CAPÍTULO 8
El mayordomo la interrumpió mientras estaba en un pequeño despacho poniendo en orden los papeles de los últimos impuestos. Le informó de que el Capitán Jones estaba abajo y ella, sin perder tiempo, corrió a su habitación a coger una capa antes de bajar para reunirse con él. No hacía mucho frío, esa primavera estaba siendo más calurosa que otros años, pero nunca se sabía, además, ¿cuánto tiempo estarían fuera?
Lo encontró en una de las pequeñas salitas de la entrada principal del castillo, esperándola de pie y mirando a su alrededor, visiblemente nervioso por el hecho de estar allí y en aras de dar un paseo a solas con la princesa. Ella se quedó quieta en el umbral, mirándole mientras él, de espaldas a ella, miraba por la ventana, hasta que por fin se dio la vuelta y se percató de su presencia. Emma le sonrió dulcemente, y él respondió a la sonrisa.
- ¿Nos vamos?- preguntó ella delicadamente, casi con timidez. Él asintió y en dos pasos estuvo a su lado, los dos caminando hacia el exterior. Killian le ofreció su brazo graciosamente y ella deslizó su mano por el hueco del brazo y se enganchó ahí.
Anduvieron por unos minutos en silencio, caminando en dirección a los jardines, aunque sin rumbo fijado, ambos un poco más tímidos que de costumbre. Ellos nunca habían estado realmente solos, a pesar de haber compartido unos momentos únicamente ellos dos. Pero no era lo mismo intercambiar unas pocas palabras, por muy intensas que fueran, en una fiesta, que el estar paseando, teniendo la completa atención del otro y todo el tiempo que quisieran. Pero ninguno de los dos era tímido, y en otras circunstancias la conversación hubiera salido fluida, era solo que estaban nerviosos, la atracción que había entre ellos era demasiado intensa.
- ¿Qué tal ha ido vuestro día, Capitán? -preguntó ella, rompiendo por fin el silencio -¿habéis tenido una mañana muy ajetreada?
-La verdad es que sí- respondió él riendo -he tenido que madrugar para pasar revista a mis hombres. Además, han venido los nuevos reclutas y había que darles sus navíos de destino y sus puestos. A media mañana los altos mandos nos hemos reunido y ha sido eterno y he dado las órdenes de las nuevas misiones. En dos semanas me embarcaré de nuevo. Gobernar una flota no es fácil- comentó con humor -el día se me ha hecho muy largo y lento porque estaba deseando que llegara este momento y así veros -Emma, que le había estado mirando atentamente se sonrojó y cuando él bajó la mirada para observarla ella le sonrió - ¿y qué hay de vos, Mi Señora?
-Mi día sin duda ha sido mucho más tranquilo que el vuestro. He supervisado que todo lo que quedó ayer por recoger se hiciera bien y luego me he encerrado con mi padre y dos de sus consejeros en el despacho. Vamos a cambiar las leyes con respecto a los duendes. Pero como todos estábamos cansados por el baile no ha sido un día muy movido- Killian asintió, dedicándole una sonrisa -habéis dicho que en dos semanas volvéis a iros, ¿a dónde?
-A Mairena, una de las islas del sur. Hay revueltas entre sus habitantes, dicen que no pertenecen al reino de Misthaven y no están dispuestos a aceptar vuestras órdenes.
-Es verdad, mi padre me comentó sobre ello el otro día- intervino Emma pensativa. Después le miró a los ojos, con expresión preocupada - ¿tendréis cuidado? Son gente peligrosa, movidos por el odio, que además cuentan con la ayuda de brujas.
-No os preocupéis, Alteza, os prometo que tendré cuidado- le aseguró él, halagado al ver la preocupación en sus ojos. Ella asintió, sonriendo complacida al mismo tiempo que él levantaba su mano a sus labios y le besaba los nudillos.
-Tendremos que aprovechar estas dos semanas antes de que os vayáis. Os echaré de menos- murmuró ella tímidamente, aunque quiso poner en alto sus pensamientos y sentimientos hacia él. Killian la miró sonriendo con ternura y con su mano libre le acarició con delicadeza la mejilla. Ella se apoyó contra su mano.
Siguieron caminando. Habían paseado por los jardines del palacio hasta llegar a la entrada sur, por donde habían salido, dejando atrás el castillo. Iban bajando despacio por la colina sobre la que estaba levantada la enorme vivienda. Los fuertes rayos del sol calentaban a la pareja e iban alargando sus sombras por delante de ellos. Al llegar al pie de dicha colina entraron al bosque y la suave brisa que movía las ramas y las hojas les alivió el calor de antes. Emma seguía agarrada del brazo de Killian, ambos caminando lentamente, dejando que el tiempo transcurriera entre ellos, y olvidándose de su ajetreada vida, al menos por una tarde.
-Ayer me disteis una pequeña visión de lo que era ser princesa, pero ¿podríais contarme más?
Emma se rio por esa pregunta, pero se dispuso a contestar -Todo el mundo cree que ser de la realeza es algo fácil. Que tienes muchos sirvientes que obedecen tus órdenes y que tú no haces nada. Que todo son fiestas, bailes, paseos al sol y viajar. Y aunque eso es cierto, no es tan bonito como se cree. Hay fiestas y bailes, pero en la mayoría de ellos se hacen pactos y se establecen alianzas, por eso su preparación debe ser perfecta y nuestro comportamiento en ellos, más perfecto aún. Los viajes no son por placer, son para asegurarse de que nuestras posesiones siguen bien, de que todos los súbditos se encuentren cómodos, para atender quejas, problemas o para tener reuniones con otros reyes. Tu vida no es solo tuya, eres el centro de atención, todo el mundo te mira, quiere saber de ti y vigila cada paso que des, siempre esperando que hagas algo mal para criticarte. Siempre hay algo que hacer, una guerra que preparar, una ley que cambiar, unos impuestos que redactar y una petición que atender, de modo que momentos libres hay pocos.
