CAPÍTULO 17
Ya había anochecido y volvía a casa después de un largo y agotador día de trabajo. Ya estaba recuperado de sus heridas, y la mano, aunque no cicatrizada del todo, seguía en su lento proceso de sanación. Como le habían dicho los médicos, había tenido suerte y no tenía una infección. Además, había cambiado su garfio inicial, un objeto bastante sencillo, y había conseguido un brazalete de cuero que se unía a su brazo gracias a unas correas también de cuero y en cuyo final podía encajar el garfio, de modo que la pieza de metal se había convertido en una prolongación de su cuerpo y resultó ser bastante útil. Y no olvidar que a la princesa le gustaba.
A pesar de que el Almirante supremo de la marina, la misma persona que respondía directamente ante el rey, le había ofrecido retirarse del servicio, él no había aceptado. Su vida era el mar y una simple herida, aunque fuera la pérdida de un miembro, no le iba a apartar de uno de sus amores, y menos aún de su barco. Aunque por su seguridad había tenido unos meses de descanso en los que no había participado en ninguna batalla ni incursión que pudiera resultar peligrosa, y por tanto un perjuicio para su salud, había continuado con trabajos en tierra, tales como entrenar a nuevos reclutas, misiones de reconocimiento o encuentros con aliados.
Esa tarde había estado en el Jolly Roger debatiendo con su teniente, que hacía las veces de Capitán mientras él no podía, y el resto de los capitanes de su flota, sobre la mejor forma de afrontar la siguiente misión, consultando mapas, discutiendo rutas y haciendo las listas de los materiales necesarios, así como los víveres.
Andando lentamente y sumido en sus pensamientos, deseaba llegar a la pequeña habitación que tenía alquilada en uno de los hostales del pueblo. Vivía en el pueblo marinero, al igual que la mayoría de los oficiales de la marina, ya que su sueldo no era suficiente para permitirse una de esas bonitas y grandes casas a las afueras de las aldeas, con dos pisos, más de una habitación e incluso con criados; tampoco es que la necesitase. Se deslizaba silenciosamente por calles estrechas y oscuras, rodeando la plaza y las calles principales, que estaban abarrotadas por los habitantes del pueblo, que habían salido esa noche de sus casas para celebrar las fiestas. Era el equinoccio de otoño, momento que indica el fin del verano. Esa noche era aprovechada para adorar a Gaia, la diosa del otoño, pidiendo que las cosechas fueran buenas y el invierno suave. También se adoraba a la diosa de los partos y la fertilidad. Se pedía vida, tanto para las personas, como para los animales y las plantas en un momento en el que todo parecía morir, para que en la primavera todo renaciera de nuevo más hermoso que el año anterior. Las aldeas se adornaban con las últimas flores mientras los árboles comenzaban a oscurecer, se sacaba comida a las grandes mesas, el aguardiente e hidromiel corrían por las gargantas, se encendían grandes hogueras en las grandes plazas y antorchas en las calles y la música sonaba por todas partes, llenándolo todo de alegría. Las personas con cierto talento salían a entretener a las gentes, fuera con historias de aventuras sobre grandes héroes y bellas princesas, saltos y volteretas, bromas y chanzas. E incluso algún extranjero venido de muy lejos aparecía y dejaba a todos asombrados con su manejo del fuego, siendo capaz de hacer malabares con palos ardiendo y sacando grandes llamaradas de su boca.
Como Killian no era hombre de fiestas ni se interesaba, probablemente porque no entendía, sobre las cosechas, no quería tener nada que ver con ese jaleo y por eso evitaba encontrarse con cualquiera que pudiera arrastrarle a aquel infierno. Se alegraba por saber que la posada donde residía, al encontrarse en la parte norte de la aldea, subiendo a la parte alta del pueblo, estaría lejos de todo eso y como todo el mundo estaría celebrando, los constantes ruidos que todas las noches había en la posada esa noche desaparecerían.
