CAPÍTULO 8: TRANSMUTACIÓN.
ENERO
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FEBRERO
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Dos meses. Dos meses de silencio en esa habitación de paredes azuladas. De cenas con sonrisas implantadas y conversaciones con terceros. De balones imposibles de golpear. De rabia acumulada día, tras día, tras día. Osamu y Atsumu Miya estaban viviendo en la misma casa, pero no estaban viviendo juntos. Lisa y llanamente, porque el muchacho de teñido cabello rubio había tachado a su gemelo de la existencia. No lo veía, no estaba ahí, no pertenecía a este plano.
Como hermanos, siempre solían pelar. Todos los hermanos pelean. Desde las cosas más básicas, hasta las complejas. Discusiones a los gritos, golpes y blasfemias. Hasta aquellas peligrosas donde las cosas se dicen en un susurro arrebatador. Sin embargo, siempre todo acababa igual: alguno de los dos sugiriendo una partida de Winning Eleven, y el otro aceptando. La paz se hacía sin pedir perdón, sino entendimiento mutuo.
La noche que Osamu y Atsumu hicieron la promesa de nunca confesarse a Yoru, fue para evitar la pelea que causaría su ruptura. Porque los dos creían en la frase que rezaba a la amistad como algo más poderoso e importante que el amor. Y entonces, la hermandad debía serlo aún más. Hasta que se dieron cuenta de que amaban a la misma chica.
Yoru no era alguien que apareció en sus vidas algunos años antes, de sorpresa, imprevisto y tomaron un gusto por su imagen y personalidad. La pelinegra era la chica con quien compartieron cada segundo de su vida. Ninguno de los tres sabía lo que era la vida sin el otro. No concebían la existencia sin la presencia de uno de ellos. Por eso, cuando pusieron un nombre a los sentimientos que carcomían sus pechos al mirar el rostro cubierto en pecas traslúcidas, decidieron hacer lo más sensato con la tierna edad de quince años: no hacer nada.
Atsumu y Osamu se tragarían sus sentimientos hasta que desaparecieran, o conocieran a alguien, o el mundo fuera conquistado por simios. Pero ese amor no se consumaría jamás. Y eso los mantendría unidos a los tres. Y eso evitaría que su hermandad se rompiera.
Por eso, Atsumu Miya borró todo rastro de aquellos con los que vivió desde su nacimiento al mundo. Desde que sus memorias fueron visibles. Desde que Atsumu era Atsumu. Todo se borró.
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—Osamu… ¿hay algo que debamos saber?
—¿Saber? —repitió por inercia, con la voz desprovista de su parsimonia habitual.
—Cuando todo esto empezó, decidimos dejarlos ser como los imbéciles que son. ¡Pero ya son dos meses! Lo que sea que está ocurriéndoles, afecta al equipo.
Aran no solía ser alguien que se enfadara. Es decir, lo hacía. Sobre todo cuando los gemelos lo sacaban de sus casillas. Pero era un enfado que disfrutaban, como anotar un gol de media cancha o acertarle a la pregunta de un programa de entretenimiento antes que lo digan en la televisión. No esta clase de enojo. Del real. Y antes de que pudiera decir nada, Kita apareció a su lado. El rostro pálido tan serio como siempre.
—Te afecta a ti en torno al equipo —le dijo. Y Osamu lo entendió perfectamente.
Atsumu daba colocaciones perfectas cada vez. Aran, Kita y Suna las golpeaban a la perfección. Y por más que no quisiera admitirlo, su hermano era uno de los mejores colocadores de la Nación, sus errores eran mínimos. Quería decir que le daba malos pases, o que se vengaba por todo lo que había pasado mandando el balón al otro lado de la arena. No lo hacía. Las colocaciones de Atsumu hacia él eran perfectas. Solo que…
—Te está dando pases imposibles de golpear —continuó Ojiro ladeando la cabeza preocupado—. No son malas jugadas, pero no hay chance de que ningún alumno de preparatoria le dé a eso.
—Es su forma de decir que apesto.
Osamu respondió tratando de disimular el malestar en su pecho. Quería que todo terminara. Quería golpear los estúpidos pases de su estúpido hermano, y que ese interrogatorio terminara pronto. Que su habitación no fuera un sepelio en silencio. Quería, sobre todo, el odio de su hermano de una forma física o directa. Una que demostrara que aún existía. No así. Porque la indiferencia era algo de lo que no podía defenderse, y eso lo volvía loco.
—El Intercolegial de primavera arranca en una semana, Osamu.
Fue la frase que Kita usó para despedirse. Soluciónalo, fue lo que escuchó. Y debía hacerlo por el bien de todos, incluso cuando no tenía la más maldita idea de cómo.
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Dos meses. Hacía dos meses que Atsumu ni siquiera la miraba en clase. ¿Que si trató de hablar? Desde luego que sí. Eran compañeros de salón, y se sentaban junto al otro. Por eso sabía a hiel cuando el rubio entraba al aula y sonriéndole a todas las chicas que lo saludaban sonrojadas, se sentaba y ni siquiera volteaba a verla. Cada vez que intentaba abrir la boca y emitir sonido hacia él, empezaba una conversación con alguien más, usaba sus auriculares o simplemente, ignoraba totalmente el sonido de su voz.
Yoru podía tolerar el odio de Atsumu, pero no su indiferencia. No saber que para él, ella ya no existía. Era sentir un puñal helado clavarse en su abdomen, retorciendo sus entrañas y dejándola sangrar. Era, día a día, percibir cómo se alejaban de su mente cada recuerdo junto al muchacho. Perder esa complicidad, esa forma de relacionarse, esos secretos y toda su vida con ellos. Porque no era un amigo de la escuela. No era alguien que conocía. Era su vida entera, porque no existía memoria donde él no fuera parte.
