¡Y llegamos al último capítulo! Es la historia más corta que he escrito (ni siquiera llega a los dos dígitos jaja), y les agradezco mucho A TODOS por su atención y mensajes y lecturas silenciosas.
Si hay algo que quieran comentar, todo es terriblemente bienvenido, todo ayuda, todo sirve.
¡Gracias por todo! Y nos vemos pronto en otra historia :)
CAPÍTULO 9: AMOR.
And in that moment, I swear
we were infinite.
Stephen Chbosky - The Perks of Being a Wallflower
Abrir los ojos era lo último que Yoru Asekawa hacía cuando sus sentidos la llevaban a despertar. Adivinar que el sol estaría en el cenit de su trayectoria por el calor que ingresaba directamente por la ventana. Que su padre había cortado el césped hacia pocas horas por el aroma a tierra húmeda. Cada pequeño misterio de resolución sensorial era como un camino de ladrillos hasta la toma de conciencia final. Como si disfrutara cada segundo de esos instantes donde no recuerdas tu nombre, ni dónde estás, ni de quién es la cálida respiración que mueve los mechones sobre tu rostro.
En el aliento mentolado de Osamu aún podía sentirse el dejo perdido de los dulces de fruta que habían comido mientras estudiaban esa mañana de domingo. Junio supo llegar extremadamente rápido en su tercer año de preparatoria, y los exámenes trimestrales no se aprobarían solos. Por eso decidieron utilizar un día de descanso para ponerse a término con las materias que les costaran. Y en algún momento de la mañana, las sábanas y cojines y pequeños peluches en forma de zorros habían clamado su descanso. Por eso ahora Yoru abría finalmente sus gemas azules, sintiendo en plena conciencia los brazos de Osamu a su alrededor.
—No hay forma de que aprobemos nada si seguimos descansando, ¿sabes?
Su voz sonó como dentro de una burbuja, hasta que sus oídos se acostumbraron a ella. Solo atinó a sonreír, aún con la mitad del rostro enterrado en su almohada. De algún modo, refregó la nariz contra la tela y se hizo pequeña contra su pecho. Como un gatito ovillado en su cojín favorito. Osamu ahogó una risa sincera antes de volver a hablar.
—Ya entendí. No te importa mejorar tus notas. Enterado.
Sintió los labios cálidos contra el costado de su cabeza. Los largos brazos presionando su cuerpo aún más contra él, aun cuando algunos peluches impidieron que se fundieran en un abrazo absoluto. Se sujetó a la tela de su camiseta blanca, pegando la frente contra el algodón extrañamente frío. Aún veía algo borroso, pero distinguió su escritorio a lo lejos, copado por los libros de ambos y el bolso de Osamu sobre el respaldo. Las zapatillas de vóley asomaban por entre la abertura del cierre.
—¿Tsumu y tu se van a entrenar por la tarde?
—Si. Suna quiere que entrenemos lo más posible hasta el intercolegial de verano.
—Se la tiene jurada al Karasuno, ¿no? Esa cara apática no engaña a nadie. Está gritando sangre por dentro.
—¿Acaso te engañó alguna vez? Siempre supimos que era un sádico. Solo lo oculta muy bien.
—¿Qué hay de ti? ¿Quieres volver a ver al pelirrojo?
—¿Y eso que quiere decir?
—¡Vamos! Tsumu no es el único que quedó totalmente embelesado. Admítelo.
—Estás arrojando a tu novio en brazos de un muchacho. ¿Sabes lo ridículo que suena eso?
—Tu me pediste salir. Es todo tu culpa.
—Nunca dije que no me haría cargo, boba.
Yoru rió con fuerza, pasando sus delgados brazos por la cintura de músculos firmes. Sintió cosquillas en la coronilla de su cabeza por la lluvia de besos castos que Osamu le estaba obsequiando. Las piernas entrelazadas aún con algunos peluches en el camino. Respiró con fuerza la mezcla a madera y suavizante de ropa que impregnaba su cuerpo, deseando que las barreras del tiempo se quedaran quietas en ese instante. Si pudiera repetir una y otra vez un momento de su vida, sería ese. Nunca estuvo tan segura de algo antes.
El sol entraba por la ventana, sabiendo que fuera la temperatura comenzaba a subir impiadosamente, y de seguro el entrenamiento de esa tarde sería un infierno en sudor y blasfemias. Por eso Osamu abrió los ojos y se dedicó a grabar su figura en sus retinas. Como si recargara energías para partirse el trasero en el gimnasio en tan solo unas horas.
