Rompan la tierra no labrada y no siembren entre espinas.

—JEREMÍAS 4:3

Hinata caminaba de un lado para el otro dentro de su trailer, el segundo vehículo más grande en el terreno. (El de su padre era el primero, por supuesto). Las paredes estaban cubiertas con encaje rosa y decoradas con tapices en varios matices de joyas. Cada pieza del mobiliario era afelpado, blanco y caro. La mesita de centro era Victoriana y las patas talladas para parecer dragones. Las mesas laterales estaban cubiertas con jarrones de cristal y tazas recargadas.

Una casa de cuento de hadas apropiada para una princesa de cuento de hadas, su padre a menudo decía.

Finos tejidos estaban esparcidos alrededor. Terciopelos, rasos, sedas, e incluso el sumamente caro algodón. Ella sabía cómo coser, y estaba supuestamente diseñando para sí misma "un vestuario apropiado para la hija de un rey". No lo había hecho. Y no lo haría.

Para acompañar a su ropa, tenía collares de jade, pulseras de rubí, y pendientes de zafiro, más un conjunto de uñas de diamante con anillos de oro que serpenteaban completamente hasta sus nudillos, y un broche en forma de cabeza de león, su piel estaba hecha de ámbar, sus ojos de ébano. Cada pieza brillaba tanto que la luz arrojaba suaves, rayos dorados en el techo. Tan bonitos. Tan inútiles. Eran objetos que ella era actualmente incapaz de vender, porque su padre los echaría de menos.

—¿Por qué no te pones las cosas que te doy? —Demandaba Hiashi por lo menos una vez a la semana.

—No son mi estilo, —decía ella. Y así él lo intentaría otra vez, dándole alguna cosa más, algo más grande, sin comprender que ella no tenía ningún deseo de llevar puestas sus ofrecimientos de culpabilidad, lo cual era exactamente lo que eran.

Pero anoche en la cena, todo eso había cambiado. Había llevado puesto uno de los collares, como planeó, él había rizado su cabello, bastante complacido con ella, nunca advirtiendo el pequeño bulto de la venda bajo su camisa.

Oh, qué vida llevo.

Su madre había adorado el trailer, la ropa y las joyas. Había cosido tantos vestidos como fuera posible, y bailado a través de la casa entera, riéndose y girando, y haciendo a Hinata reírse tontamente.

Una repentina lanza de tristeza la perforó. Su hermosa madre, quien había afirmado amarla más que a nada, pero había dejado a su única hija para escaparse con su amante.

A los pocos días, Hiashi la había encontrado y la arrastró de regreso.

Entonces, a la mañana siguiente, él había convocado a todos los artistas a su lugar y anunció que su esposa había muerto por un negro, y podrido corazón. Y eso era verdad. Hiashi tenía un negro, podrido corazón, y él la había matado.

Hinata no tenía ni la menor idea de lo que le había ocurrido al amante.

De todos modos, ella no iba a sopesar el pasado, se recordó. Pensaría sobre hoy: el día de la apertura del circo en New Atlanta.

Ella permanecería dentro de su trailer hasta que su padre terminara con todas sus funciones y actuaciones. Ella iba a relajarse, comer sus muchos chocolates, y darse el gusto, como si horas y horas con nada que hacer excepto contar sus ahorros (por tercera milésima vez) fuera divertido, mientras todos los demás dentro de su "familia" del circo trabajaban por su alimento y alojamiento, no solo ayudando con la ropa, las tiendas, los juegos y los vehículos, sino a través de las actuaciones.

Hinata solo estaba al cuidado de los otherworlders después de que los clientes se fueran. De esa manera, los lugareños nunca la veían, nunca intentaban herirla, y las cabezas nunca tenían que rodar. Lo más importante, el circo nunca tenía que trasladarse a una nueva ubicación más pronto de lo planeado, simplemente para esquivar la ley.

Hiashi quería a Hinata segura de todos excepto él.

—¿Cuándo aprenderás, Hinata? No puede haber dos amos en una casa. Haz lo que digo, cuando digo, o sufre. Te quiero, pero no puedo hacer concesiones para ti, solo porque eres mi única hija.

Un padre que amara a su hija no la golpearía. Un padre que amara a su hija no mutilaría y exiliaría a una de sus dos únicas amigas, forzándola a abandonar a la otra por temor de ver a la chica recibir el mismo trato.

