CAPÍTULO 15
A medida que los días iban siendo más calurosos y las noches se acortaban, Killian fue recuperándose poco a poco. Era un hombre fuerte, que se había enfrentado a infinidad de situaciones peligrosas y las cicatrices de su cuerpo demostraban que no era la primera vez que le herían, aunque sí la más grave, de modo que su curación fue progresiva. Las heridas, aunque seguían doliendo, se iban cerrando y el brazo fue cicatrizando en un proceso lento. Sin embargo, aún sentía la mano al final del brazo, y era difícil acostumbrarse a emplear una sola mano en vez de dos. Por fin pudo salir del hospital y regresar a la pequeña habitación donde vivía, negándose al ofrecimiento de Emma de quedarse en el castillo, donde estaría más cómodo, podría ser examinado por médicos expertos y ella podría cuidarle. Pero, aunque le agradaba la preocupación de la princesa, estaba mejor solo.
Asegurada de que ya no corría peligro, que las fiebres no volverían a aparecer y que el capitán no volvería a ninguna misión por unos meses, la princesa recuperó la normalidad y volvió a sus tareas. Tenía mucho trabajo atrasado, por tanto, había días que ni siquiera le veía. Entre otras cosas, había logrado una alianza comercial con dos reinos lejanos. El Bosque Encantado era rico en minerales, en especial en carbón y habían conseguido venderlos a esos otros dos reinos a cambio de parte de las cosechas. Por lo menos, ya no tenía que preocuparse de otro príncipe tratando de casarse con ella.
Con un libro bajo el brazo y con la mano libre agarrando la falda del vestido para no pisarlo y caerse, caminaba por el bosque en busca del lugar perfecto. Por mucho que le gustara recogerse en la biblioteca del castillo en una de las cómodas butacas y pasar allí horas leyendo, en los días de verano, aprovechando el sol y el buen tiempo, se escondía en algún rincón del bosque.
El bosque podía resultar peligroso, sobre todo si te apartabas de los caminos y no sabías dónde pisar, pero años de experiencia le habían enseñado a mirar a su alrededor y asegurarse de que todo estaba en orden. Se oían constantemente los ruidos que hay entre la foresta; las hojas de los árboles movidas por el viento, los pájaros gorjeando, el agua del río a lo lejos y los pasos apresurados de algún animal persiguiendo a su presa. Por lo demás, estaba tranquilo. Esa paz era algo poco común para ella, habituada a las siempre presentes voces en el castillo, a los pasos de los criados yendo de un lado a otro, haciendo que todo estuviese presentable y los habitantes tuviesen lo necesario. Por eso atesoraba esos momentos de soledad, donde podía perderse en sus pensamientos mientras caminaba o sumergirse entre las páginas de su libro sin que nadie la interrumpiese.
En busca del lugar perfecto, un sitio donde poder sentarse a la sombra, cruzó el camino. Iba distraída, mirando la cubierta del libro entre sus manos. Era un género de libro que no solía leer, pero lo había empezado la noche anterior porque se sentía identificada con la temática de la novela. Era romántica. No era la primera vez que leía un libro así, de hecho, algunos de sus libros preferidos eran románticos y le encantaba releerlos. Pero anteriormente, al hacerlo, pensaba en las expectativas puestas sobre ella y su futuro, y le aterraba. Sin embargo, ya no tenía que hacerlo más, porque había encontrado lo que buscaba al leer esos libros: amor.
Por estar tan concentrada en sus pensamientos no se dio cuenta de que los cascos de un caballo al galope rebotaban contra el suelo hasta que fue demasiado tarde y tras un recodo del camino casi choca contra dicho caballo. Del susto pegó un grito y dio un paso para atrás, pisó el bajo del vestido y cayó al suelo.
- ¡Perdonadme, mi señora! - gritó el jinete bajando a toda prisa del caballo para ayudarla. Se agachó a su lado y fue entonces cuando se percató contra quien había chocado - ¡Emma! - exclamó. La rubia por fin levantó la cabeza y se encontró mirando a los ojos azules que tan bien conocía - ¿estás bien? Lo siento mucho.
-Sí, sí- respondió con un lamento. Aceptó la mano que le ofrecía y con su ayuda se levantó -iba distraída.
- ¿Te he hecho daño? - en su voz había preocupación y Emma sonrió tiernamente. Colocó su mano en su mejilla.
-Tranquilo, estoy perfectamente- le aseguró. Él la escudriñó un rato, y aceptando su respuesta movió la cabeza y le besó la muñeca, el único trozo de piel que podía alcanzar -de todas formas, ¿qué haces aquí?
