Título: Agridulce
Resumen: Una extraña rubia llega a su rancho gravemente herida. Pronto Arnold se enterará de todos los misterios que oculta esa mujer que asegura odiar a los hombres. Al verse contra la espada y la pared, la obliga a casarse con él por conveniencia… Justo cuando Helga pensaba que Arnold podía ser la excepción.
Advertencias: Contenido sexual explícito, lenguaje obsceno.
Nota de Autor: Lo siento por no actualizar tan rápido, pero miren que este capítulo está bien largo como para recompensarles la espera. ¡Me declaro completamente culpable por haber iniciado dos historias de HA! ¡A la misma vez! La otra historia recibía más reviews, entonces sentí que quizás le iba a dar más enfoque, pero diablos adoro la trama en esta. Cuando terminen de leer el capítulo de hoy, se darán cuenta porque puse el rating M. ¡Habran muchas más, se los aseguro! Así que si no les agrada, quizás esta no sea una historia para ustedes. ):
Por otro lado, diablos, es tan refrescante escribir finalmente un poco de Helga y Arnold, y la tensión sexual entre ambos. En este capítulo los problemas empiezan a aflorar, pues no solo es Helga la que se encuentra atada de manos y piernas, sino también nuestro querido Arnold. Se promete altas dosis de drama desde este capítulo.
Disclaimer: Hey Arnold! y sus personajes le pertenecen a Nickelodeon y Craig Bartlett.
Capítulo III. Cásate conmigo.
Arnold se encontraba alimentando al ganado, llevaba su camisa de cuadros arremangada hasta por encima de los codos, dejando ver sus músculos fornidos. Su complexión era delgada, pero sus brazos y espalda ancha resaltaban por lo bien trabajados que estaban. Tanto esfuerzo físico había aportado a su cuerpo atlético. Y, encima de eso, él era bastante simpático. Sus ojos verdes siempre llenos de energía y su perfecta sonrisa impresa en su cara. Las mujeres del pueblo afanaban mucho al joven, pero éste cortésmente las rechazaba. Tenía bastante trabajo en su rancho y tenía que cuidar a su abuelo, que, si bien se negaba a tomar el tiempo de su nieto, apreciaba demasiado sus detalles que éste tenía para con él.
Phil sabía que su nieto era un gran partido para cualquier jovencita, pero sabía que no había conocido a la indicada aún, sino ni él sería excusa para las trabas que Arnold les ponía en el camino.
—Está usted muy guapo hoy, Arnold —alagó una voz detrás del rubio—. Pero cuando nos casemos, le dejará estas actividades al personal. Sería muy degradante que el pueblo piense que usted prefiere pasar tiempo en la hacienda, que pasar el tiempo de calidad con su esposa.
Arnold volteó y se encontró con la misma mujer que lo había estado visitando repetidamente los últimos tres meses. Ruth McDougal. Una castaña de ojos mieles. Era hermosa, eso ni negarlo. Alta, sofisticada, y guapa. Una de las mujeres más codiciadas de todo el pueblo. Además de que su padre era un banquero bastante respetable, en el pequeño y no tan lujoso pueblo de Hillwood.
—No quiero sonar grosero, señorita McDougal, pero agradecería que me diga qué es lo que desea —señaló él, pasando su brazo detrás de su cuello, en un gesto incómodo—. Tengo que ocuparme del rancho.
—Oh, ¿no va a invitarme a pasar? —preguntó mientras batía sus largas pestañas.
Arnold recordaba que en un tiempo le había gustado Ruth, pero al llegar a conocerla simplemente se había dado cuenta de que era de ese tipo de personas ególatras y manipuladoras que solo pensaban en ellas mismas. Además que sabía que ella solo buscaba casarse con él por su reputación. Su mismo amigo Gerald le había advertido, y él, terco, le había negado aquello. Había sido ingenuo, pero ya no era así.
—Estoy muy ocupado.
—De hecho, yo también —se adelantó ella, mientras se agarraba del brazo de Arnold. Rápidamente lo soltó al ver que estaba sudando, la mueca de desagrado no pasó desapercibido por él. Para Ruth, ese trabajo solo tenía que darse por vaqueros de paga. — Siempre me ha gustado su rancho, ¿sabe? Sus padres tenían muy buen gusto.
