CAPÍTULO 13
Los días se convirtieron en semanas y las semanas en meses y no había ninguna noticia de la flota que partió a principios de primavera. Emma, como princesa, tenía que estar al tanto del Ejército y la Marina. No obstante, nunca había tenido interés por ello, no entendía el arte de la guerra y por eso siempre dejaba que su padre y los consejeros viesen los informes y le resumieran lo más importante. Sin embargo, no contaba con enamorarse de un capitán de la Marina y desde que él se fuera miraba cada uno de los informes sin perder una palabra, leía cada lista de victorias y derrotas y examinaba cada nombre de heridos que llegaban al castillo gracias a palomas mensajeras, siempre nerviosa, siempre con miedo de que el nombre de Killian Jones saliese en una de esas listas.
El tiempo pasó entre trabajo, galopadas con su padre, cotilleos con su madre, paseos con August, libros leídos y pensamientos interrumpidos. Su cumpleaños llegó y pasó y a medida que los días se iban haciendo cada vez más largos la inquietud de Emma aumentaba. No le gustaba estar separada de él, cada día echaba de menos su rostro, sus besos y caricias, echaba de menos su presencia. No aguantaba esa incertidumbre y los días se le hacían más largos en su ausencia.
La fiesta de su vigésimo cumpleaños fue un gran acontecimiento. No solo se celebraba su nacimiento, sino también el aniversario de cuando la Reina Malvada fue destruida, de cuando su maldición fue rota antes incluso de haberse lanzado y de cuando el reino fue salvado. Y todo gracias a Emma, a la Salvadora, que, aunque era solo un bebé recién nacido eliminó a uno de los mayores males de la faz de la tierra. Como había sido planeado desde un principio, Blancanieves tenía que atravesar con su hija aún dentro de ella el portal que las transportaría a las dos a aquel lugar sin magia antes de que se cumpliera la maldición, y así, cuando llegase el momento adecuado, Emma debía romperla. Pero nada salió como estaba planeado. La reina dio a luz antes de tiempo, y como por ese portal solo podía pasar una persona, el rey cogió a la niña recién nacida y la llevó al portal en forma de armario. Por el camino aparecieron los soldados negros, la guardia personal de la Reina Malvada, y tuvo que batirse en duelo con ellos para proteger a su hija, pero fue herido antes de poder terminar su cometido. Cuando apareció la bruja, dispuesta a matar al rey David y a la que estaba predestinada a ser la Salvadora, una intensa luz salió de la recién nacida, haciendo que la mayor amenaza del reino se disolviese en polvos y cenizas. Emma, a pesar de que era solo un bebé había sentido el gran peligro que se cernía sobre ella, sobre su padre y sobre el reino entero y por eso esa magia luminosa tan poderosa que guardaba en su interior se había manifestado, poniendo fin a la amenaza de la Reina, y con su muerte, la maldición quedó rota. Después de esa manifestación de magia nunca más volvió a hacer nada semejante, pero esa magia seguía dentro de ella por si en un futuro una amenaza igual de grande se llegase a producir.
Todos conocían esa historia, y por eso ese día se celebraba por todo lo alto, en honor a la princesa. Así había sido desde su primer año de vida.
Millones de invitados de todos los rincones del reino, y de otros reinos lejanos, acudían a la fiesta. Ella siempre esperaba con ansia ese día, al fin y al cabo, era un día solo para ella. Le gustaban las fiestas y los bailes, además era la oportunidad para ver a sus amigos de otros reinos. Pero ese año era diferente, porque ese año la única persona a la que de verdad quería ver a su lado no estaría allí, y peor aún, ni siquiera sabía con seguridad qué tal estaba, ni si volvería a verle.
A lo largo del día muchos invitados fueron llegando, pues, aunque la celebración sería por la noche, todos venían de lejos y debían alojarse en algún sitio. Y aunque la felicidad era patente, todos con grandes sonrisas, felicitando a la princesa, ese entusiasmo no se le pudo contagiar a Emma. Deambulaba por el castillo con un mohín, y aunque cada vez que se cruzaba con alguien sonreía, esa sonrisa no asomaba a sus ojos, ni tampoco a su corazón. La única persona que pudo sacarle una sonrisa y hacer que por un tiempo se olvidase de su preocupación fue la reina Elsa de Arendelle, a quien después de tanto tiempo por fin veía. Pasaron juntas toda la mañana en los jardines del palacio, escondidas de las miradas de todos los invitados y como otras tantas veces se contaron sus confidencias a media voz. Elsa le contó que su hermana pequeña había tenido su primer hijo, y Emma le resumió su relación con Killian.
