CAPÍTULO 3: ATSUMU MIYA.
¿De dónde salían esas lágrimas? ¿Por qué esa niña estaba llorando? Él había sido lo más caballero posible al decirle que ya no tenía tiempo de estar en una relación. Ni siquiera había sido tan cruel en confirmarle que realmente nunca quiso salir con ella seriamente o que le resultaba aburrida. ¡Claro que no! Ya había aprendido la lección y ahora trataba de no ser tan malo. Pero le resultaba francamente irritante encontrarse con un mar de lágrimas pese a todos sus esfuerzos.
—¡Qué cruel eres, Atsumu-kun!
Fue lo último que escuchó de esa chica cuyo nombre no recordaría al año próximo. El cabello castaño en ondas falsas hechas con rizador flameando al viento y los cristales líquidos cayendo de sus ojos, corriendo el maquillaje que nunca llegó a decirle, no iba realmente con su rostro. Era definitivamente más bonita sin maquillaje. Pero bueno, ¿qué más daba?
«Atsumu-kun lo hizo de nuevo», escuchó en el pasillo. «¡Es tan atractivo! Seguramente ninguna chica esté nunca a su altura». «¡Ahora tengo miedo de entregarle mi chocolate de San Valentín! ¿Qué hago…?».
Y la hora de los rumores llegaba, nuevamente. Cada vez que Atsumu Miya terminaba un noviazgo, parecía que los pasillos se convertían en una enorme casa de los secretos. La preparatoria Inarizaki tenía la facultad de tener increíbles similitudes con esos programas amarillistas que las amas de casa ven por las tardes. Incluso su propia madre. Esos dónde exploran sin piedad la vida de las celebridades y violan sus intimidades para exponerlas en un show de bajeza para el deleite del público. Suspiró con fuerza. Es lo que se ganaba con su popularidad, suponía.
—¿Otra vez, Tsumu?
Había realmente pocas voces que Atsumu Miya podía reconocer aun estando bajo el agua. Las cadencias de sus voces y los tonos en que pronunciaban su propio nombre era tan familiar que podía escucharlos por sobre una multitud, como en ese instante. La voz de su madre. La voz de su gemelo. La voz de la chica de la que estaba enamorado desde que tenía razón de ser.
Los ojos azules sobre el rostro pálido cubierto de pequeñas pecas lo observaban casi con reprobación. Esa mirada tan suya cuando metía la pata hasta los muslos y solo le faltaba decirle «¿En serio?», casi como lo estaba haciendo ahora.
—¿No te cansas de ser un desgraciado? Ya deberías haberte aburrido.
Y ahí estaba Osamu. Alto, exactamente como él (aunque estuviera seguro de que si él se ponía realmente derecho, lo superaba). Los ojos miel espejando su propio color de iris y ese tinte harto en ellos, como siempre que lo miraba. Porque así era Osamu, damas y caballeros. El chico pacífico que por dentro era un psicópata pasivo-agresivo y ante la primera oportunidad le destrozaba la yugular.
Pero sea como sea, había que responderles. Así que giró medio cuerpo hacia ellos, remangándose la camisa del uniforme escolar con esa sonrisa de costado que daba cada vez que quería convencerlos de algo. Cerró los ojos y dejó que su tono azucarado como la miel en sus ojos hiciera el trabajo pesado.
—¿Mhh? No tengo idea de que hablan, chicos. ¿Pasó algo?
Por momentos, Atsumu veía en ellos lo que sabía, el resto del mundo era capaz de observar cuando se paraba junto a Osamu. Como sus expresiones se mimicaban hasta el punto de lo absurdo, más aún cuando dos personas tienen mismo rostro. Era un espectáculo digno de ver.
El rematador y su mejor amiga entornaron sus ojos con rictus cansado, como agotados de lo que sea que estuviera diciendo (y solo había dicho una frase). Los labios fruncidos como si hubieran probado algo desagradable y no pudieran escupirlo por respeto al cocinero por quien claramente tenían afecto. Los hombros caídos en un suspiro agotador, como si vinieran de escalar una montaña altísima y hubieran llegado a casa. Los conocía demasiado bien como para no identificar todas y cada una de esas señales físicas imperceptibles al común ojo humano. Estaban a segundos de golpearlo.
