CAPÍTULO 9

Durante las dos semanas que siguieron, antes de que Killian tuviera que marcharse, siguieron viéndose. No todos los días, pues ellos también tenían otras obligaciones y reunirse con otras personas, además de que Emma aún seguía viéndose con el príncipe Neal. Emma no le había contado nada a Killian acerca de Neal. Lo había pensado muchas veces, pero ni siquiera podía definir con una palabra concreta lo que tenían ella y Killian. Podían hablar durante horas y horas y se sentía cómoda con él, pero no quería asustarle ni llevarle a tomar una decisión de la que no estuviera seguro, o en la que ambos no estuvieran preparados.

A pesar de que pasaba muy buenos momentos con Neal y habían llegado a establecer una relación de confianza, no era lo mismo que con Killian. Los días que quedaba con el capitán estaba siempre nerviosa, aunque una gran sonrisa asomaba a sus labios, estaba de mejor humor y hacía todo con alegría; en cambio con el príncipe no, y muchas veces se arrepentía de haber hecho planes con él en vez de haberse quedado en el castillo distrayéndose con cualquier otra cosa. Esperaba ansiosa las visitas de Killian e incluso se arreglaba un poco más para él. Deseaba su compañía, la conversación y quería conocer más sobre él. Pero como era mujer de palabra complacía a Neal, y con ello a su padre.

Esas dos semanas disfrutaron de la compañía del otro y poco a poco fueron conociéndose; sus gustos, aficiones, sus miedos, aspiraciones. Eran capaces de reír a carcajadas y también de confiar en el otro sus preocupaciones. La compañía del otro era un descanso y cuando se separaban los dos lo hacían apenados, aunque expectantes por la siguiente vez.

Durante ese tiempo dieron más paseos por el bosque aprovechando el buen tiempo de la primavera, montaron a caballo, practicaron el manejo de la espada una vez que él llegó cuando ella estaba enfrentándose al maestro de armas. Otra vez comieron en un prado, bajo la sombra de un árbol; fue esa vez cuando se dieron su primer beso. Al mismo tiempo que el bosque florecía, lo hacía su amor.

Con la promesa de que esa tarde llegaría pronto para así ayudar a su padre; y como ese día Killian no tenía nada que hacer, fue por la mañana a verla y Emma y Killian salieron a medio día del castillo, llevando colgada en el brazo una cesta que les había preparado la cocinera. Se adentraron en el bosque hasta llegar a un gran claro. Se sentaron en el borde de este, a la sombra de un pino y sobre la verde y mullida hierba, rodeados de pequeñas flores, margaritas. Extendieron una manta sobre la que colocaron la cesta.

Picotearon la comida casi con desgana, más centrados en hablar o relajarse al sol. Emma estaba tumbada con la cabeza en el regazo de él, mientras Killian le acariciaba suavemente el pelo, la frente, la mejilla. Con esa tranquilidad y esas caricias, además de los rayos del sol y la suave brisa, Emma se quedó dormida con una pequeña sonrisa. Killian aprovechó para mirarla. Era hermosa. Muy hermosa. La persona más hermosa que hubiera visto nunca. Estaba seguro de que los ángeles tendrían el mismo aspecto que ella.

Se inclinó y le dio un suave beso en su frente, apenas fue un roce para no despertarla, y pensó que le gustaría poder hacer eso por el resto de su vida. Poder tenerla entre sus brazos, poder besarla siempre que quisiera, no solo en la frente o en los nudillos, sino también en esos perfectos labios. Pensó que le gustaría seguir compartiendo con ella esos pequeños momentos que habían tenido a lo largo de esos días, y poder crear más. Pensó en que le gustaría poder considerarla como suya, y que ella hiciera lo mismo con él.

Aprovechando que estaba dormida dejó volar su imaginación. Pensó que le gustaba hacerla reír y sonreír, pensó que le gustaba tenerla colgada de su brazo mientras caminaban, pensó en lo bien que encajaban sus manos cuando se las agarraban, pensó en lo dulce que era su olor, pensó en lo contento que le hacía. Se permitió también imaginar cómo se vería vestida de blanco, cómo sería colocar un anillo en su dedo, cómo sería estando embarazada de su hijo, cómo se vería cogiendo en brazos a ese bebé. Miró su cara relajada y su pequeña sonrisa y él también sonrió. Era increíble lo feliz que le hacía estar con ella.

De pronto se encontró mirando hacia unos ojos verdes. Emma se había despertado, y le pilló mirándola fijamente. Sostuvieron la mirada embelesados, ojos verdes clavados en ojos azules, ambos con sonrisas. Por fin fue Emma la que desvió la mirada y se incorporó, dejando una sensación de frío en aquel punto en el regazo de Killian donde había estado apoyada.

