CAPÍTULO 6

Killian Jones intentó controlar su nerviosismo mientras daba un paso al frente, al mismo tiempo que se inclinaba ante del rey David de Misthaven. A pesar de haber estado delante de él en otras ocasiones, pocas, pero lo había estado, no podía evitar sentirse acongojado e intimidado. Nunca había estado a solas con la Familia Real, ni había tenido la completa atención del rey, así que era natural su estado.

-Majestad- murmuró respetuoso. El rey, sonriendo de manera pícara le tocó el hombro, instándole a erguirse, y luego le ofreció la mano, la cual Killian estrechó en un apretón firme.

-Así que tú eres el hombre del que me ha hablado mi hija. No puedo negar que he visto las sonrisas que os habéis dedicado cuando os he colocado la medalla. Me alegro de conoceros.

Después de las palabras de su padre, en ese momento Emma deseó haber tenido magia que le permitiera desaparecer. Miró a su padre avergonzada porque este le hubiera mencionado a Killian que ella le había hablado de él, y rehusó la mirada de Killian. Él, por el contrario, se sintió halagado, e hinchó el pecho con orgullo. Halagado de que su nombre hubiese salido en alguna conversación entre la princesa y su padre el rey. Halagado porque eso podría significar que la princesa sentía lo mismo que él.

-Gracias Majestad, es un honor. Y es un honor también poder saludaros a vos- se dirigió a la reina, a quien cogió la mano y dio un ligero beso en los nudillos. La sonrisa de Blancanieves aumentó aún más -Vuestra hija es una auténtica bailarina, y ya veo de dónde ha sacado su belleza.

Emma estaba segurísima de que su cara debía de ser en ese momento del mismo color de su vestido; de un rojo intenso. David sonrió y miró con amor primero a su hija y luego a su esposa antes de responder.

-Ya lo creo. Tengo la suerte de poder tener a las dos mujeres más hermosas de este reino. Pero bueno, dejémonos de cumplidos, no quiero entreteneros. ¿Por qué no le pedís a mi hija otro baile? - sugirió el rey. Killian miró a Emma radiante, y le ofreció el brazo. Ella, con una sonrisa, colocó su enguantada mano en este y los dos se apartaron de los reyes.

-Me gusta ese Capitán Jones. Parece un hombre sensato. Y es educado- murmuró el rey a su esposa, inclinándose hacia ella.

- ¿Y has visto cómo la mira? Parece que solo tiene ojos para ella. Y Emma también parece prendada de él. Hacía mucho que no la veía sonreír tanto. Quizá no necesitemos a ese príncipe Neal, ni que sean presentados más príncipes. Con tal de que sea feliz, me da igual con quien lo haga.

El rey se encogió de hombros, indeciso aún. Como padre pensaba igual que su mujer, contento de ver a su hija con una sonrisa tan grande después de tanto tiempo -Podemos buscar otro medio de crear alianzas- murmuró más bien para sí, pero lo suficientemente alto como para que la reina lo oyera y una sonrisa triunfal asomara a sus labios. En esa ocasión, ella estaba del lado de su hija.

Cansada de tanto dar vueltas por la sala, pasando de los brazos de un hombre a otro, Emma aprovechó que nadie se acercaba a ella para huir sigilosamente. Se escabulló por una de las puertas laterales que comunicaba con dos pequeñas salas contiguas, en las que algunos de los invitados se habían reunido sentados en los cómodos sillones y charlaban alegremente de los últimos cotilleos del reino. Pasó tan rápido a su lado, que sólo vieron el revuelo de una falda roja. Una vez en el desierto pasillo, Emma se encaramó por una pequeña escalera, apenas eran unos pocos escalones, que llevaban a una salita apenas utilizada por ninguno de los miembros del castillo. Allí había un balcón que estaba situado un poco más arriba y a la izquierda del Gran Salón desde donde Emma esperaba ver la reunión sin ser vista y espiar así a sus invitados, viendo cómo interactuaban unos con otros. Pero lo que no esperaba era ver que ya había allí alguien.