—¿Cómo está? —preguntó con suavidad, pasando sus dedos delicados sobre la camiseta que cubría su amplia espalda. La sintió suspirar una vez más antes de volver a emitir sonido —. Hablamos algo durante los recesos, pero siempre tiene algo que hacer. Como vice capitán debe tener nuevas responsabilidades.
Osamu asintió contra su cabeza: claro que era cierto. Rintaro Suna estaba cumpliendo ampliamente con su papel de nuevo capitán manteniendo el legado de Kita. De todos modos, siempre iba a cuestionar a Aran por dejarle su puesto a Atsumu. Desde luego que su hermano era un colocador talentoso. Pero su carácter para vice capitán era algo…
—Está adaptándose aún. Le gusta la atención pero no la responsabilidad.
—¡Eso suena como Tsumu!
La risa de Yoru le resultaba tan clara como siempre, y aun así ese dejo de tristeza se le hizo imposible de ignorar. Sobre todo cuando notó que la joven se incorporaba en la cama con lentitud, sujetándose las piernas mientras se sentaban. Apoyó en mentón en sus rodillas luego de acomodar un largo mechón negro tras su oreja múltiples veces perforada.
—Dije que esperaría a que él se sintiera mejor, ¿sabes…? —comenzó a decir sin mirarlo. Los ojos azules bañados en tristeza. Volteó el enorme cuerpo hasta quedar enfrentado a ella —. Pero si te soy sincera, quiero ir a buscarlo, golpearlo fuerte en la cabeza y gritarle que sea mi amigo de nuevo.
Osamu se atragantó con su propia saliva conteniendo una carcajada. Yoru hundió la cabeza entre sus brazos riendo al mismo tiempo. Y quedaron en silencio.
La verdad es que desde ese último día en el torneo de primavera, Atsumu había aceptado su relación en toda ley. La charla a corazón abierto con Yoru había sacado el peso de su pecho, así como los pases a su hermano fueron la forma que el peligris eligió para redimirse por la promesa rota. Atsumu estaba realmente en paz con ambos, y se los hizo saber cada día hasta ese momento. Pero estar en paz con una situación no significa sanar del todo. Porque, aunque no lo dijera con palabras, lo que ocurría era bastante obvio: Atsumu no sabía cómo no estar enamorado de Yoru. La forma que había elegido para superar sus sentimientos durante toda su vida fue ocultarla tras la amistad pura que los unía. De todos modos, había aceptado que ese amor nunca se iría, así que llegaría a viejo sin necesidad de decirlo. Cuando sus sentimientos quedaron expuestos al sol, debió pensar realmente en superarlos para bien. Y seguir con su cara alegre como si nada pasara no era una buena forma de hacerlo. Por eso, se comportaba bien con ella: le hablaba, contaba chistes, reía con ella. Pero eso era todo. Atsumu cortó su contacto por fuera del colegio, donde obligatoriamente se veían. Y aunque Yoru tenía perfectamente en claro que solo era cuestión de tiempo, y que Atsumu volvería algún día, no dejaba de doler. Como si una parte de su corazón se fuera con él.
—Se que es egoísta, Samu —dijo por encima de un murmullo. El muchacho pestañeó varias veces —. Pero lo extraño.
Osamu la miró con una reverencia que podría haberla hecho llorar. Como si viera a través de su piel y en cada poro. Se incorporó junto a ella con el rostro serio, sentándose a su lado. Aún en esa posición era mucho más grande en comparación. Las manos de dedos ásperos que ya la tenían acostumbrada para ese entonces recorrieron su rostro con ternura, como si quisiera borrar de él todo rastro de lamento.
—No es egoísta querer algo —le afirmó —. Es como cuando terminas de comer y aunque estés lleno, quieres lo que tiene otra persona en el plato.
Yoru se cubrió la boca para contener una carcajada sonora, moviendo su cabello por el movimiento. Fuera, podían oler el arroz con curry que Mina preparaba para el almuerzo.
—¡No puedes comprar a tu hermano con comida, Samu!
—Claro que puedo. La comida es exactamente igual de importante.
La risa de su novia llenó sus sentidos cuando tiró la cabeza hacia atrás y el sol se filtró entre los finos cabellos, haciéndola pelirroja por solo un instante. Y el simple pensamiento de llamarla novia en su mente se sintió como chocolate derretido en su lengua. Sonrió, tomándola en sus brazos y acercándola a él hasta fundirla en su pecho. Las manos blancas se aferraron a sus costados, conteniendo las cosquillas. Y entonces, el muchacho volvió a hablar.