-Iba al castillo a verte. Aunque veo que tienes otros planes- añadió señalando al libro. Ella siguió la dirección de su mirada y negó con la cabeza.
-Está bien. Me vendrá bien la compañía- le tendió el libro para que lo sujetara y se sacudió las hojas que se habían pegado a su falda. Luego se arregló el pelo alborotado por la caída.
- ¿Te apetece dar un paseo? - preguntó Killian cuando ella hubo terminado de recolocarse la ropa, señalando el caballo. Ella asintió sonriendo. Subió él primero a la montura e hizo hueco delante de él, donde ella se colocó a mujeriegas. La rodeó con ambos brazos para asegurarla en el sitio y con su única mano agarró las riendas y espoleó al caballo, que comenzó a trotar lentamente. Emma se reclinó sobre su pecho, disfrutando de estar entre sus brazos. No dijeron nada por un tiempo, simplemente dejaron que el caballo les guiase, disfrutando del viento en sus caras y de la compañía del otro. Emma sentía el pecho de él que se movía en su espalda y notaba su propio corazón bombeando deprisa, y no por la cabalgada o el susto de la caída. Le gustaba la proximidad de su cuerpo, en donde se sentía segura. Le gustaba el cosquilleo que provocaba su suave respiración sobre su cuello y mejilla, con su cara casi pegada a la suya. Suspiró y una sonrisa asomó a sus labios. De pronto sintió sus suaves labios en su mejilla, rozándola dulcemente, sin llegar a darle un beso, pero mostrándole su cariño. Al verla así, apoyada contra él, con los ojos cerrados y sonriendo relajada, él sonrió también. Con el brazo izquierdo, que había estado apoyado junto a las riendas, rodeó su delgada cintura y la colocó sobre su estómago. Emma descansó ambas manos sobre él.
-Me gusta tu garfio. Así sí pareces un verdadero pirata- susurró agarrándolo, como si en vez del elemento de metal estuviese sujetando su mano, como había hecho otras veces. Durante un tiempo había llevado el muñón libre para dejar que el brazo cicatrizara, pero luego se colocó una prótesis de madera que Geppeto, por orden de Emma, había creado para él. Al parecer, la había sustituido por el garfio. Él se rio por ese comentario, haciendo que un escalofrío recorriera la espalda de Emma por la vibración de su risa en su pecho - ¿hacia dónde estamos yendo?
-Hacia ningún lado en concreto- respondió él. Le daba igual a dónde pudieran ir porque le encantaba tenerla entre sus brazos, tan en paz. Era una sensación tan agradable saber que ella deseaba estar con él tanto como él quería pasar tiempo con ella.
-Déjame- susurró ella con la voz entrecortada. Parecía como si pudiese escuchar sus pensamientos y le respondiese con esa sencilla palabra. Emma agarró las riendas y con mano firme dirigió al caballo, haciendo que cambiase de dirección y saliendo del camino principal hacia uno de los pequeños caminos que se internaban por el bosque. Killian pasó el otro brazo, ahora libre, también por su cintura, ya no solo para agarrarse, sino para poder abrazarla con propiedad. Emma se movió un poco hacia atrás para quedar más pegada a él y se derritió en su abrazo en vez de estirar la espalda para mantener una figura erguida como un buen jinete debe hacer. Estaba cómoda en su abrazo, y, lo que es más, feliz de estar ahí.
La montura dejó atrás los últimos árboles y el sol les deslumbró. Killian aflojó el abrazo sobre Emma y abrió la boca, dejando escapar un suspiro. El sol se ponía en el horizonte, escondiéndose en el mar. El cielo, de un millón de colores diferentes, era hermoso. Pasaba de un añil, al amarillo, naranja, a un tono entre lila, rosado y rojo que semejaba al fuego hasta juntarse con el azul del mar. El sol parecía una bola de fuego bañándose en el océano a sus pies y que poco a poco dejaba paso a la luna, que ya empezaba a aparecer en el cielo, asomando entre las nubes. Debajo de un enorme acantilado rompían las olas contra las rocas con gran estruendo de espuma, que blanqueaba el azul del mar. No se veía ni un barco en la gran extensión de agua y todo estaba tranquilo. Hacia la izquierda y por debajo de ellos se veía el castillo desde arriba, al igual que el río y su desembocadura, la playa y varias aldeas. Detrás de ellos, el bosque que acababan de cruzar.
