CAPÍTULO 5
Emma vigilaba atentamente a los criados yendo y viniendo, cargados con flores, jarrones, mesas y pequeños divanes, que iban colocando alrededor del Gran Salón. Esa noche vendrían los oficiales del Ejército y la Marina, junto con algunos de los nobles del reino, a un baile en honor de aquellos que les protegían. En realidad, ese baile era una excusa para que Emma pudiera volver a ver a Killian.
Una vez al año los reyes organizaban un baile para el Ejército, de modo que todos los que estuvieran en él pudieran asistir, fueran oficiales de alto rango o soldados rasos, como muestra de agradecimiento por sus hazañas. Además, el rey condecoraba con medallas a aquellos que habían probado su valentía durante ese último año, llevando a éxito numerosas misiones. Pero ese baile se hacía a finales de verano, y aún quedaban unos meses para ese momento, ni siquiera había comenzado la época estival, pero Emma había querido adelantarlo, y de hecho era ella quien lo iba a organizar esa vez.
De la organización de los bailes se encargaba siempre su madre, era la reina, y por tanto la anfitriona, pero esa vez su progenitora le había cedido a ella el puesto, porque como futura reina tendría que encargarse de ello. Por eso estaba tan centrada en su tarea, comprobando que todo quedase organizado del mejor modo posible y que todos cumpliesen su misión.
Emma llevaba casi dos meses sin ver a Killian, porque después de ese baile en el que se habían conocido, él había salido con su flota en una misión, y desde entonces no había vuelto porque su misión estaba siendo más larga de lo previsto y le echaba de menos, muchísimo, y llevaba todo ese tiempo esperando ansiosa la noticia del regreso triunfante del Jolly Roger.
Durante ese tiempo, Emma no lo había podido apartar de su cabeza, y cada vez estaba más segura de que le gustaba ese Capitán. Daban igual todas las veces que había visto al príncipe Neal, los regalos o cumplidos que le hubiese dedicado, los paseos o las visitas; simplemente no estaba interesada. El príncipe la trataba bien, era respetuoso con ella y se habían convertido en amigos cercanos, y aunque ella veía cada día que él estaba enamorado de ella, ella no podía corresponderle. Cada vez que estaba con él no sentía lo mismo que sintió cuando conoció a Killian. El brillo en sus ojos, la electricidad en su piel cuando sus manos se unían, ni el calor en sus mejillas cuando sus ojos se encontraban. Solo quería volver a ver a aquel apuesto lobo de mar, y esperaba que él se acordara de ella, que quisiera verla tanto como ella lo deseaba, y que también hubiese sentido aquella noche la conexión que ella percibió entre ambos. Y, sobre todo, esperaba que sus esperanzas no acabaran frustradas y que hubiera ya una mujer esperándole en el puerto cuando llegara.
Desde que había embarcado hacía dos meses, Killian no había dejado de pensar día tras día en su princesa. La tenía completamente grabada en su memoria, y la echaba de menos. A pesar de haber estado solo una noche juntos quería volver a verla, conocerla más, porque sí, se había enamorado de la princesa. Era tan perfecta en todos los aspectos que era imposible no hacerlo. No solo era preciosa, también era amable y simpática. Era sensata y con los pies en el suelo. No estaba rodeada de un aura de grandeza como otras personas de la realeza que había conocido.
Pocos días después de llegar a puerto, recibió una invitación del palacio, a un baile, donde además le entregarían una medalla por haber librado a las tierras del sur de los gigantes. Sonrió, tendría otra oportunidad de verla. Se preguntó si ella se acordaría de él, ya que ella había bailado con muchos más hombres aparte de él aquella noche, y después de ese habría asistido a otros eventos. Además, Killian solo era un marino, cuando la princesa seguramente aspiraría a hombres de más alto rango, y tendría una gran cantidad de conocidos y pretendientes entre la realeza de otros reinos, todos más adecuados para ella. De todas formas, se acordase o no de él, estaría encantado de asistir, poder estar cerca de la princesa una vez más, e incluso bailar con ella. Volver a oler su aroma, rodear su cintura con su brazo, conversar con ella, disfrutar de su risa y volver a ver su hermoso rostro. Podía conformarse con algo platónico, con ser simplemente uno más a su servicio. Con protegerla y defender su reino.