El tema de sus padres no era algo con lo que se sintiera cómodo de hablar, mucho menos con quien tenía tan poca confianza, como Ruth McDougal.
—¿Qué es lo que busca, señorita McDougal?
—Oh, Arnold —se mordió el labio inferior provocativamente, ahora tomando un mechón de su cabello marrón y torciéndolo con gracia—. Me gustaría que me llames Ruth. Dentro de poco estaremos casados, después de todo.
Arnold negó con la cabeza, ya hastiado de la situación. El rechazo no parecía molestarle en lo más mínimo. Casi podía jurar que causaba el efecto contrario.
—Cuando nos casemos, vamos a disfrutar mucho el uno del otro…
Su delgada y pequeña mano pasó peligrosamente por el pecho del rubio, que apretó los labios con incomodidad. Los delgados labios de Ruth rozaron el oído de Arnold.
—No puedo esperar para tenerlo en mi cama…
Arnold tragó saliva.
Helga, que observaba el cielo por la ventana, no pudo evitar notar como una presencia femenina se acercaba a Arnold, provocativamente. Pudo sentir los nervios del rubio desde donde se encontraba y se preguntó cuál sería la relación que esos dos sostenían.
Negó con la cabeza sabiendo que eso no era de su incumbencia.
Sin embargo, algo le llamó la atención cuando vio que ella se aproximaba a él mirándolo como un pedazo de carne. La mirada de Arnold suplicaba ayuda. Se le veía claramente disgustado con la situación. Esa mujer casi se lo comía con la mirada.
Helga entrecerró los ojos y se empeñó a acercar su oreja contra el vidrio para escuchar mejor la conversación. Como pudo adivinar, la voz de Arnold sonaba nerviosa e incómoda.
—Ya le dije a usted y a su padre que mi prometida vendrá en poco tiempo.
—Me viene con el cuento de esa prometida desde hace tres meses. Mi padre es un hombre que cuando se propone algo, lo logra. ¡Y se ha propuesto casarnos! No se le olvide, amor, que es el banco de mi padre el que posee la hipoteca que pesa sobre sus tierras. Si no me convierto en su prometida, mi padre se verá forzado a embargarlas. El rancho será de mío y de mi padre nos casemos o no, pero si es mi marido podrá continuar viviendo aquí, donde nació y creció. Ya sabe cuánto lo estoy deseando…
Helga frunció el ceño. Esa mujer realmente era una zorra manipuladora. Pero nuevamente, negó con la cabeza. Puede que esté allí y su vida actualmente sea lo suficientemente aburrida, pero no le daba derecho de husmear en la vida de los demás.
Sentía una gran curiosidad, pero se dispuso a dejar de escuchar. Ella tenía sus propios problemas. Los de ella eran mucho peor de los de él. Había sido obligada a dejar su casa, la querían desposar, y meter a la cárcel. Sabía que si fuese por su padre, las dos últimas opciones se cumplirían. Sería miserable en la cárcel y su esposo la visitaría para hacerla sentir aumentar su desgracia.
No podía culpar a Arnold por proteger su rancho, ella hubiese hecho lo mismo puesto que su casa significaba todo para ella. La única diferencia es que las propiedades de su padre eran tierras prósperas y no tenían necesidad de hipotecarlas.
Sin embargo, eso no paró que sintiera intriga por quién sería la prometida de Arnold. ¿Por qué ella lo había abandonado con todo el peso de los problemas que él sostenía en sus hombros? ¿Qué clase de esposa era aquella?
—No se moleste, me casaré con mi prometida en cuanto regrese, que será cualquier día de estos—dijo Arnold, llenándose de valentía y seguridad.
Ruth se limitó a reír y emprender su partida en su fino carruaje. Ella sabía que sería cuestión de tiempo para que fuera la señora Shortman.
Arnold se pasó la mano por los cabellos, sintiéndose frustrado. Acabó con su tarea de alimentar al ganado, y luego entró a la casa, de repente recordando a Helga. Seguramente tiene hambre, es hora de desayunar.
Entró a la cocina y decidió preparar una bandeja de plata con diversas cosas. Un par de tostadas, un pequeño bol con frutas y un té de manzanilla. Al tener todo listo, se encaminó al cuarto donde reposaba la rubia. Tocó la puerta dando unas cortas patadas con su bota y al escuchar un "adelante", se dispuso a entrar y dejar la bandeja en la mesilla de noche.
