Título: Agridulce

Resumen: Una extraña rubia llega a su rancho gravemente herida. Pronto Arnold se enterará de todos los misterios que oculta esa mujer que asegura odiar a los hombres. Al verse contra la espada y la pared, la obliga a casarse con él por conveniencia… Justo cuando Helga pensaba que Arnold podía ser la excepción.

Advertencias: Contenido sexual explícito, lenguaje obsceno.

A/N: ¿Qué puedo decir? Amo el drama y las escenas subidas de tono. ¡Quedan advertidos!

Disclaimer: Hey Arnold! y sus personajes le pertenecen a Nickelodeon y Craig Bartlett.


Capítulo IV. La señora Shortman

Al día siguiente, Arnold se apareció en el marco de la puerta de Helga. Ella lo miró inexpresiva y él suspiró agobiado recordando los sucesos de la noche anterior, mientras situaba el vestido que había traído con él en la cama en donde ella reposaba.

Ella le echó un vistazo al vestido celeste de seda y encaje. Era sencillo, pero tenía que admitir que era precioso.

—¿Tanta molestia por una boda que ni tú ni yo queremos? —preguntó finalmente, sin importarle ocultar su fastidio respecto a la situación.

Arnold se encogió de hombros.

—Una chica no se casa todos los días.

Ella bufó y Arnold no pudo evitar verla con remordimiento.

—Helga, lamento mucho obligarte a esto. Pero tú conoces mi otra alternativa. —se puso la mano al pecho, tratando de hacerle entender su dolor—. Quiero que sepas que no estoy orgulloso de esto, para nada.

—¡No más que yo! —cortó ella, malhumorada—. Como el resto de los hombres, lo único que les importa son sus fines egoístas. Te aprovechas de que estoy atada de pies y manos y no soy capaz de ponerme de pie por mucho tiempo. No te importó recurrir a algo tan bajo como lo que es el chantaje, solo probaste que eras el peor de todos los hombres que se han cruzado en mi camino.

Arnold suspiró, era obvio que una noche no iba a reducir su mal genio respecto al matrimonio forzado. Pero él estaba haciendo lo mejor para él mismo y lo sabía.

—Ódiame todo lo que quieras, Helga. No te culpo en absoluto. Pero te necesito. Te prometo que una vez aclare todo este lío, no pienso retenerte. Además, el matrimonio durará lo mismo que tú recuperándote, no podrías ir a otro lugar que no fuera esté. No pierdes nada quedándote aquí durante un tiempo.

—Excepto mi libertad —dijo ella secamente—. Ten mucho cuidado, no sabes en el territorio enemigo en el que te estás metiendo. Nunca sabes cuándo encontrarás una mina con explosivos.

Arnold tragó saliva al escuchar la amenaza de Helga.


—Esto es algo irregular —dijo el reverendo del pueblo cuando le presentaron a la novia— Me han dicho que ha sufrido una lesión... —frunció los labios, pero finalmente soltó un suspiro—. Estos jóvenes de hoy en día siempre en prisas. Muy bien, ocupen sus lugares.

Helga sentía que su más grande pesadilla se estaba haciendo realidad. Había jurado que no se iba a casar, y se sentía tan arrepentida de haber caído bajo el techo de Arnold. Se puso a pensar en todas las cosas que había hecho mal en su vida, y de repente entendió que nunca había hecho nada que fuese considerado grave. Toda su desgracia venía de los hombres. Una vez más, estaba siendo sometida en contra de su voluntad por el género masculino. Y esta vez, le estaba costando su libertad.

Ahí estaba, Arnold a su lado y Phil como testigo de la supuesta unión.

Cuando llegó el momento de decir el "sí, quiero", su boca no pudo emitir ningún sonido. Después de un minuto de silencio, suspiró y asintió. Era lo más cercano a un "acepto", era suficiente para el reverendo.

Oficialmente, era una mujer casada. Tan rápido como el reverendo había venido, se fue. Ella decidió ir a su cuarto y tirarse en la cama, viendo el techo. Eso había sido humillante. Había huido de su casa porque la querían desposar, para caer en un lugar en donde le habían obligado a casarse con otro sujeto. Emitió una débil carcajada amarga.

Esperaba con ansias el día que ella pudiese cabalgar de nuevo, entonces se iría de ese infierno, casada o no.


—Arnold, espero que sepas lo que estás haciendo —le dijo Phil, en un tono preocupado—. Todavía no sabemos la verdad acerca de esa jovencita.

