La noche está avanzada, y se acerca el día. Por lo tanto, dejemos a un lado
las obras de la oscuridad y pongámonos la armadura de la luz.
—ROMANOS 13:12
Naruto esperó.
Hinata se resistió, claramente insegura.
—Tienes un buen corazón, que merece ser apreciado, —dijo. —Hasta que eso suceda...
Ella frunció el ceño y lo miró con recelo.
—La violencia no es siempre la respuesta. Estoy demasiado débil para defenderme de nuevo de los músculos y la fuerza física de un hombre. Lo intenté, y este fue el resultado.
Se armó de valor una vez. Ella lo había arriesgado todo. Podía hacerlo de nuevo.
—Tienes razón. La violencia no es siempre la respuesta. Pero a veces la violencia es la respuesta. Nunca busco una pelea, Hinata, pero cuando se trata de algo como la supervivencia, no hay que retroceder cuando te viene buscando. Tu oponente será simplemente alguien que seguirá regresando por más y las cosas se pondrán peor. Sé que entiendes y aceptas esto en cierta forma, o habrías reaccionado a lo que le hice a los monstruos.
Pasó un momento. Ella asintió, susurrando,
—Pero si lo intento, voy a seguir perdiendo.
—Por supuesto que sí. Ahora mismo estás luchando desde el lugar de la derrota. Has experimentado el mismo resultado durante tanto tiempo, que ya no esperas nada diferente.
Había hecho lo mismo. La había mirado y decidido que nunca podría quererlo. Había actuado de esa manera, también. Tenía esa forma de hablar.
En el momento en que había decidido luchar por ella, las cosas habían empezado a cambiar entre ellos. Habían hablado y reído. Se habían acercado. Pronto, él tendría sus manos por todo su cuerpo.
—Hay que hacer un esfuerzo para ponerse de pie de nuevo. — Mantuvo su brazo extendido cuando le contó una de las historias que su madre solía leerle.
Era una de sus favoritas, sobre un gigante que con el manejo de su espada provocó que un ejército entero temblara de miedo.
También había un joven que no había tenido ningún tipo de entrenamiento, pero que había logrado matar al gigante con sólo una honda y una piedra, salvando al ejército entero.
La forma en la que Naruto hablaba, despertó el interés en los ojos de Hinata.
—¿Y crees que alguien como yo puede salvar un ejército?
—Yo te daré algo mejor que un sí o un no. Te daré algo en que pensar. Ambos hemos admitido que creemos que hay otro mundo en funcionamiento alrededor nuestro. Lo he visto.
—¡Lo he hecho, también!, —Dijo.
Su entusiasmo le hizo sonreír.
—Seres humanos, u otherworlders, no importa. En nuestro centro, somos seres espirituales. Tenemos almas y cuerpos.
—¡Eso es lo que pensaba!
—Eres un espíritu eterno, que tiene alma, mente, voluntad y emociones, y vive en un cuerpo que envejece. Tu espíritu está en sintonía con el mundo invisible. ¿Por qué crees que se puede ver en ello?
—¿Cómo sabes eso? —Preguntó.
—Mi madre me enseñó. —Y por eso tenía a Kurama y a Dr. M. —No estaba seguro de creerle al principio, pero los estudios demostraron que estaba en lo cierto. —Había querido saber más acerca de las criaturas que lo seguían. Había querido saber si estaba loco.
—Continua, —dijo ella, el interés intensificado claramente.
—Como espíritus, tenemos más sentido de lo que pensamos. Escucha en tu interior. Hay un conocimiento que reemplaza las emociones y capacidades mentales. Ese saber es el que te conducirá a la victoria cada vez, si le prestas atención.
Cerró los ojos y se concentró. Un segundo pasó, dos. Sus párpados se abrieron, y frunció el ceño con decepción.
—He escuchado, pero no siento nada.
—A veces se necesita tiempo y práctica, dejando fuera al resto del mundo, el ruido.
Sus labios se fruncieron con un dejo de irritación.
—Hay un problema con tu teoría: no oigo ningún ruido.