Osamu gruñó bajo su aliento, haciendo que su amplio pecho de desinflara como un globo al que no puedes atar correctamente. Mierda, ¡Siempre se comportaba así! Don Perfecto. El Señor Sobriedad. Mister Aburrimiento. Nunca nada de lo que decía por su cuenta lograba hacerlo reír realmente, solo enfadarlo. Los únicos momentos donde su humor conectaba, era cuando utilizaban sus poderes de Gemelos Fantásticos en Aran, y entonces era divertido, porque molestaban a alguien más.
Nunca aceptaría a la luz del día que quería a su gemelo. Pero realmente tampoco soportaba que sin intentarlo, fuera casi más cool que él. Casi.
—Le cortaste a Najima-san, ¿no es así?— Yoru levantó una ceja oscura, sin dejar de mirarlo. ¿Cómo podía no pestañear por tanto tiempo?—. Tienes un nuevo récord. No llegaste al mes.
—Bueno. Mejor ahora a que se enamorara más, ¿o no?
Atsumu levantó las manos con ambas palmas hacia arriba, en un gesto despreocupado siempre acompañado por su media sonrisa. Pronto se dio cuenta de que su hermano y su amiga no seguían esa complicidad que tanto buscaba. Sus expresiones eran serias, y ni siquiera en enfado. Eran cansadas.
—A veces prefiero pensar que solo eres bobo. Sino, tengo que desterrarte por persona horrible.
—¡Oye!
—Sé que eres un desgraciado, pero al menos date cuenta de tus actos para que no tenga que andar negando ser tu hermano aunque la evidencia me deje al descubierto.
—¡Eso fue cruel!
—Tsumu, tú estás siendo cruel con esta actitud.
—No veo en qué estoy siendo cruel, Yoru-chan… —supo que había dado en el clavo cuando sus hombros dieron un pequeño respingo al escuchar el honorífico tierno al final de su nombre. Solo que para ellos significaba todo lo contrario. Porque esa muestra vocal de cariño se traducía en que estaba mirándola desde arriba, y nada la ponía de peor humor que eso—. Ya se los dije. No estoy haciendo nada malo. Es más, corté nuestra relación antes de que pasara más tiempo. Ni siquiera se puede llamar una relación, ¿me equivoco?
—¿De verdad nacimos de la misma persona?
—Tsumu…— comenzó a decirle, levantando una mano con delicadeza y cerrando el camino por el pecho de su hermano. El ceño fruncido y los ojos serios—. Que la no relación signifique nada para ti, no quiere decir que sea igual para la otra persona. Además, ¿que no decías que besar a alguien debía ser especial?
Y esas palabras fueron como muchas agujas en medio de su pecho, subiendo hasta su garganta. Una epifanía en forma de bofetada a todos sus sentidos. Una mano invisible pulsando el botón de los recuerdos en sus memorias, cómo en esas películas donde ves todo en colores sepia y saltos de cámara. Con luces fuertes y somnolientas, forzándote a no querer correr.
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Pocas eran las veces en las que el profesor Okita se enfermaba. Las malas lenguas decían que había comido ostras crudas en mal estado y ahora su desgracia se traducía en una hora libre para todo el grupo del salón tres de la secundaria Tako. La orden estricta de su profesor adjunto había sido «hora de autoestudio». Pero en los oídos de un cardumen de chicos de trece años, las palabras sonaron más como un «hagan lo que se les antoje». Y ahí estaban, charlando en un tono de voz moderado para no levantar la atención de otros profesores en los salones aledaños.
Apoyado contra uno de los bancos vacíos, relataba animadamente los sucesos del entrenamiento matutino. Como Kitamura había golpeado cada uno de sus colocaciones casi con maestría, y como sentía que estaban preparándose para grandes cosas. El sentir que tenía danzando a todos los rematadores a su ritmo, y que cada uno saltaba cada vez más alto.
