El sabio oirá, y aumentará el saber, Y el entendido adquirirá consejo

—PROVERBIOS 1:5

Hinata sopesó sus opciones. Su padre sospechaba que ella había estado alimentando a Naruto. Él podría interrogarla, intimidarla y él discerniría la verdad. No había posibilidad de ocultarlo; nunca la había, y había sabido esto antes de que hubiera actuado. Pero de todos modos no había sido incapaz de detenerse a sí misma de ayudar al otherworlder herido. Incluso ahora, no era una decisión que lamentara. Él le había advertido acerca de lo que le esperaba, a pesar de que podría haber empacado un bolso y haberlo abandonado en el polvo.

Debería haberlo liberado.

Pero... no quería estar sin él. De alguna manera, se había convertido en un refugio seguro.

Era tan hermoso, más hermoso con cada día que pasa. Y era tan dulce con ella, tan maravillosamente protector.

Constantemente se preguntaba qué sentiría si pudiera darle un beso mientras estaba despierto y luego ser besada por él. Porque él quería, no porque quisiera algo de ella. De hecho, durante toda la conversación se lo había preguntado.

Ahora tenía que saber. Era una necesidad.

Él era una necesidad.

Su olor, su mirada, su toque, su calor, los callos en sus manos. Su sonrisa, su ceño fruncido, su ingenio, su bondad. Ella no había superado el hecho de que él había usado su cuerpo como escudo para salvarla de una bala ya significando algo para él.

Todo en él la atraía.

Sí, debería haberlo liberado, pero ella todavía se alegraba de no haberlo hecho. No sólo por sus razones egoístas, sino porque era mejor estar aquí, atrapado, que por ahí, para ser perseguido por su padre.

Si ella hubiera pensado, incluso por un segundo, que podría ocultarlo con éxito de Hiashi con esas esposas en las muñecas, ella lo hubiera hecho, se habría arriesgado. Pero no. No pudo. Nadie podía.

Lo mejor era que se quedara aquí, a cuidar de los otherworlders y tomar cualquier disciplina que su padre repartiera. No estaría de más, sería humillante para ella, pero si Hiashi la golpeaba, la boda tendría que ser retrasada para darle tiempo para recuperarse. Tiempo era todo lo que necesitaba. Pero oh, saber lo que tendría que soportar causó que un escalofrió de repulsión y miedo la recorriera.

Ella sólo... tenía que encontrar la llave. Al menos ahora sabía qué buscar.

Hinata se cambió por una suave camiseta cómoda y pantalones fluidos, algo en que pudiera relajarse mientras sentía como si sus órganos no fueran más que papilla. Se puso sus botas más cómodas y recuperó el cuchillo que había encontrado en la caja de baratijas favoritas de su madre hace unos años, sólo para detenerse, su atención atrapada en la belleza del arma.

La empuñadura estaba tallada en nácar y cuando se mantenía a la luz brillaba con todos los colores del arco iris. La hoja estaba oculta en este momento, pero cuando se liberaba era delgada, plateada y nítida.

¿Cómo algo tan bonito podía lastima tan absolutamente?

Su madre para pulir el metal utilizaba amorosos golpes, pero solo cuando Hiashi estaba ausente. Tres semanas antes de su muerte, ella miró hacia Hinata y sonreído un poco enloquecida.

Un día él me empujara demasiado, y lo matare. Nunca tendremos que tener miedo otra vez, ¿verdad, princesa?

Un día...

Ahora Hinata se rió sin humor. "Un día" era la respuesta a todo, no es así.

—¿Cómo pudiste dejarme con él, mamá? —Susurro. Él sólo había empeorado con los años, cada vez más de su corazón en descomposición y su alma marchita. Y lo verdaderamente triste era, que él no tenía ni idea que se había convertido en un monstruo. Él todavía se consideraba justo y equitativo. —¿Cómo has podido elegir otro hombre sobre mí?

Con un suspiro, Hinata colocó la hoja dentro de su bolsillo.

La sabiduría te librara del camino de los hombres impíos, y armarse a sí misma para la guerra es sabio.

La voz la sorprendió, y ella se giró. Una rápida búsqueda probó que ella todavía estaba sola, y su espina dorsal perdió su repentina rigidez.

Alarma fue reemplazado por anticipación. No era un intruso, después de todo, pero el retorno del bueno... lo que fuera.

—¿Quién eres? —Preguntó. —¿Qué eres?

La última vez, la había ignorado. Esta vez, él respondió. Mi nombre es Kurama, y soy tú... ayudante.

Kurama. —¿Al igual que la Kurama, el de la leyenda japonesa?

Exactamente.

—Simplemente ¿cómo se supone que me ayudaras Kurama?

