¡Un nuevo capítulo!

Poco a poco (o híper rápido) vamos llegando al final.

Este nuevo método de escritura me resultó rarísimo, pero estoy FELIZ con el resultado, y con cómo fue recibido

¡Kenji! Milmilmiiiiiiil gracias por tus mensajes. ¡Espero que sigas pensando que está bueno! Y que el final también te enamore.

¡Nos vemos pronto!


CAPÍTULO 7: TRAIDOR.

Cuando Atsumu llegó a la cocina donde Omimi estaba rezando por su vida, lo hizo con una sonrisa en su aterciopelado rostro. Esa de costado, la que usaba cuando algo le causaba real gracia y necesitaba señalarlo. La misma con la que se ganaba el real mote de desgraciado entre los zorros de Inarizaki.

Por eso nadie se sorprendió realmente cuando entró con su celular listo para grabar una desgracia ajena con su cara de buen tipo. Era una persona horrible. Lo sabía. Lo capitalizaba.

Pasó casi una hora entre chistes, charlas y vasos de gaseosa hasta que el muchacho tomó en cuenta de que ni su hermano ni Yoru le habían seguido los pasos. ¡Qué desfachatez!, lo habían dejado solo. Probablemente estuvieran en un rincón con cara de aburrimiento, ya que su hermano no era gran partidario de reuniones concurridas, y la chica de ojos azules estaría ahí para animarlo. Siempre estaba ahí para animarlo.

Sacudió la cabeza varias veces, saliendo de la cocina con un jugo entre sus largos dedos. Los buscó con la vista varias veces, escaneando entre los invitados (y colados) en la sala. No podía ver la enorme figura de su hermano por ningún rincón. Tampoco la de Yoru. ¿Arriba? Y como un rayo subió. Su sorpresa fue enorme cuando encontró a Ojiro Aran y Shinsuke Kita haciendo guardia cuales caballeros en la puerta de una habitación abierta, donde una chica de largo cabello castaño estaba durmiendo. ¿Tan aburrido estaba todo que se había recostado por una siesta? Sonrió al hablarles, preguntando por su hermano perdido.

—Yoru no se sentía bien— le dijo Aran. No pudo evitar abrir los ojos como platos antes de que continuara —. Osamu se la llevó a tu casa.

—¿E-eh? ¿Qué le pasó?

¿Preocupado? Claro que sí. Era su amiga. Era la chica que amaba y había desaparecido. ¿Cómo no iba a sentir que el corazón latir a mil kilómetros por hora?

—Parece que descubrió que el alcohol hace daño. Al que beba solo una gota, lo pongo a correr dos días seguidos.

Por primera vez, una amenaza de Kita le sonó vacía. Porque su mente estaba prendada de algo más. Y cuando quiso correr escaleras abajo y hacia la puerta de salida, Suna, Akagi y Omimi lo detuvieron. Las cosas se salieron de control, y todos ayudarían a limpiar cuando todo terminara. No más escapes.

Y Atsumu no estaba riendo.

.

.

¡Oigan! El cabello negro peinado ligeramente hacia la izquierda se agitó cuando Atsumu infló de aire las mejillas ruborizadas—. ¿¡Quieren dejar de hacer causa común como los tramposos que son?

Siempre que pierdes nos llamas tramposos, Tsumu respondió la chica de cabello por los hombros. Hacía tiempo que decidió dejarse el cabello largo como todas las chicas del salón. Osamu estaba sentado a su lado, con el rostro parco y los párpados caídos observando de reojo a su hermano gemelo.

Llorón.

¡Cállate, Samu!

Y todo comenzó nuevamente. Patadas, manotazos, hasta algunos intentos de mordiscos. Yoru atrapó en el aire los vasos de vidrio transparentes que volaron cerca de su cuerpo, corriéndose para evitar recibir algo por entrometida. Porque siempre terminaban así, hasta que la Señora Miya gritaba muy agudo y los dos se calmaban. «Si algo pasa, tú quítate del medio y protege mi vajilla», le había dicho. Ella, como firme soldado de infantería a sus ocho años, estaba cumpliendo.

Yoru parpadeó varias veces, ajustándose a la luminosidad de la habitación de los gemelos. La enorme ventana sin cortinas dejaba pasar el sol de la mañana con facilidad, aún con los cristales de agua de rocío formando figuras de arcoíris en las paredes de tintes azules.

El ritmo cadencioso de los latidos de Osamu la habían hecho conciliar el sueño, y es lo único que sabía. Ese golpe de tambor tranquilo le había permitido cerrar los ojos hacia tan solo unas horas. Eso, y saber que había llorado hasta quedar exhausta, acunada en sus brazos, con sus labios susurrando el sonido del mar contra su oído.