Al anochecer, mientras sus doncellas revoloteaban a su alrededor, volvió a meterse en sus pensamientos. En su cabeza aparecía una y otra vez una idea; que él apareciera esa noche, que al igual que en las novelas románticas que tanto le gustaba leer el capitán Killian Jones le diera una sorpresa y apareciese de repente entre la multitud, con sus preciosos ojos azules brillando, su pelo rebelde alborotado y su sonrisa juguetona mostrando todos sus dientes. Que de esa forma socarrona le pidiese bailar y no la soltase en toda la noche. Quizá por eso se arregló un poquito más.
Eligió un voluminoso vestido morado, con la parte de atrás más larga que la delantera, de modo que arrastraba una cola. El corpiño tenía adornos dorados que relucían a la luz de las velas cada vez que se movía y la falda del vestido con bordados también dorados. En la cabeza, sobre el pelo suelto en miles de ondas, una tiara dorada con piedras y diamantes incrustados. Los ojos resaltados gracias al Kohl, polvos en las mejillas y los labios con un ligero tono rojo.
Pero a pesar de sus esfuerzos, de que lo deseara con todas sus fuerzas y de sus esperanzas, nada de eso pasó, y aunque se divirtió con sus amigos, bailó con todo el mundo y le encantó recibir todos esos espléndidos regalos ese año no fue igual que otros.
Por lo menos, el príncipe Neal no se presentó a la fiesta. Tampoco es que pensase que iba a ir, no después de lo que había pasado el día anterior a la marcha de Killian y de que mostrara su repulsión. La mañana después de ese anochecer en el Jolly Roger, Emma había citado a Neal en el castillo para rechazar formalmente su proposición. Lo que no se imaginaba era que Neal se iba a enfadar tanto y a ponerse violento hasta tal punto que la guardia de Emma tuvo que separarle antes de que llegase a sobrepasarse.
Disgustada, Emma quiso distraerse y se encaminó al puerto para despedirse una vez más de Killian. Lo que no sabía era que Neal la siguió cabalgando por el borde del bosque y para su sorpresa, vio a la princesa besar a otro hombre, nada más que al capitán del barco. Enfadado y humillado desenvainó su espada y con paso rápido se encaminó al encuentro de la pareja, que se abrazaba cariñosamente. Con fuerza agarró al capitán por el brazo, separándolos, y le propinó un puñetazo en la cara, mandándole al suelo mientras Emma gritaba sorprendida. Luego, le apuntó al pecho con la punta afilada de la espada.
-En guardia, capitán. Coged vuestra arma. No sé con qué clase de engaños habéis conseguido a la princesa, pero no permitiré que un simple capitán me arrebate lo que me pertenece.
Killian se levantó del suelo, apartando con la mano el hilo de sangre que bajaba desde el labio hasta la barbilla. Llevó su mano a la espada, no iba a permitir que nadie, aunque fuera un príncipe, le humillase y mucho menos tratase a Emma de ese modo. Pero ella fue más rápida y se interpuso entre ambos, colocando una mano en su puño impidiéndole que sacase su arma. Miró al príncipe enfadada.
-Guardad vuestra espada. No tenéis ningún derecho a presentaros aquí de este modo. Estoy con Killian y después de lo habéis montado no os imaginéis que voy a querer volver a veros. Me desagradáis. No soy un objeto que os pertenezca y podéis tener todos los títulos que queráis, pero os habéis comportado como un cerdo y Killian ha demostrado ser mejor persona y mejor hombre que vos, a pesar de no tener ningún título nobiliario. Así que marchaos antes de que ordene a mis guardias que os arresten por haber agredido a la princesa.
-No permitiré que me deis órdenes princesa Emma, yo...