Torciendo una esquina para pasar a otra calle, captó por el rabillo del ojo el movimiento de la cercana plaza y venciendo su curiosidad, se acercó un poco más a la luz para ver a la gente que se divertía. Vio, en la esquina de la calle en la que estaba, justo la que daba a la plaza, a una pareja observando todo medio escondidos. Ambos eran jóvenes y aunque iban vestidos como el resto de los campesinos y no podía verles los rostros, cubiertos por capas, había algo en su porte, sobre todo en el de la mujer, que no encajaba con toda aquella camaradería. Fue entonces cuando, abriendo los ojos de par en par, la reconoció. Reconocería su figura en cualquier parte, su perfecto cuerpo abrazado por el apretado corsé, inconfundible, aunque llevara un millar de vestidos de campesina; y un mechón de pelo de un intenso dorado, casi blanco por las luces de los fuegos, que escapaba por el borde de la capucha. Y si ella estaba allí, escondida, el que estaba a su lado debía ser su mejor amigo y compañero de bromas, August. Al ser consciente de que estaban allí juntos sintió una punzada de celos en la boca del estómago, aunque pronto la apartó. No tenía por qué sentir celos de él; aunque no podía evitarlo, había estado con la princesa desde que eran niños.
Lentamente se acercó hacia ellos, y cuando estuvo lo suficientemente cerca de ella le tocó el brazo desnudo a la vez que susurraba su nombre. Ella pegó un salto y un pequeño grito escapó de sus labios.
-Emma, tranquila, soy yo- intentó calmarla, moviéndose para quedar delante de ella.
Ella le miró con ojos asustados, pero cuando se apartó de las sombras y pudo verle la cara soltó un jadeo, aliviada -Me has asustado.
-Perdona- la miró durante un instante, devorándola con la mirada y memorizando el extraño atuendo que llevaba. Para pasar desapercibida llevaba un sencillo vestido de tonos marrones y granates encima de una camisa blanca, que empezaba a la altura del pecho, justo encima del corsé, dejando su esbelto cuello desnudo. Envolviendo su cuerpo una larga capa marrón, más oscura que el vestido y que se camuflaba con las sombras de la noche, la capucha echada sobre su dorada cabeza, aunque sus rebeldes cabellos se escapaban por los bordes, acariciando su rostro y enmarcándole la cara. No podía apartar su mirada de ella y de forma inconsciente llevó su mano a su mejilla, rozándola delicadamente con la punta de sus dedos. Ella se estremeció al mismo tiempo que la sangre alcanzaba sus mejillas, tiñéndolas de rojo -estás preciosa- susurró sin apartar sus ojos de los de ella -pero ¿qué hacéis aquí? - dirigió la pregunta a los dos, aunque no miró a August al hacerlo.
-Quería ver las celebraciones y he conseguido convencer a August de que viniera conmigo- respondió ella llevando su mano a la de él y apartándola por fin de su mejilla.
- ¿Os habéis escapado? - preguntó él alzando una ceja con una mirada divertida. Miró al otro hombre, quien le devolvió la expresión juguetona.
-No seremos niños, pero aún nos gusta divertirnos- respondió el hijo del carpintero.
-Todos los años oía a los criados hablar de las fiestas y siempre he querido venir y por fin lo he conseguido. Es más increíble de lo que creía- había estado mirando hacia la plaza y los pueblerinos mientras hablaba, pero volvió a girarse hacia Killian - ¿te quedas conmigo? - rogó. Killian se iba a negar, excusándose porque estaba cansado, pero al ver su expresión suplicante y feliz no pudo decir que no. Emma no había tenido muchos momentos así en su vida, en los que pudiera olvidarse de que era princesa, al menos por una noche, y poder disfrutar y divertirse como una doncella cualquiera, y él no sería quien le negara una de esas raras oportunidades. Asintió y fue recompensado por una enorme sonrisa y un fuerte abrazo, que acabó con un sonoro beso en la mejilla.
-Entonces yo me voy y os dejo solos- intervino August en la conversación, viendo esa oportunidad para marcharse.
-No seas aburrido y quédate- suplicó Emma agarrándole del brazo, pero su amigo negó mientras se reía.