Levantó la cabeza con cuidado de no hacer movimientos bruscos, y pronto se topó de frente con el chico que anoche había compartido más que sus más profundos pensamientos. Las gruesas cejas oscuras permanecían juntas formando arrugas en el puente de su nariz, como si también hubiera tenido problemas al conciliar el sueño. Su mano derecha se dirigió casi por inercia hacia el ceño fruncido, acariciando su piel para evitar esa mueca de dolor en el rostro dormido. No era la primera vez que veía a Osamu en ese estado. Tantos años conociéndose le habían regalado algunos momentos de su rostro dormido. Pero su mente debía enterarse, que sí era la primera vez que sentía su respiración cálida en su piel. Aún parte de su cuerpo no podía creerlo.

Desde luego que Osamu la sintió. Supo que estaba despierta desde que se tensó entre sus brazos, pero prefirió sostenerla un poco más. Solo un poco más. Ser egoísta solo un poco más. Era como si una parte suya se negara a que ese instante se terminara. Como si supiera lo que iba a ocurrir apenas el día comenzara realmente. Y sin embargo, Osamu abrió los ojos al contacto de sus dígitos en el rostro cansado. Y la lluvia de estrellas en sus ojos azules lo saludaron a la vida con la luz de la mañana reflejados en ellos. La quería tanto que dolía.

—Hey… —susurró, su voz oscura aún más profunda por ser las primeras vibraciones de la mañana.

—Hey… —respondió. Osamu vio como sus labios se esforzaban por curvarse en una mueca similar a una sonrisa. Sus brazos aún rodeándola.

Giró la cabeza hacia el reloj luminoso en la mesa de noche que compartía con su hermano. Marcaba las siete y media.

Mierda…

—Atsumu volverá pronto —le dijo presionando sus hombros con delicadeza. No quería soltarla, pero…—. Será mejor que te acompañe a casa.

—Puedo volver sola, Samu. No quiero que esté solo cuando regrese...

Claro que no quería eso. Atsumu era todo lo que habitaba en su cabeza desde que esas palabras salieron de los labios de Osamu. Desde ese instante, era todo cuanto podía pensar. En su rostro sonriente, aún con esa expresión desgraciada de narcisismo absoluto. Porque conocía perfectamente al muchacho que había bajo esa personalidad desagradable. Y su alma lloraba por lo que esperaba, no tuviera que ocurrir. Por eso fue que su mundo quedó en blanco cuando abrió la puerta de la habitación compartida de los gemelos, y el rostro de Atsumu Miya la recibió en primer plano al otro lado del marco.

Mucho tiempo después, la joven de pecas en el puente de la nariz recordaría ese momento como un cubo de agua helada en pleno invierno, calando profundo en sus huesos y deteniéndole el corazón por varios segundos. El cabello dorado despeinado, ligeramente tirado hacia la derecha y los ojos miel que juraba, se contenían en expresión. Como si se hubieran sorprendido exactamente al mismo tiempo. Como si compartieran ese sentimiento súbito de ahogo y terror por un instante, pero él pudiera controlar sus expresiones con mayor celeridad. Porque si había algo que el muchacho podía hacer a la perfección y que no se relacionara con el vóley, era disimular sus sentimientos con otros seres humanos. Los segundos fueron eternos. Y entonces, Atsumu habló.

—¡Estás hecha trizas!

¿Eh? ¿Qué mier…?

—¿E-eh…?

Tu cara —siguió Atsumu con el mismo temple y sonrisa delicada en las facciones masculinas. Los párpados cerrados para hacer ver sus labios más angelicales aún—. Siempre tiendes a verte como un moco, pero borracha es peor.

Osamu tragó fuerte al ver la escena desde un lugar que parecía lejano. Como si la imagen de su hermano en la puerta que conectaba la habitación con el pasillo principal sucediera dentro de una pantalla. Como si la voz despreocupada y particularmente aguda de Atsumu no significara una amenaza para la situación en la que había sorprendido a ambos para dejar la casa antes de que él llegara. Irreal, bizarro. Podía seguir nombrando adjetivos mientras por dentro contaba los segundos para llevársela de ahí.

Yoru tardó exactamente cuatro segundos en reaccionar, echando a reír de costado como tenía acostumbrado al rubio y sus bromas sobradoras. Como si por un instante hubiera recuperado la intención que podría haber tenido antes que todo esto ocurriera. Antes que todo quedara patas para arriba por algo que ni siquiera llegó a concretarse.

—¿Quieres hablar de tu cara, Tsumu?

Nah. Yo siempre seré maravilloso. Y para seguir siéndolo, me voy a dormir. Los veo luego.

Atsumu se hundió de hombros con una sonrisa de costado al pasar junto al cuerpo tieso de su amiga, y juró que la sintió ahogar un hipido al recibir el aire frío producido por el movimiento. El rostro pálido del muchacho mantuvo la mueca falsa aún al bordear a su hermano gemelo. Osamu le dirigió una mirada sigilosa, encontrándose con sus ojos miel. Sus ojos no sonreían en lo absoluto.