—En realidad, lo haces en tu cabeza, —dijo, y ella no podía refutarlo. —Todo el mundo lucha con sus pensamientos en algún momento u otro. Los pensamientos negativos, pensamientos ilícitos, pensamientos malvados. Tienes que derrotarlos y negarte a vivir en ellos.
—¿Por qué?
—Si mantienes uno, le dará la bienvenida a otro, y cada vez se volverán más fuertes, desarrollando raíces y brotaran ramitas gruesas con hojas, hasta que ya no puedas ver a través del bosque, la oscuridad poblará tu mente. —Lo sabía de primera mano.
Deliberó durante un momento, asintiendo con la cabeza.
—Tienes razón.
—Siempre.
Ella soltó un bufido.
—Entonces, ¿qué pasó con el joven después de la pelea?
—Se convirtió en un símbolo de la victoria para su pueblo y más tarde fue coronado rey. Ahora, permíteme ayudarte, Hinata. Hay una gran probabilidad de que esté en tu vida por una razón. Y además, si quieres una vida diferente, tienes que hacer algo diferente.
Esas palabras le hicieron detenerse. Empezaba a sonar como Kurama.
Bueno, eso no era tan malo.
Naruto agitó sus dedos. Tendría cuidado de sus heridas, pero él le enseñaría el camino que Jiraiya le enseñó: el combate cuerpo a cuerpo, haciendo lo que fuera necesario para forzarla a encontrarse con el conocimiento y el instinto.
—En verdad, —preguntó.
—En verdad. Siempre hay que estar listo para defenderse contra lo que venga contra ti, y aprender las reglas de la lucha es un buen comienzo.
Deliberó durante un momento más, suspiró.
—Oh, está bien, pero sólo porque siempre he querido ser reina. —Su mano, por fin cayó en la suya, y él gentilmente la puso de pie. Ella inhaló bruscamente y se tambaleó, y él le pasó un brazo alrededor de la cintura para sostenerla erguida.
En el lugar donde su instinto se arremolinaba, quería gritar de satisfacción. Una hermosa mujer -esta hermosa mujer- se apoyaba en él, apoyando la cabeza en el hueco de su cuello, confiando en él.
—Sólo necesitas un momento para mantener el equilibrio, — murmuró.
Él acarició la línea de su columna vertebral, la exquisita curva de su cintura, y tuvo que apretar los molares para detener un gemido. Lento y fácil, se recordó. Sabía que esto sería difícil.
—Estás tan caliente, —dijo ella.
—Lo siento, —dijo él, pero sabía que no podía oírlo.
—Se siente bien.
Realmente me va a matar.
—Esto no va a hacerme como mi padre, ¿verdad? —Le preguntó.
Y allí estaba el quid de la cuestión, se dio cuenta. Movió la mano hacia arriba, arriba, y le levantó la barbilla.
—Él lucha para infligir dolor. Tú luchas para salvar. No eres como él, y nunca lo serás.
Lágrimas de gratitud brotaron en sus ojos, y su corazón de repente sintió como si estuviera siendo exprimido en un puño por una mano de hierro.
—¿Preparada? —Preguntó. Un poco más de espera, y no llegarían a la lucha.
—Preparada.
En las próximas horas, le enseñó cómo dar un puñetazo (correctamente), exactamente donde un peso ligero como ella podría golpear a un hombre para infligir el mayor daño, y deshabilitarlo, la manera de usar incluso el más inocente de los elementos para frenar a un atacante.
Ella era tímida al principio, e incluso estaba asustada hasta el punto de temblar, pero pronto encontró el núcleo de su fuerza y se encontró atacándolo con vigor. Absorbía todo lo que decía y se concentraba con todo su ser para hacerlo lo mejor que podía.
—Sigues metiendo el pulgar debajo de los dedos, —dijo. —No hagas eso. Te lo romperás.
—¡Mira! Una vez te dije que rompérselo estaba mal, pero finges no creerme. —Lo hizo una vez más colocando el puño correctamente. —¿Te gusta?
