CAPÍTULO 12

Para salir de puerto el Capitán se quedó detrás del timón realizando unas perfectas maniobras. Sus hombres trabajaban en perfecta sintonía para que todo saliera bien, no era tan fácil manejar un barco de tal envergadura en un lugar tan estrecho. Emma se mantuvo en todo momento detrás de Killian observando su cara concentrada y el ceño fruncido, y cómo la espalda de su guerrera se tensaba junto con sus músculos. Le impresionó la delicadeza con la que manejaba el timón, como si en vez de estar navegando en un gran navío tuviera en sus manos una figura de porcelana. Salieron del puerto y aún continuó Killian al manejo del timón, aunque esta vez ya más relajado. Ya no había obstáculos. Emma se acercó a su lado y le felicitó.

-Con ese gran manejo no me extraña que todas vuestras misiones salgan tan perfectas- bromeó ella tocándole el brazo. Él se rió y se giró hacia ella.

- ¿Queréis probar?

-Oh no. Si lo hago probablemente acabemos en el fondo del océano- se negó ella separándose y riendo.

-Es imposible que hundáis un barco si no hay lugar donde estrellarlo. Venga amor, yo os ayudaré- Killian le agarró la mano tirando de ella, y Emma con un suspiro por fin accedió. Se colocó detrás del timón y delante de Killian. Él agarró sus manos y las colocó en las cañas del timón.

-Para manejar un barco hay que tener siempre en cuenta el viento, es uno de los elementos más importantes. La rueda del timón sirve para definir la dirección del barco, a babor- y movió el timón a la izquierda -y estribor - y cambió de dirección. Aunque Emma sabía eso, todo el mundo lo sabía, no le hizo callar. Le gustaba su cuerpo presionado contra su espalda, sus manos sobre las suyas frías y su cálido aliento en su cuello, mientras le susurraba las palabras en su oído -las velas están desplegadas y navegamos a favor del viento. Es mejor que el viento no venga directamente desde popa así que hagamos que venga desde babor. Girad dos nudos a la derecha. Debéis mover la rueda con delicadeza. Bien- Emma iba siguiendo las indicaciones, consciente de que en verdad era él quien estaba haciendo todo. Aparte de que seguía tensa por si hacía algo que no debía, su mente no podía concentrarse teniéndole tan pegado y no dejaba de pensar lo bien que sentía el calor de su cuerpo contra su espalda -poned rumbo a aquella isla- hizo un movimiento de cabeza hacia un lejano islote. Emma giró un poco más el timón, mientras veía que abajo, en la cubierta, todos seguían trabajando para que las velas se adaptaran a la dirección que llevaban.

Ya estaban en la mar abierta, el puerto quedaba ya a unos pocos kilómetros a sus espaldas, no había embarcaciones a sus lados, y el rumbo estaba fijado, pero la princesa y el capitán no se movieron de sus puestos, ninguno queriendo romper ese extraño abrazo en el que estaban. La respiración de Killian seguía rozando su mejilla, enviándole escalofríos por su espina dorsal y sentía el pecho ascendente y descendente de él en su espalda. Una de las manos de Killian bajó hasta posarse en la cadera de Emma. Ella giró la cabeza y la nariz de Killian le rozó la mejilla. Aún sin decidirse a darse del todo la vuelta tensaba el cuello, acercándose por momentos a él e intercambiaba la mirada entre sus ojos y sus labios anhelantes. Pero fue entonces cuando por el rabillo del ojo vio que no estaban solos. En un extremo del castillo de popa había un oficial con la mirada al frente, aunque de vez en cuando sus ojos se movían hacia ellos. Incómoda, Emma se separó de él y le hizo un gesto con la cabeza. Killian comprendió y se separó del todo.

- ¡Timonel! - llamó. El hombre se puso rígido y se acercó a ellos, esperando órdenes -encárguese usted. Mantenga el rumbo y cuando hayamos recorrido tres millas de la vuelta siguiendo la línea de la bahía.