-Me has arrastrado hasta aquí porque querías ver las fiestas y bailar. Ya tienes pareja, así que aquí ya no hago falta- Emma siguió suplicando, pero August no dio su brazo a torcer y al final la princesa acabó resignándose -Killian, haz el favor de acompañarla al castillo y asegúrate de que llegue bien- advirtió dirigiéndose al capitán.
-Tranquilo, amigo- agarró su brazo y lo sacudió. Luego August se despidió de Emma con un beso en la mejilla y cruzando la plaza desapareció entre el gentío. Por fin la pareja se quedó sola aún en el callejón, mirándose el uno al otro, aislándose de todo el ruido que les rodeaba.
-No tenías pensado quedarte, ¿verdad? - preguntó ella casi en un susurro. Él negó con la cabeza sonriendo -haberlo dicho. No quiero obligarte a algo que no te apetezca.
-Me apetece estar contigo- respondió juntando sus cuerpos, rodeando con su brazo herido su cintura y llevó su otra mano a su mejilla. Con el pulgar le rozó el labio inferior -y mientras eso pase me da igual lo que hacer, siempre que te haga feliz.
Ella sonrió, besó la palma de su mano y cerró los ojos, dejando caer el peso de su cabeza en la mano grande de su capitán - ¿Qué he hecho para merecerte?
- ¿Qué he hecho yo para merecerte a ti? - juntó sus frentes y se quedaron así por unos segundos, respirando el mismo aire, con los ojos cerrados. Luego cerró la distancia besando sus labios lenta y tiernamente. Emma correspondió al beso, inclinando la cabeza para tener más accesibilidad.
Se separaron en busca de aire y una vez recuperado el aliento miraron hacia la plaza y casi de forma tímida se unieron a los aldeanos.
Cogidos de la mano deambularon entre las calles, Emma siempre con la capucha echada tapándole hasta los ojos con el fin de que nadie la reconociera. Paraban en los puestos atraídos por el rico olor del asado o del pan, agradecían los vasos de aguardiente que les ofrecían, sonriendo se paraban a hablar con cualquiera que comenzara una conversación, y curiosos observaban el espectáculo. Para Emma ver a tanto saltimbanqui, traga fuegos o bufón no era tan extraño, acostumbrada a las exhibiciones de esas personas en el castillo con motivo de alguna fiesta, pero la expresión de asombro de Killian hacía que Emma disfrutara más.
Sentados en uno de los bancos de madera, descansando los agotados pies después de tanto andar, miraban el actuar de la gente. Los niños corrían despreocupados y hombres y mujeres se divertían relacionándose con los demás. Grupos de chicas miraban a los muchachos que las observaban desde la distancia, parejas jóvenes coqueteaban cerca del fuego, y otras muchas bailaban una danza alegre al son de instrumentos de cuerda y viento. Todo era alegría y diversión, nadie tenía preocupaciones. Era una noche para disfrutar y Emma devoraba todo con la mirada, encantada.
- ¡Esto es increíble! -exclamó Emma girando la cabeza hacia Killian -Mira a toda esta gente relacionándose con todos. Son sus iguales, no tienen que fingir ni sentirse inferiores. Pueden simplemente pasarlo bien. Me gustaría ser como ellos- terminó anhelante.
-Y ellos quieren ser como tú. Nadie nunca está satisfecho con lo que tiene- contestó Killian pasando su brazo sobre sus hombros y atrayéndola hacia él -Pero por hoy puedes fingir que eres simplemente Emma, una campesina.
- ¿Y vas a sacar a esta simple campesina a bailar, Killian? - preguntó ella de forma inocente, aunque con una gran sonrisa socarrona en la cara que eliminaba la inocencia de su expresión.
-No sé bailar esto, amor- se quejó Killian con una nota de pánico en la voz.