Un padre que amara a su hija no mataría a sus preciosas mascotas.

Sólo quiero vivir en paz.

Y a pesar de todo, ella no había permanecido adentro hoy. Había pasado cinco minutos al aire libre, corriendo a través del zoo para verificar al recién llegado. Cinco minutos, eso fue todo, pero en opinión de su padre fueron cinco minutos demasiado largos.

Un escalofrío casi la sacudió fuera de sus pies, y se desplomó en el sofá. Cómo deseaba que Hiashi fuera el hombre que acostumbraba a ser, el hombre que había escuchado sus historias sobre mariposas y la acostaba por la noche, pero todo había cambiado cuando su abuelo murió y él se encargó del circo.

El lugar había estado en un estado horrible, frente a la ruina económica. El dinero había llegado a ser rápidamente la única preocupación de Hiashi y él había empezado a vender drogas y mujeres entre los espectáculos. Él había tenido que hacer cosas terribles para mantener a sus empleados en línea y sus secretos en la oscuridad, y esas cosas habían destruido al hombre que ella había conocido. Pero sus bolsillos se habían llenado, y eso había sido todo lo que le importaba a él.

En el plazo de un año, él le había dado un vuelco al lugar y su propia terrible transformación había sido completada.

Si él averiguaba lo que ella había hecho hoy, la castigaría por ponerse en peligro.

Sí. Ja. Lo haría. Demasiadas personas la habían visto, justo como había sabido que harían.

¿Por qué lo había hecho, entonces?

No había necesidad de reflexionar; ella ya sabía la respuesta. Lo había hecho porque no podía sacar al prisionero de su mente. Unas mil veces había recordado cómo había tenido sus manos sobre él.

Sus manos desnudas. Macho a hembra, calor a calor. Mil más, había recordado cómo había tenido su boca en él y sencillamente cuánto le había gustado.

De repente sintió la vibración de alguien... ¿Gritando contra su piel?

Oh, sí. Un grito. Los finos pelos de su nuca se pusieron de punta. Casi abrió la puerta para asomarse afuera.

La más reciente incorporación al circo finalmente había alcanzado el fin de su tolerancia.

La simpatía brotó dentro de ella. Toda la noche él había luchado desesperadamente para liberarse, sin embargo no había hecho progreso.

Temiendo que su padre oyera sus maldiciones y decidiera actuar, ella había esperado cerca, preparada para tratar sus heridas. Pero Hiashi nunca había aparecido, y el recién llegado había continuado la lucha, hasta que la comprensión de que él estaba atrapado dentro de la jaula finalmente se había establecido. La ira había deformado sus rasgos y su piel había asumido ese moldeado dorado. Sus dientes y garras habían crecido, y aunque ella debería haber escapado asustada, la transformación había fascinado a Hinata.

Porque... no importaba cuánto había cambiado su cuerpo, sus ojos habían seguido siendo los mismos: grandes y azules, con esas largas pestañas negras más apropiadas para una mujer. Ojos inocentes. Ojos inolvidables.

Ojos sobrenaturales.

Como todos los demás, Hinata sabía sobre los planetas habitados allí afuera. Pero a diferencia de los otros, también sabía que había un mundo invisible funcionando aquí, en la tierra, todo alrededor de ellos. Y la asombraba cómo de cercanos estaban realmente los dos mundos. Tantas veces como había luchado con la muerte, había cogido vislumbres de ese mundo y sabía que había bien absoluto y mal absoluto y ambos eran tan reales como ella.

Un paso, eso era todo lo que tomaba, y el espíritu podía dejar el cuerpo y entrar en ese otro reino.

El prisionero más nuevo debería haberle recordado el lado malo, pero no. Más bien todo lo contrario, de hecho.

Ella había vuelto a su trailer, y esperó a que alguien le trajera el desayuno. Unos pocos minutos después de eso, salió a hurtadillas y volvió al zoo, donde había echado la comida en su jaula. ¿Había probado él, el tocino, las galletas, o los terrones de miel? Había estado despierto. La había visto, pero no había intentado coger el saco de yute, y si él había dicho algo, ella no era consciente de ello. Había mantenido la atención lejos de él. Si ellos hubieran entrecruzado miradas, él quizá había tratado de hablar con ella y ella habría estado tentada de quedarse.