Helga odiaba admitirlo, pero todavía estaba demasiado débil para si quiera mantenerse de pie en el mismo sitio por más de diez minutos. Sin importar lo mucho que detestaba mostrarse vulnerable a los demás, tenía que entender que hacía menos de una semana que había estado al borde de la muerte.
Arnold se sentó en el borde de la cama, poniendo la bandeja en su regazo. Ya era rutina aquello. Él la alimentaba e intentaba conversar con ella, luego de diez minutos desistía que la muchacha le dirigiese la palabra.
Y esta vez no iba a ser la excepción, hasta que Helga decidió soltar la pregunta de la que, por alguna razón, deseaba saber la respuesta.
—¿Qué le hace pensar que sus padres no hipotecaron el rancho?
Los ojos de Arnold se abrieron desmesuradamente. Helga sabía que era muy tarde para rectificarse, simplemente podía seguir hasta el final.
—¿Ha estado escuchando a escondidas?
—Hubiera sido imposible que no lo hiciera. —clavó sus ojos en él. Se notaba mortificado, y eso hizo que una de las esquinas de su boca se curvease hacia arriba—. ¿Usted no debería tener las escrituras de su tierra si es verdad que no está hipotecada?
Arnold soltó un suspiro. No sabía por qué le iba a contar aquello, pero sentía que Helga era alguien confiable.
—He buscado por todos lados, pero no la he encontrado. Pero sé que mis padres no hubiesen hipotecado el rancho sin decírmelo antes.
Helga sentía que él no le estaba contando toda la historia, así que insistió.
—Entonces, ¿no tiene ninguna idea de lo que pudo haber ocurrido con ellas?
—Ninguna, pero… Poco después de la muerte de mis padres, los McDougal empezaron a acosarme y decirme que debía pagar la hipoteca, insistiendo en que se había vencido el plazo.
—Que oportuno…
Arnold asintió con la cabeza, era lo mismo que él pensaba. Entonces Helga soltó la otra pregunta que le seguía rondando en la cabeza.
—¿Y su prometida? ¿Dónde está ella?
Arnold se quedó en blanco, la miró alterado y ella supo que él no le diría nada. Helga asintió dándole a entender que no iba a insistir con el tema.
—Tiene razón, no es asunto mío. Dentro de pocos días seguiré con mi camino, lejos del de ustedes. —Seguía intrigada, pero no iba a volver a preguntar. Era demasiada interacción con ese sujeto por hoy.
—¿A dónde irá? No parece del tipo de persona que huye de sus problemas. —Helga lo miró con orgullo. En eso tenía razón, ella siempre le había plantado cara. —¿No tiene más familia?
Arnold ya sabía la respuesta a la pregunta de su madre: muerta. Le creía inhumano que un padre alguna vez haría algo tan cruel contra su hija, como intentar asesinarla. No culpaba a Helga por ser como era, realmente.
Helga por su lado, se mordió el interior del labio. Aquel muchacho se merecía una respuesta, después de todo el cuidado que le había brindado. Ella de ingrata no tenía ni un pelo.
—Solo quedamos mi hermana y yo. —dijo secamente ella. Pensó que él buscaría preguntarle más cosas, así que añadió: — Nuestro rancho está situado al oeste de la localidad de Wells Ridge. Es todo lo que usted necesita saber.
Arnold rodó los ojos, esa mujer realmente era imposible. Esbozó una sonrisa y decidió salir de la habitación. Helga había terminado de comer hace más de diez minutos, pero la charla había sido interesante. Esa muchacha estaba llena de misterios que a él le gustaría descubrir. Astuta, culta, e insolente. Descripción que no encajaba con ninguna mujer que había conocido en toda su vida. Una combinación muy interesante.
Cuando salió del cuarto, se dispuso a pensar en los problemas personales que lo rodeaban. Estar con Helga realmente era como estar en una burbuja donde sus problemas pasaban a segundo plano, y eso no era bueno si quería enfocarse en hallar una solución a su enorme problema.
¿Qué iba a hacer cuando se enteraran que lo de su prometida era una farsa total? El casarse con Ruth McDougal no iba a ser una alternativa, estaba totalmente fuera de cuestión. Él aspiraba en mantener un matrimonio basado en amor, como el que había visto toda su vida en sus padres. Por más bella que fuera Ruth, ella no era la persona que amaba y realmente dudaba que también él fuera el de ella. Sabía que todo era obra de su padre, estaba convencido que un plan tan vilmente trazado no iba a salir de la cabeza de la joven heredera.