La princesa le sonrió y le acarició la mejilla delicadamente, rozándose la piel con la áspera barba -Yo tampoco, pero eso es lo bueno. No tienes que saber bailar esto, simplemente intentar seguir a los demás mientras saltas y te ríes. Venga, Killian, sácame a bailar- volvió a suplicar. Esta vez se levantó y extendió ambas manos hacia él para ayudarle a levantarse. El capitán no podía resistirse a las súplicas de su princesa, nunca lo había hecho y nunca lo haría, así que dándose por vencido agarró su mano y se puso de pie, sobrepasándola en altura. Tenía que admitir que el baile parecía divertido a juzgar por las grandes sonrisas en los rostros de todos los bailarines. Ella le dio un pequeño beso en los labios en agradecimiento y luego le arrastró al centro de la plaza, donde se encontraban las demás parejas bailando.
Fijándose en los movimientos de la gente y siguiendo el ritmo de la música, pronto sus pies empezaron a moverse, y con ellos el resto del cuerpo. Las guitarras, tambores y flautas creaban una melodía muy animada, que incitaba a brincar sin preocupación. Killian depositó su mano buena en la cintura de Emma, mientras que ella agarraba el garfio con una mano y con la otra agarraba el vestido. Se movían de un lado a otro por el gran espacio, esquivando al resto de bailarines. Talón, punta, saltos; talón, punta, saltos, hacia adelante, hacia atrás, giro. Se soltaban las manos y Killian hacía que diera una vuelta sobre sí misma. Emma se agarraba a sus hombros fuertemente y él la levantaba sin ningún esfuerzo, como si no pesara nada, impulsada por un pequeño salto. Cambiaban de pareja, haciendo una cadena con los demás hombres y mujeres de modo que iban rotando hasta volver a su pareja inicial. Y los saltos seguían. Y las risas no paraban.
Los dos sonreían, y había un fuego en sus ojos por el movimiento y por la risa. Se estaban divirtiendo como nunca antes, con la mente completamente en blanco, solo pensando en no perder un paso y seguir los movimientos de los demás. Bailaron una canción entera, y luego otra. Los dos jadeaban, pero seguían riendo; a pesar del cansancio no querían parar. Las mejillas de ambos, rojas por el calor. El pelo de Emma alborotado. Durante el primer baile había mantenido la capucha sobre su cabeza, hasta llegado un punto en el que dejó de importarle ocultar su rostro o que alguien la reconociera.
Acabado el segundo baile se apartaron a un extremo de la plaza para descansar un poco. Estaban agotados, las respiraciones agitadas y sus pechos subiendo y bajando apresuradamente, pero también se reían a carcajadas. Se acercaron a una de las mesas con bebidas y los dos bebieron casi de un trago el vaso ofrecido de hidromiel, casi sin hacer caso a la sensación de fuego que luego les dejó en la garganta. Comieron algún dulce y volvieron a saciar su sed con alguna bebida fría de frutas y luego Killian los arrastró a un rincón donde tener un poco más de intimidad.
-Ha sido muy divertido- confesó sonriendo una vez a solas. Se encontraban en un rincón oscuro entre dos casas, apretados uno contra otro. Emma tenía ambas manos apretadas contra la casaca de cuero negro de él y sentía los fuertes latidos de su corazón; seguro que él también sentiría los suyos, que hacían que su corazón chocase contra el corsé. El cuello torcido, echando para atrás la cabeza y así poder mirarle a los ojos.
-Te lo dije- susurró sonriendo -debería introducir este baile en la corte para las fiestas que celebremos.
-No creo que a los nobles les guste. Este es un baile de campesinos, poco apropiado para los tranquilos y lentos bailes que a los nobles les gustan.
-Bueno, seré la reina, puedo hacer lo que quiera y cambiar las cosas, y ellos deberían obedecerme.
-Si hacéis eso, Alteza, os ruego que me concedáis el primer baile- dijo divertido, cubriendo la pequeña mano de Emma que estaba sobre su pecho con la suya, más grande y callosa. Jugó con el anillo que le había regalado, dándole vueltas y pensando en lo bien que quedaba en su dedo.
