No niegues el bien a quien es debido, cuando está en tu poder actuar.
—PROVERBIOS 3:27
Hinata se encontró con la mirada del recién llegado, todo su cuerpo reaccionó, cada célula que poseía cobro vida, zumbando, calentándola.
Pero no se perdió a sí misma. Ni siquiera de cerca.
Él estaba mucho más que enojado. Él irradiaba furia al rojo vivo, con la piel en realidad brillando a un profundo y rico oro. Sus párpados se estrecharon en hendiduras peligrosas, sus pómulos sobresalían, y sus fosas nasales se dilataron con cada inhalación.
Sus dientes incluso habían crecido, se dio cuenta con intensificado horror. Eran tan largos que se extendían por encima de su labio inferior. Y sus orejas habían cambiado, ahora apuntando a los extremos. Y sus uñas... oh, dulce misericordia... eran garras.
Sin duda, él era capaz de acuchillar los barrotes de su jaula. Y cuando lo hiciera, caminaría con fuerza hacia ella. Él levantaría esos fuertes puños y la destruiría. El dolor sería demasiado. Él golpearía su rostro, y él finalmente la cegaría. ¡No!
El pánico amenazó con apoderarse de ella mientras dejaba caer su trapo. El aliento atrapado en su garganta se cristalizo, dejando un bulto duro e irregular que la ahogaba. La negrura le guiñó un ojo a través de su línea de visión mientras se abría paso a la esquina trasera de la jaula del Targon.
Va a doler, va a doler, va a doler tanto.
Excepto que...
El dolor nunca llegó.
Ella parpadeó, sin saber cuánto tiempo había pasado. El recién llegado... no se había movido un centímetro, se dio cuenta. No había tratado de llegar a ella. Y aunque lo hubiera hecho, pensó, el valor por fin haciendo una aparición, estaba esposado y drogado, tan indefenso como un bebé recién nacido. No había nada que él pudiera hacer para hacerle daño.
Poco a poco, el resto de su pánico se desvaneció. Tragando saliva, ella lo miró. Su piel había vuelto a su color bronceado original. Sus dientes se habían reducido y sus garras se habían desvanecido. Sus ojos todavía ardían con un fuego furioso, pero también estaban heridos.
La misma herida que su reflejo a menudo exhibía.
¿Qué había hecho para ofenderlo? Ella no lo había encerrado, le había dado de comer deliciosas galletas.
Galletas que había ignorado, se dio cuenta. Los pequeños regalos redondos descansaban en el suelo de su jaula. Pero ella ya sabía la respuesta, ¿verdad?
Ella se había estremecido cuando lo miró, luchando para crear distancia entre ellos, como si fuera asqueroso, corrompido.
Tal reacción podría haber ofendido a cualquiera. Pero aun así, un guerrero como él debería haber golpeado su pecho con orgullo. Su padre amaba las reacciones aterrorizadas que su poder provocaba, pues acariciaban su ego. Pero, bueno, no todos los hombres eran como su padre. O Toneri. O los otros hombres en el circo. O una buena parte de los hombres que visitaban el circo. Ella lo sabía. Había visto a padres con sus hijos, sonrientes y protectores. Había visto a los maridos con sus esposas, adorándolas y amándolas. El verdadero amor, no del tipo que Hiashi estaba vendiendo.
No puedo dejar al pobre tipo así. Todo su mundo acaba de derrumbarse, y uno nuevo, uno más oscuro, había tomado forma a su alrededor. En este primer día de su nueva terrible vida, podría concederle un acto de bondad.
¿No podría ella?
Decidida, Hinata se deslizó fuera de la jaula del Targon, trabo la cerradura con su huella digital, y caminó a través del claro hacia el recién llegado.
Una piedra golpeo contra su brazo. Frunció el ceño, miró a la izquierda y alcanzó a ver a la hembra en la jaula junto al recién llegado. La Cortaz sonrió con aire de suficiencia y lanzó otra piedra.
Esta golpeó directamente en el pecho de Hinata.
Hinata no se molestó en preguntar a Ino si quería morir. Hinata podía adivinar la respuesta. Sí. Lo siento, cariño, pero no voy a obligarte.
— El hecho de que recuerdes que colecciono piedras es probablemente una cosa cada vez más dulce, —se obligó a decir con una despreocupación que no sentía. —¿Es nuestro aniversario?