De lo que, si estaba seguro, era que él no iba a perder las tierras en las que sus padres habían trabajado durante toda su vida. Era su trabajo heredarlas y tomar igual cuidado. Él estaba dispuesto a hacer lo que fuera, menos casarse con una mujer que no amara. Necesitaba a una mujer de fuerte carácter dispuesta a pelear por sus tierras tan impulsivamente como él.
Entonces Arnold cayó en realización de la que podría ser su única salvación. Era tan simple que parecía imposible que no se le hubiese ocurrido algo.
Sus ojos se dirigieron a la puerta de su reciente huésped.
Arnold caminaba en círculos desde hace treinta minutos.
Había perdido la cuenta de cuanto tiempo había estado pensando en la mejor forma de como proponerle a Helga su brillante plan. Sabía que no le agradaría para nada la idea. Arnold sospechaba que, en algún momento de su vida, Helga había tenido malas experiencias con el género masculino. La hostilidad con la que lo trataba era demasiado palpable. Sabía que con su abuelo era mucho menos notable, pero la discordia que ella sentía para con él simplemente era irrebatible. Sin embargo, algo en él le decía que ella no era una mala persona, simplemente había sufrido y usaba su carácter fuerte para intimidar a los demás como un escudo, protegiéndose a ella y sus sentimientos. Pero eso ahora mismo no era lo importante, él haría lo que fuera para conservar sus tierras.
La idea era demasiado buena, era muy consciente de ello.
Odiaba tener que tomar ventaja del hecho que Helga aún se encontraba demasiado débil para abandonarlo y dejar el rancho. Pero luego estaba el hecho de que ella se encontraba en deuda, él le había salvado la vida. Arnold se intentaba autoconvencer de ello. Ella no se encontraría viva si no fuese porque él le había ofrecido extremo cuidado por largas y extenuantes horas.
Se armó de valor y decidió entrar al cuarto de la muchacha. Ella estaba echada en la cama, mirando el techo. Se notaba aburrida.
—Ya era hora de que alguien se apareciera por aquí. —miró detrás del rubio, pero notó que no había nadie más que él—. ¿Dónde está Phil? Quizá podría jugar a las cartas conmigo de nuevo. Me estoy volviendo loca aquí encerrada todo el día.
Helga no exageraba, ella era una persona demasiado enérgica. Se dedicaba a su rancho extenuantes horas consecutivas.
—Buenas noches a ti también, Helga.
Ella rodó los ojos y él soltó una pequeña risita.
—Mañana me levantaré de la cama —declaró ella en un tono un tanto amenazador.
—No creo que sea adecuado. Dese la vuelta y déjeme ver la herida. Quizás tenga que cambiarle la venda.
Helga dudó un poco, pero después de unos segundos decidió hacer lo que él le ordenó. Se echó de estómago dándole autorización de chequear la herida.
—¿Y bien?
Él le retiró el vendaje. Helga se estaba recuperando muy rápido. Sin embargo, se podía notar que ahí quedaría una cicatriz.
—Curando. ¿Cómo se siente? ¿Sigue sintiendo algún dolor?
—Me siento bien. Quizás en pocos días ya esté preparada para cabalgar.
Arnold negó con la cabeza. Eso no era verdad.
—Aun falta mucho para que esté recuperada del todo, señorita Pataki.
Le volvió a cubrir la herida. Helga se estremeció al sentir el delicado tacto de las manos de Arnold contra la piel descubierta de su hombro.
—¿No crees que ha llegado el momento de que nos tuteemos? Llámame Helga, es probable que conozcas mi cuerpo mejor que mi propia madre.
Arnold no pudo evitar sonrojarse. Puede que eso fuese cierto. Había visto cada centímetro de su piel con agua fría mientras había tratado de bajarle la fiebre. No era una vista que se pudiese olvidar fácilmente, especialmente cuando había sido el primer y único cuerpo femenino desnudo que hubiese visto en toda su vida.
—De acuerdo, Helga. Tú puedes llamarme Arnold.
—Eso pensaba hacer —contestó con una pequeña sonrisa ladina— ¿Te da vergüenza haberme visto desnuda?
