¡Hola a todos! Wow, muuuuuchas gracias por sus comentarios
Este capítulo fue particularmente difícil de escribir. Es largo y con MOOOOOCHA emoción. Y para un momento en particular, les dejo este link de acá abajito para que lo acompañen con esta belleza 3
(Ponen YouTube y esto que sigue acá) /watch?v=NlgJrmxspdA
O buscan Kissing you de Des'ree. La versión instrumental.
CAPÍTULO 6: DIECISIETE AÑOS.
Cuando Atsumu regresó del campamento juvenil, lo hizo con la más grande y autosuficiente sonrisa en el rostro. Comió feliz la cena de bienvenida de su madre, explicando con lujo de detalles todo lo que había visto esos cinco días fuera de casa. Tarde y en confidencia de su habitación, le dijo a su hermano que conoció a un tipo muy interesante. Un «santurrón» al que creía un sujeto horrible por referencias, y que enfrentarían en el torneo en febrero.
Sus compañeros estuvieron interesados en cada una de sus palabras, hasta que comenzó a alardear de las colocaciones que había hecho y pronto se dispersaron para seguir con el entrenamiento. Era como un escudo anti imbecilidades que los protegía de lo que pudiera lastimarlos psicológicamente.
El llavero de Hello Kitty que le obsequió a Yoru estaba ahora colgando de su bolso mientras caminaban de regreso a casa, con el atardecer a sus espaldas y el frío de diciembre obligándolos a llevar bufandas obligatoriamente.
—Entonces, recapitulando. ¿Llegaste al campamento y lo primero que hiciste fue acosar a un pobre chico de Miyagi?
Yoru reía totalmente no sorprendida por sus acciones. Desde luego que Atsumu se iba a comportar como un idiota condescendiente con alguien que demostrara menos personalidad.
—¡No hice eso! —se defendió frunciendo el entrecejo y mirándola caminar entre medio de ambos, como siempre desde niños—. Había escuchado que lo tratan como un genio, y que tiene un carácter horrible…
—¿Cómo tú?
—Cállate, Samu...—y manoteó su cuello desde donde estaba gracias a su largo brazo—. Como te decía, el tipo resultó ser un nene bueno que le da a todos los pases que ellos quieren.
—¿No es eso ser un buen colocador? —preguntó Yoru sonriendo de costado. Por supuesto que quería hacerlo cabrear.
—¡No! Un buen colocador hace que sus rematadores salten más alto. ¡Saca lo mejor de ellos!
—Un buen colocador no trata a los rematadores como sus monos, idiota—. Y ahora fue Osamu quien levantó el brazo opuesto para estrellarlo con violencia contra la nuca descubierta de su hermano.
Yoru se encogió de hombros, caminando unos pasos adelante para evitar ser víctima de una mano perdida. Extrañaba estas vueltas a casa los tres juntos. Pese a todo lo bueno que pasó esa semana, no cambiaría la sensación de caminar en trío por la calle por nada del mundo. Por realmente nada.
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La tercera semana de diciembre llegó tan pronto como pestañearon tres veces. Pronto, las calles de la ciudad estaban decoradas con guirnaldas y adornos brillantes. Los colores rojos y verdes y blancos adornaban cada escaparate, los puestos de pollo frito promocionaban al máximo para tener más ventas. Las ofertas de pasteles navideños hacían querer comprar uno aunque faltara una semana aún para el gran día.
Incluso la preparatoria Inarizaki se había unido al espíritu de las fiestas con carteles de colores en los pasillos y maestros con rostros más sonrientes. Cualquiera que odiara la ocasión pasaría un real infierno durante los próximos días si tenía que obligatoriamente asistir a clases.
—Lo que dijiste fue totalmente erróneo y machista, Tsumu.
Yoru estaba sentada en su escritorio con los brazos cruzados. El cabello negro suelto caía como una cascada oscura sobre sus hombros, y las pecas traslúcidas de su rostro se deformaban en una nueva galaxia por el ceño fruncido que le obsequiaba con disgusto. Atsumu se encogió de hombros con la misma sonrisa socarrona de siempre, levantando las manos delante suyo como intentando contener una furia invisible.
—No dije nada realmente malo.
—¡Que la profesora Akenami esté contenta no quiere decir que haya conseguido novio para navidad, grandísimo imbécil!
Mantener una charla con Atsumu Miya sin terminarla queriendo hundir su cara en el lodo era una tarea que pocos podían hacer. Su madre, porque era quien le dio vida. Y la lista se terminaba ahí. El resto de los mortales quería barrer el piso con sus cabellos dorados.
—¡Pero no puedes decir que es casualidad!
—¿Me recuerdas por qué soy tu amiga? —le preguntó con la mirada cansada, levantando ambos brazos conteniéndose para no golpearlo. Su amigo se encogió de hombros y habló como diciendo lo más obvio del mundo.
—Soy genial.
—No lo eres.
Osamu entró al salón que Yoru y su hermano compartían desde inicios del año pasado en el momento en que estallaban de risa como si hubieran encendido una mecha. Pestañeó varias veces al acercarse a ellos con lo que quedaba del onigiri que había traído como entremés antes del almuerzo. Vio el rostro de Yoru voltear hacia él con una sonrisa tan tierna como la que le había obsequiado solo a él hacía algunas noches, cuando le confesó lo que aún no sabía su hermano. Tan solo ella y Aran tenían conocimiento de ello.
—¿Te dio hambre en el primer receso?— le preguntó haciéndole lugar para que entrara en el círculo de confidencia junto a la ventana.
—Siempre.
Lo último de la bola de arroz desapareció cuando la tragó degustando cada grano. Metió la mano en su bolsillo para guardar el envoltorio de papel encerado y tirarlo luego de vuelta en su propio salón, pero algo se lo impidió. Y lo recordó.
«Oh…»
El papel doblado fuera del sobre donde le había sido entregado seguía ahí desde el día de ayer, como si una parte suya hubiera olvidado lo ocurrido, otra lo negara y la tercera recordara que no sabía cómo proceder. Los ojos de Yoru se posaron con curiosidad por un segundo, antes de que su estómago sintiera el impacto de una mano invisible en forma de puño enterrarse justo entre el esternón y sus costillas. Los pequeños corazones en la esquina del papel dejaban perfectamente en claro su contenido sin necesidad de leerlo. Y tenerlo tan cerca de su cuerpo la hizo sentir como si hubiese encontrado criptonita.
—¿Y eso?
Atsumu habló en un tono lejano para sus oídos. Como alguien que te grita en la lejanía esperando ser oído. Ella no podía despegar la vista del papel blanco con corazones rosas en sus esquinas. Ni siquiera cuando Osamu respondió la pregunta doblando nuevamente la carta, guardándola en el otro bolsillo, lejos del papel encerado de su onigiri.
