CAPÍTULO 5: CRECIMIENTO.
Luego de los Intercolegiales de Invierno, la preparatoria Inarizaki quedó seleccionada como los representantes de la Prefectura de Hyogo en el Torneo de Primavera que se llevaría a cabo en Tokio durante abril.
Los letreros gigantes colgados desde la azotea de la escuela no se hicieron esperar, aunque no podían asegurar que fuera una total sorpresa. Fueron seleccionados repetidas veces durante treinta y un años. Tres consecutivos. Y el segundo año que los gemelos Miya serían estrellas en la cancha.
Riseki, Akagi, Ginjima y Omimi saludaban tímidamente a las chicas que gritaban alegres cuando los veían pasar. Suna y el capitán Kita mantenían su expresión estoica mientras Aran estaba imposibilitado a no sonrojarse.
Fue entonces cuando los gemelos entraron en el ojo del huracán: gritos y exclamaciones que harían sobresaltar al más tranquilo. Todos estaban felices. No había manera de no estarlo.
Sobre todo por el esfuerzo como equipo, aunque Atsumu negara en lo absoluto la dificultad de llegar al primer lugar. A partir de ahora, las cosas se pondrían difíciles, y nunca debían confiarse en años anteriores. Después de todo, ese era el lema del equipo. Eso rezaba la bandera negra como la noche en brillantes letras blancas.
«NO NECESITAMOS RECUERDOS»
No necesitaban un pasado, porque siempre mirarían a un futuro. Esa era la forma en la que hacían las cosas. Y así, entraron al entrenamiento matutino. Con la frente en alta y el pecho lleno de promesas que cumplirían sin dudarlo.
Esa mañana de diciembre, el entrenador Kurosu entró al gimnasio con una nota y una sonrisa en su rostro. Una sonrisa verdadera, no la pedante que siempre tenía impresa en las facciones duras y que daban tanto terror como la que podía aparecer en la cara de Kita. El silencio reinó lo suficiente como para que un escalofrío recorriera el cuerpo de los presentes, reuniéndose a su alrededor casi a la hora de terminar la práctica. El sol helado entrando por las ventanas superiores del enorme edificio. Los alientos suspendidos en el pecho al oírlo hablar.
—Atsumu-kun, felicidades —dijo levantando la pequeña nota en su enorme mano—. Fuiste seleccionado para formar parte del campamento juvenil de Japón.
Y el silencio se hizo suspiro.
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—¿¡Campamento Juvenil!? ¡Rayos! ¡Felicidades, Tsumu!
El muchacho de cabello rubio recibió el cuerpo de su amiga al estrellarse contra el suyo con una enorme sonrisa. Se meció sobre sus propios pies llevándola con él como siguiendo una melodía invisible, sin notar que evitaba tocar el pie con los suyos por la diferencia de altura entre ambos.
—¡Gracias, Yoru! ¿Me invitas el almuerzo para celebrar?
—Eres un desgraciado oportunista. ¡Pero bueno!
Había algo en la forma en que Atsumu sonreía cuando pedía algo y se lo concedían: era como se vería un niño con su dulce predilecto. Como si el zoquete dejara de ser un imbécil egocéntrico y regresara a su estadío puro y tierno. El que solo duró unos pocos años de su vida antes de ser corrompido por él mismo.
—Aran-san y Kita-sempai están orgullosos. Ni ellos lograron esto.
—Que no se te suba a la cabeza, bobo.
—¡Fue lo mismo que me dijeron!
Mientras caminaban los tres hacia la cafetería, no pudo no girar el cuello para focalizar sus ojos en la igualmente figura de Osamu caminando unos pasos tras ellos. ¿Acaso a él no lo habían llamado? ¡Pero si estaban a la par uno con otro! Era imposible ver a un gemelo sin pen… Oh. No era cierto. Ella sabía perfectamente que el que más habilidad tenía siempre fue Osamu, desde niños. Incluso Aran se lo comentó una vez, sentados en las gradas en un descanso del club cuando se quedó a verlos. Fue como si alguien con un conocimiento superior le confirmara cada una de las cosas que supuso desde que los conocía. Se sentía bien sabiendo que no estaba tan loca después de todo.
Ojiro Aran era el «payaso serio» de los «payasos bobos» que representaban la comedia Manzai. Verlos interactuar era algo que siempre terminaba en dolor de estómago por la risa espasmódica que dejaba en ella. El pobre muchacho no tenía paz alguna cuando se trataba de los gemelos y su manía de volverlo loco. Y sin embargo, era una de las personas que más los entendía.
Atsumu era un tipo extraño. Un sujeto que sin conocerlo, puede volverte loco de rabia y provocar un ataque de ira que termine en homicidio yendo a prisión con gusto por el solo placer de destrozarle la cara. Es molesto, irritante, tosco, abusivo y tremendamente narcisista. Aun así, el sujeto tenía un instigador y controlador natural: Osamu.
Ojiro creía que probablemente, la cosa más grande con la que Atsumu fue bendecido era Osamu. Más allá de su físico atlético o sus talentos casi innatos, la existencia de su hermano era un regalo. No importaba que tan lejos estuvieran las habilidades de sus compañeros, ellos definitivamente iban a mantener el ritmo. Se hacían la vida miserable y se enloquecen mutuamente, pero Osamu arrojaba la leña al fuego que Atsumu necesitaba día a día. Solo así competían más intensamente.
Yoru encontró sus ojos azules con Osamu al segundo de hacerlo foco de su mirada. Le sonrió con ternura, calmando esa angustia en su pecho antes de que se formara. Aunque no podía comprender el por qué.
