¡No te regodees en mi infortunio, enemiga mía!

Aunque haya caído me levantaré.

—MIQUEAS 7:8

Alrededor de las dos en punto de la mañana, la luna era un mero gancho dorado en el cielo negro y estrellado. Todos los clientes del circo se habían ido a casa, y ahora, todos los artistas estaban reunidos alrededor de una enorme y llameante hoguera al centro de los otherworlders prisioneros.

Hinata se agitó por la fuerza de su miedo. No por sí misma, no esta vez, sino por el recién llegado.

Ojos Azules, había empezado a llamarle ella. La fianza de 15 dólares que su padre había perdido junto con el dinero por los "perjuicios" y la irritación por tener que tratar con un humano iracundo iban a ser sacados de la piel de Ojos Azules.

El macho no se había despertado desde que las drogas llegaron a su sistema, pero sólo porque le administraban una dosis cada hora. Su padre lo quería dócil hasta el momento adecuado, que sería justo cuando todos sus empleados y los encargos que Hinata cuidaba pudieran presenciar el castigo de Ojos Azules.

Los artistas habían traído sillas de jardín y ahora las estaban colocando en frente de las jaulas. Ahí estaba Anko, la mujer barbuda, enana, con sus serpientes siseantes colgando de su barbilla. Y también el traga espadas, el hermafrodita con cuatro manos, las gimnastas siamesas, y miles más.

Ojos Azules estaba de rodillas, casi desplomado, con las esposas atadas a unos ganchos que sobresalían de un palo. El fuego llameaba a su lado, dibujando rayos dorados sobre la bronceada piel de su espalda.

Ya no quedaba ni una pizca de luminosidad. Pero la habría. Demasiado pronto, la habría, y se sumaría un rojo de una clase diferente.

Hiashi lo pateó en un costado para despertarlo, y la multitud vitoreó.

Ojos Azules alzó la cabeza y parpadeó rápidamente, quizá luchando por enfocarse. Hiashi caminó a su alrededor con los brazos en alto. Cuando estuvo frente al otherworlders se detuvo, y se giró para encarar a su gente.

—Este hombre... esta asquerosa criatura... se atrevió a tocar a un humano sin permiso, —su padre gritaba, sulfurando a la multitud. Hinata continuó leyéndole los labios. —Él tenía toda la intención de causar un daño irreparable... incluso después de haber sido advertido de que se comportara.

Un coro de booos se extendió a través de la multitud y las vibraciones casi hicieron que perdiera el equilibrio. Miró detenidamente a la gente con la que había crecido, esperando, rezando, por encontrar una cara compasiva, un alguien, cualquiera, que se levantara y gritara, —"Esto está mal. No permitiré que hagas daño a este hombre". Alguien con la fuerza suficiente para forzar a su padre a dar marcha atrás.

En vez de eso, descubrió malicioso júbilo, y diversión viciosa. Las expresiones incluso más maníacas dado que todos vestían todavía su vestuario artístico, ya que habían llegado justo después de la última actuación. Había lentejuelas, plumas, faldas cortas de volantes, encaje y medias de red. Pechos untados en aceite, y ropa interior prácticamente pintada encima de la piel.

Estas personas eran marginados de la sociedad, aceptados únicamente por cómo entretenían. Ahora, eran ellos los que querían que les entretuviesen, De hecho, probablemente sentían que merecían un buen espectáculo. Hiashi les había cobrado por entrar, después de todo.

Los músculos de la espalda de Ojos Azules se anudaron y su espina dorsal se enderezó. Él escaneó el lugar, alerta de repente. Alguien le lanzó un puñado de palomitas, y los esponjosos granos amarillos llovieron sobre él.

La furia llameó en sus ojos... un fuego de lejos mucho más caliente que el de las llamas que crepitaban a su lado.

Por favor, le lanzó una mirada a su padre. No hagas esto.

—Dejemos que esto sea una lección para todos, —continuó su padre, girando y girando para enfrentar a todos los asistentes. Estaba diciendo algo más, pero en ese momento le daba la espalda a Hinata, así que ella no podía leerle los labios.