Tú dime. Tú me llamaste.

Uh, no. No, no lo había hecho.

—Creo que recordaría algo así.

¿Pero no crees que pueda sentir tu tormento?

¿Sus emociones eran tan fuertes que ella las proyectaba en el otro Reino?

—Has mencionado guerra, —dijo. —Pareces tan, bueno, suave. ¿No tienes un problema con el uso de la fuerza?

¿Contra la maldad? ¡De ninguna manera!

Buen punto. Sin embargo,

—No quiero guerra, —dijo. —Quiero paz. — Finalmente. Por una vez.

¿Cómo crees que se gana la paz?

Guerra, pero…

—¿Cómo crees que la gente se pierde?

¿Y no estás perdida en este momento?

Sus movimientos eran espasmódicos mientras anclaba su espesa mata de cabello en una cola de caballo.

—Estoy viva.

¿Y te gusta tu vida?

Naruto le había preguntado lo mismo.

—¿Qué puedo hacer para cambiarla? Dime, por favor, porque ciertamente estoy haciendo todo lo posible y no tengo suerte.

Confianza.

—¿Quién?

Silencio.

—¿Quién? —ella exigió.

Otra vez silencio.

Molesta por el abrupto fin de la conversación, pisoteó el vehículo.

Detrás de ella, la puerta se cerró automáticamente.

Se suponía que debía permanecer en su trailer otra vez hoy, pero quería hacer frente a su padre en lugar de correr y quería acabar de una vez. Esperar sólo empeoraría las cosas.

El sol era brillante, deslumbrante. En una hora, se abriría el circo.

Ahora los artistas se afanaban alrededor, montando tiendas mientras intentaban recoger todo lo que no era necesario. El día sería agitado. Y ¡Oh!, para Naruto sería un shock. Cuando el circo partiera de las afueras de New Atlanta, él reuniría una nueva cosecha de monstruos… y él crecería en amor por las barras que los contenían.

No pensaría en eso ahora mismo. Podría perder el valor.

Hinata corrió fuera del área seccionada donde vivían los intérpretes, a través de los juegos y paseos. Primero eludió la rueda de la fortuna.

Pronto, cada canasta giraría en redondo dando vueltas y boca abajo cuando un intérprete pasara por la barra que se extendía a través de cada carro. Ninguno de los clientes se daría cuenta que esos intérpretes estaban anclados a las barras con puños de color carne y no estaban en peligro de volar a la muerte.

A continuación pasó la montaña rusa que se disparaba a través de túneles artificiales decorados para asemejarse a diferentes planetas, cada uno lleno de luces brillantes, hologramas místicos y niebla espeluznante.

Solamente, que la niebla no estaba ahí para el efecto visual, como los seres humanos siempre asumían. Estaba allí para el efecto físico. En las partículas había una pequeña dosis de adrenalina, haciendo parecer al viaje más emocionante de lo que realmente era.

Después de eso, los autos chocones aparecieron a la vista. Una descarga eléctrica sería entregada a cada conductor que fuera golpeado.

Por alguna razón, a las personas les gustaba ver a sus compañeros humanos sacudirse por el aguijón, les gustaba escuchar las consiguientes maldiciones y gruñidos, les gustaba ser perseguidos a alta velocidad, donde eventualmente se tomaría venganza.

Ella dio vuelta en una esquina y entró en el área de comida, el aroma de pan frito y carne flotaba por el aire, seguido de caramelo y cítricos. Una vez que se despejó de la sobrecarga del pabellón y serpenteó alrededor de la otra esquina, a los juegos donde Hiashi solía ganar aún más dinero de los otherworlders que ya habían perdido su atractivo entraron a la vista. Ponle la cola al Wedlg, Rakan Piñata, y molesta con el saco al Delensean eran los actuales favoritos de la multitud.

Lágrimas rebordearon la parte posterior de los ojos de Hinata. Casi nadie pelaba detrás de esa capa de "diversión" para dar un vistazo en el sórdido bajo vientre del circo. Los trucos, las mentiras, la crueldad.

Personas se acercaban, jugaban y reían. Observaban las actuaciones en la Gran Roja, maravilladas y cautivadas por hazañas que ningún ser humano -u otherworlder- debían ser capaces de hacer. Y luego se marchaban, totalmente ignorantes al mal que sólo habían apoyado.

Finalmente la carpa principal apareció a la vista, una gran monstruosidad, roja que su padre había modelado a partir de los circos de antaño y Hinata tropezó con sus propios pies. Hiashi estaba en el interior, preparándose para el primer show.

Confianza, dijo Kurama repentinamente. Pon a los otherworlders en libertad. Aléjate. Hoy. Ahora. En este minuto. Sin mirar atrás.