—Nada.
—¿Una carta de amor? ¡Al fin creciste! —Atsumu tenía el peor temporizador para decir las cosas, a veces—. ¡Te felicito Samu!
Diez palabras. Diez puñaladas en el corazón, una sobre otra, como si quisieran esforzarse en que el hueco en su pecho fuera cada vez más grande.
Esa carta significaba, en la mente sobre estimulada de una chica como Yoru, que ese abrazo sanador había sido un halo de su imaginación. Que el muchacho que amaba desde siempre respondiendo sus sentimientos era solo una esperanza y que era muy ingenua al pensar algo más. Como si un espejo se rompiera, su corazón cayó al suelo. ¿Por qué, sino, tendría una carta de otra chica si la miraba a ella?
Osamu sacudió la cabeza con un ínfimo rubor en sus mejillas, aunque Yoru no lo vio. Su vista se había dirigido al bolsillo que custodiaba la carta. Si veía su rostro ahora gritaría.
—¡Cállate ya! —se defendió.
¿Por qué se defendía? «Si, es una carta. ¿Y?», hubiera sido una respuesta que la habría golpeado, pero no tanto como su negativa. ¡Si es una maldita carta dilo y ya! ¿Por qué el secretismo?
—¿Que le contestaste? —su hermano parecía estar viendo el drama de la tarde con entusiasmo.
¿De verdad? Atsumu jamás se interesaba tanto en algo de su hermano. ¿Tenía que hacerlo en esto? ¡No quería saber! Es decir, quería. Pero no quería. Dios, necesitaba vomitar. Urgente. Y llorar. No en ese orden.
—¿Contestar a qué…?
Y la respuesta exacerbada de Atsumu se vio interrumpida por la llamada de un compañero desde la puerta. El muchacho rubio resopló fuerte cuando enderezó su enorme cuerpo y caminó con las manos en los bolsillos hacia el muchacho que llamaba su nombre.
El silencio entre Osamu y Yoru siempre había sido extraño. Raro, si. Pero nunca incómodo como en ese momento. Como si el peligris no se hubiera enterado que el rostro descompuesto de la chica a su lado estaba por caerse al piso en pedazos. Sólo entonces, tomó una bocanada de aire helado para llenar sus pulmones de valentía y hablar.
—No le hagas caso —le dijo con voz suave. Casi que los sonidos del salón podrían taparla —. Está celoso porque no se le declararon este mes aún.
La sonrisa forzada pasó desapercibida. Tal vez. Esperaba. Osamu la miró de soslayo y juró que temblaba. Quizá fuera el frío que ingresaba por la ventana aún cerrada, obligándolos a no quitarse el saco del uniforme dentro del edificio.
—No me molesta realmente. Sabemos que es un idiota.
No quería preguntar. Realmente no. Por suerte, no tuvo que hacerlo. Porque Osamu fue quien rompió el silencio entre ambos. Para mejor o peor.
—No sé realmente que hacer, de todos modos.
¿Eh? ¿No sabía qué hacer con…?
—¿Con qué?
—La carta— dijo. No estaba mirándola. Su vista miel fija en el alto árbol visible desde el segundo piso donde se hallaban—. Nunca me habían dado una carta.
Recházala.
Recházala.
Recházala.
Recházala.
—No hay mucho que pensar...— Le era fascinante a veces como podía hablar tranquilamente cuando por dentro estaba destrozándose el cráneo contra una pared—. Si te gusta, díselo. Si no te gusta, recházala con cuidado.
Osamu vio la tristeza sumirse en su rostro pálido. Eso no era una visión. Yoru volvió a hablar girando su rostro al mismo árbol en el patio.
—Pero no la dejes esperando por ninguna de la dos respuestas. Es más doloroso tener la incertidumbre que una negativa. Ya sabes, no seas tu hermano.
Osamu no recordaba que tenía esa carta en el bolsillo hasta ese instante. Si, fue una sorpresa cuando esa muchacha de cabello castaño se la entregó el día anterior. Recibió confesiones antes, pero siempre en persona y las rechazó inmediatamente, con el cuidado que claramente su hermano no poseía. Sin embargo, se vio tan abrumado por el temblor en las manos de la muchacha que si llegaba a rechazarla en ese instante, se pondría a llorar. Le dijo que no tenía que responder inmediatamente, y se largó a correr en dirección contraria a la que vino. Y ahora, la carta era un recordatorio de ese momento, y la única chica que alguna vez querría tener a su lado le decía que no perdiera el tiempo para cualquiera de las dos respuestas.
Estaba tan confundido como no podía expresarlo realmente. Era una situación tan bizarra que solo quería comer temprano e irse a dormir.
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—¿Cómo? ¿Una fiesta?— Aran pestañeó muchas veces en pocos segundos. La botella de Pocari Sweat en su mano permaneció firme aún con la transpiración cayendo entre sus dedos morenos—. ¿Es una broma?
—¿Por qué estaría bromeando? —fue la respuesta de su capitán, parado junto a él.
El muchacho de piel oscura se encogió de hombros con una sonrisa nerviosa. Kita nunca intentaba asustar a nadie, pero lo lograba con el simple tono de su voz. Como esos padres que no requieren más de una mirada para hacer que sus hijos coman los vegetales que detestan. Y esa tarde en el descanso del entrenamiento vespertino, conoció una nueva faceta de su amigo que parecía oculta hasta el momento. Y también le daba miedo, claramente.
—¡N-no digo en ese sentido! ¿Pero desde cuándo te interesan las fiestas?
—No me interesan —respondió con una naturalidad abrasadora —.Pero sería un último descanso antes del torneo de primavera. No sirve de nada que nos sobrecarguemos. Es en la casa de Omimi.
El moreno volteó hacia el muchacho de ojos rasgados que parecía recién haberse enterado de la conversación en primer lugar. Era extraño, porque sus padres eran los más estrictos de todo el grupo. Esto solo podía terminar muy mal, y lo sabía.
—¿Te dejaron usar tu casa, Omimi?
El muchacho se encogió de hombros con una media sonrisa. Era su último año y había sido un excelente hijo desde que su educación formal comenzó. Merecía un poco de rebeldía antes de irse a la universidad y que a sus padres ya no les importara que tan mal se portara.
—¿Pueden dejarme si mis padres no se enteran?
—¡Eres un hijo horrible! —gritó Atsumu con rostro horrorizado. Todos voltearon sorprendidos. ¿Desde cuándo estaba ahí escuchando?
—¡Lo dice el peor ser humano de todos nosotros! —exclamó totalmente rojo. Carraspeó antes de continuar—. En fin, mientras no rompamos nada, no habrá problema.
Atsumu se llevó las manos a la cintura sonriendo de oreja a oreja. Tantas cosas pasaron por su mente que deseó poder grabar sus pensamientos en un disco imaginario para verlo en cámara lenta luego.
