CAPÍTULO 7

El Capitán bajó los escalones y volvió a incorporarse a la fiesta. Se mezcló con la gente y se juntó a sus compañeros, pensativo. Se castigaba por su osadía al haber intentado besar a la princesa, haberla cogido de la mano, enfadándose consigo mismo porque era obvio que había malinterpretado las señales. ¿Cómo era tan tonto como para haberse creído que ella querría besarle? Ella era la futura reina de Misthaven y él no era más que un simple Capitán de barco. Poco después ella apareció por la puerta y en poco tiempo fue rodeada por los invitados.

Echó una ojeada al reloj y viendo que ya era un poco tarde y además ya estaba cansado, decidió irse. Como le dijera a la princesa en otra ocasión no le gustaban esos actos sociales, y la única razón por la que se había quedado más tiempo de lo estipuladamente correcto era por ella, por estar un poco más de tiempo a su lado y poder seguir observando su sonrisa.

Miró entre los bailarines y vio el intenso color rojo del vestido de Emma, que resaltaba frente al azul o beige de los hombres del Ejército, dependiendo de a qué rama pertenecieran, y a los colores pálidos de los vestidos de las damas. Con paso firme se acercó a ella.

- ¿Me permitís? - preguntó inclinándose y extendiendo la mano hacia ella. Emma sonrió abiertamente, y su compañero le ofreció su mano, inclinándose después y desapareció.

-Un placer volver a bailar con vos- dijo ella con voz rimbombante, haciendo que los dos se rieran. Emma se había sentido un poco culpable por haberle rechazado tan bruscamente cuando estuvieran solos en el balcón, así que estaba contenta de que se hubiera vuelto a acercar a ella.

-Quería despedirme, después de este baile me retiraré. Mañana debo madrugar, tengo que pasar revista a mis hombres, y va a ser una mañana larga- explicó él, soltándole la cintura y haciendo que ella girara sobre sus pies.

-Lamento que tengáis que marcharos- respondió ella, y realmente lo lamentaba.

Por unos cuantos acordes más no dijeron nada, perdidos en los ojos del otro, moviendo los pies lentamente, los cuerpos más pegados de lo que deberían. Emma podía sentir cada fuerte músculo debajo de esa pulcra casaca y estaba segura de que él podía sentir su palpitante corazón golpeando aceleradamente contra su pecho, y no precisamente por el movimiento de los bailes.

-Disculpadme por lo de antes, siento haberme sobrepasado. No creáis que voy besando a princesas nada más conocerlas. Ha sido un error- tenía una expresión culpable en el rostro y no pudo mantener su mirada. Ella se sonrojó y negó con la cabeza.

-Por favor, no lo hagáis. Soy yo la que se ha apartado bruscamente- él asintió, aún inseguro, pero ninguno de los dos quiso seguir con el tema, ambos nerviosos por lo que ese momento había significado para ellos, e imaginando qué hubiera pasado si ella no se hubiera separado, cómo hubiera sido ese beso.

-Alteza- llamó él su atención, sacándola de su ensimismamiento. Volvió a posar su mirada en sus ojos, y con ello le prestó atención -me gustaría…- empezó nervioso -querría volver a veros, y me preguntaba si la tarde de mañana podríamos pasarla juntos.

Emma sonrió, enternecida por el nerviosismo de él, que se reflejaba en su voz temblorosa -Me encantaría. Venid cuando queráis, yo me aseguraré de tener la tarde libre, y podemos dar un paseo por los jardines o el bosque.

Killian parpadeó unas cuantas veces, incrédulo. No pensaba que ella fuese aceptar su propuesta. Rápidamente se recompuso y le ofreció una sonrisa -Estaré esperando con ansias.

Agotada, Emma subió los dos tramos de escaleras que llevaban hacia su alcoba. Como anfitriona, había tenido que esperar a que los últimos invitados se fueran y luego dar instrucciones a los criados para que recogieran todo de forma correcta, dejando para el día siguiente o, mejor dicho, para unas horas más tarde, aquello que no fuera tan urgente, como mesas o divanes.

Entrando en su habitación y cerrando la puerta con cuidado, se quitó el pesado vestido, dejándolo tirado detrás de ella en el suelo, sabiendo que al día siguiente se iba a ganar una reprimenda de su doncella Nadia, pero no le importaba. Se quitó el corsé, con un poco de dificultad, pues estaba acostumbrada a que se lo desataran, y se puso el suave camisón de lino. Se lavó la cara, se cepilló la larga melena y contenta se metió en la cama, dejando que las pesadas mantas le taparan el cuerpo, aunque no hiciera mucho frío.

A pesar de estar muerta de sueño no consiguió dormirse. Cerraba los ojos y solo veía unos preciosos ojos azules, unos gruesos y apetitosos labios y unas fuertes y callosas manos que acariciaban tiernamente su piel. Abrió los ojos de golpe, '¡No!' gritaba su mente, deja de tener esos pensamientos.

