CAPÍTULO 14
En su delirio escuchó la suave voz de Emma que le llamaba. Abrió los ojos por un breve instante y ahí la vio, sentada a su lado, con su cara inclinada sobre la de él, su pelo enmarcando su rostro. Pero esta vez no sonreía como siempre hacía, sino que sus ojos le miraban preocupados y bañados de lágrimas, y sus labios formaban una fina línea. Parecía tan real, tan diferente a las otras veces que había visto su rostro en sus sueños, en medio de la fiebre… Tal vez esa vez sí era real. No pudo averiguarlo porque todo volvió a quedarse negro, y otra vez estaba en aquel sitio oscuro en el que no podía ver ni oír nada. Solo podía recordar e imaginarse todo lo que había ocurrido entre ellos, su preciosa princesa en sus brazos y sus labios en los de él.
De pronto una intensa luz apareció delante de él y la visión de una mujer inmensamente hermosa de pie frente a él. Sus cabellos dorados brillaban y sus ropajes blancos se camuflaban con la luz. La mujer se acercó a él sonriéndole y fue entonces cuando pudo distinguir su rostro. Era Emma, que como otras veces a lo largo de esos días le tendía la mano y le instaba a agarrarla.
-Emma- susurró. Levantó el brazo, quería tocarla, quería sentirla, pero algo le decía que no era real, que por mucho que quisiera no podía ir con ella, que debía quedarse donde estaba y volver a sumirse en la oscuridad.
Con un sobresalto se despertó, abrió los ojos jadeando. Tenía mucho calor y un millón de escalofríos le recorrían el cuerpo. Además, sentía un dolor atroz en el brazo izquierdo. Miró a su alrededor, extrañado por estar en una sala llena de gente y no en un agujero negro. Necesitaba saber dónde estaba, cuánto tiempo había pasado. A su lado apareció ella, que le habló con voz dulce, pero él no escuchaba nada y sin poder evitarlo los ojos se cerraron y cayó en la inconsciencia.
Esta vez todo era verde. Un mar de verde hierba delante de él. El sol era tan abrasador como cegador y no había ni un solo soplo de aire. El sudor se acumulaba sobre su piel y su cuerpo ardía. Alguien le agarró la mano, la única que tenía, y luego le tocó el pelo. Estaba fría, lo que supuso un alivio. No podía ver a esa persona, aunque sí podía olerla. Cerró con fuerza los ojos y cuando volvió a abrirlos una figura se acercaba a él. Volvía a llevar un vestido blanco, pero éste era distinto. Ya no era una simple túnica, sino un maravilloso vestido de seda con bordados de encaje que se amoldaba perfectamente a su figura. La falda le arrastraba unos cuantos centímetros por detrás y volaba a su alrededor mientras ella corría. El velo ondeaba al viento y con una mano se sujetaba los bajos para no pisarlos y con la otra la corona de la cabeza, para que no se cayera. Corría hacia él con una gran sonrisa. Se miró a sí mismo; vestía un traje azul marino, pero no eran sus ropas de oficial, sino el traje digno de un príncipe, o de un rey. Levantó la mirada y contento empezó a correr hacia ella, pero antes de poder alcanzarla de ella empezó a emanar luz hasta convertirse en una mancha borrosa y bruscamente se paró. Ya no quería alcanzarla. Era hermosa, pero era un ángel de la muerte y por mucho que quería volver a Emma, esa no era ella. Debía luchar para regresar.
Escuchó voces a su lado. Eran apenas un murmullo, apenas distinguía las palabras. Le parecía escuchar un zumbido que ocultaba todos los sonidos a su alrededor. Intentó forzar el oído hasta que por fin entendió las voces. La voz, en singular.
-Por favor haz el intento, tienes que mejorar. Te echo mucho de menos y ahora los días parecen más grises. No puedes irte, ¿me entiendes? Aún nos quedan muchas cosas por hacer. ¿Qué hay de nuestro futuro? Me dijiste que ibas a volver conmigo, que esperarías lo que hiciera falta, pero que nunca te separarías de mi lado. Aún nos queda toda una vida juntos.