-Se supone que no deberíais estar aquí- dijo con voz imperiosa a la figura fuerte y de cabello oscuro que estaba apoyada sobre la balaustrada. El reprendido se asustó y se dio la vuelta avergonzado, mirando a la princesa con aire asustado.

-Perdonad Alteza, ya me voy- murmuró inclinándose ante ella, pero cuando fue a pasar por su lado ella le retuvo colocando con delicadeza su mano en su muñeca. Le miró con los ojos muy abiertos, suplicantes y expectantes.

-No importa, si estáis conmigo podéis quedaros- los hombros de él se destensaron al ver que a los labios de Emma llegaba una radiante sonrisa y asintió agradecido - ¿qué es eso? ¿Ron? - preguntó señalado la petaca que él portaba en la mano, la cual había intentado esconder a su espalda. Killian asintió - ¿no se supone que hay normas en la que se os prohíbe beber?

-Sí, pero es una vieja costumbre que tengo desde que era un simple marino en un barco mercante. Además, la prohibición es solo para cuando estamos de servicio- aclaró él queriendo excusarse. Emma se encogió de hombros y se acercó a la balaustrada, apoyándose como él había estado antes y Killian la siguió, colocándose a su lado.

-En cierto modo, ahora estáis de servicio. Pero bueno, con tal de que no estéis borracho cuando estéis en el barco, supongo que no me importa- comentó ella con una pequeña risa -de todas formas ¿qué hacéis aquí?

-Necesitaba respirar. No me gusta especialmente bailar, por eso he venido a buscar un sitio tranquilo, y no me he parado a pensar que no debería estar aquí. Lo siento- se disculpó mirándola.

Ella volvió a encogerse de hombros, dándole a entender que no pasaba nada -Aunque no os guste bailar lo hacéis bastante bien, y lo habéis hecho conmigo varias veces.

-Me gusta estar con vos- después de eso los dos se sonrojaron y Killian se rascó la oreja, gesto que indicaba su nerviosismo.

Emma miró hacia abajo en dirección a la terraza del Gran Salón en donde se encontraban la mayoría de sus invitados y del que se podían escuchar las notas que emitían los violines y los diferentes instrumentos -Me gustan mucho estos acontecimientos y me encanta bailar, pero eso no quita que prefiera estar leyendo en la biblioteca o en el bosque, o montando a caballo con mi padre. Siento cómo todos los ojos se clavan sobre mí y sé que mi vida no me pertenece sólo a mí- se interrumpió y le miró a los ojos avergonzada por esa confesión. Sus gustos no eran los más apropiados para una dama, para la princesa, y temía la reacción de él. Pero él tenía la mirada clavada en ella, escuchándole comprensivo con atención y con ningún signo de reproche. Esa fue señal suficiente para seguir hablando -no me malinterpretéis, me gusta ser la princesa y pensar que mi reino me quiere, pero sé que esperan mucho de mí y creo que no voy a poder estar a la altura de mis padres. Ellos lograron vencer a la Reina Malvada y romper el maleficio del sueño que echó sobre mi madre, y después la Maldición Oscura, salvándome así a mí. Derrotaron al tiránico rey Jorge. Mi madre consiguió sobrevivir a pesar de haberse convertido en la bandida Blancanieves. Se encontraron el uno al otro y se convirtieron en amor verdadero y lograron reconstruir el reino y llevarlo a la paz y prosperidad en la que ahora vivimos. Vivir bajo esa sombra y pensar si seré capaz de continuar con su legado me atormenta todos los días.

-Vos también seréis una gran reina, Alteza. Lo seréis a vuestro modo, igual que ellos lo fueron al suyo. Se han preocupado para que cuando llegase vuestro momento de reinar lo hagáis sin tener que enfrentaros a todo lo que ellos hicieron, porque quieren lo mejor para vos. Aunque no tengáis todos los problemas que ellos tuvieron y con los que demostraron ser unos buenos dirigentes, tendréis que resolver otros y estoy seguro de que conseguiréis salir adelante.

