CAPÍTULO 18
Se dirigía al comedor con paso lento, casi arrastrando los pies. Seguía agotada por la noche anterior y le dolía todo el cuerpo; además, esa mañana había madrugado, así que los restos de sueño eran aún visibles en su cara. Lo único que ocupaba su cabeza en esos momentos era una imagen de lo apetecible que resultaba su cama en aquellos momentos y la taza de café que le esperaba en la cocina y que confiaba que le despertara un poco y le ayudara a concentrarse en el trabajo de esa mañana.
- ¡Emma! - la llamó una voz detrás de ella. Le costó un poco reaccionar y distinguir la voz de su madre. Se dio la vuelta y la esperó.
-Buenos días, mamá- saludó dándole un beso en la mejilla.
- ¿Vas a desayunar? - preguntó su madre, a lo que Emma simplemente asintió. La reina agarró a su hija del brazo y caminaron en silencio por el largo pasillo en dirección a las escaleras. Emma seguía absorta y Blancanieves la espiaba detenidamente por el rabillo del ojo - ¿qué tal está Killian?
-Muy bien- contestó simplemente.
- ¿Y qué tal va vuestra relación?
Emma se animó y una sonrisa escapó a sus labios. Hablar de él siempre le mejoraba el ánimo y le sacaba una sonrisa -Le quiero- dijo -me encanta estar con él, me hace muy feliz. Además ¿has visto lo guapo que es?
Su madre soltó una carcajada -Sí, hija, tengo ojos en la cara. ¿Te trata bien?
-Sí, mamá. Es muy respetuoso conmigo y me da el tiempo que necesito. Vamos despacio, pero quiero casarme con él.
-Bueno, pues me alegro de oír eso- Blancanieves tocó la mejilla de Emma para que la mirara -solo quiero que seas feliz, y me alegro de que sea con él.
-Esta tarde vendrá a cenar- informó a su madre. Mientras tanto, habían llegado al comedor y se sentaron en la larga mesa una al lado de la otra, mientras los sirvientes se apresuraron a acercarles los alimentos. Lo primero que cogió Emma fue el café.
-Me gustará volver a verle. Es un buen hombre. Pero dime, ¿piensa él igual que tú? ¿Sabes si quiere casarse contigo?
-Sí- respondió la rubia con la mirada ensoñadora y una sonrisa -empezamos a salir en serio porque me dijo que quería un futuro juntos y que esperaría lo que hiciera falta hasta que yo estuviera lista.
-Es consciente de que casarse contigo implicará ser tu consorte, ¿verdad? - el tono de voz de la reina era de advertencia, preocupada por su hija, pero ella asintió, tranquilizándola -me alegro por ti.
-Está muy seguro de que quiere casarse conmigo. Mira, me lo regaló hace unas semanas- levantó la mano hacia su madre y le enseñó el brillante anillo sobre su dedo –es una promesa de que quiere estar conmigo y quiere casarse y formar una familia. De que estará a mi lado pase lo que pase.
-Me preguntaba de dónde habría salido ese anillo- murmuró la reina observándolo con una sonrisa –entonces, no tengo nada que decir en su contra. Solo asegúrate de que le pida tu mano a tu padre primero –Emma asintió, ocultando la sonrisa detrás de la taza de café. Killian sabía que tenía que hacer eso, no solo porque ella era la princesa y el rey debía dar su consentimiento, sino por algo más simple: Emma quería la aprobación de su padre. Al final del día ella era una muchacha que amaba a su padre y quería que él la apoyara en sus decisiones.
Siguieron comiendo en silencio, haciendo algún que otro comentario sobre la comida. Poco a poco, Emma fue despertando y activándose, preparada para un nuevo día. La reina acabó el desayuno antes que ella.
-Cariño, cuando acabes ven al Salón del Trono. Tu padre y yo queremos hablar contigo de algo importante- Emma asintió sin darle mucha importancia y siguió a lo suyo, mientras su madre se levantaba y se dirigía a la puerta, pero antes de salir se volvió hacia ella -por cierto, ¿dónde estuviste anoche?
Emma se atragantó con la comida que se acababa de meter en la boca. Pensó que la noche anterior había sido silenciosa y nadie se había percatado de su ausencia - ¿Cómo lo sabes? - preguntó avergonzada sin levantar la mirada.
