CAPÍTULO 20

Emma guio a Killian a través del jardín hacia la parte trasera del castillo. La lluvia había dejado un ambiente fresco, pero nada que la capa favorita de Emma no pudiera arreglar. El suelo estaba mojado y la hierba olía con ese aroma a tierra húmeda que tanto le gustaba a Emma. A pesar de que ya era de noche todo estaba bien iluminado. Primero, una enorme luna llena, que antes había estado tapada por las nubes, por fin había salido de detrás de ellas. Además, todo el jardín estaba espolvoreado con las llamas de los quinqués. Recordaba a una hondonada donde viviesen las hadas. Apenas soplaba el viento, solo una ligera brisa que movía las hojas de los árboles y las plantas.

El cenador era una bonita estructura de hierro, realizada por uno de los mejores metalúrgicos del reino hacía muchos años. El techo estaba decorado con bonitas filigranas que sobresalían. El espacio que se encontraba debajo era bien amplio, en el que se encontraban una mesa llena de comida y repleta de pequeñas velas, dos sillas una enfrente de la otra y a un lado un cubo con hielo una botella de vino. Varios sirvientes se encontraban a un lado, esperando a que su princesa llegara. Gracias a la amplitud del techo, nada se había mojado.

Emma agarró la mano a Killian y tiró de él durante los últimos metros restantes para llegar al cenador. Él, como el caballero que era, sacó una de las sillas, ofreciéndole el asiento a Emma antes de sentarse él mismo al otro lado de la mesa.

-Esto es fantástico- susurró él dedicándole su amplia sonrisa.

-Solo espero que no nos congelemos- se quedó ensimismada en los brillantes ojos azules que la miraban fijamente, y por unos segundos se olvidó hasta de respirar.

- ¿Emma? - la llamó él, sacándola del trance. Ella sacudió la cabeza y soltó una risita. Killian también se rio y extendió la mano sobre la mesa para agarrar la suya - ¿qué tal tu día?

La princesa suspiró, recostándose contra el respaldo de la silla y volvió a mover la cabeza, recordando otra vez la conversación que había tenido con sus padres aquella mañana -Bien, pero por favor no hablemos de eso- respondió encogiéndose de hombros, al mismo tiempo que él levantaba una ceja, pero asintió igualmente-mi madre descubrió que ayer por la noche no estaba en el castillo- volvió a reírse.

Él abrió los ojos, al tiempo que sin poder evitarlo le recorrió un escalofrío nervioso - ¿Te has metido en problemas?

-Me ha sermoneado un poco- Emma se encogió de hombros otra vez mientras agarraba un panecillo de una fuente delante de ella.

-Lo siento- él bajó la vista hasta su plato, aumentando su nerviosismo.

Emma le miró detenidamente, viendo la tensión en sus hombros y su mirada seria y preocupada -Eh, no pasa nada. Te recuerdo que fue mi idea la de escaparme. Tú ni siquiera lo sabías.

-Pero podría haberte pedido que volvieras.

- ¿Crees que te habría hecho caso? - la voz de Emma seguía siendo alegre, pero eso no lograba consolar al capitán -Killian, de verdad que da igual. No tengas miedo de mi madre. En todo caso, de mi padre, y él no sabe nada ni lo sabrá. Mi madre es muy comprensiva- le calmó ella. Por fin él levantó la mirada hacia ella y le sonrió. Alzó la mano de Emma que tenía entre sus manos, y la llevó a sus labios, dándole un beso en los nudillos.

-Te quiero, mi princesa cabezota- los dos soltaron una carcajada. Él estaba en lo cierto, Emma no podía ser más cabezota, y aunque a veces la sacaba de quicio, Killian la quería más así.

Los sirvientes les sirvieron otra copa de vino y por fin les pusieron el primer plato. Una crema de calabaza para calentarles.