Quienes conocían la relación que unía a los hermanos y la joven de ojos azules, sabían a la perfección también que siempre se movieron en bloque. Llegar juntos, almorzar juntos, irse juntos. Cuando uno de ellos se enfermaba y solo venían dos a clase, era como si algo faltara. Como si una imagen perfecta faltara de algo. Bueno, cuando la bomba estalló dos meses atrás, verlos cada uno por su lado causó tantos rumores como preguntas sin respuesta. Y nadie se animaba a indagar una palabra, porque el aire entre ellos parecía quebrarse como un vidrio. Y así siguió durante todos esos días y semanas. Así seguía ahora que Osamu y Yoru estaban en el patio trasero del colegio, sintiendo como si se estuvieran escondiendo de algo que no podían ver o percibir.
—¿Ni siquiera te habla en casa?
—Dudo que a estas alturas recuerde quien soy. Ese desgraciado siempre quiso ser hijo único. Con todo esto lo está logrando.
Yoru sintió un puñal en el pecho. Ese comentario le hubiera revuelto el estómago de risa en otra ocasión.
Desde aquel día, el tiempo entre ambos se había detenido. Como si el botón de pausa hubiera sido presionado, y sus sentimientos se mantuvieran a raya. Como una burbuja conteniendo el amor que se habían declarado hacía meses. Como si no existiera.
Pero existía. Estaba quemándolos por dentro y arañaba las paredes de sus defensas. Se amaban con locura, y estaban manteniéndose lejos por el bien de alguien más. Hasta que alguien más entrara en razón. Pero…
—Va a odiarnos para siempre, ¿cierto?
La voz de Yoru pareció romperse. La sonrisa triste estirando sus labios hacia arriba. Los ojos azules mirando un punto fijo en la corbata del uniforme de Osamu. La enorme mano siempre cálida se sintió helada contra su mejilla, al igual que la caricia suave del pulgar áspero por las prácticas. Su voz grave sonó solo para ella.
—Dame tiempo, Yoru —le dijo. Odiaba esto. No poder lanzarse sobre su hermano y golpearlo mientras le pedía perdón por hacerlo. Odiaba no poder besar a la mujer que amaba. Odiaba haber hecho esa promesa en primer lugar —. No pienso renunciar a ninguno de los dos.
—Te daré todo el tiempo del mundo, Samu —y su voz cada vez se quebraba más—. Lo que no quiero es que ustedes…
—Seguramente con ese imbécil nos moriremos al mismo tiempo, en camas conjuntas. No voy a dejar que nada se interponga entre esa meta y nosotros.
Atsumu y Osamu siempre pelearon. Decir que su convivencia era pacífica era una falacia. Pero siempre estuvieron ahí para el otro, sosteniéndose mutuamente. Sobre todo porque ninguno de los dos tenía demasiado en claro las pistas sociales, y más que ninguno, Atsumu era un imbécil que no podía tratar bien a otro ser vivo ni aunque su vida dependiera de ello. Pensar que estaba solo, furioso y solo, la estaba matando. Para ella, el orden natural de las cosas era verlos juntos. Matándose a golpes y sacándose mutuamente de las casillas, pero juntos. Esto era estar en un universo paralelo, y tenía miedo.
Y sus palabras fueron un bálsamo. Como un halo de esperanza donde durante dos meses hubo oscuridad. Si Osamu decía las cosas, siempre le habían parecido posibles. Yoru sonrió, conteniendo sus lágrimas. La mano blanca sujetando su brazo con delicadeza amorosa.
—Idiota…
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Tres días para que el equipo de vóley masculino de Inarizaki viajara a Tokio para enfrentarse a la Nación en el Intercolegial de primavera, por tercera vez consecutiva. La segunda vez que los gemelos participaban como parte del Club. Su bolso estaba listo desde el día anterior. No es que necesitara mucho: no saldrían casi del complejo hotelero donde se hospedarían, y pasarían más tiempo en la arena de vóley que en otro lugar. Pero tener todo preparado le daba la oportunidad de evitar a su hermano.
Atsumu era un tipo difícil. Irritante como pocos, y lo que asustaba a todos en verdad, es que no le importaba. Al sujeto le valía madres ser odiado. ¿Por qué le preocuparía en lo más mínimo? Él era él. No tenía otra cosa en mente. Pero también sabía otra cosa: y es que siempre tuvo a Osamu a su lado. Cuando todos lo aborrecían por su talento nato y su actitud de mierda, Osamu permaneció ahí para tolerarlo (a veces) y para hacer que se supere. Su competencia constante con su gemelo era lo que mantenía la sangre de sus venas ardiendo y en movimiento.
Excepto que ya no lo sentía ahí. No lo quería ahí. Quería que desapareciera. Que Yoru desapareciera con él. Porque nunca hubo competencia en primer lugar, y la chica que amaba había elegido a Osamu por sobre él. Y peor aún: jamás lo había considerado a él.
Escaparse de clases no estaba bien visto. De hecho, era sabido que la penalización por largarse del salón en horario escolar era una suspensión. No era lo que más necesitaba ahora que dentro de tres días partirían hacia la capital para competir por la gloria. Pero ahí estaba. Porque ver si maldito y perfecto perfil a contraluz de la ventana era irritante. Sus labios suaves, la nariz pecosa, los ojos azules más claros por el contacto lumínico y el cabello negro sobre los hombros como un manto de noche haciendo juego con su maldito nombre. Odiaba sentarse a su lado. Odiaba su perfume a lluvia. Odiaba el temblor en sus manos cuando él entraba al salón. Odiaba que buscara su mirada y él tuviese que esquivarla. Odiaba que buscara hablarle. La odiaba. La odiaba desde lo más profundo de sus entrañas. Y la amaba con cada fibra de su cuerpo.