Atsumu seguía hablando cuando la joven volvió a prestarle atención, y la vista del muchacho peligris quedó suspendida en la amplia espalda de su hermano. Tragó fuerte viendo lo alto que lo veía. Lo orgulloso que realmente estaba. Y la charla abierta que tuvo esa misma mañana, con esa sensación extraña que dejó en su corazón.
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—¡Buen trabajo calificando para el campamento de entrenamiento juvenil, Tsumu!
La voz de su hermano sonó bastante fuerte para el tono en el que solía hablar, siempre desganado y monótono. Atsumu frunció el ceño en molestia. ¿De verdad? ¿Así iba a reaccionar? Solamente lo habían convocado a él. No a los dos. A él. ¿No estaba…?
—¡No parece que te moleste, Samu!
Osamu pestañeó varias veces al mirarlo, los dos de pie en la puerta del gimnasio, disfrutando del sol de la mañana en un breve descanso del entrenamiento. Levantó el mentón como si pensara cuidadosamente su respuesta. Era complicado dársela, después de todo. Y aun así, lo sentía tan claro que podría haberlo dibujado.
—Estoy molesto, tonto—dijo con tranquilidad. Atsumu levantó una ceja extrañado—. La cosa que más me molesta es el hecho de que no estoy tan molesto. Además, te esforzaste mucho.
—¡¿Qué demonios?! —gritó sacudiendo la melena rubia de lado a lado. Estaba cabreado—. ¡Más vale que no estés insinuando que no estabas trabajando duro!
Más le valía, de verdad. Porque como Osamu le dijera que se estaba conteniendo, le rompería la cara el mil pedazos. Su hermano lo miró con el ceño fruncido, como si estuviera ofendido por siquiera considerar eso de él.
—¡Por favor! —negó con voz firme. Se encogió de hombros antes de continuar, como si estuviera diciendo lo más obvio del mundo—. Simplemente descubrí que el campamento juvenil invita a gente que no solo trabaja duro, sino que también está un poco inestable mentalmente.
—¡¿Disculpa?!
Osamu levantó las manos para pedirle que esperara antes de romperle la cara. Cuando se calmó, pudo continuar.
—Tu y yo tenemos más o menos el mismo nivel en cuanto a habilidad.
—¡Ya quisieras! —exclamó con una sonrisa de costado—. Soy mucho mejor que tú.
—¿Me dejas terminar…? Y sin embargo, si hablamos de amor al voleibol… Esa flama arde más intensamente en ti que en mí, ¿sabes?
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Cinco días. Ese era el tiempo que Atsumu Miya se iría de Inarizaki y Hyogo para entrenar en Tokio. ¡Claro que no estaba nervioso! Ya había ido otras veces a la capital comercial de Japón, aunque ciertamente jamás solo. Esta vez, estaría quedándose en un complejo deportivo especializado y sabía, se iba a encontrar con todos sus futuros rivales en el torneo de primavera: Kiyoomi Sakusa, Hoshiumi Horai y la nueva promesa de Miyagi, Tobio Kageyama. Sonrió para si mismo mientras cerraba el bolso que había preparado la noche anterior luego del reconteo de ítems para no olvidar nada. Sintió los pasos de su hermano bajando de la litera superior que ocupaba en su habitación.
—¿Repasando todo?— preguntó con la mirada fija en el bolso, mientras Atsumu lo acomodaba en el escritorio tomando su billetera y teléfono celular.
—Sip. Ya me voy —le dijo girando sobre los talones para enfrentar a su espejo en carne y hueso. Las palabras de su hermano aún sonando en su cabeza como campanadas en un sinfín eterno —. ¿Vas a extrañarme?
—Bajo ningún concepto te extrañaría. Jamás.
Atsumu rió con ganas, ladeando la cabeza repetidas veces. Su hermano era la total antítesis de su propia personalidad, y aun así tenía respuestas más crueles que las suyas.
—Eres un ser humano horrible.
—No quiero escuchar eso del tipo con la peor personalidad del mundo.
Hubo un par de golpes bien esquivados y varios lápices impactados en sus frentes. Nada fuera de lo común para una mañana de domingo como esa. El sol entrando por la ventana sin cortinas y reflejándose en las paredes de tonos azules. La consola descansando junto a su televisor y el perfecto desorden del escritorio compartido.
Atsumu sonrió a su hermano con sinceridad, aun cuando dentro de su pecho hubiera algo extraño. Minúsculo, tan diminuto como un átomo perdido. Y fue eso lo que lo impulsó a hablar con palabras suaves y edulcoradas, disimulando quizá algo de la amargura bajo la lengua.
—No trates de quedarte con mi puesto en el equipo porque sólo quedarías en ridículo.
—Sabes que jugamos en diferentes posiciones, ¿cierto?
—Y no te sobrepases con Yoru.
Y la risa de Osamu quedó quieta en su garganta, convirtiéndose en un carraspeó incómodo. Atsumu estalló en carcajadas. Su hermano le dio un fuerte palmazo en la nuca.
—No digas idioteces. Lárgate ya.
—Nos vemos en una semana —murmuró, tendiéndole la mano con pasividad. Hasta las líneas de sus palmas eran iguales, en tamaño y apariencia a simple vista. Solo el color distintivo de cabello y la inclinación de sus mechones frontales podían distinguirlos a los ojos de simples mortales.
