CAPÍTULO 16
La echaba de menos. Solo con estar un día separados ya extrañaba su presencia y su suave voz. Si incluso nada más separarse después de despedirse ya la echaba de menos, cómo no iba a hacerlo después de dos días. Por ocupaciones en el Jolly Roger, Killian no había podido ir a verla al castillo, así que viendo que por fin podía escaparse durante unas horas al haber acabado de dar órdenes para la siguiente misión en la que sus hombres se embarcarían, él aún no, por prohibición del médico, por fin fue a verla.
Mientras caminaba subiendo la colina, disfrutando del buen tiempo del verano, iba jugando con un anillo de plata con un rubí rojo en el medio. El anillo estaba colgado de una cadena también de plata que rodeaba su cuello, y le daba vueltas en sus dedos, pensativo. Había tenido ese anillo alrededor de su cuello desde la muerte de su hermano, lo había encontrado en esa misma cadena en su cuerpo sin vida. Ese anillo había pertenecido a su madre, quien en su lecho de muerte se lo había entregado a su primogénito para que lo entregara a la mujer a la que amara, aunque obviamente no había logrado hacerlo. Entonces, él lo había cogido, esperando poder hacer eso mismo, sin imaginarse que pocos meses más tarde encontraría a la mujer con la que quería pasar el resto de su vida.
No tenía pensado pedirle matrimonio, no aún; ambos lo habían hablado y aunque se querían y querían estar juntos y formar una familia, aún eran jóvenes y apenas se conocían. Pero eso no impedía que él pudiera entregarle ese anillo. Quería tener un detalle con ella y demostrarle su amor, hacerle una promesa de que esperaría todo lo que ella quisiera y que estaría ahí siempre.
Contemplaba el anillo y se lo imaginaba puesto en el delgado dedo de Emma. Encajaría a la perfección. Ella, al igual que su madre, era delgada y tenía manos esbeltas. Además, el rubí resaltaría contra su pálida piel.
No se encontraba bien. Le dolía la cabeza y sentía calambres en la tripa. Había intentado ayudar a su padre, pero al final se había recluido a la paz de la biblioteca intentando concentrarse en un libro, pero el dolor no le dejaba. Tenía a su lado una caja de chocolate, y ya se había comido la mitad, esperando que el dulce de esas delicias le distrajera. Estaba en ese momento del mes y como siempre, el dolor era insoportable. Durante esos días, y sobre todo los primeros, pasaba casi todo el tiempo sola. Le molestaba la compañía de cualquiera y su mal humor hacía que saltase ante la mínima cosa. Sim embargo, esa vez quería algo más. Esa vez no deseaba estar completamente sola, quería unos brazos que la rodeasen y la reconfortaran.
- ¿Princesa? - oyó una voz masculina a sus espaldas. Con un gruñido se dio la vuelta y vio al mayordomo acompañado por uno de los guardias –El capitán está aquí, ¿le hago pasar? - suspiró. Era como si él le hubiera leído los pensamientos. Sin decir nada se levantó y se dirigió al piso de abajo, seguida del mayordomo, para recibir a Killian.
Estaba en el vestíbulo, de pie y sin hacer nada. La luz del atardecer entraba por los grandes ventanales e iluminaban su figura. Iba vestido de negro, como siempre que no estaba de servicio, con la chaqueta de cuero negro que tanto le gustaba. A pesar de vestir informal estaba elegante y guapo como siempre.
Nada más verla, sus ojos azules se iluminaron y una gran sonrisa apareció en sus labios.
-Emma- saludó dirigiéndose a ella. Emma forzó una débil sonrisa y se lanzó a sus brazos, contenta de verle.
-Te he echado de menos.
-Yo también, amor- Killian llevó su mano de arriba abajo por su espalda mientras que con la mano herida la estabilizaba por la cintura –he decidido venir a verte. Espero no molestar.
-Siempre eres bienvenido, lo sabes.
Killian rio separándose por fin de ella –Me preguntaba si querías dar un paseo, hace muy buen tiempo- arrugó el entrecejo al ver el rostro más pálido de lo normal de Emma - ¿te encuentras bien amor?
Ella sonrió. Como no, él se iba a dar cuenta con tan solo mirarla una vez de reojo que se encontraba mal. Era como un libro abierto para él. Negó con la cabeza - ¿Qué te ocurre?
La princesa titubeó un poco antes de murmurar -Ya sabes, cosas de mujeres- él arrugó el entrecejo aún más, sin comprender del todo. Ella le miró levantando las cejas y poco a poco la cara de él fue cambiando mientras entendía a qué se refería.
-Oh. Comprendo. ¿Te duele mucho? - ella asintió suspirando - ¿qué puedo hacer? ¿Quieres que me marche?