El gimnasio estaba en el más absoluto silencio, y en su cabeza parecían solar las porras histéricas e instrumentos de viento que los admiradores de Inarizaki llevaban cada vez. Cerró sus molestas bocas en su mente, callando cada cosa que lo desconcentrara. Respiró profundo. Tomó impulso. Y saltando, golpeó el balón sin cerrar los ojos una vez. Gritó en furia cuando dio contra la línea de fuera. En un partido, hubiera sido un punto en contra.
Tomó impulso. Saltó. Golpeó. Dentro. Su mano dolía, y no le importaba. Golpeó un balón tras otro, una y otra vez, hasta que vació el primero de los tres contenedores que descansaban aguardando su práctica vespertina. Cada saque acompañado por un grito. Cada grito liberando su odio. El rostro de las dos personas que más amaba en el mundo como centro de su rabia. Los dos que lo habían dejado atrás.
Así lo encontró la joven de cabello negro cuando pasó la puerta del gimnasio, descalza, entrando a la duela de madera lustrada como si cada paso fuera un paso más cerca del abismo. Los ojos azules fijos en la figura de su amigo: la posición perfecta, el golpe indicado, siempre al borde de la línea de fuera. Había pasado demasiados años de su vida observándolo jugar, retratando su imágen en momentos perfectos como para reconocer sus movimientos y saber que estaba furioso. Podía adivinar que tenía los vellos de la nuca totalmente erizados. Podía oler sus ganas de tirar abajo el gimnasio a golpes. Su odio le dolía aun cuando no la estaba viendo a los ojos.
Sus pasos descalzos la acercaron hasta la columna metálica que sostenía la red. Atsumu lanzó el balón una vez más. Seguía sin mirarla, y estiró el largo brazo musculoso para tomar otro del contenedor de metal y lona. Yoru contuvo las ganas de gritar mordiéndose la lengua. Dos meses extrañando la risa de su mejor amigo le rompía el corazón. Quería ser egoísta y darle una bofetada para que dejara de comportarse como un niño, pero lo conocía. En su mente, él era la víctima. Y en una parte de la suya, también consideraba eso.
—Vas a quedarte sin balones y no los recoges desde ahora. Kita-sempai va a matarte.
Atsumu se mordió el labio desde el interior de su boca hasta el punto que sintió, iba a sangrar. Ignoró su voz, golpeando el balón con fuerza nuevamente. Hacía tanto frío que apenas estaba sudando.
Solo le tomó un instante notar por el rabillo del ojo que Yoru estaba agachada a un costado de la cancha, juntando los balones entre sus delgados brazos. La vio enderezarse y caminar hacia el contenedor más cercano, dejándolos en su interior. Siempre en silencio. Cayó en cuenta de que no había hecho un nuevo saque en unos segundos. Sacudió la cabeza, y la goma azul y amarilla golpeó su mano con violencia.
La falda del uniforme parecía bailar sobre sus muslos cuando la vio apurar el paso y recoger otros cuatro balones, volviendo sobre sus pisadas hasta el carro de metal, tirándolos nuevamente. Gruñó imperceptiblemente. ¡¿Qué mierda estaba buscando con eso?! ¿Qué quería? ¿Que la perdonara porque estaba de recoge balones? ¡Podía irse bien a la mierda! Ella, su hermano, su amistad y ese amor que tenía por ella. Todo podía irse bien a la mier…
—Iré a animarlos a Tokio —murmuró casi por encima de un suspiro. Una pequeña mueca imitando una sonrisa. Los ojos no lo buscaban, sino que estaban reposando en el montón de balones en el compartimiento de depósito.
No le respondió. ¿Qué carajo le importaba? ¿Por qué le decía esto ahora? "Iré a animarlos a Tokio" ¡JA!, claro. Ve a animar al imbécil de tu novio y déjame en paz. Como si le importara él. Como si a alguno de los dos le importara en algo.
Atsumu tenía un orgullo tan grande que a veces, todos se preguntaban cómo podía pasar por el marco de una puerta estándar. Incluso la enorme que poseía el gimnasio donde ahora se paraba. Y como tan grande era su orgullo, tan pequeño era su sentido de razonamiento cuando no estaba en una arena de voleibol. El muchacho no veía a alguien tratando de hablarle. Veía a la chica que amaba refregarle en plena cara su dolor. No veía nada que no fuera rojo. No la quería ahí.
—Convencí a mamá y papá de que me dejen viajar sola. Estaré cerca del estadio, así que…
—¿Y en qué podría importarme todo eso?
Y Yoru dejó de hablar. Sus nudillos se volvieron blancos al presionar la barra de metal entre sus delicados dedos. Tragó fuerte, sintiéndose una total imbécil por estar agradeciendo a los dioses mentalmente por escucharlo hablar. Fue una frase horrible digna de una patada en el pecho. Pero le había hablado. Eso era…
—Me hablaste —susurró—. Qué bueno…
Atsumu sintió una mezcla de estupefacción y odio en su interior. ¡¿Qué mierda?! ¡Acababa de tratarla como trapo de piso y ella se alegraba! ¿Era tan imbécil?
—Porque no dejas de parlotear. Vete. Estoy ocupado.
—Tsumu…
—Largo.
Tres veces. Le había hablado tres veces. ¿Cómo podía ser tan idiota de sentirse feliz cuando le estaba arrojando veneno encima? Tomó aire. No podía irse. No ahora. No cuando quería arreglar las cosas con él, sobre todo antes del campeonato. Enderezó los hombros y levantó la cabeza. Los ojos azules fijos en él. No le devolvía la mirada.
Golpeó el balón nuevamente. Fuera. Y rebotó con tanta fuerza contra la pared que retornó rodando hasta ellos.
—¡MALDICIÓN!
Y pateó el piso con furia. Yoru se agachó en cuclillas para recoger el esférico entre sus manos. Caminó hasta él para dárselo en un movimiento.
—Toma.
—¿Sigues aquí? —preguntó fúrico e incrédulo. No necesariamente en ese orden.