-Vos nada. Estáis en mi reino y me habéis ofendido. Sabéis que estoy en mi derecho y como no os vayáis y os disculpeis ante el capitán, estaré encantada de prohibiros la entrada en Misthaven- Killian se colocó a su lado, con la espada en la mano, aunque bajada, mirándole amenazadoramente y dispuesto a actuar si al príncipe se le ocurría alguna tontería. Emma hizo un gesto con la cabeza a los guardias al otro lado de la cubierta que la habían acompañado, que se colocaron detrás de Neal. Esté, viendo que no iba a poder hacer nada, gruñó unas quejas y finalmente se marchó acompañado de los guardias de Emma.
La princesa suspiró enfadada y se dio la vuelta para mirar a Killian - ¡Estás sangrando!- exclamó al ver el rojo líquido manchar el cuello de la camisa.
-Estoy bien- guardó la espada y volvió a limpiarse la sangre.
-No, no lo estás- puso una mano en su mejilla y con el pulgar acarició suavemente el labio partido. Él hizo una mueca de dolor y se apartó -Ven, te lo voy a limpiar.
-Emma, no...
Pero ella le interrumpió, aún enfadada –Killian, cállate. Guíame hasta tu camarote, espero que tengas ahí una palangana con agua- él supo que era mejor no discutir con ella, así que besándole los nudillos le cogió la mano y la llevó escaleras abajo.
Era la primera vez que estaba en su camarote. Era un lugar pequeño y estrecho, más bien oscuro, con solo dos ventanas a la altura del agua por donde entraba un poco de luz. Su cama en un lado y al otro extremo una gran estantería con libros, quinqués y objetos de navegación. En medio, una mesa con miles de mapas esparcidos.
-Siéntate- le ordenó ella. Agarró un pañuelo limpio blanco y vertió el agua de la jarra en una palangana de cobre. Lo mojó y se acercó a él, colocándose de pie entre sus piernas. Con delicadeza, le limpió la sangre de la barbilla antes de limpiar y desinfectar el labio. Killian frunció el ceño y dejó escapar un gruñido, pero no se movió ni se quejó, dejándole hacer y mirándola detenidamente. Emma tenía el ceño fruncido, no solo estaba enfadada sino preocupada. Killian tuvo que admitir que estaba adorable cuando se enfadaba. Miró sus delicadas y pequeñas manos moverse sobre su labio, tocándolo con suavidad. Percibió que unas pocas gotas de sangre habían caído en su corpiño, manchándolo, pero ella no le dio importancia. Se admiró de la princesa, tan femenina y guerrera a la vez, tan poco convencional.
Emma abrió un armario que él le había indicado y sacó un frasquito con aceite de nogal para curarle la herida y que no se infectase. Escocía, pero no dijo nada.
La princesa era consciente de la intensa mirada posada sobre ella, pero la ignoró, sabiendo que, si le hacía caso, olvidaría por completo lo que estaba haciendo. También ignoró el hecho de que estaban solos, en un lugar oscuro y estrecho, en su camarote. Que estaban a apenas unos centímetros de distancia, ella entre sus piernas a un solo movimiento de sentarse en su regazo y besarle con ardor y sabía que si hacía eso no podría contenerse.
Terminó de curarle y se apartó un poco de él, aún sin mirarle a los ojos. Killian buscó su mirada y al no obtener respuesta le agarró la mano.
- ¿Estás bien? - preguntó, ahora él también preocupado.
¿Cómo era posible que él había sido quien había recibido el golpe y aun así se preocupase por ella y le preguntase cómo se encontraba? El corazón de Emma se ablandó y por fin le miró forzando una pequeña sonrisa. Asintió - ¿Tú?
-Mejor que nunca- intentó sonreír, pero se le escapó un gemido por el dolor –aunque escuece.
-Dale un par de días y se recuperará.
-No me importa mi labio. Pero quiero que me beses.
-Te va a doler más.
-No me importa- Emma se inclinó y le dio un pequeño beso, pero él no la dejó marchar y la atrapó con ambos brazos. Ella se tambaleó y cayó en su regazo, riendo.
-Me encanta ese sonido- murmuró él contra sus labios, mirándola contento.