—Te acompaño a la puerta… —fueron las palabras que Osamu escogió para cortar el silencio sepulcral en las cuatro paredes de su habitación.

Los hombros pequeños de Yoru se tensaron al comenzar a caminar nuevamente, como si la vida se le hubiera inyectado de repente y las agujas del reloj se movieran una vez más. La sensación del cuerpo de Osamu siguiéndola de cerca le dio fuerzas para avanzar sin voltear ni una sola vez. Esa fachada no iba a mantenerse por siempre y el dolor en su pecho era tan similar a un golpe seco que podría llorar ahí mismo.

Atsumu Miya era un sujeto complicado como pocos en su clase. De esos que deseas ahogar en una cubeta cuando son pequeños y evitarte un gran dolor de cabeza años más tarde. Narcisista, ególatra, malhumorado, sádico, irónico y con un pobre sentido de la empatía. Y aun así, con cada uno de esos defectos que podría haberla hecho correr para alejarse de él, Yoru podía ver al chico sincero y asustado que yacía dentro. El que gritaba muy fuerte porque temía que lo dejaran en ridículo. El que decía no me importa al recibir críticas y odio. Por eso, sabía que algo andaba mal. Porque el Atsumu que conocía hubiera hecho un escándalo si los hubiera visto salir de una habitación de mañana. Y esos ojos tranquilos le habían dado escalofríos.

El aire helado de la calle matutina le dio de lleno en la cara, despejando el último rastro de sueño y alcohol de su sistema. Las casas bajas y los árboles pobres en vegetación por el aún notable invierno hacían el paisaje extrañamente nostálgico y lúgubre, aún con el sol brillando fuerte.

—Sabes que puedo acompañarte, ¿verdad? —lo escuchó decir.

La pelinegra volteó medio cuerpo hasta encontrarse con el alto gemelo. El cabello gris despeinado por el contacto con la almohada permanecía dándole a su rostro un marco que pocas veces veía desde que habían cumplido quince años. El pecho subiendo y bajando con aparente tranquilidad. Y sus ojos claros que le rogaban, le permitiera ir con ella.

Se maldijo tantas veces como pudo en el segundo que le tomó contestar. Por haberse confesado. Por haberlo besado. Por estar dejándolo en una situación de mierda con su ser más querido. Por ser la chica que rompería el corazón del otro idiota que se hacía el dormido escaleras arriba. Su existencia era basura en ese momento. Y no podía decirlo en voz alta porque Osamu lo negaría.

—No quiero que Tsumu se quede solo. —Negó con la cabeza acompañando sus palabras.

Las manos de Osamu tomaron su rostro con tanta suavidad que la hubiera hecho llorar. Sus labios contra su frente no le eran extraños. Así tomaba su temperatura desde que eran niños. Era uno de los pocos contactos físicos que podía darse con el más calmado de los Miya. Ahora, se sentían como cuchillas en su corazón y podía morir feliz por ellas.

La miró a los ojos uniendo sus frentes sin dejar de acariciarle las mejillas con los pulgares ásperos. La voz baja y grave. Su aliento contra los labios entreabiertos.

—Hablaré con él.

Osamu podía considerarse un muchacho tranquilo, hasta que ya no lo era. Y hasta la fecha, solo dos personas podían sacarlo de su eterno estado de letargo natural: Atsumu y Yoru. El primero, porque era un idiota capaz de presionar todos los botones de su cuerpo al mismo tiempo. Ella, porque era la chica que había amado desde que supo que las niñas no tenían bichos y no pudo volver a verla con los ojos de un amigo. Esa misma muchacha le había dicho que respondía a sus sentimientos y no comprendía aún el significado de ese fuego en su abdomen. Como sus músculos se tensaban y le costaba tanto poder evitar besarla en ese instante, cuando su aliento cálido le hacía cosquillas en la nariz congelada por el clima de invierno matinal.

La vio asentir con una sonrisa tan triste con bella, haciéndolo foco con esas gemas azules tan suyas y siguió con la mirada su delgada figura hasta que la perdió de vista al doblar la esquina a pocos metros. Solo en ese momento suspiró con fuerza, sacudiendo la cabellera gris y subió las escaleras en silencio.

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La camiseta negra ajustada a su escultural cuerpo había abandonado su piel apenas Osamu cerró la puerta. Era como si de repente, todo lo que recordara a esa noche apestara, quemara, doliera. Se había sentido abandonado. No le importaba en lo más mínimo haberse quedado a limpiar, aunque haya puesto cara larga desde luego. Pero sabía que su hermano se había ido. Y también ella. Lo habían dejado atrás. Desde luego que ese grupo de chicas acunadas a su alrededor durante la noche le importaban una mierda. Más aún cuando la chica que amaba se había emborrachado y su hermano la llevó a casa. Pero no pudo hacer nada. Aran lo había tomado del brazo evitando que siguiera a su gemelo y cuando mandó mensajes a Osamu, este nunca respondió.