Osamu permanecía en silencio recostando el mentón sobre su mano derecha, como dejándolo hablar y distrayéndose con el ir y venir de sus compañeros ajenos a la charla. Y estaba Yoru. Sentada con las piernas cruzadas en postura india, con el cuerpo inclinado hacia delante y los ojos azules brillando con intensidad, siguiendo cada palabra con una sonrisa sincera, asintiendo con entusiasmo. Esa era la verdadera cuestión con su amiga: lo escuchaba. Era como si nunca se cansara de lo que decía, aún cuando él mismo supiera lo monótono que podía tornarse luego de horas hablando en términos deportivos.
—Los entrenamientos van a volverse cada vez más tediosos a partir de ahora. Los intercoleciales están muy cerca.
—Significa que te vas a poner el doble de pesado, ¿no?
—¡Eso fue innecesario!
—Fue la verdad.
—¡Samu!
Y los golpes hubieran comenzado de inmediato de no ser por una voz lejana. Otra mesa de tertulias cruzando el salón de clase. En tono alto y casi nasal, atorado por risas pequeñas y femeninas. Un grupo de chicas con las manos bajo el mentón y los rostros blancos sonrojados en expectativa.
—¿Supieron? ¡Akitama-san y Yoko-chan se besaron!
—¿¡Eeeeeh!? ¿De verdad? ¡Pero no son novios! ¿O sí?
—No que yo sepa. ¡Pero fue en el vestuario de baloncesto! Tiene sentido, los dos juegan.
—¡Que emoción! ¡Quiero besar a alguien ya!
Los comentarios siguieron. Las risitas agudas siguieron. Era como ver un programa de chismes en pleno horario escolar, pero en vivo y con las noticias del salón.
El silencio entre ellos se extendió, como si los tres a su manera encontraran fascinante la forma en que los rumores corrían tan rápidamente los pasillos, esperando que al menos fuera verdad. Porque si no lo era, iba a ser un problema para ambos involucrados. Voltearon la cabeza, mirándose entre los tres antes de encogerse de hombros en un gesto que nunca hubiera salido bien si hubiera sido practicado con ansias. Atsumu tomó las riendas de la conversación nuevamente, con una media sonrisa en su rostro atractivo.
—Parece que las hormonas se despertaron en el salón tres.
—Es lo normal, ¿no? Somos todos adolescentes—. Respondió su hermano repitiendo el gesto al levantar los hombros, dando a entender que no veía lo extraño en todo esto.
—Tú eres un abuelo con menos arrugas, Samu.- Y tuvo que correrse antes de que la mano enorme de su gemelo impactara en él. Yoru rio con ganas, aplaudiendo como una foca de cabello negro. Atsumu fue lo suficientemente rápido como para notar el rubor en las mejillas de su hermano cuando se quedó viéndola carcajear y luego desviar la vista. Tragó fuerte cuando ese dolor en el pecho se le hizo presente nuevamente, como hacía tanto tiempo. Era algo que cada vez le parecía más y más difícil controlar.
Y el día pasó. Los siguientes profesores asistieron a clases y llegando las tres y media de la tarde, pudieron regresar a casa. Sin embargo, como si se tratara de una orquestación mágica traída por los cielos en compensación por alguna buena acción en vidas pasadas, Osamu debía quedarse en sala de profesores para ayudar en sus tareas como encargado semanal. Se ofrecieron a esperarlo, pero el muchacho movió su mano para enviarlos de regreso. Podían sobrevivir un día sin él, pensó.
El camino de regreso siendo solo dos le daba una sensación extraña a su cuerpo. Como si algo faltara, porque el espacio junto a Yoru que ocupaba su hermano ahora estaba vacío, y por algún motivo él se sentía más alto. Casi se sentía culpable por esa sensación placentera de caminar a su lado siendo solo dos sombras alargadas reflejadas en el suelo y el color anaranjado del cielo convirtiendo su cabello negro en tonalidades rojas.