-Me he quedado dormida, deberíais haberme despertado- se quejó, aunque estaba aún sonriendo y agradecida por ese momento de descanso.

-Estabais relajada y en paz, no quería hacerlo- ella le respondió con una sonrisa agradecida. Entonces se puso de rodillas y comenzó a meter las cosas en la cesta.

-Deberíamos irnos. Sabéis que tengo que estar esta tarde en el castillo- Killian la ayudó, y una vez estuvo todo metido los dos se pusieron de pie sacudiéndose sus ropas. Killian alargó la mano para agarrar la cesta, y mientras las manos de los dos agarraban el asa, volvieron a mirarse a los ojos, con una pregunta escrita en ellos que ninguno de los dos se atrevía a formular.

Killian no había intentado volver a besarla desde aquel intento fallido en el baile, temeroso de su reacción, pero en ese momento pensó que valía la pena volver a intentarlo, porque esa vez estaba seguro de que ella sentía lo mismo. Avanzó un paso hacia ella, de modo que sus cuerpos casi se tocaban y no apartó la mirada. Se inclinó unos centímetros, despacio, no queriendo asustarla, y antes de darse cuenta ella ya había pegado sus labios con los de él. Ambos soltaron la cesta, que cayó y quedó olvidada en la hierba por el tiempo que duró ese instante. Con los ojos cerrados movían sus lenguas al compás, en una lucha de pasión que demostraba lo bien que se sentían junto al otro. Killian rodeó fuertemente su cintura con ambos brazos y ella llevó sus manos a su cuello y metió los dedos entre su pelo. Furiosamente movían sus bocas, dejándose llevar por ese impulso primario hasta que, faltos de aire, se separaron jadeantes, aunque mantuvieron sus frentes juntas, ambos respirando el mismo aire. Emma fue la primera en recuperarse y después de alternar su mirada entre sus ojos y sus labios, volvió a echarse hacia delante, buscando otro beso, que él le dio encantado.

Volvieron caminando lentamente, cogidos de la mano, y con sendas sonrisas en sus labios. Iban andando en silencio, demasiado cohibidos por lo que acababa de pasar como para hablar, pero sin estar avergonzados; se había sentido bien. Al llegar a las puertas del palacio, Killian le tendió la cesta a una de las criadas y se despidieron. Él, no queriendo sobrepasarse, se inclinó ante ella y le dio un beso en los nudillos, aunque a ella le hubiese gustado que el beso fuera en sus labios. De todas formas, el recuerdo de su boca en la de ella aún cosquilleaba en sus labios.

Después de cambiarse de ropa bajó a la sala donde se reunía el consejo para atender a una asamblea donde se habló de una posible solución a la crisis, volviendo a comerciar con el poderoso reino de Dargrauth. Asamblea de la que ella apenas se enteró, y luego fue con su padre al despacho. A pesar de las tareas que tenía que hacer su mente estaba distraída y tenía una gran sonrisa en la cara. Su padre la observaba detenidamente, sin poder ocultar él mismo una sonrisa, y dejó que la imaginación de su hija vagase. Sin duda, últimamente se la veía mucho más feliz.

Emma miraba la gran cantidad de pergaminos a su alrededor, pero sin ver lo que había en ellos. ¿Qué eran todos esos papeles, y que significaban esos garabatos escritos? Solo pensaba. Pensaba qué pasaría si se casara con un Capitán de la Marina, y no con un príncipe. ¿Qué dirían de ella? Sabía que sus padres la apoyarían, al fin y al cabo, ya se lo habían dejado claro, pero hasta ese momento no se había planteado las repercusiones que eso pudiera tener, ni lo que pensarían los nobles. Más aún si se enteraban del ofrecimiento de estabilidad y prosperidad que el Reino del Norte les había ofrecido en la forma de su príncipe heredero. Unir dos reinos poderosos no era una oferta que apareciese todos los días, y ella la había rechazado casi sin pensarlo, solo por buscar su propia conveniencia y felicidad. Pero esa parte de ella que seguía siendo rebelde le decía que eso daba igual, que no importaba lo que los demás pensaran siempre y cuando tuviera a Killian.

Después de que su mente tomara esa resolución dedicó sus pensamientos a algo más agradable. A ese beso. Era la primera vez que la besaban y se alegraba que hubiera sido alguien que de verdad le gustaba. Había sido una sensación muy agradable y que se moría por repetir. El calor que emanaba del cuerpo de Killian al estar tan juntos, sus manos en su cintura, estrechándola delicadamente, y la sensación de sus gruesos labios sobre los suyos, con su corta barba rozando sus labios, nariz y barbilla en un cosquilleo agradable. Su lengua dentro de su boca, luchando con su propia lengua, aunque no de forma posesiva. Y luego cómo la miraba al separarse. Ese mar que había en sus ojos y que reflejaba la admiración y el amor que sentía por ella le habían provocado la necesidad de volver a besarlo, de volver a probar su sabor.