Quería decirle que estaba ahí, que no tenía ninguna intención de irse, pero ni siquiera podía abrir los ojos, así que, ¿cómo iba a poder decirle nada? Intentó moverse, hablar, hacer una señal, algo, para que ella notase que no la había abandonado, pero su cuerpo no le respondía. Volvió a dormirse.
De pie frente al timón, con la mirada seria y decidida navegaba a través de la tormenta. No le importaban las enormes gotas de lluvia que le empapaban, ni las fuertes olas que hacían oscilar el barco peligrosamente, ni los relámpagos que surcaban el cielo. Tenía el rumbo fijado y hacia allí iba, adentrándose más en la tormenta. Detrás de él, a lo lejos, el sol, el puerto, la luz. Pero no quería ir allí, no quería ir a la seguridad. A su lado, mirándole fijamente estaba Emma, vestida de verde en vez de blanco, simbolizando esperanza. Y delante de él oscuridad, incertidumbre, peligro, claramente no habría seguridad, ni estaría a salvo, ni dejaría de sentir dolor, pero sabía que quería ir ahí. Sabía que quería vivir. Sabía que quería volver al mundo de los vivos. Quería, necesitaba volver a ella y abrazarla una vez más. Aún no había llegado su hora y no permitiría que le apartaran de su lado de ese modo. Ella le necesitaba y él la necesitaba.
Enfocó los ojos en el techo, que se alzaba muy por encima de él. Oía quejidos y lamentos a su alrededor y olía su dulce aroma. Giró la cabeza y la vio sentada a su lado, con un pañuelo blanco en el regazo y la cabeza apoyada en su brazo.
- ¿Emma? - la llamó. Su voz no se oyó más que en un susurro, pero fue lo suficiente para que la rubia cabeza se levantara de golpe y buscara la fuente del sonido. Cruzó los ojos con los de él. Se había despertado.
Había estado a su lado todas las veces que se había despertado. Había escuchado cada uno de sus lamentos y había escuchado todas las palabras sin sentido que había balbuceado. De vez en cuando, se le escapaba su nombre.
Durante tres días prácticamente había olvidado quien era y por tanto sus tareas y había estado en aquel triste hospital desde la salida del sol hasta su puesta. Siempre a su lado, cogiendo su mano, hablándole con palabras de ánimo, intentando enfriar su ardiente cuerpo, intentando no sentirse inútil. Pero él no respondía.
Algunas veces se despertaba, entreabría ligeramente los ojos por unos segundos. Otras veces simplemente dormía y detrás de sus párpados los ojos se movían rápidamente, soñando. Otras veces estaba increíblemente quieto, tanto, que, si no fuese porque su pecho seguía moviéndose, hubiese creído que estaba muerto. Y otras los balbuceos y gemidos de sus delirios le asustaban.
Le hablaba siempre que podía, deseando con todas sus fuerzas que él la escuchara y luchara de algún modo para volver a ella. Por fin, exhausta, apoyó la cabeza sobre la palma de su mano y cerró los ojos. Solo unos segundos. Apenas había dormido, y ella misma se sentía enferma. Solo unos segundos.
En un sueño escuchó su nombre. ¿O no era un sueño? No distinguía qué era real, estaba tan cansada. Pero su nombre iba acompañado por otros sonidos que ya conocía, y por un olor al que su nariz ya se había acostumbrado. Abrió los ojos solo por si acaso, para comprobar si todo seguía igual. Fue entonces cuando descubrió una cabeza vuelta hacia ella y unos iris azules que la miraban. Se había despertado.
Se levantó de un salto y se colocó a su lado en la cama, temerosa de que fuera un momento de lucidez antes de que pasara lo peor. Le miró interrogante y con una mano sintió su frente. Ya no estaba tan caliente. La fiebre había bajado.
-No tienes tanta fiebre- le informó en un susurró. Aun así, volvió a ponerle el trapo húmedo en la frente. Unas pequeñas gotas resbalaron por su mejilla y delicadamente las recogió con sus dedos. Él se encogió bajo su tacto, aunque sonrió al ver su cara seria a su lado - ¿cómo te encuentras?