Yoru tragó saliva antes de responder, como buscando valor en sus entrañas. Sabía que Osamu le había pedido tiempo para poder solucionar las cosas, pero verlo salir de clases escapándose pareció una oportunidad de oro que no debía rechazar. Su parte de culpa tenía que ser expuesta y la única forma que vio para solucionarlo era hablarle como siempre lo hizo: cara a cara a su actitud de mierda.
—Hasta que hablemos, sí.
—¿Y luego te irás sin cargo de culpa?
Porque eso era, ¿no? Para eso lo fue a buscar. Para expiar su culpa y estar con su hermano sin peso de consciencia. La vio sacudir la cabeza como si quisiera quitarse algo de la coronilla con violencia.
—¡Claro que no!
—¿Eso es lo que quieres? ¿Lo que quieren los dos? —y Yoru supo que claramente había entrado en su estado de imbecilidad absoluta. No estaba siquiera escuchándola—. ¿Qué les hable para que tengan menos culpa?
—¡No queremos eso! Tsumu, estoy tratando de…
—¡No me interesa!, ¿de acuerdo? —lo oyó casi gritar. Casi, porque ese tono de voz le era más familiar que el que usaba en ese instante. Como el de un gato lastimado tratando de defenderse—. Me importan una mierda tú y el imbécil de mi hermano. Pueden desaparecer los dos y me va a importar una mier…
Desaparecer los dos.
—¡No puedes hablar así de tu propio herm…!
—¡LÁRGATE!
¿Cuándo llegaron a esto? A gritarse con el ceño fruncido, frente a frente. De no emitir sonido, ahora estaba gritando palabras de odio. Podía entenderlo. Quería entenderlo. Atsumu no era la persona más capaz para procesar sus sentimientos. Por eso estallaba con tanta facilidad. Por eso se comportaba como un infante cuando las cosas no salían como quería. Pero esto no era una rabieta, y Yoru lo sabía. Por eso dolía como el averno escucharlo en ese estado, cuando jamás en la vida pensó que pudiera tener sentimientos tan crueles por nadie. Y saber que era hacia ella la mataba. Pero no se comparaba a que fuera contra su hermano. Eso era algo que no podía tolerar.
—¡Deja de comportarte como un niño! —le gritó con exasperación. Buscando una señal de que las cosas podrían solucionarse y no seguir yéndose a la mismísima mierda—. ¡Ninguno de nosotros quiso herirte, Tsumu! Esto es…
—¡QUE TE CALLES! —gritó con furia.
Su palma impactó en el balón sin siquiera medir fuerza o trayectoria. Quizá por eso rebotó en la columna metálica y llegó a los pies de Yoru con la potencia de un cañón. El sonido ahogado de un grito agudo se le escapó de la garganta, y Atsumu solo pudo ver cómo se encogía de hombros y cerraba los ojos como si esperara un golpe. Y eso fue demasiado para él. Porque supo que Yoru estaba aterrada. La chica que lo conocía como la palma de su mano, le tenía miedo. Como una cascada, los pensamientos cayeron sobre él en forma de imágenes: esos dos meses en blanco y negro. Las noches masticando su propio odio. Los balones imposibles a su hermano. Su deseo de no volver a verlos. Y ahí estaba ella, aterrada de él. Eso fue lo que lo bajó a tierra de un golpe certero: que por su comportamiento, tenía todo el derecho a temerle. Atsumu no había sido él en todo ese tiempo. Y ahora estaba gritándole palabras de odio y el golpe del balón contra el suelo al que estaba acostumbrada tenía el sonido de una bala para ella.
—O-oye. O-oye, ¿e-estás…?
—Ya es suficiente —la escuchó decir. Cuando Yoru abrió los ojos, las lágrimas cayeron por sus mejillas. Como un grifo en pausa que actuó con esa acción violenta como disparador.
Se llevó las manos a la cabeza, tirando el largo cabello hacia atrás, despejando su rostro con un gesto de exasperación y rendición. Lo miró a los ojos con tanto dolor que el pecho se le quebró. La primer grieta en el montón de mierda y odio con lo que había estado cargando.
—Puedo tolerar que me estés odiando así. Pero no a tu hermano. ¡Es tu jodido hermano! ¡Abre los ojos y entiende que no puedes sacarlo de tu vida o desear que desaparezca!
Una parte suya escuchaba su voz cascada, desesperada, triste, agotada. Veía en su mirada la mierda que había sido esa dupla de meses, tanto que le recordaba a lo que él mismo veía en el espejo. A lo que veía en Osamu. Y ahí estaba ella, pidiendo por él. Y esa otra parte suya escupía bilis.
—¿Cómo quieres que me sienta? ¡Me traicionó!
—¡Fui yo quien le dijo lo que sentía, Tsumu! ¡No él!
Eso dolió. Eso fue una bala justo en el corazón. Sacudió la cabeza, enderezándose. Los dos de pie en el medio de la duela. El aire helado en silencio, aislándolos del mundo. Los balones desparramados por el gimnasio, olvidados a su suerte. Yoru suspiró sonoramente y se dejó caer al suelo, sentándose sin siquiera recoger su falda. Estaba harta.
—Yo le dije que lo amaba, Atsumu. Él no rompió su promesa —susurró. Atsumu permanecía de pie. Ella sin mirarlo—. Osamu te necesita.
—Te tiene a ti —dijo. Claro que no quería decir eso. No era él quien realmente hablaba. Hasta que ella contestó.
—No estamos juntos, Tsumu.
No estamos juntos.
—¿Q-qué?
Yoru no lo miró cuando habló nuevamente. La voz débil y esa sensación de que se rompía cada vez más. Era saber que en cualquier otra situación, la hubiera enterrado en su pecho sin pensarlo dos veces. Ahora, era ver un pedazo de carbón encendido, dañino para él. Para todo lo que creyó conocer.