—En absoluto — mintió él, tratando de apartar la imagen de su perfecto curvilíneo cuerpo de su memoria —. Ya puedes darte la vuelta.
Ella se volteó y se volvió a echar, ahora de espalda.
—Bueno, ¿piensas llamar a Phil o no? Debo decir que ese viejo es bueno cuando se trata del póker.
—No —la cortó y tomó aire, preparándose mentalmente para lo que venía—. Quería tratar un tema privado contigo.
—No sé porqué siento que lo siguiente no me va a gustar para nada.
Y no tienes ni la menor idea.
Helga lo miró desconfiadamente. Aunque entonces pareció entender la situación.
—Si lo que vas a pedirme es dinero por la estadía y los cuidados brindados, estoy completamente de acuerdo. Puedes tomar dinero del bolso. Debería haber suficiente.
—No quiero tu dinero.
Ella entrecerró los ojos, nuevamente mostrándose desconfiada.
—Entonces, ¿qué es lo que quieres?
Arnold tomó aire, sintiendo sus mejillas arder nuevamente. Odiaba que tuviese que hacer esto justo cuando ella parecía abrirse un poco a él, pero no tenía opción. Le sostuvo la mirada a la rubia.
—Sabes que Ruth McDougal y su padre me están presionando para que se apropien de mis tierras y me case con ella…
Helga asintió con la mirada, esperando que él continúe. No le gustaba para nada su presentimiento.
—Me niego a contraer matrimonio con una mujer que no ame, mucho menos por una familia tan despreciable como los McDougal —al sentir que ella no se amilanaba ni un poco su mirada, decidió optar por el otro enfoque de la situación—. También sabrás que podría entregarte a los vigilantes en cualquier momento. Podrías huir, pero en tus condiciones no llegarías muy lejos…
Odiaba tener que hacer eso, pero las tierras de sus padres valían la pena.
Los ojos de Helga prácticamente despedían llamas de ellos. Arnold temió por un momento y dudó si realmente era una buena idea.
—¿Estás intentado chantajearme? Pero bueno, dime, ¿qué es lo que quieres de mí?
Arnold contuvo el aire y soltó apresuradamente sus palabras.
—Necesito que te cases conmigo. Lo antes posible, mañana como máximo. Sería un matrimonio de conveniencia. En cuanto Ruth y su padre se den cuenta que no puedo casarme con ella, me dejarán en paz. Incluso es posible que se olviden de la hipoteca, pero en el peor de los casos ganaré tiempo suficiente para probar que no existe tal hipoteca y son una familia de estafadores. Te ofreceré el divorcio después de un tiempo prudencial.
Helga lo miró incrédula mientras que contaba aquel delirante plan, para luego clavarle los ojos furiosamente.
—¿Te has vuelto loco? ¿Y tu prometida? Dudo mucho que ella esté de acuerdo con todo esto.
—No existe ninguna prometida. Me lo inventé para que Ruth dejara de acosarme.
—¿Qué te hace pensar que estaré de acuerdo en casarme contigo? —preguntó ella con inquietud. Así que lo de la prometida era mentira.
Arnold entonces frunció el cejo, no iba a dejarse intimidar.
—No me costaría nada llamar a los vigilantes. Tú misma dijiste que los vigilantes no son personas dispuestas a escuchar explicaciones. ¿Qué opción te queda?
Ese maldito…
Odiaba el segundo en el que le había dicho la verdad, ¡a la mierda con ser ingrata, él se estaba aprovechando completamente de su situación! Le había puesto limón a su herida abierta, le había dado justo donde más le dolía. Si la llevaban de vuelta a Wells Ridge, la casarían con ese infeliz del hijo del viejo o la encerrarían en la cárcel, y le quitarían todas sus pertenencias. Quién sabe que sucedería en esa nauseabunda cárcel, solo los peores delincuentes de todo el estado eran retenidos allí. Soltó una maldición.
Nuevamente, todo se resumía a lo mismo. Todos los hombres eran unos manipuladores hijos de puta. Arnold, a pesar de mostrarse inofensivo y atento, solo había resultado en el más inteligente de todos ellos. Ni siquiera le importaba recurrir al chantaje para obligarla a hacer algo.