Atsumu Miya partió a Tokio una mañana de domingo de diciembre, con esa sonrisa en su rostro apuesto y el sol de frente aclarandole los ojos. Y siempre iba a recordar que bien se sintió comprobar su teoría con todos esos rematadores superbos llegados igual que él: sus pases eran perfectos. Fáciles de golpear y hechos a medida. Atsumu Miya sacaba lo mejor de sus rematadores no por darles el pase que querían, sino colocando el balón a la perfección. Entonces, quien no pudiera darle, simplemente no era digno. Nada iba a cambiar su opinión. Jamás.
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—¿Ese es Tobio Kageyama?
—Eso dice Tsumu. Me manda muchas fotos suyas. ¡Creo que va a ser tu cuñado!
Osamu sacudió la cabeza ante la idea de su hermano siquiera con otra persona, no importaba que sexo tuviera. Y por el rostro de pocos amigos del moreno en la pantalla del teléfono de Yoru, sería una relación un tanto complicada.
—Es demasiado serio para él.
—¡¿Eso es lo que vas a contestarme?!
Dos días habían pasado desde que Atsumu Miya partió hacia Tokio, y era lo más extraño que jamás habían tenido que transitar. Si se ponían a hacer memoria, jamás habían estado tanto tiempo solos los dos. Y no podían creer que se sintiera tan bien.
Yoru no era boba: sabía que pasar una semana sola con Osamu significaría tener que controlar ese temblor en su mano cuando caminaran juntos. Que la tranquilidad primara sobre esa parte suya que gritaba como niña chiquita que descubrió el amor.
Osamu solo tuvo que recordar la mirada certera de su hermano para entender que sus palabras fueron mitad broma, mitad realidad. Pero nada le iba a quitar la miel derretida en su garganta que significaba poder pasar tiempo a su lado, como ahora que terminaban su almuerzo sentados juntos en el patio trasero del colegio.
El sol acariciando sus rostros y la tranquilidad de que gracias al frío clima, pocos se animaban como ellos a congelarse el trasero por un poco de paz mental. Era como un regalo que les ofrecían desde los cielos y gustosos lo aceptaban mientras durara el receso de almuerzo. Antes de volver a la horrible realidad.
—¿Cómo va tu entrenamiento? —Yoru volteó hacia él sonriéndole—. ¿Kita-sempai se puso más estricto ahora que está cerca el campeonato de primavera? Es su último año.
—Kita-sempai siempre es estricto. Pero creo que el hecho de que sea su último torneo nos conmueve a todos.
—¿Conmoverse? ¿Ustedes? ¿Los zorros de Inarizaki? ¡Pfff!
—Eso fue cruel —replicó con el ceño levemente fruncido. ¡Tampoco eran unos robots sin sentimientos! Eran raros, pero no tanto.
—Lo siento —rio rascándose la cabeza—. Sin Tsumu aquí, tengo que convertirme en una persona más horrible aún—. Esquivó por poco un trozo de césped crecido que Osamu le arrojó cariñosamente, riendo con sonido. Y entonces, su rostro se suavizó—. Mi porfolio fue aceptado para el Concurso Internacional de Fotografía en Marumi.
Los ojos de Osamu se ampliaron como platos haciéndola foco repentino del foco en su mirada. El rubor en las mejillas pálidas y los zafiros desviados hacia un costado. Su mano acomodando con delicadeza un mechón oscuro tras la oreja. El muchacho tragó el último bocado de arroz con curry y extendió sus labios en una sonrisa tan sincera como ninguna otra.
—¡Felicidades, Yoru! ¡Esto es Increíble!— Su cuerpo se detuvo justo antes de que sus brazos quisieran tomarla en ellos, estrechándola contra su pecho. Sabía que de haber estado ahí, es lo que su hermano hubiera hecho sin dudas. Él no podía. Sacudió mentalmente sus pensamientos para seguir concentrado en la emoción de orgullo que sentía por ella—. ¿Pero cuándo…? ¡No me dijiste nada!
—Atsumu se fue hace dos días. No tengo el corazón para robarle protagonismo. ¡Es como quitarle la corona a una de esas reinas de belleza en la tele! Me mataría.
—¡Tarada! —. Claro que no estaba enfadado. Pero algo así no tenía que dejarse pasar—. ¡Tendrías que habérmelo dicho! ¿Cuándo es?
Yoru rio levantando sus manos en señal de disculpas antes de responderle.
—Lo estoy haciendo ahora, ¿no es verdad? Tengo que entregar el nuevo porfolio mañana, en Osaka. Es la sede más cercana—. Y antes de que pudiera decir algo más, Osamu la interrumpió. El tono fuerte y claro.
—Te acompaño.
—T-tienes práctica mañana.
—Practicaré el doble pasado mañana. Te acompañaré.
Osamu Miya no tenía demasiadas expresiones faciales, en realidad. Su cara más feliz era aquella que ponía cuando estaba comiendo, y era como mirar a un querubín de cabello plateado devorar con anhelo un onigiri de atún fresco. Por eso fue tan extraño ver ese mismo semblante mientras la miraba a los ojos, con esa sonrisa y esos malditos ojos miel iluminados al sol. Yoru suspiró con fuerza. ¿Hasta cuándo iba a sufrir felizmente así?
—Gracias, Samu.
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El arte en todas sus expresiones, tienen la marca de agua de quien lo interpreta. Una firma invisible. Un beso oculto. Una estela de perfume al pasar en un espacio abierto. Siempre, algo indica los sentimientos de la persona al momento de imprimirlo. Sea tristeza, amor, odio, desesperación, felicidad, o todo eso junto.