—¡Será como una de esas fiestas en películas americanas donde todo termina destrozado!
—¡Acabo de pedirte que no! —volvió a exclamar. Atsumu ya no lo escuchaba. Sus amigos se habían dispersado. Esperaba que esto fuera una buena idea.
Y claro que no lo sería. Los jóvenes japoneses eran educados, tranquilos y muy respetuosos del espacio ajeno. El alcohol tenía reglas muy estrictas para menores de veintiuno, y todo estaría bien mientras fueran unas pocas personas. Solo los conocidos. El equipo y amigos del equipo.
Pues bien, en algún momento la invitación se extendió a tantas personas como entraban en la sala de su casa y ya había perdido la cantidad de platos rotos en las primeras horas de la noche de ese sábado de diciembre.
Inarizaki era un colegio privado, por lo que ninguno de sus estudiantes tenía problemas económicos. Sin embargo, durante noche del sábado, la casa de la familia Omimi dejó boquiabiertos a los tres amigos recién llegados, uno junto al otro, como niños que llegan a un cumpleaños por primera vez.
—Es la última vez que le presto dinero a ese desgraciado… —murmuró Atsumu cruzando los brazos sobre el pecho, arrugando la camiseta negra que llevaba puesta.
Estar ahí esa noche les parecía algo irreal. Que Kita haya pensado en esto como una forma de quitarles presión claramente marcaba lo buen líder que era. Y que en forma casi literal, era una madre para todos.
Yoru echó a reír dando unos pasos hacia el pórtico blanco lleno de plantas y flores cuidadas con esmero. Pestañeó varias veces cuando en el interior de la sala comenzó a notar rostros que pocas veces había cruzado en los pasillos, y por sus actividades dispersas dudaba que Omimi o siquiera alguno de los chicos del Club tuviera relación cercana.
—Creo que el concepto de fiesta privada no tuvo demasiado entendimiento.
Osamu se puso de pie a su lado. Convencerlo de venir había sido una tarea exclusivamente de su hermano. Desde luego que él no estaba acostumbrado a las aglomeraciones de gente. Apenas realmente soportaba estar amontonado en los pasillos del colegio, pero la insistencia de Atsumu había sido suprema, y si debía ser totalmente sincero, no confiaba en que ese idiota se comportara. Yoru desvió la vista cuando el alto peligris la hizo foco de su campo visual. Había tratado de evitar mirarlo demasiado durante el trayecto, como esos dos días desde que la carta apareció en escena. Pero esa camisa a cuadros azul y negra hacía muy difícil para ella desviar la mirada cuando estaba cerca. Sabía que era apuesto. Los dos lo eran. Y entre esos pantalones rasgados agregados al maldito perfume emanando de su cuerpo, estaban destrozando sus nervios. Sin piedad, uno a uno. Estaba segura de que sería una muy larga noche. No tenía idea de realmente cuánto.
Se quitó el abrigo, dejándolo con los otros en la puerta de entrada. Tendrían que buscarlos a la salida en la enorme pira de ropa, si es que no terminaba desparramada por el suelo. El frío de sus piernas descubiertas por el vestido corto color negro que llevaba puesto desapareció cuando entraron al recibidor. El rostro de Aran los recibió con una botella de agua en la mano. Era extraño verlo tan relajado, como si no fuera su último año llegando al final con el torneo comenzando pronto. Era agradable verlo disfrutar como un adolescente más, separado de su imagen de as de Inarizaki.
—Omimi está por tener un ataque de nervios —murmuró casi con secretismo y una sonrisa de costado en el rostro.
—¡No se te ocurra no filmarlo!— Atsumu estaba feliz. Todo lo que significara molestar a otro, lo hacía feliz.
—Suna va a llenar la memoria de su teléfono móvil en cualquier momento.
—¡Ten el mío!
Y tomándolo del brazo lo llevó pasillo adentro, pasando el salón hasta lo que suponía, era la cocina. Solo una estela de perfume en donde había estado, y la música llenando los espacios en blanco. Un frío recorrió su espalda al darse cuenta de lleno que en un salón lleno de gente, estaba sola con Osamu. Una reacción a la que debería estar acostumbrada, pero esa maldita carta logró desvirtuar de tal forma que se sentía totalmente incómoda. ¿Por qué? ¿Por qué debía afectarle? ¿Porque ese abrazo en las oficinas de Osaka le había quemado la piel hasta la carne y huesos, haciendola creer que podía ser correspondida? Eso era totalmente ridículo desde el comienzo. Todo esto era totalmente ridículo. Estar en silencio con alguien que consideraba uno de sus mejores amigos era irrisorio. Y malditamente real. Porque ese abrazo SI le había quemado la piel hasta su carne y huesos, y de verdad había sentido esperanza de ser correspondida. Y ahora estaba ahí.
Mientras su mente ardía en pensamientos, en el mundo real los segundos continuaban transcurriendo con normalidad. Y el silencio llenó el espacio entre los dos, mirándose y encogiéndose de hombros por pura inercia luego de que Atsumu se fuera a trote ligero.
—¿Quieres algo de beber?—. Le preguntó Osamu señalando lo que parecía ser la mesa de bocadillos y bebidas.
—E-eh. Si. ¿Jugo?
—Ya vengo.
Y se alejó caminando despacio hacia el rincón repleto de gente eligiendo qué consumir. Todos habían llevado algo, de lo contrario no había forma de que Omimi hubiera calculado para todos.
Paseó su vista por la sala algo nerviosa. Vaya...Los padres del muchacho tenían muy buen gusto, y la casa de estilo occidental tenía ya algunos adornos navideños que terminarían en el piso destrozados para el final de la noche. No pasó mucho tiempo hasta que sintió unos pasos tras su espalda, y volteó para encontrarse con el rostro sonriente de Akagi dándole la bienvenida.
Su tono divertido y las anécdotas de los sucesivos micro infartos del dueño de casa la hicieron olvidar por unos minutos la tardanza obvia del mayor de los gemelos.
Una parte suya parecía gritarle que no lo hiciera. Que no girara la cabeza hacia la mesa en el rincón derecho de la enorme casa. Que sería el mayor error de la noche, aunque su cerebro no tenía la menor idea de la cantidad de errores que iba a cometer esa noche.
Pero lo hizo. Y su vista se cruzó con la imagen que quebró en mil pedazos los vidrios sujetos con pinzas de su corazón: porque Osamu estaba sosteniendo el cuerpo de una chica de larguísimo cabello castaño, hermosas facciones tradicionales y tan delgada que pesaría lo que una almohada seca. La chica se sujetó con suavidad de su cuello y solo pudo contar los segundos marcados por el latir de sus sienes al momento que Osamu la levantó en brazos y apresuró sus piernas escaleras arriba, desapareciendo de su vista.