—Se lo dije, ¿sabes? Que dejaré de jugar vóley a finales de este año.
Guau. Eso no se lo esperaba para nada. Levantó la cabeza sorprendida y con los ojos muy abiertos. Osamu la miró levantando graciosamente una ceja, como si se quejara sin palabras que rompiera el contacto romántico entre ellos.
—¿Se lo dijiste? ¿Y qué pasó? ¿No te asesinó?
—Estoy aquí, ¿o no? ¿Por qué me mataría?
—Porque Atsumu reacciona para el carajo cuando algo no le gusta. Que tú no sigas jugando con él no puede haberle gustado en ningún universo.
Y claro que no le había gustado. Osamu recordó el momento en que le dijo esa frase decidido: me retiraré del voleibol al terminar la preparatoria. Mierda, que esa fue la cara de decepción más grande que Atsumu jamás hubiera puesto. Y lo peor, es que no le había dicho nada. En todo ese día sábado y durante la práctica vespertina, el colocador de Inarizaki permaneció en silencio, como si la conversación no hubiera ocurrido. Quizá fue eso lo que puso a Osamu de un humor de perros. Porque conocía a su hermano y el silencio era la mayor forma que tenía de reprobar lo que hacía y las decisiones que tomaba. Y eso lo hartó.
Por eso le gritó en plena cara e ignorando a sus compañeros (que miraban todo acostumbrados a esas peleas aún cuando los de tercero se hubieran retirado), que no había elegido esa carrera por descarte, o porque pensara que no podía llegar lejos como jugador de vóley. Que siempre quiso trabajar con algo relacionado a la comida, y que ser un jugador profesional no garantizaba ser más exitoso que él. Y Atsumu seguía mirándolo enfadado y en silencio. Y eso fue todo.
Lo había tomado de la chamarra y gritado a centímetros de su nariz, que cuando fueran dos vejestorios de ochenta años y estuvieran en su lecho de muerte, solo ahí podría decirle que fue más feliz que él.
—¿En serio le gritaste eso? Te pasaste de dramático.
—El que se enfada por todo es él, ¿y yo soy el dramático?
Yoru rió moviendo la cabeza lentamente de lado a lado. Impulsó su cuerpo con delicadeza, llegando hasta él y besando con una suavidad extrema la comisura de sus labios. Osamu contrajo su abdomen para no estremecerse de cuerpo entero ante ese acto de afecto que siempre lo volvía loco. La mirada azulina se clavó en la suya con un amor tan grande que el pecho le se perforó tres veces en el tiempo que tardaba en recordar como respirar.
—Entonces espero que a los ochenta, tengas una vida digna de competir con Tsumu.
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Su voz volvía a sus propios oídos, reflejadas en las paredes blancas de la habitación en penumbras. Sabía por seguro que en cuanto todo terminara, el frío que ahora cristalizaba las ventanas atacaría su cuerpo perlado en sudor como cuchillas de hielo. Pero su mente apenas podía percatarse de ello en ese instante, mientras su aliento escapaba de entre sus labios en respiraciones contenidas. Mientras sus suaves gemidos acariciaban el oído de Osamu como caricias sonoras de una pluma.
Las manos blancas se clavaban en la amplia espalda perlada en sudor, mientras cada movimiento lento y profundo del muchacho acababa en una embestida recibida en su interior. Parsimoniosas, insondables, intensas. Como si cada vez que entraba en ella buscara llegar más y más a su límite.
Era la sensación a la que Yoru se había acostumbrado durante años. La que querría seguir sintiendo cada día de su vida, hasta que su corazón se extinguiera: el calor de su pecho formado encontrándose a milímetros de distancia con el suyo, separándose solo para volver a tocarse como si bailaran en una sincronía perfecta. Sus firmes y masculinas caderas apresadas entre sus muslos, cerrando la posibilidad de que más distancia ocurriera entre sus cuerpos. La voz grave ahogándose en el hueco de su cuello en gemidos inentendibles y aguados por su aliento cálido. Las manos enormes sujetando su cintura y aferrándose a su cabello entre la cabeza y la almohada, acercando ahora sus rostros en un beso lento y húmedo.