El timonel asintió con fuerza y se inclinó ante la princesa antes de poner las dos manos en el timón para estabilizarlo. Killian cogió de la mano a Emma y la guio hasta las escaleras que los llevarían a la cubierta.

En ningún sitio estarían realmente solos, así que la guio escaleras arriba otra vez, esta vez al mascarón de proa donde se apoyaron contra la barandilla y se asomaron al mar.

-Lo habéis hecho muy bien- le cumplimentó él sonriendo. Ella se rio.

-Los dos sabemos que yo no he hecho nada. Y capitán, si somos pareja creo que ya es hora de que nos dejemos de formalidades y empecemos a tutearnos. Al fin y al cabo, yo lo he hecho más de una vez.

-Como desees- los dos sonrieron.

-Te desenvuelves muy bien. Sabes dar órdenes y que te obedezcan.

-Soy el capitán, deben hacerlo. Además, creo que tú también sabes mangonear muy bien a los hombres- ella sonrió y le dio un golpe en el brazo. Él le agarró la mano y riendo la besó, mientras que con el brazo libre le rodeaba la cintura, acercándola a él.

- ¿Qué dirán tus hombres al ver a su capitán de forma tan tierna e íntima con su princesa? Abrazados, cogidos de la mano o besándonos.

-Aún no te he besado. O por lo menos no cuando ellos pudieran vernos- respondió él de forma pícara, inclinando su cara a la de ella.

-Habrá que remediarlo pues- siguió ella el juego, yendo a recibir sus labios. Estos se unieron en un tierno beso, que no duró demasiado, pero sí lo suficiente para que al apartarse echaran de menos al otro. Emma gimió -Podría acostumbrarme a esto.

-Entonces acostumbraos- volvió a inclinarse, pero apenas rozó sus labios ella se apartó sonriendo.

- ¿Qué hemos dicho de tutearnos?

-Lo siento amor, aún no me acostumbro. Ya sabes, soy un caballero, y los caballeros siempre tratan con respeto a las damas- dijo él seriamente, aunque con un brillo juguetón en sus ojos.

-Debes saber que no soy una dama en apuros- él se rio, asintiendo con la cabeza- Aunque más bien deberías decir que eres un pirata, al fin y al cabo, es lo que me dijiste que a veces te gustaría ser.

- ¿Querrías que yo fuera un pirata? - preguntó él divertido. Ella se encogió de hombros, riéndose.

-No sé. Puede que sintiera intriga por ese apuesto pirata de ojos de un azul tan intenso como el mar en una tormenta que conmigo, y solo conmigo, mostrase lo caballero que en realidad es. Aunque solo para que lo sepáis, pirata Jones: no pillo y saqueo en la primera cita.

-Su alteza, ¿estáis coqueteando conmigo? ¿Con este apuesto pirata? Aunque esperad que lo piense, esta no es nuestra primera cita - dijo acercándose a ella. Emma se encogió de hombros con una media sonrisa y una mirada pícara.

-Claro que no- ronroneó ella alzando la cabeza acercándose a él. De forma rápida Killian terminó de inclinarse sobre ella y le robó un beso.

-Contestando a tu pregunta de antes, al diablo lo que piensen mis hombres de mí. Aunque verán a una pareja que se hacen felices el uno al otro y verán lo enamorado que está su capitán de la princesa.

-Me gusta como suena eso- le sonrió y se dio la vuelta para volver a mirar al frente y al mar. Con los dos brazos le rodeó la cintura y apoyó la cabeza sobre su pecho. Él también la agarró por la cintura y colocó su mejilla en su pelo -el sol se está poniendo y aunque llegue tarde a cenar debería irme antes de que anochezca.