A la multitud le gustaban las amenazas o insultos que estuviera profiriendo, porque emergieron las carcajadas.

Después él estaba de nuevo de cara a ella y estaba diciendo, —...saber que desobedecer es sufrir.

Los aplausos se unieron a las carcajadas. Se le revolvió el estómago. Y con todos los trastornos a los que se había enfrentado últimamente sentía como si pudiese hacer mantequilla con él.

Cuando su padre extendió una mano y mientras Toneri golpeaba el mango de un látigo contra su palma, Hinata se hundió de nuevo en la penumbra de la noche. Hiashi quería su sangre, y si conseguía verla, ella también conseguiría latigazos.

Algo extraño había ocurrido hoy. Pocos minutos después de que Toneri abandonara su trailer, las luces habían parpadeado otra vez. Ella había abierto la puerta, esperando tener que tratar con él una segunda vez.

En vez de eso, su padre era el que estaba allí. Con el ceño fruncido y fuioso.

—¿Te atreviste a desobedecerme? ¿Te atreviste a ponerte en peligro, sabiendo que eres la cosa más preciada del mundo para mí?

Él la empujó hacia atrás, entró como un huracán tras ella y la abofeteó.

—Lo… lo siento, —se había arreglado para articular.

—¿Por qué me harías esto a mí? Bofetada. ¿Por qué me forzarías a herirte así? Bofetada.

Pero esa vez, él había gritado de dolor. Él. No ella. Como si su piel le hubiera cortado de alguna manera.

Entonces una voz había susurrado dentro de su mente. Una voz de verdad, la primera que había oído en años.

Completamente sorprendida, se había frotado los oídos y girado la cabeza, sólo para darse cuenta de que el sonido no había venido de fuera... había brotado desde su interior. Y aun así no le pertenecía a ella.

La sorpresa se había tornado en confusión y la confusión en terror.

¿Estaba loca?

No tienes que aceptar esto, le había dicho la voz. Y después un poco más alto, Eres fuerte. Después mucho más alto, Eres la ganadora.

Puede que estuviera loca, pero también se sentía reforzada, como si sus palabras le hubieran imbuido fuerza directamente a su núcleo. Ella de alguna manera reunió el coraje para gritarle a su padre a la cara.

—¡No! ¡No te dejaré hacerme esto!

Él trastabilló un par de pasos hacia atrás, como haciendo eses, antes de detenerse y cerrar los puños, preparándose para tomarse las cosas en serio. Pero en vez de golpearla con el puño cerrado, se había detenido y un atisbo de miedo apareció en sus ojos. Miedo. ¡De ella!

—Me necesitan en la pista, —había murmurado, desconcertándola aún más. —Trataré contigo más tarde.

Y lo haría, asustado o no. Nunca olvidaba un castigo previsto, nunca perdonaba y nunca mostraba piedad. Ni siquiera a ella a quien supuestamente adoraba. Eso era por lo que ella había decidido regresar al zoo y comprobar cómo estaba Ojos Azules. Después de todo ya la esperaba una paliza. ¿Qué mejor momento para desobedecer y hacer lo que quería?

Cuando había salido del trailer la voz había regresado. Más tarde, lucharás de nuevo. Más tarde ganarás otra vez.

—¿Quién eres? —Había preguntado. —¿Qué eres tú?

Silencio. Y aun así, una cálida manta parecía haberla envuelto, abrazándola, sólo para desaparecer un segundo después, como si nunca hubiese estado. Como si acabase de ser abrazada y soltada.

Pero eso significaría que no estaba loca. Significaría que alguien había intentado ayudarla.

¿Cómo algo absolutamente bueno de otro reino? Después de todo, si el mal se podía manifestar, tenía sentido que el bien también pudiera.

—No puedo volver a luchar luego, —había dicho ella. Si le daba más problemas, Hiashi, finalmente haría buena su amenaza de cegarla. Incluso podría echarla de una patada del circo, y ella se encontraría sola en las calles, incapaz de ganar dinero, sin ninguna habilidad, sin protección... sin esperanza.