—Sí. Ahora gira.
Ella, giró a su alrededor. Una acción inútil que habría irritado a su atacante más que hacerle daño.
—Así no Adelante. Un jab, jab. —Él demostró lo que quería decir, entonces golpeó su estómago.
—Golpéame.
Sus ojos se abrieron, perlas brillantes respaldadas por terciopelo lila.
—No.
—Sí. —La única manera de conseguir que se sintiera cómoda en la lucha es que se acostumbrara a golpear carne. —No seas una princesa babycakes. Golpéame como si fuera la única manera de liberar a los otherworlders.
Él esperaba que ella le gritara. Ella le dio un puñetazo en su lugar.
Simplemente recto y hacia arriba clavándoselo en el estómago, no una, ni dos, sino tres veces. Si hubiera sido algo menos hombre, se habría doblado.
—Bueno, —se las arregló. —Eso ha estado bien.
Ella lo golpeó de nuevo.
Le cogió la muñeca, la miró, preocupado porque ella volviese a su anterior miedo de ser como su padre. Pero tenía las mejillas sonrojadas y los labios entreabiertos, a punto de sonreír. No iba a venirse abajo. Ella estaba a punto de celebrarlo.
—Estoy impresionado con tu... técnica, —dijo.
—¿Te he hecho daño? —Preguntó ella, extendiendo la mano para acariciar sus dedos sobre su estómago.
Él contuvo el aliento.
—Me sorprende que estos gatitos no me quebraran la mano, —dijo ella, con la mirada fija en las crestas de los músculos. —Son tan duros.
Cariño, no tienes ni idea.
—Estos cachorros, —él corrigió.
—Cachorros... gatitos... ambos son animales bebés y por lo tanto apropiado.
Aun acariciándolo.
La tomó de la mano antes de que la sesión de entrenamiento tomase otro rumbo.
—Ahora es el momento de aprender que hacer cuando alguien trata de golpearte. Voy a pegarte poco a poco. —Muy, muy lentamente, cada gancho con mesura. De esta manera, si ella dejaba de prestar atención, podría detenerse antes del contacto. —Quiero que te agaches antes de que te alcance, entonces te balancearás sobre ti misma, ¿de acuerdo?
Un gesto de determinación.
Realizaron la acción una y otra vez, hasta que pudo defenderse y atacar en rápida sucesión, sin detenerse a pensar en su próximo movimiento. Y oh, ella estaba hermosa cuando trabajaba. Todo el cabello negro azulado bailaba alrededor de sus hombros y espalda. Su pecho subía y bajaba, su camiseta a rallas empapada de sudor –de ella y de él- lo que provocaba que el material se aferrara a sus pechos. Sus más-que-llenos senos.
Senos que sostendría en sus manos. Un día. Pronto.
Sus piernas patearon, y ella le golpeó los tobillos. Él se tambaleó hacia un lado, pero se sujetó en los barrotes.
Aplaudió, saltó hacia arriba y hacia abajo.
—¡Lo hice! ¡Realmente lo hice!
—¿Estás segura de haberlo hecho?
—¡Wow! ¡Soy increíble! Y tengo que decir que esto es mucho más fácil de lo que pensaba.
Un gruñido se alojó en su garganta. ¡Debería haber sido más difícil!
Contrólate, Uzumaki. Él era un asesino entrenado. Él podría hacerlo mejor que esto.
—Vamos a llevar esto a un nivel superior, —dijo.
—Estoy lista.
Él varió sus golpes fingidos, forzándola a pensar que se hospedaban en el movimiento. Ella comenzó a anticipar sus movimientos antes de saber en qué dirección iban. Una técnica de supervivencia que debía haber desarrollado mientras crecía como hija de Hiashi.
Estaba triste y enojado por eso, pero orgulloso de lo que había logrado, también, y todo eso hizo que se sintiese más determinado a enseñarle más sobre supervivencia. Él le enseñaría cómo ganar.
—Eres muy bueno en esto, —dijo.
—Tengo que serlo.
—¿Por qué?