Killian desmontó del caballo casi sonámbulo, sin poder apartar la mirada de lo que estaba frente a él. Distraídamente ayudó a Emma a bajar, aunque en realidad, ella no necesitaba la ayuda, ya que bajó con facilidad, como siempre. Con pasos cortos y pisando entre las piedras sin darse realmente cuenta de donde colocaba los pies se acercó al borde del precipicio, maravillado. Emma le siguió a paso lento, con una gran sonrisa y felicitándose por haberle sacado esa reacción. Sabía que siempre podía tentarle con el mar.
-Esto es precioso- susurró Killian aún sin salir del todo de su estupor. Por fin se paró casi al borde del acantilado, abarcando todo con la mirada, queriendo memorizar la visión. Emma se paró a su lado y le rodeó la cintura con ambos brazos, apoyando su cabeza contra el pecho, y él la abrazó distraídamente. Su largo pelo rubio ondeaba desordenado por el viento, azotándoles la cara.
-Llevo viniendo aquí desde hace años, mi padre me lo enseñó. Deberías verlo antes de una tormenta. El viento provoca enormes olas y solo se oye el estruendo de estas al chocar contra las rocas. El mar está de un color entre azulado y verdoso y el cielo, repleto de nubes con un color grisáceo que sólo a veces deja que los rayos del sol se cuelen entre ellas. Las gaviotas vuelan graznando buscando un sitio donde refugiarse hasta que acabe la tormenta.
Él la miraba mientras hablaba, ensimismado. Emma tenía una expresión cansada, pero allí en lo alto y gobernando el paisaje, estaba en paz. Admiró en silencio la fuerza de carácter de la princesa, quien a pesar de gobernar todo un reino y lo que ello constituía aún encontraba tiempo de hacer las cosas que le gustaban y de estar con él. Le gustó que le mostrara aquellos sitios que más le agradaban y le contara sus secretos. Le gustó comprobar una vez más que con él se sentía a salvo y cómoda y encontrara una distracción de su siempre ajetreada vida y de sus constantes deberes.
-Deberías ver una tormenta de cerca, en el mar. Todo se vuelve oscuro, el cielo negro cubierto de nubes y el mar de los colores que has dicho, pero más intensos. Las olas rompen contra el casco del barco y aunque parece que lo peor vaya a ocurrir la embarcación siempre gobierna las olas. Es una visión bonita, aunque aterradora a la vez.
Emma rio mirándole -No gracias, creo que prefiero vivir una tormenta desde la seguridad del castillo a estar en el mar. Una vez, camino de Arendelle, nos pilló una fuerte tormenta y empezó a nevar y te prometo que pensé que moriríamos allí. Creo que nunca he pasado tanto miedo como aquella vez- él también se rio e instintivamente la acercó más a él.
- ¿Qué edad tenías?
-Unos doce años. ¿Y tú? ¿Cuál fue la vez en la que pasaste más miedo en el mar? - preguntó curiosa.
-También en una tormenta de nieve yendo a las Islas del Norte. No se veía nada y parecía que el viento iba a rasgar las velas. En un momento de claridad vimos que íbamos directos hacia un gran trozo de hielo. Fue cuando mi hermano aún vivía y era capitán. Logró desviar el barco del camino hacia el iceberg y salimos ilesos, aunque el barco sufrió varios imperfectos y nunca me había alegrado tanto de pisar tierra cuando llegamos a puerto- Emma rio a carcajadas al pensar en que ese lobo de mar había estado aterrado en su elemento.
-El mar es traicionero. Por eso prefiero viajar por tierra.
-No os tenía por una mujer miedosa, alteza- comentó él sarcástico, levantando una ceja de esa forma que Emma había llegado a amar.
-Y no lo soy, pero soy precavida y el mar me da cierto respeto.
Él soltó una sonora carcajada y le besó la frente con delicadeza -Supongo que tendré que arreglar eso. No puede ser que estéis con un Capitán de la Marina y no os guste el mar.
Ella le miró levantando una ceja con expresión burlona, aunque no contestó. En cambio, se apartó de él y comenzó a caminar siguiendo el borde del acantilado - ¿A qué lugares habéis viajado?
Killian se colocó a su lado y le agarró la mano, sonriéndola antes de contestar -A todos los territorios de tu padre, a Arendelle, Dun Broch, Camelot, Oz, Nunca Jamás.
-Nunca he estado en Nunca Jamás- interrumpió Emma -dicen que es un lugar peligroso y traicionero- Killian asintió pensativamente.
-Supongo que tú habrás viajado por todos los reinos.