Las voces agudas que habían escuchado esa tarde no dejaban de sonar en su cabeza. Tampoco lo que habían hablado. Era como si por un momento, algo hubiese desplazado al voleibol de su mente y en ese puesto ahora hubieran besos y novios y cosas color rosa.
Atsumu no era un muchacho maduro para su edad. No era un muchacho maduro para ninguna edad. Era la clase de chico que hasta los nueve años estaba convencido de que las niñas estaban repletas de piojos. Que eran como entes extraños que gritaban agudo, lloraban por nada y no sabían nada de vóley. Eran algo que no le interesaba. Por eso Yoru era tan especial para él: casi no era una niña. Yoru nunca lloraba. Lo escuchaba cuando hablaba de su deporte favorito. Le pasaba el balón para que él lo golpee y siempre jugaba con ellos. El día que notó que era realmente una chica, fue el día que Matsuo Kajita se le declaró. Ese día, y observando la escena desde lejos junto a su hermano fue el día que descubrió como el sol se reflejaba en los ojos azules. Como la falda del uniforme dejaba las delgadas piernas al descubierto. Como el cabello le quedaba mejor suelto que en una trenza al costado. Como sus pecas aparecían en verano con mayor intensidad. Y sobre todo, cuanto odiaba realmente cuando otro chico se le acercaba. Mierda que lo odiaba.
—¿Te sientes bien?
Atsumu pestañeó varias veces al escuchar su voz llamándola a Tierra. Miró hacia abajo y la vio mirándolo con extrañeza. Una ceja levantada y el puente de la nariz fruncido. Sonrió como siempre lo hacía antes de responderle.
—¡Claro! ¿Por qué lo preguntas?
—Llevamos medio trayecto y no emites sonido. O te sientes mal o estás pensando en algo. Y los dos sabemos lo mucho que amas pensar.
—Eso fue grosero…— La risa de Yoru rebotó en las paredes de su mente como campanadas de una iglesia en domingo. Fuertes y lejanas al mismo tiempo. Sintió su pecho doler sin tener motivo, y el corazón acelerarse como cuando sus rematadores daban en el blanco. Tragó fuerte antes de seguir—. Oye…
—¿Mhh?
—¿Qué piensas de lo que pasó hoy? Tú sabes. Lo del intercambio de gérmenes por la boca.
—¿El beso?
—Sí, eso—. Mierda que era incómodo siquiera decirlo.
Yoru pestañeó varias veces, como si le sorprendiera siquiera que él recordara algo tan trivial. Los pasos se ralentizaron y la vio llevar una mano tras su cabeza, rascando con delicadeza como si eso la ayudase a pensar. La forma en la que se encogió de hombros fue similar a la que Osamu usaba cuando algo lo dejaba sin palabras.
—¿Qué todos pueden usar su lengua en lo que quieran?
Atsumu contuvo el aire en su garganta para ahogar la carcajada involuntaria. No era momento de reír. No ahora al menos.
—¡Hablo en serio! ¿Qué piensas?
—¡Eso!— Y se detuvo por un momento entre risas. Sus ojos eran otros cuando completó su frase—. Aunque… Bueno. Creo que cuando besas a alguien debería ser especial. Tú sabes, sobre todo si es el primero.
Atsumu tenía problemas, serios problemas, cuando se trataba de escuchar a otro ser humano. Era como si sus pensamientos volaran lejos y la carcasa que era su cuerpo se quedara pretendiendo prestar atención con un leve asentimiento de cabeza. Por eso era muchas veces que su hermano pensaba que lo ignoraba, y era cierto en parte. Pero por algún motivo, las palabras de Yoru fueron absorbidas como agua sobre piel hirviendo en un día de verano. Asentándose y entrando por cada poro. Hubo algo en los ojos de la pelinegra que pareció gritar. Algo que la hacía ver casi indefensa. Casi triste. Y eso lo desesperó tanto como ver una película donde el perro del protagonista corre peligro. Como si quisiera tocar su hombro y no estuviera a su alcance. Como si todos esos años conociéndola se borraran de sus recuerdos, quedando en la nada. Y lo aterró.