Uh-oh. Territorio peligroso.
—Cuando era pequeño, tuve varios encuentros con los seres humanos que no habían aceptado aun que los otherworlders vivieran en este planeta. Tuve que aprender a controlar mi fuerza, así como a infringir suficiente daño como para salvarme a mí mismo.
Su mano revoloteó sobre su corazón, y parecía a punto de estallar en lágrimas.
—Eso es muy triste.
Tan sensible al dolor del otro.
—Es más común de lo que crees. Pero ¿Hinata?
—¿Sí?
—No debiste dejar que te distrajera. — Naruto entró en acción, haciéndola caer al suelo, atrapándola antes de caer para evitar que se golpeara la cabeza y sujetándola en el lugar. No importaba con cuanta fuerza ella se retorcía, no lograba liberarse. La tristeza la había dejado, por lo menos.
Pero el deseo había tomado su lugar.
Ella olía a jazmín y a menta, y necesitaba más de ambos, pero pasó un segundo, dos, y dejó de respirar. Esto era demasiado importante como para meter la pata. Hasta ahora había restringido su toque solo a los asuntos de negocios, nunca deslizando sus dedos bajo la ropa en su piel desnuda. Ahora, el control de seguridad se desplomó, su deseo desbocado.
Podía sentirla, cada centímetro de ella. Podía sentir cada curva que se había negado anteriormente a sí mismo.
—Quiero besarte, —dijo él.
—Sí. Por favor.
—No voy a hacer nada más.
—Está bien.
—¿Miedo? —Preguntó.
—No, —susurró.
Miró sus labios. Rosados y bonitos, con sólo el más insignificante atisbo de una herida.
¿Estaba preparada?
Él rezó para que estuviese lista.
No podía detenerse.
Se inclinó, apretó el más suave de los besos sobre su boca. Sus uñas se clavaron en su pecho y no estaba seguro de si quería empujarlo o arrastrarlo más cerca.
Bueno, bueno. Podía detenerse. Levantó la cabeza para mirarla a los ojos.
Lo miraba asombrada, más empeñada que nunca y tan emocionada que era tentadora. Definitivamente ella no había querido apartarlo. Así que lo hizo de nuevo. La besó, deteniéndose en esta ocasión, y con un gemido de necesidad se apartó.
—Abre, —ordenó.
En el momento en que ella obedeció, deslizó su lengua dentro de su boca. Y oh, su sabor era exquisito, tal y como lo recordaba, como moras bañadas en nata fresca. La última vez, se había convertido en un adicto al instante.
Esta vez, estaba sentenciado para siempre. Él no podría existir sin esto, sin ella. Ella era la única luz en una vasta extensión de oscuridad.
Su cálido cuerpo lo envolvía. Sus dedos se enredaron en su cabello, y ella inclinó la cabeza hacia un lado, lo que lo obligó a un contacto más profundo. Como si necesitara que lo obligaran. Él tomó y le dio. Él la tomó, codicioso, hambriento, con lo que quedaba de su fuerza de voluntad para mantener sus manos en el suelo al lado de sus hombros.
Ella comenzó a salirle al encuentro empujando con su lengua, imponiendo más presión.
Su aliento se mezcló con el suyo, y le gustó casi tanto como el beso. Él estaba tomando de ella, y ella estaba tomando de él, y se estaban convirtiendo en uno solo, aunque sólo fuese de esta pequeña manera.
Quería tocarla.
Tenía que tocarla, toda ella, pronto, pronto, muy pronto, y él lo haría.
No habría ninguna parte de ella que ignorara.
Pero incluso eso no sería suficiente. Eso nunca sería suficiente, nada lo haría. Si la tocaba, la tomaría. Y él no podía permitirse hacerlo en un suelo manchado de sangre. Hoy no, y no mañana. No para su primera vez.
No con el trailer de Hiashi al lado de su jaula. No lo haría hasta que estuviera lista, hasta que el arrepentimiento ya no fuera un problema.
Y si no se detenía ahora, nunca lo haría.
Naruto se retiró, sentándose a varios centímetros fuera de su alcance.