—Samu y yo no estamos juntos—susurró—. Él no quiere que estemos juntos hasta que tú estés bien. Así de mucho te quiere, grandísimo imbécil.
Una parte de su mente pensó con claridad. La parte que le pedía escucharla. La que le había pedido la noche anterior escuchar a Osamu en casa, cuando éste trató de razonar una vez más con él. La otra, fue la que contestó.
—¿Y qué harán entonces? —y esa risa irónica tan propia de él sonó amplificada—. ¿Cuándo yo les diga que sean felices, van a tener muchos hijos?
—¿Qué harías tú si estuvieras en su lugar? —levantó la vista aguada hacia él. El ceño fruncido y más dolor que enfado en el níveo rostro—. ¿Renunciarías a alguna de las personas que quieres? ¿O harías lo imposible por tenerlas a ambas?
¿Era una broma? ¿Le preguntaba qué hubiera hecho él? Desde luego que…
—Yo no hubiera traicionado a mi her…
—¡Tu hermano está haciendo todo por mantenerte en su vida! —gritó. Retrocedió imperceptiblemente como si una imagen de horror saliera de la pantalla a media noche—. ¡Abre los ojos y quítalos de tu ombligo para ver a tu alrededor, Atsumu! ¡Te amamos!
Quería correr. Correr lejos. Y sin embargo, el cerebro le estalló con tanta fuerza que tuvo que sujetarse la cabeza y dejarse caer junto a ella. Las lágrimas recorrían el rostro marfileño, haciendo que sus pecas fueran más visibles. Los ojos azules bordeados de rojo y el cabello pegado a su cara. En cualquier otra oportunidad, hubiera quitado las hebras de sus mejillas con una mano. Ahora, no podía hacerlo. El pecho le dolía tanto que no sabía cómo reaccionar. Atsumu sentía tanto odio, traición y amor al mismo tiempo que solo quería enterrar su cabeza en la tierra y dejarse morir.
—No quiero ser la chica que se meta entre ustedes —susurró. Atsumu no pudo no mirarla. La vio sonreír de costado de una forma tan triste como hermosa. Devastadora, como siempre lo fue para él—. Realmente mataría porque todo fuera como antes.
El brillo cristalizado en sus ojos parecía resplandecer ante la luz de la tarde. El odio estático en su pecho, pero al menos no subiendo.
¿Cómo antes? ¿Luchando de manos? ¿Riendo de idioteces? ¿Cocinando para ellos? ¿Sacándoles fotos? ¿Siendo el tercer eslabón de su dupla? ¿La parte que los hacía un triunvirato perfecto?
No.
Hacía demasiado tiempo que las cosas no podían ser como antes. Hace años, las cosas no podían ser como antes.
—Disfruté nuestra amistad todo lo que pude, porque sabía que eventualmente iba a quebrarse —dijo. Yoru levantó la vista. Atsumu hablaba bajo. La voz grave. Sin la sensación de miel con la que siempre se oía. Era Atsumu en su estado más crudo—. Siempre supe que se quebraría cuando fuéramos adultos. Solo que esperaba que se quebrara contigo eligiéndome a mí.
¿Qué podía responder a eso más que con una mirada de ojos quietos y labios entreabiertos? ¿Cómo responder a lo más sincero que Atsumu Miya le hubiera dicho jamás en diecisiete años? A la declaración de amor más dolorosa que pudo oír. Como ver su corazón sangrando a través de los ojos miel, cubriéndose por el despeinado cabello rubio.
El silencio que reinó entre ellos pareció eterno, y el frío pareció desaparecer de su alrededor. Como en una burbuja sin tiempo ni espacio. Solo ellos. El quiebre de algo sin comienzo.
—Seguramente hubieras querido que tu primer beso fuera con el chico que amas.
Le dijo. Los ojos tristes. La sonrisa de costado. El Atsumu más real que había visto. Y los recuerdos llegaron a su mente, al tiempo que rompía su corazón. Y lo soldaba en una nueva forma. La forma de lo que fuera, llegarían a ser a partir de ahora.
—Nah...—susurró. Sus labios curvados en una sonrisa. Las lágrimas sin dejar de caer—. Mi primer beso fue especial.
Atsumu Miya no sabía lo que significaba no amarla. No era el sujeto más empático del mundo, y mucho menos le interesaba serlo. Siempre fue la clase de niño pensando que las niñas eran seres llenos de piojos. Por eso Yoru era especial para él. Porque siempre estuvo ahí. Perdonarla no iba a ser fácil, aunque no tuviera nada que perdonar. Sacarla de sus pensamientos sería imposible, así que mejor debía empezar a pensar en como transmutarse. Podía correr. Irse lejos. Moverla de su vida como una ficha vieja y pretender que no existía hasta que sus sentimientos quedaran enterrados. Eso quiso hacer. Y entonces, esa sonrisa lo golpeó en la boca del estómago, como si los ninjas cortadores de cebolla hubieran decidido hacerse presentes.
No quería esa sonrisa fuera de su vida. Ni su aliento. Ni su risa. Ni sus palabras. Ni ese recuerdo especial.
Atsumu siempre pensó que todos debían equipararse a él, hasta que la amó a ella. Y esperaba que ambos pudieran equipararse de nuevo, en una nueva intención.
La forma de lo que fuera, llegarían a ser a partir de ahora.
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Lo que pasó en el entrenamiento vespertino hizo que todos se preguntaran si la pesadilla de los gemelos se habría terminado. Porque ninguno de los dos se hablaba ni siquiera con gruñidos, y sin embargo, los pases y colocaciones de Atsumu hacia Osamu eran perfectas. Perfectas y ahora, colocadas en sus manos. Como si nada hubiera ocurrido. Como si el desastre de estos dos meses fuera un recuerdo. Tan extraño que Aran, Kita y Suna no querían respirar demasiado fuerte por miedo a espantar su nueva paz.