Helga era demasiado consciente que no se encontraba ni en su cincuenta por ciento aún. Seguramente le faltarían tres de semanas más. Por otro lado, no podía permitirse dudar si Arnold iba realmente llamar a los vigilantes o no. Ella sabía muy bien como la gente en momentos desesperados actuaban de manera desesperada.
—Dame una respuesta.
Arnold odiaba tener que hacer aquello, pero no había quedado otra alternativa, lastimosamente. Él quería casarse con una mujer que esté igualmente enamorada que él de ella, aspirando a una relación como la que tuvieron sus padres. Era evidente que Helga Pataki estaba considerando entregarse antes que casarse con él. Y eso, le dolió.
Una idea cruzó la mente de Helga. Había visto lo incómodo que él había lucido ante Ruth. Era ahora o nunca.
—Así que quieres casarte con-mi-go.
Aquel tono en Helga era anormal. Arnold demoró unos segundos en hallar su voz.
—Solo sería durante un corto tiempo. Solo el necesario para encontrar la escritura y obtener pruebas de la estafa.
—Entonces quieres un matrimonio de conveniencia… —Helga se relamió los labios.
Él no pudo evitar mirar los carnosos labios de ella. Creía que era su mente, pero había jurado que había escuchado cierto tono condescendiente en su voz.
Ella rápidamente tiró del brazo de él, haciendo que cayera sobre la cama. Ella se posiciono justo encima de él a horcajadas, como una leona capturando a su presa. A él le costó respirar por unos segundos.
—Dime, Arnold, ¿qué harías si exigiera mis derechos maritales?
De repente, se sintió un gran bochorno en la habitación.
—¿P-Por qué? Ni siquiera te gusto —se aceleró a contradecir.
Helga sabía que tenía que echarle un buen susto para hacerlo retroceder de su absurda idea, así que siguió.
—Me gustas lo suficiente. Eres un hombre, y uno condenadamente atractivo, debo admitir…— Odiaba aceptar que no le había costado formular esas palabras, en lo más mínimo.
—¡Deja que me levante!
Helga no lo iba a dejar escapar. Supo que no dudaría mucho aguantando el dolor así que tuvo que actuar rápido. Su mano de su brazo sano se apresuró a buscar su miembro viril, metiendose dentro de sus pantalones. Arnold llevaba unos pantalones de chándal, facilitando aún más la situación. Lo masajeó y apretó ligeramente encima de sus bóxers. El proceso fue lento y doloroso para Arnold, quién tuvo que contener la respiración. Ella observó con satisfacción como el miembro crecía aún más en su mano. Le estaba gustando las caricias que estaba recibiendo, pero en su cara solo se veía sorpresa y vergüenza.
Al cuerpo de Arnold le gustaba indiscutiblemente, pero él se había jurado guardarse para su primer amor, para la que sería la madre de sus hijos. Era por ello, que por más placentero que fuera la situación, no se podía dejarse llevar por las hormonas.
—¡No!
—Esto solo es una muestra de lo que haremos si me obligas a casarme contigo.
—Pero…
Helga al notar que Arnold aún no estaba convencido de que era una mala idea, estampó sus labios contra los de él. Llevó sus manos al cabello de Arnold y lo forzó a inclinar la cabeza hacia atrás. Los torpes labios primerizos de Arnold recibieron los besos de Helga. Sus besos bien se caracterizaban por la pasión y la lujuria que ella sentía, algo que era completamente nuevo para él. Él no pudo evitar gemir cuando sintió la cálida lengua de Helga rozar la suya. Helga tenía el aliento dulce y fresco, y los labios carnosos y húmedos. Al estar sentada a horcajadas de él, ella no podía evitar chocar ambos sexos encima de la ropa. Era sumamente excitante sentir el miembro de Arnold ya crecido, en contra de ella.
Para sorpresa de ambos, se encontraron disfrutando mucho de aquella lección que Helga le estaba proporcionando a Arnold, tanto que por unos segundos olvidaron el motivo por el cuál se estaban besando. Arnold no había podido evitar posicionar sus manos en las caderas pronunciadas de ella, acercando el roce de los cuerpos aún más. Ella reaccionó al tacto. Su cuerpo se puso rígido y se zafó de sus brazos, bruscamente. Se sentó al lado de Arnold, sin mantener ningún tipo de contacto físico.