Sin duda, la cosa más difícil que había hecho nunca.
Hinata se sentó, llevando sus dedos directamente a su boca. ¿Quizás sus labios palpitaban tan deliciosamente como los suyos?
—No más por hoy, —él dijo, más bruscamente de lo que pretendía.
Sus dedos descendieron, y la punta rosada de su lengua emergió, como si quisiera capturar más de su sabor.
—Me gusta hacer esto contigo.
Mátenlo. Se puso de pie, dirigiéndose a los suministros.
—Bebe esto, —dijo, y le lanzó una botella de agua. —Hay que mantenerse hidratado.
Falló por lo menos por una milla, y tuvo que inclinarse para recoger la botella de donde había rodado.
—¿Cómo sabías lo que estaba planeando hacer durante el entrenamiento? —le preguntó para distraerse.
Luchaba con la tapa mientras ella dijo,
—Me ignoraste, ¿Pero se supone que debo responderte?
—Sí.
Ella se echó a reír, y fue un hermoso sonido aunque algo oxidado, y cuando ella parpadeó el entendió con sorpresa que no había tenido motivos para reír en mucho tiempo.
—Muy bien, entonces. Voy a recompensar tu honestidad.
Se bebió la mitad de la botella, y le hizo señas para que él tomara el resto.
—Comprendí lo que me dijiste. Cuando conseguí tranquilizarme dentro de mi cabeza, podía sentir los cambios en tu cuerpo justo antes de que saltaras a la acción.
—Bien. —Necesitaba toda la ventaja que pudiera conseguir. — Utilizando ese conocimiento, no importa cuán grande sea tu oponente.
Un guiño reacio acompañó sus palabras.
—¿Quién te ha enseñado esas habilidades?
—Un amigo.
—¿Yahiko o Kiba?
—No. Jiraiya. Yahiko y Kiba entrenaban conmigo.
—¿Te gustan?
Él sabía lo que quería decir.
—Son otherworlders, pero no de la misma especie. —Este tema le hacía entrar en cólera normalmente. Nadie sabía de los Uzumaki, y debido a que no sabían, y él rehusaba decirlo, inventaron nombres para su raza.
Pero Hinata no significaba ningún insulto, y él también lo sabía.
—Soy Uzumaki.
Un curioso brillo en esos ojos de perla aterciopelados.
—¿Alguna vez has estado allí?
—No que yo recuerde.
—Bueno, definitivamente eres único en tu tipo. Y lo digo de la mejor manera posible, por supuesto.
—Lo sé. —Se movió de un pie al otro, de repente incómodo. Durante toda su vida, no había querido a alguien más que no fueran sus padres, no había habido a quien le gustase quién era él. Para admirarlo. Y ahora, su preciosa pequeña humana estaba haciendo precisamente eso, y no estaba seguro de qué decir o cómo reaccionar.
—¿Vas a usar lo que aprendiste hoy?
—Espero que no tenga que hacerlo, pero sí. Si alguno viene a mí, voy a saltar sobre ellos como un lobo herido con un fetiche por el helado de sangre.
Trató de contener la risa, pero no pudo.
La expresión de Hinata se suavizó.
—Me encanta verte así. Así... relajado. Y quiero saber más de ti, — dijo. —Quiero saberlo todo.
Y él quería darle todo lo que deseara. Mientras exploraba los fuegos crepitantes, en las colinas con los árboles muertos y retorcidos, dijo,
—Te dije que tengo una granja. De hecho, me crié allí. Mis padres eran humanos y me adoptaron.
—Ah. Así que es por eso que pensaste que estaban siendo pagados para cuidar de ti. Supuse que era una costumbre alíen.
Sabía muy poco acerca de los Uzumaki. Sólo lo que Kurama le había dicho.
Eran una raza pacífica, muy cariñosa. Muy alegre. Todo el mundo tenía un compañero, como Kurama, hasta que eran lo suficientemente fuertes para valerse por ellos mismos.