-Sabéis que sí, capitán. El primero, y el segundo y todos los demás, porque pienso bailar con vos por el resto de mi vida- puso una cara seria para dar énfasis a sus palabras. Estaba loca por Killian y ya tenía seguro que no quería separarse de él nunca. Quería que por siempre sus vidas estuvieran entrelazadas. Que él se convirtiera en su mejor amigo, su compañero, su confidente, su marido, su amante, su rey. Y esos pensamientos que en un pasado le habían asustado, temerosa de no encontrar su amor verdadero y tener que conformarse con alguien que sus padres decidieran, ahora los aceptaba feliz, porque sabía que había encontrado a su otra mitad. Killian debía de pensar igual, porque con una amplia sonrisa agachó la cabeza y envolvió sus labios con los de Emma. Ella cerró los ojos nada más sentir el beso y se derritió en él, disfrutando del sabor de Killian y del roce de su boca, de la calidez de su tacto y del amor de sus movimientos. Llevó su única mano a los dorados rizos de Emma, que caían como una cascada despeinada a sus espaldas y los acarició con ternura, deslizando pequeños mechones entre sus dedos. Emma se acomodó en el pequeño hueco y rodeó con ambos brazos la cintura de él, intensificando el ya ardiente beso.
Se separaron para coger aire y Emma dejó que su frente descansara sobre los labios de Killian, que rozaban su piel con delicadeza.
- ¿Por qué no te gusta bailar? - preguntó ella curiosa, aún sin apartarse de él y sin abrir los ojos.
-No es que no me guste, bueno no me entusiasma, pero es más bien porque nunca he aprendido- respondió él, tampoco sin apartarse realmente, hablando contra su piel.
-Pues lo haces bastante bien.
-He tenido que mejorar mi técnica para bailar contigo. Sé que te gusta, y mientras seas tú mi pareja no me importa bailar- Emma sonrió ante esa respuesta, levantando la mirada y clavando sus ojos en los de él. Después volvió a besarle.
-Siempre sabes qué decir- susurró. Él rio.
El reloj de la iglesia dio tres fuertes campanadas que sobresaltaron a la pareja. Anteriormente no habían escuchado el reloj al estar metidos en el bullicio, pero en ese lugar silencioso sí pudieron oírlas.
-Debería volver al castillo- dijo Emma a regañadientes. Se lo estaba pasando muy bien, y lo que era mejor, podía pasar más tiempo con él, pero sabía que ya era momento de volver a su realidad.
Él fue el primero que salió del pequeño espacio y le ofreció la mano para ayudarla a salir. Emma volvió a ponerse la capucha y, dejándose guiar por Killian, ambos se fueron alejando de la plaza en dirección a la salida del pueblo. Andando lentamente y enfrascados en la conversación fueron internándose por el camino del bosque, subiendo la colina que los llevaría al hogar de la princesa. El bosque estaba en la más profunda oscuridad, se oían los aullidos de los lobos y el ulular de los búhos, y mientras en otra circunstancia Emma hubiera sentido miedo, esa vez no, porque se sentía protegida por Killian, y si algo les pasaba sabía que él la defendería.
Llegaron a la linde del bosque, a unos metros de la cual se encontraba la puerta principal, guardada por dos guardias. En las almenas había más, que hacían la ronda vigilando por la tranquilidad del castillo. En vez de salir del bosque, Emma guio a Killian por su borde y cuando estuvieron alejados de la puerta de modo que nadie los viera, cruzó corriendo la poca distancia que les separaba de la muralla, y siguieron caminando pegados a ella, protegidos por su sombra.
- ¿Qué haces? ¿Por qué no entras? - preguntó en un susurro el capitán, extrañado.
-Son las tres de la madrugada, debería estar en mi alcoba, me he escapado y vengo acompañada de un hombre. Si alguien me ve me matan, y más aún mis padres.
- ¿Entonces por dónde pretendes entrar?