La conversación durante la velada no fue muy fluida. Para ser Emma, esta estaba muy callada y la sonrisa que siempre adornaba sus labios y que a Killian tanto le encantaba no estuvo apenas presente. Él le dio conversación, contándole alguna de las aventuras que había tenido nada más enrolarse en la marina. También le contó una anécdota de ese día, como por ejemplo que un niño había intentado colarse en el Jolly Roger porque también quería tener aventuras como aquellos hombres uniformados a los que todos admiraban. Al final había sido descubierto por el contramaestre, un hombre más bien rudo y que le había dado una buena reprimenda al pobre niño. Finalmente, Killian le había dicho que se fuera y el niño había salido corriendo. Esta pequeña historia había sacado una carcajada a Emma, y Killian se felicitó mentalmente por haberlo conseguido. Por desgracia, ella había vuelto a su anterior humor cuando él había intentado que el tema de la conversación volviera a ella, preguntándole si había ocurrido algo en el castillo, o que le contara alguna anécdota de su infancia. Killian quería saber más de Emma y siempre le gustaba descubrir nuevas historias de la princesa de pequeña y sus travesuras por el castillo. Para ser una princesa, cuando era niña se comportaba con poco decoro, o con menos del que debería una chica de su posición. Pero es que ella siempre había sido así, nunca se había conformado y necesitaba correr y moverse, no las aburridas clases de costura, entre otras, a las que estaba obligada. Aunque al crecer y madurar había aprendido a contenerse y comportarse, ese lado salvaje aparecía de vez en cuando, como la noche anterior. A Killian le encantaba escuchar sus pequeñas guerrillas.

Ese día Emma no estaba para hablar de sí misma, solo quería distraerse con su apuesto capitán y no pensar en nada más.

Cogidos del brazo, los dos pasearon por el jardín, ambos arrebujados en sus capas, tratando de tapar el frío y el viento. La temperatura había bajado bastante, pero ninguno de los dos quería entrar aún, testarudos por tener la privacidad del exterior, porque una vez dentro un millón de sirvientes estarían rondando por todos los pasillos. Pero unas pocas gotas de lluvia solitarias interrumpieron sus planes y pronto comenzó a llover con gran intensidad, empapándoles hasta los huesos en pocos segundos. Riendo a carcajadas y tapándose la cabeza con la capucha corrieron hasta la entrada al castillo más cercana. Nada más entrar un par de criados se acercaron corriendo a ellos y les entregaron toallas al mismo tiempo que se llevaban las capas empapadas. Emma les ordenó que les prepararan dos tazas de chocolate caliente.

-Killian, hoy duermes en el castillo- dijo Emma caminando hacia el salón, al mismo tiempo que con una toalla se secaba el pelo.

-No hace falta. Ya estoy mojado, así que por mojarme un poco más en el tiempo en el que llegue al pueblo no pasa nada. Simplemente espolearé al caballo.

-No, Killian. Te quedarás aquí. Hace mucho frío y está diluviando. Aquí estarás caliente. Además, puede ser peligroso que vayas solo. No se ve nada. Pediré que te preparen una de las habitaciones de invitados- habían llegado al Pequeño Salón, el mismo donde había estado esa tarde la familia real. Emma se acercó al fuego y se inclinó ante la chimenea, extendiendo sus manos para calentarlas.

Killian intentó protestar, pero Emma le lanzó una mirada autoritaria que no permitía réplica así que poniendo una sonrisa de sumisión le contestó -Lo que ordenéis, princesa- al mismo tiempo se colocó al lado de ella y con otra toalla le envolvió los hombros, abrazándola luego por la cintura y apoyando la barbilla en su hombro. Emma suspiró y por primera vez en esa noche se relajó, descargando la tensión de sus hombros y se derritió en su abrazo, apoyándose contra su pecho. Killian, distraídamente, comenzó a darle pequeños besos silenciosos en la mejilla. Emma tembló bajo su tacto cuando la barba le hizo cosquillas, pero no se apartó, permitiendo que continuara con esas muestras de cariño. Rodeó con más fuerza su cintura y ella llevó sus heladas manos a la suya ardiendo y la agarró. Ladeó un poco más la cabeza, hasta apoyarla en su hombro, para que tuviera más acceso, a lo que él respondió llevando sus suaves labios a su cuello, que besó, esta vez con más ansia. Emma dejó escapar un gemido.