-Entré en tu habitación para hablar contigo, pero no estabas. Te busqué por todo el castillo y como no te encontré me quedé esperándote hasta que, de madrugada, escuché que por fin volvías.
La princesa titubeó un poco antes de responder, no segura de si mentir o contarle la verdad a su madre. Optó por lo último -Fuimos al pueblo a la fiesta y a bailar- trató de evitar la pequeña sonrisa que amenazaba sus labios al pensar en lo bien que se lo había pasado la velada anterior y al recordar sus brazos alrededor de su cuerpo, su mano rozando su piel, y sus labios sobre los suyos, besándola -fui con August, pero allí nos encontramos con Killian y se quedó conmigo.
-Emma sé que eres adulta y te hemos criado con la responsabilidad de que sepas elegir tus acciones, pero también eres la princesa y no puedes seguir correteando como si aún fueras una niña- le amonestó su madre, suspirando. Sabía que su hija no lo hacía con mala intención, pero no podía evitar preocuparse por las repercusiones de que alguien se diera cuenta de quién era, o peor, si algo le pasaba ahí fuera -tienes suerte de que tu padre no se enterara de que no estabas anoche. Y de que no sepa que estabas sola con un hombre.
-Mamá- advirtió Emma negando con la cabeza al mismo tiempo que se ruborizaba. No era tonta, sabía lo que su madre estaba pesando -no pasó nada. Bailamos, comimos, nos reímos y luego me acompañó al castillo para que no fuera sola. Nos despedimos en la puerta y nos separamos. Te lo prometo-. Sin embargo, no pudo evitar pensar en lo mucho que lo deseaba y lo mucho que le hubiera gustado que Killian subiera a su habitación la noche anterior. Quería estar con él de todas las formas posibles, en cuerpo y alma.
-Te creo- aseguró Blancanieves. Al ver la cara seria y el cuerpo erguido de su hija, la reina ablandó su rostro y dibujó una pequeña sonrisa -entiendo que a veces te sientas atrapada aquí y sientas curiosidad por lo que hay fuera, a mí también me pasaba, pero también tienes que comprender mi postura y que no sé qué haría si algo malo te pasara. Estaremos en paz, pero siempre habrá gente detrás nuestro a quien le encantaría pillarnos en un momento de distracción y hacernos daño. Hay gente cruel ahí fuera.
-Lo entiendo, mamá, de verdad que lo hago. Pero tuve cuidado de que nadie me reconociese. Y tampoco puedes esperar que me quede todo el día aquí atrapada solo por miedo a que me pase algo.
-Lo sé- Blancanieves volvió hacia la mesa y pasando el brazo por los hombros de Emma, le dio un beso en la coronilla -te quiero ¿vale?
-Yo también- murmuró Emma levantando la mirada hacia su madre y sonriéndole.
Después de hablar con sus padres, Emma se retiró a hacer sus tareas. Ese día, aparte de un par de reuniones con algunos de los nobles, todo el trabajo que tenía podía hacerlo sola, de modo que tuvo más tiempo para pensar. La mañana la pasó con una expresión nerviosa, casi preocupada, y la concentración en los papeles que tenía que redactar, revisar y firmar se le hizo casi imposible. Incluso pensó en enviar un mensajero a Killian pidiéndole que no fuera a visitarla aquella noche, pero se retractó, decidiendo que la distracción y la compañía le vendrían bien.
A media tarde salió sola a montar a caballo y espoleó la montura para que galopara lo más deprisa que sus fuertes patas pudieran, esperando que la velocidad, los árboles convertidos en una mancha al pasar rápido a su lado y el viento la distrajeran. Llegó hasta el pie de las montañas donde, según la leyenda, vivían los dragones, y luego volvió, por otro camino, pero a la misma velocidad.
De vuelta en el castillo, se bañó y se puso ropa limpia, un bonito vestido azul oscuro con mangas hasta el antebrazo y bajó al pequeño salón con un libro, donde estaría esperando la llegada de Killian. Allí estaban sus padres, así que en vez de a leer, se puso a jugar al ajedrez con su padre, distrayéndose una vez más de sus pensamientos y dejando que su mente se concentrara en algo más.
Tan ensimismados estaban en el juego que no se fijaron en la hora, ni en que el cielo se había ido oscureciendo poco a poco, no solo porque iba anocheciendo, sino porque unas nubes que presagiaban tormenta habían cubierto los últimos rayos de sol. Los criados habían entrado y salido de la habitación unas cuantas veces para encender el fuego de la chimenea, encender las luces y llevarles una bandeja con té. Mientras, el rey y su hija movían las piezas lentamente, adelantando la jugada del otro y buscando la manera de vencer al contrario.