Un destello de movimiento atrapó su atención, sacándola de sus pensamientos. Hiashi acababa de desenrollar el látigo. El extremo estaba dividido en tres partes, una de fragmentos de cristal, otra con una enorme uña, y la última era una astilla de madera afilada. Se le hizo un nudo en la garganta y la barbilla le empezó a temblar.

Ojos Azules iba a salir herido hoy. Casi deseó ser ella la que estuviera sobre ese tronco abatida. Ser ella la que recibiera los latigazos que se acercaban. Un extraño había intentado herirlo, y él se había defendido de la manera y con la fortaleza que ella siempre había deseado tener. ¡Él merecía ser elogiado no disciplinado!

La culpa por esto la destrozaría.

Ojos Azules escaneó a la multitud por segunda vez, despacio, tan despacio... ralentizando su mirada hasta que finalmente cayó sobre ella.

Los ojos de Hinata se abrieron de par en par cuando el asombro y la confusión la inundaron. No podía. Nadie podía. Ella estaba en el extremo más alejado, envuelta en una capa tan negra como la noche y escondida tras las sombras.

Hiashi se movió tras él.

La mirada de Ojos Azules se apartó de ella y se detuvo sobre... el otro otherworlders al que Hinata había llamado Sakura, que estaba agarrando los barrotes de su jaula, con la expresión envenenada de furia. Él la obsequió con un gesto de confianza en forma de asentimiento.

Había trabajado rápido. Sólo dos días en el circo y ya tenía un romance con una hembra.

Una punzada de celos ardió en el pecho de Hinata. ¿Celosa? ¿De verdad? ¿Pero por qué?

Ojos Azules la detestaba, eso seguro, y continuaría haciéndolo hasta que el plan de escape de Hinata se hiciera realidad o hasta que él muriera en el circo... lo que pasara primero.

Ella apartó la vista, y su mirada percibió al Targon.

—¡Toneri! —Gritó él.

Toneri no reaccionó.

El Targon lo intentó de nuevo.

— Toneri enfréntame cobarde. Enfrenta tu maldito destino.

Todavía ninguna reacción de Toneri.

Había demasiados gritos para distinguir una sola voz, supuso ella. De todos modos se preguntó por qué el Targon odiaba a Toneri tan intensamente. Por lo que ella sabía ellos dos nunca habían hablado.

Hiashi alzó el látigo. Una nueva vibración tras otra se estrellaba dentro de ella, y aunque no podía oír nada, sospechaba que los gritos de ánimo eran ahora obscenos. Ojos Azules apretó los músculos de sus mejillas.

Sonriendo socarronamente, Jecis lanzó el primer golpe.

Motas de sangre y tejido volaron en todas direcciones. Hinata se estremeció y apretó el puño contra la boca para evitar un jadeo de horror... y él estaba una vez más observándola.

—Lo siento, —murmuró ella. —Lo siento tanto.

Un segundo golpe. De nuevo, Ojos Azules permaneció impasible y de nuevo Hinata se estremeció. ¿Cómo podía Hiashi hacer esto? ¿Cómo podía alguien ser tan despiadado?

Llovió un tercer golpe. Roció más sangre y tejido y Hinata supo que el daño en la pobre espalda de Ojos Azules, superaba la necesidad de puntos.

De hecho no quedaría nada que coser.

Con el cuarto golpe, las rodillas de Hinata cedieron y se hundió en el suelo.

Nadie merecía esa clase de trato. Nadie excepto el mismo que manejaba el látigo. Las lágrimas inundaron sus ojos, nublando su visión.

¿Cómo podía ella permitir que su padre hiciera esto?

La vergüenza se unió a la culpa y la golpeó con la misma fuerza con la que el látigo continuaba golpeando a Ojos Azules. Ella debería hacer algo.

Debería intentar detener a su padre, sin importar las consecuencias para sí misma.

¿Pero lo haría? No. Era débil. Patética. Una cobarde.

Deberías simplemente acabar con todo, susurró una voz dentro de su cabeza.