Una vocecita en su interior le decía a Emma que debían parar, pero se estaba tan bien entre los fuertes brazos de Killian, con su caliente aliento y húmedos besos en su cuello que no hizo caso. Aun así, fueron interrumpidos por unos suaves golpes en la puerta, que fue abriéndose lentamente. Emma se apartó de golpe de Killian, poniendo unos centímetros de distancia entre ellos, de repente avergonzada, tanto de que alguien los viera tan juntos, como de sus acciones y pensamientos. Era un mayordomo que traía en una bandeja de plata dos tazas de humeante cacao negro. La dejó en una mesa enfrente de uno de los sillones.

-Pide que preparen una habitación para el capitán Jones. Pero no le pongáis en el ala de invitados. Y que le traigan ropa seca para que se cambie- el hombre asintió y después de una reverencia se marchó.

Volvieron a quedarse solos y Emma después de ofrecerle una de las tazas a Killian cogió la suya con ambas manos, aún sin mirarle. Se sentó en el sofá seguida de él, que se sentó a su lado dando un sorbo de su bebida. Emma le espió por el rabillo del ojo y suspirando, finalmente le agarró el brazo, levantándolo, y lo pasó por su cintura. Se recostó contra su pecho y encajó la cabeza debajo de su barbilla. No quería hablar, no quería pensar, solo quería estar con él, que la rodeara fuertemente y estuviera a su lado.

- ¿Te ocurre algo, amor? - susurró él la pregunta contra su pelo. Llevaba observándola toda la tarde preocupado, percibiendo que había algo que no encajaba. Su semblante alegre habitual ese día la había abandonado. Ya había percibido el ceño ligeramente fruncido aquella tarde mientras él jugaba al ajedrez con el rey, aunque había intentado ocultarlo con su bonita sonrisa y el sarcasmo hacia su padre. Más tarde, había estado más bien callada y pensativa; y ahora volvía a estar así. No le gustaba ver esa pequeña arruga que se formaba en su frente, ni saber que había algo que la preocupaba.

Ella se encogió de hombros sin moverse de su posición en su pecho -No, todo va bien.

-Emma- llamó él, advirtiéndole de que no la creía. Ella se revolvió en su abrazo y se incorporó, girando el cuerpo para mirarle y forzó una pequeña sonrisa.

-Estoy bien, Killian. Solo tengo frío- él continuó mirándola interrogador así que ella se levantó de un salto y le agarró del garfio -ven, vamos a cambiarnos que al final vamos a enfermar- él se levantó y nada más ponerse de pie ella le besó en los labios antes de caminar hacia la puerta.

En el piso de arriba le llevó a la habitación donde pasaría esa noche y donde ya le esperaba ropa seca puesta sobre la cama. Le indicó que su habitación estaba en el otro extremo del pasillo y que una vez terminaran de cambiarse volverían a verse en el pasillo al lado de las escaleras que acababan de subir.

-Ven- dijo Emma entre risas reuniéndose con Killian en las escaleras, como habían quedado. Quería haberse puesto ya el camisón para no tener que volver a cambiarse luego, pero no podía presentarse así ante Killian, por lo que había optado por un sencillo vestido liso verde oscuro y se había echado sobre los hombros un chal de lana para combatir el frío. Por lo menos ya no estaba mojada. Subió dos tramos de escaleras con Killian persiguiéndola, ambos riéndose a carcajadas como si fueran dos niños pequeños que fueran a poner en práctica la próxima jugarreta planeada. Tres pisos más arriba cruzaron un pasillo desierto y Emma abrió una puerta que los llevó a otras escaleras y después un pequeño desván sorprendentemente ordenado.

- ¿Qué hacemos aquí? - preguntó Killian extrañado, aunque riéndose de igual modo.

-Aquí podremos estar solos sin que nadie nos moleste- respondió ella acercándose a él y rodeándole el cuello con ambos brazos.