Emma sonrió agradecida por su confianza en ella -Tengo miedo. Nunca se lo he dicho a nadie, pero me aterra pensar en que un día todo dependerá de mí, y me da miedo defraudar a mis padres. Llevo aprendiendo con mi padre todo lo que una reina debe saber, pero no sé si sabré tomar las decisiones correctas.

-Eso es algo innato en vos. Llegado el momento los miedos desaparecerán, miraréis por el bien del pueblo y sabréis lo que hacer. Y solo el hecho de preocuparos por ello ya os convierte en una gran reina. Os preocupáis por vuestros súbditos y movida por ello sabréis cómo comportaros- Killian se tomó la libertad de agarrarle la mano, mostrándole su apoyo, y ese gesto tan osado no fue rechazado por Emma.

-Además mis padres quieren que me case, porque pronto seré reina y es un peso muy difícil para que recaiga sólo en los hombros de una persona.

El semblante del capitán se tornó serio, y le soltó la mano - ¿Tenéis…? - le tembló la voz, y carraspeó en un intento de ocultar su turbación ¿tenéis ya algún pretendiente, o compromiso?

Ella negó con la cabeza, e intentó por todos los medios reprimir la sonrisa que asomaba a los labios al ver el cambio en su acompañante -Aún no. Aunque mi vida no sea completamente mía, me gustaría poder ser yo quien elija a mi compañero de vida. Si hay algo que me han enseñado mis padres es la importancia del amor verdadero- Él volvió a sonreír, satisfecho con su respuesta - ¿y qué hay de vos capitán? ¿Qué es el ser capitán de un barco tan importante? -cambió ella de tema; no quería que la conversación se volviera incómoda.

-También tengo que vivir bajo la sombra de alguien, mi hermano. Era el mejor capitán y el mejor hombre que he conocido- ella le miró comprensiva, y esa vez fue ella quien hizo el primer movimiento y colocó la mano sobre la de él, como él había hecho antes -mi infancia fue dura, trabajábamos como esclavos en un barco mercante y fue gracias a mi hermano por lo que conseguí un puesto en la Marina al servicio de vuestro padre. Mi hermano era mejor marino que yo, y mejor persona, y se ganó el respeto de todos y le nombraron capitán. Me ayudó a ser mejor hombre, y ser alguien digno de llevar la enseña de la corona, del Bosque Encantado. En cuanto murió me nombraron Capitán y temí no estar a la altura. Y aunque nunca alcanzaré a mi hermano, gracias a él tengo lo que tengo ahora.

-Vuestro hermano parece alguien encomiable- halagó ella -siento vuestra pérdida.

-Gracias amor- se interrumpió en el acto al darse cuenta de cómo la había llamado y mentalmente se pegó un puñetazo por haber ido tan lejos -p-perdonad alteza, tengo esa costumbre y no debería…-titubeó él, nervioso y avergonzado.

-Está bien, no os preocupéis- le interrumpió ella, antes de que el pobre hombre decidiese tirarse por el balcón por la vergüenza. Le miró de reojo y en su mente reprodujo esa palabra. ¡Qué bien sonaba salida de sus labios! Secretamente esperó que en un futuro volviese a llamarla así.

-Lo siento mucho -titubeó por unos segundos antes de continuar -Aunque me encanta ser el capitán del Jolly Roger, y tengo el respeto de todos los marineros, a veces pienso en lo que me gustaría dejar todo de lado y qué se yo, convertirme en un pirata- dijo él riendo.

- ¿Un pirata? - preguntó ella entre extrañada y divertida -no creo que sea muy inteligente decirle a la princesa, y futura reina, que os gustaría ser un pirata, ya que tengo el poder de mandaros apresar y ejecutaros.

-Pero no creo que hagáis eso, ¿verdad Alteza? - dijo él bromeando.