Yoru hacía eso con cada foto que sacaba. Los paisajes tenían impresos su humor al seleccionar el ángulo y presionar el disparador. Los colores utilizados, la paleta de cálidos y fríos. Hasta los juegos de luces y sombras.
Las fotos que tomaba de Atsumu eran épicas: saltando, de cuclillas colocando un balón imposible, mirando a la cámara con una sonrisa matadora y un signo de paz en sus dedos. Cualquiera de ellas podría haber sido expuesta en una galería profesional o publicadas en grandes revistas deportivas. ¡Podría utilizarlas en un futuro para dar autógrafos al terminar un juego importante! Incluso las que tomaba cuando caminaban por la calle o en la intimidad del hogar de los gemelos. Eran divertidas, tiernas, amenas. Eran las fotos obsequiadas a alguien a quien tienes muy dentro de tu corazón.
Aquellas que tomaba de Osamu, eran un poema dedicado desde lo más profundo de sus entrañas. Era su alma presionando el disparador y haciendo que su rostro masculinamente perfecto brillara aún cuando el fondo fuera oscuro. Eran una carta de amor escrita en colores cálidos y luces de mañana, como si fuera lo primero que podía ver al despertar. Cualquiera que viera las fotos del mayor de los gemelos, podría saber lo que sentía por él. Hasta el propio muchacho de cabello gris.
La primera vez que Osamu sospechó que Yoru sentía algo por él fue a los quince, justo después de su cumpleaños y cuando revisaba sin permiso los archivos de su computador. No quería ver lo que no era de su incumbencia, jamás lo hubiese hecho. Pero su hermano y Yoru estaban consiguiendo víveres para la maratón de películas que harían esa noche y él subió a preparar los cojines. Y ahí estaba su imagen abierta en el programa que la joven usaba para editar sus fotos. Ahí estaba su rostro, radiante como no sabía que lo tenía. Con una sonrisa tan amable como nunca creyó poseer. Con un semblante de amor puro. Osamu conocía el rostro que ponía para ella en esas fotos, porque no podía mirarla de otra forma. Pero esto era la respuesta a su declaración silenciosa. Era ella…
Y el nombre de su hermano apareció en su mente. En su corazón. En sus labios, tapándolos con el reverso de la mano mientras se alejaba del ordenador y se sentaba en la cama.
—¡Oye! ¡No armaste el fuerte de cojines! —exclamó la joven con el cabello recogido en un pequeño rodete.
—¡Solo tenías un trabajo, Samu!
Y sentado en la oscuridad de la habitación de Yoru, bebiendo jugo y comiendo galletas, fue que esa noche pasó.
Y días. Y más días. Siempre sin que Osamu pudiera quitar la imagen de su propio rostro enaltecida con un profundo amor visceral y hermoso, y el nombre de su hermano como una estaca en las costillas. ¿Desde cuándo era tan idiota? ¿Tan niña? ¿En qué momento le importó tanto sus propios sentimientos. Bueno, lo descubrió el día que Yoru les contó con una tímida sonrisa que había aceptado salir con Hideo Takarai.
Hideo era un chico tranquilo y amable del salón dos. La clase de muchacho que no ves en una multitud. El más estándar de los estudiantes de Inarizaki, ese que nadie elige para formar equipo no porque sea malo en deportes. Sino porque no sabes siquiera que está ahí. Pues, esa tarde de octubre, lo notaron. Y probablemente ese pobre tipo haya sido la persona más odiada en todo Hyogo, al menos por dos personas a la vez.
Atsumu podía ser el muchacho menos sincero del universo cuando se trataba de sus sentimientos, no porque no los tuviera, sino porque sabía perfectamente como ocultarlos: esta vez, ni siquiera lo intentó. Era como ver un perro gruñirle a alguien que se acerca a su familia. Si Hideo trataba siquiera de saludarlo, Atsumu parecía emanar un aura tan oscura como la camiseta del equipo. Omimi se burló de él durante semanas cuando escuchó la voz de Yoru fuera del gimnasio y saltó hasta las ventanas agarrándose del enrejado para espiarlos a ambos. Todo lo que el muchacho era una estupidez. Nada de lo que hiciera iba a ser suficiente. Yoru pensaba que era porque tal vez sintiera que lo dejaba de lado, pero Osamu sabía que era más que eso. Atsumu lo odiaba porque estaba con ella, y él la amaba.
Osamu leía a su hermano como nadie. ¡Cosa de gemelos! Pero lo hacía porque una parte suya, se sentía igual. La irracional, la que veía a su amiga de la infancia con «otro». La que olía un intruso tomando su mano y besando su mejilla. Pues, el día en que vio a lo lejos los labios del muchacho posarse en su piel, fue cuando algo se rompió en él. Esa red de protección de sus propios sentimientos, la que hacía que permaneciera calmo. Esa tarde, solo en su habitación, golpeó la cabeza contra su colchón y la tapó con la almohada, ahogando un grito silencioso.
Su propia imagen devuelta en una fotografía tomada con tanto amor que derretiría un iceberg apareció en su mente. ¿Acaso no lo quería a él? ¿Malinterpretó todo? ¿Tan idiotamente enamorado estaba que creyó ver una esperanza vacía dónde nunca existió? ¿Por qué si lo quería a él, estaba con otro? ¿Y qué importaba realmente? Porque aunque respondiera a sus sentimientos, esa promesa a su hermano gemelo impediría todo. Entonces, ¿no podía desearle buena suerte y felicidades?