- ¡No! - exclamó -por favor, quédate. Todo es mejor cuando estás aquí -él sonrió y volvió a abrazarla.
-Como desees.
Emma ocultó la cabeza en su cuello hasta que otro pinchazo en el vientre le hizo saltar - ¿Vamos a la biblioteca? Quiero estar sentada entre tus brazos y no hacer nada.
Estaba sentada en el sillón más grande y cómodo, rodeada de cojines y con una manta sobre su tripa. Tenía calor, pero necesitaba la calidez en esa zona. Masticaba más chocolate y a su lado tenía una taza de té.
- ¿Qué libro quieres, amor? - llamó él desde detrás de alguna estantería. Nunca antes había estado en la biblioteca y se asombró al ver tanto libro junto, no acostumbrado a esa visión. Le encantaba leer y tenía su camarote en el barco lleno de libros, pero eran muy pocos debido a la falta de espacio. Una vez asegurado de que ella estaba cómoda en su sillón, se puso a investigar entre las estanterías para ver si alguno llamaba su atención.
-Sorpréndeme- respondió ella con una carcajada. Minutos después, él volvió con un libro debajo del brazo. Se sentó detrás de ella, y una vez estuvo acomodado, rodeó su cintura con sus brazos y tiró de ella para que se recostase en su pecho. Colocó la mano en su barriga y abrió el libro delante de ella, sosteniéndolo con los dedos - ¿lee para mí? - susurró.
La grave y suave voz de Killian ocupó toda la habitación, leyendo claramente y poniendo la entonación adecuada en cada parte. Se trataba de un libro de aventuras y fantasía, en el que una mujer escapaba de sus secuestradores, que habían invadido su país, y se refugiaba en el bosque, donde se convertía en una bandida y líder de una rebelión. Emma ya había leído ese libro y siempre le recordaba a la historia de su madre cuando le arrebataron el trono, pero después de la lectura de Killian le gustó más que la primera vez. Aunque si era sincera, no es que estuviese prestando mucha atención. O por lo menos a la historia. Había dejado de escuchar solo para oír su voz vocalizando cada palabra. Su voz tenía algo que hacía que le recorriese un escalofrío por todo el cuerpo y mandaba calor a sus entrañas. Además, su aliento le hacía cosquillas en la oreja y en el cuello. Veía el sol bajando al otro lado de la ventana mientras el cielo iba cambiando de color. En un momento, la habitación había estado iluminada por lo que parecía fuego, hasta que había vuelto a quedarse en penumbras. Los criados habían entrado a encender las velas y una doncella les trajo una bandeja con más chocolate para ella y una copa de ron para él. En ningún momento él había parado la lectura. Solo cuando ya iban a mitad del libro y las sombras eran demasiado grandes como para seguir leyendo, cerró el libro y lo dejó en la mesa a su lado.
- ¿Cómo te encuentras? - preguntó besándole la mejilla. Ella se recostó más contra su pecho, respirando suavemente.
-Mejor desde que estás aquí.
Él sonrió y volvió a besarla la mejilla, dejando ahí sus labios y haciendo suaves caricias con los labios y la nariz. Ella cerró los ojos, cómoda por estar en sus brazos, las manos de ambos entrelazados delante de ella.
Acordándose de la joya que rodeaba su cuello, Killian le soltó la mano y se quitó la cadena. Con dedos temblorosos sacó el anillo y lo escondió en su puño.
-Quiero darte una cosa -abrió la mano delante de ella y le mostró el anillo que descansaba en su palma. Ella contuvo el aliento y se separó de él, girándose para quedar cara a cara.
-Killian...
-No te estoy proponiendo que te cases conmigo, no aún por lo menos -la tranquilizó él. Sabía lo que ella pensaba –y no quiero presionarte. Solo quiero que sepas que te quiero y te doy este anillo como una promesa de que estaré siempre a tu lado. Quiero esperar a que los dos estemos listos y pienso cambiar este anillo por otro cuando llegue el momento adecuado. Este anillo era de mi madre y ella hubiera querido que lo tuvieses. Sé que no es el anillo más bonito y lujoso...
Llegados a este punto, Emma le interrumpió poniendo dos dedos en sus labios, haciéndole callar –Es perfecto, más bonito que cualquier joya que pudiera tener. Y lo acepto con mucho gusto -sólo de ver la enorme sonrisa en el rostro de Killian le sirvió a Emma para sonreír ella también. Sabía que le había hecho feliz al aceptarlo, y eso era lo que ella necesitaba para ser feliz. Killian cogió su mano y delicadamente le colocó el anillo en el dedo. Luego, la llevó a sus labios y la besó allí donde había colocado el anillo –te quiero, Killian.