Atsumu recordó siempre a qué sabían los labios de Yoru. Helados, suaves, tiernos. No usaba ningún tipo de brillo y aun así parecían saber al jugo de frutas que la vio beber en el almuerzo. Mantuvo en sus recuerdos la mano tiesa en su antebrazo cuando reaccionó a su avance y se aferró a la manga de su uniforme. El temblor de sus hombros y los ojos azules abiertos en sorpresa. El beso que para él duró una eternidad en la realidad no debió superar los ocho segundos reglamentarios antes que el referí sonara el silbato para el límite del saque inicial.
El frío que sintió en sus labios al retirarse fue demoledor, como una vuelta a la vida que no quería reconocer. Y supo que tenía que abrir la boca cuando notó el temblor en los labios de Yoru, así como el rubor tiñendo sus mejillas. «Piensa rápido», se sintió gritarse a sí mismo. Y habló.
—Bueno. Al menos ahora puedes alardear que tu primer beso fue con tu mejor amigo. Eso es especial, ¿no?
Yoru tardó lo que parecieron mil años en dejar de abrir y cerrar la boca como un pez fuera del agua esforzándose por recordar lo que significaba respirar. Por un instante, Atsumu supo lo que era el verdadero terror. Por un interminable instante. Y entonces, la risa.
La joven rió como siempre que Atsumu decía una broma incoherente, con una familiaridad que le dolió y alivió al mismo tiempo. Tanto que lo contagió sin entender y de pronto los dos carcajeaban como lunáticos en plena calle.
—¡Estás loco!— dijo recuperando el aliento y fracasando miserablemente—. Pero si. Eres especial.
Y eso fue hermoso. Y doloroso. Muy doloroso.
El ceño de Atsumu se frunció en disgusto. Como reacción a una bofetada bien dada pero horriblemente recibida. Y su orgullo habló por él. Como pasaba la mayoría de las veces.
—Como sea. Me voy. Nos vemos en el entrenamiento.
Los pasos firmes lo alejaron sin darles tiempo a reaccionar. Atsumu no vio sus reacciones. No necesitaba verlas. Estaba jodidamente cabreado.
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—Oye…— La voz grave y severa de Shinsuke Kita sonó en sus oídos como un augurio de terror. El Rey de la Lógica Helada generalmente le hablaba para arrojarle algo a su orgullo y bajarlo a Tierra. Pero esta vez no recordaba haber sido un patán en todo el entrenamiento—. ¿Qué pasa?
—¿Mhh?— Y su sonrisa de costado se activó. Pasó de mano en mano el balón que sostenía y sus ojos miel se suavizaron como si le hablara a una chica bonita—. ¿De qué hablas, Kita-sempai?
—Esa sonrisa es irritante y lo sabes. Y también sabes a qué me refiero. ¿Se pelearon de nuevo?
Shinsuke Kita era el mejor sujeto que conocía. ¡De verdad! Honesto, buen capitán, excelente centro y el tipo con la lengua más directa que hubiera nacido en Hyogo. La lógica helada de Kita era conocida en todo el colegio Inarizaki: primer promedio de todo su salón. Prácticamente un erudito en los rankings de toda la escuela. Sabía que vivía con su abuela, a la que adoraba como una madre y cada vez que iba a verlo jugar, era como si observara un iceberg derretirse en tiempo real. Comentarlo con su gemelo. Y que les griten para que volvieran a concentrarse. Ese tipo que lo había enviado a casa con un resfriado y medicamentos, haciéndolo llorar (aunque no lo admitiera jamás), ahora lo estaba leyendo como un libro abierto. Y dudaba que pudiera mentirle o zafarse del hecho.
—¡N-no! ¡Claro que no! No estamos peleados para nada.