-No os toméis demasiadas libertades Capitán Jones- respondió ella, siguiéndole el juego -decidme, ¿por qué querríais ser pirata?

-Porque por lo menos siendo pirata sería completamente libre. Nunca he sido un hombre de seguir las órdenes y tener que responder ante un superior. Mi pasión es el mar, y si por mi fuera apenas pisaría tierra para recoger provisiones, así sí sería completamente libre. Aunque lo de robar, saquear y matar no me parece muy bien.

-Menos mal los dos se rieron a carcajadas, pero luego, al calmarse, Emma continuó seriamente -Os entiendo. Ojalá ser una mujer normal, como cualquier otra, y poder hacer lo que me diera la gana- suspiró -pero no siempre tenemos lo que queremos.

Killian le sonrió afectuosamente y colocó una mano amable en su desnudo brazo -Podríamos los dos ser piratas. Estoy seguro de que haríamos un buen equipo -ese comentario consiguió que Emma soltara una sonora carcajada y su semblante volviera a iluminarse con una sonrisa.

Cambió de conversación y tímidamente le preguntó -Perdonad mi impertinencia, pero ¿hay alguna señora Jones? ¿O que lo vaya a ser dentro de poco? -le miró por el rabillo del ojo, los colores volviendo a subir a sus mejillas y sin el valor suficiente de mirarle directamente a los ojos, y pudo comprobar que una pequeña sonrisa asomó a los labios de Killian. ¿Estaría celosa la princesa? Se preguntó él burlón.

-No. Ni mujer ni pareja -Killian se acercó más a ella y con dedos inseguros le recogió un mechón de pelo que se había soltado y lo colocó detrás de su oreja, tardando más de lo necesario en hacerlo. Acarició lentamente esa pequeña cantidad de pelo, disfrutando de su suave tacto, y con el dorso de la mano rozó casi sin querer su mejilla. Ella contuvo el aliento -Si la tuviera no creo que ella me hubiera dejado bailar con vos, ni estar a solas -Emma intentó ocultar la reacción de felicidad que esas palabras le causaron. Ni siquiera sabía por qué se alegraba. Mirando fijamente a los ojos de Killian, permitió que él siguiera jugueteando con su pelo mientras ella intentaba controlar su respiración. Se preguntaba qué le estaba haciendo ese hombre, y por qué sentía un cosquilleo en su interior, como si fuera a explotar. Y sabía por su expresión que por la mente de él pasaba ese mismo pensamiento.

Poco a poco él empezó a inclinarse sobre ella, lentamente, de modo casi imperceptible. Sus manos ya habían dejado su cabello, y con los nudillos le acariciaba tiernamente la mejilla, mientras su otra mano estaba apoyada en la barandilla, pegada a la suya, de manera que sus dedos casi se tocaban. Emma no podía dejar de mirar sus labios, esos labios recubiertos de barba, esos labios carnosos que se acercaban a los suyos. Sentía su mirada penetrante en ella, y cómo esta alternaba entre sus ojos y sus propios labios. Sus bocas estaban apenas a unos centímetros, pero de pronto el nerviosismo la invadió y se separó bruscamente de él. Cerró los ojos tratando de controlar la respiración y mantener la compostura.

-Deberíamos irnos- susurró con voz temblorosa -no es apropiado que estemos los dos aquí, solos, y prácticamente a oscuras. Además, vos ni siquiera deberíais estar aquí.

Él asintió apenado por haber perdido ese momento -Lo que mandéis, Alteza- se inclinó ante ella, besó suavemente su mano, sin despegar los ojos de los suyos, y se dispuso a marcharse.

Emma pudo ver el dolor en sus ojos al haberse apartado de él tan bruscamente pero no podía, no debía, dejarse llevar así. Al fin y al cabo, ella era la princesa, y debía comportarse como tal. Y eso incluía no andar besando al primer hombre que se cruzaba en su camino, por muy apuesto y amable que fuera.