-Y yo a ti, Emma- salvó el abismo que los separaba y selló sus labios con un beso que ella devolvió sin perder un segundo. Emma llevó sus manos a su cuello y le apretó contra él hasta que los dos se separaron por falta de aire –Dios, no sabes lo feliz que me haces.
-Y tú a mí- susurró ella. Killian le dio otro beso y al separarse volvió a abrazarla y a recostarla contra su cuerpo, volviendo a la posición de antes –me hubiese gustado conocer a tu madre. Seguro que era maravillosa.
-No me acuerdo mucho de ella, murió cuando yo era muy pequeño, pero sí, lo era. Era la mujer más dulce y cariñosa que existe y solo vivía para sus hijos.
-Lo siento mucho- levantó mano y garfio, los llevó a sus labios y los besó.
-Estás bien, amor.
Estuvieron unos minutos en silencio contemplando el baile de las llamas de las velas en las paredes. Se escuchaban sonidos provenientes del exterior de la biblioteca. Todo el mundo se estaba preparando para la cena.
-Killian- dijo entonces ella. Él hizo un sonido con la garganta, señalando que la escuchaba - ¿tú quieres tener hijos?
Él sonrió besándole la frente –Claro que quiero, y sobre todo si son contigo.
Ella rio - ¿En serio que quieres o lo dices por complacerme?
-Es la verdad, amor. De siempre he amado el mar y ha sido mi prioridad, pero nunca me he visto solo trabajando. Supongo que siempre he querido casarme y tener unos cuantos hijos, poder jugar con ellos y enseñarles a navegar. Lo que pasa es que nunca lo he tenido tan claro, no hasta que te conocí y empezamos a vernos. Te quiero para siempre, Emma, quiero ser tu esposo y el padre de tus hijos. Quiero todo contigo.
Emma se rio, aunque dejó escapar un sollozo por esas palabras –Yo también quiero eso- giró el cuello para mirarle y poder besarle en los labios. Él colocó la mano en su mejilla y con cuidado apartó las lágrimas.
-Algún día tendremos a nuestros hijos correteando por aquí, pidiendo que juguemos con ellos. Los llevaré a navegar, les contaremos historias y les meteremos en la cama. Juntos.
-Juntos- murmuró ella - ¿cuántos quieres tener?
-El número no me importa, siempre y cuando estén bien- ella sonrió y moviéndose en su abrazo y se recostó de lado, apoyando la cabeza en su corazón y rodeándole la cintura con los brazos.
-Cualquiera que nos encuentre en esta posición podría pensar cualquier cosa.
-No me importa- dijo ella con convicción -no me avergüenza. Que piensen lo que quieran, tú y yo sabemos lo que es real- titubeó unos segundos, no sabiendo si preguntar lo que tenía en la cabeza –Me da un poco de vergüenza hacerte esta pregunta, pero ¿qué vas a hacer con la marina cuando nos casemos?
-Quiero continuar más tiempo sirviendo. Me encanta y no estoy preparado para dejarlo. Pero en cuanto tengamos nuestro primer hijo colgaré mi uniforme. Quiero dedicarme completamente a ti y a nuestra familia.
-No quiero que te sientas obligado a dejarla si no quieres. Sé que ser de la realeza no va a ser fácil y hay muchas obligaciones, pero quiero que sigas siendo tú. No quiero que renuncies a nada por mí.
-Por ti lo haría encantado- besó su coronilla y la acarició el pelo que descansaba sobre sus hombros –te quiero, Emma, y aunque nunca había imaginado que me enamoraría de una princesa, ni que yo mismo me convertiría en consorte, estoy feliz por haberte encontrado.
Se quedaron así, juntos y abrazados, hablando del futuro y de esos hijos durante unas horas más. Les llevaron algo para picar y cenaron ahí los dos, juntos y solos, sin nadie que les molestara. Después de eso, él se marchó al pueblo para pasar la noche, con la promesa de volver al día siguiente.
Ella se fue a la cama contenta. Mientras se ponía el camisón para pasar la noche, no podía evitar contemplar el anillo que ahora descansaba en su dedo. La piedra del centro brillaba cada vez que la luz se reflejaba en ella y enviaba destellos rojizos por toda la habitación. Mientras se metía en la cama, pensaba que Killian estaba a su lado abrazándola y susurrándole palabras de amor al oído. De repente se dio cuenta que por primera vez en su vida no había pensado en el dolor que sentía cuando estaba con el período. Él la hacía sentir bien, se sentía viva cuando estaba con él, y cualquier preocupación, o dolor en este caso, desaparecía.