-Y a mí me encantas tú- respondió ella sonriendo antes de volver a besarle -perdón por haberte gritado antes- él negó con la cabeza restándole importancia y volvió a unir sus labios. No estuvieron mucho tiempo en esa posición, el labio partido de Killian les interrumpió antes y ambos se levantaron y subieron a la cubierta para una vez más despedirse.
De pie en el muelle, con la capucha echada sobre la cabeza ocultando su rostro, una mujer esperaba ansiosa. Se movía nerviosa, y sin dar importancia a las clases de protocolo que recibió desde pequeña, en las que se le pedía mantener una buena postura, cambiaba el peso del cuerpo de un pie a otro, miraba a su alrededor inquieta y alzaba la cabeza, estirando el cuello todo lo posible, como si así pudiese mirar sobre la borda de los barcos que cada vez se iban acercando más a puerto y distinguir al capitán del principal de ellos.
Días atrás había llegado la noticia al castillo de que la flota regresaba, y que, si el viento acompañaba y no tenían ningún incidente, al atardecer del cuarto día llegarían al puerto. Desde ese día el humor de Emma había mejorado y esperaba impaciente la llegada de la flota. Como anteriormente hizo, llegó en carruaje hasta la entrada del pueblo y pasando desapercibida esperaba ansiosa que los barcos amarrasen, esperaba ansiosa a verle, esperaba ansiosa a lanzarse a sus brazos después de tanto tiempo separados y a darle un beso en los labios antes de cubrirle la cara de besos.
Los barcos por fin atracaron y por las pasarelas fueron saliendo ordenadamente todos los miembros de la tripulación. Esperó a que bajase el último hombre, que tenía que ser el capitán del barco, pero Killian no salió. La preocupación que había sentido durante los últimos meses volvió de golpe y frenética miró a su alrededor, intentando distinguirle por entre la multitud, o en otro barco. Con paso rápido interceptó el camino del teniente del Jolly Roger.
-Alteza- exclamó él al reconocerla - ¿qué puedo hacer por vos?
-El capitán Killian Jones. ¿Dónde está? - preguntó bruscamente, sin hacer caso a la reverencia.
-El capitán Jones regresó hace tres días, Mi Señora, en el barco que traía a los heridos de regreso-informó.
Emma notó que una corriente helada le recorría el cuerpo y que el color abandonaba su rostro - ¿Está herido? - preguntó en apenas un susurro - ¿está grave?
-No lo sé, Mi Señora. Está en el hospital- la miró con preocupación. La princesa, siempre regia, siempre decidida, siempre fuerte, estaba en ese momento al borde del llanto, con las lágrimas amenazando con salir de sus ojos y el rostro tan pálido como un fantasma.
-Alteza, ¿os encontráis bien? - ella negó tambaleándose. Los fuertes brazos del teniente la agarraron antes de que se desplomase y la guio hasta un banco detrás de ella para que se sentase- ¿necesitáis que haga algo? - al no obtener respuesta y al observar la expresión cada vez más acongojada de ella se aventuró a preguntar -apreciáis mucho al capitán, ¿verdad? - ella solo pudo asentir, sin darse cuenta de la pregunta tan indiscreta de aquel hombre -yo también le tengo en gran estima, es un buen amigo. ¿Queréis que os acompañe al hospital y así veis qué tal está?
Emma levantó bruscamente la cabeza, clavando sus ojos en los de él, saliendo del trance. Se recompuso e intentando mantener la compostura se levantó y se apartó de él.
-Sí, por favor. No perdamos tiempo -ordenó con voz autoritaria. El teniente, después de dirigir unas palabras a uno de sus hombres se puso en camino, ofreciendo su brazo a la princesa.