Los invitados fueron llegando, todos los miembros del ejército pulcramente vestidos con sus uniformes, rojos si eran soldados o azules si eran de la Marina. Muchos de ellos acompañados por hermosas mujeres, otros iban solos.
Poco a poco el Gran Salón se fue llenando y las conversaciones ocupaban cada rincón de esa gran estancia, entremezclándose unas con otras. Los hombres y mujeres iban de un lado a otro, saludando a conocidos, comiendo los exquisitos manjares que la Familia Real ofrecía en las grandes mesas que rodeaban la sala, e incluso algunos ya habían empezado a bailar en el centro de la pista de baile, siguiendo el compás marcado por la orquesta.
Solo había una persona que no estaba completamente integrada. Killian se encontraba en un grupo formado por cuatro de sus compañeros y las mujeres de dos de ellos, pero, aunque se encontraba allí, su mente estaba en otro lugar, y sus ojos no paraban de mirar hacia las puertas de roble, esperando el momento en las que se abrieran.
Estaba nervioso. Durante las dos semanas en las que había esperado impaciente a ese momento había tratado de calmarse, y casi lo había conseguido, pero la expectación de volver a verla podía con él.
El torbellino de pensamientos se vio interrumpido por el estridente sonido de las trompetas, que tocaron una fanfarria y después el maestro de ceremonias anunció la llegada de la familia real. Todos se quedaron en silencio y se volvieron hacia las puertas, esperando la entrada de los reyes para mostrarles su respeto.
Killian murmuró una disculpa y se apartó de sus compañeros con la intención de acercarse más a los tronos al otro extremo de la sala, desde donde poder ver más de cerca a la princesa una vez pasara por su lado.
Las puertas se abrieron, y con actitud solemne y regia el rey y la reina y su hija se asomaron por la balaustrada antes de bajar por las escaleras. El rey David iba en el centro, con su mujer a la izquierda, y su hija a la derecha, las dos agarradas de sus brazos. Y aunque la reina Blancanieves era muy hermosa con su pelo caoba y su pequeña figura, la que acaparaba la mirada de todos y la que hacía que los presentes contuvieran el aliento era la princesa Emma, que sin duda heredaba su aspecto de su padre. Tenía una mirada serena y una pequeña sonrisa amable curvaba sus labios. Sus preciosos ojos verdes resplandecían bajo la luz de tantas velas y recorrían la concurrencia a su alrededor. Cada vez que estos se posaban sobre alguien que se inclinaba a su paso, ella hacía un movimiento casi imperceptible con la cabeza en agradecimiento. Su pelo dorado, recogido en un moño bajo y con unos mechones sueltos, enmarcaba su rostro y la convertía en una criatura mágica. Un bonito vestido rojo arropaba su cuerpo. El corsé se ajustaba a su figura y ensalzaba sus curvas, mientras que la falda volaba a su alrededor. Sin duda, la visión de la princesa era algo que no se podía ignorar.
Una vez hicieron el camino hacia los tronos mientras toda la sala se mantenía en perfecto silencio, el Ejército se colocó ante los asientos, mostrando la disciplina de los que luchaban a favor del reino, al ponerse rápidamente y en silencio en filas, ordenados según los rangos, y en las primeras filas aquellos que esa tarde iban a ser condecorados.
El rey dijo unas palabras en agradecimiento a todos los hombres, presentes o no, del Ejército y la Marina que velaban día a día por su seguridad. Dio las gracias a todos esos valientes que habían luchado a su lado en numerosas batallas, y que seguirían haciéndolo siempre que él lo pidiese. Ofreció unas palabras por los que ya no estaban ahí, los caídos en la batalla. Killian agachó la cabeza rememorando la reciente muerte de su hermano y Emma llevó la mirada apenada hacia él para ofrecerle su compasión, pero él no la vio. Y también dio las gracias a las futuras guerras en las que participarían en el nombre de su hija. Después, todos los uniformados se inclinaron ante él y tanto David como Emma se levantaron de sus asientos y se colocaron delante de todos ellos. El maestro de ceremonias, con un largo pergamino, fue llamando de uno en uno al frente a los hombres, y ellos daban un paso para recibir en privado el agradecimiento de su rey. La ceremonia continuó en riguroso silencio, y siguiendo siempre la misma secuencia. Se nombraban a tres hombres, quienes se colocaban delante del rey, este les daba la mano, intercambiaba unas palabras con ellos y después se volvía hacia a su hija, que estaba quieta a su lado sosteniendo en sus manos una bandeja de plata con una gran cantidad de medallas; el rey cogía una y se la ponía en el pecho a sus soldados; a continuación, los tres volvían a su sitio, y el proceso se repetía con los tres siguientes.
