PROPUESTA IRRESISTIBLE
Por: Tatita Andrew
Capitulo #6
-Candy Leagan llevaba un grueso vestido de terciopelo marrón y sus rígidos modales. La noche anterior ella le había sonreído… y luego lo había dejado plantado como si fuera un perro callejero.
-Sabah, señora Leagan.
-Buenos días, señor Andrew.
Una sonrisa vacilante torció las comisuras de sus labios mientras ella se quitaba cuidadosamente los guantes de color negro. Sirvió el café humeante en una pequeña taza de porcelana, y añadió un poco de agua fría antes de entregárselo.
Era evidente que ella se mostraba reticente en aceptarla. Era igualmente evidente que sus rígidos modales dictaminaban que si no lo aceptaba, ofendería a su anfitrión.
Albert la observó detenidamente, deseando que cogiera la taza de café.
La alegría que sintió cuando al fin aceptó aquella bebida le hizo recordar su pagado.
La deseaba.
Deseaba que ella reconociera sus necesidades físicas.
Deseaba que ella lo deseará a él, al bastardo nacido en occidente pero que se había hecho hombre en Oriente, y que había paladeado los amargos despojos de la sexualidad humana y seguía anhelando aún todavía más.
El café turco era un buen pretexto para comenzar.
El humo caliente envolvió el rostro de Candy; sopló el café antes de tomar uno, dos, tres sorbos… luego depositó la taza de café sobre el escritorio mientras sacaba el fajo de papeles de su bolso.
-No logro entender porque eligió este libro de texto, señor Andrew. – alzó la cabeza y sostuvo su mirada. El deseo sexual brilló por unos segundos en sus claros ojos verdes como esmeraldas pero desapareció rápidamente -. Esto no enseña demasiado sobre cómo complacer a un hombre.
Albert volvió a llenar su taza de café, inhalando el espeso y dulce aroma, un recuerdo agridulce de lo que alguna vez había dado por supuesto. Oh vosotros los hombres - murmuró -, preparadla para el placer y no dejéis de hacer nada para lograr ese fin. Exploradla incasablemente, y enteramente ocupados en ella, no dejéis que ninguna otra cosa os distraiga… luego preparaos para trabajar, pero, recordad, no hasta que sus besos y caricias hayan surtido efecto.
De manera instintiva, se llevó la taza de café a los labios y dio un sorbo. La espesa bebida estaba caliente y húmeda, exactamente como se sentiría Candy si él estuviese alojado en lo más profundo de ella.
La mujer lo observó, con una apariencia de tranquilidad y sosiego. Sus pezones se destacaban en el sueve corpiño de terciopelo. Anoche habían rozado el pecho de él cuando bailaban.
Albert dejó la taza sobre su platillo.
-¿Usted no cree que los hombres necesitan ser preparados, señora Leagan?
Sus claros ojos reflejaban la lucha entre la indecisión y el recato. Triunfó la necesidad de saber.
-¿Está usted diciendo que los hombres y las mujeres se excitan con el mismo tipo de caricias?
-Ambos tenemos pechos, labios, muslos… - delicadamente dio vueltas con su dedo sobre el borde de la taza tibia de porcelana -. Sí, eso es exactamente lo que estoy diciendo.
-Entonces ¿usted cree que un hombre se excita cuando una mujer besa sus mejillas y… - Un latido palpitó como un disparo en su garganta, habían cruzado irrevocablemente los límites entre tutor y alumno… él lo sabía, ella lo sabía. Él había sembrado la duda en la mente de ella sobre su esposo… y sobre él mismo - … ¿mordisquea sus pezones?
Candy eludió el calor de su mirada. – puedo comprender que tal vez sea placentero para un hombre cuando una mujer agita la parte de debajo de su cuerpo, pero no logro entender de qué manera un hombre puede disfrutar… al ser besado en el ombligo y en los muslos.