Caminando por entre las callejuelas del pueblo llegaron rápido al edificio que hacía las veces de hospital. Emma miraba curiosa a su alrededor. No era la primera vez que estaba en ese pueblo, pero nunca se había adentrado tanto y lo miraba todo pensando qué tan diferente era al castillo, o a cualquier otra ciudad importante en la que hubiera estado. El interior del hospital también le resultó curioso; un vestíbulo al que comunicaban un montón de habitaciones, todas sin puertas, de modo que asomando la cabeza podía ver el interior. Permitió que el teniente preguntara a una de las mujeres que cuidaban a los enfermos, quien les guio hasta una de las habitaciones. Viendo su interior completamente se asombró aún más. La habitación era enorme y estaba llena de camastros con hombres y mujeres, algunos delirantes, otros febriles, unos con heridas o miembros rotos. El aire estaba viciado y el olor no era agradable, mezcla de sudor, sangre y otras cosas que no quería ni imaginar. Pensó cuán diferente era aquel hospital en comparación a la pequeña sala del castillo para las personas que habitaban en él. Era luminosa gracias a las grandes ventanas, con cómodas camas de limpias sábanas, y se acordó del afable médico y las siempre dispuestas enfermeras. Se estremeció al pensar que Killian estaba en ese oscuro y desagradable lugar.
Caminando entre los camastros donde los hombres alzaban su brazo buscando atención y pidiendo agua, llegaron a donde estaba Killian. Tumbado con los ojos cerrados, el rostro pálido y con la frente perlada de sudor, de sus labios salía un quejido lastimero. Vestía una simple túnica, y por el calor de la fiebre había apartado la sábana que le cubría, revelando la venda ensangrentada que cubría su mano izquierda. O más bien el lugar que debería ocupar su mano, que ya no estaba ahí.
Se agachó junto a él, y con mano temblorosa pasó sus dedos por su mejilla, rozándole delicadamente. - ¿Killian? - susurró.
Él gimió al notar su tacto y al oír su voz abrió los ojos, más brillantes que otras veces debido la fiebre, y más azules por la palidez.
-Emma- respondió él en un quejido - ¿qué haces aquí?
-He venido a verte- él volvió a cerrar los ojos y movió la cabeza para descansarla sobre su fría mano, reconfortante sobre su ardiente piel. Después, volvió a entrar en la inconsciencia - ¿qué te ha pasado? - susurró.
- ¿Señora? - la enfermera que los había acompañado la llamó -debería irse, este no es sitio para una dama como vos.
-Quiero hablar con un médico- ordenó sin hacerle caso. La enfermera murmuró algo, pero se marchó para volver a aparecer con un hombre alto, delgado y con cara de cansado. Ella se levantó - ¿Se le puede trasladar?
-Es mejor que de momento no, Alteza- contestó él educadamente.
- ¿Qué le pasó?
-Cuando le trajeron ya no tenía la mano. Por lo que nos contaron, mientras luchaba su oponente consiguió cortársela. Aun así, continuó luchando y perdió mucha sangre, además tiene otras heridas. Por suerte el médico de a bordo pudo detener la hemorragia y cauterizar la herida antes de que provocase daños mayores, pero no pudo evitar la fiebre. No morirá por infección de la sangre ni septicemia, pero la fiebre es muy alta y si no empieza a bajar podría ser fatal- explicó el médico, alternando la mirada entre la princesa y el capitán.
- ¿Qué se puede hacer? - preguntó sentándose en la silla al lado de la cama, pues veía que sus piernas no podían sostenerla más.
-Solo esperar. Aplicarle compresas frías y esperar que él pueda luchar contra la fiebre.
-Está bien- tanto el médico como la enfermera se marcharon, entendiendo que la conversación había terminado y ella no se iba a marchar. El teniente se quedó a los pies de la cama, sin saber muy bien que hacer, pero no queriendo dejar sola a la princesa. Sin importarle su presencia, ella por fin dejó que las lágrimas cayeran de sus ojos hasta chocar contra el suelo. Se inclinó sobre él y puso ambas manos en sus mejillas -Killian- susurró mirándole detenidamente, buscando un signo de que él la estuviera escuchando, de que abriera los ojos -no me dejes por favor. Tienes que ponerte bien. Me prometiste que tendrías cuidado y que volverías a mí y no puedes desobedecerme- siguió mirándole, pero nada ocurrió. Ojalá el ser la princesa y tener poder para dar órdenes sirviese también en ese caso, pero solo le quedaba esperar y tener fe en que se mejoraría. Sacudió la cabeza y entonces se percató de una palangana de agua y un trapo que había a su lado en una pequeña mesa. Mojó la tela en el frío líquido y con cuidado le mojó la frente. El temblor de sus labios pareció parar y su rostro contraído pareció relajarse un poco ante el frío contacto del agua sobre su piel ardiente.