Otra voz, se dio cuenta sorprendida. No la misma dulce voz anterior, sino una más profunda, sugiriendo... ¿Que se matara ella misma?

Te sentirás mejor. Todos los demás se sentirán mejor. ¿No es una idea adorable?

Pinchazos de maldad se rozaban contra su piel... el mal que ella reconocía como el de Hiashi, Toneri y ese de otro reino... y la verdad la golpeó. Ella de verdad no estaba loca. Las voces eran reales.

Una buscaba ayudarla.

Una buscaba destruirla.

Bueno, pues ella había soportado demasiado como para rendirse ahora. Todo lo que tenía que hacer era ceñirse a su plan, continuar ahorrando, vender los regalos que su padre le daba… y parar la hemorragia de efectivo de cuando secretamente compraba detallitos para los otherworlders. Un año, se recordó a sí misma.

La esperanza es una estupidez, ¿Qué pasa si te roban tus tesoros antes de que puedas venderlos? ¿Y si te roban el dinero después de venderlos? ¿Y si tu padre descubre tu plan? ¿Quieres darle de verdad la satisfacción de matarte?

—No te estoy escuchando. —Susurró ella. —Vete.

Sorprendentemente, la maldad meciéndose en el aire desapareció.

Le lanzaron otro golpe a Ojos Azules, lo que detuvo la conversación más bizarra que había tenido en su vida.

Otro temblor de su parte. Esperaba que fuera el último... pero no, una y otra vez el látigo descendió, hasta que Ojos Azules hubo recibido quince agonizantes azotes.

Un jadeante Hiashi soltó el arma y se frotó las manos cubiertas de sangre una contra otra en un gesto de trabajo bien hecho. Miró a Ojos Azules de arriba a abajo y frunció el ceño. De hecho, toda la multitud tenía el ceño fruncido, advirtió Hinata. Miraban a Ojos Azules como si fuera un monstruo llevando una tiara: aterrorizados y aun así con respeto.

¿Por qué?

—Si alguien le ayuda, muere, —anunció Hiashi. —Y si piensas liberarte y escapar, —añadió pisoteando a Ojos Azules en el estómago, —Inténtalo. Hay un rastreador en tus esposas. Te tendré de regreso en esa jaula por la mañana, y desearás que los latigazos te hubiesen matado.

—Oh, y si intentas quitarte las esposas, activarás las cuchillas de la sierra y te cortarán las manos. —Se rió cruelmente. —Una pequeña precaución de seguridad que he instalado.

Ojos Azules ni siquiera miró en su dirección.

Hiashi paseó la vista a su alrededor. —Tú y tú, —le gruñó a dos de sus empleados más grandes. —Quédense aquí el resto de la noche y vigílenlo.

Con eso, salió de allí a grandes zancadas con un sonriente Toneri pegado a sus talones. La mayoría del resto los siguió. Hubo unos pocos rezagados que se quedaron para calibrar la reacción de Ojos Azules a las amenazas.

Él se quedó dónde estaba, con la expresión en blanco, y su mirada fija en Hinata.

Afortunadamente, la fatiga causada por un largo y duro día de trabajo y la perspectiva de otro día igual a este se vislumbraba en el horizonte, pronto alcanzó a los rezagados y salieron en tropel, dejando solamente a los guardias. Uno estaba estacionado en el extremo este del círculo de los cautivos y el otro en el extremo oeste.

Hinata observó a los otherworlders en sus jaulas. La mayoría estaban aferrados a los barrotes, como Sakura, las expresiones de algunos estaban llenas de horror y las de otros de alivio. Si ella ayudaba a Ojos Azules y sonaba una alarma, sólo traería más problemas sobre su cabeza. O espalda.

¿Pero por qué harían ellos sonar una alarma? Hiashi regresaría, y podría muy bien dirigir su ira contra los prisioneros. Pero ahí vamos de nuevo, si permanecían en silencio, él sabría que habían sido testigos de sus acciones y los castigaría mañana. O quizá estaría demasiado furioso con Hinata para considerar la parte de los otherworlders.