La sonrisa de la Otherworlders adquirió un tono más oscuro. A pesar de la suciedad que manchaba sus mejillas, era impresionante. Era alta y delgada, toda ella era de miembros largos y esbelta elegancia. Su piel era tan impecable como la perla más cara y su cabello una caída de terciopelo rubio.
—Cuando mis hermanos vengan por mí, y lo harán, te quemaran viva mientras observo y me río.
Una piedra golpeó a Hinata por detrás. Se dio la vuelta para mirar al culpable, sólo para tomar una piedra más grande en el pecho. El Mec Rainbow cacareaba y le apuntaba, como si hubiera algo malo en ella. Le encantaba hacer eso.
Las primeras veces que lo había hecho, Hinata había huido para comprobarse en un espejo. ¿Una mancha en el rostro? ¿Ropa rasgada? ¿Algo en los dientes? Pero ni una sola vez se había encontrado nada fuera de lugar, y se había dado cuenta de que sólo quería torturarla.
—¿También, encontraste algunas para mi colección? Eso es muy considerado. Pero chicos, yo no les conseguí nada.
El cacareo se detuvo y le siseó. Su piel empezó a brillar en un color rojo brillante, un signo de su creciente furia.
Al principio, él e Ino habían tratado de construir una relación con ella. Ino le había dicho lo bonita que era, y Rainbow le había dicho que odiaba la forma en que su padre le hablaba, que podría ayudarla, si sólo ella lo liberaba. Después de un tiempo, la continua negativa de Hinata había arruinado todo indicio de buena voluntad.
Sus transgresiones habían comenzado siendo pequeñas, y habían lanzado insultos, nada más. Cuando se dieron cuenta que Hinata no le diría a Hiashi, habían pasado a la paja, entonces a la comida, y ahora a las rocas. Ellos asumieron que, en esto, Hinata tomaría, tomaría, tomaría, y nunca lo devolvería.
Estaban tan en lo correcto, pensó con un suspiro.
Con la cabeza en alto, cerró el resto de la distancia con el recién llegado. Él estaba en el mismo lugar, en la misma posición, pero su mirada se había estrechado sobre el Mec y la Cortaz. Al igual que el Mec, su piel había vuelto a tomar un matiz de enojo dorado.
—Hola, —dijo Hinata.
Esos ojos azules se giraron hacia ella, y ella se estremeció.
Respiró profundamente, con la esperanza de aspirar un poco más de valor y detener la sensación de hormigueo súbito en sus venas. Falló en ambos. El hormigueo incluso aumentó. Notas de turba ahumada, pino y menta llenaron su nariz, haciéndola pensar en hogueras nocturnas en un bosque encantado. Era una fragancia tan rara que ella cerró los ojos e inhaló otra vez, y otra vez, hasta que estuvo mareada.
No había muchos bosques que quedaran en el mundo. La mayoría pertenecían al gobierno y nunca se permitían invasores. De hecho, sólo alguna vez los había visto desde una gran distancia, ya que, mientras el circo viajaba de ciudad en ciudad, de estado en estado, y en ocasiones a otros países, durante todo el año, sólo alguna vez se les permitió permanecer en los claros donde los bosques, solían estar.
En definitiva, la luz del sol y la mirada candente del hombre le recordó que ella estaba fuera de la vista de cualquier persona junto a él, era mediodía, y tenía muchas cosas por hacer. Fallar en completar una tarea invitaría al castigo, y el castigo sería ponerla fuera de servicio durante varios días.
Con el corazón martilleando, se concentró. El cautivo ahora irradiaba suficiente calor para derretir el Ártico en cuestión de segundos.
—¿Por qué no vienes un poco más cerca, mujer?, —Él preguntó.
Afortunadamente, el pánico no la asaltó y ella fue capaz de aprovechar la audacia que sólo aparecía en ausencia de su padre.
—Creo que me quedaré aquí, pero agradezco la sugerencia.
Hinata cuadró los hombros y miró al macho. De cerca, pudo ver que su piel parecía tan suave como el cristal, la decoloración dorada en un hermoso bronce. Sus huesos faciales estaban ligeramente crecidos, pero eran perfectos juntos, creando una imagen de masculinidad áspera no diluida.
De hecho, era tan feroz en apariencia como One Day había sido en el mejor momento de su demasiado corta vida.
Un deseo repentino de lo que podría haber sido hinchó las cámaras de su corazón.
La boca del Otherworlders se movía, se dio cuenta, pero ella se había perdido sus palabras. En vez de admitir la verdad, permaneció en silencio.
La gente a menudo se repetía, salvándose de tener que pedirlo.