La mirada miel penetró la suya cuando unió frente con frente, como si pudiera verla a través de las gruesas pestañas, y la vista nublada por la poca visibilidad y el deseo. El cabello negro en su color natural pegado a su rostro, y el temblor de sus amplios hombros era su forma de implorar permiso para moverse más rápido. Sintió los largos dedos enterrarse en su cadera, levantándola de las sábanas heladas para nunca perder contacto. Sus dientes succionándole el labio inferior al límite de su contención. Yoru le barrió la espalda desnuda con sus dígitos, sujetándose a su cuello, tirando de los cabellos de su nuca. Juraba que podía contar con el tacto la hilera de pequeños lunares en la base de su cráneo, justo donde se pinzaba su piel por la sensación de placer que acababa de producirle con ese gesto. Su propia cabeza cayó hacia atrás cuando Osamu dejó un trazo de besos infinitos en su hombro, elevando su cadera y enterrándose en ella ahora con un ritmo que estaba a punto de apagar su mente. Acelerando sus movimientos con esa misma certeza que mantenía desde el principio. Se sentía tan bien que podría jurar, iba a morir. Como si su mente se nublara y todo en el mundo desapareciera menos él. Y solo pudo expresarlo llamando su nombre tantas veces como las embestidas sin descanso le permitían tener pensamientos conexos.
Era la misma sensación de amor y plenitud que la llenaba desde hacía años. Desde esa primera vez a sus diecisiete que la hizo llorar cuando, al fin, estuvo en ella. Cuando temblando se abrazó a él, sin poder concebir que eso estuviera ocurriendo. Cuando la sujetó contra su piel desnuda y susurró palabras de calma en su oído para acallar el dolor, secándole las mejillas con sus labios. Esperando por ella a cada segundo. Y cada vez después de esa.
Era conocer tanto su cuerpo, que adivinaba el significado de cada cadencia en su voz, la urgencia con la que mordía su cuello y la delicadeza de sus labios pidiendo disculpas. Como la sensación ahora de sus caderas golpeando más fuerte cada segundo y enterrándose en el mismo punto una y otra vez, hasta que ya nada pudo recordar. Las paredes blancas brillaron tanto que solo pudo cerrar los ojos con fuerza antes de volver a abrirlos y jurar ver el universo estallar a través del techo de la habitación. Clavar sus dedos en la piel de su espalda, sujetando su cuello. Sentir la bola de fuego en su bajo abdomen esparcirse desde la punta de sus pies hasta colmar cada átomo de su cuerpo. Y el grito ahogado de Osamu contra su piel ruborizada al llegar a la cúspide de su propia colina, enterrándose en ella como si quisiera vivir en su interior para siempre siguió al suyo como complementándose. Abrazándola como si temiera que desapareciera en la bruma. Su respiración se volvió más aguda contra su cuello. Yoru juró que su propio nombre escapó de los labios masculinos cuando besó bajo su oreja, haciéndole cosquillas con la nariz.
Suspendidos en un tiempo eterno, permanecieron abrazados como si no pudieran separarse. Y es que no querían hacerlo. Como cada vez desde hacía cinco años.
Aún desnuda, con la espalda contra su pecho, lo sintió besar su hombro dejando un trazo invisible como si la acariciara con una pluma. Rio ahogando el sonido. El reloj marcaba las cuatro de la mañana, y si querían estar lo suficientemente despiertos para el partido de los MSBY Black Jackals contra los Eagle Adlers, debían dormirse en ese instante. Movió el cuello hasta su hombro para encontrarse con los mechones oscuros que reposaban en él, cuando Osamu apoyó su frente.
—Tsumu va a matarnos si no vamos mañana por quedarnos dormidos. Lo sabes, ¿no?
—Es de lo único que habla desde hace semanas —murmuró haciéndole cosquillas en la piel aún tibia. El aroma a agua era permanente en ella—. Su primer partido con Hinata y es contra Kageyama. Está insoportable.
Yoru acarició con ternura sus brazos, haciendo que el agarre se volviera más fuerte y contenido. Sentía que no importaba el frío impiadoso que hacía a esas horas en la oscuridad de Hyogo. Levantó una de sus enormes manos hasta su rostro y la besó con delicadeza. Habló aún con su piel contra los labios helados.
—Y con Sakusa y Bokuto de compañeros. ¡Esas fotos van a ser increíbles!