Kita no supo qué fue lo que lo hizo dudar. Si las manos dejando caer el balón o el tartamudeo en su voz. Pero giró medio cuerpo hacia el gemelo más calmo que se encontraba hablando con Suna y su voz retumbó en cada pared.
—¡Osamu! ¿Ustedes se pelearon?
—¿Eh?
—Atsumu está fallando y quiero saber por qué.
—¡N-no estoy fallando para nada! ¡J-jamás fa…!
—No. No nos peleamos. Sólo está siendo un tarado como siempre.
—¡SAAAAMUUUU!
—Pues deja de serlo— Le dijo el capitán. El rostro serio y severo—. Si te sientes mal, te recomiendo que te vayas a casa y descanses. No tiene sentido quedarte con algún dolor. Y si tienes problemas de algún tipo, soluciónalos antes de que te vuelvas aún más bobo.
Atsumu tragó saliva cuando vio la espalda del muchacho que más admiraba en todo el equipo alejarse para recoger un balón y practicar sus saques tan certeros. La postura indicada, los ojos calmos, la respiración sencilla y una fuerza que él podría superar con facilidad, y sin embargo lo aterraba de una forma imposible.
¿Sentirse mal? No. No se sentía físicamente enfermo. Su estómago estaba bien. Había comido liviano y en un horario que le permitía no tener hambre ni tampoco sentirse repleto. Su cabeza no molestaba y sus piernas estaban firmes en el suelo. Entonces, ¿por qué sentía el pecho tan ajustado a sus costillas que le dolía al respirar muy fuerte con la sola mención de un problema?
La realidad de la mente de Atsumu no era tan sencilla como la de su gemelo: era mucho más complejo. Los pensamientos de Atsumu no eran lineales. Lo que quería no era tan claro. Sus sentimientos no eran tan pacíficamente rectos. A la vista y conocimiento popular, Atsumu Miya era un grandísimo imbécil. Enorme, supremo, colosal imbécil.
Se burlaba de sus propios compañeros con la misma saña que lo hacía de un rival. Molestaba a su hermano, bromeaba hasta el hartazgo de Aran y el único que parecía ponerlo en su sitio era el capitán Kita, aunque no por mucho tiempo.
Durante toda su vida, el chico fue tan odiable que era irrisorio que no lo notara. Osamu se lo dijo una vez. Las palabras «Tsumu, todos en el equipo te odian» habían sido contestadas con un simple «¿Y?». Esa era una de las cosas que más aterraban a sus compañeros, especialmente a Ojiro Aran. Que no le importara en lo más mínimo lo que un tercero pensara. Porque Atsumu Miya estaba tan ridículamente alto en sus propios estándares que lo que los mortales pensaran le importaba cero en decimales. Solo quienes consideraba ser dignos de él podían decirle algo, y tal vez los escuchara. Solo aquellos a quienes respetara obtenían algo de él. Y lo que obtenían era mucho, porque lo que tenía de desgraciado, también lo poseía de habilidoso en su labor como colocador. ¡El tipo era una jodida promesa para el voleibol japonés! Y estaban felices de tenerlos a ambos en Inarizaki. Quizá por eso lo toleraban. Quizá por eso, y porque en el fondo no era un completo bufón irritante y mal nacido hijo de perra.
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Atsumu Miya nunca se enfermaba, no seguido al menos. Por eso, cuando Kita notaba que empezaba a estornudar, lo tomaba de las orejas y lo enviaba a casa con una bolsa de bebidas sabor limón, sobres de bicarbonato y gomitas con vitamina C para que se cuidara. Era como si tuviera un hermano mayor cuidándolo. «Siempre hay alguien cuidando de ti», le había dicho una vez. Y supo que era cierto cada vez que su madre se preocupaba por él. Cuando su hermano, eventualmente, le compartía de sus patatas fritas. Cuando Kita y Aran le hablaban para mejorar su juego y comparar puntos de vista. Y esa noche en particular, cuando el timbre de su casa sonó con el toque que le era irreproduciblemente único.