Esos hombres, a pesar de haber afrontado innumerables peligros, se sentían sobrecogidos cuando el rey se dirigía sólo a ellos, y luego la princesa los miraba y les sonreía, educada. Muchos de ellos estaban casados, o estaban a punto de hacerlo, o tenían pareja; aun así, la admiración que sentían por Emma era imborrable.
Por fin llamaron a Killian. Como era costumbre, los primeros habían sido los componentes del Ejército, que recibían sus condecoraciones según su rango, para dejar paso a la Marina. Killian, al ser capitán de uno de los barcos más importantes, fue de los primeros en ser llamados, junto con dos compañeros. En el momento en el que oyó su nombre, una gran sonrisa apareció instantáneamente en el rostro de Emma.
Esta había estado de pie al lado de su padre pacientemente, repartiendo sonrisas y entregándole las medallas, pero había comenzado a cansarse. No debía haber elegido estos zapatos, son demasiado ajustados; no debía haberme puesto este vestido, me da mucho calor; debí haberme puesto otra tiara, está pesa demasiado; debí haber mandado que pusieran menos luces, el resplandor me está cegando. Un montón de pensamientos se agolpaban en su mente, tratando de distraerse y de no hacer caso al desfile de soldados que iban pasando ante ella, y la miraban embelesados, tratando de captar su atención. Pero en el momento en el que oyó el nombre de esa persona que había estado presente día y noche en sus pensamientos, su mente volvió súbitamente al Gran Salón del palacio, y volvió a prestar completa atención.
El marino se acercó al rey con paso seguro y firme, el rostro serio y la mirada al frente, y se inclinó respetuoso cuando tuvo que hacerlo. Pero su mirada se desvió para mirar a la princesa y le dedicó una radiante sonrisa, a la que ella respondió con una propia. Ese gesto inesperado fue captado por el rey, quien miró a su hija dulcemente. Miró al capitán con más atención y su cerebro se puso a trabajar, acordándose por fin del nombre que su hija le había dicho la mañana después del baile en el que había conocido a alguien especial… Al instante adivino que el hombre que tenía ante él era esa persona.
Emma contempló su rostro con libertad durante unos pocos segundos. Los ojos color mar que tanto le habían cautivado brillaban oscuros bajo el resplandor de los miles de luces. Su pelo negro estaba bien peinado, aunque un mechón rebelde se escapaba hacia su frente. Tenía la incipiente barba apenas recortada, tal como era la moda esos días y Emma debía confesar que el vello facial le hacía parecer mil veces más apuesto. Además, de vez en cuando apretaba la mandíbula y no podía evitar encontrar ese gesto irresistible. Estaba serio y atento, aunque tenía una mirada suave y amable y las comisuras de sus labios de vez en cuando se levantaban y Emma estaba segura de que era por ella. Su escultural cuerpo estaba escondido bajo telas de uniforme, que no evitaban que sus músculos se marcasen. Sin duda era atractivo, y cualquiera que tuviera ojos en la cara querría conocer a ese hombre. Dejó escapar un suspiro al pensar en sus brazos rodeado su cuerpo igual que la otra vez, aunque en esa ocasión de una forma más íntima. Se preguntó cómo encajarían sus labios carnosos en los suyos delgados. Una corriente de calor pasó por cada célula de su cuerpo hasta llegar a su cara.
Después del largo acto el ambiente se relajó, y tanta formalidad se rompió. Los invitados volvieron a hablar unos con otros, y un murmullo elevado como el de miles de insectos ocupó toda la sala. La orquesta volvió a hacer sonar los instrumentos, y las primeras parejas ocuparon el centro de la sala y se sumergieron en un lento baile.
Emma, por el contrario, seguía sentada en su trono, entablando una conversación superficial con su padre, el rey, que aún seguía sentado a su lado. Ninguno de los dos había comenzado a relacionarse con sus invitados, queriendo disfrutar de unos segundos tranquilos.
