Título: Agridulce
Resumen: Una extraña rubia llega a su rancho gravemente herida. Pronto Arnold se enterará de todos los misterios que oculta esa mujer que asegura odiar a los hombres. Al verse contra la espada y la pared, la obliga a casarse con él por conveniencia… Justo cuando Helga pensaba que Arnold podía ser la excepción.
Advertencias: Contenido sexual explícito, lenguaje obsceno.
Nota de Autor: Bueno, solo quiero volver a señalar estos datos:
1. Ludwig y Lila en este fanfic son hermanos e hijos del viejo Sawyer.
2. Los padres y abuela de Arnold están muertos. Sí, me dolió mucho quitar a Gertie de la historia, pero era necesario para la historia.
3. La familia Pataki sigue siendo un desastre, hasta en esta historia.
Disclaimer: Hey Arnold! y sus personajes le pertenecen a Nickelodeon y Craig Bartlett.
Capítulo 2. Las apariencias engañan.
—¡Lo conseguí, Arnold! —dijo mientras dejaba caer la bala y la soltaba rápidamente—. Pásame el alcohol.
Arnold obedeció inmediatamente. Vio como desinfectaba la herida y procedía a vendar todo su torso, haciendo presión con las vendas en el omoplato, no sin antes limpiar toda la sangre que estaba en su delgada y pequeña espalda.
—¿S…Sobrevivirá? —preguntó su nieto, con expresión de angustia, al ver como la echaba nuevamente, pero ahora boca arriba. Puso almohadas en su espalda, para que no le doliera.
—Sí, se ve que es una muchacha fuerte —sonrió tiernamente su abuelo. Aquellas sonrisas solían tranquilizar a su nieto.
—Gracias, abuelo —suspiró con alivio—. Ve a comer, yo me encargo de ella.
—De acuerdo.
Después de que su abuelo saliera de la habitación, a Arnold le pareció que a lo mejor le incomodaría a ella despertar con su ropa, entonces le quitó el overol y los zapatos. Con las prisas, no le habían quitado aquellos. La dejo únicamente con ropa interior, y la cubrió con la sábana.
No pudo evitar ver su cuerpo mientras la desnudaba. Sus senos grandes, que ahora tapados por vendas, aquella blanquecina y suave piel, cintura de avispa y prominentes caderas, sedoso cabello rubio que se encontraba ondulado, y sus labios rosados carnosos. Esa joven bien podía ser un ángel.
Notó su rostro sudado y sucio, y procedió a limpiarlo con una toalla limpia. Ella, a pesar de estar sucia, moribunda, y herida, era indudablemente bellísima. Pudo apreciarla mejor cuando retiró esa capa de suciedad de su rostro. Le había caído un mechón rubio sobre los ojos, y Arnold no dudó en acomodárselo. El tacto con su piel le pareció extremadamente suave y que decir de su cabello, se sentía sumamente fino. Arnold no había notado que se había quedado acariciando su cabello más tiempo del necesario. Se veía tan inofensiva que le intrigaba saber quién le había disparado y el por qué. No parecía que ni pudiese romper un plato.
Cuando volvió en sí, alejó su mano como si el contacto quemara. La realidad le dio una bofetada. Él no tenía ni la menor idea de quien era esa joven. No llevaba identificación, solo una bolsa de cuero con un montón de dinero. Por un momento pensó que a lo mejor ella lo había robado, pero recordó la ropa de buena calidad que llevaba y las botas que parecían casi nuevas. Aquellos no eran lujos que se podía dar cualquiera. Sin duda alguna, a esa muchacha no le faltaba el dinero.
—Arnold.
El nombrado pegó un respingo, para voltear y ver a su abuelo con una sonrisa descarada. Arnold se sonrojó al verse descubierto por su abuelo. Se preguntó mentalmente cuando había llegado y cuanto había visto.
—Yo me quedaré aquí, ve a comer algo.
Y sin decir nada más, se fue a la cocina con la mirada baja. Estaba avergonzado. Phil sonrió y vio a la joven que se encontraba durmiendo plácidamente. Ay, Arnold, ojalá y ella sea tu Gertie.
El abuelo Phil había estado controlando la fiebre de la joven, manteniéndola hidratada y cambiando los paños cada cierto tiempo. Entonces escuchó a la joven gemir de dolor, quien poco a poco empezó a recobrar la consciencia y agradeció estar en una cama. Acto seguido, con su mirada empezó a buscar a su salvador. Lo vio ahí, sentado en una silla que estaba al lado de su cama. Era un anciano con una sonrisa simpática.
—Así que ya has despertado. ¿Deseas un poco de agua?