Esa noche de invierno, Atsumu estaba solo. Hacía dos días que no podía ir a clase y se había hartado de ese ridículo barbijo que lo hacía ver como el zoquete del Itachiyama. Cansado de los programas basura de la tele y aburrido de no tener un buen oponente en su consola sin Osamu, aún en el entrenamiento vespertino. Quizá fue por eso que en sus pantalones de pijama grises y camiseta vieja que usaba para dormir bajó las escaleras hasta la biblioteca de su madre en busca de algo que lo ayudara a dormirse.
Pestañeó varias veces al notar un libro corto en tapa blanda color celeste. El motivo de nubes blancas y negras resaltando el título lograron que levantara una ceja, curioso. «Bajo la misma Estrella», de John Green. ¿Eh? ¿Esa película lacrimógena que claramente nunca había visto porque era demasiado muchacho para hacerlo? ¿La que tuvo a su madre llorando dos días? ¿Eso tenía un libro? Pfff. ¿¡Que mierda!? Su mamá realmente disfrutaba sufrir en silencio, leyendo la obra de una película que la destrozó. ¿En qué cabeza podía caber?
Bueno. En la suya aparentemente sí. Porque luego de dejar el libro en la estantería resoplando y yendo a buscar una taza de té caliente, volvió por donde vino y tomó el libro para sentarse en el sofá de tres cuerpos bajo la luz de la lámpara favorita de su papá. Solo unas páginas para reírse de lo malo que era, pensó.
—¡MALDITOS NINJAS CORTADORES DE CEBOLLA!
Gritó Atsumu Miya veinticinco capítulos después. ¿Cuándo había terminado el estúpido libro del demonio sin darse cuenta? ¿¡Y por qué rayos estaba llorando!? Era demasiado. Una parte de su cerebro quería arrojar el libro por la ventana aunque los vidrios estuvieran cerrados. Patear los muebles y prohibirle a su madre volver a comprar esa clase de literatura basura. La otra parte, recordaba cada una de las frases devastadoras. Las que se le habían hecho tan dolorosamente hermosas que había tenido que releer una y otra vez mientras una tercera parte de su cerebro le gritaba «ESTÚPIDO, DEJA DE LEER ESTA BASURA PARA NIÑAS», y una cuarta se preguntaba por qué siquiera había nacido.
Una relación hermosa condenada al desastre porque como te enseña la moraleja, para él, la vida es una mierda y si naciste con una mala estrella enamorarte es condenarte doblemente a la muerte. Estaba seguro de que esa era la moraleja real bajo toda esa basura edulcorada.
«Estoy enamorado de ti y sé que el amor es sólo un grito al vacío, que es inevitable el olvido, que estamos todos condenados y que llegará el día en que todos nuestros esfuerzos volverán al polvo. Y sé que el sol engullirá la única tierra que vamos a tener, y estoy enamorado de ti.»
Pfffffff. ¡Qué enorme cantidad de basur…!
Y la puerta sonó. El toque inconfundible que Yoru usaba para avisarle a su «tía Akemi» que había llegado para jugar con ellos. Sonó de nuevo. El mismo toque. Y sólo entonces dejó el libro en la mesa de café calzándose las uwaki y abrir la puerta principal. Las lágrimas secas siendo arrancadas de sus mejillas con el antebrazo. Los ojos seguramente rojos, sin él notarlo siquiera. Pero claro que ella iba a hacerlo apenas lo viera, como ocurrió.
Con un buzo enorme, leggins negros y unas botas con peluche dentro, Yoru lo saludó con una sonrisa enorme, levantando una bolsa con fruta y vitaminas en sus manos blancas.
—¡Llegó la caballer…! ¿Por qué estás llorando?
Sacudió la cabeza de lado a lado como una brutal negativa infantil. ¡No! ¡Llorar jamás! ¡Eso no!
—¡No estoy llorando!
—Claro que lo estás.
—¡Claro que no estoy llorando! ¡Tú estás llorando!