Albert sabía exactamente cuánto placer sentía el hombre al ser besado en el ombligo y en los muslos. Una sensación erótica latía entre sus piernas, el recuerdo del placer, las tiernas exploraciones de una mujer, las piernas abiertas, el miembro viril brillando con urgencia mientras él enroscaba el cabello suave como la seda en sus manos y se rendía al éxtasis primordial de una boca caliente y húmeda.
Él quería eso… quería experimentar de nuevo el goce inocente del sexo…. Con Candy White .
Tenía que reconocer sus necesidades.
-¿Acaso no disfruta usted cuando le besan el ombligo y los muslos? – preguntó el con voz grave y sensual.
-Yo… - Los ojos de Albert desafiaron a Candy a decir la verdad. Ella no lo defraudó -. No lo sé. Jamás me han besado ahí.
-¿La excita pensar en que la besen ahí?
Una brasa explotó en la chimenea.
Candy alzó el mentón, desafiándolo a que se burlará de ella.
-Sí, me excita. ¿Le excita a usted pensar en que lo besen ahí?
El aliento de Albert le raspó la garganta.
-Sí me excita.
-¿Y a un hombre le da placer que la mujer le muerda sus brazos?
La ardiente sensualidad que comenzaba a crecer entre ellos se disipó súbitamente.
-Mordisquear sus brazos, señora Leagan – dijo él secamente -. Yo en ningún momento estoy sugiriendo que un hombre y una mujer practiquen canibalismo.
-Discúlpeme. ¿Un hombre siente placer si la mujer mordisquea sus brazos?
Una sonrisa cínica se dibujó en los labios de Albert, otros recuerdos volvían a su mente, recuerdos más recientes.
-El dolor tiene sus momentos.
-¿Cuándo?
-¿Cuándo el dolor es placentero para un hombre… o cuándo es placentero para una mujer?
La fría reserva social volvió a adueñarse de ella.
-Para un hombre.
-Cuando un hombre hace que la mujer alcance su clí…
-Perdóneme. ¿Me gustaría tomar notas. ¿Puede prestarme su pluma nuevamente, por favor?
Candy estaba huyendo.
De él, de sí misma.
Ella sabía cómo ser esposa, pero estaba aterrada de ser mujer.
El abandono de su esposa por parte de Neal Leagan en el baile, de la noche anterior, junto a su rechazo, le había mostrado a Albert todo lo que necesitaba saber acerca de aquel matrimonio. A Neal no le importaba… a Candy sí.
Se preguntó cuánto tiempo habría estado despierta a su regreso a casa, sola, esperando a su marido.
Se preguntó qué reacción tendría cuando descubriera el secreto de Neal.
Maldita sea. Toda la casa estaba al tanto de las predilecciones sexuales de Neal Leagan. ¿Cómo era posible ser tan ingenuo?
Albert busco su pluma en el cajón superior. Ella miró fijamente el instrumento de oro.
O tal vez miró sus dedos, recordando el ancho de sus manos y preguntándose cómo se entraría él dentro de ella.
¿Lo aceptaría con facilidad o la dilataría hasta que doliera? ¿Le provocaría un orgasmo o la dejaría anhelante de frustración como sin duda Neal Leagan la había dejado?
Enderezando los hombros, Candy arrancó la pluma de sus dedos.
-Gracias.
-¿Cuánto tiempo habría transcurrido desde que ella había tenido a un hombre en su interior?
Albert arrastró el tintero de bronce hacia el otro lado de su escritorio.
Candy sumergió la punta de metal dentro de la tinta, y poso ligeramente la pluma sobre el papel, con sus ojos fijos sobre el pergamino blanco.
-¿Qué decía usted?
-¿Alguna vez ha tenido un orgasmo, señora Leagan.
Candy levantó bruscamente la cabeza.
-Sin mentiras, sin respuestas evasivas – advirtió Albert con seriedad -. Ese fue nuestro pacto.
La expresión de escándalo e indignación se convirtió en frío desdén.
-Sí, señor Andrew, he experimentado un orgasmo.