Silencio.
Solo silencio. El zumbido de millones de moscas en su ído. El dolor de ochocientas agujas en su cuerpo. La interferencia en su mente impidiéndole hilvanar pensamientos y mucho menos alguna palabra. Fue como si su cerebro explotara, prendido fuego en una combustión nuclear. Y de repente, silencio. Su cerebro estaba tan muerto como su corazón. Porque las imágenes de Osamu en su memoria parecían desaparecer en la oscuridad, como su espalda alejándose escaleras arriba con una chica en brazos. La carta en sus malos. La indecisión en su mirada. Su esperanza vacía. La sonrisa que le obsequiaba. El abrazo que se sintió caricia. Todo, en el más absoluto silencio. Y sintió que su garganta dolía como si sangrara acuchillada. Un grito en silencio que destrozó sus átomos. Yoru sintió cómo se le rompía el corazón.
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Yuki Shozine. Ese era su nombre. Al menos el que recordaba al haberse presentado dos días antes, cuando le dio la carta. Parecía tan educada como aparentaba, entregándole ese papel con delicadeza y diciéndole que no se apresurara con su respuesta. Y realmente no pensaba hacerlo, porque no tenía mucha práctica rechazando gente sin ser duro. Pero Osamu tomó una decisión firme después de que Yoru le dijera que no hiciera esperar por una resolución. Y lo que menos quería era ser cruel.
Por eso la había rechazado con amabilidad el día anterior. A pesar de ser una persona totalmente frontal, había entendido durante sus años de adolescencia que no puedes ser brutalmente honesto con todo el mundo y esperar no herirlos. Por eso, mientras dijera la verdad, podía permitirse edulcorar sus palabras para no sonar igual que el cretino de su hermano cuando rechazara a alguien.
Y después de haberle dicho que le agradecía por sus sentimientos, pero que no estaba interesado, sinceramente le pareció que la chica lo había tomado bien. Su sonrisa amable permaneció en ella hasta que se retiró dándole las gracias por la oportunidad de decirle sus sentimientos. Por eso le sorprendió verla en la fiesta, y porque no creyó que conociera a nadie en el equipo. Más aún, se asombró verla acercarse con una sonrisa atrevida que no recordaba en su repertorio hasta ponerse frente a él. Pero al ver la botella de sake en su mano, lo comprendió. Supuso que la habría tomado de un anaquel de los padres de Omimi para compartir ilegalmente con sus amigos. Y todo tuvo su ciclo completo al caer en sus brazos desmayada por el alcohol que como adolescente claramente, no pudo tolerar.
Y su reflejo fue llevarla hasta una habitación vacía en el piso superior, tomar su teléfono celular y marcar el discado rápido de quien creía, era su padre. Decirle con su mejor vos dónde estaba estaba su hija y esperar a que vinieran a buscarla. Eso haría cualquiera en su lugar.
Sintió pronto los pasos de Kita tras él, que había visto la escena y traía una toalla helada y un vaso de agua. Con su sola presencia, se sintió más acompañado. Y por un momento, relajó sus músculos mientras cortaba la comunicación telefónica mientras su capitán le aplicaba paños en la frente para mantenerla medianamente consciente. Suspiró con fuerza.
Ya había pasado. Todo estaba bien. La chica estaba solo algo pasada de alcohol, nada que no pudiera arreglarse. Sí, su padre iba a llegar bramando, pero ese no era su problema. Ya había pasado. Todo estaba bien.
No.
—Osamu...
La voz de Aran sonó a espaldas de Kita. La expresión de su rostro era seria y temerosa. Nada como él. Giró medio cuerpo hacia él con una ceja oscura levantada en consternación.
—¿Aran-sempai…?
Ojiro apretó los gruesos labios en una línea recta. El ceño fruncido y buscando como decirle lo que salió de sus labios con celeridad.
—No creo que Yoru esté bien en este momento...
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El sabor amargo del sake bajó por su garganta como hiel líquida y a medio refrigerar. Como meterse al organismo cada uno de sus pensamientos negativos y sentir que el estómago se le prendía fuego. ¿Para qué rayos quería un estómago de todas formas? No servían más que para doler. Como su corazón. Si no fuera esa bomba que envía sangre a todo el cuerpo, se lo arrancaría sin pensarlo. Pensándolo bien, quizá lo hiciera. Después de esa noche de mierda, ya nada le importaba realmente.
Yoru no era alguien que por sí misma llamara excesivamente la atención: era bonita, simpática y graciosa. Pero la gran mayoría de los que sabían su nombre, era porque se movían en bloque con los gemelos Miya. En ese momento agradeció su anonimato. Sobre todo porque pocos podían verla sentada en el suelo contra una gran planta de sombra a un costado de la sala de estar, alejada de la mesa de bocadillos. Los borcegos oscuros desabrochados y consideraba un milagro que las medias oscuras no se hubieran roto hasta ahora. El cabello suelto sobre los hombros, y la botella de sake que encontró abandonada en la mesa donde vio por última vez a Osamu casi vacía. Era horrible. El sake sabía a alcohol etílico con menos refinamiento, y no alejaba la imagen de Osamu cargando a esa chica, como tampoco recuperaba su sonrisa en las fotos del pasado. ¡Qué enorme mentira!
Intentó pararse. Imposible. Enderezarse. No. Bueno, sentada no estaba tan mal, pensó. Ahí nadie la veía, nadie la notaba. No existía, y si era cierto, entonces tal vez no estuviera mal que sus ojos se terminaran de llenar de lágrimas y corrieran por sus mejillas de una jodida vez, porque tanto dolor en su pecho parecía a punto de estallarle como un cartucho de dinamita. Si. Quizás eso fuera lo mejor. Drenar a Osamu de su sistema como si le saliera por los ojos. Quizás eso fuer…
—¡¿Yoru?!
La puta madre...
Parpadeó con dificultad (porque hasta eso le costaba cuando todo daba vueltas en tonos muy claros), y los empujó hacia el lugar donde venía el sonido. Todo estaba tan brillante y se movía tanto que contuvo las ganas de vomitar nuevamente.
Osamu se arrodilló frente a ella, recorriendo cada centímetro de su cuerpo con la mirada buscando algo fuera de lugar. La botella de sake aferrada a su muñeca lo sacó de contenido: ¿estaba jodiéndolo? Yoru nunca hubiera sido capaz de esto. Ni siquiera por una apuesta. ¿Por qué la botella pasando la mitad? Y los ojos azules como zafiros en la noche totalmente entrecerrados le dieron una pauta de qué había ocurrido. No era cierto…
—Yoru, ¿te sientes bien? ¿Tu sola bebiste esto?
Déjame.
Vete.