—Eso no tiene sentido, estúpido mal agradecido—. Le dijo entre enfadada y divertida, dando un paso dentro del pórtico, quitándose las botas con el pie inverso.
Se sentía tan en casa cada vez que pasaba por el umbral de la puerta de entrada que no tenía otra opción que moverse y dejarla ingresar. Cubrió sus ojos con una mano y corrió disimuladamente a la cocina para meter la cabeza bajo el grifo, maldiciendo por no haberse lavado el rostro antes de abrir la puerta. La voz de Yoru sonó tras su espalda, con el ruido sordo de las verduras contra la mesada.
—En serio, ¿por qué estás llorando? ¿Te sientes mal?
Y ahora sí podía notar la preocupación en su voz. Secando su rostro con una toalla de papel, la miró hacia abajo. Sus ojos azules lo observaban con detenimiento. Juraba que estaba a punto de tomarle la temperatura con una mano, como siempre lo hacía. Hasta que lo hizo. Y sus dedos helados se sentían como el paraíso sobre la piel aún algo tibia.
—Me siento bien, Yoru—. Le dijo casi relajado por el tacto de sus dígitos. Hasta que recordó que era todo un hombrecito fuerte y directo—. ¡Y no estoy llorando!
—¿En serio? ¿No tiene nada que ver el libro en el sofá?—. Y esa sonrisa apareció en el rostro cubierto por finas pecas.
Claro que lo había visto. ¿Por qué iba a pensar lo contrario? ¿Qué lo hacía pensar que iba a no ver el estúpido libro que dejó a mitad de camino a la cocina cuando fue él mismo quien la había guiado hasta ahí?
Mierda. Mierda. Mierda.
—¡Cállate! Es un estúpido libro sin sentido.
—Y que te hizo llorar.
—¡Me entró algo en el ojo!
—¿Al mismo tiempo en ambos ojos?
—¡Estoy enfermo! ¡Claro que voy a llorar si estoy cansado por la estúpida gripe!
—Entonces vete a sentar al sofá. Te preparé algo para comer.
El silencio que reinó entre ellos no fue programado. Fue simplemente la ausencia de otro sonido. El que provocó a Atsumu verla quitarse el enorme suéter azul con capucha y quedarse en camiseta. Descalza en su cocina, el silencio le extendió mientras la veía abriendo como inconsciente el refrigerador para sacar verduras y llevarlas al fregadero para limpiarlas. El llenar una olla con agua y ponerla a hervir. Mientras se ataba el largo cabello negro en una coleta alta para quitárselo de la cara y descubría que era tan hermosa como cuando lo llevaba suelto.
La oía hablar del día que se había perdido. De que Osamu estaba preocupado por él y que si lo negaba, estaba mintiendo. Que Kita preguntó por su salud. Que Aran extrañaba esa rutina ridícula que los dos hacían para molestarlo imitando a un dúo de comedia típica de la región Kansai. De que si se atrasaba con sus estudios iba a lamentarlo luego o que ciertamente, era más aburrido cuando él no estaba cerca.
Cada palabra resonaba en su cabeza como campanas de una iglesia en domingo. Fuertes y lejanas. Anunciando algo que por lógica ya sabes. Y sus ojos ardían aún por el llanto previo, dejándolo el doble de sensible para lo que tenía en su ser ahora. Porque no había otra explicación racional para querer llorar mientras veía su pequeña espalda en la cocina de su casa, cortando vegetales para una sopa que era exclusivamente para él.
«Estoy enamorado de ti y sé que el amor es sólo un grito al vacío, que es inevitable el olvido, que estamos todos condenados y que llegará el día en que todos nuestros esfuerzos volverán al polvo. Y sé que el sol engullirá la única tierra que vamos a tener, y estoy enamorado de ti».
Y las palabras de ese estúpido libro lleno de frases cursis lo golpearon en plena cara.
Y Atsumu sonrió mientras trataba de no llorar. Malditos ninjas cortadores de cebolla, de nuevo...