Osamu Miya fue tantos chicos distintos esa noche que no pudo contarlos. Tantas partes de él al mismo tiempo, con tantos sentimientos contradictorios que asustaban. Cuando Atsumu volvió a casa cabreado como había estado todo ese mes, desquitaron su malestar con muchas partidas en su consola. Y algunas de las voces se calmaron. Las demás, acallaron cuando Yoru les dijo que todo se había terminado con Hideo Takarai. «Simplemente pensamos distinto, había dicho con una sonrisa triste y algo tímida. Sentada en el living de la casa de sus amigos, con galletas de coco y té helado en pleno otoño.
«Es un imbécil y estás mejor sin él», le dijo Atsumu con el rostro serio, cantando victoria por sus adentros y planeando donde arrojar sus muñecos vudú.
«Lo que sea que te haga feliz, Yoru», respondió él. Por dentro sentía tanto alivio como nuevo temor. En partes iguales, la contradicción perfecta.
«Simplemente pensamos distinto», fue lo que Yoru dijo, causó la ruptura. No era una mentira, en lo más mínimo. Claro que pensaban distinto: porque Hideo realmente estaba interesado en ella. La llamaba constantemente y era tan dulce como podía haber esperado. Yoru lamentó muchas cosas en su vida adulta. Una de ellas fue aceptar salir con alguien cuando su corazón pertenecía a otro. Porque romperle el corazón a un buen muchacho, cuando el suyo estaba fragmentado, fue tan cruel como nunca se lo perdonó.
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La ciudad de Osaka tenía una magia muy particular. No estaba lejos de Hyogo, y tomando solamente la línea Kobe del tren podían llegar en una hora de trayecto. Por eso ambos adolescentes salieron corriendo lado a lado al terminar las clases y cerca de las cuatro de la tarde estaban viajando juntos.
No vivían en una ciudad pequeña, pero no podía comprarse con los enormes edificios repletos de carteles luminosos, canales con cerezos aún sin flores ni evitar sacarse fotos como turistas en Dontobori.
Las oficinas quedaban en un altísimo edificio de negocios en pleno centro, y a juzgar por las miradas inquisidoras, no era normal ver adolescentes en uniformes escolares entrando por las enormes puertas eléctricas. Aún cuando la expresión seria en el rostro de Osamu y su enorme envergadura ahuyentara a los hombres en traje que miraban su falda más de la cuenta. Había sido una buena idea acompañarla.
Desde luego que tuvo que enviar sus fotografías en formato digital y en alta definición, por lo que era una formalidad que los japoneses que estuvieran facultades de acercarse dieran a conocer su rostro. Y por la expresión de los dos hombres que tomaron en sus manos la carpeta roja cuidadosamente diagramada con negativos e imágenes impresas, no esperaban que se tratara de alguien tan joven y en edad escolar.
Yoru tomó aire muy profundo de pié junto a Osamu al salir de la oficina de paredes blancas e inmaculadas, con ese olor a productos de limpieza de alta calidad mezclado con café. Sintió la mano cálida del muchacho tomar su muñeca y llevarla a los asientos libres alejados de los otros concursantes.
—Si te vas a desmayar, mejor que sea sentada.
—¿Tan mal luzco?
—Es raro verte así. Siempre eres la columna irrompible.
—Ese eres tú y lo sabes. Pero no se lo digas a Tsumu. Lanzaría una rabieta de campeonato.
—¿Le dijiste? Que estás aquí.
—Si. Dijo que la próxima vez no sea tan imbécil y le diga las cosas en su momento. Sonaba molesto.
—Bueno, sí fuiste bastante boba.
—¿En serio? ¿Te pones de acuerdo con él una vez en tu vida, y es para estar en mi contra?
Si ella supiera en todas las cosas que estaban realmente de acuerdo, su cabeza explotaría. Pero en ese instante, Osamu solo sonrió y evitó el manotazo a su hombro con un movimiento certero.
Y entonces, el aire se congeló al sentir que la puerta por donde habían salido se abría nuevamente. Un alto hombre de anteojos y barba de dos días caminó por el pasillo con un papel en sus manos, pegándolo en una cartelera de corcho blanco repleta de panfletos.
Yoru sintió como el aire se secaba en su garganta y los oídos le zumbaban. Como si el sonido del mundo quedara en un enorme silencio de blanca. Como si todo se oyera en una caja de cemento en el fondo del mar. Y sin embargo, la voz de Osamu sonó tan fuerte y clara como si fuera la única ahí.
—Vamos.
Su sonrisa fue como una inyección de adrenalina lo suficientemente fuerte como para levantarla del asiento junto con él. Los pasos hasta la cartelera entre los aspirantes fueron eternos. Los pedidos de permiso entre hombros altísimos también. Y el golpe de realidad de encontrarse luego del horario de clases en Osaka buscando su nombre en un concurso que reconocía su trabajo parecía querer salir de su pecho desde adentro, como una ardilla de su escondite. Y tan irreal a la vez, como lo fue su reacción al leer su nombre en la lista de aceptados.
Incredulidad. Negación. Euforia. Llanto. Risa. Risa maniática. Llanto de nuevo. Más incredulidad. Risa con llanto. No necesariamente en ese orden.
Volteó hacia Osamu con los labios abiertos y temblorosos. Los ojos cristalizados y las lágrimas corriendo por sus mejillas. El muchacho parecía tan perdido como ella sin saber que podía hacer. Y entonces, su propio cuerpo lo decidió por ambos.