Ella le debía otra disculpa, después de todo. Él había estado en su peor momento, y ella había tomado terrible ventaja de ello. Fue simplemente... espera. ¿Iba a hacer esto? ¿Iba a pensar en el beso ahora?

¿Cuándo había evitado el tema toda la noche?

Sí. Lo haría.

¿Por qué había apretado sus labios contra los suyos? ¿Por qué? Eso no era característico de ella. El deseo no era algo que experimentara, y sin embargo había sido atraída por él en un nivel primitivo. Un nivel innegable. Ahora, una parte de ella que había pensado destruida hace mucho tiempo, la niñita necesitada que había soñado con un guapo Príncipe Encantado viniendo a rescatarla, se mantenía en crecimiento... creciendo... finalmente despertando por completo. Sólo, que este príncipe estaba solo, justo como ella. Él necesitaba un amigo, justo como ella.

Pensamientos peligrosos. Pensamientos que una vez la habían metido en problemas. Primero, ella sólo podía contar consigo misma, y lo sabía.

Segundo, había ofrecido amistad a uno de los primeros otherworlders capturados, realmente había crecido hasta querer y adorar a la chica.

Había salido furtivamente cada noche para pasar tiempo con ella, con su dulce Sara, y habían hablado, compartido historias sobre sus vidas.

Finalmente, Hinata había liberado a Sara y a todos los demás.

Y había sufrido terriblemente por sus acciones.

Sabía que no podía viajar por ese camino otra vez. Y sin embargo, todo en lo que ella parecía tener interés era en que el recién llegado no estaba acostumbrado a pasar hambre, y más que eso, se le avecinaba una horrible sorpresa cuando el circo abriera en algunas horas. Ella había deseado que experimentara algo agradable hoy.

Si él tiraba la comida, bien. Su pérdida. Ella había hecho una buena acción, y podía…

Las luces del techo parpadearon, y ella gimió. No tenía un timbre; en vez de eso, el sistema de iluminación estaba alterado para alertarla de una visita en espera.

Su estómago dio un calambre mientras se ponía de pie y temblorosamente giro el pomo. Afortunadamente, no era su padre que venía a castigarla por su desobediencia. Desafortunadamente eras Toneri, su "guardaespaldas". Y él irradiaba amenaza.

Encontrando su mirada, ella espetó,

—¿Qué es lo que quieres?

—Déjame entrar, —demandó con su gesto de enfado patentado. Tenía alborotado cabello plateado y helados ojos celestes. Poseía una tez polvorienta, y era amplio de pecho y brazos, orgulloso y feroz.

Hoy había optado por llevar pantalones pero ninguna camisa, revelando la gruesa barra plateada que colgaba de su pezón izquierdo. Él estaba seguro que le hacía parecer frío. ¿Era esa la palabra correcta?

¿Helado? ¿Fresco? Para Hinata, le hacía parecer como un martillo. ¿Llave inglesa? ¡Lo que sea! Él parecía como alguna clase de herramienta.

—Hazte a un lado, Hinata.

Actúa casual.

—No. Esta es mi casa. Tú no eres bienvenido. —Sé valiente. —Así que continúa. Vete.

—Lo haré... después de que hayas tenido mi palabra. —Empujó por delante de ella, y en el momento del contacto, bichos parecieron saltar de él hacia ella, excavando más allá de su piel en sus venas.

Una sensación lejanamente diferente de su contacto con el otherworlder.

Ella intentó no temblar cuando se giró y se enfrentó a él.

—Que sea rápido.

—¿Por qué? ¿Tienes algún lugar para ir? —Preguntó solamente para ser cruel.

No se sorprendió; él era un hombre cruel. Oh, él nunca la heriría físicamente o algo así. Estaba demasiado asustado de su padre. Pero quería aguijonear en ella de otras maneras.

Se dejó caer en su sofá y toqueteó uno de los collares colgando de una vasija en la mesa lateral.

—Vamos a hablar. ¿Entiendes?

—Lo hago. —Y ella solo podía imaginar cómo iría la conversación.

¿Cuándo pararás de ser tan terca y te casarás conmigo? preguntaría él.

Nunca, respondería ella.