Largo.
—¡Oye! —la llamó con registro que ni siquiera usaba cuando se raspaba las rodillas. Ni siquiera cuando se rompió la muñeca en primaria —. ¿Yoru? ¿Me oyes?
Y sus enormes manos se dirigieron con preocupación al rostro blanco, tomando sus mejillas para levantarle la cabeza y verle las pupilas.
Quema.
Duele.
Estás lastimándome.
—¡No me toques! —gritó. El rostro se le escapó de entre los dedos callosos y el cabello negro cubrió sus ojos fuertemente cerrados.
Osamu retiró los brazos anonadado. Se miró las palmas confundido, buscando algo que la hubiera lastimado. Alternó la atención entre ellas y la cara baja de su amiga. Estaba respirando despacio pero con dificultad. Los hombros bajos y las piernas sin fuerzas extendidas en el piso de madera.
No iba a mentir. Entre la confusión y preocupación de verla en ese estado, el grito de Yoru le dolió como una bofetada en plena cara. El desprecio de su tono fue una cuchillada al hígado y verla no reaccionar lo estaba desesperando en confusión.
Y sin embargo, fueron las lágrimas formándose en los ojos azules aquello que lo sacó de lugar. Los labios temblando, y la mirada cristalizada esquivando la suya. Y finalmente explotó.
Osamu nunca había jugado de manos con Yoru. Eso estaba reservado para Atsumu y su carácter desagradable. Él no podía hacerlo, no estaba en él. Y sin embargo, tomarla en brazos y cargarla boca abajo sobre su hombro fue lo más sencillo y rápido que recordó hacer en su vida.
—Vamos a casa, Yoru.
—¡Déjame! —la escuchó decir a sus espaldas. Las manos golpeándole las pantorrillas.
El rostro de Aran lo observaba confundido, alternando miradas entre ambos. Solo bastó un segundo para que entendiera, y corrió con él a la puerta para abrirla y dejarlo pasar. Aran comprendió todo en ese instante. Como si más de diez años conociendo a los gemelos cerrara un círculo perfecto.
Omimi no vivía a más de ocho calles de la casa de la familia Miya. Con suerte, sus padres estarían durmiendo a esta hora de la noche. Si Yoru dejaba de gritarle como hasta ahora, podrían entrar sin problemas.
—Quiero vomitar y me llevas colgando de cabeza. ¡Maldición, eres un genio!
Osamu gruñó profundo. Iban a ser las ocho calles más largas de toda su existencia. Apuró el paso, sujetándole las piernas con más firmeza, cuidando que sus dedos no subieran más de la cuenta por los muslos descubiertos. Los golpes en su pantorrilla no estaban ayudando al equilibro en la acera. Pero esto era mejor a llevarla desmayada. No podría tolerar eso, jamás.
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Yoru recordaba pocas cosas de esa noche en particular. Muy pocas y realmente no de las más agradables. Creía recordar golpear los muslos traseros de Osamu con ambos puños para que la suelte mientras la llevaba por la calle, y estaba segura de que le gritó las cosas más espantosas en esa posición. Su mente recuperó fragmentos del momento en que entraron a la casa de los gemelos y Osamu la llevó al baño en el más absoluto silencio. Tuvo perfectamente en claro que lo que rememoraba de esos momentos frente al excusado fue tan real como horrible y particularmente humillante. Porque esas ganas de vomitar se hicieron totalmente reales y juró por sus adentros que mientras el líquido amargo abandonaba su cuerpo son sonidos de llanto ahogado, no volvería a oler alcohol hasta muchos años más tarde.
Sin embargo, mientras su cuerpo estaba en el piso, sostenida levemente por sus rodillas flaqueando, supo que algo más la mantenía firme, perdiendo el miedo a caer mientras todo lo demás en el mundo giraba como un trompo sin control. Y es que el brazo de Osamu tenía su cintura contra el pecho firme, y con la otra mano recogía su cabello con una ternura que la hubiera hecho llorar de no estar en la situación más humillante de su vida.
Cuando ya todo estaba fuera, solo lo que había afectado sus sentidos permanecía nublándole la vista. Sintió la mano enorme de Osamu acariciarle la espalda para tranquilizarla. Y cuando pudo ponerse de pie, la llevó hasta el grifo para limpiarse la boca y meter la cabeza bajo el agua helada. Era una bendición enviada por todos los dioses que despejó ocho velos de los diez que cubrían su cabeza. Subió las escaleras sujeta a su fuerte cuerpo, y entonces ya no recordó más nada hasta que volvió a abrir los ojos lo que calculó, fueron horas más tarde.
La boca le sabía a una mezcla de pasta para dientes y enjuague bucal, aun cuando extremadamente al fondo de su cavidad aún sintiera la amargura y acidez. Su cabeza parecía estar en medio de un solo de batería eterno, y la banda ni siquiera era buena. El cuerpo le temblaba y pesaba al mismo tiempo, no necesariamente en ese orden. Pero al menos tuvo la suficiente capacidad de distinguir que los latidos que escuchaba contra su rostro no eran los suyos, sino los del muchacho tendido a su lado, sujetándola con cuidado.
—¿Despertaste? —dijo el muchacho de cabello gris con suavidad. Su voz sonó casi a un susurro contra su coronilla, haciéndole cosquillas.
Fue entonces que la noche cayó en su memoria como piezas de un rompecabezas que tenía que golpear contra la mesa para hacerlas encastrar, aunque no fueran ahí. Solo de algo estaba segura…
—Vomité en tu baño, ¿cierto…?
—Y de qué forma.
—Mierda…
Hubiera golpeado su cabeza contra la pared para aclararse el panorama, pero su pecho era tan malditamente cálido que no podía moverse. ¿Cómo había llegado siquiera hasta ahí? Osamu dormía en la litera superior de la habitación compartida, y por la luz de las farolas de la calle encendidas, aún era de noche. ¿Qué…?
—No preguntes como te subí —lo oyó decir, como si le leyera la mente. Respondió de inmediato.
—No pensaba hacerlo.
Lo sintió ahogar una risa en su garganta. Podía permitirle eso. Después de todo, era prácticamente un chiste viviente. Fueron pocos los segundos que tardó en recuperar las memorias de lo que ocurrió antes de que todo se fuera a la basura.
—¿Dónde está Tsumu? —le preguntó manteniendo el tono de secretismo, haciéndole cosquillas contra el pecho cubierto por la camisa a cuadros.
—Aran-sempai me envió un mensaje. Todos van a quedarse a limpiar. Lo obligaron.
—Debe estar furioso.
—Claro que sí.
Y poco a poco, su mente se acercaba más al dedo en la llaga. A donde no quería ir. Donde no quería mirar. Como saber que viene la parte del asesinato en una película de horror y aún así mantener los ojos abiertos. Pero él habló antes.