Yoru y Osamu no solían jugar a golpearse. De hecho, no solían casi tocarse a pesar de conocerse desde que ni siquiera podían gatear. Cuando Yoru aprendió a hacerlo antes que ellos, Akemi y Mina contaban que lo hacía alrededor de ambos, como la luna orbitando dos planetas juntos. Cómo enseñándoles la forma correcta de hacerlo. Y cuando Osamu aprendió, también debieron controlar sus impulsos porque decidían ir en dirección contraria y los choques de cabeza eran frecuentes. El llanto también. Y así, esos fueron de los primeros y últimos toques físicos que compartieron. Claro que la ayudaba a ponerse de pie. Claro que palmeaba su espalda cuando estaba triste. Desde luego que Yoru los felicitaba a ambos con un abrazo conjunto luego de un juego. Pero este abrazo no era como esos. No había forma de que el sentimiento de recibir el delgado cuerpo de la joven contra su pecho pasando los brazos por su cuello fuera algo que hubiera sentido alguna vez. Que su aliento risueño contra las clavículas descubiertas por la camisa desabrochada fuera normal.
Los brazos temblorosos de Osamu la rodearon por la cintura cerrando el círculo, encerrándola contra su pecho. Era tan pequeña en comparación que sentía poder romperla si presionaba demasiado, aunque su propia fuerza no pareció escucharlo. Y el aroma a coco de su cabello no ayudó a la necesidad de respirar su existencia como si no hubiera otro mañana, porque algo le gritaba que debía asimilar cada átomo de su vida. Porque no sabía cuándo volvería a pasar. Si volvería a pasar.
Y el amor y el orgullo que sentía por ella fue demasiado para disimular. Tanto que Yoru lo sintió en carne y sangre. Osamu estaba gritándole que la quería en un abrazo, y era más de lo que podía pensar.
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Osamu Miya no era un tipo complicado. Había nacido en una buena familia. Su casa era amplia, espaciosa, y aunque desde que nació todo lo compartió con su hermano, las personalidades tan dispares hicieron posible que crecieran como individuo y no como bloque.
Era de esas personas que tenían pocas cosas favoritas en el mundo, pero que estaban totalmente arriba en su podio emocional. Por eso es que lo que más amaba en el mundo era la comida. Más específicamente, ese momento justo antes de comer. La felicidad en términos de Osamu era comer arroz. Si, arroz. Según el mayor de los Miya, si comes demasiada barbacoa coreana, te asquearás de ella, y al día siguiente no querrás almorzar nada. ¿Pero arroz?, es posible comerlo muchas veces al día y te dará hambre inmediatamente después. Comer arroz da felicidad, y no disminuye a medida que lo tragas. Claro que Atsumu y Yoru lo miraban preguntándole si necesitaba un médico cuando a largas horas de la noche decía algo así, pero realmente es lo que pensaba. Osamu veía las cosas buenas en las más pequeñas. Tan competitivo como lo era su hermano, su energía se focalizaba en otras cosas. Igual o más atlético y talentoso que Atsumu, su foco estaba en algo distinto.
Tardó mucho tiempo en darse cuenta. En aceptar sus propios pensamientos y conectarlos con el fuego que nacía en sus entrañas, subiendo hasta su pecho y encendiendo su corazón. Entender lo que significaba esa epifanía había sido duro, pero solo terminó en una sonrisa. La misma que tenía justo antes de empezar a comer. La misma paz que disfrutaba en los ocho segundos previos a que el silbato sonara antes de un saque inicial.
Había una realidad en la vida de los gemelos: pese a sus personalidades, siempre habían hecho todo juntos. Todo. Desde nacer, todo había sido en pareja. Misma guardería. Misma primaria. Misma secundaria. Misma preparatoria. Podrían haber escogido un deporte distinto, pero no lo hicieron. Un ídolo distinto, pero ahí permanecieron firmes con su amor a Giba. Osamu pensaba que el mejor puesto en un equipo era el de armador, pero él quería rematar. Y la combinación dorada nació antes de que pudieran notarlo. Y nunca más se detuvieron hasta ahora. Quizás por eso al muchacho de teñido cabello gris le costara tanto explicarle a su hermano que el próximo año sería su último jugando al voleibol.
—¿Te sientes bien?
Osamu levantó la cabeza al terminar de atarse las agujetas a un costado de la duela. El olor a madera y hule llenaba sus sentidos como cada tarde, mientras el rechinar de zapatillas contra la madera lustrada y balones rebotando con fuerza acompañaban como música estacional.
—Si. ¿Por qué lo preguntas, Aran-sempai?
Ojiro Aran conocía a los gemelos antes de que sus nombres fueran famosos. Antes del séquito de admiradoras y fue lo suficientemente afortunado de verlos crecer en la cancha. De todos los integrantes del Equipo de Inarizaki, él era quien podría detectar algo extraño en ellos. Particularmente en alguien tan callado como Osamu.
—Estás callado. Más de lo normal.
—Creí que te estábamos volviendo loco con Tsumu la semana pasada.
—¡Lo estaban! —lo corrigió subiendo la voz. ¡Lo hartaban con bromas sin sentido!—. Pero ahora hasta pienso que extraño la sensación. No estarás triste porque Atsumu está lejos, ¿verdad?
—Eso ni siquiera es gracioso.
—¡Porque no intentaba serlo, cabeza hueca! Estoy preocupado por tí.
Osamu pestañeó muchas veces, frunciendo la nariz y formando una «o» perfecta con sus labios. El rostro pálido sorprendido como si hubiera visto un perro parlante. Porque escuchar a Ojiro Aran aceptar que lo quería era más raro que ver un perro parlante. Por seguro.