Oía el reloj de péndulo del gabinete de su padre, que estaba en el otro extremo del pasillo, que daba las horas; y a los criados, que silenciosamente se retiraron a sus dormitorios, hasta que ella fue la única persona despierta en el castillo. Siguió dando vueltas, un lobo aulló en la lejanía; un cuerpo pegado al suyo, una mano ajena sobre la suya, unos labios contra su boca, sus dedos acariciando ese pelo oscuro. Soñó con él, y fue un sueño bonito, un sueño de futuro.

La luz del sol la sacó de esos bonitos sueños, y aunque estaba cansada, no le importó despertarse. Era una bonita mañana, el sol entraba a raudales, acariciando su piel con sus cálidos brazos y los pájaros cantaban. Además, le esperaba una buena y agradable tarde.

Con una gran sonrisa se levantó de la cama y se lavó la cara en la jofaina, estaba de buen humor. Ni siquiera las quejas y enfados de Nadia por el vestido tirado en el suelo, tal como había previsto el día anterior, le hicieron mella. Alegremente escogió un sencillo vestido verde y lo dejó en la cama. Pidió perdón a la doncella por el vestido de la noche anterior y le dio un beso en la mejilla. Su buen humor se contagió a las doncellas, que se miraron con complicidad, aunque sin decir nada.

Cuando horas después, a la hora de comer, bajó al comedor se encontró que los reyes ya estaban ahí. Se sentó como siempre a la derecha de su padre. Aparte de ellos tres, la mesa estaba vacía. El servicio comería más tarde en las cocinas, y el resto de los cortesanos que vivían en el castillo lo harían más tarde, puesto que los horarios de ese día habían sido trastocados debido al baile de la noche anterior.

-Cariño, te felicito por el fantástico baile de ayer. Supiste prepararlo todo para que fuese muy agradable- alabó su madre, como siempre con una gran sonrisa. Emma sonrió también, agradecida - ¿te lo pasaste bien?

-Sí, mamá. Aunque nunca imaginé que pudiera ser tan pesado organizar yo sola algo así, pero valió la pena.

-Además volviste a ver a cierta persona- comentó su madre con picardía. Las mejillas de Emma se volvieron como la grana y bajó la cabeza tratando de ocultar una sonrisa.

-Me gustó ese Killian Jones- intervino entonces su padre en la conversación, mirando cariñosamente a su hija - ¿cuándo volveremos a verle?

-Nos veremos esta tarde. Iremos a dar un paseo- respondió ella. Su madre sonrió orgullosa y contenta por su hija.

-Vaya, yo quería salir contigo a cabalgar esta tarde- intervino su padre -pero supongo que el amor es más importante.

Emma le miró disculpándose -David, déjala- advirtió Blancanieves, y su esposo levantó las manos en derrota.

- ¿Y qué hay de Neal?

-Papá, Neal no me gusta, nunca me gustó. Recuerda que accedí a verle y le di una oportunidad por ti y a pesar de llevar unos meses conociéndole no siento nada por él -Emma ya estaba cansada de ese tema de conversación. Su padre no hacía más que volver a lo mismo, preguntándole siempre que podía si había reconsiderado su propuesta.

-Ayer se os veía bien juntos.

-Somos amigos. Hemos llegado a conocernos bien, y aunque sé que le gusto no le correspondo.

- ¿Te gusta Killian? - intervino la reina, tratando de calmar la situación.

Emma respiró otra vez tranquila y sonrió -Si- respondió encogiéndose de hombros -me gusta, y creo que él siente lo mismo. Pero no quiero precipitarme.

David volvió a abrir la boca para seguir discutiendo, pero su mujer le interrumpió -Cariño, deja que sea ella quien elija. Ya tuvimos esta conversación.

Dieron por zanjada la conversación y pasaron a temas más amenos. Emma apenas participó de esa conversación, estaba más metida en sus pensamientos, y en la expectativa de volver a verle esa tarde. De vez en cuando David le echaba una ojeada. Conocía demasiado bien a su hija y sabía qué significaban cada una de las expresiones de su cara, y la que tenía en ese momento era una nueva. Estaba enamorada. Se hizo a sí mismo la promesa de que no volvería a entrometerse en los sentimientos de su hija. Aunque quería que ella se casara con el príncipe y así tener más estabilidad, quería sobre todas las cosas que Emma fuera feliz, y si ello conllevaba estar con ese Capitán, él lo aceptaría contento por ella. Anotó en su mente que tenía que hablar con sus consejeros sobre cómo mejorar la economía, pero quedando Emma fuera de la ecuación. Suspiró volviendo a mirar a su hija por el rabillo del ojo, que en ese momento sonreía con ojos soñadores. Pasara lo que pasase, no quería perderla.