—¿De dónde sacaste esa botella?—. ¿Acaso sonaba enfadado? ¿Eso era un reproch….?
—¿Q-qué…?
—Tomaste casi la mitad de una botella de sake, Yoru. ¿Qué creíste que pasaría?
Osamu nunca se enfadaba con ella. Esa era una realidad: pocas veces hacía cosas que lo molestaran y cuando ocurría, esa sonrisa de sol brillante funcionaba en él como un video de gatitos jugando con un ovillo de lana. Pero verla en el piso de esa forma llenó su cuerpo de escalofríos y lo aterró. Sin contar sus gritos y maldiciones, verla sin poder moverse por motus propio fue algo que le resultó tan doloroso como ahora trataba de controlarse para no darle una reprimenda.
—Estaba en la mesa.
La respuesta fue lo más sincero que pudo darle. En la mesa donde él dejó de estar cuando cargó a esa chica escaleras arribas. Y como todo le importaba nada en ese instante y su lengua aún estaba suelta, continuó.
—Tú sabes. La de los bocadillos. Cuando te fuiste.
Osamu supo entonces que ella vio el momento donde tomó en brazos a su compañera y la llevó a recostarse. ¿Era la misma botella entonces? Y por más que pensara, no veía ningún tipo de razón para que esto hubiera sucedido.
—Llamé a los padres de esa chica, y Aran me dijo dónde estabas. ¿En cuánto tiempo tomaste casi tres vasos?
Esa chica. ¿Acaso no tenía nombre? ¿Qué cara…?
—¿Y vinieron? Sus padres. Digo.
—Supongo, Aran-sempai se quedó esperándolos cuando nos fuimos. No tengo idea.
—¿No deberías estar preocupado?
—Desde luego que lo estoy. Bebiste como idiota y tuve que traerte cargando mientras me insultabas. ¿Crees que no estoy preocupado por ti?
Era demasiada información para su poco funcional cerebro. Sentía que le estaba respondiendo la pregunta con otra respuesta, y todo se derrumbaba aún más. Estaba preguntando por esa chica de cabello castaño, largo y hermoso. ¿Por qué respondía sobre ella?
Quería llorar. Sus ojos ardían, su garganta dolía. Su estómago parecía encendido. Y ella solo quería llorar. Ahí estaba: sujetando suavemente su camisa, y juraba que los dedos larguísimos en su espalda quemaban como brasas, aunque no quisiera jamás que los moviera. Y en menos de un segundo, todo pasó ante sus ojos. Esos recuerdos que juraba, no podía tener por su propia conciencia, pero ahí estaban. Dando vueltas, gateando alrededor de los gemelos, chocando su cabeza con la de Osamu y largándose a llorar. Jugando a armar castillos de arena. Viéndolo golpear un balón por primera vez. La sonrisa a la cámara. La alegría cuando la saludaba por las mañanas. El dolor cuando una chica le hablaba con segundas intenciones. La quietud al verlo comer una bola de arroz. El aroma de su piel contra su nariz y activando cada uno de sus poros. Y ahí estaba: su frente contra el pecho del chico que amaba hace diecisiete años. Y nada más importaba.
—Te amo.
Osamu oyó el susurro ahogado contra su pecho como quien cree oír el viento por la ventana: sin saber si era real o no. Porque en ese instante que creyó escuchar la frase que podría quemarlo en vida, no le era posible decir que tenía sus sentidos alerta. Todos sus átomos despertaron al instante siguiente, como saliendo de un letargo, llamados a la vida.
Y tragando aire seco, porque su garganta estaba desprovista de saliva, lo volvió a escuchar. Y esta vez fue claro.
—Te amo —y Yoru sintió que sus ojos pesaban. Ahogó una risa de cansancio. Diecisiete años conteniéndolo y por primera vez en su vida, salía al exterior en voz alta. ¡Dios! ¡Se sentía como quitarse una roca!—. Como en...No. De verdad, te amo.
Una risa ahogada se cruzó nuevamente en su garganta mientras sentía en la piel de su frente la conjunción de la cálida piel de Osamu bajo la ropa. No estaba segura de si ese ritmo cadenciosamente apresurado era el corazón del muchacho o sus propias sienes a punto de estallar. Tomo aire por la nariz, respirando el aroma a madera de su cuerpo, como si el desgraciado no hubiera sudado en toda la noche. Y continuó.
—Mierda… Nunca creí que lo diría así. Nunca creí que te lo diría, en realidad. Estaba acostumbrada a cerrar la boca y pilotear ser esa amiga que te vio tragando arena a los cuatro. ¡Rayos! Tengo dolor de cabeza, apesto y no recuerdo gran parte de lo que pasó anoche. Con todo eso me estoy declarando. ¿Qué tan patética parezco ahora…?
La voz de Yoru pareció sonar en su cabeza como el eco perdido de una melodía lejana. Y aún así logró derrumbar las paredes de su cerebro como una enorme bola de plomo rebotando contra cada rincón. Trató de recuperar los fragmentos de memoria que apenas podía conectar, recapitulando cada segundo de esa noche hasta el momento presente. Cuando la chica que amó toda su vida le dijo que lo amaba. Si, que lo amaba. Mierda.
Osamu estaba cansado. Estaba herido. Estaba hastiado.
Amar a alguien era tan agotador que a veces pensaba que no valía la pena. Que no era necesario. Y entonces ella se aparecía frente a él. Esa sonrisa, esos ojos, esa capacidad de meterse en su piel lo quisiera o no. ¡Fueron diecisiete años! Toda su vida mirando a la misma persona, a nadie más. Jurando no decirle nada, clavándose un cuchillo en el estómago, y estaba cansado. Harto de verla sin sujetarla. Harto. Sus labios dolían porque estaba mordiéndoselos para no gritar. Para no perder la compostura. Estaba temblando de pies a cabeza. Estaba tan cansado.
Yoru frunció el ceño al sentir las vibraciones del cálido cuerpo que se contraponía al suyo. Sólo así supo que Osamu estaba temblando. Mierda. Osamu nunca temblaba. Era el sujeto más apático que conocía, y perder la calma con ella era algo que jamás había ocurrido.
Y como una epifanía sobreponiéndose al desastre que eran sus pensamientos, supo en ese instante lo que había ocurrido; que había confesado sus sentimientos a alguien que conocía desde que ambos usaban pañales y deletreaban palabras inconexas con errores de pronunciación. Al muchacho con quien pasaba gran parte de su día y con quien había agotado ya sus posibilidades de siquiera imaginar decirle lo que sentía. Es decir, era Osamu Miya. Era uno de los dos gemelos que habían acompañado su vida como una plaga que amaba. Y ahí estaba, presionando la tela de su camiseta mientras sentía las lágrimas de arrepentimiento agolparse en sus ojos cansados y acelerarse lo que sabía ahora, era su pobre corazón a punto de desintegrarse en fibras muertas.