Tal vez por eso Jiraiya lo había emparejado con los Sarutobi. Se adaptó muy bien con sus padres.
La pareja tenía más que adoración por Naruto. Se habían adorado entre sí, también, y en lo más profundo él siempre había querido lo que ellos habían tenido, lo que él había creído que nunca podría tener.
—Todavía no puedo imaginar que cuidaras la tierra, —dijo Hinata.
—Hice más que cuidar la tierra. Crié animales. No los clones que todos los agricultores crían hoy en día, los reales. Cerdos, ovejas, cabras, gallinas, vacas. Nos negamos a vender, —algo que habría hecho a sus padres millonarios, —porque teníamos la esperanza de ayudar con la repoblación.
Todavía se negaba a vender. Afortunadamente, no tenía que preocuparse por ellos durante su ausencia. Había tenido una reunión con Jiraiya, por lo que contrató a un equipo para velar por todas sus necesidades.
—Fuiste bendecido.
Mucho. Y él anhelaba para ella la misma experiencia.
—Quiero otra promesa de ti, Hinata. No deberías hacer esto. Lo sabes mejor que yo. Podría darle accidentalmente la información a tu padre. Sin embargo, —dijo, —Si alguna vez nos separamos, quiero que vayas a la granja. —Él le dio la dirección. —Memorízala.
Una enorme sonrisa floreció, sólo para caer en una mueca de devastación.
—¿Por qué me recibirías allí?
¿Por qué el cambio en ella?
—Tal vez podrías hacer de ama de casa. —Él preferiría mimarla y que se bronceara durante horas en vez de verla haciendo quehaceres, pero ese tipo de detalles podría resolverse más tarde. En primer lugar, tenía que llegar hasta allí, una idea que le gustaba más con cada segundo que pasaba.
—Yo… —Se atragantó y se frotó la garganta. —¿Cuánto tiempo me querrías allí?
—No lo sé. —En este momento, no podía imaginar que no la quisiera allí. En su cama, de la noche a la mañana, su pelo oscuro esparcido en su almohada, su delgado cuerpo acurrucado bajo las mantas. Su aroma a jazmín y menta impregnando el aire. Él sería capaz de protegerla a toda hora del día y la noche, capacitarla para que ella floreciera como lo había hecho durante su sesión de entrenamiento, viendo sus ojos iluminándose y el rubor oscureciendo sus mejillas.
—¿Qué pasaría si te cansas de mí? ¿Dónde podría ir? —Ella sacudió la cabeza, inflexible. —No. Lo siento. No puedo confiar en tu oferta. Lo siento, —repitió. —Si es necesario, conseguiré algún otro trabajo. Estoy altamente calificada.
Uh, hace un momento había dicho que no tenía habilidades.
—En algo, quiero decir, —se apresuró a añadir. —Soy experta en algo. Sin duda. Yo sólo tengo que hacer esto por mi cuenta. Ahí fuera, en el mundo real, soy la única en quien puedo confiar. Y, además, te lo dije. Estoy ahorrando.
—Tienes miedo de los hombres. Lo entiendo. Pero no tienes que…
—¡No tengo miedo de los hombres! Te haré saber…
—…preocuparte en mí granja, —intervino, forzando a que se callara o se perdiera de lo que estaba diciendo. —Podrías cocinar, limpiar y alimentar a los animales. Estás acostumbrada a eso, ¿verdad?
Su boca forcejeaba abierta y cerrada.
—Eso fue un golpe bajo.
—¿Cómo es eso? —Preguntó, confundido e irritado porque ella no se mostrara más dispuesta. No le parecía que ella lo quisiera tanto como él lo deseaba.
Las negras pestañas se entrecerraron.
—¿Crees que eso es todo en lo que soy buena?
—Yo no lo creo.
Una espesa niebla blanca de repente rodó por entre los barrotes, quemando de negro los bordes y reclamando su atención. Lo que…
—Hemos llegado, —dijo Hinata, su voz ahora desprovista de emoción. — La niebla se debe despejar en la próxima media hora, y estaremos en nuestra nueva ubicación.
Continuará...