-Claro, iré a dar las órdenes- Killian se separó de ella y fue camino al timón. Emma le miró caminando con paso firme hasta el otro extremo del barco y sonrió. Se arrebujó en la capa cuando el navío viró y una ráfaga de viento le hizo temblar. Las noches de primavera en el Bosque Encantado eran más frías que en otros lugares. Volvió a mirar hacia el mar, aunque poco a poco su visión fue cambiando, al mismo tiempo que el barco cambiaba de dirección lentamente y en vez de un extenso océano, la línea de la costa salpicada de luces de las casas del pueblo apareció ante sus ojos. Desde esa distancia podía ver su castillo irguiéndose imponente en la desembocadura del río. Detrás suyo el inmenso bosque por el cual ese reino comúnmente recibía el nombre del Bosque Encantado. Se veían pequeñas aldeas y el río aparecía y desaparecía describiendo curvas hasta llegar a las montañas. Suspiró. Era una visión hermosa, pero imponente para la futura reina de todo ello.

Sintió unos fuertes brazos rodeándole la cintura y unas manos agarrando las suyas. El fuerte olor de Killian, una mezcla de sudor, cuero y mar invadió sus fosas nasales y volvió a suspirar, esta vez de contento. Le dio un beso en el cuello y apoyó su barbilla sobre su hombro.

- ¿Puedo hacerte una pregunta? - interrumpió ella el silencio, y sin esperar respuesta continuó - ¿quién te dijo lo de Neal?

-Supongo que una de tus doncellas.

- ¿Era joven, con el pelo naranja, de baja estatura, muy delgada y con ojos traviesos?

-Creo que sí. No lo sé, tampoco me fijé mucho.

-Es Judith, la ayudante de la lavandera. Es muy buena chica pero muy cotilla y le encanta contar chismes. Cuando mi padre me comunicó la propuesta del príncipe mis doncellas me estaban vistiendo y los criados hablan mucho- se dio la vuelta entre sus brazos y entrelazó sus manos en su nuca -por su culpa casi te pierdo- susurró.

-Pero no lo has hecho- respondió él de la misma forma, acariciando su espalda.

-Me dijo que llevabais meses viéndoos y que se te veía feliz y enamorada.

-Porque si no sabe toda la historia y no sabía que había otro hombre cortejándome, no sabría que el que me hacía feliz y del que estaba enamorada no era el príncipe, sino el apuesto capitán. Así que solo podía contar los retazos de información que tenía, todos erróneos- él sonrió y acercó su cara a la de ella y besó sus labios, primero con delicadeza, luego con pasión, demostrándole que no le había perdido, y que estaría ahí a su lado para siempre. Ella intensificó el beso, agarrando más fuerte su nuca para que no se apartara de ella. Con delicadeza aprisionó su labio inferior y jugó con su lengua dentro de su boca. Se separó de sus labios y Killian la observó mientras ella seguía con los ojos cerrados y los labios aún entreabiertos.

Un carraspeo detrás suyo les interrumpió - ¿Capitán? - habló una voz insegura. Killian se dio la vuelta y vio a uno de sus hombres con la mirada en el suelo, avergonzado por haber sido testigo de ese momento entre su capitán y su princesa y nervioso por haberles interrumpido -estamos llegando al puerto, señor.

-Está bien, ahora voy- el soldado se marchó dejándolos solos otra vez -os acompañaré al castillo en cuanto atraquemos.

-No os preocupéis- hizo énfasis en la fórmula de cordialidad y los dos se rieron -me espera un carruaje en la entrada del pueblo.

-Está bien. Si me disculpas- le dio un beso y se marchó. Volvió al castillo de popa y se puso a manejar el timón. Emma, aún clavada en su sitio, le miró. El rostro concentrado y el pelo despeinado ondeando con el viento. Sonrió ante esa visión, y una vez más se impresionó por lo apuesto que era, tanto que no podía ser real. Parecía un dios. Sin apartar de él su mirada dejó que su mente vagara y se lo imaginó como su marido, como su amante, como el padre de sus hijos, como rey. Imaginó esos preciosos labios recorriendo cada centímetro de su lisa piel, sus fuertes y callosas manos acariciando sus curvas, sus ojos clavados en ella y palabras de amor susurradas en su oído.

Sacudió la cabeza casi escandalizada por lo que se sucedía en su mente, su cuerpo pidiéndole a gritos que dejara de resistirse. Apartó los ojos de Killian y recorrió la cubierta dejando escapar un suspiro. No podía seguir teniendo esos pensamientos. No aún por lo menos.