Cómo le hubiera gustado eso.

—Si lo hago, simplemente serán capturados otra vez.

Confianza.

—No entiendes.

¿No?

Hinata llego a la entrada y se deslizo dentro. Gradas llenaban cada centímetro de espacio que no era utilizado por la pista central y por supuesto, el espacio oculto en la parte posterior donde se cambiaban los intérpretes. En la pista había focos, postes, cables, redes, equipos, bloques de piedra y máquinas de humo.

Cuando era pequeña, había soñado con tener un acto propio y que su padre estuviera orgulloso. Ahora, ella estaba muy contenta de que, siempre se negara a su petición, demasiado temerosa de que alguien la viera, la quisiera y se la llevara, incluso ahora. ¿Para ser observada, juzgada y criticada por extraños? No, gracias.

Una mano dura se aferró a su antebrazo y la obligó a girar. Mini-bombas de miedo explotaron a través de ella cuando su mirada aterrizó en Toneri, quien estaba viendo hacia ella, con un fuego abrasador en sus ojos.

—¿Qué haces aquí, Hinata? Se supone que debes estar en tu trailer.

No se acobardaría.

—¿Has olvidado la regla número uno? —Se obligó a soltar.

Una sonrisa cruel se levantó en las comisuras de su boca.

—Vamos a casarnos a finales de mes, lo que significa que tus reglas están fuera y las mías dentro. Y ¿Quieres saber la primera de ellas? Haces lo que te digo, cuando digo, o te lastimo de maneras que no puedes imaginar. Y no se te olvide que estas en deuda por dejar a Sakura ilesa.

Todavía hay tiempo para irse, Kurama dijo.

Puedo manejar esto, se aseguró a sí misma, aun cuando su sangre se enfriaba en sus venas.

—Mi padre no estará divertido. Él no quiere que me maltrates.

—En realidad, creo que él va a cambiar de opinión cuando ve esto. — Toneri tendió su mano libre. Un pequeño dispositivo negro descansaba en el centro de su palma. Usó su pulgar para presionar el botón en el centro, y una pantalla azul se cristalizó en el aire.

Colores oscilaron dentro de esa pantalla, una imagen pronto se formó.

Hinata, dentro de la jaula de Naruto. Hinata, bañándolo. Hinata, besándolo.

Márchate, Hinata. Márchate ahora, Kurama imploró. Corre hacia Naruto.

Oh, dulce misericordia. Ella quería, lo hacía realmente, pero tenía que contener esta situación primero. Si su padre veía esto, Naruto sería asesinado.

—N…no se lo muestres, Toneri. Por favor.

Sus dedos se cerraron sobre el dispositivo y la pantalla se desvaneció.

—Oculté una cámara en el zoológico hace un tiempo. He estado observando, y sé que les has estado dando trato a los animales que nunca fueron destinados a tener. Trato que tu padre pagó. Siempre deje que pasara, pero esto... no. No puedo.

Sus rodillas temblaban, amenazando con torcerse.

—Voy a huir, —amenazó. —Si le dices, me iré. Ayudaré a las autoridades a encontrar el circo y lo cerraran, y vas a terminar sin trabajo.

Hinata, por favor. Escúchame. Nunca trates de negociar con el mal.

—No me amenaces, — Toneri gruñó, justo antes de que él la abofeteara.

Su cabeza giró hacia un lado, con la mejilla ardiendo. El sabor de la sangre recubrió su lengua. ¿Otra paliza, y de un hombre que rechazaba?

No. ¡No! Ella no iba a dejar que eso sucediera.

Cogió su navaja y golpeó, enterrando la punta tan profundamente en el costado de Toneri como le fue posible. Tal vez él rugió, tal vez no lo hizo, pero lo hizo tropezar lejos de ella. Y mientras estaba allí jadeando y mirándola, ella vio la hoja empapada de carmesí. Horror lavó a través de ella, su sangre fría, pero no helada, pequeños cristales de hielo haciéndola sentir pesada, adolorida.

Ella acababa de apuñalar a alguien. Ella acababa de herir a alguien en la peor forma posible. Tal vez incluso lo había matado. Sí, lo había hecho para protegerse a sí misma, pero aun así era algo que su padre habría hecho.

No puedo ser como él. Simplemente no puedo.

Oh, Hinata, Kurama dijo tristemente. Lo siento.

—Vas a pagar por eso. —Con el ceño fruncido, Toneri tronó hacia ella, cerrando la distancia antes de que pudiera retroceder. Golpeó con su fornido puño un lado de su cabeza, dejándola en el suelo.

Al siguiente impacto su cerebro traqueteo contra su cráneo.

Él la golpeó por segunda vez. Y así, se apagaron las luces de Hinata.

Continuará...