-Bien, supongo- ella le miró directamente a los ojos levantando una ceja. Volvió a sonreír ante su mirada de incredulidad y esa expresión que nunca antes había visto en ella -dolorido. Con calor.
A su lado apareció el médico, quien le examinó. Dio órdenes a una de las enfermeras quien un poco después le trajo un remedio de hierbas. Tenía un olor dulce pero intenso. Dijo que eso le aliviaría el dolor y le ayudaría a dormir y descansar bien. Otra vez les dejaron solos.
-Me prometiste que tendrías cuidado- susurró ella cuando vio que el brebaje comenzó a hacer efecto y los ojos de él se cerraban. Le habían administrado un narcótico.
Killian luchó para mantenerse despierto, por lo menos por unos segundos más -Tuve cuidado. Estoy aquí, ¿no?
Antes de entrar en la inconsciencia la oyó murmurar -Pero no es suficiente. Tenía miedo de perderte- Aunque no estaba seguro de si había sido fruto de su imaginación o realmente lo había dicho.
Al despertarse solo vio oscuridad. Todo estaba mucho más silencioso que antes, aunque seguían escuchándose gemidos y lamentos. Miró en dirección a la silla, que ya estaba vacía, y suspiró apenado. No había esperado verla allí, no a esas horas, aun así, se lamentó por no haberla podido ver una vez más y por no haberse despedido.
No tenía sueño, y aunque lo tuviese, el remolino de pensamientos en su cerebro le impedía mantener los ojos cerrados por más de un minuto. Una serie de imágenes aparecían detrás de sus ojos, y palabras que no sabía de dónde provenían llegaban a sus oídos. Se acordaba de la batalla. Unos barcos enemigos les habían atacado. Habían aparecido casi de repente, llamando su atención con el disparo de cañones. Sus hombres se habían preparado rápidamente para atacar y pronto hombres vestidos con ropas ajadas ocupaban sus barcos, mientras los hombres de la marina también habían abordado los barcos enemigos. Con una espada en cada mano se defendió valientemente de todo aquel que se le acercaba. Su mente estaba en blanco, centrado en reducir a sus oponentes, aunque una promesa aparecía en sus pensamientos. Entonces, sintió un dolor profundo en el hombro y la punta de una espada apareció sobresaliendo por su pecho. Alguien le había atravesado desde atrás. Aún con un dolor desgarrador y la sangre brotando por la herida abierta siguió luchando, aunque con menor ahínco y poco a poco su visión se iba oscureciendo debido a la pérdida de sangre. Sus movimientos no eran tan rápidos y sus reflejos no le respondían como otras veces. Un grito desgarrador escapó de sus labios al sentir el filo de una espada cortando limpiamente su mano izquierda y con los ojos bien abiertos vio cómo su miembro se separaba de su extremidad y caía con un golpe sordo al suelo. Sus piernas no pudieron sostenerlo más y cayó al suelo, al mismo tiempo que la oscuridad le invadía.
Dicen que antes de morir ves pasar tu vida delante de tus ojos. Imágenes de todo lo que has hecho pasando a toda velocidad. Otros dicen que solo ves todo el mal que has hecho en tu vida y esas imágenes te atormentan. Los más escépticos piensan que no ves nada, que tu visión se queda negra, luego ves una luz y ya está, te mueres. Pero él sí vio algo, aunque no fueron todas las escenas de su vida, ni sus malos momentos; sino la persona a quien más amaba. Una mujer alta y delgada, con figura de diosa. El pelo rubio y ondulado. Los ojos verdes como esmeraldas. Los labios rojos como cerezas. Con un precioso vestido azul celeste, como el que llevó la noche en la que se conocieron. Y luego nada.
Sabía que iba a morir. Lo tenía claro. El dolor era demasiado intenso y sentía cómo la vida escapaba de su cuerpo.
Pero entonces volvió a aparecer ella. Primero en una sala oscura, después en una visión, como un ángel de la muerte. En un campo verde, en un barco a su lado. Y luego otra vez en aquella sala oscura y de repente supo que no iba a morir.