-Siempre en misiones diplomáticas y nunca he estado más de una semana allí. Me encantaría poder tomarme unas vacaciones y visitar todos esos lugares teniendo tiempo para mí y poder ver todo con detenimiento- se lamentó ella, soltando un gran suspiro.
Él sonrió compasivamente y apretó con delicadeza su mano -Puede que algún día. Yo te llevaré a recorrer todo el mundo y lo veremos juntos- ella le miró y le dedicó una pequeña sonrisa llena de amor. Le entusiasmaba la idea y se prometió que lo harían. Puede que en su luna de miel - ¿cuál es el lugar más extraño al que hayas ido?
Después de pensar por apenas unos segundos respondió -No sabría decirte. Cada reino es muy distinto al nuestro, y en todos hay costumbres extrañas para nosotros. Pero creo que no he ido a ninguno que me haya impresionado lo suficiente para considerarlo extraño. Supongo que también es porque nunca he estado el tiempo suficiente allí ni he tenido la oportunidad para conocer todo lo que había- El capitán la miró con curiosidad -Te llevaré a todos esos sitios- Emma sonrió y no dijo nada más. Cambiaron de dirección y volvieron por donde habían llegado. Ya apenas quedaba un trocito de sol por esconderse y era mejor que fuesen volviendo al castillo, aún les quedaba un trecho cabalgando.
- ¿Tienes magia? - preguntó de pronto Killian, mientras se subía al caballo detrás de Emma -hay rumores de que fuiste tú quien derrotó a la Reina Malvada, pero nadie lo sabe con seguridad.
Emma suspiró, sabía lo que había pasado el día de su nacimiento, se lo habían contado miles de veces, pero era algo que ella no comprendía del todo -Los rumores son ciertos, la historia que has escuchado es real. Supongo que sí tengo magia, aunque nunca, aparte de ese día, se ha manifestado. Nunca la he necesitado así que no me importa mucho el tenerla o no- él asintió - ¿por qué quieres saberlo?
-Curiosidad. Quiero saber todo sobre ti- dijo y después le dio un beso en la mejilla. Agarró las riendas y arreó al caballo, que comenzó a trotar lentamente. Emma sonrió y al igual que había hecho al ir hacia el acantilado, se recostó sobre su pecho, dejándose envolver por los brazos de Killian.
-Dicen las hadas que como nunca he estado en un peligro inmediato y como el principal motivo de mi magia era para derrotar a la Reina y convertirme en la salvadora, y ya lo cumplí, nunca ha aparecido mi magia por falta de necesidad.
-Bueno pues yo sí creo que tienes magia, y que la has usado. Puede que no de forma consciente y visible, pero la usaste.
- ¿A qué te refieres? - preguntó ella extrañada, girando la cabeza en un intento de mirarle.
-Me salvaste. Estoy seguro de que hubiese muerto. Como me dijisteis tú y el médico, había perdido mucha sangre, tenía muchas heridas y ardiendo de fiebre, pero en mis sueños te veía, primero como un ángel de la muerte, pero luego como mi propia Salvadora que me traía de vuelta con los vivos. No sé explicarlo, es una sensación extraña, pero cuando aparecías en mis sueños irradiabas un calor que me hacía sentir en paz y a salvo y un cosquilleo extraño me recorría el cuerpo de dentro hasta fuera curándome las heridas.
Emma no dijo nada y dejó que sus palabras empaparan su mente. Fue entonces cuando se dio verdaderamente cuenta de lo mucho que ella significaba para él, pero también lo mucho que Killian significaba para ella. Y pensar que él la consideraba su salvadora era un pensamiento agradable; aterrador, pero agradable al mismo tiempo.
-Puede que fueran solo los delirios de un hombre moribundo y enamorado- respondió en un susurro, tratando de justificar su posible visión.
-Puede- murmuró él- sea como fuere, me salvaste Emma, me diste fuerzas para luchar y tengas o no magia, no me importa, porque te quiero igual.
Emma abrió los ojos de par en par, repitiendo una y otra vez esas palabras. Él la quería, se lo acababa de decir. Sabía que lo hacía, igual que ella le quería, pero era la primera vez que Killian se lo decía.
Echó la cabeza hacia atrás y juntó sus labios con un corto pero tierno beso. No le devolvió las mismas palabras, aunque él comprendió el significado de ese beso. Se lo devolvió y siguieron cabalgando, esta vez en silencio, en dirección al castillo, los dos con miles de pensamientos en la cabeza y con sus corazones rebosantes de alegría.
Era la primera vez que los dos se sentían así, en completa sintonía con otra persona y habían establecido un lazo de confianza entre ellos que sabían nunca se iba a romper.