De una forma u otra, ella no iba a preocuparse por su padre justo ahora. No podía. Conocía muy bien el dolor de ser golpeada, y después abandonada sola y herida. Desesperada por que alguien, cualquiera, la ayudara.

Abandonar a Ojos Azules no era una opción.

El corazón le tronaba en el pecho mientras Hinata saltó detrás del primer guardia.

Con un nudo en la garganta, se quitó la capucha de la túnica y le palmeó el hombro. Él se giró hacia ella, y se tensó.

— Hinata, —dijo él con expresión dura. Miró tras ella, como si esperase que su padre se abalanzara sobre él. —¿Qué estás haciendo aquí?

Ella forzó una sonrisita, levantó una mano... la del anillo que había comprado hacía pocas semanas, únicamente para un momento como este... y golpeó. Tiene que funcionar. Un fino y oscuro polvo empañó la cara del hombre, la misma droga que Hiashi usaba para drogar a los otherworlders. Él tosió, su cara se llenó de color, y ella se retiró hacia la oscuridad. Un momento después las rodillas de él cedieron. Cayendo inconsciente al suelo.

—¿Bernard? —Dijo el otro guardia acercándose. Buscó a su amigo y se agachó... y Hinata estaba allí, lanzándole polvo a la cara. Él también tosió y cayó, aterrizando encima de su compañero.

Ella esperó un poco, para asegurarse. Ambos hombres se quedaron dónde estaban.

Una pequeña dosis de alegría estalló dentro de ella. ¡Había funcionado!

En una hora, estarían despiertos y recordarían lo que había hecho.

Pero no creía que se lo fueran a contar a Hiashi. Más que nada porque preferirían someterse a un castigo por dormirse en el trabajo antes de culparla a ella y sufrir un castigo incluso peor.

Hinata fue hacia adelante a toda prisa, cayendo de rodillas en el momento en el que llegó al lado de Ojos Azules. Su cabeza estaba vuelta hacia ella, su mejilla descansaba sobre el tronco y apretaba la mandíbula.

Sus ojos estaban cerrados, con la larga longitud de sus pestañas formando un abanico. Gotas de sangre salpicaban su cara. Incapaz de detenerse, estiró el brazo y tiernamente le acarició el vello de la ceja.

Su mirada encontró la suya.

—¿Qué estás haciendo, Hinata?

—Ayudar.

—No lo hagas. No estoy de buen ánimo.

Una marea de calidez creció dentro de ella, calándola hasta la médula. Él pensaba protegerla de sí mismo.

Se dio cuenta de que era tan hermoso como fuerte, y de que ella odiaba verle caer tan bajo a causa de tanta maldad.

Debería haber parado esto. Debería haber hecho algo.

Bueno, estaba haciendo algo ahora.

—Debo. —Tan rápido como fue capaz, desenganchó las esposas del tronco.

A pesar del hecho de que Ojos Azules estaba ya despierto, cayó hacia delante, sin hacer ningún esfuerzo por evitarlo.

Ella lo atrapó antes de que llegara al suelo. Era demasiado grande y pesado para que ella lo pudiera arrastrar de nuevo hasta su jaula. Más que eso, su espalda... oh dulce piedad. La bilis le quemó en el pecho. De cerca podía ver trozos de músculo, tejido diezmado y sangre goteando por mil diminutos ríos.

Las lágrimas regresaron a sus ojos.

—Lo siento tanto, —susurró. Ella lo colocó con cuidado en el suelo como pudo, sintió una vibración y supuso que él había gemido. Era su primera reacción a lo que había ocurrido.

O esa acción le había hecho más daño que los latigazos o a él no le importaba revelarle a ella su dolor.

Ella se enderezó, intentando llegar a toda prisa al borde del claro donde había dispuesto comida, medicinas y otras existencias, sabiendo que tendría que alimentar a los prisioneros y curar a Ojos Azules sigilosamente, sin alertar a nadie en el campamento. Pero antes de que pudiera dar un solo paso, sorpresivamente unos fuertes dedos envolvieron su tobillo.