Phil sabía muy bien que Helga no era una mala persona, pero realmente era una desconocida y para que la buscara la policía, debía estar hasta el cuello de los problemas.

—No me quedaba otra opción que hacer lo que he hecho —se excusó, avergonzado de su actuar— No es que me guste, pero no lamento mi decisión. Todo saldrá bien, ya verás.

O por lo menos espero que así sea.

Se dirigió al cuarto de Helga, su ahora esposa


—¿Has venido a disfrutar de mi compañía, querido esposo? —preguntó con una sonrisa llena de sorna. Helga era de las personas que necesitaban sacar el veneno contra las demás personas, para sacar sus frustraciones de ella. Y si bien Arnold solo quería su nombre para recuperar sus tierras y no tomar provecho de ella, ella no podía verlo como la causa de todas sus desgracias.

Arnold se sentó en el borde de la cama, junto a ella.

—He venido a ver si estás bien—dijo con sincera intranquilidad, intentando aligerar el ambiente entre los dos—. ¿Necesitas algo?

Ella le sonrió falsamente. Para ella, él solo era el peor de los hombres con el que se había podido cruzar. Ese hombre, bajo su fachada pacífica, solo era un hombre frío y calculador que la había logrado someter a sus deseos. Lo odiaba.

—Necesito que me quites el vestido.

Arnold pareció dudar, pero al notar que ella se sentaba y lo encaraba seriamente, supo que no bromeaba.

—De acuerdo.

Arnold empezó a desabrocharle los botones del frente del vestido. Cuando los primeros tres botones superiores del corpiño estuvieron desabrochados, él no pudo evitar lanzar una mirada fugaz al nacimiento de los pechos de su esposa. Una que otra vez, sus dedos rozaban con la piel blanca y cremosa de ella, poniéndolo más nervioso. Su corazón retumbaba en su pecho y rogaba que ella no escuchara sus fuertes latidos. Justo cuando estaba a punto de desabrochar el sexto botón, la vio lanzarlo a la cama y apretarlo contra su cuerpo femenino. Él no pudo evitar soltar un quejido de sorpresa.

—¿Qué haces?

—Quiero estar cerca de mi esposo, es completamente legal.

—Quedamos en que era un matrimonio de conveniencia.

—Jamás accedí a tal cosa, ni siquiera a casarme. Me fue impuesto a la fuerza, tal y como yo te impongo esto.

Arnold sabía que Helga se quería vengar de alguna manera para recuperar su dignidad, pero su cuerpo no parecía entender que era una trampa. Sintió un vuelco en el estómago y sus mejillas arderle. Esa mujer era demasiado provocativa y sabía usar muy bien sus cartas. No culpaba su actuar, pero él no iba a caer en ello. Entonces, ¿por qué diablos su cuerpo no parecía reaccionar?

Helga empezó a bajar, dejando a Arnold recostado en la cama y ella gateando hasta la parte baja del cuerpo de él. La vista de su escote era demasiado erótica, sin mostrar sus pezones pues su corpiño no estaba lo suficientemente abajo como para liberar sus pechos completamente.

Ella le brindo una sonrisa insinuante cuando sus labios se encontraron a centímetros de su pantalón. Sus manos se dirigieron al pantalón de éste, bajándolo poco a poco, junto con su bóxer. Helga no se andaba con juegos.

Arnold se avergonzó cuando estuvo expuesto a ella, nunca una mujer lo había visto desnudo antes. Helga lo chupó con frenesí, desplazando su boca desde el tronco hasta la punta, presionando de vez en cuando sus carnosos labios contra su miembro viril. El caliente aliento de la boca de Helga lo prendían aún más. Él nunca había imaginado que fuera posible esa clase de excitación, ni que Helga sería la mujer que le hiciera sentir esas cosas por primera vez. Nada tenía sentido. El sexo oral que Helga le estaba proveyendo estaba poniendo de patas arriba su mundo.

Pensaba en detenerla, pero realmente le estaba gustando demasiado como para recordar que se trataba de una trampa. Más aún cuando sintió que la rubia estaba intentando que toda su boca abarcara su largo, era demasiado buena usando esa lengua venenosa de ella. Arnold soltaba pequeños suspiros cada en cuando, sobre todo cuando su esposa se animó a acariciarlo mientras lo chupaba. Helga no parecía querer parar, y la sensación se sentía tan bien.

Había perdido la noción del tiempo, hasta que sintió un hormigueo por todo su cuerpo. Sintió como se tensaba, y entendió que había llegado al límite.