Una tenue luz le despertó. A su lado escuchó una suave respiración y percibió la sombra de unos dedos que le acariciaban con cuidado la mejilla y su crecida barba. Sonriendo, abrió los ojos, y su sonrisa aumentó al ver que, efectivamente, era ella.
-Buenos días- murmuró. Se sentía mucho mejor. Le seguía doliendo todo el cuerpo y aún sentía mucho calor, pero no era algo que no pudiera soportar.
Ella sonrió en respuesta, y poco a poco se inclinó sobre él, dándole un casto beso en los labios. Él respondió al beso.
Emma fue la primera en separarse y al mismo tiempo que metía la mano en el bolsillo interior de su capa, que aún llevaba puesta, dijo -Tengo un regalo para ti- y sonriendo sacó una petaca, su petaca. Reconoció la funda de cuero marrón que protegía la botellita de cristal que llevaba el blasón de la marina.
Dejando escapar una risa, de la que se arrepintió al sentir dolor en su hombro, levantó la mano, la única que le quedaba -Alteza, ¿estáis ofreciendo ron a un Capitán de la marina? ¿No sabéis que es éticamente incorrecto ofrecer tales tentaciones a un hombre de Su Majestad? - preguntó sarcásticamente.
-Bueno, si vos no decís nada yo tampoco- siguió ella el juego, y ambos sonrieron - ¿puedes incorporarte? - preguntó recuperando su expresión seria. Él asintió y con ayuda de ella se sentó sobre la cama, con la espalda apoyada contra la fría pared -solo un trago, no puedo permitir que vuelvas a marearte y perder el sentido- Sentía fuego en el pecho, debajo del hombro, allí donde la espada le había atravesado
- ¿Cuánto llevo aquí? - preguntó después de probar el ardiente licor que tanto le gustaba, y deseando dar otro trago, aunque no preguntó por otro, sabiendo la respuesta que recibiría.
-Cinco días- respondió ella distraídamente, pasando los dedos por el pelo de Killian, en un intento de mejorar su aspecto. Debido al sudor de las fiebres estaba húmedo y pegado a su piel.
- ¿Y llevas viniendo todo este tiempo?
Ella negó sin mirarle, aunque él pudo ver la expresión de tristeza que cruzaba los ojos -No sabía que estabas aquí. Nos avisaron de que regresabais, pero en las listas de heridos no aparecías. Así que fui a esperarte al puerto, pero no te vi y tu teniente me informó de que estabas aquí. Esto fue hace dos días.
Killian levantó su brazo con esfuerzo y colocó sus dedos en su barbilla, obligándola a mirarle a los ojos -Me alegro de que estés aquí- ella sonrió y puso su mano sobre la de él.
-Quería haberte llevado al castillo, allí estarías mejor atendido y más cómodo, pero no me dejaron trasladarte.
-Emma, estoy bien- dijo él con seguridad, aunque la mueca de dolor en su rostro decía lo contrario.
-No estás bien- su voz, aunque aún suave, era firme -te falta una mano, sigues febril, estás herido y los mareos continúan.
-A pesar de eso estoy bien. Estás aquí.
Ella sonrió y él pensó en lo hermosa que estaba cuando sonreía. Parecía que el día se hacía más luminoso y cualquier preocupación que pudiese tener desaparecía. Además, su tacto hacía que no sintiese el dolor de su cuerpo. Emma miró su sonrisa. No era la que muchas veces le dedicaba, pícara y divertida, sino una llena de amor y admiración. Parecía que solo tenía ojos para ella. Y sus dedos sobre su piel, trazando pequeños círculos en su barbilla hacían que sintiese escalofríos. ¿Cómo era posible que amase tanto a una persona a la que apenas acababa de conocer? Killian lo era todo para ella y lo había pasado tan mal al pensar que la iba a dejar. Se había convertido en alguien vital para ella, de modo que pensaba que su propia existencia no sería posible si él faltaba en su vida. Movió la cabeza y besó las yemas de sus dedos sin apartar su mirada de él.