La rubia tragó saliva y asintió bruscamente, de repente sintiendo como toda la habitación daba vueltas. Se llevó las manos a la cabeza inútilmente, intentando que el dolor pasara.
El anciano le sostuvo un vaso, mientras ella bebía el contenido rápidamente.
—Despacio, beba poco a poco.
Helga se terminó el agua y tiró su cabeza para atrás, apoyada en la suave almohada.
—Gracias —De cierto modo, ese anciano le recordaba mucho al viejo Sawyer—. ¿Dónde estoy?
—Estás en el rancho de Sunset Arms. Nombre muy lujoso para un rancho, ¿no crees? —bromeó, ganándose una sonrisa sincera de la rubia—. ¿Quién te disparó, querida?
Helga iba a responder a pesar de sentirse cada vez más y más débil, pero entonces Arnold entró.
—¡Oh! ¿Ha despertado ya?
Giró la cabeza para ver de dónde había provenido esa voz y se encontró con un adonis. Decir que era guapo le quedaba muy corto, simplemente no sabía si esa palabra le hacía justicia. Ese cabello rubio revoltoso, esas pupilas verdes resplandecientes, y cuerpo notablemente fornido. Sí, todo un adonis, a pesar de la rara amplia forma de su cabeza. Entonces recordó que tenía ser cuidadosa con los hombres guapos. Bueno, hombres en general. Pero sabía por experiencia que los hombres guapos, en específico, eran de lo peor.
Notó como éste se acercaba a la cama, y ella no pudo evitar hundirse en la cama.
—¿Cómo se encuentra?
—Jodida, con todo el cuerpo cagado. ¿Han podido sacar la bala?
Ambos hombres no pudieron evitar abrir los ojos sorprendidos. Pensaban que ella era una dama refinada. A juzgar por ese rostro bien cuidado y la calidad de su ropa, uno pensaría que esa muchacha pertenecía a la clase alta de su pueblo. Sin embargo, ahí la tenían. Sintiendo todo su pesimismo y groserías como si no hubiese un mañana.
El abuelo notó que simplemente se había puesto así cuando Arnold había llegado. Él sonrió ligeramente al darse cuenta de que la rubia quería poner distancias con su nieto.
—¿Quién es usted? — preguntó Arnold con curiosidad—. ¿Quién le ha disparado? ¿Qué hacía en mi casa? ¿Se está escondiendo de alguien?
Helga gruñó al sentirse interrogada. Sin embargo, poco le duró el mal humor puesto que sintió su cuerpo extremadamente débil nuevamente. Perdió la consciencia de nuevo.
—¿Está bien? —Arnold sonaba muy preocupado para recién haberla conocido.
—Sí, debe estar así por la fiebre. Arnold, necesito que la bañes con agua fría ahora.
Arnold se sonrojó, pero asintió. Entonces su abuelo abandonó la habitación y él no perdió más tiempo y cargó a la muchacha.
—Vamos, no se muera —le suplicó mientras la colocaba en el piso y llenaba la bañera de agua fría.
Helga pudo escuchar su voz desde las sombras. Y decidió enseguida no morir. Si ese joven, que no la conocía, deseaba que ella viviera, ella iba a luchar para seguir con vida. Se lo debía puesto que él le había salvado la vida.
Helga volvió en sí lentamente, mientras se sentía fresca por el agua fría sobre su cuerpo.
El primer pensamiento que cruzó por su mente era que le debía la vida a un chico rubio llamado Arnold. El segundo fue que eso le acarrearía un montón de problemas. Y el tercero, fue una maldición hacia Bob Pataki, ya que, si no fuera por él, ella no le debería la vida a alguien.
—Casi le perdemos —suspiró Arnold ahora aliviado—. Bienvenida.
—Por… ¿Por cuánto tiempo he estado inconsciente? —musitó con voz débil.
—Cuatro días. Mi abuelo creía que no superaría la fiebre, pero aquí está usted. Sana y fuerte. ¿Tiene hambre?
Helga se sintió rara al recibir la sonrisa que el rubio le dedicó.
—Sed…
—Oh, claro. Eso le puedo ofrecer. Pero también prepare un caldo de pollo, eso hará que recupere energías pronto.
Helga murmuró un "gracias", casi inaudiblemente. Entonces Arnold la ayudó a levantarse, a ella poco le importó su desnudez. Pero para Arnold no era la misma historia.
El rubio volteó rápidamente, aun ofreciéndole su brazo como soporte. Tomó una bata y se la ofreció, sin ver su cuerpo.
—Um… Necesito… er, ir al baño.
¿No estaban en el baño ya? Quiso preguntar Arnold, pero entonces comprendió y sintió sus mejillas arder.