Osamu ahogó una risa sonora contra su hombro, tan suave como la fría piel de su rostro. La pasión por la fotografía de su novia había crecido tanto hasta llevarla a seguirla como carrera. El orgullo que sintió por ella cuando ganó su primer concurso se replicó cientos de veces más en cada exposición, trabajo publicado e incluso cada viaje que la alejaba de él durante semanas. No era lo que más disfrutaba. De hecho, trataba de no decirle que odiaba con toda el alma no verla por más de tres días seguidos. Como de hecho, ocurrió hasta la tarde anterior, cuando Yoru regresó de las montañas de Hokkaido. Pero amaba verla feliz, y su propia empresa requería tanto su atención que podía sobrevivir tranquilamente esos períodos sin pasarla mal. Porque Onigiri Miya era todo un éxito, y Yoru no podía estar más orgullosa de él.
—Tengo que ir desde temprano para preparar el puesto —le susurró, sintiendo el cansancio—. ¿Vienes conmigo?
Sonrió levantando una delgada ceja oscura. Los ojos azules iluminados por la tenue luz de las farolas callejeras.
—Solo si te duermes ahora. El trayecto es largo y necesitas descansar.
Osamu sacudió el negro cabello de lado a lado. El rostro contenido en una mueca de risa.
—¿Desde cuándo suenas como abuela?
—¿De quién es la culpa de que estemos despiertos?
Rió con ganas. Besó su espalda incontables veces más antes de arrastrar las mantas sobre ellos, acomodando su rostro entre el hueco de su cuello y conciliar el sueño. Iba a ser un día largo y sabiendo que era juego que su hermano esperaba desde hace años, sería emocionante.
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Kotarou Bokuto y Shoyou Hinata parecían de esas personas que no tenían punto medio: pasaban de cero a mil millones en solo un parpadeo, y lo agotaban solo de verlos interactuar. Dos niños golpeando los asientos del enorme autobús negro con la inscripción MBSY Black Jackals en sus costados. Kiyoomi Sakusa bajó antes que nadie, porque el rematador germofóbico no toleraba estar encerrado con una horda de compañeros ni un segundo más. Ese barbijo blanco pronto se integraría al pálido rostro, y hasta pensó en regalarle uno que tuviera patrones de lunares e hiciera juego con su frente cubierta en rizos oscuros. Era un imbécil necesario, pensó. Porque esas muñecas flexibles lo hacían un jugador tan potente que necesitaba enviarle pases como requería respirar.
Atsumu Miya peinó su rubio cabello con la mano derecha, poniendo un pie en el suelo. Le parecía increíble que ese partido se llevara a cabo en Sendai y no en Tokio. Pero necesitarían ganar unos cuantos juegos para que cambiaran de sede, y ahí su nombre brillaría como nadie.
Los gritos histéricos de varias chicas en un rincón junto a la puerta de entrada sonaron fuerte en su oído, auditivamente molestándolo tal cual ocurría en su época de preparatoria. Algunos hábitos no cambiaban, aparentemente.
Bokuto mostraba sus músculos y riendo enviaba un signo de paz con sus dedos, haciéndolas chillar a mayor volumen. Nunca creyó que tuviera algo similar a Sakusa cuando los dos entraron al enorme edificio para escapar al alboroto. Y los flashes comenzaron, porque una pequeña comitiva de reporteros los vio entrar y aun cuando fueran respetuosos en cuanto a su espacio personal, las fotos sin permiso ocurrían. Su mente entonces, voló solo por un momento. Cuando vio a una pequeña niña frente a él con una cámara hogareña y su padre levantándola en sus hombros para que le pudiera tomar una fotografía a mejor ángulo. Era algo tan familiar que la molestia de su pecho desapareció hasta reemplazarlo por calidez.
—¡Lo siento! Creo que quiere tomarte una foto.
—¿No quieres salir conmigo en la fotografía?
El blanco rostro regordete de pronto se teñido de un tibio tono rosado ante la sonrisa de costado del altísimo muchacho. La pequeña asintió con delicadeza y su padre la bajó hasta el nivel del suelo para que se acercara a Atsumu. Preparó la cámara con las manos algo temblorosas, pidiendo disculpas por adelantado. El menor de los gemelos había tenido que aprender a armarse de paciencia para tratar con los fans, y siempre ponía en práctica cada partícula de los libros que leyó para calmar su mal carácter.
—¿Quiere que la tome yo? Así puede salir en la foto junto a ellos.
Esa voz. Esa voz seria reconocible en medio de una multitud. La misma que le grito desde una multitud innumerables veces, para darle ánimos o para decirle que era un idiota. La genética se detuvo cinco años antes, porque cuando levantó la vista y el rostro blanco de Yoru estuvo en su campo de foco le pareció observar a la chica de último año de preparatoria que saltó sobre él para felicitarlo por su último partido. Y a su mejor amiga desde que aprendió cómo gatear.