Killian, mientras tanto, miraba a la princesa desde un lado de la sala, debatiéndose entre acercarse a ella a pedirle un baile, o dejar que continuara con su padre. Finalmente se decidió a acercarse, temeroso de que otro se le adelantara, que fue lo que pasó, porque otro hombre, que claramente no era un soldado, con aspecto regio, el pelo castaño y vestido con un precioso traje verde, extendió su mano hacia la princesa, quien la cogió y juntos caminaron hasta donde estaban los demás bailarines. Killian volvió a retirarse hacia donde había estado segundos antes, y pacientemente esperó a que sonaran los últimos acordes de esa melodía, viendo a la princesa y su acompañante bailar alegremente, despreocupados, con sendas sonrisas en sus rostros y soltando alguna que otra carcajada de vez en cuando de una manera íntima y amistosa. Era obvio que se conocían y Killian no pudo evitar sentir una punzada de celos ante la conversación tan fluida que mantenían, además de percatarse de la forma en la que él la miraba; con adoración, pero también con cierta posesividad. No sabía quién era ese hombre, aunque decidió que no le caía bien, no si sus intenciones con la princesa eran cortejarla y apartarla de su camino. Tuvo que recordarse que él nunca la tendría y que ella acabaría casándose con un príncipe, aun así, nada le impedía odiar a ese caballero.
Cuando por fin terminaron y se inclinaron ante el otro, Killian aprovechó su oportunidad, y esquivando ágilmente a los que le separaban de Emma, pronto se encontró a su lado, pidiéndole que bailara con él la próxima pieza, a lo que ella aceptó encantada, y ambos empezaron a moverse al son de los alegres y movidos compases de una nueva melodía. Los dos se quedaron unos minutos mirándose fijamente a los ojos, sin darse cuenta de lo que hacían, hasta que al final ella rompió la mirada apartando los ojos.
-Me alegro de veros otra vez- inició Emma la conversación, cohibida -y enhorabuena- señaló su pecho, donde descansaba la medalla, y con dedos tímidos la tocó.
-Yo también me alegro de volver a veros, la verdad, tenía ganas de hacerlo. Y muchas gracias - le dedicó una amplia sonrisa, enseñándole sus perfectos dientes y levantó una ceja, de esa forma tan característica suya que a Emma tanto le había encantado la primera vez que se conocieron -Quería haberos pedido el primer baile, pero se me han adelantado.
Emma rio al mismo tiempo que daba la vuelta alrededor de Killian, siguiendo los pasos que el resto de las mujeres en la sala -Ese era el príncipe Neal- respondió sin más, no queriendo contarle que había estado a punto de prometerse a él, pero no lo estaba porque ella así lo había querido, con el fin de poder seguir conociendo a Killian Jones.
Él asintió, intrigado por el cambio de expresión en la princesa, pero no la presionó. Continuaron bailando, sin apenas intercambiar más palabras, y simplemente moviéndose y girando alrededor de la sala agarrados a los brazos del otro. Un escalofrío recorrió a Emma al notar los largos dedos de Killian agarrando fuerte su cintura, hundiendo la mano en los pliegues de ropa. Juraría que casi podría notarlos en su piel. Cuando la canción llegó a sus últimas notas, Emma, en vez de inclinarse para agradecer el baile, agarró a Killian de la mano.
-Venid conmigo. Tengo que presentaros ante alguien- y con eso tiró de Killian, quien obediente la siguió, y los dos esquivaron ágilmente a todos los que se acercaban a saludar a la princesa. Emma era consciente de que era una falta de educación hacer lo que estaba haciendo, pero en ese momento no le importaba. Había encontrado con la mirada a aquellas personas hacia las que se dirigían, e iba con convicción en esa dirección.
-Padre, quiero presentarte a alguien- dijo llamando la atención del rey. Killian tragó saliva, nervioso. No se había imaginado que a quien Emma quería presentarle era a sus padres, los reyes, de forma privada. Tanto David como Blancanieves se giraron para quedar completamente de frente a su hija, y en el rostro de la reina apareció una sonrisa, que no intentó disimular, al ver a su acompañante. Emma titubeó un poco, de repente nerviosa y después de mirar a Killian, y a sus manos entrelazadas, la soltó, al mismo tiempo que un leve rubor campaba en sus mejillas -Él es Killian Jones. El capitán Killian Jones- se corrigió, señalando con una mano al hombre que estaba apenas un paso por detrás de ella.
Perdón ya que ayer no puede actualizar. Apenas estuve en casa. Pero aquí tenéis el nuevo capítulo, espero que os guste y si es así dadle un poco de amor jaja :))