No.
No. No. No.
Solo eso repetía una voz similar a la suya dentro de lo que quedaba de su cerebro a las cuatro de la mañana con la de la calle dando contra los cristales transparentes de esa habitación en tonos azules. Con el aroma a madera perforando sus sentidos y la sensación de que había terminado con su propia vida. Por eso quizá lo único que atinó a hacer como reacción fue levantar el rostro cubierto en pecas agua y los ojos azules cristalizados en lágrimas. Quería gritarle que no la tomara en serio. Quería reírse como cada vez que metía la pata y su único mecanismo de defensa funcional era responder con una broma por su propia carencia de inteligencia emocional. Y cuando la mirada miel se posó en la suya debió esforzarse por recordar lo que significaba respirar.
Te dijo que te ama. Acaba de decirte que te ama.
Osamu Miya no estaba acostumbrado a pensar tan rápido, siquiera cuando debía enfrentarse en un partido. Tampoco cuando su hermano asestaba un pase perfecto. Una de esas colocaciones que veía venir a kilómetros y eran casi pintadas a su mano en un saque perfecto. Nunca tuvo la necesidad de gritarle a su propio cerebro que se callara y lo dejara respirar, porque no estaba pudiendo hacerlo.
Mucho menos cuando los ojos azules de Yoru se posaron en él con una mirada que le recordó a un cervatillo a punto de ser fusilado. ¿Por qué lo miraba con tanto miedo? Ella jamás lo miraba con temor. Siempre pasaba por encima todo lo que le decía y era capaz de dar vuelta en un dedo hasta su hermano. ¿Tan indefensa la estaba dejando?
Bésala.
Ya, ahora. Bésala.
El algodón del vestido negro cubriendo su delgado cuerpo parecía quemarle los dígitos cuando notó que su agarre fantasma se volvía real. Porque esto era real. Ella lo era. Ella diciéndole te amo era tan real como su perfume agua mezclado con el suavizante de sus sábanas. La combinación que se preguntó durante años, cómo sería.¡Era maravillosa, maldita sea!Se sentía como la mezcla perfecta, como sus brazos cubriendo a la perfección las curvas de su cintura y sus labios tapando los suyos. Si. Porque escuchó su último grito en su cabeza.
Cierra la maldita brecha y bésala.
Y lo hizo.
Así sabes, pudo decirse. A esto sabes, se susurró. Y la probó. Una y otra y otra y otra vez mientras no podía consensuar en sus propios pensamientos que los labios de Yoru estaban respondiendo a los suyos. Que sus manos se fijaron en su pecho ajustándose a la tela de la camisa y los pequeños hombros se pegaban a él por el impulso que dio a su espalda con los largos dedos.
¿A qué sabía? A diecisiete años de sufrimiento. A diecisiete años de pasar de curiosidad, a cariño, a romance infantil, a calentura adolescente, a caer en cuenta de que era el amor de su vida. Porque amar a Yoru Asekawa había sido putamente doloroso. Había sido arrancarse el corazón del pecho disimulando con la poca expresión de su rostro cuánto dolía.
Había sido tan terrible como lo era amarlo a él. Porque claro que ver a esas niñas vestidas iguales y con abanicos rezando los nombres de los gemelos, la hacían partir en el piso de risa y verguenza ajena. Pero desde luego que ver a una de ellas acercarse a Osamu ponía cada vello de su cuerpo en punta. Se sentía enferma hasta horas después, más aún cuando el imbécil que amaba aceptaba las galletas que le obsequiaban y hasta le ofrecía algunas en la tarde. A eso sabían sus labios. A dolor. Y se sentía rabiosamente bien. Quizá por eso su lengua lamió el interior de su boca con tanta alevosía. Como si quisiera borrar cualquier beso inexistente, y el rastro de cualquier otra chica que hubiera llegado ahí. Y Osamu replicó sus movimientos a la perfección, explorándola como si le perteneciera. Clamando el sabor de su saliva, mezclado con la sal de sus lágrimas que caían por sus mejillas mientras los dedos callosos secaban con caricias, curtiendo su piel.
El peso de su cuerpo se sentía como la presión cálida que buscó toda su vida. Siempre contentándose con un abrazo o sostenerse las manos como los amigos que eran. Cuando esto era lo que quería. Lo que había deseado con cada fibra de su cuerpo y alma durante años ya: sujetar su amplia espalda pasando sus manos por debajo de la camiseta levemente sudada. Notar con sus dígitos que tenía lunares adornando su piel desgraciadamente tersa. Darse cuenta de que se contraía de cosquillas en los mismos lugares de siempre, aún aplicando la presión de una pluma seca. Saber que la piel de su abdomen y costados era más suave de lo que alguna vez pensó.
Osamu abrió los ojos con la vista nublada solo para encontrarse con los suyos, y supo que era ver una nueva galaxia en ellos. De una forma que jamás creyó, pudiera existir. Las pestañas iridiscentes a la luz de las farolas que entraban por entre los vidrios, y el agua perlaban su piel, y sus enormes manos bajo la tela por su espalda cuerpo parecieron algo tan natural que lo asustó. La luz daba en ella y vio la piel pálida en tonalidades azules, que recorrió con las manos temblorosas. Exhalando el alma entre sus dientes, conteniendo un gemido ronco cuando la pierna de Yoru se frotó contra el bulto de su entrepierna. Era cada sueño húmedo que había tenido con ella a la vez. Cada vez que se había tocado vergonzosamente pensando en ella eran un chiste malo ante la ahora existente realidad de hundir su rostro en el hueco del cuello fragante y evaporarlo con sus besos. Y el momento en que gimió su nombre fue el instante en que perdió la cordura. Fue ese el instante en que la sonrisa llena de dientes de su mejor amiga, dejó de superponerse al de la chica que amaba. La que respondía a sus sentimientos.
Los labios tibios rozaron la piel de sus pectorales con la ligereza de una pluma, obligándolo a sujetarse a ella para no perder el equilibrio. La reverencia de sus movimientos parecían gritarle amor puro en cada beso caso sobre la piel pálida y deseó con cada átomo en su ser poder fundirse para siempre. Sentía sus propios dedos afiebrados presionar su carne con una necesidad que solo creyó tener en sueños olvidados por su propia iniciativa. Porque cualquier sueño donde pudiera hacer lo que realmente deseaba con ella debía desaparecer por completo o solo terminaría en sufrimiento. Y por eso deslizar de su hombro el cuello del vestido oscuro que interrumpía el camino de sus labios contra la piel ahora con tintes rosados le pareció tan irreal. Un gemido blando y ligero como un cristal brotó de ella y vibró en sus oídos en el momento en que acomodó una pierna entre las suyas, mezclándose con su propio sonido ahogado en el hueco del cuello.