No seas ridícula. ¿Cuándo? Soy lo mejor que jamás le podría ocurrir a una chica como tú.

Una chica como ella. Sorda. Defectuosa. Después de que esté muerta, lo consideraré. Quizá.

Él maldeciría. Ella temblaría.

Así que, sí, ella estaba asustada de algo más que solo Hiashi.

—Despejaré las cosas, —dijo ella, negándose a echarse atrás. —¿Has olvidado la regla número uno?

Un músculo hizo tictac debajo de su ojo, una clara indicación de su creciente ira.

—No.

—¿Y es?

—No tocar a la preciosa Hinata. Jamás.

—¿Y recuerdas tocarme en la entrada?

—Sí, —apretó los dientes.

—Hay otra pregunta. ¿Recuerdas la regla número dos?

Sus dedos se flexionaron alrededor de los diamantes, y ella se sorprendió que las piedras no fueran molidas en un fino polvo.

—Si rompo la regla número uno, tengo que darme un puñetazo en la cara o se lo contaras a tu padre.

Esperó, parpadeando inocentemente. Hiashi era el único poder que ella tenía sobre este hombre o cualquier otro, y lo esgrimía a menudo y severamente.

Toneri dio a su mandíbula un chasquido.

—¿Bien?

Frunciendo el ceño, se golpeó a sí mismo.

—Buen chico, —dijo ella con toda la dulzura del azúcar que fue capaz de reunir. Lo había visto con otras mujeres, y sabía que él había asistido a la escuela de disciplina de Hiashi Hyūga. Él no tenía miedo de dar un puñetazo para hacer valer la autoridad y probar un (estúpido) punto cuando se enfadaba... o incluso perturbarla ligeramente.

—Ahora me toca a mí, —dijo él. —¿Cuándo te casarás conmigo?

¿Ves?

—Estoy pensando... nunca. ¿Está eso bien para ti?

Un destello de disgusto.

—Soy la razón de que la gente de tu padre te odie, la razón incluso de que los otherworlders están volviéndose contra ti. Una palabra aquí, una palabra allá, y el veneno se esparce. Cásate conmigo, y les haré amarte.

¡Cómo se atrevía!

—¿Qué has dicho? —demandó ella.

Ondeó la pregunta lejos.

—Te deseo, Hinata, y te tendré.

En realidad, él era el segundo al mando en el circo y quería ser el primero. Todavía no había comprendido que eso nunca sucedería. Hiashi nunca abdicaría el poder, y Toneri nunca sería lo suficiente fuerte para arrebatárselo.

Antes de llegar a ser el maestro de ceremonias, Hiashi había realizado el acto de magia. Después de convertirse en el maestro de ceremonias, enseñó a Toneri los secretos de las artes oscuras, los dos pasaron interminables horas estudiando minuciosamente a través de libros, practicando lo que leían, e incluso probando sus poderes en algunos de los clientes del circo. En comparación, los dos hombres aún no estaban ni siquiera al mismo nivel.

—Nunca me tendrás, —dijo ella con una sacudida de cabeza. —Me repugnas.

—¿Es así? —De repente su sombra se movió -mientras su cuerpo permanecía quieto- expandiéndose sobre sus hombros... dividiéndose aparte, arrastrándose en diferentes direcciones, cada macabro miembro avanzando lentamente más cerca de ella.

Con el corazón martilleando, Hinata cuadró los hombros. Sabía lo que eran esas sombras, las reconocía de ese otro reino. Eran malas. El mal tan real, tan vil que había tomado alguna clase de forma viviente.

Su padre llevaba la misma esencia. De hecho, de tal forma que era de donde Toneri la había adquirido. Ella se había dado cuenta unos días después de que ellos hubieran empezado el aprendizaje juntos.

—Eso es así. Ahora déjalo, —chasqueó ella.

Él sonrió, todo dientes blancos y amenazante.

—Oblígame.

El retorcijón empezó de nuevo.

—No acostumbras ser de esta manera, lo sabes. —Como su padre, él había cambiado con el paso de los años, de un joven algo afable que disfrutaba compartiendo algodón de azúcar con ella después de cada espectáculo, a este, severo y depravado, capaz de algún acto despreciable.

—Lo sé, —dijo él, y no sonó como si le importara. —Ahora soy mejor.

—No para mí.