Finalmente, dijo:
—¿Qué estás mirando, humana?
—Estoy mirándote a ti. Obviamente.
Él agarró los barrotes, sus nudillos blanquearon. Las palabras NPRY KURENAI y ASUMA estaban grabadas en sus brazos. Kurenai y Asuma las entendía. Eran nombres, y se preguntó lo que las personas significaban para él. ¿Pero NPRY?
—¡Mujer!
Pulsaciones bailaban en un ritmo salvaje que no podía controlar, ella dijo,
—Aquí, —y retiró el pedazo de chocolate que había metido en el bolsillo de sus jeans para disfrutar más tarde. —Tómalo. Es tuyo.
Se lo arrojó, pero él no lo cogió. Tampoco, miro a donde el dulce se deslizó hasta detenerse.
—Si no te lo comes ahora, se derretirá y tendrás que lamerlo. Esto puede ser embarazoso, créeme. Pero el chocolate es bueno en cualquier estado, por lo que depende de ti o no…
Su boca se movía de nuevo. Esa exuberante boca rosada.
—Te hice una pregunta, mujer.
Fingiendo indiferencia, ella sacudió su pelo sobre su hombro.
—Hazla de nuevo, —dijo. Ninguno de los cautivos había adivinado su enfermedad, y nunca lo admitiría. Tan desesperados como estaban, por mucho que la culparan de su encierro, ellos utilizarían la desventaja en su contra. —Estaba distraída.
—Muy bien. ¿Quieres morir?
—Qué maravilloso, —respondió en el tono más seco que pudo. —Mi octava amenaza de muerte hoy. Da por sentado que haré una anotación en mi diario.
—Sí, deseas morir, —dijo con un gesto lento. —De lo contrario libérame.
—Déjame decirte cómo el resto de esta conversación irá y te ahorrará tiempo, ¿sí? Si es que no te libero en este mismo momento, te escaparás. Serás el que me mate. Vas a hacerme daño. Voy a lamentar el día en que nací. Fin. ¿Así que... te comerás eso? —Frunció el ceño y sacudió la cabeza. —Quiero decir, te vas a comer el chocolate ahora, ¿verdad?
Sin siquiera apartar la vista de ella, agarró la golosina, desenvolvió el papel de aluminio y estrelló la pepita en uno de los barrotes de la jaula, frotando... frotando... migajas cayendo en el suelo sucio.
Un lloriqueo de duelo se deslizo de ella. Sí, tenía un millón de piezas más en su tráiler, todos las que le daba su padre, sólo porque la "amaba".
Pero eso no alteraba el hecho de que el Otherworlder acababa de destruir algo que se había ganado con sangre, sudor y un montón de lágrimas.
—Tú te lo pierdes, —se obligó a decir alegremente.
—No tienes ni idea del terror que has traído a este circo, niñita.
Niñita. Eso era como su padre a menudo la llamaba. Su hermosa niñita. Su querida niñita. Su niñita querida. Hinata levantó la barbilla y apretó los dientes,
—No me llames así. Y yo no te traje aquí.
Una ceja se arqueó, convirtiendo toda su expresión en un desafío.
— Eso no importa. Eres culpable por asociación.
—No lo soy.
—Lo eres y mucho.
—No lo soy, —dijo azotando el pie.
Sus párpados se entrecerraron peligrosamente.
—Nosotros no somos niños. Déjame ir.
—No, —contestó ella sin un solo golpe de vacilación.
—Muy bien. Como ya he dicho, vas a morir con el resto.
—Bla, bla, bla. Lo sé. —Vibraciones a su izquierda causaron que su mirada se dirigiera en esa dirección.
—Mátala, mátala, mátala, —Rainbow cantaba mientras saltaba arriba y abajo en su jaula.
Otra vibración a su derecha. Su mirada regreso al recién llegado... como se llamara. Él había decidido utilizar la distracción a su favor, llegando a través de los barrotes, intentó retorcer su cuerpo para tener la longitud suficiente para agarrarla.
Ella se tambaleó hacia atrás, fuera de su alcance. Frustrado, él chasqueó sus dientes de sable sobre ella, ¡dulce misericordia crecieron ante sus ojos, y eran aún más grandes que antes!, su rostro irradiaba una rabia oscura que había visto demasiadas veces hoy.
Temblando, ella gritó,
—Estaba tratando de hacer tu día mejor, ¿Y decides matarme por ello? Tal vez te mereces estar en la jaula, ¿eh? —Y pisoteando se fue a terminar con sus tareas.
Continuará...