Quiso largarse. Toda la noche, lo único que pensó fue en ella. En lo que una primera curda podía hacerle. Porque Yoru fue la única lo suficientemente imbécil como para beber eso. La única lo suficientemente molesta como para beber algo. Y en ese instante, como si alguien llenara un cuenco con aceite hirviendo, sintió que alguien más sacaba una caja de fósforos. Ese momento en el que sabes que algo está mal. Que algo está fuera de lugar. Que algo va a estallar por los aires. El instante justo en que reconoces tu furia naciendo desde la profundidad de tus entrañas, como un agujero negro naciendo en una galaxia sin compañeras, tragándose todo a su paso en silencio. Dejando solo oscuridad.

Ató el cinto de su pantalón deportivo como quien ahorca un cuello con un hilo grueso. Era difícil imaginar quien estaba al otro extremo en su imaginación girando a un lugar muy oscuro. Cada vez más turbio a medida que los cabos en su mente se ataban a la luz del sol matutino, mostrando las sábanas desarmadas de la cama superior. La suya permaneciendo intacta.

Y cuando sus ojos se ensombrecían ante la revelación que intentaba quitar de su mente antes de que cometiera un homicidio, la puerta se abrió.

Osamu conocía a su hermano más de lo que podía decir que se conocía a sí mismo. Él tenía pocos interruptores y los presionaba solo unas veces. Atsumu era un mundo distinta. Tan histriónico como complicado. Complejo y difícil de leer para cualquiera que no fuera él. Por eso, al sentir la atmósfera helada, calante en los huesos de su propio cuarto cuando su mirada se cruzó con esa idéntica a la suya, supo que todo iba a irse a la mierda.

El muchacho de cabello teñido en tonos dorados sonrió. Sus ojos no lo hacían. Se estiró como un gato amaneciendo y solo un ojo entrenado como el suyo podría notar lo tenso de sus amplios hombros y músculos. Los nudillos blancos por la presión de sus puños. La voz de Atsumu sonó más aguda que lo normal.

—Creí que ibas a acompañarla.

—No. Quiso ir sola —soltó. Tomó aire antes de continuar—. Estaba preocupada por ti.

¡Aww! —Atsumu nunca era tan asquerosamente obvio. No al punto de darle escalofríos y por primera vez en su vida, no sentirse en derecho de reaccionar golpeándolo—. Yoru-chan siempre es tan tierna conmigo. Me cuida como si fuera inválido. ¡Y fue ella la que se retiró de la fiesta totalmente borracha! Es cómico, ¿verdad?

Fueron tantas preguntas retóricas y tramposas que su cerebro dormido apenas las repasó antes de volver a hablarle. De pie junto a la puerta, pasando levemente el escritorio compartido. La ropa usada de su hermano en el bote donde su madre rogaba que dejaran todo lo que fuera a lavarse.

—No fue nada grave. Ya pasó —dijo. «Sal de ahí», gritaba una voz similar a la suya dentro de su mente. Su hermano no dejaba de sonreír.

Atsumu sentía un dolor tan punzante como una aguja de tejer justo donde estaba su esternón. Nada fuera de lo normal, hasta que lo era. Porque en ese momento particular, funcionó como un interruptor. Uno que hizo ver borrosa la figura de su hermano, hasta casi no distinguirlo de alguien que tuviera permitido odiar.

—Fue una noche para el recuerdo, sin duda. ¿Sabes que Oujiro-san y Kita-sempai terminaron jugando una pulseada por quien pagaba la cena del torneo de primavera?

—No lo sabía—. Y era la más pura verdad.

—Desde luego que Oujiro-san ganó. Pero Kita-sempai le dio tanto miedo que terminaron aceptando hacerlo a medias.

Osamu se rascó la cabeza, tratando de recordar cómo podía sonreír ante una situación que legítimamente le hubiera causado gracia en otro momento totalmente distinto a ese. Fuera de la habitación, su casa estaba en silencio. Sus padres dormidos hasta tarde por ser domingo. Quizá pudiera confiar en eso para suponer que no todo terminaría mal.

Osamu era un ingenuo a veces.

—Por cierto, Samu… —y el aire literalmente se convirtió en invierno.

Lo sentía. Lo oía. Lo olía. Era capaz de darse cuenta que su estómago estaba repleto de lava. Su cuerpo combustionando. Como si su vista se tiñera de negro. Una capa oscura donde nunca antes estuvo. Todos los sentimientos negativos de los que escuchó hablar y nunca tuvo, agolpados de pronto en un solo punto, en algún lugar entre su corazón y el esternón. Su pecho enardecido. Algo estaba por romperse. Solo un paso más y todo se iría a la mierda. Un peldaño más. Solo uno. Y continuó.