—O-oh…
—¡No te emociones tanto! —Ojiro trató de disimular el sonrojo en la piel morena. No era bueno para eso, claramente. Pero a decir verdad...—. ¿Estás seguro de que todo está bien? No es bueno tener dudas existenciales justo antes de un campeonato importante. ¿Quieres que Kita te golpee o qué?
No. No. NO.
—N-no.
—Pues entonces considera más tu propio estado emocional. Eres un niño después de todo.
—Solo eres un año mayor que…
—¡Soluciona tus problemas!
Y se giró sobre sus talones, totalmente rojo. ¡Rayos! Hablar con Osamu era igual de difícil que dialogar con el imbécil más grande de Inarizaki. Tenía sentido después de todo, era una maldita copia a carbón del desgraciad…
—Aran-sempai...—lo escuchó llamarlo. Volteó el rostro hacia él. Se había puesto de pie, con ambos brazos al costado del cuerpo. El rostro serio y sincero. Los ojos atentos a él—. ¿Tienes un momento?
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Shinichi Asekawa siempre estuvo orgulloso de su hermoso retoño. Todo padre está orgulloso de su hija, sobre todo si sigue sus pasos. Pero jamás esperó algo así: su nombre en una exposición a la edad de diecisiete años. Había impreso el mail que enviaron a la cuenta de Yoru para mostrársela a todos sus colegas, como cuando enseñaba sus fotografías de bebé, pero menos vergonzoso. Dos días habían pasado desde que la joven había vuelto llorando de felicidad a casa, tratando de hablar y teniendo que tomar Osamu la posta para contar lo sucedido. Desde luego que hubo un banquete para los cuatro. El muchacho ni soñando se perdería la comida de su tía Mina.
Dos días desde ese momento, y todavía no caía en cuenta de lo que eso significaba.
«¡Felicidades, Yoru! ¡Eres la mejor! ¡No tengo dudas!», fue el mensaje de Atsumu. «La próxima te acompañaré yo. Porque seguramente vas a ganar premios muy grandes, y necesitas contención adecuada», fue el siguiente. Suspiró con fuerza. Bajo esa capa de felicidad, estaba tan celoso que tendría que contentarlo con un salmón para su cena de regreso.
Su habitación era sencilla: paredes púrpura cubiertas de fotos tomadas por ella. No más decoraciones que eso. Una enorme torre de discos que compraba con sus ahorros y que nunca escuchaba porque la era digital le regalaba comodidad por sobre sonido. Un escritorio que utilizaba más para editar imágenes que para estudiar y una ventana con vista a la calle principal. Su santuario, su refugio, sus recuerdos. Arrojada de espaldas al mullido colchón, Yoru observaba las fotografías mostrando los rostros de sus amigos. ¡Claro que tenía otros amigos!, pero ninguno llegaba al puesto que esos dos imbéciles tenían en su vida. Al camino recorrido ni a la sensación de no tener recuerdos sin ellos.
«No tener recuerdos sin ellos». Esa frase la aterraba más que todo en el mundo. Era perder su vida. Su identidad. Cuando pensaba en los gemelos Miya, era rememorar su vida entera. No había punto en su línea temporal que fuera ajeno a ellos. Sonrió de costado. El lema de su equipo era «No necesitamos recuerdos», cuando recuerdos era toda su vida con ellos. ¡La ironía es deliciosa!, pensó.
Pero no, claro que no. Había algo mucho más irónico que eso: que lo que más deseara en el mundo fuera lo que podía arrebatar esos recuerdos de ella. Y el futuro, también. Por eso nunca le dijo a Osamu lo que sentía. Porque si la frase «te amo» salía de sus labios dirigida a Osamu, causaría algo terrible, como una de esas paradojas que destruyen el universo. Su universo.
Cuando eran niños, no le era difícil pensar en que terminaría casándose con uno de los dos. Los niños piensan eso, más si pasan todo su tiempo juntos. Al crecer, su mente y corazón tuvieron dueño, y jamás volvió a dudar. Y tampoco dudaba de él: Osamu jamás le dio indicios de nada. Era tan bueno y amable con ella como lo había sido siempre. Directo y con un nivel de sinceridad cercano a la agresión. Pero nunca algo más. Hasta hace dos días, cuando sintió sus manos temblar aferradas a su cintura. El corazón latiéndole tan rápido como el suyo. Su respiración agitada en el hueco de su cuello. Osamu le había dado una señal que valía por todos esos años. No era seguro, claro. Pero era una esperanza. Era más de lo que nunca tuvo.
Entonces, ¿por qué no estaba feliz? ¿Por qué no estaba saltando sobre la cama como la infradotada emocional que en el fondo realmente era? ¡Era todo lo que quería! ¡Era…!
Era Atsumu.
Yoru podía ser muchas cosas, pero idiota no era una de ellas. Y si bien ese beso robado tan sorpresivo como tierno hace cinco años fue algo que el rubio pudo sacar de la galera, en el fondo de su corazón, siempre supo que tenía otro significado.
Atsumu tenía un lenguaje corporal tan específico que parecía hablar en clave Morse. Tan terriblemente complejo que podía marearte, pero en el fondo, sincero. Todo lo sincero que no era en palabras. Por eso, no era seguro. Pero en el fondo, Yoru siempre pensó que tal vez, quizá, si lo analizaba mucho, en alguna parte del universo...Atsumu tuviera sentimientos por ella.