Los ojos azules reflejando la luz del sol en los amplios ventanales como zafiros iluminados, y el cabello negro sobre los hombros pequeños enmarcaban su rostro con pecas sorprendentemente numerosas para ser invierno.
—¡Muchas gracias, señorita!— dijo amablemente el hombre, dándole la cámara con cuidado. Atsumu se incorporó junto a él cuando el padre tomó a su hija en brazos.
—Si. Muchas gracias, señorita.
El tono burlón la hizo viajar tantos años al pasado como le fueron posibles. Como si en todos esos años, nada hubiera cambiado. Y claro que lo había hecho. Y claro que no.
Cinco años atrás, cuando la bomba contenida que era su relación estalló por los aires, algo se quebró. La amistad, la confianza, ese lazo invisible que permanecía impoluto desde que gritaron los tres juntos en algún lugar entre las góndolas de cereales y arroz. Y por más que el sentimiento de querer recuperar lo perdido siempre estuviera presente, algo más también se encontraba ahí: Atsumi Miya no sabía lo que era no estar enamorado de Yoru Asekawa.
Diecisiete años era mucho tiempo como para superarlo en pocos meses. Y su tercer año de preparatoria supo transcurrir en una concentración de entrenamientos brutales, trabajo como vice capitán y preparación para su futuro como atleta profesional. Atsumu sabía que su hermano gemelo y Yoru eran pareja. Lo sabía y estaba feliz por ambos. Pero no significaba que no doliera como el mismo averno, y por eso se alejó.
Un año tardó en volver a tener conversaciones que no tuvieran que ver con el colegio. Un año y medio en volver juntos a casa. Dos años en total en volver a lo que solían ser, con una diferencia: su pecho parecía más liviano.
—¡Una más solo por si acaso! —la escuchó decir. La sonrisa clara y nítida de siempre.
¿Que como fue su relación con Osamu todo ese tiempo? Osamu era su hermano. No importaba lo que ocurriera, ese apático hijo de perra era la mitad de él separada del cigoto que su madre parió nueve meses más tarde. Después de lo que pasó, estaba seguro de que pasara lo que pasara, ese hijo de puta siempre estaría a su lado. Incluso cuando no quisiera seguir jugando profesionalmente como él. Porque siempre estarían juntos. Hasta el fin de los tiempos, en camas conjuntas, pateandose mutuamente hasta que los desconectaran de la vida. Y él tendría una existencia mejor. Eso se lo había propuesto tiempo atrás.
—¡Se lo agradezco mucho!—. El hombre se inclinó numerosas veces antes de voltear hacia él. La pequeña lo imitó.
—¡Eres mi favorito junto con Hinata-kun!
Atsumu no pudo evitar estallar en risa.
—¡Soy mucho mejor que él! ¿No crees?
—Pero él es menos engreído…
La carcajada de Yoru quedó atragantada en su garganta, como un escupitajo tragado a tiempo. Los ojos vengativos del rubio la enfocaron queriendo asesinarla en el lugar.
Padre e hija se alejaron hacia la arena de vóley, seguramente para tomar sus asientos pronto antes de que se llenara aún más. Los murmullos potentes llenaron el espacio en blanco presente entre los dos muchachos, ahora viéndose a los ojos con una media sonrisa. Yoru parpadeó varias veces antes de hablar.
—Ese peinado te queda horrendo.
—Te siguen gustando las galletas, ¿no?
Yoru le lanzó un manotazo alto, perfectamente apuntado al mechón de cabello claro al costado de su cabeza. Pasaban los años y continuaba llamándola gorda de la forma más pasiva-agresiva del universo. Atsumu rio sujetando su muñeca con unos reflejos de gato, llevándola hacia su cuerpo ante la mirada de un montón de fans que gritaban en desconsuelo ante la escena que rompía sus corazones.
Cinco meses era mucho tiempo para no verse más que por video llamadas y conversaciones de medianoche. Yoru trabajaba como fotógrafa a contra reloj de los entrenamientos de Atsumu y sus comunicaciones se vieron reducidas todo ese tiempo. Ver a su mejor amiga era un alivio. Más en esa arena. Más en ese juego. Los brazos delgados se colaron bajo sus axilas, cerrándose fuertemente tras la amplia espalda, dejando que ese calor tan familiar la invadiera nuevamente. Esa sensación que jamás cambiaría, no importaba los años que transcurrieran.