—Oh, entiendo. Um… ¿Le… Ayudo a sentarse?
La tensión en el baño se podía sentir muy pesadamente.
—Sí…
Oh, Dios.
Después de media hora, Arnold volvió al cuarto ahora con un humeante tazón de caldo. Se sentó en la esquina, y se dispuso a mover un poco la sopa con la cuchara.
—No necesito su ayuda — gruñó ella, poco acostumbrada a frecuentar tanto con un hombre. Claro, que no se tratara únicamente el viejo Sawyer.
Arnold no insistió y dejó la cuchara en el tazón, sabiendo que ella seguía aún débil como para usar la cuchara con agilidad. No hizo ningún gesto de burla cuando vio los intentos fallidos de la rubia. Ella finalmente le dio la cuchara sin verlo.
Era explícito que quería que le ayudara, no necesitaba decírselo. Se odiaba por mostrarse tan vulnerable. Aquello era muy extraño en ella. Podía contar con una mano las veces que ella había pedido ayuda en algo, y todavía le sobrarían dedos. Así de independiente se había vuelto la joven de tan solo diecisiete años.
Arnold no la torturó más, simplemente con una sonrisa sincera comenzó a alimentarla. Observó como tragaba a regañadientes, y aquello lo hizo ampliar más su sonrisa. Esa mujer era demasiado testaruda para su propio bien. No le desagradaba para nada aun así ese carácter de perros que se cargaba.
Pronto acabó con todo el tazón y ella sabía lo que se venía, así que lo miró fijamente.
El interrogatorio que había quedado pendiente.
—¿Cómo se llama?
Helga se debatió si debía decir la verdad o mentirle. La última opción no le pareció, ya que lo mínimo que les debía por salvarle la vida era la verdad.
—Mi nombre es Helga G. Pataki. ¿Quién es usted?
—Arnold Shortman. ¿De dónde procede, señorita Pataki?
—De los alrededores.
—¿Quién le disparó?
—Nadie que usted conozca.
Arnold notó como la joven empezaba a cabecear. Seguro se sentía aún muy débil y él ahí, exigiéndole esforzarse. Si se sentía agotada, ¿por qué no se lo decía simplemente? Él iba a entender, y pensaba que ella sabía aquello. La otra opción era… Claro. Su ego. La señorita Pataki era muy orgullosa para su propio bien.
Ya podría interrogarla otro día. Para no herir su orgullo, se excusó diciendo que tenía que hacer algo.
Ella sospechó de ello. No obstante, muy cansada como para sentirse ofendida, simplemente prefirió descansar. Necesitaba reposar si quería irse de aquel lugar lo antes posible.
Al día siguiente, Helga se sentía mucho mejor. Empezó a sentir hambre, y ya podía alimentarse por sí sola. Los dos hombres se sorprendieron de su pronta recuperación. La muchacha si era muy fuerte.
Seguía muy débil para escapar, pero Helga sabía que, si comía mucho y se hidrataba constantemente, su cuerpo se recuperaría muy rápido. Entonces eso hizo, junto con las siestas largas. Helga casi ya se veía caminando normalmente en un par de días.
Entonces lo esperado pasó. Los oficiales se encontraban afuera de la casa de Arnold. Escuchó claramente las pisadas de los caballos.
Helga tan rápido como se paró, se cayó al suelo. Busco su escopeta y gruñó al descubrir que no estaba cargada. Claro, seguía siendo una extraña a los ojos de los hombres. Era natural que desconfiaran. Ella se sintió nerviosa, los oficiales obviamente dirían mentiras y Arnold, como todo un ingenuo, les creería y la delataría. Le molestó que lo que más le preocupaba era el bienestar del anciano y del rubio. Con esos oficiales, nadie estaba a salvo.
—Lamento molestarlos, caballeros. Mi nombre es Thaddeus Gammelthorpe, provengo de Wells Ridge, el pueblo de los alrededores. Estamos en busca de una fugitiva de la ley. ¿Han visto en estos días a una mujer rubia, de ojos azules? Es imposible que haya ido tan lejos sin un caballo.
Los dos hombres intercambiaron una disimulada mirada de complicidad. Phil negó con la cabeza, no iba a delatar a la jovencita.
—¿Qué hizo la fugitiva? —preguntó Arnold dudoso.
—No creo que sea apto de escuchar sus crímenes —se burló el hombre montado en el caballo.
Tanto Arnold como Phil intercambiaron miradas nuevamente. Lejos de tratarse de los crímenes de la muchacha, más era para mirarse con aburrimiento y disgusto. No era que le sorprendiera ese comportamiento del líder de los oficiales. Después de todo, eran solo personas petulantes y frías.