Los celos se apoderaron en su vientre como una cobra preparándose para atacar.
-Entonces sabe usted que justo antes del clímax disminuye la capacidad para darse cuenta de la diferencia entre el placer y el dolor. Cuando una mujer alcanza el orgasmo, algunas veces araña o muerde a su amante. El dolor puede ser el ímpetu que él necesita para alcanzar su propio clímax.
La punta de metal se deslizaba afanosamente sobre el papel.
Albert observó el juego de luz y sombra sobre su cabello rubio, y se imaginó su cabeza inclinada de manera solemne para recibir a su esposo en su boca.
Albert no sabía que lo alteraba más, si el hecho de que cuando finalizaran sus lecciones ella usaría aquellos conocimientos para darle placer a otro hombre o estar convencido de que usarlo para darle placer a su esposo la destruiría.
-Ahora le diré lo que una mujer necesita a veces para alcanzar el clímax.
Las anotaciones cesaron.
-He conocido mujeres a las que les gusta que les mordisqueen o pellizquen los pezones.- Su descripción era abiertamente sexual-. Otras disfrutan cuando les levanto las piernas sobre mis hombros y las embisto tan fuerte y profundamente que puedo sentir cómo se contrae su vientre a mí alrededor.
Candy apretó la pluma como un garrote y miró fijamente lo que había escrito.
-¿Qué prefiere usted?
Albert sintió lastima por su ignorancia… y por aquellos deseos tan valientemente intentaba ocultar.
-Lo que prefiera la mujer.
Lo que tú prefieras Candy White.
Pero era lastimosamente evidente que ella no sabía lo que deseaba. Simplemente deseaba.
Su voz sonó en tono grave.
-¿Realmente le gusta que una mujer le mordisquee los pezones?
Un relámpago de calentura atravesó los testículos de Albert.
-Sí, señora Leagan.
Con el cuerpo tenso, esperó la siguiente pregunta.
Los pechos de Candy subían y bajaban rítmicamente con su respiración bajo el vestido. Alzó la cabeza. Tenía las pupilas dilatadas por la excitación sexual.
-¿Le da… le da placer a usted mordisquearle los pezones a una mujer?
-Besar, chupar. Lamer. Mordisquear – dijo con fuerza -. Sí, los pechos de una mujer me dan placer.
-¿Y su… miembro? Ayer usted dijo que cuando una mujer pone sus dedos alrededor del miembro de un hombre sostiene su vida en sus manos. ¿Cómo le gusta a usted que lo… sujeten?
Una respiración entrecortada sonó como un silbido en el aire. Albert apenas se dio cuenta que era suya.
-Me gusta que una mujer agite y apriete mi miembro hasta que llegue al orgasmo.
Candy no se movió, ni pestañeó siquiera.
Albert podía sentir cómo la sangre se atropellaba. Por sus venas bajo su piel, una estatua esperando ser sexualmente despertada.
-Las mujeres deben de haberle encontrado fascinante.
Su elogiosa respuesta no era lo que él había esperado.
La tibieza rozó las mejillas de Albert, la primera vez que se sonrojaba en veinticinco años.
-Sí.
Las mujeres lo consideraban fascinante, pero extranjero.
-¿Alguna vez ha estado con una mujer que no le haya dado placer, señor Andrew?
-Sí lo que quiere saber es sí alguna vez he fracasado en lograr que una mujer alcance el orgasmo – dijo bruscamente – la respuesta es no.
El papel crujió y las notas de Candy se arrugaron.
-¿Nunca?
Albert alzó una ceja.
-No me considero un mártir señora Leagan. Ha habido momentos en los que he llegado al orgasmo antes que una mujer. Pero hay otras maneras de alcanzar el éxtasis. Los dedos las manos. Los labios. Los dedos de los pies. Prácticamente cualquier parte del cuerpo de un hombre puede usarse para satisfacer a una mujer.
CONTINUARÁ….
Capitulo doble chicas saludos