-Por los pasadizos secretos- Killian la miró asombrado y Emma, riendo, le borró esa expresión dándole un beso -nadie sabe de su existencia, creo que incluso mis padres no lo saben. Los descubrimos August y yo hace años en nuestras exploraciones por el castillo. Todos desembocan aquí, al pie de la muralla, y hay uno en el mismo pasillo donde se encuentra mi habitación. ¿Cómo creías que nos escapábamos, por la puerta principal? -soltó una risita. Andaban despacio y pisando con cuidado para no hacer ruido con las ramas y las hojas. Además, Emma iba concentrada, mirando atentamente la pared. Al final, llegaron a unos setos de los que nacía una enorme enredadera que crecía hasta las almenas. Apartando con cuidado las ramas y tanteando la oculta pared, por fin encontró lo que buscaba y empujando, abrió un pequeño resquicio -ya está. Prométeme que me guardarás el secreto.
-Te lo prometo- sonrió agarrándole la mano y le dio un beso en los nudillos.
- ¿Vendrás mañana a verme? - pidió ella mirándole directamente a los ojos. El asintió levantando una ceja -ven por la tarde y pediré que nos preparen una cena para los dos solos.
-Como desees, Milady- Emma soltó una carcajada por su ocurrencia, carcajada que él interrumpió poniéndole la mano en la boca, aunque sin poder contener una pequeña risa. La atrajo hacia sí y la rodeó con ambos brazos. Se miraron directamente a los ojos.
-Gracias por haberte quedado y por acompañarme- él la sonrió y le besó tiernamente los labios, en un beso corto -te quiero- susurró ella a centímetros de sus labios, con los ojos clavados en los azules de él. Una enorme sonrisa asomó en los labios de él e impulsivamente la despegó del suelo levantándola, y la besó.
-Yo también te quiero- respondió él también en un susurro. Ella le acarició el pelo hasta que Killian la volvió a depositar en el suelo y por fin se separaron, al instante echando de menos el tacto del otro, y deseando que llegara el día en el que no tuvieran que separarse.
-Buenas noches, Capitán- se despidió ella, dándose la vuelta una última vez antes de cruzar la puerta y cerrarla a sus espaldas.
El pasadizo era muy oscuro, solo iluminado por la antorcha que llevaba en la mano y que apenas le permitía ver lo que había delante suyo, pero ella se sabía el camino de memoria. Y sabía que después de dar ciento cinco pasos debía girar a la izquierda y que enseguida encontraría la palanca que abría la puerta.
Pronto estuvo en su habitación, con el suave camisón de satén, y metida debajo de las sábanas, y una vez más dejó volar sus pensamientos mientras su agotado cuerpo se relajaba. Pensó en la forma en la que le había mirado esa noche. Como siempre, con total admiración y amor. Una vez más había dejado de lado sus deseos para hacerla feliz. Se lo habían pasado muy bien juntos y había vuelto a sentir ese calor y esa electricidad que siempre recorría su cuerpo cada vez que estaban juntos. Además, por fin le había confesado lo que realmente sentía por él.
Como casi todas las noches, sus últimos pensamientos antes de quedarse dormida fueron cómo sería tener una vida entera juntos y cuándo le pediría que se casara con él. Se durmió y soñó con él.
Mientras Killian deshacía el camino andado de vuelta al pueblo iba pensando en ella. Desde lo alto podía ver el pueblo iluminado con miles de fuegos e incluso podía oír la agradable música. Recordó sus bailes juntos y la cara alegre de ella; los besos que después habían compartido y lo bien que encajaba en sus brazos. Ella le hacía sonreír y le había devuelto la alegría y las ganas de relacionarse con la gente. Después de la muerte de su hermano había pasado un período oscuro, en el que se replanteó todas sus decisiones, en el que le costaba ser un buen hombre y la tentación de volver a ser el hombre borracho e irresponsable que era de joven era cada vez más imposible de apartar. Pero otra vez había luz en su vida, y esa luz había sido traída por Emma Swan, la princesa del Bosque Encantado, y no pensaba dejarla escapar. Volvió a imaginarse poniéndose de rodillas y ofreciéndole un anillo, prometiéndose estar juntos por siempre.
Creo que este es mi capítulo preferido. Me hacía mucha ilusión una parte en la que ambos pudisen ser ellos mismos, sin la pompa de la corte (aunque me encante esa frivolidad), y donde pudiesen saltar y divertirse. Siempre me han encantado esos bailes de campesinos de los libros y películas medievales.