-Me parece bien- Killian cerró la distancia que los separaba juntando los labios con los de ella. Emma dejó escapar un suave gemido cuando la lengua de él se introdujo en su boca. Saboreó sus labios, y su mente se quedó en blanco. Sintió la única mano del capitán depositarse delicadamente en su cintura y la sintió casi como si estuviera directamente sobre su piel. Era la primera vez que él la tocaba sin que ella llevase corsé. Sus lenguas siguieron moviéndose juntas, en perfecta sincronía. Emma hundió sus dedos en el alborotado pelo de él.

Killian fue el primero en romper el beso, pero siguió manteniendo su cuerpo pegado al de ella, sintiendo la respiración fatigosa de Emma y el calor de su piel. Ella suspiró sonriendo y finalmente desenlazó sus manos de su cuello.

-Aquí hay guardadas algunas de mis cosas de cuanto era pequeña- murmuró dando un par de pasos hacia un lado, abarcando todo con la mirada. Había algunos peluches, armarios y estanterías, incluso alguna vieja armadura que se veía correosa y oxidada por el paso del tiempo. Killian la siguió -esta era mi cuna cuando era un bebé- dijo señalando una cuna de madera pintada de azul con decoraciones de otros colores. Cogió uno de los peluches que estaban sobre ella, un pequeño elefante lleno de polvo y lo acercó a su pecho. Killian la miraba fijamente, viendo otra vez la mirada seria y la sonrisa triste en sus labios, sabiendo que no era solo por la añoranza, sino por lo que fuese que había estado atormentándola todo el día. Emma se dirigió a uno de los armarios y sacó varias prendas de ropa muy pequeñas -si tenemos una hija quizá podamos utilizar algo de esto- le miró a los ojos con una sonrisa esperanzadora. Giró la cabeza y siguió descubriendo pequeños secretos: unos zapatos, cuentos, e incluso algún dibujo. Miró a su alrededor con añoranza, tan grande la huella de su infancia, una época larga, pero que pasa rápido, dejándote desnuda en la edad adulta.

Killian sonrió también y se acercó a ella, rodeándola con los brazos -Me encantaría. Quiero tener muchos hijos contigo, Emma, y sobre todo quiero que seas feliz, quiero darte todo lo que tu corazón desee.

Ella le sonrió agradecida y le dio un pequeño beso en los labios. Volvió a separarse y esta vez se dirigió a una de las estanterías, de la que cogió una pequeña cajita de madera. Casi cabía en la palma de su mano y era bastante vieja. Las esquinas estaban melladas y el color en algunas partes estaba desconchado.

-Creo que esto se lo regaló mi abuela a mi madre cuando ella era pequeña, y luego me lo dio a mi- abrió la tapa y dentro, en un resorte había unas figuritas de un príncipe y una princesa abrazados bailando. Emma le dio cuerda con una manivela en la parte posterior de la caja y los muñecos comenzaron a moverse, al mismo tiempo que sonó una suave melodía, un poco desafinada por el paso del tiempo -mi madre siempre me decía que algún día esta pareja seríamos mi príncipe y yo, de modo que siempre le daba cuerda y me quedaba mirando cómo giraban los muñecos, esperando el día en el que efectivamente, yo bailase con la persona a quien llegase a amar. Años más tarde me enteré de que quizá yo no me casase por amor, sino que me impondrían el matrimonio con alguien a quien no conociera. Ahora que estás tú en mi vida sé que eso no pasará y que pasaré los próximos años queriéndote, y que tú me querrás también, como en este baile -señaló con la cabeza a las figuras.

Killian le sonrió ampliamente y poniendo su mano en su mejilla, acariciándola tiernamente, volvió a besarla. Cogió la cajita de música que Emma tenía en la mano y volvió a dejarla donde había estado anteriormente. Entrelazó sus dedos con los de ella y la llevó a un espacio libre en el centro de la habitación. Guio esa mano que tenía cogida hasta su hombro y agarró la otra. Puso su garfio firmemente en su cadera y le susurró al oído -Baila conmigo princesa.