La pesada puerta volvió a abrirse, y la única que levantó la cabeza fue la reina. Entró una criada, quien carraspeando tímidamente anunció -Majestades, alteza, siento interrumpir. El capitán Killian Jones ya ha llegado.
-Que pase- respondió distraída Emma sin levantar la mirada del tablero. La criada hizo una reverencia y se acercó a la puerta, dejando pasar al capitán, que con unos pocos pasos ya estaba al lado del asiento de la princesa. Ella le saludó con la mano al mismo tiempo que movía el último caballo que le quedaba.
- ¿Llego pronto? - preguntó Killian en un murmullo, no queriendo romper la concentración de Emma.
-No, solo deja que acabe esta partida.
-Entonces no tendrás que esperar mucho, Jones- intervino David al tiempo que aparecía una gran sonrisa maliciosa en su rostro. Lentamente movió una de sus fichas -Jaque mate- Emma bufó fastidiada y tumbó su rey. Luego, se reclinó sobre su silla.
-Es imposible ganarle. Solo le he ganado un par de veces, y creo que él me dejó- se quejó poniendo mala cara a su padre, a lo que él respondió sonriéndole. Se levantó y se puso al lado de Killian, dándole un casto beso en los labios y luego apoyó su cabeza en su hombro.
-No creo que sea imposible- rebatió Killian, mirando primero a la princesa y luego al rey con una sonrisa maliciosa. Durante los meses que llevaba cortejando a Emma, había cogido mucha confianza al rey. Aún le imponía, probablemente nunca dejaría de hacerlo, pero era un buen hombre y le respetaba. Y parecía que él le agradaba a David también.
- ¿Jugáis al ajedrez, Capitán? - preguntó David con curiosidad.
-Sí, y debo decir que soy bastante bueno, majestad.
-Entonces sentaos y demostradlo- David señaló el asiento previamente ocupado por su hija.
-Papá, tenemos planes. Mandé que prepararan el cenador para nosotros- se negó Emma, que, aunque le apetecía ver a su amado venciendo a su padre, le apetecía más estar a solas con él.
-Emma, está lloviendo- susurró Killian en su oreja. La princesa dejó escapar un «oh» al darse cuenta de que, efectivamente, se oían las gotas repicar sobre el alfeizar de la ventana y percibió las gotas en el pelo y la ropa de él -supongo que pasará pronto, pero mientras tanto, acepto el reto, majestad- se separó de Emma y se sentó frente al rey. David volvió a colocar las piezas sobre el tablero.
-Tenéis las blancas, empezad- señaló David. Killian hizo el primer movimiento. Emma agarró una silla y se sentó junto a la mesa, curiosa por saber cómo se desarrollaría esa partida y cuál sería su final. Sabía lo bien que jugaba su padre, mirando con atención y buscando la mejor estrategia, por eso nadie, o casi nadie, lograba vencerle; pero no sabía cómo jugaría Killian y si realmente sería tan bueno como decía ser.
La partida se estaba alargando, los dos se tomaban su tiempo y aunque a Emma le gustaba ver la cara de concentración de Killian, pensando que estaba adorable con el ceño fruncido, que le daba un aspecto más intelectual, y la boca entreabierta, se estaba quedando tiesa en la silla en la que estaba sentada. Se levantó y se estiró, dejando que sus músculos se relajaran. Se acercó a la ventana y se asomó por el frío cristal. Fuera aún llovía, aunque no con la misma intensidad de antes. En unos minutos seguramente dejaría de llover del todo, permitiendo que la pareja pudiera cenar fuera sin calarse hasta los huesos. Distraída por un sordo gruñido de su padre volvió a girarse hacia los dos hombres, solo para ver cómo Killian apartaba una de las piezas negras de su padre del tablero. Ya no quedaban muchas, pero ambos las defendían. Caminó hacia el piano, que se encontraba a la izquierda de la chimenea, y abriendo la tapa con cuidado deslizó distraídamente los dedos con suavidad por sus teclas.
- ¿Por qué no nos tocas algo, cariño? - preguntó su padre distraídamente, solo levantando la mirada unos segundos antes de recuperar la concentración.
