ninguno. Un torrente de orgullo femenino recorrió todo su cuerpo.
-Lo soy.
-¿Usted quiere a su esposo?
Como decirle a un extraño los sentimientos inexistentes hacía él.
Candy eludió su astuta mirada.
-¿Cuándo usted me saludo hoy en la fiesta me dijo – Ahlan wa salan. ¿Qué significa?
-En términos generales, significa que es un placer conocerla. ¿Ama usted a su esposo? Volvió a preguntar el rubio.
Candy pisó su empeine….con fuerza.
-Si no lo amará, no habría ido a buscarle a usted. Dijo esperando que le crea.
-¿La ama su esposo a usted?
-Eso no es asunto suyo.
-Me propongo que lo sea.
-¿No estaría pensando en…?
-Creo que será mejor que cancelemos nuestras clases, señor Andrew. Haré que le devuelvan su libro.
-Es demasiado tarde. Preciosa.
El temor rozó la piel de Candy.
-¿Qué quiere decir?
-Tenemos un acuerdo.
Sus ojos centellearon al comprender sus intenciones.
-Yo le chantajeé y ahora usted quiere intimidarme.
-Si es necesario…
Era lo que había temido aquella primera mañana; por lo tanto, no debería sentirse tan…ofendida.
-¿Porqué?
-Usted quiere aprender a darle placer a un hombre…y yo quiero enseñarle.
Candy se sintió arde de la ira.
-Desea humillarme.
Las pestañas de Albert creaban sombras cóncavas bajo sus ojos.
-Como le dije anteriormente, usted sabe muy poco sobre mí. ¿Recuerda la historia de Dorearme en el capítulo dos de . El jardín perfumado?
-Lo mataron – le respondió ella con tristeza. Y también recordaba que había sido de manera macabra.
-El rey que lo mató liberó a una mujer de sus garras.
-Una mujer casada.
-Luego el rey tomó a la mujer y la liberó de su esposo.
-Eso es absurdo. – No quería pensar en una mujer casada que era liberada de su esposo – No. Veo a dónde quiere llegar con esta conversación.
-Simplemente a esto: Una mujer en Arabia tiene ciertos derechos sobre su esposo. Entre ellos está el derecho a la unión sexual. Tiene el derecho a pedir el divorcio si su esposo no la satisface.
La mortificación estalló dentro del pecho de Candy. Sólo las mujeres sin principios podían no estar satisfechas en su matrimonio.
¿Cómo se atrevía él…?
-Para su información, mi esposo sí me satisface – le espetó.
-No habrá más mentiras entre nosotros, princesa. Usted tuvo el valor de pedirme que el enseñara; ahora tenga el valor de enfrentarse a la verdad.
-¿Y cuál se supone que es la verdad, Señor Andrew?
-Mire a su marido. Cuando vea lo que es y no lo que usted quiere que sea, obtendrá la verdad.- de repente, él soltó su mano y libero su cintura -. El baile ha terminado, señora Leagan. Salgamos a caminar.
Candy retiró su mano izquierda bruscamente, alejándola de su hombro.
-No me coaccionará.
-Me temo que sí. Usted dice amar a su esposo, pero no sabe nada acerca de él… o de usted misma. La espero mañana por la mañana.
Candy saludó a conocido mientras su mente trataba de asimilar y analizar velozmente sus palbras.
-Usted sabe quién es la amante de mi esposo.
-No.
-Entonces, ¿Por qué está haciendo esto?
-Porque creo que usted es una mujer muy admirable.
-No tengo un miembro masculino, señor Andrew – replicó ella fríamente.
La dura línea de su boca se aflojó. Un brillo juguetón centelleó en sus ojos.
Se parecía a aquel niño travieso que debía de haber sido cuando tenía doce años, incitado por su madre.
-Lo veremos.
-No estaré allí mañana por la mañana.
-Estará. Y yo estaré esperándola.
Por primera vez en su vida. Candy comprendió porque se sentía fuera de lugar. Deseaba tanto dar patadas de furia al suelo. Miró fijamente al otro lado del salón, a los ojos de su esposo.
Un hombre se acercó a él, un colega del gabinete. Neal la había visto y la había ignorado.
Volvió sus ojos hacia la mirada azul del señor Andrew. Él también había visto como Neal la había ignorado.
El olor a alcohol, los perfumes de las mujeres y el aceite del cabello de los hombres se mezclaron en su cabeza. Candy endureció su gesto y se irguió todavía más.
-No le mentiré si usted no difama a mi esposo.
-Está bien.
-Y si insiste con la verdad, debe estar preparado para mostrarla.
Sus pestañas rizadas dibujaban afiladas sombras sobre sus mejillas.
-Yo estoy para instruirla, princesa, no al revés.
-Tal vez ambos aprendamos.
-Tal vez.- Le ofreció su brazo.
Ella apoyó con temor sus dedos sobre la manga. Debajo de la seda sus músculos estaban tensos como una vara.
Un calor abrasador se apoderó de su interior. Procedía de su mirada, puesta sobre sus pechos. Echó los hombros para atrás, el corsé crujió, dándose cuenta demasiado tarde de que el movimiento empujaba sus pechos hacia arriba y afuera.
Albert alzó las cejas; la risa chispeaba en las profundidades de sus ojos.
-Regla número tres. Desde mañana por la mañana, no usará ni una sola prenda de lana en mi casa. Podrá usar seda, muselina, terciopelo, brocado, lo que quiera mientras que no sea lana.
-Y usted, señor Andrew – preguntó ella audaz, con un chillido -, ¿Qué usará usted?
-Tanta o tan poca ropa como usted desee.
Candy sintió que se le secaba la boca, imaginando la suave piel blanca coronada por el rojo ardor del deseo.
De repente recordó quien era él, y quien no era ella.
Un hombre como él no deseaba a una mujer como ella, casada.
-Estamos involucrados en un aprendizaje, señor Andrew, no es una comedia.
Las cabezas giraron para ver quién osaba reírse con una alegría tan expansiva.
Candy se mordió los labios para evitar reír con él.
Por supuesto que eran los nervios. No sabía nada ni remotamente gracioso en el hecho que toda la sociedad fuera testigo de la risa desinhibida del señor Andrew, especialmente cuando ella estaba agarrada a su brazo y también siendo observada. Pero fue en vano resistirse, ya no que no pudo mantener sus labios en una línea recta.
Unos ojos color verde esmeralda atraparon los de Candy.
Los ojos de su madre.
No eran divertidos.
Candy apartó bruscamente su mano del brazo del señor Andrew.
La risa de Albert se apagó de inmediato. Candy se dio la vuelta, dejándolo plantado. Y sintió como si algo muriera también dentro de ella.
CONTINUARÁ….
Volviendo a actualizar historias que estaban inconclusas, saludos de su servidora. Tatita de Andrew…