Las uñas incrustadas en la amplia espalda le dieron señal libre de que sus manos podían buscar más, y tomando sus labios nuevamente con una dulzura tan potente como lo era el fuego que estaba consumiéndolo, pasó sus dedos por debajo de la tela de encaje negro.
Todo se volvió húmedo y vaporoso y nublado. Cada uno de sus sentidos muertos y exacerbados exactamente al mismo tiempo, como un shock reviviendo a cada segundo. Solo sus oídos parecían atentos a cada ruego no verbal y en el preciso instante en que el abrojo cedió ante sus enormes manos, el rostro de Atsumu vino a su mente.
«No se lo vamos a decir. Nunca.»
«Francamente me importa una mierda lo que sientas. Pero si esto va a ser malo, será mutuo.»
«¡Se perfectamente que la quieres, idiota! »
«Fuí el primero en enamorarse. Tengo derecho.»
«No se lo vamos a decir. Nunca.»
Mierda.
Mierda.
Mierdamierdamierdamierdamierdamierda.
Atsumu.
Atsumu era tan real como ella en ese momento. La promesa que hicieron a los quince era tan real como ese instante. El rostro de su hermano plasmado en sus retinas era fuego quemándolo de una forma que laceraba sus entrañas y era algo que nunca quiso sentir. Las manos enormes se detuvieron en su cuerpo delgado con una dureza que la despertó del trance de pasión ensoñadora en que se encontraba prisionera voluntariamente. Tan de pronto que la aterró, aún con su abdomen pegado al suyo. Sintiendo sus manos quietas tras su espalda. Y cuando lo sintió quitarlas, supo que algo no estaba bien.
El aire se sintió horrorosamente helado contra el rocío de sudor en su piel cuando Osamu se separó de ella, sentándose en el colchón frente a frente, arrastrando su cuerpo con él. Las manos trémulas sobre los brazos desnudos y la vista color miel fijas en un punto inexistente de sus muslos. Lejos de ella. Dolió. Su pecho dolió como nunca en su vida.
—O-Osamu…¿Q-qué…?
—Lo siento…—lo oyó murmurar. Se tensó como una tabla de madera al recibir un golpe fuerte. Osamu se dio cuenta de lo que pasaba por su mente. La conocía tanto como a su propio hermano. Por eso se esforzó en levantar la vista y verla a los ojos. Y maldito fuera todo lo que no fuera tan hermoso como ella—. Te amo.
Claro que la amaba. Desde que tenía uso de razón supo que lo que fuera que sintiera por ella terminaría desencadenando en esto. Desde que odiaba que otros niños jugaran con ella. Desde que se alegró cuando se enfermó de varicela tardía y no pudo ser Julieta en la obra escolar donde besaría a otro chico. Desde que cocinó por primera vez para él y su hermano. Desde que quiso ser el único al que le preparara croquetas. Desde lo más imbécil hasta el querer entrar en ella y nunca más salir. Claro que la amaba.
—Y-yo…—. La oyó decir. No podía dejarla continuar.
—Te amo —repitió, siempre viéndola a los ojos—. Pero Atsumu también.
Yoru había escuchado hacía mucho tiempo que cuando tienes una epifanía, puedes literalmente escuchar un vidrio romperse en tu cabeza. Como una estantería llena de figurillas de cristal fino destrozarse contra el piso. Un paso de comedia física que haría reír hasta el más estirado.
Esto no estaba haciéndola reír en lo más mínimo. Una parte suya sí quería hacerlo, sin embargo. Una parte suya estaba en el piso girando sobre su estómago como desquiciada, burlándose de la situación presente. La otra, aún oía varias figurillas estrellarse contra mármol helado.
—¿Q-qué…?
Tuvo que preguntar. No tenía que hacerlo. Pero lo necesitaba. Ahí estaba, con el vestido totalmente desarreglado y su bajo abdomen aún ardiendo. El cabello oscuro alborotado por las manos de Osamu haciéndola ver como una medusa bizarra, y los ojos conteniendo lágrimas que no sabían por qué querían salir.
Y lo supo.
Mientras cada figurilla caía de la estantería al mármol oscuro del piso de su mente, algo tomaba sentido. Como piezas de un rompecabezas. Como partes de un todo que nunca vio. O no quiso ver. Y realmente lo sospechaba: Atsumu había rechazado a todas las chicas con las que había estado antes de ponerle un nombre a esa relación. Atsumu espantaba a todo muchacho que se le acercara. Atsumu siempre estaba ahí para hacerla reír con ese humor totalmente irreverente. Atsumu la escuchaba cuando hablaba, mientras ignoraba a todos los demás.
Bueno. Tu primer beso fue con tu mejor amigo, y es el mejor del mundo. Eso es especial.
Mierda.
Mierda.
Mierdamierdamierdamierdamierdamierda…
—Los dos estamos enamorados de ti, Yoru —soltó.
Podía ver como cada pensamiento caía en su lugar solo observando su rostro pálido entrar en horror. Así se sentía él. El chico que amaba, la amaba. Su mejor amigo, también la amaba. Los había hecho sufrir a ambos. Y ahora estaba totalmente segura de que quien sufriría el doble sería Atsumu. Y sus propios cristales se rompieron contra cada muro de su corazón. Las lágrimas que corrían por su rostro pálido no tenían intención alguna de parar. Como una cascada salada con grifo en su pecho. Como algo que no podría controlar. Estaba gritando por dentro mientras solo podía hablar en un susurro repitiendo una negativa constante, sin pestañear. Sin dejar de llorar. Los brazos de Osamu la rodearon con el mismo calor que ahora se sentía como agujas en carne viva. Era el momento más feliz de su vida superpuesto por la pesadilla que nunca creyó vivir.
El altísimo muchacho la sintió temblar como una hoja en otoño. Una hoja que no iba a permitir, tocara el suelo.
La amaba. De verdad la amaba más que a otra cosa. Más que a todo lo que pudiera pensar. Quiso reír pensando en que la amaba más que al banquete que su madre preparaba en su cumpleaños. Y supo que ella nunca se había perdido ninguno. Porque él y su hermano cumplían al mismo segundo. Y aunque jamás lo admitiera en voz alta o baja, no más que para sus propios pensamientos, amaba al imbécil narcisista hijo de puta que era su hermano.
Y esta era una promesa que le debía.
—Hablaré con él —susurró contra su cabello. Yoru seguía hipando—. Hablaré con él, Yoru.
—Necesito hablarle también…
—Uno a la vez —la cortó, depositando un beso casto en su cabeza. Algo que hizo durante años. Por primera vez con otro significado. Suspiró—. Primero, tengo que ser yo.