—Eso es porque todavía no has evolucionado. Pero yo podría hacerte poderosa, Hinata. Piensa en ello. Te podría hacer lo suficiente poderosa para matar a tu padre y gobernar este circo a mi lado. Yo...

—Convertiste a Anko en una monstruosidad. —Él había usado su magia para transformar los pelos de su barba en cientos de pequeñas serpientes.

Se encogió de hombros, despreocupado.

—Ella fue escuchada riéndose de mi función, y necesitaba enseñarle una lección.

—¿Y Shion? —Había compartido su "poder" con ella, también.

—Nunca la maldije. Acudió a tu padre y pidió el mismo regalo que yo ahora te ofrezco a ti. Él me dijo que trabajara con ella, y lo hice. Cada día ella ruega por más de lo que tengo.

Su tono de mofa la hizo pensar que él dio a Shion más que lecciones sobre magia negra.

—No quiero tener nada que ver contigo o con tu magia.

Ella nunca se dejaría deslizar en la cloaca que Hiashi y Toneri compartían. El hambre y la sed por el dinero y el poder que él había mencionado los había arruinado a ambos, podrido sus almas. Y sí, ella siempre había oído que el codicioso engendraba más codiciosos y los golpeadores engendraban golpeadores incluso más crueles, pero ella estaba rompiendo el ciclo.

Hace mucho tiempo, Hinata había decidido no ser como los hombres de su vida. Siempre decía la verdad. Se negaba a quejarse de su situación(muy a menudo). Se negaba a odiar a las personas a su alrededor. Se esforzaba por ser amable. Lo que no significaba que tenía que querer, aceptar, o soportar lo que las personas le hacían. Ella sabía que era posible amar a alguien y no soportar sus acciones. Sabía que podía luchar contra lo que le era hecho a ella, y siempre lo hacía, hasta lo mejor de su capacidad, sin ser cruel.

Y, como cualquier cosa de valor, tal decisión requería trabajo. Era difícil ser veraz cuando sabía que una mentira temporalmente la salvaría.

Era difícil caminar siendo amable cuando la ira demandaba que corriera en odio. Era difícil trabajar para ser agradable cuando estaba herida, e incluso más difícil colgarse en la esperanza cuando estaba sintiéndose abandonada por… bueno, todos. Pero realmente, al final del día, cuando descansaba la cabeza en su almohada, sabía que había elegido el mejor camino. Ellos tenían que caminar por el barro. Ella permanecía limpia.

—Ahora, —dijo ella, —si me perdonas, me gustaría un poco de tiempo a solas para reproducir esta conversación en mi mente y reírme de ti. Realmente, incluso si no lo hago, me gustaría un poco de tiempo a solas. Disfruta de tu día. O no. Principalmente no. —Bien, así que ella no era siempre agradable con Toneri. Pero entonces, incluso las chicas agradables no iban a jugar con el mal. Ella abrió la puerta y esperó.

Él se desplegó lentamente del sofá y se embutió el collar de diamantes que había estado acariciando en su bolsillo.

Ella casi protestó. Casi.

Ella quizá despreciaba lo que las joyas representaban, pero cada pieza iba a ir a una buena causa. En un año, podía tener suficiente dinero en baratijas y amuletos para comprar una nueva identidad y una casa escondida en lo alto de las montañas de New Colorado. Un lugar que había soñado poseer durante los últimos cuatro años. Un lugar que nadie sería capaz de arrebatarle.

Sin la identidad, Hiashi podría ser capaz de encontrarla. Sin la casa, ella tendría que conseguir un trabajo para pagar el alquiler, lo cual la pondría bajo el control de alguna otra persona, así como en la plantilla.

Más, el tiempo le daba una oportunidad de buscar la llave para las esposas que los otherworlders llevaban. Esposas que tenían que ser quitadas, o los cautivos podrían ser rastreados hasta el fin de la tierra y quizá incluso en otros planetas.

—Si Hiashi te coge con eso, —dijo ella como si fuera feliz con la perspectiva, —estarás en problemas.

—No me cogerá. Se habrá ido en menos de una hora. — Toneri salió rápidamente del tráiler, asegurándose de rozarla.

Estremeciéndose mientras los bichos una vez más parecían saltar sobre ella, cerró la puerta.

Continuará...