—H-Helga…

Ella no retiró su boca en ningún momento, y fue cuando sintió un líquido caliente en su boca. Se lo pasó sin dudar y se sentó nuevamente, contemplando la cara de su esposo. Se veía contrariado.

Helga había sabido que tenía que detenerse puesto que ella solo intentaba asustarlo, pero después de unos minutos ella sentía que también era para su propio beneficio. No había querido llegar al final, pero escuchar los suspiros llenos de placer de Arnold le habían nublado la mente. Ella recordó por qué lo había hecho en primer lugar, y le dedicó una sonrisa altanera.

—Pude haberte tomado si esa fuera mi intención —se burló, sin compasión alguna—. Solo te faltaba gemir mi nombre. Tienes suerte de que aún esté débil. Pero te aseguro que pienso disfrutar de todas las satisfacciones sexuales que ofrece nuestro matrimonio…—rio con satisfacción—. Solo mírate, estás excitado aún. Solo debiste de haber visto tu erección. Eres un…

Caracterizado por ser un hombre paciente y compresivo, no pudo evitar sentirse furioso y traicionado por su esposa. Había cometido un gran error al dejarse llevar, ella solo buscaba vengarse de él. ¿Quién realmente era peor? ¿Ruth o Helga?

Arnold se levantó de golpe de la cama y se subió el bóxer.

—¡Cállate! ¡No me hables así!

Helga lo imitó y se paró en frente de él, encarándolo.

—Grábate en la cabeza lo siguiente, esposito —posó su dedo en el pecho de él—. Voy a quitarte eso tan preciado que tienes. — Ella buscaba que él se arrepintiera de su imprudente decisión de casarse con ella, que se sintiera tan presionado como ella se sentía. No iba a ponerle las cosas fáciles.

Arnold salió del cuarto, con los pantalones desabrochados y con su cabeza hecha un desastre. Ambos necesitaban pensar mucho en lo que había sucedido.


Había pasado una semana desde su unión matrimonial. La relación entre Helga y Arnold se había vuelto como antes, cuando Arnold intentaba conversarle y ella se limitaba a ignorarle. Ella descansaba todo lo que podía. En su mente, mientras más reposaba antes se iría. No iba a hacer más lento ese proceso.

Sin embargo, esa mañana ella sorprendió a Phil y Arnold cuando entró a la cocina para desayunar. No habían podido evitar notar que la joven se alimentaba muy bien y no se saltaba comidas.

—¿Crees que es prudente que estés caminando por la casa, querida? —preguntó Phil con preocupación.

Helga asintió, le había tomado aprecio al anciano y por eso tomaba la molestia de ser cortés con él.

—Ya me siento bastante recuperada —respondió ella, sentándose a su lado. Tomó un pan que se encontraba en el plato del centro. —Está muy bueno, ¿hay más?

Arnold se apresuró a responderle.

—Sí, ¿deseas algo más?

—¿Huevos y tocino? —sonrió torcidamente ella—. Y si no los tienes, me los consigues. Es tu deber ocuparte de tu mujercita, después de todo.

Phil soltó una carcajada suave. Le agradaba el humor de esa joven. Arnold se apresuró a cocinarle lo que ella le pidió, por suerte tenía en casa lo que ella le pedía, y entonces vio a su abuelo. Éste asintió y ambos se levantaron de la mesa.

—¿A dónde se van? —preguntó ella, con curiosidad, masticando lo último de su desayuno.

—El abuelo y yo iremos por ganado a las montañas.

Helga frunció el ceño.

—Iré con ustedes.

Tanto Arnold como Phil negaron aquello.

—No, cariño, la zona a la que nos dijimos es muy rústica y peligrosa para ti. No vas a poder sostenerte en la silla de montar en tu estado.

Helga apreció que Phil valorara la condición en la que se encontraba. Aun le faltaba una semana para estar lo suficientemente sana para cabalgar. Pero como mujer digna que era, igual se quejó.

—¿Qué se supone que voy a hacer mientras ustedes estén fuera?

Era la primera vez que se sentía inútil en su vida.

—Descansar—dijeron los dos hombres en unísono. Ella suspiró con frustración.

Pronto, Helga, pronto.