Y por ello, era imposible pensar en actuar aun cuando Osamu pudiera tal vez, quizá, si lo analizaba mucho, en alguna parte del universo, sentir algo por ella. Porque esos recuerdos valían más que todo. Y el futuro de los tres, juntos como el triunvirato de imbéciles que eran, era lo primero en su lista.
Su celular vibró varias veces antes de que pudiera tomarlo, y leer el nombre del mayor de los Miya la hizo sentir que algo de la telepatía de gemelos se le había pegado luego de tanto tiempo.
Yoru. ¿Estás libre? ¿Puedes salir?
Si. Es tarde, pero te llevaré a casa luego.
¿Puedes venir al parque Chidori?
Pestañeó tantas veces como le fue fisicamente posible en dos segundos. Asintió como si él pudiera verla.
Te veo ahí. Le respondió. Y tomando su suéter azul como la noche sobre ella, salió de su casa con la promesa de volver en menos de una hora acompañada del gemelo. Sus padres sonrieron. No entendió realmente por qué.
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A la luz de la luna, la cabeza de Osamu parecía la de un anciano con miles de canas plateadas. Su postura no ayudaba demasiado, y tampoco su expresión solemne por descarte. Solo la falta de arrugas en su rostro inmaculado y las frondosas cejas negras daban a entender que se trataba de alguien mucho más joven, y al enderezarse para saludarla, era imposible ignorar el torso tan amplio como formado.
—Lamento pedirte salir tan tarde.
Osamu se corrió en la banca color claro. La madera se sintió fría aún a través de sus jeans cuando se sentó a su lado. Se hundió de hombros, dejando que el largo cabello negro cayera a un costado de su cabeza.
—Neh. Apenas son las ocho. Mientras me devuelvas de una pieza, papá no te va a matar.
—Todo menos eso—respondió riendo.
Un silencio apacible reinó entre ambos, sentados lado a lado en una banca en el parque donde solían jugar los tres de niños. Estaba solo a dos calles de la casa de Yoru, y cuando cumplieron ocho los dejaron ir solos por primera vez. Los idiotas se sentían exploradores de tierras desconocidas.
Osamu respiró profundamente el aire cargado de aroma a invierno. Esa mezcla extraña entre lluvia y césped helado, justo antes de mirarla de soslayo. La piel blanca de Yoru siempre pareció resplandecer cuando caía la noche. Como si le hiciera justicia a su nombre, por más irónicamente romántico que pareciera. Antes de que pudiera suspirar nuevamente, decidió hablar.
—Hay algo que quería decirte.
Y esa fue la señal para el corazón de Yoru ordenándole que dejara de funcionar. Ni siquiera pudo tragar saliva al dirigirle la mirada.
—¿H-hablar?
—Decidí algo—murmuró. Nunca sin dejar de mirarla. Yoru sentía que sus piernas la dejarían caer aun estando sentada—. Quiero dedicarme a hacer algo referido a trabajar con comida. Por eso, al terminar la preparatoria, dejaré de jugar voleibol.
Las palabras de Osamu resonaron en su cabeza como un grito. Frunció el ceño tratando de seguir cada repetición en su mente, pensando cada palabra. Cada conjunción.
Ellos habían jugado desde primaria. Era una pasión compartida. Algo en lo que eran superbos. Algo en lo que ambos seguro triunfarían. Y esa parte de su mente más callada entonces, se activó. Porque conocía a Osamu y a Atsumu desde que no podían caminar y a pesar de ser unos desgraciados competitivos, eran tan diferentes como el agua del aceite. Y Osamu nunca vio al deporte con los mismos ojos que su hermano. Él nunca lo vio más que como un deporte que amaba. Por eso no estaba molesto por no ir al campamento juvenil. Por eso se esforzaba estos años, porque no habría otros. Porque su sueño era otro. Y entonces…
—¿Q-que piensas? —preguntó el muchacho. Porque si ella reaccionaba con desagrado, sería tan duro como...
—Que realmente no me sorprende —le dijo con una sonrisa. Osamu pestañeó—. Amas la comida más que a otra cosa en el universo. La verdad es que me esperaba que quisieras trabajar con comida. O ser crítico gastronómico. Si te pagaran por comer serías el chico más feliz del mundo.
Lo sería, definitivamente. Pero apenas podía reaccionar a sus palabras cuando su propia lengua se le adelantó, expresando su predicamento.
—¿No crees que es...raro?
—¿Por qué lo creería? Osamu, puedes hacer lo que quieras. Y si trabajar con comida es lo que te hace feliz, te apoyaré en todo momento. ¡Y engordaré feliz comiendo lo que prepares!
Osamu supo muchas cosas ese día: supo que podía darle un punto final a su predicamento de qué hacer con su vida. Aunque aún no sabía que comería el último día de su existencia, sí había descubierto qué camino seguir. Que Ojiro Aran podía ser un hombro claro y fuerte para expresar su preocupación sobre dejar de jugar. Y que la chica sonriendo de oreja a oreja a su lado era más brillante que la luna sobre ellos.
—Yoru…
—Atsumu se va a chiflar. Lo sabes, ¿verdad?
El muchacho rio con fuerza. Su carcajada resonó en el parque vacío, aun cuando algunas pocas personas paseaban a sus perros en la lejanía.
—Va a odiarme más de lo que ya lo hace.
—Esto será genial.
—Desde luego que sí.
Osamu supo muchas cosas nuevas ese día. Y las palabras de Aran resonaron en su mente cuando entendió que las cosas que ya conocía, también tenían que ser recalcadas.
«Dícelo».