- ¿Tocas el piano? - preguntó Killian a su vez; él sí levantó la cabeza, a lo que Emma respondió moviendo afirmativamente la cabeza. Claro que podía tocarlo, pensó Killian con una pequeña sonrisa, no había nada que Emma no pudiera hacer. De pronto el sonido de las teclas siendo presionadas comenzando una melodía distrajo al capitán del juego. Él se volvió para mirar a su princesa. Ella estaba sentada sobre una pequeña banqueta delante del instrumento. La veía de perfil. Tenía la mirada fija en las blancas y negras teclas, el ceño ligeramente fruncido y sus largos y esbeltos dedos acariciaban dulcemente las teclas, deslizándose suavemente por ellas y sacándoles una melodía. No tenía partitura, tocaba de memoria.
Entre la bonita canción que salía del instrumento, el suave repiqueteo de las gotas contra la ventana y el crujir de las llamas en la chimenea, la mente de Killian desconectó completamente del juego. En su cabeza estaban Emma y él solos; los reyes habían desaparecido. Era una fría tarde de invierno, en la que hacía demasiado frío como para dar un paseo por los jardines. Los dos se habían refugiado en ese acogedor salón, enfrente de un buen fuego y con tazas de chocolate caliente con canela; había aprendido hacía poco que a Emma le gustaba así. Los dos acurrucados juntos en uno de los sofás, en el más pequeño para así estar lo más cerca posible y darse más calor, cada uno con un libro entre las manos. Luego, Emma se levantaba y silenciosa se dirigía al piano y empezaba a tocar una melodía capaz de hacer que las preocupaciones que hay en el corazón de un hombre desaparecieran, capaz de transportar a cualquiera a otro lugar. Y como siempre, ella aparecía en su cabeza como un ángel.
Sus pensamientos fueron abruptamente interrumpidos por el «jaque» de su oponente y rápidamente volvió a concentrarse, volviendo a poner su rey a salvo. En ese breve momento Emma había parado de tocar, volviéndose hacia ellos para ver la decisión que Killian tomaría, y al ver que él volvía a tomar las riendas del juego continuó tocando.
-Jaque mate- resonó la voz de Killian por encima de la canción. Emma dejó de tocar y enseguida estuvo colocada al lado de Killian, mirando las pocas fichas que quedaban en el tablero.
Incrédulo, David también miraba el tablero, inspeccionando que no hubiera error. Evidentemente, su rey estaba en jaque, y él no podía hacer nada. Suspirando frustrado, tumbó su ficha.
- ¿En serio has ganado a mi padre? - exclamó Emma sin poder ocultar su entusiasmo.
-Te lo he dicho, amor, soy muy bueno- contesto Killian con una sonrisa de superioridad, alternando la mirada entre padre e hija. Aunque los dos tenían una mirada de asombro, la de Emma era de orgullo, mientras que la del rey era de fastidio.
-Papá, ya has encontrado a tu oponente perfecto. No me puedo creer que haya alguien mejor que tú jugando al ajedrez.
-Solo ha sido la primera partida- intentó justificarse David -suerte. La próxima vez le ganaré yo, ya veréis. Solo ha sido suerte- murmuró más para sí, tratando de convencerse.
-No lo creo- repitió Emma con una sonrisa demasiado amplia. Tanto David como Killian se levantaron y educadamente se chocaron la mano. Luego Emma abrazo a Killian por la cintura y le dio un pequeño beso en los labios -me alegro de que le hayas ganado, por fin alguien tenía que hacerlo.
Killian seguía sonriendo orgulloso por su triunfo. No todos los días podía decir que había ganado al rey -Por algo es el juego de la guerra y yo soy capitán -dijo irónico -La próxima vez jugamos tú y yo una partida.
- ¿Para que me ganes? - preguntó entonces Emma, levantando las cejas hasta que casi se unieron –no, gracias.
-Podría dejarte ganar- susurró irónicamente Killian, dándole un beso en la frente. Emma iba a responder, pero su madre, que hasta ese momento había estado en silencio leyendo, la interrumpió.
- ¿Por qué no os vais ya, Emma? Es tarde y puede que luego vuelva a llover- dijo levantándose y colocándose al lado de su marido. Emma miró a Killian y luego de vuelta a su madre. Asintió -yo cuidaré que tu padre no se entristezca mucho por haber perdido - todos, excepto David, se rieron, y después de eso Emma y Killian se marcharon.