Y ese abrazo se sintió a paz.
Todo estaba bien.
Osamu se había propuesto un juego mental para pasar el tiempo hasta que el juego comenzara: contar cuantas personas lo confundían con su hermano cuando se acercaban a comprar onigiris. Era un error palpable, ya que muchos comenzaron a disfrutar del deporte en una época reciente ignorando que Atsumu tuviera un gemelo deportista en preparatoria. Cada exclamación escuchada a lo lejos levantaba una sonrisa disimulada tras un Gracias, ¡vuelva pronto!
Volver a encontrar a varios jugadores de su época de estudiante tampoco le resultó extraño: Tadashi Yamaguchi del Karasuno y el colocador de Fukurodani, Keiji Akaashi fueron claros ejemplos de ello. Y cada uno había seguido el deseo de lo que realmente querían hacer, ya fuera dentro o fuera de una arena de voleibol.
Por eso, al mirar a la duela cuando las luces se volvieron brillante y los anunciadores gritaron el nombre de su hermano, su pecho se llenó de orgullo. Porque verlo ahí, entrando de la mano de un niño acompañante y discutiendo con Kiyomi Sakusa fue algo que sabía muy profundo, terminaría por ocurrir.
Ahí estaba él, con su sueño cumpliéndose. Ahí estaba Atsumu, con el suyo propio.
—Parece que tendremos que esperar a nuestra vejez para ver quien tuvo una mejor vida, Tsumu…
Murmuró para si. Y como si hubiera sido posible la existencia de un lazo invisible entre gemelos, Atsumu volteó la vista hacia él. La sonrisa de costado, la ceja oscura levantada y esa expresión de pedantería absoluta en su maldito rostro. No hizo falta que levantara la mano para saludarlo, o el dedo mayor para mandarlo a la mierda. Esa mirada lo dijo todo.
Ese partido sería el que usaría para refregarle en plena cara lo feliz que era. Porque Atsumu Miya tenía a tres monstruos rematadores bailando a su compás. Y estaba teniendo el momento de su vida.
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—Tsumu, ustedes ganaron. ¿Por qué tienes esa cara de muerte?
Sentada en el sillón simple de la sala de Akemi Miya, la joven de ojos azules trataba de comprender a su amigo mientras lo observaba refunfuñar por el partido del día anterior en Sendai. Decidieron volver a la casa materna de los gemelos para pasar algo más de tiempo juntos, y esa tarde se sentía tan reconfortantemente hogareña que dolía.
—¡Cállate! ¡Tobio-kun se cree la gran cosa!
Atsumu estaba realmente cabreado. Yoru contuvo la risa, dirigiendo su mirada hacia su novio, esperando que no fuera tan cruel de seguir buscándole pele...
—No se cree. Es una de las estrellas emergentes de Japón.
Carcajeó. Era obvio que iba a seguir buscándole pelea.
—¿¡Y yo que soy!? —vociferó indignado. Yoru deseó que Osamu de verdad tuviera piedad.
—El tipo que falló el saque inicial.
Claro que no la tuvo.
—¡SAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAMUUUUUUUUUUUUUU!
La familia Miya aún vivía en Hyogo, en la exacta misma casa donde los gemelos crecieron. Sacando los cambios tecnológicos en esos cinco años transcurridos desde que todo ocurrió, la casa continuaba inalterada. Incluso la habitación compartida que solían ocupar permanecía detenida en el tiempo. Akemi se había encargado de dejarla intacta para cuando sus hijos la visitaran, pudieran tener su noche de hermanos y esta vez, sin romper nada.
Luego de graduarse de preparatoria, tomaron caminos totalmente opuestos. Siempre siguiendo lo que querían hacer. Lo que necesitaban hacer. Aún así, algunas veces al año, cuando la agenda de ambos lo permitía, volvían a casa para pasar tiempo con sus padres y competir por quién de los dos tenía más cosas interesantes que contar.
Veintitrés años, y los gemelos Miya no habían cambiado en lo más mínimo.
—¿Por qué no dejas de quejarte y te alegras por tu victoria, descerebrado? —le dijo la joven de cabello negro con los brazos en jara sobre su cintura—. ¡Hice unas tomas geniales y ni siquiera me diste las gracias! ¡Vivo de esto! Podría cobrarte, ¿sabías?
—¿Qué? ¿Necesitas un equipo nuevo y también vas a venderlas entre mis millones de fans?
Ninguno de los dos sería capaz jamás de soltar la anécdota de cómo sus fotos se esparcieron por Inarizaki, y Yoru terminó con un lente nuevo. Nunca. Jamás.