Ella los vio irse hacia las montañas, y no pudo evitar salir para tomar aire fresco después de tanto tiempo. Entonces recién pudo apreciar el rancho. Cuando ella había llegado era de noche, sin mencionar que estaba moribunda. Necesitaba con urgencia una mano de pintura, lucía en general descuidado. El rancho que poseía Helga siempre estaba impecable. Ella se encargaba personalmente de este y no pudo evitar hacer comparaciones.

Caminó un poco más y notó que lo que más llamaba la atención del rancho era que estaba situado cerca de un río y exuberantes praderas. Ella creía que, con un poco de esfuerzo y dedicación, podría volver a ser lo que un día fue. Los padres de Arnold habían sido astutos al elegir un territorio como ese, lastimosamente no había llegado a alcanzar todo su potencial.

Le falta un poco del estilo Pataki. Pensó con orgullo, ella se había encargado de todas las tierras de su padre y sabía de sobra que había hecho un gran trabajo. Claro, había contado con vaqueros y presupuesto, pero sabía que ese don de líder que tenía había tenido mucho que ver en el resultado.

De lejos, pudo observar el ruido de pisadas de caballo aproximarse a ella. Helga miró hacia aquella dirección. Notó de lejos la silueta de una mujer. Ella suspiró con pesadez al recordar ese rostro.

—¿Quién es usted? —preguntó disgustada Ruth, bajando del carruaje. Ahora que Helga la veía de cerca, podía decir que la mujer era demasiado atractiva. Su apariencia gritaba que era una mujer sofisticada que gozaba de dinero y poder.

—¿Quién es usted? —rebatió Helga, sabiendo de sobra quien era la mujer que estaba enfrente de ella, la miro de pies a cabeza de forma altanera.

Ruth se irguió a toda su estatura, sin sentirse menos. Ella era unos centímetros más alta que Helga, pero la actitud de la rubia dejaba en desventaja con creces a la castaña. Se podía sentir su personalidad arrolladora, así que Ruth sintió que era prudente dejarse de rodeos y simplemente ir al punto.

—Ruth McDougal. ¿Dónde está Arnold?

Helga sonrió falsamente.

—Querrá decir mi esposo.

Gozó al ver el rostro de la mujer enfrente de ella palidecer y perder la seguridad con la que se deleitaba.

—¿Qué… qué quiere decir? ¡Arnold no está casado!

—Ahora sí lo está. Nos casamos hace una semana. —le tendió una sonrisa fría, que hizo que Ruth temblara. No estaba acostumbrada a tener batallas verbales con mujeres, ella tomaba provecho de los hombres usando sus encantos. — Imagino que él habrá mencionado a su prometida.

—En efecto —se aclaró la garganta ella, decidiendo ir por el tema que realmente ganaría en contra de esa rubia arpía —. Mire, señora…

—Helga Shortman.

Estaba que gozaba lindo del rostro completamente contrariado de esa castaña. Helga le encontraba gracia ser llamada señora teniendo solo diecisiete años, aun no digería completamente que era una mujer casada.

—Señora Shortman… —esbozó una sonrisa hipócrita—, estoy segura de que usted sabe quién soy yo.

—La hija del banquero que ha estado queriendo robar las tierras de mi esposo, ¿estoy en lo correcto?

Ugh, esa rubia era buena, tenía que admitirlo.

—El banco de mi padre posee una hipoteca sobre esas tierras—corrigió.

—Eso es lo que su familia dice. Soy la mujer de Arnold, y desde ahora yo me ocuparé de cualquier problema del rancho. Especialmente si se trata de usted, señorita McDougal, no crea que no soy consciente de que ha estado acosando a mi esposo.

Los ojos de Ruth delataban el miedo e incredulidad que sentía.

—Miente. Usted y Arnold no están casados…

—No miento —negó con la cabeza, sabiendo de sobra que estaba tomando al toro por las astas y Ruth había sido vencida en su propio juego—. Pregúntele al reverendo del pueblo para corroborarlo si quiere. Y tampoco lo hace Arnold respecto a su falsa hipoteca.

—Hablaré con el reverendo apenas vuelva de su viaje…—entonces le sonrió con socarronería—. Mándele saludos de mi parte a... Arnold.

Era obvio que jamás la reconocería a él como su esposo. A la rubia no le impresionaba, conocía su tipo demasiado bien como para hacerlo. Era precisamente por eso que sabía como jugar sus cartas.

—Si yo fuese usted, me lo pensaría dos veces de volver a venir.

—¿Me está amenazando, señora? —se negaba a llamarla del apellido de Arnold. Ella era la verdadera señora Shortman, no esa rubia vulgar.