—No obstante, quisiera saber para saber si debo defenderme en caso de que aparezca —explicó Arnold.
—Su padre, el señor Pataki, fue acusado de asesinar a su esposa Miriam y fue puesto en prisión; sin embargo, se probó que el señor no era nada más que una víctima y en realidad fue su hija Helga la asesina.
Tanto Phil como Arnold no creyeron aquello. Esa muchacha no se veía para nada del tipo asesino.
—¿Están seguros de que ella es culpable?
—Por supuesto. Que ella hubiese huido, simplemente es la prueba de su culpabilidad —señaló ofendido Thaddeus—. ¿Y bien? ¿La han visto o no? Se dice que ella luego intentó matar a su padre porque él, como buen hombre respetable que es, había conseguido un buen y próspero hombre con quien ella pudiese formar su familia. Sin embargo, ella simplemente sería una sucia zorra desagradecida que prefiere acostarse con cualquier hombre del pueblo.
—No la he visto, oficial —afirmó Arnold con el ceño fruncido. Sí, definitivamente había algo mal con esa historia. Ese oficial había lucido comprado.
—De acuerdo —se giró hacia sus compañeros—. Deberíamos regresar a Wells Ridge, seguramente sus amigas saben dónde se esconde esa arpía.
Cuando vieron que se habían desaparecido, Phil volteó a ver a Arnold.
—Hay algo descabellado en esa historia de ellos, ¿no te parece?
Arnold asintió. Algo no cuajaba con esa historia.
—De todos modos, vete con precaución con ella. No soy quién para juzgarla, pero te pido que te cuides. Ahora es cuando puedes preguntarle, la muchacha sigue estando débil.
Y entonces, le rubio se encaminó al cuarto de huéspedes. Notó a la muchacha sentada con la espalda apoyada en la pared. Ella se sorprendió al igual que Arnold. Helga se esperaba a que los oficiales entraran y la aprisionaran.
—¿Dónde están los oficiales?
—Rumbo a Wells Ridge.
La rubia abrió los ojos como platos.
—¿Por qué no me ha delatado?
Cambió su expresión a una cautelosa. Ella no por nada había pasado por tanto sufrimiento. Sabía que el joven que tenía enfrente algo quería a cambio.
—Déjame ayudarte, deberías estar en la cama — y dicho y hecho la ayudó a reincorporarse ante el silencioso escrutinio de ella.
Arnold se sentó en la silla y la vio tranquilamente. Helga supo que empezaría de nuevo otro interrogatorio.
—¿Eres tú la persona que ellos buscan?
Helga iba a seguir en su postura honesta.
—Sí.
—¿Es cierto que tu padre quiere desposarte?
—Sí.
—¿Es cierto lo que dicen? ¿Es usted una asesina?
—No.
—¿Entonces por qué huyó?
Una sonrisa socarrona atravesó el rostro de Helga.
—Tú mismo viste a los oficiales. ¿Tú crees que con toda esa suma de dinero que mi padre les pagó, se dignarían a tan solo escucharme? Si mi padre dice captúrenla, ellos lo harán. Si él dice aprisiónenla a la cárcel, ellos lo harán. Solo son monos siguiendo órdenes del mono líder.
Aquello sonaba razonable para Arnold. Había notado aquello en el comentario parcial del líder del oficial. Incluso la había ofendido, cuando no estaba supuesto a hacer eso. Y encima, la joven sonaba completamente sincera. No podía hallar ningún tipo de mentira en el tono que empleaba o algún gesto. O sabía mentir muy bien o decía la verdad.
Arnold entendió que a lo mejor era demasiado para ella toda la situación, entonces la dejó descansar. Ya otro día hablarían con menos estrés de por medio.
Cuando salió de la habitación notó que su abuelo estaba afuera. Probablemente había escuchado toda la conversación. Era normal, se preocupaba por su nieto.
—¿Qué vas a hacer, Arnold?
—Ya la escuchaste. He decidido creerle. No parece que esté mintiendo.
—Recuerda que a veces las apariencias engañan.
Phil no había dicho ese comentario en mala manera, simplemente quería que su nieto entendiera la gravedad del asunto. Helga estaba metida hasta el cuello en ese problema.
—De todas formas, ella está demasiado débil como para representar una amenaza. Cuando se recupere, ya habremos sabido lo suficiente de ella como para saber si es de verdaderamente de fiar o no.
Arnold, sin embargo, entendía que tenía que apresurarse para sacarle toda la información posible. Ella no siempre se encontraría así de débil. Y ese par de hombres no tenían ni idea de lo recia que era Helga G. Pataki cuando estaba a su cien por ciento.