Osamu buscaba su mirada. Lo hizo todo el entrenamiento. Nunca la encontró. Y sin embargo, sabía que algo había ocurrido. Quería saber que algo había pasado.
Ocho colocaciones más, directas a sus manos. Y algo le molestó. Osamu volvió a buscar su mirada, y nada ocurrió. Frunció el ceño. Presionó los puños.
Fue esa noche, en la privacidad de su habitación, que él habló. Y por primera vez en dos meses, Atsumu lo vio a los ojos. Su imagen espejada en carne y hueso.
—No hagas esto, Tsumu.
No hagas eso.
—¿Eh? —preguntó Atsumu volteando el rostro. Debió ser la primera vez que respondió a su llamado en todo ese tiempo. Y no actuar violento por el uso de su apodo—. ¿Y ahora qué?
Osamu nunca confesaría que escuchar a su hermano dirigirle la palabra se sentía tan bien de lo mucho que había extrañado esto. Como un vaso de agua cuando mueres de sed. Como una bocanada de aire fresco en el verano de Osaka. Y sin embargo, su rostro permaneció serio.
—Tus colocaciones —dijo—. No las quiero.
El rubio pestañeó tantas veces como pudo en un segundo. Acomodó sus pensamientos mientras analizaba esas palabras en un orden correcto. Y su mente estalló: ¿Estaba jodiéndolo? ¿Le enviaba esos pases como una forma de no seguir tratándolo como la misma mierda y ahora…?
—¿Qué rayos dijiste…? —comenzó a decirle. La ira in crescendo.
—Quiero ganármelos. —contestó firme.
Y todo se congeló. Atsumu pestañeó varias veces sin dejar de verlo. Ladeó la cabeza hacia atrás, como si buscara un ángulo distinto en el rostro que lo replicaba como un espejo. Y vio los puños de Osamu cerrados con fuerza. Los nudillos blancos. Los labios apretados conteniendo su pecho. Tras él, sus bolsos listos para el viaje de esa madrugada. Y volvió al rostro del peligris, lleno de determinación.
—Me ganaré cada una de tus colocaciones.
Me ganaré cada una de tus colocaciones.
Me ganaré tu perdón.
Atsumu escupió una risa ahogada. Cerró los ojos por un momento en el mismo movimiento. Hacia mucho le habían dicho que una epifanía se manifiesta en un instante, donde ocurre el universo. Pues bien, en ese momento, Atsumu estaba viendo pasar la vida junto a su hermano como en una película en cámara rápida. La velocidad imposible para capturar todo lo recapitulado en esos años. Volvió a abrirlos.
—Gánatelos, entonces.
Le respondió. Los dos sonrieron.
Los hermanos Miya tenían dos formas de arreglar sus diferencias, específicamente desarrolladas durante años de convivencia y el vínculo que los unía: golpeándose hasta dejarse marca, y en una duela de voleibol.
No era fácil entenderlos. Requería tiempo, paciencia, años. Por eso, Aran los comprendía a la perfección, y aun así lo sacaban de quicio. Incluso Kita y su lógica helada escapaba a veces al entendimiento de la dinámica de los hermanos, y se limitaba a cuidarlos como la buena madre que era para ellos. Solo quienes los vieron crecer, sabían lo que pasaba entre ellos cuando arreglaban las cosas en la arena. Como en ese instante.
Atsumu no dijo nada sobre la forma en la que se abrió el corazón con Yoru. No. Ese momento era suyo. El instante en el que le dijo lo que sentía por ella, quizá no de la forma que hubiera soñado, pero al fin. Ese momento era suyo. Su primer beso era suyo. Y ahora su hermano saltaba más alto, por él.
Durante el primer partido del campeonato, cada uno de sus pases fueron más difíciles que el anterior. Excelentes, pero terribles de alcanzar. Y uno a uno, se convirtieron en un golpe perfecto. Punto o recibido, fue golpeado. Atsumu estaba logrando que su hermano saltara más alto, se moviera más rápido, golpeara más fuerte.
Atsumu estaba haciendo que Osamu se redimiera a su manera. Estaban hablando en su propio idioma. Y ese primer partido ganado fue el ejemplo de que aún tenían mucho que saldar.
Las chicas con abanicos y sus nombres estaban ahí, al igual que el año pasado y en cada torneo que los gemelos jugaban. Los vecinos de Hyogo. Los fans acérrimos de Inarizaki. Todos vitoreaban por ellos, como individuos y como el maravilloso equipo de retadores que eran. Arriesgándolo todo en cada juego. Tan diferentes entre los seis en cancha, como la forma perfecta en la que se fusionaban al comenzar.
Yoru presionó la baranda de metal con los dedos hasta que sus nudillos palidecieron. En primera fila del primer piso, los vio salir. Kita llevando el estandarte como una linterna de papel guiando a los lobos a la batalla. Osamu, Atsumu, Aran, Omimi, Akagi, Suna. La última oportunidad de muchos, y por eso no pensaban perder.
Las trompetas sonaron con fuerza, aturdiendo sus sentidos y llenando su pecho. El corazón a mil por hora cuando suspiró, y como si la hubiera oído, los ojos de Osamu cruzaron los suyos. Una sonrisa compartida y sus corazones latieron al mismo tiempo. Iban a estar bien.
Tenían que estarlo, porque ahora su rival era el equipo del muchacho que Atsumu había elogiado durante días enteros. Con el nueve en su camiseta y el mismo rostro parco que recordaba por sus fotos furtivas. Otro chico llamó su atención: no medía más que ella, y el cabello naturalmente en tonos anaranjados le recordaron a un duende de ojos gigantes. El rostro de un niño repleto de luz. Y cuando saltó en su primer ataque, casi olvidó el hecho de que no golpeó el balón. Ese arranque fue impresionante.