Comenzaron a moverse lentamente al ritmo de la canción, como las figuras de la caja de música. Emma cerró los ojos y apoyó la cabeza en su fuerte pecho. Su cabeza encajaba perfectamente en el hueco debajo de su barbilla. No podría ser de otro modo, estaban hechos para estar juntos, pertenecían el uno al otro, y a nadie más.

-Me encanta bailar contigo- murmuró ella. Su voz quedó ahogada por la casaca de cuero de él, pero aun así la entendió.

-Y a mi contigo. Solo contigo- le besó el pelo y apoyó su mejilla en la coronilla, aspirando profundamente el olor que de ella emanaba. Una mezcla de canela y lavanda, una combinación extraña pero que con el paso de los meses había llegado a amar.

Ella también respiraba su olor, queriendo memorizarlo. Olía a mar, el agua salada impregnaba cada poro de su piel, y era un olor a libertad, un olor del que ella carecía. También olía al cuero que casi siempre llevaba. Un ligero aroma a ron también emanaba de él y una pequeña sonrisa se extendió hacia sus labios.

Levantó la mirada hacia sus brillantes ojos azules, que la miraban con una dulzura y un amor que la hacían temblar. Siempre había querido tener a alguien que la mirase así, y ahora lo tenía. Ella le sonrió. Llevó su mano a su mejilla y acarició su recortada barba, dejando que le raspara las yemas de los dedos. Contempló su rostro fijamente, queriendo recordar cada pequeño detalle de ese momento. No iba vestido con su ropa habitual, el uniforme de la marina o el atuendo de cuero que llevaba cuando no estaba de servicio; sino una de las casacas de su padre, digna de un príncipe. Le gustó esa imagen. Dentro de poco le vería así más a menudo, lo que significaría que ya estarían casados.

- ¿Emma? - murmuró él mirándola fijamente. No quería romper el encanto casi mágico que se había formado allí en aquel desván, pero tenía que preguntarlo, tenía que asegurarse de que estaba bien - ¿qué te ocurre? - ella negó con la cabeza sonriendo, intentando convencerle de que todo estaba bien. Él suspiró mirandola seriamente -hoy estás demasiado seria y callada, ¿estás bien?

-Sí, solo estoy pensativa- se encogió de hombros, esperando que así se resolviera todo.

- ¿Y eso por qué?

-Por nada. Es una tontería, de verdad- volvió a apoyar la cabeza en su pecho y la mano que estaba en la de él la puso en su hombro.

-Cuéntame esa tontería, que no será tal si te está molestando.

-No, Killian, da igual, no pasa nada.

Él suspiró, no queriendo forzarla a contarle algo que no quisiera, aunque igualmente frustrado porque quería ayudarla. Llevó su garfio y lo puso en su barbilla y con delicadeza la obligó a que lo mirara -Está bien, cuéntamelo cuando estés preparada, pero quiero que sepas que puedes hablar conmigo.

Ella le dedicó una gran sonrisa que le quitó la respiración a Killian. ¿Cómo era posible que esa mujer fuera tan hermosa? -Lo sé. Te quiero.

-Y yo a ti- le dio un beso -por ahora, ¿puedo hacer algo?

-Solo abrázame- y eso hizo. Pasó ambos brazos por su cintura y la acercó a ella, que volvió a apoyarse en su torso y cerró los ojos. Siguieron moviéndose lenta, muy lentamente, incluso cuando la música había dejado de sonar hacía un rato. Y una vez más los dos imaginaron su futuro, uno en el que bailaban todas las noches en la oscuridad e intimidad de la habitación. Ellos siempre juntos porque eran el final feliz del otro.

Esto va llegando a su fin. Quedan dos capítulos (si no me equivoco) y el epílogo. Sé que soy horrible, soy la persona menos constante ever, y prometo que no tardaré tanto en subir el próximo capítulo (además es uno de mis favoritos). Juro que en una semana (como tarde) habrá nuevo capítulo.