—Por sus caras esta hermosa mañana, creo que se divirtieron. Espero que al menos, no hayan usado mi cama. ¡Sabes que eso está fuera de límites!

No fueron sus palabras. No fue la risa delicada y cadenciosa. No fue el rostro relajado enmascarando algo tan oscuro como profundo. Fue su tono. Fue su forma. Algo que congeló su médula como si hubiera visto aquello a lo que más temía en la vida materializarse frente a sus ojos. Como lo irreal volverse tangible. Algo estaba por romperse. Solo un paso más y todo se iría a la mierda. Un peldaño más. Solo uno. Y no pudo responder.

Atsumu tenía una forma sencilla para probar si Osamu decía la verdad: siempre la decía. A diferencia de su propia persona, Osamu era el tipo más honesto que conocía. Irritantemente honesto. Brutalmente honesto. Hasta el hartazgo. Lo podía picar con cada defecto posible, y sabía que sus palabras eran ciertas. Que sus reclamos, en el fondo, tenían justificación válida. Y también lo eran sus silencios. La falta de palabras en Osamu no era otra cosa que una verdad. La ausencia de sonido era una afirmación. Y de las que más le dolían.

Su carne temblaba mientras sentía el fuego de sus entrañas corroerlo, gritando por dentro que dijera algo. Que lo llamara «imbécil». Que le escupiera en la cara que dejara de pensar cosas imbéciles. Que le diera un golpe en la cabeza por siquiera cruzar en sus pensamientos a Yoru desnuda. Que le recordara esa promesa inquebrantable como lo único en la puta vida que ninguno de los dos rompería jamás. Que se enfadara ante la idea inconcebible de que hubieran tenido relaciones en esa habitación. Porque eso era. Un insulto hacia su persona sería la bocanada de aire que necesitaba para saber que no la había tocado y que ese dolor en el pecho era juego de niños.

Y el silencio prevalecía como un puñal separando sus costillas con tanta saña que apenas podía creer que fuera el apático de su hermano de pie a pocos metros suyo, con el rostro desviado y evitando mirarlo.

Cada imagen construida de su hermano parecía irse de su mente en ese segundo eterno. Jugar juntos. Competir por todo. Arreglarse sin pedir un perdón innecesario. Perdonarlo por tomar sus cosas sin permiso. Perdonarlo con gritos y blasfemias por comerse su pudín. Charlas de media noche. Risas de madrugada. Todo pareció hacerse polvo y volar con el viento que también le quitó el aire de los pulmones.

Los segundos parecieron estirarse, deformarse hasta molerse y colarse entre las grietas de la madera bajo sus pies descalzos. El sonido desapareciendo del mundo y las moléculas en el espacio entre ellos afilarse como agujas. Cuando Osamu clavó sus ojos en él, Atsumu desconoció totalmente la sensación en su pecho. Pero la odio. Tanto como odiaba esto. Como odiaba esa noche. Como lo odiaba a él.

—No quisimos lastimarte —lo oyó decir, despacio, pausado, lento. Como cuando trataba de explicarle las cosas de niños, antes de perder la paciencia. Como si le importara que comprendiera sus palabras. Como si lo que fuera decirle no lo estuviera por destruir—. No es lo que crees. Nada pasó...

Nada pasó. Algo pasó.

Y su cuerpo se encendía a cada segundo, como combustible en plena llama. Y dolía.

—… pero Yoru se me declaró.

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Tiempo después, Osamu seguía sin recordar exactamente lo que había ocurrido en el tiempo que tardó en pestañear. Quizá fue porque lo hizo con tanta lentitud que dio tiempo a un mundo de interpretaciones y permitió que las cosas tomaran impulso. Quizá fue tan rápido que realmente, no tuvo un instante para notarlo.

Pero lo único que sí pudo identificar fueron las tablas de madera del suelo estrellarse contra sus omóplatos. Su cabeza contrayéndose de dolor por el efecto rebote de su cráneo contra la dura superficie. Sus músculos tensándose en defensa al sentir dolor a una velocidad suprema, las piernas largas sin reaccionar. Y el peso total del cuerpo de Atsumu en su pecho, cabalgándolo y ajustando sus rodillas a los pectorales para evitar su movilidad. Supo que estaba golpeándolo porque sus mejillas comenzaron a arder y su mandíbula se contrajo apretando los dientes. Que el aire era cortado por un grito agudo y gutural, como un animal herido y defendiéndose al mismo tiempo como si su vida dependiera de ello.