—No me burlaría de alguien que tiene fotografías tuyas de niño desnudo en una bañera.
—¡Eres la peor!
Y una mano enorme despeinó su cabeza, impulsándose sobre ella levemente como si quisiera inmovilizarla. Las risas de Yoru y Atsumu parecieron tejerse como un telar de hilos delgados y colores perfectos. Osamu miró a su hermano, tomando una galleta antes de respaldarse en los cojines.
—¿Qué pasará ahora? Se supone que entras en concentración la semana próxima, ¿no?
—Si —le respondió volviendo al tiempo presente—. El torneo comienza el próximo mes. Así que será un campamento intensivo. Tanto tiempo con esos tres imbéciles va a volverme loco.
—Los llamas imbéciles, pero estabas pasándolo de lujo —le dijo estirando sus brazos con la cámara en mano para enseñarle una fotografía por el visor digital—. Mira tu rostro.
Y el lente de Yoru no mentía. Porque la expresión de Atsumu mientras lanzaba el balón durante el juego era una de absoluta felicidad. Esa que solo aparecía en una arena. Y ahora controlándolo todo, gobernándolo todo.
—Y además Aran-san te envió felicitaciones. ¿Seguro que te cambiaste la ropa interior luego de eso?
Osamu esquivó el golpe de Atsumu casi con maestría. Como si tantos años de entrenamiento aún permanecieran en su cuerpo.
—¡Cállate y demuestra tu envidia de otra forma! —espetó con el rostro rojo de furia. Claro que su hermano permanecía serio y sin modificaciones en el suyo.
—Me felicita cada vez que hablamos por Onigiri Miya. No necesito estar celoso.
—¡No vas a quitarme la gloria!
Y la joven se levantó con un suspiro abandonando los delicados labios. Era vivir su vida desde cero.
—Voy a buscar más té.
Yoru ignoró mágicamente cada puñetazo y patada teledirigida entre los gemelos sentados en el sofá mientras tomaba la jarra semivacía. Los pies descalzos sonaron secos contra las tablas de madera lustradas del piso hasta hacerla desaparecer tras la puerta de la cocina. La escena era tan extrañamente familiar que no podrían decir si pertenecía a un solo instante en sus vidas, o era un deja vu de millones de situaciones.
Atsumu sonrió imperceptiblemente viendo su espalda pequeña pasar tras el marco en colores oscuros. El cabello largo y negro, suelto pasando sus hombros. Los pasos casi de libélula. Esa desgraciada no había cambiado en nada desde que la conocía, y estaba seguro de que sería una anciana horrible y llena de arrugas todavía con las características de su mejor amiga en ella.
—Tsumu...—la voz de Osamu sonó a sus espaldas. El rostro que espejaba su carne lo observaba serio, inexpresivo, y con los brazos cruzados sentado a su lado en el sofá de tres cuerpos—. Agradecería que dejaras de mirarle el trasero a mi novia.
Superar a Yoru no había sido sencillo. Casi dos años tomó para que el corazón del menor de los Miya sanara por completo. Para que su amistad volviera a surgir y mutara en la maravillosa relación que tenían ahora. Pero eso no quitaba que no pudiera sonrojarse a más no poder por frases de ese estilo. Tampoco gritar desde el tope de sus pulmones.
—¡No estaba mirando el trasero de nadie, grandísimo idiota!
Osamu ladeó la cabeza, asumiendo creerle. Sabía que iba a reaccionar así, y eso era música para sus oídos. Pero el rostro de su hermano permaneció en una sonrisa ligera, casi tímida. Tan llena de sentimiento que le pareció impropia de él. Más aún cuando su voz sonó nuevamente, murmurando algo solo para ellos. En confidencia.
—Solo pensaba, que habiendo ocho mil millones de personas en el mundo...—dijo. Osamu siguió cada uno de sus lineamientos con el rostro pasivo —. Creo que fuimos bastante afortunados en conocerla a ella.
El silencio entre ambos pareció durar una eternidad en solo tres segundos. Y entonces, Osamu habló.
—Es increíble que un desgraciado sin corazón como tú sea capaz de decir cosas tan sentidas como esa.
Claro que iba a responderle eso.
—¡ERES UN IMBÉCIL, SAMU!
De ocho mil millones de personas en el mundo, los tres se habían encontrado en una sola ciudad. En un solo vecindario. A solo calles.
Eso era tener verdadera suerte.