Ojiro Aran tenía la reputación de ser el as del equipo. Y quedó tan demostrado como tantas veces el balón llegó a él. La multitud enloquecía cada vez, incluso las chicas que no sabían nada de deporte y solo estaban ahí por los muslos bien formados.
Y en cada uno de sus pases a Osamu, el muchacho rubio lo ponía a prueba. Podía saltar más alto. Podía golpear más fuerte. Moverse más rápido. Llegar a donde nunca antes lo hizo.
Atsumu y Osamu Miya tenían una conexión, por más que la negaran. Eso de que los gemelos son especiales les resultaba tan cursi que generaba náuseas. Pero en el fondo, sabían que era cierto: porque no había un hilo rojo que los conectaba al otro y les daba la capacidad de leerse la mente. Era pleno conocimiento de la personalidad y habilidades de su hermano. Osamu sabía que su gemelo era un imbécil narcicista. Que no devolvía lo que prestaba, mentía sin piedad y era un desgraciado con todo ser vivo. Atsumu sabía que su gemelo era un apático solo interesado en la comida, con una personalidad tan desagradable como la suya bajo capas y capas de hielo. Y aún así, funcionaban juntos.
Como ese ataque rápido que dejó contra las cuerdas al equipo de los cuervos. Como esas miradas furtivas en la arena. Esa complicidad volviendo. Hasta que las primeras burlas entre ellos surgieron. Los toques a los huevos del otro, y esa particular manera de sacarse de quicio. Eso que los hacía hermanos y unidos, volvió.
No importaba lo que llegara a suceder, Osamu sabía que el balón llegaría a él. No era que confiara particularmente en Atsumu. Simplemente, sabía que ese era Atsumu. Y cada analogía del deporte aplicada a su vida, estaba escrita en cada pase de ese partido. Cada palabra de disculpa en cada golpe al balón. Cada signo de perdón en las colocaciones con su nombre.
Yoru estaba conteniendo las lágrimas en su lugar. Silenciosa entre las fanáticas ruidosas y los instrumentos de viento a todo volumen. Entre estandartes y paneles con el nombre de su escuela.
No necesitamos recuerdos, rezaba el lema de Inarizaki. Siempre necesitamos recuerdos para mantener quien eres. Y entonces, focalizarte en el futuro.
Estaban bien.
Iban a estar bien.
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En el Intercolegial de primavera del año 2013, la preparatoria Inarizaki quedó descalificada en segunda ronda, perdiendo con la preparatoria Karasuno.
El silencio de los seis en cancha era devastador, y quizá por ello, las palmas y gritos de aliento de todos los que habían ido hasta Tokio para animar a su equipo los hicieron levantar cabeza.
Atsumu tenía un nuevo objetivo, nacido de un cuervo pequeño y de cabellos luminosos:
—Shouyo Hinata… Algún día, colocaré para ti —le había dicho, señalándolo de forma tan gratificante como ruda. Y volteó a él su espalda, con los ojos abiertos y serios—. Pero antes de eso, te destrozaré el próximo año.
Y probablemente nunca supo si el pequeño muchacho pelirrojo le respondió algo. Tampoco notó el desagrado de Kageyama en su mirada. Pero sí vio a su hermano, esperándolo junto al banco de suplentes con los brazos en jarra sobre la cintura. El rostro escéptico y la transpiración corriéndole por cada poro.
—Eres horrible como perdedor —le dijo.
—Cierra la boca, Samu —contestó.
Osamu le dio un golpe en la nuca que lo hizo gritarle improperios. Nunca antes sus insultos le dieron tanto gusto. Nunca antes un momento así fue tan real. Y pararse junto a sus compañeros para saludar al público que los alentaba se sintió como una vuelta a la vida luego de una muerte súbita.
Atsumu estaba tan confundido con sus sentimientos que apenas podía controlarse sin llorar o patear algo. Porque su hermano estaba a su lado, y Yoru sonriéndole desde las gradas. Y aun así, el odio de la derrota lo estaba carcomiendo. Y las lágrimas de sus superiores fueron puñales en el lugar donde decían, tenía corazón.
Aran, Kita y Omimi lo habían dado su último partido. Luchado con todas sus fuerzas. Lo habían dado todo. Brillado como nunca antes. Movido tan rápido como nadie jamás. Por eso era tan doloroso saber que fue el final. Y esa fue la lección valiosa que aprendió el muchacho teñido de rubio esa tarde en la arena de Sendai en Tokio: y es que no siempre el resultado define tu aprendizaje. O te define a ti.
Kita supo que ese partido fue el último de su vida como jugador, y claro que quería seguir jugando con ellos. Pero estaba feliz de haber estado ahí. El rostro de Aran expresaba lo mismo. Y su pecho se llenó de orgullo. Porque tanto él como su hermano hicieron una nueva promesa. Una que esta vez sí cumplirían: Se convertirían en unos kohai dignos de respeto para Shinzuke Kita, aun cuando él tuviera hijos y nietos propios. Los gemelos aún tenían otro año por delante.
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Las delgadas piernas le temblaban cuando bajó corriendo las gradas del primer piso entre gritos y lamentos ajenos. Y cuando llegó a la planta baja, en el pasillo donde su equipo caminaba con la cabeza alta, sintió que el pecho le reventaba de dolor y orgullo. Por todo lo dado, y por lo que ellos dos habían hecho.
El rostro de Atsumu fue el primero en girarse hacia ella. Como si la hubiera sentido esperarlos a un costado, junto a la pared, casi como si no quisiera molestarlos. Segundos después, Osamu apareció al pasar por la enorme puerta de metal pesado que dejaba pasar el sonido de la arena ruidosa al mantenerla abierta. Y fue un instante convergiendo los tres en uno. Diecisiete años llegando a un punto de no retorno, porque no había vuelta atrás desde donde estaban. Sonrieron, cada uno de la única forma que realmente podría hacerlo. Porque ya no volverían a ser los mismos niños jugando juntos, raspándose las rodillas o arrojándose agua en verano. No serían los mismos adolescentes durmiendo juntos en el piso de una habitación bajo un fuerte de mantas, luego de una maratón de películas. Eran otros, y debían aceptar que lo que pasó cambió algo irreversible. Lo que habían llamado primeras veces en sus vidas juntos los tres, se había terminado.