-Pero todo el mundo os quiere.
-Casi todo el mundo. Pero lo hace más que nada por ser la hija de quien soy. Como os dije ayer, vivo bajo la sombra de mis padres y con la presión de miles de expectativas- el gesto de su rostro cambió, y otra vez esa expresión de pesadumbre, de agobio, volvió a inundarla.
-Y como os dije ayer, lo sabréis hacer estupendamente. Confío en vos, al igual que la mayoría de la gente, y sabréis hacer las cosas de la manera correcta, a vuestro modo- Emma sonrió, aunque no respondió.
Mientras tanto habían cruzado el bosque por su parte estrecha, y habían llegado al valle. Desde allí, en medio del cauce del río, ensanchado en su desembocadura, que servía de protección al castillo, estaba el castillo en una pequeña isla, y se veía en toda su extensión. Se levantaba imponente sobre la colina, con sus miles de torreones siempre vigilados sobre los cuales ondeaban las banderas con el emblema real. Detrás de la colina, las montañas que bordeaban la costa y el mar. En el mismo lado de la orilla donde ellos estaban, hacia la izquierda, muy a la izquierda, el pueblo más cercano, un pueblo de pescadores y marineros donde atracaba la flota y Killian vivía.
Emma sonrió al ver esa visión del río, que, en ese momento, al no ser azotado por el viento, estaba en perfecta calma. Aunque esa calma era engañosa, ya que hacia el centro de aquel río de vez en cuando había remolinos, que habían hecho temblar de miedo a muchos pescadores cuando habían caído en sus aguas al salir en sus pequeñas embarcaciones. Un recuerdo asomó a su mente y apartándose de Killian se dirigió hacia la orilla. Killian la siguió despacio.
-Aquí solíamos venir August y yo. Cuando entramos en esa edad de la infancia en la que la curiosidad lo puede todo me ayudaba a escaparme de mi aya. Entonces, cubiertos con capas y corriendo sin detenernos llegábamos hasta aquí y pasábamos la tarde bañándonos. Volvíamos cuando ya empezaba a anochecer y siempre nos encontrábamos con ella esperándonos y nada más vernos empezaba a regañarnos. Además, más de una vez enfermamos por volver mojados y con viento. Pero ya hace mucho que no venimos.
Killian la miró divertido. Le agradaba descubrir una nueva faceta de la princesa, una que no fuera responsable y regia, tal y como se mostraba a todos, sino una que era traviesa y rebelde. Pero vio en su rostro una expresión de añoranza por esos juegos infantiles y esa despreocupación propia de los niños y se dio cuenta de que la princesa Emma de Misthaven había tenido que crecer antes que los demás de su edad para aceptar su posición. Amablemente le agarró de la mano y la guio hasta el borde del agua donde se sentaron sobre unas rocas.
-No es lo mismo que cuando erais pequeña, pero por lo menos podéis disfrutar de la sensación del agua- Emma sonrió dulcemente. Se desabrochó la capa para que no se mojase y se quitó los zapatos para meter los pies en el agua fría. Killian la imitó y se sentaron uno al lado del otro -Si no os importa que pregunte, ¿quién es August?
-Es mi mejor amigo. En realidad, su nombre es Pinocho, así le llamó su padre cuando era de madera y le talló con la madera de un pino. Su padre es Geppeto, el carpintero real. Es tres años mayor que yo y es de los pocos niños que había en el castillo cuando yo era pequeña. A los dos nos gustaba la aventura y meternos en líos, así que nos hicimos amigos.
-La vida en el castillo debe ser aburrida para un niño, ¿verdad?
-Demasiado- respondió ella haciendo énfasis en la palabra para darle más fuerzas, y los dos se rieron después de eso -como he dicho, no había muchos niños. Y los pocos que había eran aburridos. La hija de la cocinera, que tiene mi misma edad, hablaba siempre con un tono afectado porque se creía importante con solo vivir en el castillo, lo que la hacía insoportable. A pesar de que yo soy la princesa y que podría hacerla encerrar o lo que me diera la gana, siempre me miraba por encima del hombro porque me gustaba más correr o aprender el manejo de la espada que tomar té. Y los otros amigos que tenía eran los príncipes y princesas de otros reinos, a los que solo veía en ocasiones contadas. Y aún hoy apenas los veo. Mi mejor amiga es Elsa, la reina de Arendelle, a la que hace más de un año que no veo.
Emma suspiró resignada y se encogió de hombros restándole importancia. Ya estaba acostumbrada, y estaba de más quejarse porque con eso no conseguía nada. Por lo menos tenía allí a un amigo al que podía ver todos los días. Tenía a su padre, con quien tenía una estrecha relación y todos los días encontraban un momento para estar juntos, o cabalgando, o enfrentados con las espadas o jugando al ajedrez. Y ahora tenía una nueva persona a su lado que parecía mostrar interés por ella, y no sólo por su título y posición, por su corona y su riqueza, sino por ella misma, por su persona, que se preocupaba por conocerla, y eso le agradaba.
El capitán del Jolly Roger la miró compasivo y le agarró la mano, que en ese momento estaba en su regazo, y llevándola a sus labios le besó los nudillos.
La semana pasada no pude subir capítulo. Ha sido una semana mala y la verdad he estado muy desparecida, pero aquí vuelvo, con más energía que nunca. En compensación, esta voy a intentar subir otro capítulo. Espero llegar pronto a casa después de clase, si no, mañana lo subo, I promise.