Dos días antes de que Killian tuviera que partir fue al castillo a ver a Emma. Ese día no se habían citado, pero como el día siguiente sería uno ajetreado con los últimos preparativos para su nueva misión, pensó que sería mejor despedirse de ella antes por si no tenía la oportunidad de verla.

Nada más llegar al castillo los guardias le cerraron el camino y el mayordomo se acercó a él preguntándole qué quería.

-Disculpadme por venir sin avisar, pero ¿está la princesa? Soy el Capitán Killian Jones, amigo de Su Alteza Real. ¿Podría verla? - preguntó con decisión. El mayordomo le miró de arriba abajo hasta que por fin le reconoció como el marino que llevaba varias semanas rondando a la princesa.

-Creo que ahora no está disponible. Pero si queréis acompañarme, esperad dentro y en seguida os informaré- el mayordomo guio el camino hacia el vestíbulo y le abrió una puerta. Entró en una salita, la cual ya se conocía de memoria porque era en la que había esperado a Emma la mayoría de los días. Como todas esas otras veces no se sentó, sino que se quedó mirando las paredes y el techo perfectamente decorados mientras con pasos grandes recorría la longitud de la habitación. No le agradaba la idea de irse y separarse de Emma, se había acostumbrado a verla casi todos los días, o por lo menos a saber que ella estaba cerca, pero ahora tenía que echarse a la mar por no se sabía cuánto tiempo, y aunque eso nunca le había importado, al fin y al cabo, el mar era su amor, eso había cambiado y le angustiaba tener que dejarla atrás. Se quedó mirando un extraño jarrón que habían colocado en la sala recientemente, ya que era la primera vez que lo veía. Seguramente provenía de una tierra lejana y extraña. Ya se sabía de memoria esa decoración, y había visto cómo era el Gran Salón, pero no paraba de preguntarse cómo serían el resto de las habitaciones. Cómo sería el segundo piso, y el tercero, y los torreones. Y cómo sería la alcoba de Emma. Seguramente estaría perfectamente decorada, siguiendo el exquisito gusto de la princesa. Sería luminosa y acogedora, igual que ella. Se preguntó cómo sería compartir dicha habitación con ella. También se preguntó qué tipo de decoración escogería para la de sus hijos.

Sus pensamientos fueron interrumpidos por la puerta abriéndose lentamente y el carraspeo de una mujer. Se dio la vuelta y se encontró mirando a una doncella joven con cara traviesa.

-Señor, la princesa Emma no se encuentra ahora mismo en el castillo- mirando detrás de ella, como asegurándose de que no había nadie más ahí con ellos, se acercó más a él hasta quedar enfrente y susurrando le confesó -ha salido con el príncipe Neal. Se rumorea que están comprometidos. Su Alteza aún no ha dicho nada para anunciarlo, y sus doncellas no me dicen nada, pero el príncipe le pidió su mano al rey hace ya más de tres meses y desde entonces se ven muy a menudo y a ella se la ve feliz y enamorada- el rostro de Killian quedó demudado ante esta nueva información. ¿La princesa estaba prometida? ¿Cómo era posible? Al ver la palidez en el rostro del hombre delante de ella, la joven abrió mucho los ojos, asustada -lo siento mucho, no debería haber hablado de esto, nunca consigo medir mis palabras- murmuró nerviosa -señor, ¿os encuentráis bien?

-Sí, estoy bien- contestó Killian con el rostro serio y la voz temblorosa.

- ¿Necesitáis algo? No os recomiendo que esperéis, la princesa puede tardar horas en regresar, pero si lo deseáis puedo decirle que habéis venido.

-No hace falta, gracias. Me voy a ir ya, aquí estoy de más- pero no hizo ningún movimiento para indicar que iba a cumplir sus palabras. La doncella le miró, se retorció las manos, nerviosa, y titubeó unos momentos antes de inclinarse y salir -de hecho- la interrumpió Killian cuando estaba traspasando el umbral - ¿podríais traer pergamino y pluma para escribir una nota?

Ella respondió con un 'Claro señor' apenas audible y desapareció rápidamente para aparecer a los pocos minutos con tintero, pluma y dos piezas de pergamino, que le ofreció y luego volvió a retirarse.

Por primera vez, Killian se sentó en el mullido sillón, aunque no sintió su delicado tacto porque estaba sumido en sus pensamientos y sentía un dolor en su pecho que nunca había experimentado. Con cuidado, mojó de tinta la pluma.