Pero ahora podría volver a comenzar: y era porque esa nueva etapa estaba empezando. La etapa donde ellos siendo adultos podrían convivir y ser otras personas, juntos. La misma esencia, en una nueva forma. Eran ellos, y eso jamás cambiaría. El cariño muta. Y el amor que sentían entre ellos jamás iba a desaparecer, no importaba la forma que tomara.
Atsumu recibió el cuerpo de Yoru de repente, como si pestañeara y ella estuviera ahí. Sus brazos alcanzaron a Osamu, fundiéndose en ambos. Los tres sin perder contacto. Apestaban a rayos, y no podía soltarlos. No quería soltarlos. Rieron sin dejar de palmearse la espalda unos a los otros. Y su voz rompió el silencio.
—Ese Kageyama te dejó de a cuadros, Tsumu. —Ahí estaba. Eso era lo que más extrañaba. Atsumu frunció el entrecejo empujándola por el hombro.
—¡El próximo año lo haré pedazos! ¡A él y a ese enano!
Desde luego que el dueto milagroso del Karasuno había calado fuerte en él, como un dardo arrojado con violencia. Tan fuerte que juró años más tardes en una borrachera, su vida cambió para siempre.
—Entonces ponte a entrenar —murmuró Osamu. El rubio lo miró con fuego en los ojos miel.
—Mira quien habla —espetó ladeando la cabeza—. ¡Vas a tener que esforzarte para estar a mi altura, Samu!
—Siempre estoy a tu altura. Tu cabeza es la que siempre está en la estratósfera.
—¡Ya cierra la boca!
Y eran ellos. Yoru estalló en risa mientras se daban golpes mutuamente, como manotazos sin energía, porque estaban absolutamente drenados. Los cuervos habían succionado lo mejor de ellos, y estaban deseosos de que fuera ya un nuevo año. Su último año en preparatoria. Su era.
Las risas y gritos y blasfemias cesaron. Los tres en silencio. El Triunvirato reunido, con heridas tratando de sanar. Heridas que se habían abierto a las mordidas y se lamían para sanarlas, jamás dejando solo a nadie. Porque pasara lo que pasara, eso no iba a cambiar. Algunas cosas nunca podrían cambiar.
—Bueno —dijo Atsumu estirándose. Caminó unos pasos, alejándose de ellos. Lo siguieron con la mirada, atentos en todo momento—. Me largo. Quiero tener un buen lugar para el partido siguiente. Parece que los cuervos juegan contra los gatos. Eso será interesante.
—Voy contigo —comenzó a decir Osamu. Yoru se preparó para seguirlos. Atsumu negó con la cabeza y una risa de sorna en su hermoso rostro masculino. Los ojos miel en ellos.
—¿Acaso no van a dejarme solo nunca? Ya fastidian. —Movió las manos en pleno gesto de fingido fastidio. Atsumu era muchas cosas. Un buen actor no era exactamente una de ellas—. Luego nos vemos.
Y dando media vuelta, caminó varios pasos por el pasillo vacío, iluminado por una hilera de luces blancas. Volteó medio cuerpo. Sus ojos eran calmos.
—Solo mantengan la obscenidad al mínimo, ¿de acuerdo?
Y desapareció al doblar la esquina. El silencio reinando en su estela invisible. Casi como si nunca hubiera estado ahí, solo su potente energía como prueba de ello.
La mirada miel se posó en ella con expresión pasmada. Era muy difícil conseguir esa forma en sus cejas y dejarlo boquiabierto. Yoru estalló en risa sincera, aún sin poder saber si todo esto era real, o un sueño reparando de la pesadilla que vivieron. Todo le parecía tan efímero ahora, que temía que se rompiera si presionaba muy fuerte o soplaba más de la cuenta.
Las manos enormes de Osamu en sus mejillas le gritaron que era real. Los pulgares ásperos en su piel, dibujando pequeños círculos en sus pómulos. La sonrisa que solo aparecía en las fotografías que tomaba de él plasmada en sus labios. Realmente, esa sonrisa era para ella. Siempre lo había sido.
—Antes de que todo se vaya a la mierda de nuevo… —comenzó a decir. Sus ojos siempre en los suyos. Su pecho moviéndose en un ritmo cadencioso. Tranquilo y en paz. Amándola con cada palabra salida de su boca, por primera vez sin sostenerlas en lo profundo por nadie—, ¿saldrías conmigo?
Haber nacido dos meses antes que ellos la hacía mayor. Osamu siempre dijo que no sabía lo que era vivir en un mundo sin Yoru, porque cuando abrió los ojos ella ya estaba aquí, esperándolo. La realidad es que ella no tenía registros de su vida sin Osamu. De que era no verlo cada mañana, tarde y noche. De no confiar secretos. No ayudarse mutuamente. No reír juntos. No sacar de quicio a Atsumu. No caminar a su lado. No pasar cumpleaños juntos. Navidades juntos. No ir a templos en año nuevo y burlarse del menor por sacar siempre la peor suerte existente. No lo sabía. Jamás lo sabría. Amar a Osamu Miya había sido lo más doloroso de toda su vida. Y eso también cambiaba hoy.
Deslizó sus brazos por ambos lado de la cintura formada a base de ejercicio constante, presionando su rostro contra la camiseta aún húmeda. No le importaba. Era él. Todo era él. Como ese abrazo tierno que sujetó su espalda. Como ese beso en la coronilla de su cabeza, pudiendo sentir como sonreía contra su cabello.
—Idiota…
Todo cambiaba.