Atsumu y Osamu Miya solían pelearse físicamente. Ocurría con tanta frecuencia que sus propios compañeros de colegio sacaban sus celulares para filmarlos y apostaban a que gemelo ganaría hoy. Pero nadie miraba ahora. Nadie apostaba. Nadie trataba de detenerlos ni los alentaban. Nadie llamaba a Kita ni Oujiro movía la cabeza en desaprobación. Ahora solo veía el rostro desencajado de su hermano con los ojos inyectados de lágrimas y sangre, refulgiendo a la luz que daba en su amplia espalda golpeando su rostro y pecho con los puños pálidos cerrados como rocas.

—¡HIJO DE PUTA! ¡DESGRACIADO HIJO DE PUTA!

Lo oyó gritar en los segundos que realmente duró la embestida. Hasta que notó el sabor a yodo y óxido en sus labios, y se dio cuenta de que estaba sangrando.

¡¿CÓMO PUDISTE?! ¡CÓMO PUDISTE!

Y algo lo impulsó hacia delante. Quizá su propio instinto de preservación. Quizá la parte suya que trataba de no llevar esto más lejos. Pero levantó su torso empujando a su hermano y lanzándose sobre él para contenerlo, como si fuera un enorme oso fuera de sí.

—¡Cálmate ya, Tsumu!

—¡No se te ocurra llamarme así! ¡Traidor!

—¡QUE TE CALMES!

El golpe contra sus nudillos se sintió horrible. Liberador, y horrible. Había traicionado a su hermano, pero eso se había sentido bien. ¿Por qué? Porque golpear a Atsumu nunca se sentía mejor que cerrarle la boca con la razón. Y es que esta vez, no la tenía. Esta vez solo podía defenderse de sus golpes de la misma forma en la que era atacado. Porque nada de lo que le dijera en ese instante podía calmarlo. Nada de lo que pudiera decirle era cierto. Porque era verdad que no quiso romper jamás su promesa. Pero era mentira que se arrepentía de haberlo hecho.

Lo oyó gruñir como un animal lanzándose a su presa, teniendo que luchar para no caer de espaldas nuevamente. Las peleas cuando eran niños. La imagen de ambos viendo un partido de vóley en el living de su casa. Las risas a media noche. Los partidos en una consola de juegos. Insultos al ver que tomaba su ropa sin permiso. Más insultos por comerse su pudin. Vacaciones juntos. Salidas a comprar equipamiento. Charlas de hermanos. Gritos de hermanos. Todo se desvaneció como haciéndose polvo.

Un golpe. Otro. Otro. El rostro deformado de Atsumu le hacía rezar mentalmente no estar espejando el suyo. Porque nunca toleraría tener tanto odio en su interior. Como parecía desarmarlo darse cuenta de que por primera vez, estaba siendo odiado con toda razón.

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Su corazón latía a mil kilómetros por hora mientras caminaba apresuradamente las calles que separaban la casa de los gemelos de la suya. Ese recorrido que podría hacer con los ojos cerrados y que siempre utilizaba para admirar los jardines cuidados y esos gatitos que salían a verla a la misma hora, parecía extraño en ese momento. Cómo gris y helado y tétrico. Como si una fuerza extraña la hiciera correr y encerrarse en la falsa seguridad de su habitación. Era casi cómico que hubiera estado ahí esa mañana y se sintiera en meses. Como si todo fuera diferente. Porque lo era.

Paseó sus ojos por las paredes púrpura, temblando al ver los rostros sonrientes de los gemelos junto al suyo. Los labios de Osamu aun quemando en ella. Sintió que la cabeza se le partía en cuando se arrojó a la cama boca abajo, maldiciendo por lo bajo. Porque no dejaba de recordar sus manos presionándole piel por debajo del vestido, ni su aliento resoplar contra el hueco de su cuello. El sudor perlando su frente y los ojos miel brillando en la luz tenue. Y quería llorar gritando de terror al saber que algo iba a salir mal. Porque Atsumu tenía esa cara. Una que ella nunca había visto.

Sintiendo el amor que carcomía su cuerpo y alma en ese instante, sabía, estaba hiriendo a una de las personas más amadas de su vida. Era un pecado imperdonable, y sus lágrimas salieron como si quisiera sacarlo desde dentro.

No quiso desayunar. Su madre no logró hacerla pasar un almuerzo. El rostro nunca se despegó de la almohada blanca. Y finalmente, su celular sonó. Un solo mensaje, simple, corto, demoledor.

Lo sabe. No te le acerques mañana.

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Muchos solían llamar a Atsumu como una bestia sin sentimientos. Un desgraciado de sonrisa eterna. Una persona horrible y que no conocía la empatía. El ser humano más latoso que hubiera pisado Inarizaki. Y muchos probablemente tuvieran razón. Atsumu sabía que era un cretino y lo aceptaba casi con orgullo. Quien no quería estar con él, no lo merecía. Así como quien no lograba golpear sus pases eran basura. Pero en algo estaban equivocados, y en grande: Atsumu era excelente manejando sus sentimientos. Porque no los mostraba.