—Llámelo como guste, yo le creo a mi esposo y sé que ustedes mienten respecto a la hipoteca. Y ya que estamos con esas, ¿a cuánto asciende la hipoteca?

—A mucho más de lo que usted pueda permitirse.

Helga bufó. Era simplemente curiosidad, ella jamás pagaría por una hipoteca que podría ser falsa. Ruth estuvo tentada a provocarla.

—¿Sabía usted que su esposo y yo somos muy unidos? ¿Qué creía que él hacía mientras usted estaba fuera?

Lastimosamente para Ruth, Helga no iba a caer en esa trampa. Sabía de sobra que Arnold era virgen, lo había comprobado ella misma, y además el hecho que ella era una mujer sin principios morales.

—Rechazando ofertas de cuanta zorra que anda suelta por ahí —se encogió de hombros. Ruth la miró con infinito odio—. Ahora, le sugiero que se vaya mientras pueda, señorita McDougal.

—Me iré, pero si me entero de que miente respecto a su matrimonio, sufrirá las consecuencias. Arnold y yo íbamos a casarnos antes de que sus padres murieran, pero él no era consciente de todo el dinero y poder que nuestras familias tendrían si se hubiesen unido. Le recomiendo cuidarse, es peligroso frustrar los planes de mi padre.

Helga bostezó falsamente, ya cansada de escuchar amenazas vacías. Ruth entonces se giró y se dispuso a irse en su carruaje. En ese momento Arnold y Phil volvieron, con una manada de cuarenta cabezas de vacas, bueyes, y becerros.

Arnold encargó a Phil tomar cuidado del ganado y se dirigió hacia Helga. Ella no lo iba a admitir, pero se encontraba cansada. Era su primer día levantada. Sentía las piernas flojas, pero no lo mostraba exteriormente. Se negaba a seguir mostrando vulnerabilidad.

—¿Qué sucede aquí? —preguntó Arnold, rodeando a su mujer por la cintura. En ese momento lo había hecho como leyéndole la mente a Helga, seguramente había agotado sus fuerzas. Sin embargo, a los ojos de Ruth ese era un gesto de esposo a esposa. Sintió rabia de aquello, él nunca había tenido un gesto así de cercano para con ella.

—La señorita McDougal vino a visitarte, querido —dijo Helga, mientras depositaba un beso casto en los labios de Arnold, quien no dudo en devolvérselo — Ella no cree que nos hayamos casado.

—Oh…—le echó una mirada a Ruth, casi se había olvidado de ella luego del beso— Se lo había mencionado, señorita McDougal, pero no quiso creerme.

La cara de Ruth era un poema. No tardó en recomponerse.

—Sí… Mis padres habían hablado con los de usted antes de la tragedia, y nunca parecieron mencionar nada sobre su querida esposa…

—No era asunto suyo —aclaró él— ¿A qué se debe su visita?

—No es nada — sonrió falsamente Ruth — Supongo que solo me queda corroborar lo de su matrimonio cuando el reverendo vuelva, no tardará más de una semana.

—¿Quiere ver la licencia matrimonial? Está adentro de mi nidito de amor —Helga no iba a dejarla ir hasta que hacerla molestar una última vez. Se estaba divirtiendo de lo lindo.

—¡No! Escucharán de mí en unos días… — y dicho eso, se dirigió a su carruaje y siguió su camino.

Helga resopló con burla, y no tardo en hacer una mueca de dolor. Arnold la miró con genuina preocupación.

—¿Estás bien?

—Lo suficiente para intimidar a esa zorra. Lamentablemente, no será la última vez que escuchemos de ella o de su padre, me parece.

—¡Te pasaste! —estaba molesto porque la muchacha nunca parecía escuchar nada de lo que él le aconsejaba, ni siquiera para bien propio de ella—. Te dije que descansaras, te llevaré para que te recuestes.

Arnold la cargó estilo matrimonial y ella no se quejó, realmente necesitaba tomar un descanso. Helga solo atinó a cerrar los ojos y apoyar su cabeza en el fornido pecho del rubio, para dejarse caer en los brazos de Morfeo. Estaba agradecido de que ella fuera una persona de carácter fuerte que no se dejara amilanar por nadie, sabía que ella había sacado pecho por él y su rancho. Realmente él estaba muy agradecido con ella. Sabía que no le agradaba en lo más mínimo su unión en matrimonio, pero aquello no la había detenido de defenderlo. El sonrió.

Quizás si hay algo de bueno en ella después de todo.