—¿Estás dispuesto a ser mi esposo de verdad? —ella intentó sonar agresiva, pero realmente le había salido dudosa. Se repuso con rapidez y volvió a añadir, con brusquedad: — Si nos casamos, te aseguro que reclamaré mis derechos.
Arnold se levantó de la cama y retrocedió. Tenía la cara ruborizada, los labios hinchados del fogoso beso y el pecho subiendo y bajando de lo agitado que se encontraba, sin mencionar del gran problemita que se resaltaba contra la tela de sus pantalones. Entonces se dio cuenta de que Helga lo había hecho con el propósito de asustarlo. Sin embargo, era innegable el sentimiento de mariposas en el estómago que estaba sintiendo. Él le había correspondido, y ahora se sentía como un idiota. Había caído en su sucia trampa.
Y eso no iba a ocurrir de nuevo.
—Si vuelves a hacer eso, iré a buscar a los vigilantes—habló con tono desafiante y Helga no pudo evitar soltar un suspiro lleno de indignación—. Sé lo que intentas y no va a funcionar. No tienes opción, Helga. Acepta mis condiciones, que créeme que no son malas en comparación de lo que te pasaría si vuelves a tu pueblo.
—¡Ni hablar! Será bajo mis condiciones. —sonrió ladinamente, relamiéndose los labios nuevamente. Aun podía sentir el sabor de los labios de Arnold en los de ella—. No siempre estaré tan débil como ahora, sabes.
—Aquí mando yo, Pataki.
—¡De eso nada! —Helga se sentó en el borde de la cama y levantó sintiendo demasiado dolor, por hacerlo de manera tan brusca—. ¡Me largo de aquí!
Ella salió de la habitación y caminó un par de metros, pero se derrumbó antes de llegar a las escaleras. Arnold se exigió mentalmente a no ir a ayudarla, sabía que ella era alguien orgullosa y tenía que darse cuenta por sí misma que no le quedaba de otra.
—¿Ya entraste en razón, Helga? —preguntó él con voz suave— Aún no estás recuperada… —le ayudó a levantarse y regresar a la cama—. Después de que solucionemos este problema que te aseguro no tomará más de tres semanas, podrás irte cuando desees. Lo único que necesito es tu nombre. Apenas me pidas el divorcio, yo te lo concederé.
Simplemente resopló. Realmente le dolía que su orgullo se viera así de lastimado. La única manera de sentirse mejor era sacar el veneno en sus palabras.
—Todos los hombres son iguales, hijos de puta, sucias ratas oportunistas.
Él lo tomó como un sí.
—De acuerdo. Por ahora, sería bueno que descanses. Llamaré al reverendo para que venga en la mañana, ¿está bien?
Helga se encogió de hombros. Era mejor acabar con ese tema cuanto antes.
—Buenas noches, Helga. Que descanses.
Había que dejarle tiempo para digerir el asunto. No era cosa de todos los días el día de su casamiento, a pesar de que se tratara por conveniencia. Por lo menos él había tenido toda la tarde y parte de la noche para acostumbrarse a la idea.
Por otro lado, la cabeza de Helga le iba a explotar. Odiaba a los hombres por su naturaleza controladora y manipuladora. Arnold solo había probado que él era alguien más de ellos. No importaba que su personalidad fuera tranquila, en el fondo era igual que todos los demás, solo que más inteligente. Sintió ganas de tener su arma con ella y solucionar las cosas como siempre solía hacer: dañando propiedades ajenas y golpeando cosas. La verdad era que Helga se encontraba atada de piernas y manos. Y Arnold se había aprovechado de su situación, adaptando una actitud desalmada. Ella no quería darle a su padre el gusto de verla en la cárcel y morir, pero tampoco quería casarse. Lo único que la aliviaba era que de todas maneras se iba a demorar en sanar, y con fe estaría a su cien por ciento justo cuando acabaran de solucionar el problema de Arnold.
Y luego estaba aquel beso que aún sentía contra sus labios. Sentía mucho acaloramiento aún debido al beso que compartió con Arnold. Había sentido torpeza de su parte en el beso, pero por alguna razón eso la había enganchado más al beso, para que él llegara a compartir la misma pasión que la de ella. El contacto de los cuerpos había sido ardiente. Ella intentó convencerse a ella misma que quizás su reacción solo era señal de que necesitaba un buen revolcón. Suspiró pesadamente.
Maldición, realmente necesitaba sus armas.