De buen o mal humor, Atsumu parecía solo cambiar por las peleas con su hermano y si un partido iba bien o mal. Pero lo que de verdad sentía, se quedaba con él.

Hasta ahora.

Atsumu llegó a la preparatoria Inarizaki ese lunes de diciembre bastante antes de lo habitual. Desde luego que había tomado una fruta del refrigerador, saludado a su madre con un beso, y antes que ella pudiera decirle que no podía seguir ignorando a su hermano, se había largado con la misma sonrisa de costado. Y esa mueca permaneció cuando vio que no había sido el único.

Ralentizó sus pasos de a poco, sin perder la postura y actitud al caminar. La bufanda roja al cuello le daba la más cara perfecta para tomar el tiempo hasta la puerta, y a ella. Porque Yoru estaba de pie en la puerta de hierro que daba entrada al campus. El cabello negro sobre sus hombros, la bufanda púrpura que le regalaron hace años. Los ojos azules llenos de preocupación. Y a él no podía importarle menos.

—T-Tsumu…

Su voz era baja, casi tímida. Muy distinta al grito con el que lo llamaba siempre. La risa clara que acompañaba su nombre. Era raro, tampoco le importaba.

Ni siquiera le importaban los cortes en su cara, los nudillos magullados, las cintas cubriendo las heridas sangrantes que había abierto Osamu en su piel. No le importaba. Él había quedado peor. Eso casi lo calmaba. Casi.

—Tsumu, espe…

El muchacho paró en seco a su lado. Yoru lo miró a los ojos. La mirada era helada y espeluznante en comparación a su sonrisa. Su voz fue una sentencia de muerte azucarada, como jamás creyó escuchar dirigido a ella.

—Elegiste al gemelo equivocado, Yoru-chan.

Un cuchillo abriendo sus costillas habría dolido menos. Sal en esa herida dolería menos. Morir dolería menos. Porque Yoru sintió que se ahogaba en un mar, sin una gota de agua.

Volteó medio cuerpo, los ojos abiertos y cristalizados. El aliento vaporizando el aire helado, y solo alcanzó a tomar su brazo un segundo antes de que Atsumu reaccionara como si estuviera hecha de lava. Un instante la miró. Un instante en que el odio y la tristeza se fusionaron en la miel de sus ojos. Y luego, no la vio más. Su espalda se veía inmensa mientras se alejaba. Y todo se vio nublado cuando las lágrimas cayeron. Algo había muerto.

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Atsumu era considerado uno de los mejores armadores de la Nación. Todo rematador que se preciara quería tener la oportunidad de golpear sus pases. De saberse dignos de Atsumu Miya, uno de los zorros de Inarizaki y el joven con futuro más prometedor en Hyogo.

Era un cretino maniático de su trabajo. Pero era un cretino funcional, sobre todo trabajando con su hermano gemelo. La pareja dorada, el ataque rápido que todo lo puede. La sincronización perfecta que solo existe entre personas que nacen al mismo tiempo.

Shinzuke Kita sintió que quería morir y matar a todos esa mañana, cuando el entrenamiento fue un desastre en proporciones estratosféricas. Cuando todos menos Osamu podían golpear sus pases, y todo terminaba en gritos.

Suna supuso que algo malo había ocurrido cuando los gemelos llegaron por separado. Cuando vio que tenían cortadas profundas en sus rostros y sobre todo, cuando Atsumu colocaba balones imposibles para cualquier alumno de preparatoria. Eran perfectos, pero imposibles. La frustración en el rostro de Osamu era suprema, y sin embargo, ni una palabra salía de él. Ninguna burla venía del rubio.

Aran sintió que estaba viendo una batalla a muerte en silencio sepulcral entre ambos, y Osamu iba perdiendo. Eso es lo que lo tenía tan intranquilo: el peligris no golpeaba un solo balón. Pero Atsumu es quien tenía los ojos muertos bajo una sonrisa de costado.

—¿Qué rayos les pasa a ustedes dos?— Suna nunca tuvo muchos problemas en mostrarse incómodo. Y se sentía realmente mal, como en medio de un fuego cruzado donde todos terminarían perdiendo.

—¿Hmm? No sé a qué te refieres, Suna-san.

Mentira.

El tono de Atsumu le resultó tan falso como irritante. Sin embargo, por primera vez, Suna supo que no quería molestarlo. Esto era algo más. Algo serio.

—Tenemos un campeonato en menos de dos meses. Lo sabes, ¿no?

Y sus ojos se pusieron serios. La sonrisa nunca desapareció. El balón giró en sus manos con el mismo movimiento que hacía antes de sacar.