—Voy a volver, —dijo, y señaló donde tenía que ir. Ojos Azules mantuvo su agarre. Las sombras y la dorada luz del fuego destellaban en su cara, enlazando la luz con la oscuridad, y aunque podía ver que sus labios se estaban moviendo, ella no podía descifrar las palabras.

—Vamos, —dijo, y rezó para no haber gritado. —Estás demasiado débil para hacerme nada y además de eso, tengo pomada allí.

Esta vez su agarre se hizo más firme.

—No estoy demasiado débil. Y te advertí de que estoy al borde.

Lanzó una rápida mirada por el lugar, pero nadie se abalanzó sobre ella. Una bendición, seguramente y una que no recibiría de nuevo. Incapaz de idear otra opción. Hinata se sentó. Ojos Azules todavía sujetaba su tobillo, forzándola a curvarse como una pelota para poder encontrar sus ojos.

Ella se colocó una mano sobre la garganta y dijo,

—¿Qué quieres de mí?

—Te dije lo que quería.

¿Ahora o antes? Decidiendo afrontar la situación, dijo,

—Déjame adivinar. Libertad. Bueno eso es malo. Necesitas atención médica primero.

Él la miró con el ceño fruncido.

Estupendo. ¿Se había ella equivocado tanto?

—Suéltame, o lucharé para liberarme y te dejaré aquí. Y antes de que pienses que te permitiré avanzar hacia la señora libertad, tienes que saber que te golpearé primero. Mi padre no estaba mintiendo. Hay un rastreador en las esposas y estarás mejor si te las dejas puestas.

—¿Y tú? ¿Te golpeará por ayudarme?

—Eso no es de tu incumbencia.

Ojos Azules dijo algo, pero sus labios se movieron demasiado deprisa para que ella pudiera seguirle.

Incómoda, tragó saliva.

—¿Te ha dicho alguna vez alguien que tu acento es demasiado marcado para entenderte bien? —Una pregunta no era una mentira ¿no?

El ceño fruncido regresó, más oscuro que antes.

—Estás mirándome la boca. Para.

Apartó la mirada al instante.

—Pararé en el momento en el que me liberes. ¿Te parece bien?

La intensidad de su mirada cristalina esclavizó la suya antes de darse cuenta de que su boca se movía otra vez.

Ella bajó la vista, y él juntó los labios. Frustrada, miró de nuevo hacia arriba y una vez más él empezó a mover la boca. Bajó la vista.

Él se paró, y justo antes de que ella lo golpeara en el pecho por la frustración, dijo,

—¿Eres sorda, no?

Su cuerpo entero se puso tieso. ¿Cómo lo había adivinado? Nunca nadie lo había hecho. ¿Lo habían oído los otros prisioneros?

—Espero que te sientas estúpido diciendo eso. —Una evasiva tampoco era una mentira, aunque no era exactamente la verdad. Pero demasiada gente trataba de aprovecharse de ella cuando se enteraban de su flaqueza.

—Tengo las medicinas por allí. Déjame ir, y haré que te sientas mejor.

—¿Por qué? —Demandó él.

Levantó la vista de repente y se quedó lo suficiente para pillarlo achicando los párpados, mientras el color oscurecía sus mejillas.

—¿Por qué qué?

—¿Por qué quieres ayudarme?

El por qué era evidente

—Estás herido.

—¿Y?

Antes de que ella pudiera replicar, y no es que supiera qué decir, la mirada de él se apartó de ella más allá de su hombro. Temiendo que uno de los artistas tropezara con ellos, ella se giró, preparada para levantarse de un salto y alejar cualquier tipo de amenaza. Pero de nuevo nadie saltó sobre ella.

Pasaron algunos segundos antes de que se calmara lo suficiente para girarse de nuevo y encontrara la mirada de Ojos Azules.

—Debo apresurarme, —dijo. —¿O deseas otros latigazos y observar cómo me los dan a mí?

Por un momento no hubo ninguna reacción de su parte, y ella pensó que nadie en el mundo podía esconder sus emociones como este hombre.

Luego, para su sorpresa, él la soltó sin discutir. Ella se puso de pie y corrió a toda prisa por sus provisiones.

Continuará...