—Confía en mí, Suna-san. Estoy mejor que nunca.

Mentira.

Y lo sabía.

Pero no le importaba.

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Yoru solía encontrar paz en el jardín trasero de Inarizaki. Como un refugio de invierno capaz de mantenerla en un mundo solo para ella. Muchas de sus fotos favoritas estaban tomadas ahí. Varios de sus momentos predilectos fueron en ese roble. Y ahora, parecía teñirse de gris, recibiendo su rostro helado y su expresión sin vida. Y es que la mirada fugaz de Atsumu fue suficiente para aniquilar todo átomo de su corazón. Lo había herido tanto que ese era su castigo. Y no terminaba.

Reconoció los pasos a su lado sin tener que voltearse. El hermoso perfil de Osamu se le presentó por el rabillo del ojo, mostrando aún más cortadas que las de su hermano.

Se incorporó sobre sus rodillas, sintiendo el césped helado clavarse en sus piernas desnudas. Las manos frías recorrieron el rostro lastimado con un amor rebalsado de preocupación. Sus ojos azules le perforaron el pecho. Aún más.

—Nunca te pegó tan duro antes.

Osamu sonrió levemente de costado, cerrando los ojos un segundo, necesitando sus dígitos en la piel de su rostro como recompensa a todo lo que ocurrió. Aun cuando parte suya le gritara que no merecía ninguna.

Cuando estaban trenzados en el piso, peleando como panteras enardecidas, su madre abrió la puerta. Gritó sus nombres, aterrada. Ninguno reaccionó. Sintieron sus pasos alejarse corriendo escaleras abajo, y cuando volvió a subir, una cubeta entera de agua helada cayó sobre ellos. Fue como si separaran a dos perros en una pelea callejera. Porque los movimientos cesaron, pero no el odio. No los gruñidos. No el temblor.

—Nunca le hice algo como esto —le contestó. Abrió los ojos, haciéndola su mundo por un momento. Yoru negó con la cabeza.

—No hiciste nada, Samu.

—Teníamos una promesa —comenzó a decirle. Su tono era suave, solo para ella—. Justamente, para evitar esto.

La joven de ojos azules sacudió la cabeza con más fuerza, quitándole la razón y la imagen de Atsumu rechazando el toque de su mano esa mañana antes de entrar a clases. No podía dejar que se echara encima lo que consideraba su culpa. Ella lo suponía. Ella siempre lo sospechó. Y sin embargo las palabras salieron de su boca.

—Fui yo quien te dijo lo que sentía, Osamu.

La voz firme lo sorprendió. Apoyó toda la palma en su rostro lacerado. El aire frío a su alrededor, el cielo pronosticando una nevada esa noche. Solo estaban ellos en los ojos del otro.

—Si hay alguien que tiene que pedir perdón en todo esto, soy yo. Una parte mía supuso que Atsumu podría quererme, y de todos modos te dije que te amaba. Lo siento tanto…

—No vuelvas a decir eso —le dijo con un tono totalmente diferente, aún solo para sus oídos.

Osamu hablaba firme cuando tenía que hacerlo. Ahora era uno de esos momentos. Puso una mano sobre su muslo, teniéndolo con firmeza. Ni siquiera supo si su rostro se ruborizó por el contacto o no. Sus ojos no le permitían pensar en otra cosa. Tampoco sus palabras.

—Esperé diecisiete años escucharte decir que me amas. No pidas perdón por eso, jamás.

Mierda.

Mierda.

Mierda.

—O-Osamu…

—No voy a renunciar a ti, Yoru —escupió en su cara con tanta fuerza como podía en el volumen bajo de su voz.

Sus manos se movieron a los hombros de la joven, pequeños y temblorosos. Su calor hizo que el movimiento cesara. Su mano blanca se deslizó de la mejilla hasta su codo. Como si sostuviera su agarre. Nunca había visto a Osamu con tanta claridad como ahora. Nunca había dolido tanto como ahora.

—Pero él… Atsu…

No podían estar juntos. No podían estar juntos si Atsumu se destrozaba cada día por eso. No así. No si él…

Te amo —susurró con el corazón en la mano—. No renunciaría a ti, ni siquiera por él.

Yoru sintió que el corazón se le hundía en el pecho como si estuviera hecho de hierro. El cabello negro cubriendo parte de sus mejillas, los ojos llenándose de lágrimas. La vista cristalizada pareció sacar de foco la imagen de Osamu frente a ella. La única prueba de que estaba ahí era su tacto. Entonces, lo escuchó seguir hablando.

—Pero es mi hermano, y no voy a perderlo tampoco —contuvo el aire al oírlo decir esa frase. Como si una ola de esperanza y alivio naciera en ella. Una tan pequeña como los átomos que los componían. Por eso, por favor, dame tiempo hasta que toda esta mierda llegue a su fin.